1390
STALIN, HISTORIA Y CRÍTICA DE UNA LEYENDA NEGRA.
Domenico Losurdo.
( 27 )
ENTRE EL SIGLO VEINTE Y LAS RAÍCES HISTÓRICAS PREVIAS, ENTRE HISTORIA DEL MARXISMO E HISTORIA DE RUSIA: LOS ORÍGENES DEL "ESTALINISMO"
Del universalismo abstracto a la acusación de traición
Echemos ahora una mirada de conjunto a las imputaciones alrededor de la acusación contra la «traición». Formulando el problema en términos filosóficos, podríamos decir que pese a ser entre ellos sensiblemente diferentes, y pese a ser formulados a partir de posiciones ideológicas y políticas bastante variadas, estas imputaciones comparten una visión del universalismo que sería oportuno ahora examinar.
Animada por la exigencia de contrarrestar y superar el egoísmo doméstico de la familia burguesa que, concentrando la mirada exclusivamente en su círculo restringido, soslaya las tragedias que se desarrollan en su exterior, Kollontai llama a los comunistas a cultivar un sentimiento de responsabilidad universal, superando, también en lo que respecta a la prole, la distinción entre «tuyo» y «mío», y luchando junto a otros por aquello que es común a todos, por lo que es «nuestro». Hemos visto a Trotsky llamar la atención precisamente sobre las consecuencias catastróficas que se producen cuando los padres ignoran la responsabilidad particular que tienen para con sus hijos. Es decir, saltando el momento de obligación de asistencia al círculo de parientes más estrechos, sin partir en primer lugar de una obligación particular e ineludible, la responsabilidad universal se revela vacua e incluso se convierte en un instrumento de evasión. En este sentido, según Lenin, la teoría de Kollontai era «antisocial». Pero mientras la hacen valer en relación al problema de la familia, los dirigentes bolcheviques tienden a olvidar la unidad de universal y particular cuando afrontan la cuestión nacional. En el momento de su fundación la Tercera Internacional parte del presupuesto de un partido internacional del proletariado, llamado a realizar la emancipación universal de la humanidad, sin dejarse confundir por los «intereses denominados "nacionales"»; hemos visto a Kollontai teorizar de manera similar una suerte de familia universal en cuyo ámbito lo «mío» y lo «tuyo» se disuelven sin residuos en lo «nuestro».
Ulteriormente, la Tercera Internacional pasará por un complicado proceso de aprendizaje que la conducirá, con el Informe de Dimitrov al VII Congreso de 1935, a denunciar como peligrosa toda forma de «nihilismo nacional», ¿Pero el redescubrimiento de la nación no es una traición al internacionalismo? Si para Kollontai la permanencia de la institución de la familia y la atención particular dirigida a los propios hijos son sinónimo de mezquindad egoísta y de desinterés por la suerte de todos los niños del mundo, para Trotsky «examinar las perspectivas de la revolución social dentro de los límites de una nación» significa ceder o ser indulgentes con el «social-patriotismo» y el social-chovinismo, responsable entre otras cosas de la carnicería de la Primera guerra mundial. Así también «la idea de una evolución socialista que se cumpla e incluso se complete en un sólo país» es un «punto de vista que es fundamentalmente nacional-reformista, ni revolucionario ni internacionalista». Son declaraciones de 1928; diez años después es fundada la Cuarta Internacional, que retoma (y radicaliza ulteriormente) el universalismo abstracto de los comienzos y que por lo tanto se autodefine «partido mundial de la revolución socialista». Sería fácil aplicar contra Trotsky la crítica por él utilizada en la polémica con Kollontai. Así como no constituye una superación real del egoísmo doméstico el ignorar y evitar las responsabilidades particulares que se tienen respecto a los propios hijos y los más cercanos parientes, del mismo modo no es en absoluto sinónimo de internacionalismo perder de vista el hecho de que las posibilidades y tareas concretas de transformación revolucionaria se colocan en primer lugar sobre un terreno nacional determinado. El distanciamiento e indiferencia respecto al país en el que se vive puede asumir perfectamente un significado todo menos progresista: en la Rusia zarista Herzen, un autor apreciado por Lenin, señalaba que la aristocracia era bastante «más cosmopolita que la revolución»; lejos de tener una base nacional, su dominio descansaba en la negación de la posibilidad misma de una base nacional, en la «profunda división [...] entre las clases civilizadas y los campesinos», entre una élite bastante restringida e inclinada a comportarse como una raza superior y la inmensa mayoría de la población. Sin liquidar la racialización de las clases subalternas y sin afirmar las ideas de nación y responsabilidad nacional no se es revolucionario.
Esto Stalin lo tiene bastante en cuenta, como ejemplifica el discurso pronunciado el 4 de febrero de 1931. Se presenta en tal ocasión como un líder revolucionario e internacionalista, que es al mismo tiempo un estadista y un líder nacional ruso, dedicado a resolver los problemas que la nación arrastra desde hace tiempo: «nosotros bolcheviques, que hemos hecho tres revoluciones, que hemos conseguido salir victoriosos de una dura guerra civil», tenemos que hacernos cargo también del problema de superar el tradicional retraso industrial y la fragilidad militar de Rusia. «En el pasado no teníamos patria y no podíamos tenerla»; con el derrumbe del viejo régimen y la llegada del poder soviético el nihilismo nacional es más insensato que nunca, la causa de la revolución es al mismo tiempo la causa de la nación.
El acento parece ahora desplazarse de la lucha de clase (con su dimensión internacionalista) a la edificación económica nacional. Pero más exactamente, en la concreta situación política que se ha creado, la lucha de clases se muestra como la tarea de realizar para el país del socialismo un desarrollo económico y tecnológico, poniéndolo así en situación de enfrentarse a los terribles desafíos venideros y aportar una contribución real a la causa internacionalista de la emancipación. La lucha de clases no solamente asume una dimensión nacional sino que parece adoptar, en la Rusia soviética, la forma de una tarea banal y prosaica: «en el período de reconstrucción la técnica decide todo»; y por tanto es necesario «estudiar la técnica» y hacerse «dueños de la ciencia». En realidad, esta nueva tarea no es menos difícil y exaltante que la conquista del Palacio de Invierno: «los bolcheviques deben conquistar la técnica» y convertirse ellos mismos en «especialistas»; desde luego, es un objetivo tod0 menos fácil de alcanzar, pero «no hay fortalezas que los bolcheviques no dan asaltar». La política previa a la Gran guerra patriótica encuentra su primera expresión en los años en los que la Rusia soviética se emplea a fondo en un gigantesco esfuerzo de industrialización y refuerzo de la defensa nacional.
Hemos visto a Stalin subrayar en la víspera de la agresión nazi la necesidad de conectar «el sentimiento nacional y la idea de patria», «un sano nacionalismo, correctamente entendido, con el internacionalismo proletario». En la situación concreta que se había producido tras la ofensiva expansionista del Tercer Reich, la marcha de la universalidad pasaba a través de las luchas concretas y particulares de los pueblos decididos a no dejarse reducir a la condición de siervos al servicio del hitleriano ‘Pueblo de Señores’, lo que en realidad hacía avanzar el internacionalismo era la resistencia de las naciones amenazadas más directamente por los planes de esclavización del imperialismo nazi. Pero ya tres años antes, como confirmación del hecho de que estamos en presencia de un proceso de aprendizaje favorecido o impuesto por la necesidad concreta de desarrollar luchas de resistencia nacionales contra el imperialismo, Mao Tse-Tung declara: «Separar el contenido del internacionalismo de su forma nacional es la praxis de aquellos que no entienden nada de internacionalismo. En cuanto a nosotros, sin embargo, debemos ligarlos estrechamente. Para este propósito se han cometido en nuestras filas graves errores que deben ser corregidos con la máxima dedicación». En términos similares Gramsci distingue entre «cosmopolitismo» e «internacionalismo», que sabe y de hecho debe saber ser al mismo tiempo «profundamente nacional».
Además del rechazo a la familia nuclear y la teorización de una suerte de paternidad y maternidad colectivas («nuestros hijos»), a nivel político general el universalismo abstracto se deja ver con claridad en la propuesta de una «dirección colectiva», vista una vez más como la disolución de las responsabilidades personales y de los cargos desempeñados a nivel individual. No es casual que Kollontai forme parte durante cierto tiempo de la Oposición obrera, cuyos eslóganes a nivel de fábrica y en los diversos puestos de trabajo en el partido y el sindicato, en la administración y en el Estado, son: «poder de un órgano colectivo», «voluntad colectiva», «pensamiento común», «gestión colectiva». En este contexto debe ser colocada la esperanza mesiánica de la completa disolución de la distinción entre «mío» y «tuyo» también en el ámbito económico, con la consiguiente condena, más que de un determinado sistema de producción y distribución de la riqueza social, de la «economía del dinero» y del mercado, de la propiedad privada en cuanto tal, por muy limitada y estrecha que pueda ser. En todos estos casos la universalidad anhelada es la que se presenta inmediatamente en su incontaminada pureza, sin pasar a través de la mediación y entrelazamiento con la particularidad. Y es este culto a la universalidad abstracta el que encuentra la traición cada vez que la particularidad ve reconocidos sus derechos o su fuerza…
(continuará)
[ Fragmento de: Domenico Losurdo. “Stalin, historia y crítica de una leyenda negra” ]
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