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DE LA DECADENCIA DE LA POLÍTICA EN EL CAPITALISMO TERMINAL
Andrés Piqueras
(53)
John Holloway
PARTE II
Del in-politicismo teórico-práctico
(…) No es de extrañar que Federici muestre a Holloway como referente teórico a seguir en el camino de la emancipación. Pero, ¿qué hacer cuando el Poder cobra acto de presencia en ese camino, con toda su crudeza, para desbaratar proyectos o sencillamente para eliminar a las personas que los emprenden, como pasa tan a menudo y en tantos y tantos lugares? ¿Volvemos a los extremos del aparato fonador-excretor –el “grito” o el “pedo”– como únicos elementos transformadores? (recordemos que Holloway, además de su famoso “grito” como agente revolucionario, habla de la supuesta enorme potencialidaddel que agacha la cabeza y se inclina ante el poderoso, pero desapercibidamente se suelta un pedo a su paso) ¿Estamos depositando toda nuestra confianza para transformar las sociedades en imaginadas personas que, tras una pretendida autodesalienación, se han hecho lo suficientemente “puras” como para no dejarse atravesar por los poderes ni para reproducirlos dentro de ellas, de manera que podemos despreciar tener en nuestras manos los medios de socialización y formación de conciencia social?, ¿nos sobramos para descartar cualquier relación con el Estado y cualquier acción sobre él? ¿De verdad pensamos que es lo mismo que esté el Estado en manos de una junta militar, que al menos en parte esté ocupado por un gobierno como el de Allende, por ejemplo, en poder de la camarilla oligárquica que sostuvo a Jeanine Áñez en Bolivia, que en las de personas surgidas de las bases sociales, como fue Evo Morales o como luego Luis Arce, con todas las limitaciones propias de ciertas correlaciones de fuerza, y con todos los errores a criticar y corregir?
Al final aquellas propuestas, de las que Federici es sólo un ejemplo, se asemejan, a pesar de las declaraciones en contra de sus emisoras (como se ha denunciado desde propios sectores del feminismo y del poscolonialismo), y a pesar del trabajo concreto de la autora italiana en diversas formaciones periféricas del capitalismo, a sueños bonitos eurocentristas de mujeres del “Primer Mundo”, pertenecientes a esa amorfa “clase media” cuya pertenencia (o aspiración a pertenecer) deja una impronta en las conciencias y en las proyecciones práxicas muy difícil de extirpar. A menudo estos planteamientos anti-tocar-el-Estado dejan atisbar ese repetido anhelo de construir mundos mejores sin hacer revoluciones (sin mancharse las manos, sin que se trastoquen las cómodas posiciones sociales de las que se parte, desde las que se puede teorizar). El miedo a que el mundo cambie de verdad de arriba abajo puede estar entre las razones de esa predilección postmoderna (hablo ahora sólo de las gentes bienintencionadas que caen dentro de este paradigma, no de las elites que le promueven) por confiar todo a los “micro-cambios”, a las “transversalidades”, a las “nocturnidades”, de manera que su lentísima acción permita seguir disfrutando de su situación privilegiada a quienes ya la tenían.
Y no es que los movimientos sociales moleculares, las luchas en la base de la sociedad por el Común, por los Comunes, las transversalidades de las luchas no tengan una importancia “básica” en todos los sentidos, precisamente porque están en la base de la sociedad, sino que por eso mismo precisan dotarse de, y forjar, unas instituciones diferentes, que les permitan sedimentarse sin perder su radicalidad –su accionar transformador en las raíces de la sociedad– (lo vemos un poco más en el apartado nal de este capítulo). Por eso y para eso, hay un camino que contiene mayores probabilidades transformadoras que otros: que aquellos movimientos vayan coagulando en organizaciones de masas amplias, fuertes y poderosas, capaces de ejercer un contra-poder lo suficientemente vasto como para ocupar o al menos interferir en los distintos puestos de mando del capital y detener sus políticas de clase, con todos los añadidos que le son anejos: patriarcales, coloniales, imperialistas, racistas... Trabajo político, en definitiva, esto es, tener a la política (institucional) como una parte de la Política (metabólica), lo que precisa de organizaciones fuertes, masivas, implicadas en las raíces de la sociedad, formando parte de los propios movimientos, y por tanto sin que al tiempo los absorban o subordinen (lo cual, no hay trucos para ello, sólo puede ser evitado a través de la movilización permanente de amplios sectores de la sociedad, porque la autonomía sólo se retroalimenta con la acción-movilización y se preserva con la fuerza de las/os muchas/os).
En contra de ello la “postmodernidad” secretada por la fase degenerativa del sistema vino a desbaratar los Grandes Sujetos, los Grandes Relatos, dejándonos a cambio indefensas e indefensos frente al capital. Des-construir, siempre que no sean los Poderes de verdad, es fácil porque todo lo que contemplamos en el ámbito social son construcciones humanas, incluso la propia concepción de individuo lo es (plena de contradicciones e incoherencias, fácilmente desmontable). Lo que pasa es que algunas de esas construcciones suman fuerza colectiva, capaz de movilizar y transformar, mientras que las postmodernas están más orientadas a poner en cuestión, a dividir, a restar potencialidades colectivas a los sujetos, a dejar agentes endebles, pequeños y “desconstruidos” antes incluso de que se construyan. Porque des-construir y criticar (como la“ciencia crítica”), sin capacidad propositiva alternativa viable para la transformación social, sólo conduce a la postre al sostenimiento del orden, que se termina aceptando como parte del sistema solar en el que estamos (por lo que sólo se contempla acomodarse a él en los espacios “micro” para lograr supuestos “pequeños avances” dentro del mismo), dejándole a fin de cuentas intacto por no tener ninguna propuesta alternativa real total que oponerle.
Bastantes de los libros colectivos del feminismo teórico que designo como “post” así lo evidencian, e incluso reconocen. Así por ejemplo, dice Pérez Orozco (con palabras extrañamente semejantes a las que ya vimos en algunos neomarxismos, como el MA y la NCV):
“Carecemos de una apuesta política clara (…) Quizá la principal apuesta política (y económica) feminista sea precisamente abrir el espacio de posibilidad para construirla juntas. No tenemos nombre porque no existimos todavía (…)” (2017).
¿El nombre de socialismo no les dice nada a estas teóricas? ¿Tampoco la necesaria socialización de los medios de producción y de vida que entraña ese término y proyecto político para que cualquier proceso de emancipación social pueda empezar a cobrar vida? Otra cosa es discutir sobre unos u otros grados de estatalización o bien de comunitarización de esos medios, y por supuesto acordar que ese socialismo deba incorporar toda la riqueza de aportaciones que el feminismo (como el ecologismo y otras fuentes práxicas de transformación) ha hecho. Pero descartarlo o “des-nombrarlo”, invisibilizar en suma lo que entraña y ha significado para la humanidad, es hacer un pobre favor a la emancipación humana. Tristemente, por eso, como digo, queda este feminismo tan a menudo atrapado en propuestas magníficas que no adquieren ninguna realidad a escala social significativa. Empeñado en ver “empoderamientos”, “éxitos de los comunes”, “emancipaciones”, “nuevos sujetos” y “vías esperanzadoras” en un mundo con cada vez más intervenciones militares y golpes de Estado explícitos o disimulados, controles judiciales, políticas institucionales más salvajes, proletarización mundial extensiva (multitudes que pierden todo lo que tenían), caravanas de miseria de personas forzadas a abandonar sus territorios, destrucción social y ambiental... Algunos de aquellos logros ensalzados existen, claro está, a escalas sociales muy pequeñas, pero poco vamos a hacer por mantenerlos si nos olvidamos de articular la sociedad también a escala macro política, si nos empeñamos en seguir separando una supuesta “esfera social” (donde se producirían las bondades del accionar de las gentes supuestamente auto-emancipadas), de otra “política” (que albergaría todos los males). El gran punto de análisis del feminismo en cuanto a que el capital entra en contradicción con la Vida, pierde su mordiente política si no se redirige a la Vida contra los centros de mando del capital. En concordancia con todo ello, no puedo dejar pasar en estas reflexiones sobre ciertas elaboraciones del feminismo una consideración teórica al respecto de los planteamientos sobre el supuesto “olvido” o el ninguneo que el marxismo hace del trabajo reproductivo, y que se repiten como un mantra en bastantes de ellas. Para empezar, se ha interpretado torticeramente la elaboración marxiana sobre lo que es “trabajo productivo” en el capitalismo, como si fuera su concepción del trabajo. Marx no concebía al trabajo abstracto (asalariado) como el único, sino que señalaba que era el único que tenía ese reconocimiento dentro del capitalismo. Y dedicó su vida a estudiarlo dado que su investigación era sobre la economía política capitalista. También dijo en más de una ocasión, como ya he apuntado anteriormente, que entendía por trabajo algo así como toda actividad humana que modifica la naturaleza en la obtención de recursos, con lo que altera también el propio entorno social en la satisfacción de necesidades y la consecución de objetivos individuales y colectivos o sociales, y que sólo en relación equilibrada con la naturaleza el “metabolismo social” podía reproducirse. Una vez establecido esto, especifica claramente que en el capitalismo el “trabajo productivo” es el que produce valor (como plusvalor), mas no que esa sea su definición de trabajo. “Pero ni ‘productivo’, ni ‘valor’ tienen, en el contexto de El Capital de Marx, una valoración moral. Que un trabajo no genere valor no debe confundirse con el hecho de que ese trabajo sea considerado inútil. De hecho, el propio Marx señala el carácter no productivo (es decir, no generador de valor) del comercio y las finanzas, que son vitales para la circulación del capital pero sin generar plusvalor, sin ser productivas y nadie afirmaría por eso que, el autor de El Capital, no reconoció el rol indispensable de ambas actividades en este modo de producción (aunque estas actividades, a diferencia del trabajo doméstico, son compensadas con creces)” D’Atri y Murillo (2018).
Para una discusión con Silvia Federici (y el feminismo “post” en general) sobre estos puntos y sus carencias en considerar las nuevas composiciones del trabajo asalariado, resulta muy conveniente seguir las oportunas aclaraciones y tomas de postura de autoras marxistas-feministas. Atendamos por ejemplo a estas consideraciones sobra la obra de Marx:
“En El Capital comienza por la lucha incesante en el ámbito de producción (en torno a la extracción de plusvalía) lo que determina las clases en primera instancia (Tomo I); el proceso de circulación (Tomo II) las determina sobre el ángulo del contrato entre el asalariado vendedor de su fuerza de trabajo y el comprador capitalista (estableciendo una negociación conflictiva de la fuerza de trabajo como mercancía); finalmente en el proceso de reproducción en su conjunto (Tomo III) las clases son determinadas por la combinación concreta de nivel de extracción de plusvalía, de la organización del trabajo, de la distribución de los ingresos, de la reproducción de la fuerza de trabajo en todas las esferas de la vida social. La complejidad de este proceso, que Marx analiza en los tres tomos de El Capital, supone entender que no sólo son formas distintas en las que aparecen las relaciones entre capital y trabajo (extracción de plusvalía, salario, tasa media de ganancia), sino que son también formas distintas del conflicto social, porque es la lucha la que define las condiciones precisas de esta reproducción” (Varela, 2019).
El capitalismo está regido por la dictadura de la tasa de ganancia, que es lo que muchos llaman “mercado”. Marx no es responsable de que eso sea así: precisamente lo analiza para decir que esa no es una condición transhistórica de la sociedad o de la economía, sino que se da de esa forma sólo bajo este modo de producción, el cual desprecia todo el trabajo que no produzca valor. Con ello se anticipaba a las teorizaciones del feminismo. Anticipación que, como vimos en el capítulo 8, estuvo más desarrollada por Engels, aunque en cualquier caso no dejó de quedarse en sus primeros balbuceos.
Veamos lo que dice otra marxista:
“Si bien es cierto que el materialismo histórico coloca las relaciones de producción en la base de la sociedad, no hay nada simple o reductor en cómo estas relaciones estructuran las opresiones. Más bien, los análisis materialistas históricos, en lugar de examinar solo una forma de opresión (como el sexismo, el racismo o la homofobia), explorarían la forma en que todos ellos funcionan dentro del sistema general de dominación de clases para determinar las opciones de vida de las mujeres y los hombres (…) La acusación de reductivismo podría ser más precisa contra el feminismo antimarxista. Si bien puede ser cierto que el trabajo doméstico no remunerado de las mujeres no se integró sistemáticamente en los análisis marxistas clásicos del modo de producción (aunque tanto Marx como Engels discuten la división sexual del trabajo), desde la década de 1970 en adelante ha habido revisiones marxistas de este concepto, particularmente dentro de la antropología y la economía” (Stabile, 1995).
La autora se termina preguntando porqué tanto empeño en acusar al marxismo (y a menudo sólo al marxismo) de esta supuesta omisión, hasta el punto de rechazarle como praxis emancipadora, en lugar de atender al propio desarrollo del método que ha ido teniendo lugar e intentar enriquecerlo aún más. Reprochar, entonces, a Marx y Engels que no dedicaran más atención a la reproducción social fuera del mercado es un punto de arranque pertinente (y probablemente necesario), pero otra cosa es desentenderse de lo substancial de su método. Todavía más absurdo sería querer hacer de tal crítica una teoría de la dominación y explotación ajena a su obra. Cuando así se intenta, se termina, como vengo diciendo en este libro y ya advirtiera Lukács, “regresando a antes de Marx” y (como los “socialistas utópicos”) adoleciendo siempre de un método práxico de intervención social metabólico, más allá de propuestas de buenas intenciones, candorosos “llamamientos” al Capital para que se ocupe de la reproducción de la vida, como acabamos de ver, así como de tomar por “conquistas” sociales lo que no son sino forzadas formas de supervivencia que unas u otras poblaciones han tenido que idear, gracias muy a menudo a la intervención de las mujeres, indudablemente. Pero tales experiencias no constituyen el anuncio de un nuevo mundo, sino que muestran el costosísimo éxito de sobrevivir en los márgenes del actual. Un “éxito”, dicho sea de paso, que demasiadas veces no se consigue…
(continuará)
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