jueves, 1 de enero de 2026

 

1390

 

STALIN, HISTORIA Y CRÍTICA DE UNA LEYENDA NEGRA.

Domenico Losurdo.

 

 ( 27 )

 

ENTRE EL SIGLO VEINTE Y LAS RAÍCES HISTÓRICAS PREVIAS, ENTRE HISTORIA DEL MARXISMO  E HISTORIA DE RUSIA: LOS ORÍGENES DEL "ESTALINISMO"


Alexandra Kollontai

 

Del universalismo abstracto a la acusación de traición

 

Echemos ahora una mirada de conjunto a  las imputaciones  alrededor  de  la  acusación  contra  la «traición». Formulando el problema en términos filosóficos, podríamos decir que pese a ser entre ellos sensiblemente diferentes, y pese a ser formulados a partir de posiciones ideológicas y políticas bastante variadas, estas imputaciones comparten una visión del universalismo que sería oportuno ahora examinar.

 

Animada por la exigencia de contrarrestar y superar el egoísmo doméstico de la familia burguesa que, concentrando la mirada exclusivamente en su círculo restringido, soslaya las tragedias que se desarrollan en su exterior, Kollontai llama a los comunistas a cultivar un sentimiento de responsabilidad universal, superando, también en lo que respecta a la prole, la distinción entre «tuyo» y «mío», y luchando junto a otros  por  aquello  que  es  común  a  todos,  por  lo  que  es  «nuestro».  Hemos  visto  a  Trotsky  llamar  la atención precisamente sobre las consecuencias catastróficas que se producen cuando los padres ignoran la responsabilidad particular que tienen para con sus hijos. Es decir, saltando el momento de obligación de asistencia al círculo de parientes más estrechos, sin partir en primer lugar de una obligación particular e  ineludible,  la  responsabilidad  universal  se  revela  vacua  e  incluso  se  convierte  en  un  instrumento  de evasión. En este sentido, según Lenin, la teoría de Kollontai era «antisocial». Pero  mientras  la  hacen  valer  en  relación  al  problema  de  la  familia,  los  dirigentes  bolcheviques tienden a olvidar la unidad de universal y particular cuando afrontan la cuestión nacional. En el momento de  su  fundación  la  Tercera  Internacional  parte  del  presupuesto  de  un  partido  internacional  del proletariado, llamado a realizar la emancipación universal de la humanidad, sin dejarse confundir por los «intereses denominados "nacionales"»; hemos visto a Kollontai teorizar de manera similar una suerte de  familia  universal  en  cuyo  ámbito  lo  «mío»  y  lo  «tuyo»  se  disuelven  sin  residuos  en  lo  «nuestro».

 

Ulteriormente,  la  Tercera  Internacional  pasará  por  un  complicado  proceso  de  aprendizaje  que  la conducirá, con el Informe de Dimitrov al VII Congreso de 1935, a denunciar como peligrosa toda forma de «nihilismo nacional», ¿Pero el redescubrimiento de la nación no es una traición al internacionalismo? Si  para  Kollontai  la  permanencia  de  la  institución  de  la  familia  y  la  atención  particular  dirigida  a  los propios hijos son sinónimo de mezquindad egoísta y de desinterés por la suerte de todos los niños del mundo,  para  Trotsky  «examinar  las  perspectivas  de  la  revolución  social  dentro  de  los  límites  de  una nación» significa ceder o ser indulgentes con el «social-patriotismo» y el social-chovinismo, responsable entre otras cosas de la carnicería de la Primera guerra mundial. Así también «la idea de una evolución socialista  que  se  cumpla  e  incluso  se  complete  en  un  sólo  país»  es  un  «punto  de  vista  que  es fundamentalmente  nacional-reformista,  ni  revolucionario  ni  internacionalista».  Son  declaraciones  de 1928;  diez  años  después  es  fundada  la  Cuarta  Internacional,  que  retoma  (y  radicaliza  ulteriormente)  el universalismo  abstracto  de  los  comienzos  y  que  por  lo  tanto  se  autodefine  «partido  mundial  de  la revolución socialista». Sería fácil aplicar contra Trotsky la crítica por él utilizada en la polémica con Kollontai. Así como no  constituye  una  superación  real  del  egoísmo  doméstico  el  ignorar  y  evitar  las  responsabilidades particulares que se tienen respecto a los propios hijos y los más cercanos parientes, del mismo modo no es en absoluto sinónimo de internacionalismo perder de vista el hecho de que las posibilidades y tareas concretas  de  transformación  revolucionaria  se  colocan  en  primer  lugar  sobre  un  terreno  nacional determinado.  El  distanciamiento  e  indiferencia  respecto  al  país  en  el  que  se  vive  puede  asumir perfectamente un significado todo menos progresista: en la Rusia zarista Herzen, un autor apreciado por Lenin, señalaba que la aristocracia era bastante «más cosmopolita que la revolución»; lejos de tener una base nacional, su dominio descansaba en la negación de la posibilidad misma de una base nacional, en la «profunda división [...] entre las clases civilizadas y los campesinos», entre una élite bastante restringida e inclinada a comportarse como una raza superior y la inmensa mayoría de la población. Sin liquidar la racialización de las clases subalternas y sin afirmar las ideas de nación y responsabilidad nacional no se es revolucionario.

 

Esto Stalin lo tiene bastante en cuenta, como ejemplifica el discurso pronunciado el 4 de febrero de 1931.  Se  presenta  en  tal  ocasión  como  un  líder  revolucionario  e  internacionalista,  que  es  al  mismo tiempo un estadista y un líder nacional ruso, dedicado a resolver los problemas que la nación arrastra desde hace tiempo: «nosotros bolcheviques, que hemos hecho tres revoluciones, que hemos conseguido salir victoriosos de una dura guerra civil», tenemos que hacernos cargo también del problema de superar el tradicional retraso industrial y la fragilidad militar de Rusia. «En el pasado no teníamos patria y no podíamos tenerla»; con el derrumbe del viejo régimen y la llegada del poder soviético el nihilismo nacional es más insensato que nunca, la causa de la revolución es al mismo tiempo la causa de la nación.

 

El  acento  parece  ahora  desplazarse  de  la  lucha  de  clase  (con  su  dimensión  internacionalista)  a  la edificación  económica  nacional.  Pero  más  exactamente,  en  la  concreta  situación  política  que  se  ha creado, la lucha de clases se muestra como la tarea de realizar para el país del socialismo un desarrollo económico y tecnológico, poniéndolo así en situación de enfrentarse a los terribles desafíos venideros y aportar  una  contribución  real  a  la  causa  internacionalista  de  la  emancipación.  La  lucha  de  clases  no solamente asume una dimensión nacional sino que parece adoptar, en la Rusia soviética, la forma de una tarea banal y prosaica: «en el período de reconstrucción la técnica decide todo»; y por tanto es necesario «estudiar la técnica» y hacerse «dueños de la ciencia». En realidad, esta nueva tarea no es menos difícil y exaltante  que  la  conquista  del  Palacio  de  Invierno:  «los  bolcheviques  deben  conquistar  la  técnica»  y convertirse ellos mismos en «especialistas»; desde luego, es un objetivo tod0 menos fácil de alcanzar, pero  «no  hay  fortalezas  que  los  bolcheviques  no  dan  asaltar».  La  política  previa  a  la  Gran  guerra patriótica encuentra su primera expresión en los años en los que la Rusia soviética se emplea a fondo en un gigantesco esfuerzo de industrialización y refuerzo de la defensa nacional.

 

Hemos  visto  a  Stalin  subrayar  en  la  víspera  de  la  agresión  nazi  la  necesidad  de  conectar  «el sentimiento  nacional  y  la  idea  de  patria»,  «un  sano  nacionalismo,  correctamente  entendido,  con  el internacionalismo  proletario». En la situación concreta  que  se  había  producido  tras  la ofensiva  expansionista  del  Tercer  Reich,  la  marcha  de  la  universalidad  pasaba  a  través  de  las  luchas concretas  y  particulares  de  los  pueblos  decididos  a  no  dejarse  reducir  a  la  condición  de  siervos  al servicio del hitleriano ‘Pueblo de Señores’, lo que en realidad hacía avanzar el internacionalismo era la resistencia  de  las  naciones  amenazadas  más  directamente  por  los  planes  de  esclavización  del imperialismo nazi. Pero ya tres años antes, como confirmación del hecho de que estamos en presencia de un  proceso  de  aprendizaje  favorecido  o  impuesto  por  la  necesidad  concreta  de  desarrollar  luchas  de resistencia  nacionales  contra  el  imperialismo,  Mao  Tse-Tung  declara:  «Separar  el  contenido  del internacionalismo  de  su  forma  nacional  es  la  praxis  de  aquellos  que  no  entienden  nada  de internacionalismo.  En  cuanto  a  nosotros,  sin  embargo,  debemos  ligarlos  estrechamente.  Para  este propósito  se  han  cometido  en  nuestras  filas  graves  errores  que  deben  ser  corregidos  con  la  máxima dedicación». En términos similares Gramsci distingue entre «cosmopolitismo» e «internacionalismo», que sabe y de hecho debe saber ser al mismo tiempo «profundamente nacional».

 

Además del rechazo a la familia nuclear y la teorización de una suerte de paternidad y maternidad colectivas («nuestros hijos»), a nivel político general el universalismo abstracto se deja ver con claridad en  la  propuesta  de  una  «dirección  colectiva»,  vista  una  vez  más  como  la  disolución  de  las responsabilidades  personales  y  de  los  cargos desempeñados  a  nivel  individual.  No  es  casual  que Kollontai forme parte durante cierto tiempo de la Oposición obrera, cuyos eslóganes a nivel de fábrica y en los diversos puestos de trabajo en el partido y el sindicato, en la administración y en el Estado, son: «poder de un órgano colectivo», «voluntad colectiva», «pensamiento común», «gestión colectiva». En este contexto debe ser colocada la esperanza mesiánica de la completa disolución de la distinción entre «mío»  y  «tuyo»  también  en  el  ámbito  económico,  con  la  consiguiente  condena,  más  que  de  un determinado sistema de producción y distribución de la riqueza social, de la «economía del dinero» y del mercado,  de  la  propiedad  privada  en  cuanto  tal,  por  muy  limitada  y  estrecha  que  pueda  ser.  En  todos estos casos la universalidad anhelada es la que se presenta inmediatamente en su incontaminada pureza, sin  pasar  a  través  de  la  mediación  y  entrelazamiento  con  la  particularidad.  Y  es  este  culto  a  la universalidad  abstracta  el  que  encuentra  la  traición  cada  vez  que  la  particularidad  ve  reconocidos  sus derechos o su fuerza…

 

(continuará)

 

 

 

[ Fragmento de: Domenico Losurdo. “Stalin, historia y crítica de una leyenda negra” ]

 

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