sábado, 6 de junio de 2026

 


1413

 

 

LA LUCHA DE CLASES

Domenico Losurdo

 


(53)

 

 

 

VII

 Lenin 1919: «La lucha de clases ha cambiado sus formas»

 

 

 


 

 

4. Una inédita lucha de clases desde arriba

 

Si la lucha de clases revolucionaria en la Rusia y la China que acaban de derrocar el antiguo régimen, pese a lo que parecen defender los populistas, no aspira a un «colectivismo de la miseria, del sufrimiento», ¿cuál es entonces su meta? El problema ya se había abordado en el Manifiesto, donde se afirma que «el proletariado se valdrá de su dominación política» para emprender la transformación de la sociedad en sentido socialista, sin duda, pero también «para aumentar con la mayor rapidez posible la suma de las fuerzas productivas» (MEW). Veamos ahora en qué términos se entabla el debate en la Rusia soviética. Lenin llama a acabar con todas las relaciones sociales intolerables, empezando por la esclavitud doméstica de las mujeres, que tres años después de la revolución todavía persiste en la sociedad. Ya en este nivel se puede advertir una novedad importante: la acción desde abajo, que también se impone, puede contar con el respaldo del muevo poder político, y en este sentido la lucha de clases desde abajo se combina con la lucha de clases desde arriba. Falta aún la respuesta a la pregunta crucial: ¿cómo se manifiesta la lucha de clases en las fábricas y los lugares de trabajo y producción de la ciudad, donde ya se ha llevado a cabo la transformación en sentido socialista de las relaciones de propiedad?

        

 

En lo más recio de la guerra civil y la intervención contrarrevolucionaria existe un amplio acuerdo sobre el hecho de que la participación en la lucha de clases revolucionaria consiste, por un lado, en la defensa armada de la Rusia soviética, y por otro en el esfuerzo productivo para sostener la defensa armada. Al decir de Lenin, los comunistas se ponen al frente de la lucha de clases revolucionaria haciendo gala, «no solo en el frente sino también en la retaguardia», de «heroísmo» y «abnegación» (LO).

        

 

Tras la derrota de los ejércitos contrarrevolucionarios apoyados por los aliados, el esfuerzo debe centrarse en una labor de reconstrucción económica que es de largo aliento, ya sin el acicate inmediato de las necesidades de la guerra y la salvación militar de la revolución. Ahora lo que mina la resistencia y la existencia misma de la Rusia soviética no son los ejércitos contrarrevolucionarios, sino las dificultades para atender las necesidades elementales y cotidianas de una población extenuada; para el dirigente soviético debería ser obvio que satisfacer estas necesidades, proporcionando así al nuevo régimen una amplia base social de consenso, es una forma de participación concreta en la lucha de clases revolucionaria. En realidad, el paso de la poesía a la prosa, de arrostrar la muerte en el campo de batalla (y solidarizarse con los héroes del frente) a arrostrar el cansancio y la monotonía cotidianos de los lugares de producción y trabajo, no es fácil y genera malestar y desencanto.

 

 

Lenin debe emprender una batalla que es política y a la vez pedagógica para convencer a sus colaboradores y camaradas de partido, en particular a los jóvenes, de que es preciso dejar atrás el romanticismo revolucionario y tener una visión menos emocionante pero más concreta de la lucha de clases. Octubre de 1920: «El pueblo pasa hambre, en las fábricas y los talleres hay hambre», hay que remediar esta situación (LO). Ocho de marzo de 1921: hay que centrarse en el problema «del deterioro de los medios de producción, el descenso de la productividad, la falta de mano de obra, etc.» (LO). Octubre de 1921: «el despertar de la vida económica», «el aumento de la productividad», es algo «absolutamente necesario» (LO).

        

 

Para alcanzar estos objetivos no hay que dudar en tomar ejemplo de los países más avanzados del Occidente capitalista, para aprender no solo la ciencia y la técnica, sino lo que hoy llamaríamos la gestión; sí, es necesario asimilar críticamente incluso el taylorismo. El mismo que, en los años anteriores a la primera guerra mundial, había merecido el calificativo de «sistema “científico” para exprimir el sudor» del «esclavo asalariado» (LO). Sin embargo, incluso en esta fase Lenin se preocupa de hacer las distinciones oportunas: el capitalismo, como se basa en la «competencia», tiene que «estar inventando siempre nuevos medios de reducir los costes de producción»; por desgracia «el dominio del capital transforma estos nuevos medios en instrumentos para oprimir aún más al obrero» (LO, 20; 141). Pero es en los años siguientes, ante la necesidad de construir la nueva sociedad, cuando la distinción entre ciencia y uso capitalista de la ciencia se torna más clara, también en relación con el taylorismo:

        

 

En comparación con los trabajadores de las naciones más avanzadas, el ruso es un mal trabajador [...]. Aprender a trabajar: esta es la tarea que el poder de los soviets debe plantear con toda amplitud al pueblo. La última palabra del capitalismo en este terreno, el sistema Taylor —como todos los progresos del capitalismo— combina la crueldad refinada de la explotación burguesa con una serie de valiosos logros científicos en lo que respecta a los movimientos mecánicos durante el trabajo, la eliminación de los movimientos superfluos y torpes, la adopción de los métodos de trabajo más racionales, la implantación de los mejores sistemas de contabilidad y control, etc. La república soviética debe hacer un esfuerzo por asimilar las conquistas valiosas de la ciencia y la técnica en este campo. La posibilidad de hacer realidad el socialismo dependerá justamente de nuestra capacidad de combinar el poder soviético y la organización administrativa soviética con los progresos más recientes del capitalismo (LO).

 

 

Entre los bolcheviques, por supuesto, se alzan voces escandalizadas para advertir que así se reproduciría la «esclavización de la clase obrera» y se volvería al capitalismo; pero igual de dura es la réplica de Lenin, que considera esta actitud «inaudita y reaccionaria» y «una amenaza para la revolución» (LO). En realidad: «Solo son dignos de llamarse comunistas quienes comprenden que no se puede crear o instaurar el socialismo sin aprender de los organizadores de los trust», dado que el socialismo supone «la asimilación y la aplicación por la vanguardia proletaria, después de conquistar el poder, de todo lo creado por los trust» (LO).

        

 

Con la introducción de la NEP el malestar y el desencanto se agudizan. El dirigente soviético redobla sus esfuerzos para explicar que la lucha de clases, en su nueva configuración, ha adquirido otra dimensión: no se trata únicamente de aumentar la productividad en general, sino de demostrar en concreto la superioridad del sector público de la economía sobre el privado. El 27 de marzo de 1922 se dirige a sus seguidores en estos términos:

        

 

Debéis demostrar en la práctica que no trabajáis peor que los capitalistas [...]. Enfocad las cosas con más sentido común, arrojad todos los oropeles, quitaos el manto solemne de comunista, estudiad de un modo sencillo este arte sencillo, y entonces venceremos al capitalista privado (LO).

        

 

Es un motivo sistematizado y radicalizado en 1925 por Bujarin: una vez conquistado el poder, el proletariado debe preocuparse por «consolidar la unidad social», por la «paz civil», pero «eso no significa en absoluto que cese la lucha de clases», sino que se presenta «de otra forma»:

        

 

¿Cómo eliminamos a los opositores directos, los capitalistas privados? Con la competencia, con la lucha económica: si ellos venden más barato debemos arreglárnoslas para vender aún más barato. En eso consiste, entre otras cosas, la lucha de clases en la situación actual (Bujarin).

        

 

Solo se pueden lograr estos dos objetivos de la nueva lucha de clases (desarrollar la productividad en general, demostrar una superioridad de la economía estatal y pública) con una condición. Dirigiéndose a la «nueva generación», Lenin hace un llamamiento: «Tenéis ante vosotros la tarea de la edificación, y solo podréis cumplirla si domináis todo el saber moderno» (LO).

 

 

Con su acostumbrada lucidez y agudeza, en 1927 Benjamin observa: «Ahora a todos los comunistas se les procura explicar que el trabajo revolucionario en este momento no significa lucha y guerra civil, sino construcción de canales, construcción de fábricas y electrificación. Cada vez se pone más en evidencia el carácter revolucionario de la técnica auténtica».

        

 

Cuatro años después —mientras tanto se ha repudiado la NEP para proceder a la colectivización de la agricultura y a una industrialización a marchas forzadas— Stalin insiste: «en el periodo de reconstrucción la técnica lo decide todo»; por lo tanto es preciso «estudiar la técnica» y «dominar la ciencia». Todo esto puede parecer prosaico y trivial. En realidad, esta nueva tarea no es menos ardua que la toma del Palacio de Invierno: «los bolcheviques tienen que conquistar la técnica» y convertirse ellos mismos en «especialistas»; por supuesto, no es un objetivo fácil de alcanzar, pero «no hay fortalezas que los bolcheviques no puedan expugnar» (Stalin). La lucha de clases por el desarrollo de las fuerzas productivas también puede ser una empresa emocionante y memorable; también ella puede o debería despertar el entusiasmo revolucionario.

        

 

Desde Francia, en cambio, Simone Weil argumenta de un modo bien distinto cuando en 1932 llega a la conclusión de que Rusia ha adoptado como modelo Estados Unidos, la eficiencia, el productivismo, el taylorismo, la sumisión del obrero a la producción. La lucha de clases se ha olvidado:

        

 

El hecho de que Stalin, sobre este asunto que está en el centro del conflicto entre capital y trabajo, haya abandonado el punto de vista de Marx y se haya dejado seducir por el sistema capitalista en su forma más perfecta, demuestra que la URSS todavía dista mucho de poseer una cultura obrera (Weil).

        

 

El problema que hemos visto a propósito de la Rusia soviética se repite en otras revoluciones. En el verano de 1933, Mao Zedong llama a esforzarse por lograr un «desarrollo ininterrumpido» de la economía en las zonas gobernadas por los comunistas: «Es una gran tarea, una gran lucha de clases».

        

 

A finales de 1964, refiriéndose tanto a Argelia como a Cuba, Ernesto Che Guevara se dirige a los jóvenes argelinos en estos términos:

 

Es el momento de construir, mucho más difícil, y en apariencia menos heroico, pero que requiere concentrar todas las fuerzas de la nación [...]. Hay que trabajar, porque en momentos como este es la mejor manera de luchar [...]. Patria o muerte.

Sí, después de la victoria militar de una revolución, lo más importante es «el trabajo de los combatientes de la producción». Es preciso emplearse a fondo para conferir eficiencia al «gran mecanismo de la producción». En el orden del día está solucionar el problema «de crear más riqueza, de crear más bienes, para que nuestro pueblo disponga de una cantidad de cosas cada vez mayor, para poder definirnos como país socialista» (Guevara).

 

(continuará)

 

 

 

[ Fragmento de: Domenico Losurdo. “La lucha de clases” ]

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lunes, 1 de junio de 2026

 

 1412

 

 

LAS VENAS ABIERTAS DE AMÉRICA LATINA

Eduardo Galeano

 

 (16)

 

 

 

PRIMERA PARTE

LA POBREZA DEL HOMBRE COMO RESULTADO DE LA RIQUEZA DE LA TIERRA.

 

 

 


CASTILLOS DE AZÚCAR SOBRE LOS SUELOS QUEMADOS DE CUBA

 

  Los ingleses se habían apoderado fugazmente de la Habana en 1762. Por entonces, las pequeñas plantaciones de tabaco y la ganadería eran las bases de la economía rural de la isla; La Habana, plaza fuerte militar, mostraba un considerable desarrollo de las artesanías, contaba con una fundición importante, que fabricaba cañones, y disponía del primer astillero de América Latina para construir en gran escala buques mercantes y navíos de guerra. Once meses bastaron a los ocupantes británicos para introducir una cantidad de esclavos que normalmente hubiese entrado en quince años y desde esa época la economía cubana fue modelada por las necesidades extranjeras de azúcar: los esclavos producirían la codiciada mercancía con destino al mercado mundial, y su jugosa plusvalía sería desde entonces disfrutada por la oligarquía local y los intereses imperialistas. Moreno Fraginals describe, con datos elocuentes, el auge violento del azúcar en los años siguientes a la ocupación británica. El monopolio comercial español había saltado, de hecho, en pedazos; habían quedado deshechos además los frenos al ingreso de esclavos. El ingenio absorbía todo, hombres y tierras. Los obreros del astillero y la fundición y los innumerables pequeños artesanos, cuyo aporte hubiera resultado fundamental para el desarrollo de las industrias, se marchaban a los ingenios; los pequeños campesinos que cultivaban tabaco en las vegas o frutas en las huertas, víctimas del bestial arrasamiento de las tierras por los cañaverales, se incorporaban también a la producción de azúcar. La plantación extensiva iba reduciendo la fertilidad de los suelos; se multiplicaban en los campos cubanos las torres de los ingenios y cada ingenio requería cada vez más tierras. El fuego devoraba las vegas tabacaleras y los bosques y arrasaba las pasturas. En 1792, el tasajo, que pocos años antes era un artículo cubano de exportación, llegaba ya en grandes cantidades del extranjero, y Cuba continuaría importándolo en lo sucesivo».

 

 

Languidecían el astillero y la fundición, caía verticalmente la producción de tabaco; la jornada de trabajo de los esclavos del azúcar se extendía a veinte horas. Sobre las tierras humeantes se consolidaba el poder de la «sacarocracia». A fines del siglo XVIII, euforia de la cotización internacional por las nubes, la especulación volaba: los precios de la tierra se multiplicaban por veinte en Güines; en La Habana el interés real del dinero era ocho veces más alto que el legal; en toda Cuba la tarifa de los bautismos, los entierros y las misas subía en proporción a la desatada carestía de los negros y los bueyes.

 

  Los cronistas de otros tiempos decían que podía recorrerse Cuba, a todo lo largo, a la sombra de las palmas gigantescas y los bosques frondosos, en los que abundaban la caoba y el cedro, el ébano y los dagames. Se puede todavía admirar las maderas preciosas de Cuba en las mesas y en las ventanas de El Escorial o en las puertas del palacio real de Madrid, pero la invasión cañera hizo arder, en Cuba, con varios fuegos sucesivos, los mejores bosques vírgenes de cuantos antes cubrían su suelo. En los mismos años en que arrasaba su propia floresta, Cuba se convertía en la principal compradora de madera de los Estados Unidos. El cultivo extensivo de la caña, cultivo de rapiña, no sólo implicó la muerte del bosque sino también, a largo plazo, «la muerte de la fabulosa fertilidad de la isla». Los bosques eran entregados a las llamas y la erosión no demoraba en morder los suelos indefensos; miles de arroyos se secaron. Actualmente, el rendimiento por hectáreas de las plantaciones azucareras de Cuba es inferior en más de tres veces al de Perú, y cuatro veces y media menor que el de Hawai. El riego y la fertilización de la tierra constituyen tareas prioritarias para la revolución cubana. Se están multiplicando las presas hidráulicas, grandes y pequeñas, mientras se canalizan los campos y se diseminan, sobre las castigadas tierras, los abonos.

 

  La «sacarocracia» alumbró su engañosa fortuna al tiempo que sellaba la dependencia de Cuba, una factoría distinguida cuya economía quedó enferma de diabetes. Entre quienes devastaron las tierras más fértiles por medios brutales había personajes de refinada cultura europea, que sabían reconocer un Brueghel auténtico y podían comprarlo; de sus frecuentes viajes a París traían vasijas etruscas y ánforas griegas, gobelinos franceses y biombos Ming, paisajes y retratos de los más cotizados artistas británicos. Me sorprendió descubrir, en la cocina de una mansión de La Habana, una gigantesca caja fuerte, con combinación secreta, que una condesa usaba para guardar la vajilla. Hasta 1959 no se construían fábricas, sino castillos de azúcar: el azúcar ponía y sacaba dictadores, proporcionaba o negaba trabajo a los obreros, decidía el ritmo de las danzas de los millones y las crisis terribles. La ciudad de Trinidad es, hoy, un cadáver resplandeciente. A mediados del siglo XIX, había en Trinidad más de cuarenta ingenios, que producían 700 mil arrobas de azúcar. Los campesinos pobres que cultivaban tabaco habían sido desplazados por la violencia, y la zona, que había sido también ganadera, y que antes exportaba carne, comía carne traída de fuera. Brotaron palacios coloniales, con sus portales de sombra cómplice, sus aposentos de altos techos, arañas con lluvias de cristales, alfombras persas, un silencio de terciopelo y en el aire las ondas del minué, los espejos en los salones para devolver la imagen de los caballeros de peluquín y zapatos con hebilla. Ahí está, ahora, el testimonio de los grandes esqueletos de mármol o piedra, la soberbia de los campanarios mudos, las calesas invadidas por el pasto. A Trinidad le dicen ahora «la ciudad de los tuvo»; porque sus sobrevivientes blancos siempre hablan de algún antepasado que tuvo el poder y la gloria. Pero vino la crisis de 1857, cayeron los precios del azúcar y la ciudad cayó con ellos, para no levantarse nunca más.

 

 

Un siglo después, cuando los guerrilleros de la Sierra Maestra conquistaron el poder, Cuba seguía con su destino atado a la cotización del azúcar. «El pueblo que confía su subsistencia a un solo producto, se suicida», había profetizado el héroe nacional, José Martí. En 1920, con el azúcar a 22 centavos la libra, Cuba batió el récord mundial de exportaciones por habitante, superando incluso a Inglaterra, y tuvo el mayor ingreso per capita de América Latina. Pero ese mismo año, en diciembre, el precio del azúcar cayó a cuatro centavos, y en 1921 se desató el huracán de la crisis: quebraron numerosas centrales azucareras, que fueron adquiridas por intereses norteamericanos, y todos los bancos cubanos o españoles, incluyendo el propio Banco Nacional. Sólo sobrevivieron las sucursales de los bancos de Estados Unidos.[98] Una economía tan dependiente y vulnerable como la de Cuba no podía escapar, posteriormente, al impacto feroz de la crisis de 1929 en Estados Unidos: el precio del azúcar llegó a bajar a mucho menos de un centavo en 1932, y en tres años las exportaciones se redujeron, en valor, a la cuarta parte. El índice de desempleo de Cuba en esos tiempos «difícilmente habrá sido igualado en ningún otro país».[99] El desastre de 1921 había sido provocado por la caída del precio del azúcar en el mercado de los Estados Unidos, y de los Estados Unidos no demoró en llegar un crédito de cincuenta millones de dólares: en ancas del crédito, llegó también el general Crowder; so pretexto de controlar la utilización de los fondos, Crowder gobernaría, de hecho, el país. Gracias a sus buenos oficios la dictadura de Machado llega al poder en 1924, pero la gran depresión de los años treinta se lleva por delante, paralizada Cuba por la huelga general, a este régimen de sangre y fuego.

 

 

Lo que ocurría con los precios, se repetía con el volumen de las exportaciones. Desde 1948, Cuba recuperó su cuota para cubrir la tercera parte del mercado norteamericano de azúcar, a precios inferiores a los que recibían los productores de Estados Unidos, pero más altos y más estables que los del mercado internacional. Ya con anterioridad los Estados Unidos habían desgravado las importaciones de azúcar cubana a cambio de privilegios similares concedidos al ingreso de los artículos norteamericanos en Cuba. Todos estos favores consolidaron la dependencia. «El pueblo que compra manda, el pueblo que vende sirve; hay que equilibrar el comercio para asegurar la libertad; el pueblo que quiere morir vende a un solo pueblo, y el que quiere salvarse vende a más de uno», había dicho Martí y repitió el Che Guevara en la conferencia de la OEA, en Punta del Este, en 1961. La producción era arbitrariamente limitada por las necesidades de Washington. El nivel de 1925, unos cinco millones de toneladas, continuaba siendo el promedio de los años cincuenta: el dictador Fulgencio Batista asaltó el poder, en 1952, en ancas de la mayor zafra hasta entonces conocida, más de siete millones, con la misión de apretar las clavijas, y al año siguiente la producción, obediente a la demanda del norte, cayó a cuatro…

 

 

 

(continuará)

 

 

 

[ Fragmento de: Eduardo Galeano. “Las venas abiertas de América Latina” ]

 

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