viernes, 3 de julio de 2026

 

 

1415

 

 

DE LA DECADENCIA DE LA POLÍTICA EN EL CAPITALISMO TERMINAL

Andrés Piqueras

 

 (50)

 

 

PARTE II

Del in-politicismo teórico-práctico

 

 

Laclau y Mouffe

 

 

Capítulo 10

 

UN REPASO A LOS PORQUÉS DEL (ÉXITO DEL) POPULISMO

Y A SU CONVERSIÓN EN BASAMENTO DE LOS

“POSTMARXISMOS”

 

(…) Repitamos una vez más el argumento: el declive del valor-capital, la paulatina ruina de la sociedad de la mercancía, reduce los márgenes de la política (institucional) y por tanto la posibilidad de incidencia de la sociedad en ella (proceso que ha dado lugar a la que se ha venido designando como fase “postpolítica”; aunque en realidad sería más preciso llamarla “postdemocrática”). Eso quiere decir que el Sistema segrega in-política, sobre todo como “anti-política”, en el cuerpo social, en cuanto que expresión de la dominación de clase, anegando el imaginario colectivo. Derechas e izquierdas del Sistema, organizadas para la contienda en la política institucional –contácticas por lo general restrictivamente electoralistas– devienen cada vez más, entonces, por fuerza, “populistas”. Resulta lógica también, por ende, la coincidencia de dos grandes líneas izquierdistas postmodernas de entender la política:

 

a. Los ya explicados “izquierdismos populistas integrados e integradores”, capaces de combinar las aparentes contradicciones de horizontalismo y liderazgos carismáticos, democratismo y consignas verticales, calle y poltronas. Éstos sí buscan al Estado, para ocuparle (que no transformarle ni liquidarle), pero a cambio carecen de un proyecto fuerte. Cualquier envite les deja sin respuestas frente a los Grandes Poderes. Porque no cimentaron tejido social consistente, porque no vienen de organizaciones sólidas y arraigadas, porque no surgen de sujetos universalistas previamente constituidos, porque no construyeron fuerza social.

 

b. Los “izquierdismos basistas” y su síndrome del horizontalismo, sobre los que entraré un poco más abajo, en este capítulo.

“La crisis de la izquierda es un caldo de cultivo perfecto tanto para el pragmatismo posibilista como para el refugio en el gueto político. No obstante, no existe una simple oposición ni contradicción entre ambas vías, sino una doble relación bastante evidente que las vincula. En primer lugar, ambas son respuestas en falso a la derrota de la izquierda, ambas asumen e integran como tales una parte de la ideología hegemónica. Si el realismo de izquierda asume el típico reduccionismo de la exclusividad de la política del Estado, desde el radicalismo movimientista se adopta también una posición antipolítica operando el reduccionismo contrario, pero realizando igualmente la separación liberal entre la sociedad civil y la sociedad política. En segundo lugar, ambas tendencias surgen históricamente a partir de una aceptación por parte de la izquierda de la despolitización de la economía y una ocultación del antagonismo de clase, lo que supone una aceptación implícita de que el capitalismo ha venido para quedarse. En tercer lugar, el realismo de izquierda se complementa bastante bien con unos movimientos sociales declaradamente apolíticos. Una izquierda de base apolítica que se fortalece pero que no tiene un proyecto alternativo de sociedad a nivel del Estado, ni tampoco tiene capacidad para hacerlo desaparecer u organizar la sociedad de otra manera, requiere de una izquierda estatal adecuadamente segregada, carente de espacios de intermediación (…) El autonomismo busca una transformación utópica renunciando a hacerlo en una escala en la que sea realmente significativa, mientras que el realismo de izquierda supone una renuncia formal a cualquier transformación sustantiva. No son lo mismo, pero son un síntoma de lo mismo, de la ausencia de un cuerpo para un sujeto político, de la ausencia de una voluntad política de transcender la sociedad capitalista” (Romano y Díaz, 2018).

 

 

Los izquierdismos basistas, cuando logran mantenerse no incorporados al populismo, se hacen, en parte como reacción, en parte como profesión de fe anarquista, en parte como efecto de la propia ideología metabólica, crecientemente “anti-políticos” en propios términos declarativos. Este es el regalo envenenado de la “in-política” (con sus expresiones tardías de “postpolítica” e “infrapolítica”) que segrega el Sistema: no hay necesidad de la lucha política para conseguir emanciparse de las relaciones sociales del capital. Eso de conquistar poderes institucionales y mucho menos el del Estado es cosa no sólo inviable y sin importancia, sino incluso reprobable (si tomamos los poderes no haremos sino reproducir poderes). Por eso en vez de asaltar esos poderes, debe bastarnos con controlar y vigilar a los existentes, o aún más descabellado, deshacerles mediante cambios individuales. Se trata de llevar a cabo, simplemente, la negación de los Poderes (y como infantes que al cerrar los ojos creen que nadie les ve, esperar que los Poderes dejen de existir), más que de albergar un proyecto político alter-sistémico coherente.

 

Y los Poderes mientras tanto, claro está, frotándose las manos.

 

Esa izquierda ideal es la misma que celebra el colapso de las experiencias rupturistas con el capitalismo como un triunfo de la libertad, acoge como una bendición el supuesto fin del Estado, busca la solución de los problemas sociales en el pretendido empoderamiento ilimitado de los individuos a través de la ampliación de los derechos individuales. Cree que la realidad y el mundo pueden ser cambiados ‘partiendo de cada quien’, haciendo cambios moleculares, siempre horizontales, sin consideración de los elementos fácticos que oprimen tanto cuerpos como voluntades. Pretende, en definitiva, la enajenación de la política respecto de la sociedad, como si fueran esferas no sólo separadas sino incompatibles (Formenti, 2020).

 

Buscando la solución en cuestiones entre místicas y anacoretas, en todo caso tan peregrinas como ‘el nomadismo’, el ‘éxodo’, la experimentación de un ‘poder destituyente’ en el interior de cada persona, ‘nocturnidades’ o ‘agujeros en la noche’. Utopismos de nuevo tipo que, como los del siglo XIX, pretenden conseguir mundos nuevos desertando de cualquier mediación (Garo, 2019). Hostiles a toda forma de organización estable y regulada, terminan por cambiar las formas delegativas de decisión por la apariencia de democracia permanente que proporcionan los referenda en movimientos a los que cada quien se vincula o participa “a la carta”, por lo general intermitentemente y con una gran variedad de niveles de compromiso, aunque para la mayoría el mismo resulta ser bajo o muy bajo, con lo que a la postre tienden a ser unas escasas minorías las que terminan decidiendo. La ausencia de cuerpo militante y organizado lleva a que por lo común estas expresiones movimientistas desaparezcan de la misma manera que aparecieron, como llamaradas fugaces.

 

Confundiendo en todos los casos lo político-institucional con la Política en toda la completitud de sus dimensiones, presente incluso para decidir enfrentar o no los imperativos de la mercantilización, monetarización y valorización que conforman el metabolismo social, el proceso de producir y asignar la plusvalía, como la propia riqueza social en todas sus manifestaciones. Frente a la ilusión de la insurrección y de la unidad espontáneas, la Política media siempre la actividad social, así como la interacción de ésta con el hábitat; también en cómo se reajusta con todo ello la propia constitución de los agentes sociales y de la conciencia.

 

Como quiera, sin embargo, que los “post-marxismos” (como los “neo marxismos”) se precian de desconsiderar la importancia de los factores materiales en las divisiones internas que sacuden a los agentes sociales y en los procesos de formación de conciencia que les son más probables, de sus planteamientos luego trasladados a la agencialidad social emana una suerte de retorno a la “clase universal”, al mito de la sociedad unida, “la comunidad de iguales” más allá de las clases; se proclama al neo-pueblo (variante “post” de la multitud) como la clase-no clase que incluye o representa a todas las demás, predispuesta tan permanente como naturalmente a la liberación. Es como si hubiéramos pasado de una fase de clases sin luchas (keynesiana) a otra de luchas sin clases (“biocapitalista”) (Balibar, 1997). Mas la “clase universal” no existe en ningún modo de producción clasista, y en todo caso un pueblo, como alianza de clases, como población consciente de los factores de explotación dominación a los que está sometida y que opta por superar, es algo muy arduo de construir, que requiere muchas dosis de Política en grande (en el tejido social metabólico del capital), además de tender a ser una construcción reversible e inestable.

 

Al populismo integrador de izquierdas poco le inquieta todo ello, pues “no tiene otro objetivo que hacerse con la maquinaria del Estado para dar un giro en las políticas del neoliberalismo, como ha expresado Chantal Mouffe mucho más explícitamente que Laclau en multitud de artículos y entrevistas. Esta creencia en la posibilidad de ‘usar’ el Estado contra la minoría dirigente (la casta) procede del planteamiento de autonomía de las estructuras de la sociedad, cuya naturaleza no está definida y son sólo un producto ‘relacional’ de la articulación de diferentes elementos” (Sanz: 2015).

 

Aquí es donde se ve en todo su esplendor la “ingenuidad” laclauniana respecto de que se puede usar el Estado contra la clase dominante sin una profunda transformación estructural y de correlación de fuerzas, sin daños ni costos sociales ni políticos para las poblaciones implicadas. Forma parte de esa aséptica ingeniería social que pretende su populismo y que quiere hacer creer a las gentes que instituciones y poderes sistémicos se suicidarán sin presentar batalla. Basta con tener capacidad de construir un relato fuerte, aglutinante, tener una gran capacidad de convencer, y después votar y salir a la calle con globos y silbatos, porque Laclau, a la postre, define al capitalismo no como un modo de producción, con Poderes sistémicos letales enraizados en su metabolismo, sino como una formación hegemónica, susceptible de ser modificada discursivamente.

 

Cuán diferentes eran los planteamientos de Gramsci, para quien las clases subordinadas (en cuanto que “bloque histórico”) no “toman el poder”, se hacen Estado para que transitoriamente, mientras existe, deje de ser una entidad distinta de la sociedad. Es la dinámica expansiva de la sociedad que, con palabras claras y sencillas, Gramsci denomina “transformación molecular de los grupos dirigidos en grupo dirigente” (en Burgio, 2007). Para ello hay un reto ineludible, que consiste en levantar formas de organización de nuestras fuerzas que sean capaces de contener las reacciones de las viejas clases dominantes, que enfrenten sus contrarrevoluciones, que además encuentren asociados en las distintas capas sociales y poderes que se tambalean con el proceso emancipatorio, pero que al tiempo no limiten la propia expansión emancipatoria de cara a la superación de la sociedad del capital Formenti (2020). Casi nada. Un reto demasiado grande para tanta pequeñez in-política, por lo que en vez de ocuparse mínimamente de ello, los “post” y “neo” marxismos (como tanta teoría movimientista-autonomista “postmoderna”) se complacen demasiado a menudo en formular abstracciones diletantes, ajenas a cualquier praxis sociopolítica tangible, recreándose bien en sus populismos, bien en sus “basismos” inofensivos. Mientras, el modo de producción capitalista profundiza sin descanso y sin freno la destrucción de la sociedad y el hábitat planetario (Piqueras, 2017). Porque en tanto no se interrumpa al menos la coordinación política de sus procesos metabólicos, un capital en degeneración se hace necesariamente más despótico y destructivo. ¿Cómo vamos a conseguir a gran escala “horizontalidades”, “comunes”, “sinergias”, “desbordes”, “relaciones espontáneamente bonitas” en medio del estado de excepción permanente (cada vez más literal) al que hoy nos somete el capital?

Recordemos:

 

“La pérdida de confianza en la acción política no ha provocado un despertar libertario sino que ha producido el fortalecimiento del polo del capital durante décadas” (Waites, 2004).

 

Termino aquí con esta densa cita de Nahuel Martín:

 

“La visión pluralista o posmoderna de una multiplicidad de luchas no centradas en una contradicción fundamental conduce probablemente al abandono de todo horizonte emancipatorio para la acción y a la ampliación de derechos democráticos en el marco del capitalismo como aspiración máxima de una política de izquierdas. Contra esta visión, mostramos que la sociedad moderna está organizada en sentido de totalidad, que posee una contradicción estructural (entre su forma actual y las potencialidades liberadoras que encierra pero no puede realizar), que la ‘multiplicidad’ de políticas de la identidad o la subjetividad de los nuevos movimientos sociales inhiere en esa contradicción estructural; que las contradicciones de la lógica capitalista están ligadas indisolublemente a la dominación de clase de la burguesía. Lejos del pluralismo que niega la prelación omnicomprensiva de la lógica del capital, intentamos mostrar que hay una contradicción estructural y global en el despliegue del proyecto de la modernidad y que los nuevos movimientos sociales están irresolublemente ligados a esa contradicción. Esto significa que sus políticas pueden aportar significativamente al despliegue del proyecto marxista de la emancipación social, comprendida como el desarrollo de la multilateralidad de las capacidades humanas más allá de las coacciones estructurales de la lógica del capital. Por otra parte, nuestro análisis intenta integrar la crítica de la dominación de clase, mostrando que la dinámica capitalista no se limita al fenómeno de la explotación. La explotación de clase en el capitalismo está imbricada estructuralmente con las contradicciones objetivas y subjetivas de la dinámica del capital y ambas son indisociables. Esto significa que no es posible analizar la dinámica de la sociedad moderna desconociendo la lucha de clases; pero, al mismo tiempo, no hay una relación de causalidad mecánica entre la lucha de clases y los fenómenos de la subjetividad, la ideología, la cultura o la identidad. La relación entre ambos planos, en cambio, es de imbricación estructural.

El capitalismo supone tanto un régimen de explotación como una mutación del vínculo social. Ambos están asociados irremediablemente y todo proyecto emancipador anticapitalista debe articular la lucha de clases (entendida como lucha por la abolición del trabajo proletario antes que como lucha por reducir cuantitativamente la explotación) y la disputa por la construcción de formas de identidad y subjetividad capaces de realizar el proyecto de la autodeterminación individual y colectiva más allá de los límites del capital (antes que como lucha por la ampliación de derechos democráticos en el marco del capitalismo). Esas dos caras de la disputa están ligadas estructuralmente y constituyen el doble signo de toda política anticapitalista consistente” (Martín, 2014).

 

 

Si el capitalismo tiende a clausurar la política dentro de los márgenes del valor, la decadencia de éste le hace estrechar cada vez más la política. Una manera de mostrar ese achicamiento pasa por inyectar in-política o directamente anti-política en el cuerpo social, incluyendo, claro está, al ámbito académico. Con ello se consigue la unilateralidad de la Política, que quede en manos exclusivamente de unas u otras de las personificaciones del capital o de sus agentes, dejando cada vez más indefensa al resto de la sociedad. Enfrentar todo ello requiere de una gran reconstrucción de la Política en la totalidad de sus dimensiones metabólicas, esto es, tanto moleculares como meso-estructurales como rectoras, teniendo en cuenta que el propio movimiento del valor-capital proporciona aperturas indeseadas para las personificaciones del Capital, trastoca posiciones, identidades e intereses, permitiendo moverse también a la sociedad en función de las grietas, fracturas, des-identidades y marginaciones que ese movimiento va dejando. Los movimientos de la sociedad contra los movimientos del valor pueden desarrollarse en torno a una alta variedad de divisiones internas al todo, pero siempre estarán condicionados por ese todo, y cualquier proyecto emancipador no puede centrarse en una sola de sus fracturas o fallas, sino en la totalidad capitalista. Engarzar emancipatoriamente esas fracturas nunca es sólo una cuestión discursiva, hay siempre que partir del antagonismo intrínseco que entraña la reproducción ampliada de capital y saber identificar las contradicciones básicas a partir de las que nacen los agentes más decisivos en cada fase-forma del capital, como expresiones concretas de ese antagonismo, para poder articular con real potencialidad transformadora las múltiples, expresiones de fractura que le acompañan.

 

 

 

CUADRO 10. Resumen: algunas consideraciones sobre el populismo de izquierdas a partir de Laclau, siguiendo

especialmente la visión de Romano y Díaz (2018)

 

 

El carácter plural y multifacético de las luchas sociales con temporáneas (ha de entenderse posteriores a los años setenta) habría disuelto el fundamento último del imaginario político basado en sujetos universales y una historia singular. La propia lógica del capital es cuestionada desde la perspectiva neomarxista. El desarrollo del capitalismo –si este término tiene algún sentido en la teoría de estos autores– no sería el efecto de las leyes de la competencia y de las exigencias de la acumulación. Al final, el desarrollo de las fuerzas productivas o el proceso de trabajo serían solamente ámbitos de lucha política que pueden ir en una dirección o en otra. Esto conduce a la idea de la autonomía de lo político. Lo polí tico contaría con una autonomía respecto de la estructura económica. No existiría una determinación de la esfera política por la cuestión económica, por lo que la crisis del capitalismo, los procesos de proletarización o el papel de la burguesía nacional pasarían a ser fetiches marxistas sin unas implicaciones políticas que vayan necesariamente en uno u otro sentido. Se plantea, así, una lógica antiesencialista, de la contingencia, y la superación del carácter clasista de los agentes sociales.

 

Enlazando con el postmarxismo, la hegemonía sería el campo en el que se articulan una variedad de luchas autónomas y reivindicaciones particulares entre las que se establece una lógica de equivalencia. Así, Laclau y Mouffe proponen una redefinición del proyecto socialista en términos de una radicalización de la democracia liberal. La nueva misión de la izquierda no sería luchar contra la ideología liberal democrática sino lo contrario, profundizarla y expandirla en la dirección de una democracia plural y radicalizada. Una democracia que articule la irreductible multiplicidad de luchas contra diferentes tipos de subordinación: de clase, sexual, étnica, ecológica, etcétera. Pero esa misma postura implica renunciar a la politización de la economía, asumir los principales presupuestos del liberalismo incluyendo la independencia de la esfera política del Estado y eliminar el foco del antagonismo principal en las clases sociales. En última instancia, esto conlleva a renunciar a plantear una crítica al capitalismo y a proponer un horizonte no capitalista para la sociedad. La política, entonces, se reduce a una serie de estrategias oportunistas para conseguir una precaria hegemonía (“hegemonía débil”), con lo que los autores sustituyen la teoría revolucionaria por una teorización de la demagogia politica. Pero como afirma Eagelton contra Laclau y Mou e, la relación entre ciertas posiciones sociales y ciertas formas políticas es necesaria, lo que no quiere decir que sea inevitable o automática. Las preguntas a hacerse aquí serían, ¿Hegemonía para qué? ¿Poder para qué? Por sí solos se reducen a un mecanismo para lograr la consecución del poder que se desentiende del problema fundamental, es decir, para qué usar el poder.

 

La política antipolítica es finalmente el triunfo de las ideas liberales de izquierda, que sostienen que los ideales burgueses de libertad e igualdad son propiedades reales y autónomas alcanzables mejorando el modelo de democracia liberal y economía de mercado. Marx, por el contrario, sugiere que la dimensión ideológica de la libertad y la igualdad liberales está incrustada de manera intrínseca en la realidad capitalista, como mecanismo de ocultación del carácter irrealizable de esta libertad e igualdad en el Sistema. Parafraseando a Jameson, lo único que puede ocurrir es que desaparezca el sistema que las genera para abolir los ideales de libertad e igualdad junto con la práctica de ausencia de libertad y de desigualdad.

 

En consecuencia, el populismo, lejos de ser lo político en tanto tal, siempre implica una despolitización, una naturalización de la política, en tanto que elimina el antagonismo interno que hace posible un acto realmente político. Reivindica la revolución, en teoría, pero la repudia en la práctica. El intríngulis sin salida, en general, del postmarxismo asociado al espontaneísmo autonomista es la renuncia a la revolución, al quedarse con el momento bonito no asumiendo los problemas, conflictos y la “inmoralidad” que implicaría la revolución. Autonomismo y posibilismo no están dispuestos a pagar el precio de una transformación radical de la sociedad. Haciendo eco del discurso liberal anticomunista de la Guerra Fría, asumen que aquélla implica necesariamente el terror, frente al cual es mejor acomodarse al orden positivo existente. Consiguientemente, el libertarismo posmoderno abre caminos para la política fuera del fetiche del Estado, al mismo tiempo que cierra otros que hacen imposible el desarrollo exitoso de una subjetividad política con capacidad de llevar a cabo una transformación social duradera y a una escala relevante.

 

 

Infortunadamente, las elaboraciones “neo” y “post” marxistas impregnan de forma creciente el cuerpo teórico-práctico de los principales movimientos transformadores de la sociedad, como el feminista y el ecologista, pero también los anti-racistas, des-coloniales o post-coloniales, antiglobalistas, cooperativos y un demasiado largo etcétera.

Aquí nada más voy a hacer unos breves comentarios al respecto de algunos de ellos (para los que habrá que dedicar mayor detalle en una próxima ocasión, así como para otros de esos movimientos que ahora no podremos abordar). Sólo me referiré, pues es el objetivo de esta obra, a los aspectos práxicos de los mismos en el camino de la transformación sistémica emancipadora…

 

(continuará)

 

 

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viernes, 19 de junio de 2026


1414

 

 

STALIN, HISTORIA Y CRÍTICA DE UNA LEYENDA NEGRA.

Domenico Losurdo.

 

 ( 32 )

 

 

LA ANDADURA COMPLEJA Y

CONTRADICTORIA DE LA ERA DE STALIN

 

 


Del «democratismo socialista» al Gran terror

 

Superada la «noche de San Bartolomé» que supone la colectivización forzada de la agricultura, con los terribles costes sociales y humanos que ésta conlleva, parece resurgir la política aperturista que ya conocemos.  Después  de  la  victoria  sobre  los  kulaks,  observa  Kaganovich  en  septiembre  de  1934  -es necesario «pasar completamente a la legalidad» y «educar a nuestra población en la conciencia socialista del derecho»; sí, sin la educación masiva de «160 millones de personas en el espíritu y conciencia del derecho» no es posible realizar «la consolidación de nuestra legalidad». Todavía más necesario por el hecho de que -afirma Stalin- en la URSS «no existen ya clases antagonistas». Y por lo tanto, no hay más motivos  para  retrasar  la  introducción  del  «sufragio  universal,  directo  e  igual,  con  voto  secreto», «sufragio  universal  sin  ninguna  restricción».  Deben  ser  por  lo  tanto  rechazadas  las  enmiendas  a  la nueva  Constitución,  que  proponen  «privar  de  derechos  electorales  a  los  sacerdotes,  a  los  ex-Guardias Blancos, a todos los "ex" y personas que no desarrolla un trabajo de utilidad pública». Y no tiene sentido tampoco  querer  conceder  a  estos  grupos  «solamente  el  derecho  de  elegir,  sin  el  de  ser  elegidos»;  del mismo  modo  en  que  conviene  rechazar  la  propuesta  de  «prohibir  la  celebración  de  las  ceremonias religiosas». Es posible ya avanzar hacia el «democratismo socialista».

 

 

No  se  trata  solamente  de  propaganda,  que  desde  luego  juega  aquí  un  papel  importante.  Estamos frente a una perspectiva que suscita una dura polémica can Trotsky, que identifica en el «liberalismo de Stalin»  el  abandono  del  «sistema  de  consejos»  y  el  retorno  a  la  «democracia  burguesa»,  dentro  de  la cual, eliminadas las diferencias de clase, el sujeto es el «ciudadano» en su abstracción. Se entiende este giro: «la primera preocupación de la aristocracia soviética es la de desembarazarse de los Soviets de obreros y de los soldados del Ejército rojo».

 

Es  clara  la  antítesis  entre  las  dos  perspectivas.  Una  vez  sorteado  el  peligro  que  supone  para  la independencia del país un campo atrasado, hegemonizado por los kulaks y capaz de bloquear el flujo de suministros  hacia  la  ciudad  y  el  ejército,  y  quedando  fijada  la  dictadura  ejercida  por  el  partido comunista, Stalin no tiene ningún interés en intensificar ulteriormente el conflicto político y social. Es el mismo apremio por la industrialización a marchas forzadas el que lo empuja a solicitar la promoción a puestos  de  responsabilidad  en  la  fábrica  y  en  la  sociedad  de  elementos  «sin  partido».  Es  inadmisible asumir respecto a ellos una actitud de rechazo: «no hay nada más estúpido ni más reaccionario»; «nuestra política  no  consiste  en  absoluto  en  la  transformación  del  partido  en  una  casta  cerrada»,  es  necesario realizar  el  máximo  esfuerzo  en  ganar  para  la  causa  del  desarrollo  industrial  y  tecnológico  del  país  a especialistas, ingenieros y técnicos de la «vieja escuela».

 

 

Por otro lado, no es posible promover el desarrollo industrial y tecnológico sin incentivar también en  el  plano  material  la  formación  de  obreros  y  técnicos  especializados;  de  aquí  la  polémica  contra  la «nivelación "izquierdoide" de los salarios». Sólo tomando distancias de una tosca igualación retributiva es  posible  introducir  una  «organización  del  trabajo»  más  eficiente  y  acabar  con  la  fluctuación  de  la fuerza-trabajo,  sobre  todo  la  más  cualificada  que  se  desplaza  de  una  fábrica  a  otra  en  busca  de  una remuneración mejor y menos reducida. Además del igualitarismo y el desánimo de los trabajadores más cualificados y productivos, la política de incentivos debe acabar también con la falta de responsabilidad colectiva para introducir sin embargo el principio de «responsabilidad personal».

 

 

Es  precisamente  en  este  momento  cuando  maduran  las  condiciones  para  el  estallido  de  la  tercera guerra civil, la que diezmará las mismas filas bolcheviques. La postura de Trotsky es muy dura respecto a lo que define como «neo-NEP». Sí, en el PCUS se está produciendo un «giro a la derecha» cada vez más acentuado, con el favorecimiento de los «estratos superiores del pueblo» y el contraataque de los kulaks: la  burocracia  «está  lista  para  hacer  concesiones  económicas  a  los  campesinos,  a  sus  intereses  y  a  sus tendencias  pequeño-burguesas».  Más  en  general:  también  el  «giro  hacia  el  mercado»,  «cálculo monetario» y el aumento consiguiente del coste de la vida; lejos de avanzar hacia el socialismo y hacia la superación  de  las  desigualdades  y  de  la  división  en  clases,  la  sociedad  soviética  está  cada  vez  más caracterizada por «nuevos procesos de estratificación en clases». A esta involución en el plano interno correspondería,  en  lo  que  respecta  a  la  política  internacional,  la  renuncia  a  toda  perspectiva revolucionaria e internacionalista por parte de la «burocracia conservadora y mezquinamente nacional de la Unión Soviética». Ahora  «¡el  único  principio-guía  es  el  statu  quo!»,  como  se  confirma  por  «el  ingreso  de  la  Unión Soviética en la Sociedad de naciones».

 

 

Obviamente,  ni  a  Stalin  ni  a  Trotsky  se  les  escapa  la  gravedad  creciente  de  la  situación internacional,  pero  diferentes  y  contrapuestas  son  las  respuestas  que  proporcionan  al  problema.  En primer lugar se trata de concentrarse en el desarrollo económico y tecnológico de Rusia, retejiendo en la medida de lo posible las fracturas provocadas por la Revolución de octubre y por la colectivización del campo,  y  presentando  al  partido  comunista  como  guía  de  la  nación  en  su  conjunto.  La  condición  de estabilidad y equilibrio así alcanzada en el interior puede permitir al mismo tiempo impulsar una política de  alianzas  en  el  plano  internacional  apta  para  garantizar  la  seguridad  de  la  URSS-  Para  Trotsky,  sin embargo, por impetuoso que pueda ser el desarrollo industrial de la Rusia soviética, ésta podrá derrotar la agresión de los países imperialistas más avanzados sólo si cuenta con el apoyo del proletariado en los países agresores364. Por tanto, el acomodamiento con la burguesía en el plano interior e internacional no solamente  constituye  una  traición  sino  que  impide  al  país  de  Octubre  atraer  hacia    al  proletariado revolucionario  internacional,  único  capaz  de  salvarlo.  El  choque  entre  estas  dos  perspectivas  es inevitable. Kírov es asesinado el 1º de diciembre de 1934; el pacto franco-soviético es del 2 de mayo de 1935: entre estas dos fechas se coloca la amplia intervención arriba citada de Trotsky (¿A dónde está llevando la burocracia estalinista a la URSS?) que es publicado el 30 de enero de 1935 y que es una dura requisitoria contra la «neo-NEP» interna e internacional…

 

(continuará)

 

 

 

[ Fragmento de: Domenico Losurdo. “Stalin, historia y crítica de una leyenda negra” ]

 

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