domingo, 8 de marzo de 2026


 

1400

 

EL CAPITALISMO EN CORRUPCIÓN SE HACE TANATOCAPITALISMO

 

 

Cuando el metabolismo capitalista empieza a pudrirse, nace el tiempo de los monstruos, pero también se abren fisuras cada vez más anchas para que las conciencias puedan respirar

 

ANDRES PIQUERAS, profesor senior de la Universidad Jaume I

 

 

 


 

La debilidad de las estructuras capitalistas

 

El “momento histórico objetivo” en el que nos situamos puede caracterizarse como de debilidad de las estructuras capitalistas, resultante de la profunda contradicción que significa que la enorme potencialidad de desarrollo de las fuerzas productivas tenga que estar filtrada por el menguante cedazo del valor. A partir de esta contradicción básica una ristra de contradicciones estructurales se derivan en cadena:

 

    Entre acumulación y regulación.

 

Al necesitar la acumulación de formas cada vez más despóticas de gestión de los mercados de trabajo y más forzadas por lo que respecta a la extracción del valor (debido por una parte la creciente inmaterialidad y accesibilidad de lo producido y por otra la acentuada “cooperación” de la producción), se debilitan las posibilidades de regulación social “democrática”.

 

    Entre valorización (en cuanto que extracción de plusvalía) y realización de la plusvalía en forma de ganancia.

 

La escasa recuperación del beneficio en la producción se ha hecho a costa de una sobreexplotación y empobrecimiento del Trabajo y por tanto de una exacerbada depresión de la demanda.

 

    Entre el valor ficticio generado por el entramado mundial financiero-especulativo y el beneficio empresarial, que se obstruye respondiendo a un estancamiento de la rentabilidad (lo que hace que la débil marcha del crecimiento se dé sin proporcional acumulación de capital).

 

El endeudamiento como forma predominante de crecimiento actual no tiene contrapartida ni productiva ni energética para posibilitar que una hipotética acumulación futura pueda satisfacer ese endeudamiento.

 

    Entre el valor capitalista y la riqueza social y natural, pues aquél depende cada vez más de la destrucción de éstas.

    Entre el desarrollo de las fuerzas productivas (la automatización) y las bases de sustentación del capitalismo: valor, trabajo asalariado, plusvalía, ganancia…, que resultan crecientemente deterioradas.

 

Estas últimas contradicciones están inscritas también en la creciente tensión entre lo que el capitalismo potencialmente permitiría, la socialización de la producción, la transformación de la estructura del trabajo y la desaparición del valor como relación de mediación de la vida social, así como el generalizado aumento del tiempo disponible… y su permanente abortamiento de esas potencialidades. Este modo de producción castra constantemente las propias potencialidades que alberga de superarse en favor de la sociedad.

 

Es decir, que los cambios ni son inmanentes al modo de producción capitalista, ni tampoco contingentes o ajenos a él. Las contradicciones señaladas son la substancia de la crisis cronificada del capitalismo; evidencian la decadencia mórbida de su metabolismo.

 

Pero el camino al que conduzcan, si bien no es arbitrario (el futuro no está escrito, pero no puede darse cualquier futuro), tampoco está impreso necesariamente en el movimiento del capital. La gran incertidumbre dialéctica es que la agencia humana, constituida a partir de ese movimiento, interviene también en su posible modificación.

 

En la actualidad, el complejo institucional y de dominación capitalista se adapta a la agudización de las contradicciones mencionadas a través de formas unilaterales, crecientemente despóticas y mortíferas, de “regulación social”.

 

Del lado opuesto, ese que podríamos llamar “momento de debilidad de las estructuras”, no se acompaña de una fortaleza antagonista.

 

Más bien la hegemonía del Capital parece todavía fuertemente asentada a pesar de las tendencias estructurales a su debilitamiento. Circunstancia que obstaculiza sobremanera la creación de sujetos colectivos altersistémicos.

 

 

Hegemonía para la dominación.

 

En el modo de producción capitalista las condiciones de dominación son también las condiciones de reproducción del propio capital. Forman la garantía de valorización de los capitales individuales como “capital social” en conjunto y ponen en juego la totalidad de los aspectos y elementos de la realidad social, de la praxis social. 

 

Así, los medios socializados de producción (infraestructuras productivas, avances científicos…); aspectos de la reproducción de la fuerza de trabajo no directamente asegurados por la circulación mercantil (establecimiento de un determinado tipo de relaciones familiares, de género e intergeneracionales coherentes con esa reproducción; producción y reproducción del espacio-tiempo doméstico; sistema educativo; sistemas colectivos de cohesión social, etc.); el espacio social que requiere la circulación del capital (las redes de transporte y comunicaciones, los procesos de urbanización, la particular disposición del territorio para facilitar en lo posible la movilidad tanto del capital social como del trabajo social, de una rama de producción a otra, de una región a otra; etc.); las normas jurídicas para garantizar tanto la plusvalía como la ganancia (derecho laboral; derecho mercantil, penal…) y las instituciones encargadas de velar por su aplicación; la unificación político-administrativa del territorio y homogeneización de las condiciones de vida (normas sociales y culturales) al interior de una formación socio- estatal; la construcción de un medio físico o natural acorde con los principios de funcionamiento económico y social, entre otras condiciones inmediatas y transmediatas.

 

Todo ello constituye el metabolismo del modo de producción capitalista, que adquiere la forma de la ley del valor y se sustenta sobre el trabajo social abstracto, la naturaleza social abstracta y el tiempo social abstracto [la coproducción de una determinada naturaleza por el capital, que a su vez determina su posible evolución], y “secreta” por sí mismo determinadas maneras de entender y de explicar el mundo, como una ideología empotrada, desprendida de la inmediatez de la cotidianidad que se experimenta o, dicho a la inversa, de la experiencia cotidiana.

 

El tiempo abstracto (dedicado a la producción de valor como plusvalor), el espacio abstracto (reconfiguración permanente de la naturaleza para el beneficio) y la sociedad alienada (subordinada a la forma mercancía y al trabajo abstracto) son elementos básicos del orden capitalista, pero puede haber diferente intensidad en cómo se dimensiona el tiempo (aumento o descenso en la velocidad de rotación del capital, por ejemplo), la naturaleza (su mayor o menor abstracción -explotación- como mercancía) y la sociedad (mayor o menor legitimidad del Poder que puede corresponderse con una mayor o menor trasparencia de sus fundamentos).

 

Ese “metabolismo” puede sufrir cambios o evolucionar según los distintos modelos de crecimiento que se den en cada fase capitalista (promoviendo distintas maneras de hacer sociedad, tiempo y naturaleza), pero sus elementos estructurales básicos permanecen.

 

Y ellos generan formas específicas de entender las relaciones humanas y las relaciones de los seres humanos con la vida; implican, de hecho, determinados tipos de seres humanos; también, por tanto, determinada racionalidad social, así como específicas formas de subjetividad. Trazan las posibilidades de hegemonía de ciertas formas de pensamiento, filosofías e ideologías (expresadas en las distintas facetas de lo que se conoce como supraestructura social). Conforman el sentido común.

 

De aquí proviene la dimensión más empotrada o material de la hegemonía, que resulta de su profundo enraizamiento en un metabolismo sistémico y de su inter-penetración con la cultura que le es propia (aunque siempre lo haga de forma inestable, en función de los propios cambios metabólicos).

 

Efectivamente, cuando un modo de producción queda establecido, lleva consigo profundas raíces culturales, todo un entramado civilizatorio-cultural-psicológico que impregna la concepción del mundo de los seres humanos, y que naturaliza el propio modo de producción. Da lugar a un poso de conciencia, de subjetividad, de cultura propia, que no se deja modificar fácilmente o al menos completamente por una revolución política.

 

Todo orden social es susceptible de generar dosis de antagonismo y fidelidad combinados, en función del carácter de la explotación y de las posibilidades de ofrecer calidad de vida a la sociedad en la que se basa.

 

Salvo situaciones límite lo normal es que la mayor parte de la sociedad vea sus oportunidades de vida ancladas a ese orden, por lo que no sólo no buscan su destrucción, sino que la temen. E incluso si contempla la posibilidad de la caída de un conjunto de relaciones de dominación, no es fácil que rompa con sus bases civilizacionales, con el “metabolismo” a través del cual concibe el mundo y contempla lo que es cierto y lo que posible.

 

Ahí es donde radica el sentido más profundo del concepto gramsciano de subalternidad (por más que, ciertamente, Gramsci no sustantivara el adjetivo “subalterno”), como expresión de la experiencia y de la condición subjetiva de una población subordinada, sujeta a unas específicas relaciones de dominación que también son sociales, culturales e ideológicas en general.

 

La dominación se condensa así como la contraparte estructural de la explotación. Las que el autor sardo llamaría “clases subalternas” tienen precisamente como distintivo la heterogeneidad, la disgregación, el carácter episódico de su actuar y una débil y provisional tendencia hacia la unificación (predomina en ellas la desagregación).

 

En cambio las clases dominantes capitalistas realizan su unidad histórica en el Estado. Y el principio de su hegemonía radica en incorporar “orgánicamente” a los dominados, llevando a cabo el “Estado ampliado”, esto es, la suma de la ‘sociedad política’ y la ‘sociedad civil’.

 

Es en congruencia con ello que para erigirse en dominante, una clase que accede al comando del conjunto de la sociedad, ha de interpenetrarse con las fuentes metabólicas de Poder, tejiendo a partir de ellas un (renovado) metabolismo de Poder.

 

Esa clase se hace dirigente si además construye una total e integral concepción del mundo y una práctica organización integral de la sociedad, si establece para el resto de la sociedad una coherencia entre las versiones supraestructurales del mundo (cosmovisión) y las estructuras del orden económico-social imperante, legitimando su dominación. Consigue así una redefinición de la historicidad de los sucesos y la construcción de un proyecto histórico propio.

 

Esto pasa por des-figurar las bases de su propia dominación y por diluir en la conciencia del resto de la sociedad las contradicciones de la existencia social. También por la erección de un entramado de aparatos de gobierno, gestión, control y administración, como la forma en que la dominación socioeconómica se traduce en poder político.

 

Este entramado lleva empotrada su propia intelectualidad, en cuanto que forma de pensamiento organizada y sistematizada de interpretación del mundo en la que se especializa un determinado sector social dentro de la división social del trabajo imperante en el modo de producción.

 

Por eso, la “intelectualidad” empotrada en un determinado orden social, sea “orgánica” o no a la clase o alianzas de clase que lo rigen, no necesita mostrarse partidista. Puede figurar como “imparcial” (a menudo, cuando no es “orgánica” esa es la expresión que la actividad que despliega adquiere en su conciencia), dado que sus elaboraciones teórico-ideológicas, el conjunto de sus (fundamentadas) opiniones, son congruentes con el metabolismo social, con el “sentido común”. Es por eso que a la vez refuerzan uno y otro. En otras palabras, aquella intelectualidad emite “juicios gástricos” para ayudar al proceso de digestión ideológica del metabolismo social.

 

Una vez conseguida con un cierto grado de efectividad la conexión del metabolismo económico y social con las formas ideacionales y subjetivas de la sociedad y del ser-en-sociedad, el conjunto de procesos y dispositivos de Poder y dominación que son congruentes con un determinado modo de producción se hacen hegemónicos.

 

El resultado del Poder de clase aplicado a un particular metabolismo sistémico es lo que constituye la hegemonía de o para la dominación.

 

 

Tanatocapitalismo

 

Hoy que todo el metabolismo del capital se va corroyendo por dentro, las claves de la hegemonía se deshacen en concordancia.

 

La generalizada corrosión de las condiciones de vida y de descomposición del tejido social para la casi totalidad de las sociedades del planeta (coincidente con el retraimiento acelerado de la inversión social de los Estados), tiene su contraparte en los esfuerzos bélicos, la militarización y el acentuado desarrollo de fuerzas destructivas.

 

Eso quiere decir, asimismo, que cada vez más se borra la distinción entre “paz” y “guerra”, o que la “paz” comienza a ser una continuación de la guerra. Porque la Guerra Total de largo plazo o Guerra Sistémica Permanente no finaliza en la paz (o no tiene un fin concreto, que es lo mismo).

 

En concordancia con ello, para prevenir o abortar el consecuente malestar social en forma de protestas y levantamientos populares, o encauzarlo, en su caso, hacia movilizaciones programadas (auto)destructivas del poder social y redirigidas contra los sectores más débiles -en enfrentamientos intra-clase o civiles-, es que las elites de la clase capitalista vienen potenciando junto a la militarización, opciones de ultraderecha que le son inherentes y que algunos las han  llamado “neofascistas” (en cuanto que traen formas nuevas de fascismo), pero que de momento se presentan como posible preparación o paso previo (protofascista) a un proceso de plena renazificación de las sociedades, si así lo requirieran las necesidades del capital decadente y sus distintas modalidades de Guerra.

 

Estamos, pues, ante un capitalismo que está succionando lo social para hacerlo “rentable” y que recurre con alarmante asiduidad a la eliminación de poblaciones, multiplicando los “estados de excepción”, “de exclusión” y “de asedio”.

 

Un capitalismo en el que la Guerra se va convirtiendo en forma preponderante de regulación del Sistema, tanto a escala intraestatal (“guerra social” en cuanto que plasmación de la draconiana ofensiva unilateral de la clase capitalista contra las propias poblaciones) como interestatal o global.

 

Dentro de ella, el terrorismo patrocinado, los golpes de Estado, los enfrentamientos sociales provocados (como “contiendas civiles”) y, en general, las guerras sucias, son estrategias cada vez más recurrentes de las élites capitalistas mundiales para enfrentar enemigos así designados por ellas mismas y tratar de sostener el Sistema.

 

Según el Sistema degenera, se deslegitima y recurre cada vez más a la fuerza, más visible se hace su idiosincrasia bélica y carácter tánato, su condición propagadora de la desigualdad exacerbada y de las formas más brutales de explotación y dominio. Todo lo cual es susceptible de azuzar de nuevo “la reacción defensiva de la humanidad” (que tanto señalara Polanyi ).

 

Cuando el metabolismo capitalista empieza a pudrirse, nace el tiempo de los monstruos, pero también se abren fisuras cada vez más anchas para que las conciencias puedan respirar fuera de su seno y alimentarse de vida y formas de sociedad alternativas.

 

Es aquí donde interviene la hegemonía para la emancipación.

 

 

Hegemonía para la emancipación

 

La construcción de hegemonía por parte de los/as subordinados/as en cuanto que un todo orgánico y relacional que hace confluir con alguna estabilidad en torno a ciertos principios articulatorios básicos a los sujetos provenientes de las distintas luchas emancipatorias en pos de la autonomía y de proyectos sociales alternativos. Confeccionando elementos de coherencia entre unidades de otra forma separadas.

 

Hegemonía para la emancipación implica, por tanto, construir un nuevo “sentido común” que dote de una nueva identidad a los distintos sujetos autónomos, pero sin eliminar la originaria. Una identidad común que levante su propia visión del mundo, su propia lógica en la que desarrollar todo un metabolismo social diferente, multiplicando así la potencialidad emancipadora de las sociedades. 

 

Partiendo de que la relación fundamental que caracteriza a esta sociedad es la capitalista, el conjunto de luchas no se subsumen a ella sino que se potencian a partir de la lucha por la ruptura con ese orden.

 

Para ello la hegemonía emancipadora debe clarificar el presente de la acción fragmentadora, mistificadora y oscurecedora del pasado; de la dominación de clase que se perpetúa en la destrucción de los vínculos entre producción y Vida, para identificar las relaciones de fuerza que subyacen a los procesos sociales, en orden a asir intelectual y prácticamente su historicidad.

 

Esto sólo puede llevarse a cabo desde la conciencia y construcción de clase explotada y subordinada, como fuerza de trabajo que se niega a serlo, que se niega a sí misma para ser dueña de su vida, contra el Capital.

 

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miércoles, 4 de marzo de 2026

 

1399

 

SI CREES QUE ESTADOS UNIDOS QUIERE INSTAURAR LA DEMOCRACIA EN IRÁN, OBSERVA LO QUE ESTÁ HACIENDO ACTUALMENTE EN IRAK.

Caitlin Johnstone

 

 


 

 

Cualquiera que sea lo suficientemente tonto como para creer que Estados Unidos quiere llevar la democracia a Irán debería echar un vistazo a lo que está haciendo actualmente Estados Unidos para sabotear la democracia en Irak.

 

El presidente Trump ha estado amenazando agresivamente con cortar los ingresos petroleros de Irak si permite el regreso al cargo del ex primer ministro Nouri al-Maliki, a quien la administración Trump considera demasiado simpatizante de Irán .

 

Y las amenazas parecen estar funcionando, como informa Jason Ditz de Antiwar:

 

La candidatura del ex y posiblemente futuro primer ministro iraquí Nouri al-Maliki está cada vez más en duda este fin de semana, con informes de que la demanda del presidente Trump de que no se le permita regresar al cargo aumenta la posibilidad de que el bloque del Marco de Coordinación lo retire como su opción para primer ministro.

 

Las elecciones iraquíes del año pasado terminaron con el parlamento profundamente dividido como es habitual, aunque el cuarto puesto del Partido Estado de Derecho con el 6% de los votos fue visto en general como suficiente para darle a Maliki el liderazgo de la coalición , ya que el actual primer ministro Mohammed al-Sudani no tiene intenciones de regresar.

 

A finales del mes pasado, Trump exigió que Maliki renunciara a su cargo, pero este se negó en ese momento , argumentando que Estados Unidos debía mantenerse al margen de los asuntos internos de Irak. Maliki ya fue primer ministro iraquí entre 2006 y 2014.

 

Irak podría descartar a Maliki como candidato a primer ministro tras amenazas de EE. UU. Informe: EE. UU. dio un ultimátum a Irak para que descarte la candidatura de Maliki antes del domingo.

 

Irak podría descartar a Maliki como candidato a primer ministro tras las amenazas de EE. UU.


 

Ditz explica que Trump es capaz de influir en la política iraquí con amenazas creíbles debido al control estadounidense que se impuso a la economía de la nación tras la invasión de Irak:

 

La base de todo esto es que, tras la invasión y ocupación estadounidense de Irak en 2003, el país se reestructuró de tal manera que todos los ingresos petroleros iraquíes se pagaron en dólares estadounidenses a través del Banco de la Reserva Federal de Nueva York. Dado que esos ingresos representan casi la totalidad del presupuesto gubernamental iraquí, eso significa que Estados Unidos puede prácticamente apoderarse del tesoro iraquí en cualquier momento y llevar al país a la bancarrota en cualquier momento.

 

Así es en la práctica la “democracia” impuesta por Estados Unidos: dar a una nación la libertad de hacer lo que Washington le dice y elegir a los líderes que Washington le permite elegir.

 

Tal vez recuerden que la narrativa para justificar el derrocamiento de Saddam Hussein por parte de la coalición estadounidense en 2003 fue la urgente necesidad de llevar la libertad y la democracia al pueblo iraquí. Estados Unidos literalmente tituló la invasión "Operación Libertad Iraquí". Luego asesinaron a un millón de personas, sumieron la región en el caos y la inestabilidad durante años y aseguraron que el pueblo iraquí permaneciera para siempre bajo el yugo del imperio estadounidense.

 

No hay excusa para que un adulto crea que el imperio estadounidense quiere instaurar la democracia en Irán. Estados Unidos apoya constantemente dictaduras y monarquías en Oriente Medio precisamente porque no quiere que la voluntad popular determine las acciones y políticas de los gobiernos de esas naciones. Los estados verdaderamente democráticos de la región verían a la gente usar su voto para elegir líderes hostiles a Israel y Estados Unidos, y que establecen políticas sobre combustibles fósiles que favorecen los intereses de su propio pueblo en lugar de los del imperio occidental.

 

Por eso Oriente Medio está plagado de monarquías adineradas con una gran amistad con Estados Unidos y sus aliados. Esto no fue casualidad; Occidente ha estado estrechamente involucrado en la manipulación agresiva de los asuntos de Oriente Medio durante generaciones. Esto incluye a Irán; la CIA dio un golpe de Estado en 1953 para reemplazar a su gobierno elegido democráticamente por una monarquía alineada con Estados Unidos, que fue derrocada en la Revolución iraní de 1979.

 

La intervención militar estadounidense contra Irán, junto con la guerra económica y el apoyo al sectarismo, NO constituye una operación de cambio de régimen. Esa no ha sido la estrategia durante años. Los belicistas esperan una profunda desestabilización y balcanización.

 

El plan no es instaurar la democracia en Irán, y existe un argumento convincente de que ni siquiera se trata de preservar a Irán como un estado unificado. Influyentes halcones iraníes han promovido la balcanización como la estrategia preferida últimamente, y los propagandistas de la guerra ahora promueven la idea de que un Irán dividido étnicamente podría ser lo mejor para todos. Esta estrategia crearía un conflicto insondable y un caos terriblemente letal, pero permitiría derrocar al gobierno iraní sin tener que tomarse la molestia de reemplazarlo por uno nuevo. Pueden simplemente aplastar a Irán para eliminar a una potencia regional desobediente y dejar que las piezas caigan donde quieran, sin temor a una futura revolución que reemplace a su régimen títere en un estado grande y unificado.

 

Estados Unidos no busca la democracia, busca la dominación planetaria. De eso se trata todo lo que hacen, y al imperio no le importa a cuántas personas tenga que perjudicar para lograrlo.

 

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domingo, 15 de febrero de 2026

 

1398

 

STALIN, HISTORIA Y CRÍTICA DE UNA LEYENDA NEGRA.

Domenico Losurdo.

 

 ( 29 )

 

 

ENTRE EL SIGLO VEINTE Y LAS RAÍCES HISTÓRICAS PREVIAS, ENTRE HISTORIA DEL MARXISMO  E HISTORIA DE RUSIA: LOS ORÍGENES DEL "ESTALINISMO"

 


Libro digital gratis, aquí:  

https://www.abertzalekomunista.net/es/biblioteca-2/marxistas-internacionales/hegel-georg-wilhelm-friedrich/301-fenomenologia-del-espiritu

 

Universalidad abstracta y terror en la Rusia soviética

 

En el análisis de Hegel, si el terror es resultado no de la situación objetiva, no de una ideología, debe imputársele en primer lugar al mesianismo anarcoide; al universalismo abstracto que, en su huida lejos de todo elemento articular y determinado, consigue expresarse sólo como «furia disolvente». En lo que respecta a la revolución bolchevique no se debe perder de vista el estado de excepción permanente, provocado por la intervención y asedio imperialista.  El  componente  más  propiamente  ideológico  del terror remite sin embargo al culto de la universalidad y de la utopía abstracta, que obstaculiza la acción del  nuevo  grupo  dirigente  y  acaba  provocando  su  fractura  interna.  Es interesante ver de qué modo  a mediados  de  los  años  treinta  Trotsky,  dejando  atrás  las  sabias  críticas  a  Kollontai,  se  mofa  de  la rehabilitación estaliniana de la familia:

 

Cuando se esperaba confiar al Estado la educación de las jóvenes generaciones, el poder, lejos de preocuparse por defender la autoridad de los mayores, del padre y de la madre en especial, trató, por el contrario, de separar a los hijos de la familia para inmunizarlos contra las viejas costumbres. Todavía recientemente, durante el primer periodo quinquenal, la escuela y las Juventudes Comunistas solicitaban ampliamente  la  ayuda  de  los  niños  para  desenmascarar  al  padre  ebrio  o  a  la  madre  creyente,  para avergonzarlos,  para  tratar  de  "reeducarlos".  Otra  cosa  es  el  éxito  alcanzado.  De  todas  maneras,  este método minaba las bases mismas de la autoridad familiar.

 

Por  su  contribución  al  mantenimiento  de  las  «viejas  costumbres»  y  por  tanto  de  la  ideología  y  el particularismo  del  antiguo  régimen,  la  familia  es  identificada  como  un  obstáculo  que  la  marcha  de  la universalidad está llamada a derribar o golpear. La denuncia de la «autoridad familiar» produce no una disminución,  sino  incluso  un  suplemento  de  violencia.  El  mismo  resultado  produce  la  condena  de  la Constitución  y  el  derecho  como  instrumentos  del  dominio  burgués.  A  partir  de  estos  presupuestos  es imposible  realizar  e  incluso  pensar  en  un  Estado  socialista  de  derecho.  Naturalmente  existe  una contradicción entre el homenaje al ideal de la extinción del Estado y el recurso al Estado a la hora de intervenir también en el ámbito de las relaciones familiares, pero es la contradicción que constantemente se manifiesta entre la retórica libertaria del universalismo abstracto y las prácticas violentas que acaba por estimular.

 

Llegados a este punto estamos obligados a hacer una consideración ulterior. La tendencia a ver en el particular en cuanto tal un elemento de perturbación o de contaminación de la universalidad se manifiesta más  allá  del  grupo  dirigente  bolchevique.  Piénsese  en  la  desconfianza  u  hostilidad  con  la  que  Rosa Luxemburg  contempla  los  movimientos  nacionales,  a  los  que  se  les  reprocha  el  olvido  de  la  causa internacional del proletariado. Después de la Revolución de octubre, la gran revolucionaria critica por un lado a los bolcheviques por su carencia de respeto por la democracia o incluso su liquidación activa, pero  por  el  otro  los  invita  a  «sofocar  desde  su  nacimiento,  con  puño  de  hierro,  toda  tendencia separatista»  proveniente  de  los  «pueblos  sin  historia»,  «cadáveres  putrefactos  que  surgen  de  sus milenarios sepulcros»

 

Y  ahora  vemos  de  qué  manera  Stalin  describe  los  efectos  de  la  «revolución  socialista»  sobre  la cuestión nacional:


Ésta, socavando los estratos más profundos de la humanidad y empujándolos a la escena política, le insufla  nueva  vida  a  toda  una  serie  de  nuevas  nacionalidades,  antes  desconocidas  o  poco  conocidas. ¿Quién  habría  podido  pensar  que  la  vieja  Rusia  de  los  zares  representaría  no  menos  de  cincuenta naciones y grupos nacionales? Sin embargo, la Revolución de octubre, rompiendo las viejas cadenas y haciendo surgir toda una nueva serie de nacionalidades y pueblos olvidados, les ha dado nueva vida y desarrollo.

 

Llegamos  aquí  a  un  resultado  paradójico,  al  menos  desde  el  punto  de  vista  de  los  habituales balances  históricos  y  de  los  estereotipos  ideológicos  hoy  dominantes.  Respecto  a  los  pueblos  que «emergen  de  sus  milenarios  sepulcros»,  según  el  lenguaje  de  Luxemburg,  o  los  «pueblos  olvidados» según Stalin, es Rosa Luxemburg quien manifiesta una actitud más amenazante o represiva.

 

Desde luego, en lo que respecta al juicio sobre aquel que realmente ha ejercido el poder, se tratar de ver si la praxis ha correspondido a la teoría, y hasta qué punto. Queda claro que es el universalismo abstracto  de  Luxemburg  el  que  muestra  potencialmente  una  mayor  carga  de  violencia,  ya  que,  en  el transcurso de toda su evolución se ha mostrado inclinada a leer las reivindicaciones nacionales como una desviación respecto a la ruta principal del internacionalismo y el universalismo.

 

Alcanzamos un resultado comparable sí, siempre sobre la cuestión nacional, comparamos esta vez a Stalin y Kautsky. A la teoría formulada por el dirigente socialdemócrata alemán, en base a la cuál con la victoria del socialismo en un sólo país o grupos de países, y ya desarrollada la sociedad democrático-burguesa,  se  disolverían  o  tenderían  a  disolverse  las  diferencias  y  particularidades  nacionales,  el primero  replica:  tal  visión,  que  ignora  de  manera  superficial  «la  estabilidad  de  las  naciones»,  acaba abriendo de par en par las puertas de la «guerra contra la cultura nacional» de las minorías o pueblos oprimidos, a la «política de asimilación» y «colonización»; a la política preferida, por ejemplo, por los «germanizadores» y «rusificadores» de Polonia. También en este caso, es una universalidad incapaz de abrazar  lo  particular  la  que  estimula  la  violencia  y  la  opresión.  Siempre  dentro  del  contexto  de  la comparación entre las diferentes teorías, este universalismo abstracto le es más próximo a Kautsky que a Stalin.

 

Al igual que el dirigente socialdemócrata alemán, también Rosa Luxemburg critica duramente a los bolcheviques por su reforma agraria «pequeñoburguesa», que concede la tierra a los campesinos. A esta visión  se  puede  contraponer  la  de  Bujarin,  según  el  cual  en  las  condiciones  de  la  Rusia  de  aquel momento,  con  el  monopolio  del  poder  soviético  firmemente  mantenido  por  los  bolcheviques, precisamente  eran  los  «intereses  privados»  y  el  impulso  dado  al  enriquecimiento  de  los  campesinos  y otros estratos sociales los que habrían podido contribuir al desarrollo de las fuerzas productivas y, en última instancia, a la causa del socialismo y del comunismo. Se ha producido un cambio significativo en  Bujarin:  si  en  ocasión  del  tratado  de  Brest-Litovsk  había  dado  pruebas  de  universalismo  abstracto respecto a la cuestión nacional, sin embargo ahora, en relación con la NEP y la cuestión agraria, para Bujarin  el  proceso  de  construcción  de  la  universalidad  está  llamado  a  avanzar  también  a  través  de  la oportuna utilización de intereses particulares Estamos en presencia de un proceso de aprendizaje y de una reflexión auto crítica de extraordinario interés, que nos ayudan a comprender lo que en nuestros días ha ocurrido en países como China y Vietnam. Así prosigue Bujarin: Nos imaginábamos las cosas de la siguiente manera: alcanzamos el poder, lo tomamos casi todo en nuestras manos, ponemos en funcionamiento en seguida una economía planificada, no pasa nada si surgen dificultades, en parte las eliminamos, en parte las superamos, y la cosa concluye felizmente. Hoy vemos claramente que la cuestión no se resuelve así. La pretensión de «organizar la producción por medio de órdenes, por medio de la coerción», lleva a la  catástrofe.  Superando  esta  «caricatura  de  socialismo»,  los  comunistas  se  ven  obligados  por  la experiencia a tener en cuenta la «enorme importancia del incentivo privado individual» con el objetivo de  desarrollar  las  fuerzas  productivas,  «un  desarrollo  de  las  fuerzas  productivas  que  nos  conduzca  al socialismo y no a la completa restauración del denominado capitalismo "sano"».

 

Clamar, sin embargo, como  hacían  Trotsky  y  la  oposición,  por  la  «degeneración»  de  la  Rusia  soviética  a  causa  de  la persistencia de la economía privada en el campo y la «colaboración de clase» de los comunistas con los campesinos (y con los estratos burgueses tolerados por la NEP), habría llevado al fin de la «paz civil» y a una gigantesca «noche de San Bartolomé».

 

¿Lo que determinó la derrota de Bujarin, fue solamente la necesidad de acelerar al máximo la industrialización del país en previsión de la guerra, o bien contribuyó también la hostilidad irreductible hacia toda forma de propiedad privada y economía mercantil? Es un problema del que nos ocuparemos ulteriormente.  Se  puede  ya  desde  ahora  fijar  un  punto  de  referencia:  el  universo  concentracionario alcanza su cénit tras la colectivización forzada de la agricultura y el puño de hierro contra las tendencias burguesas  y  pequeñoburguesas  entre  los  campesinos,  miembros  por  lo  demás  de  los  «pueblos  sin historia», por usar el desafortunado lenguaje que Luxemburg retoma de Engels. Más allá de los errores o brutalidad  de  este  u  otro  dirigente  político,  no  hay  dudas  sobre  el  funesto  papel  desarrollado  por  un universalismo incapaz de subsumir y respetar lo particular.

 

Las  páginas  que  hemos  empleado  de  Hegel  (el  autor  en  el  que  Lenin  descubre  «raíces  del materialismo  histórico»)  son  como  la  refutación  anticipada  de  la  explicación  del  "estalinismo"  contenida  en  el  denominado  Informe  secreto  de  1956  pronunciado  en  ocasión  del  XX  Congreso  del Partido Comunista de la Unión Soviética. Sería desde luego desleal pretender que Kruschov estuviese a la  altura  de  Hegel,  pero  es  curioso  que  la  tragedia  y  el  horror  de  la  Rusia  soviética  continúen imputándoseles a una única persona, y de hecho a un único chivo expiatorio, como si no hubiese existido nunca el extraordinario análisis que en la Fenomenología del espíritu dedica a la «libertad absoluta» y al «Terror»…

 

(continuará)

 

 

 

[ Fragmento de: Domenico Losurdo. “Stalin, historia y crítica de una leyenda negra” ]

 

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