1415
DE LA
DECADENCIA DE LA POLÍTICA EN EL CAPITALISMO TERMINAL
Andrés
Piqueras
(50)
PARTE
II
Del
in-politicismo teórico-práctico
Laclau y Mouffe
Capítulo
10
UN
REPASO A LOS PORQUÉS DEL (ÉXITO DEL) POPULISMO
Y A SU
CONVERSIÓN EN BASAMENTO DE LOS
“POSTMARXISMOS”
(…) Repitamos
una vez más el argumento: el declive del valor-capital, la paulatina ruina de
la sociedad de la mercancía, reduce los márgenes de la política (institucional)
y por tanto la posibilidad de incidencia de la sociedad en ella (proceso que ha
dado lugar a la que se ha venido designando como fase “postpolítica”; aunque en
realidad sería más preciso llamarla “postdemocrática”). Eso quiere decir que el
Sistema segrega in-política, sobre todo como “anti-política”, en el cuerpo
social, en cuanto que expresión de la dominación de clase, anegando el
imaginario colectivo. Derechas e izquierdas del Sistema, organizadas para la contienda
en la política institucional –contácticas por lo general restrictivamente
electoralistas– devienen cada vez más, entonces, por fuerza, “populistas”. Resulta
lógica también, por ende, la coincidencia de dos grandes líneas izquierdistas
postmodernas de entender la política:
a. Los ya
explicados “izquierdismos populistas integrados e integradores”, capaces de
combinar las aparentes contradicciones de horizontalismo y liderazgos
carismáticos, democratismo y consignas verticales, calle y poltronas. Éstos sí
buscan al Estado, para ocuparle (que no transformarle ni liquidarle), pero a
cambio carecen de un proyecto fuerte. Cualquier envite les deja sin respuestas
frente a los Grandes Poderes. Porque no cimentaron tejido social consistente, porque
no vienen de organizaciones sólidas y arraigadas, porque no surgen de sujetos
universalistas previamente constituidos, porque no construyeron fuerza social.
b. Los
“izquierdismos basistas” y su síndrome del horizontalismo, sobre los que
entraré un poco más abajo, en este capítulo.
“La
crisis de la izquierda es un caldo de cultivo perfecto tanto para el
pragmatismo posibilista como para el refugio en el gueto político. No obstante,
no existe una simple oposición ni contradicción entre ambas vías, sino una
doble relación bastante evidente que las vincula. En primer lugar, ambas son
respuestas en falso a la derrota de la izquierda, ambas asumen e integran como
tales una parte de la ideología hegemónica. Si el realismo de izquierda asume
el típico reduccionismo de la exclusividad de la política del Estado, desde el
radicalismo movimientista se adopta también una posición antipolítica operando
el reduccionismo contrario, pero realizando igualmente la separación liberal
entre la sociedad civil y la sociedad política. En segundo lugar, ambas
tendencias surgen históricamente a partir de una aceptación por parte de la
izquierda de la despolitización de la economía y una ocultación del antagonismo
de clase, lo que supone una aceptación implícita de que el capitalismo ha
venido para quedarse. En tercer lugar, el realismo de izquierda se complementa bastante
bien con unos movimientos sociales declaradamente apolíticos. Una izquierda de
base apolítica que se fortalece pero que no tiene un proyecto alternativo de
sociedad a nivel del Estado, ni tampoco tiene capacidad para hacerlo
desaparecer u organizar la sociedad de otra manera, requiere de una izquierda
estatal adecuadamente segregada, carente de espacios de intermediación (…) El autonomismo
busca una transformación utópica renunciando a hacerlo en una escala en la que
sea realmente significativa, mientras que el realismo de izquierda supone una
renuncia formal a cualquier transformación sustantiva. No son lo mismo, pero
son un síntoma de lo mismo, de la ausencia de un cuerpo para un sujeto
político, de la ausencia de una voluntad política de transcender la sociedad capitalista”
(Romano y Díaz, 2018).
Los
izquierdismos basistas, cuando logran mantenerse no incorporados al populismo,
se hacen, en parte como reacción, en parte como profesión de fe anarquista, en
parte como efecto de la propia ideología metabólica, crecientemente
“anti-políticos” en propios términos declarativos. Este es el regalo envenenado
de la “in-política” (con sus expresiones tardías de “postpolítica” e
“infrapolítica”) que segrega el Sistema: no hay necesidad de la lucha política
para conseguir emanciparse de las relaciones sociales del capital. Eso de
conquistar poderes institucionales y mucho menos el del Estado es cosa no sólo
inviable y sin importancia, sino incluso reprobable (si tomamos los poderes no
haremos sino reproducir poderes). Por eso en vez de asaltar esos poderes, debe
bastarnos con controlar y vigilar a los existentes, o aún más descabellado,
deshacerles mediante cambios individuales. Se trata de llevar a cabo,
simplemente, la negación de los Poderes (y como infantes que al cerrar los ojos
creen que nadie les ve, esperar que los Poderes dejen de existir), más que de
albergar un proyecto político alter-sistémico coherente.
Y los
Poderes mientras tanto, claro está, frotándose las manos.
Esa
izquierda ideal es la misma que celebra el colapso de las experiencias rupturistas
con el capitalismo como un triunfo de la libertad, acoge como una bendición el
supuesto fin del Estado, busca la solución de los problemas sociales en el
pretendido empoderamiento ilimitado de los individuos a través de la ampliación
de los derechos individuales. Cree que la realidad y el mundo pueden ser
cambiados ‘partiendo de cada quien’, haciendo cambios moleculares, siempre
horizontales, sin consideración de los elementos fácticos que oprimen tanto
cuerpos como voluntades. Pretende, en definitiva, la enajenación de la política
respecto de la sociedad, como si fueran esferas no sólo separadas sino
incompatibles (Formenti, 2020).
Buscando
la solución en cuestiones entre místicas y anacoretas, en todo caso tan
peregrinas como ‘el nomadismo’, el ‘éxodo’, la experimentación de un ‘poder
destituyente’ en el interior de cada persona, ‘nocturnidades’ o ‘agujeros en la
noche’. Utopismos de nuevo tipo que, como los del siglo XIX, pretenden
conseguir mundos nuevos desertando de cualquier mediación (Garo, 2019).
Hostiles a toda forma de organización estable y regulada, terminan por cambiar
las formas delegativas de decisión por la apariencia de democracia permanente
que proporcionan los referenda en movimientos a los que cada quien se vincula o
participa “a la carta”, por lo general intermitentemente y con una gran
variedad de niveles de compromiso, aunque para la mayoría el mismo resulta ser
bajo o muy bajo, con lo que a la postre tienden a ser unas escasas minorías las
que terminan decidiendo. La ausencia de cuerpo militante y organizado lleva a
que por lo común estas expresiones movimientistas desaparezcan de la misma manera
que aparecieron, como llamaradas fugaces.
Confundiendo
en todos los casos lo político-institucional con la Política en toda la
completitud de sus dimensiones, presente incluso para decidir enfrentar o no
los imperativos de la mercantilización, monetarización y valorización que conforman
el metabolismo social, el proceso de producir y asignar la plusvalía, como la
propia riqueza social en todas sus manifestaciones. Frente a la ilusión de la
insurrección y de la unidad espontáneas, la Política media siempre la actividad
social, así como la interacción de ésta con el hábitat; también en cómo se
reajusta con todo ello la propia constitución de los agentes sociales y de la
conciencia.
Como
quiera, sin embargo, que los “post-marxismos” (como los “neo marxismos”) se
precian de desconsiderar la importancia de los factores materiales en las
divisiones internas que sacuden a los agentes sociales y en los procesos de
formación de conciencia que les son más probables, de sus planteamientos luego
trasladados a la agencialidad social emana una suerte de retorno a la “clase universal”,
al mito de la sociedad unida, “la comunidad de iguales” más allá de las clases;
se proclama al neo-pueblo (variante “post” de la multitud) como la clase-no
clase que incluye o representa a todas las demás, predispuesta tan permanente
como naturalmente a la liberación. Es como si hubiéramos pasado de una fase de
clases sin luchas (keynesiana) a otra de luchas sin clases (“biocapitalista”)
(Balibar, 1997). Mas la “clase universal” no existe en ningún modo de
producción clasista, y en todo caso un pueblo, como alianza de clases, como
población consciente de los factores de explotación dominación a los que está
sometida y que opta por superar, es algo muy arduo de construir, que requiere
muchas dosis de Política en grande (en el tejido social metabólico del
capital), además de tender a ser una construcción reversible e inestable.
Al
populismo integrador de izquierdas poco le inquieta todo ello, pues “no tiene
otro objetivo que hacerse con la maquinaria del Estado para dar un giro en las
políticas del neoliberalismo, como ha expresado Chantal Mouffe mucho más
explícitamente que Laclau en multitud de artículos y entrevistas. Esta creencia
en la posibilidad de ‘usar’ el Estado contra la minoría dirigente (la casta)
procede del planteamiento de autonomía de las estructuras de la sociedad, cuya
naturaleza no está definida y son sólo un producto ‘relacional’ de la
articulación de diferentes elementos” (Sanz: 2015).
Aquí
es donde se ve en todo su esplendor la “ingenuidad” laclauniana respecto de que
se puede usar el Estado contra la clase dominante sin una profunda
transformación estructural y de correlación de fuerzas, sin daños ni costos
sociales ni políticos para las poblaciones implicadas. Forma parte de esa aséptica
ingeniería social que pretende su populismo y que quiere hacer creer a las
gentes que instituciones y poderes sistémicos se suicidarán sin presentar batalla.
Basta con tener capacidad de construir un relato fuerte, aglutinante, tener una
gran capacidad de convencer, y después votar y salir a la calle con globos y
silbatos, porque Laclau, a la postre, define al capitalismo no como un modo de
producción, con Poderes sistémicos letales enraizados en su metabolismo, sino
como una formación hegemónica, susceptible de ser modificada discursivamente.
Cuán
diferentes eran los planteamientos de Gramsci, para quien las clases subordinadas
(en cuanto que “bloque histórico”) no “toman el poder”, se hacen Estado para
que transitoriamente, mientras existe, deje de ser una entidad distinta de la
sociedad. Es la dinámica expansiva de la sociedad que, con palabras claras y
sencillas, Gramsci denomina “transformación molecular de los grupos dirigidos
en grupo dirigente” (en Burgio, 2007). Para ello hay un reto ineludible, que
consiste en levantar formas de organización de nuestras fuerzas que sean
capaces de contener las reacciones de las viejas clases dominantes, que
enfrenten sus contrarrevoluciones, que además encuentren asociados en las
distintas capas sociales y poderes que se tambalean con el proceso
emancipatorio, pero que al tiempo no limiten la propia expansión emancipatoria
de cara a la superación de la sociedad del capital Formenti (2020). Casi nada.
Un reto demasiado grande para tanta pequeñez in-política, por lo que en vez de
ocuparse mínimamente de ello, los “post” y “neo” marxismos (como tanta teoría
movimientista-autonomista “postmoderna”) se complacen demasiado a menudo en
formular abstracciones diletantes, ajenas a cualquier praxis sociopolítica
tangible, recreándose bien en sus populismos, bien en sus “basismos” inofensivos.
Mientras, el modo de producción capitalista profundiza sin descanso y sin freno
la destrucción de la sociedad y el hábitat planetario (Piqueras, 2017). Porque
en tanto no se interrumpa al menos la coordinación política de sus procesos
metabólicos, un capital en degeneración se hace necesariamente más despótico y
destructivo. ¿Cómo vamos a conseguir a gran escala “horizontalidades”,
“comunes”, “sinergias”, “desbordes”, “relaciones espontáneamente bonitas” en
medio del estado de excepción permanente (cada vez más literal) al que hoy nos
somete el capital?
Recordemos:
“La
pérdida de confianza en la acción política no ha provocado un despertar
libertario sino que ha producido el fortalecimiento del polo del capital
durante décadas” (Waites, 2004).
Termino
aquí con esta densa cita de Nahuel Martín:
“La
visión pluralista o posmoderna de una multiplicidad de luchas no centradas en
una contradicción fundamental conduce probablemente al abandono de todo
horizonte emancipatorio para la acción y a la ampliación de derechos
democráticos en el marco del capitalismo como aspiración máxima de una política
de izquierdas. Contra esta visión, mostramos que la sociedad moderna está
organizada en sentido de totalidad, que posee una contradicción estructural
(entre su forma actual y las potencialidades liberadoras que encierra pero no
puede realizar), que la ‘multiplicidad’ de políticas de la identidad o la
subjetividad de los nuevos movimientos sociales inhiere en esa contradicción
estructural; que las contradicciones de la lógica capitalista están ligadas indisolublemente
a la dominación de clase de la burguesía. Lejos del pluralismo que niega la prelación
omnicomprensiva de la lógica del capital, intentamos mostrar que hay una
contradicción estructural y global en el despliegue del proyecto de la
modernidad y que los nuevos movimientos sociales están irresolublemente ligados
a esa contradicción. Esto significa que sus políticas pueden aportar significativamente
al despliegue del proyecto marxista de la emancipación social, comprendida como
el desarrollo de la multilateralidad de las capacidades humanas más allá de las
coacciones estructurales de la lógica del capital. Por otra parte, nuestro
análisis intenta integrar la crítica de la dominación de clase, mostrando que
la dinámica capitalista no se limita al fenómeno de la explotación. La explotación
de clase en el capitalismo está imbricada estructuralmente con las contradicciones
objetivas y subjetivas de la dinámica del capital y ambas son indisociables.
Esto significa que no es posible analizar la dinámica de la sociedad moderna
desconociendo la lucha de clases; pero, al mismo tiempo, no hay una relación de
causalidad mecánica entre la lucha de clases y los fenómenos de la
subjetividad, la ideología, la cultura o la identidad. La relación entre ambos planos,
en cambio, es de imbricación estructural.
El
capitalismo supone tanto un régimen de explotación como una mutación del
vínculo social. Ambos están asociados irremediablemente y todo proyecto
emancipador anticapitalista debe articular la lucha de clases (entendida como
lucha por la abolición del trabajo proletario antes que como lucha por reducir
cuantitativamente la explotación) y la disputa por la construcción de formas de
identidad y subjetividad capaces de realizar el proyecto de la
autodeterminación individual y colectiva más allá de los límites del capital
(antes que como lucha por la ampliación de derechos democráticos en el marco
del capitalismo). Esas dos caras de la disputa están ligadas estructuralmente y
constituyen el doble signo de toda política anticapitalista consistente” (Martín,
2014).
Si el
capitalismo tiende a clausurar la política dentro de los márgenes del valor, la
decadencia de éste le hace estrechar cada vez más la política. Una manera de
mostrar ese achicamiento pasa por inyectar in-política o directamente anti-política
en el cuerpo social, incluyendo, claro está, al ámbito académico. Con ello se
consigue la unilateralidad de la Política, que quede en manos exclusivamente de
unas u otras de las personificaciones del capital o de sus agentes, dejando
cada vez más indefensa al resto de la sociedad. Enfrentar todo ello requiere de
una gran reconstrucción de la Política en la totalidad de sus dimensiones
metabólicas, esto es, tanto moleculares como meso-estructurales como rectoras,
teniendo en cuenta que el propio movimiento del valor-capital proporciona
aperturas indeseadas para las personificaciones del Capital, trastoca
posiciones, identidades e intereses, permitiendo moverse también a la sociedad
en función de las grietas, fracturas, des-identidades y marginaciones que ese
movimiento va dejando. Los movimientos de la sociedad contra los movimientos
del valor pueden desarrollarse en torno a una alta variedad de divisiones
internas al todo, pero siempre estarán condicionados por ese todo, y cualquier
proyecto emancipador no puede centrarse en una sola de sus fracturas o fallas,
sino en la totalidad capitalista. Engarzar emancipatoriamente esas fracturas
nunca es sólo una cuestión discursiva, hay siempre que partir del antagonismo
intrínseco que entraña la reproducción ampliada de capital y saber identificar
las contradicciones básicas a partir de las que nacen los agentes más decisivos
en cada fase-forma del capital, como expresiones concretas de ese antagonismo, para
poder articular con real potencialidad transformadora las múltiples, expresiones
de fractura que le acompañan.
CUADRO
10.
Resumen: algunas consideraciones sobre el populismo de izquierdas a
partir de Laclau, siguiendo
especialmente
la visión de Romano y Díaz (2018)
El
carácter plural y multifacético de las luchas sociales con temporáneas (ha de
entenderse posteriores a los años setenta) habría disuelto el fundamento último
del imaginario político basado en sujetos universales y una historia singular.
La propia lógica del capital es cuestionada desde la perspectiva neomarxista.
El desarrollo del capitalismo –si este término tiene algún sentido en la teoría
de estos autores– no sería el efecto de las leyes de la competencia y de las
exigencias de la acumulación. Al final, el desarrollo de las fuerzas
productivas o el proceso de trabajo serían solamente ámbitos de lucha política
que pueden ir en una dirección o en otra. Esto conduce a la idea de la
autonomía de lo político. Lo polí tico contaría con una autonomía respecto de
la estructura económica. No existiría una determinación de la esfera política
por la cuestión económica, por lo que la crisis del capitalismo, los procesos
de proletarización o el papel de la burguesía nacional pasarían a ser fetiches
marxistas sin unas implicaciones políticas que vayan necesariamente en uno u
otro sentido. Se plantea, así, una lógica antiesencialista, de la contingencia,
y la superación del carácter clasista de los agentes sociales.
Enlazando
con el postmarxismo, la hegemonía sería el campo en el que se articulan una
variedad de luchas autónomas y reivindicaciones particulares entre las que se
establece una lógica de equivalencia. Así, Laclau y Mouffe proponen una redefinición
del proyecto socialista en términos de una radicalización de la democracia
liberal. La nueva misión de la izquierda no sería luchar contra la ideología
liberal democrática sino lo contrario, profundizarla y expandirla en la
dirección de una democracia plural y radicalizada. Una democracia que articule
la irreductible multiplicidad de luchas contra diferentes tipos de
subordinación: de clase, sexual, étnica, ecológica, etcétera. Pero esa misma
postura implica renunciar a la politización de la economía, asumir los
principales presupuestos del liberalismo incluyendo la independencia de la
esfera política del Estado y eliminar el foco del antagonismo principal en las
clases sociales. En última instancia, esto conlleva a renunciar a plantear una
crítica al capitalismo y a proponer un horizonte no capitalista para la
sociedad. La política, entonces, se reduce a una serie de estrategias
oportunistas para conseguir una precaria hegemonía (“hegemonía débil”), con lo
que los autores sustituyen la teoría revolucionaria por una teorización de la demagogia
politica. Pero como afirma Eagelton contra Laclau y Mou e, la relación entre
ciertas posiciones sociales y ciertas formas políticas es necesaria, lo que no
quiere decir que sea inevitable o automática. Las preguntas a hacerse aquí
serían, ¿Hegemonía para qué? ¿Poder para qué? Por sí solos se reducen a un mecanismo
para lograr la consecución del poder que se desentiende del problema fundamental,
es decir, para qué usar el poder.
La
política antipolítica es finalmente el triunfo de las ideas liberales de
izquierda, que sostienen que los ideales burgueses de libertad e igualdad son
propiedades reales y autónomas alcanzables mejorando el modelo de democracia
liberal y economía de mercado. Marx, por el contrario, sugiere que la dimensión
ideológica de la libertad y la igualdad liberales está incrustada de manera
intrínseca en la realidad capitalista, como mecanismo de ocultación del
carácter irrealizable de esta libertad e igualdad en el Sistema. Parafraseando
a Jameson, lo único que puede ocurrir es que desaparezca el sistema que las genera
para abolir los ideales de libertad e igualdad junto con la práctica de
ausencia de libertad y de desigualdad.
En
consecuencia, el populismo, lejos de ser lo político en tanto tal, siempre
implica una despolitización, una naturalización de la política, en tanto que
elimina el antagonismo interno que hace posible un acto realmente político.
Reivindica la revolución, en teoría, pero la repudia en la práctica. El
intríngulis sin salida, en general, del postmarxismo asociado al espontaneísmo
autonomista es la renuncia a la revolución, al quedarse con el momento bonito
no asumiendo los problemas, conflictos y la “inmoralidad” que implicaría la
revolución. Autonomismo y posibilismo no están dispuestos a pagar el precio de
una transformación radical de la sociedad. Haciendo eco del discurso liberal
anticomunista de la Guerra Fría, asumen que aquélla implica necesariamente el
terror, frente al cual es mejor acomodarse al orden positivo existente. Consiguientemente,
el libertarismo posmoderno abre caminos para la política fuera del fetiche del Estado,
al mismo tiempo que cierra otros que hacen imposible el desarrollo exitoso de
una subjetividad política con capacidad de llevar a cabo una transformación
social duradera y a una escala relevante.
Infortunadamente,
las elaboraciones “neo” y “post” marxistas impregnan de forma creciente el
cuerpo teórico-práctico de los principales movimientos transformadores de la sociedad,
como el feminista y el ecologista, pero también los anti-racistas,
des-coloniales o post-coloniales, antiglobalistas, cooperativos y un demasiado
largo etcétera.
Aquí
nada más voy a hacer unos breves comentarios al respecto de algunos de ellos
(para los que habrá que dedicar mayor detalle en una próxima ocasión, así como
para otros de esos movimientos que ahora no podremos abordar). Sólo me
referiré, pues es el objetivo de esta obra, a los aspectos práxicos de los mismos
en el camino de la transformación sistémica emancipadora…
(continuará)
**