sábado, 22 de agosto de 2026

 


1423

 

LAS VENAS ABIERTAS DE AMÉRICA LATINA

Eduardo Galeano

 

 (18)

 

 

PRIMERA PARTE

LA POBREZA DEL HOMBRE COMO RESULTADO DE LA RIQUEZA DE LA TIERRA.

 

 

 

Guevara en la zafra

 

 

EL AZÚCAR ERA EL CUCHILLO Y EL IMPERIO EL ASESINO

 

  «Edificar sobre el azúcar ¿es mejor que edificar sobre la arena?», se preguntaba Jean-Paul Sartre en 1960, desde Cuba.

 

  En el muelle del puerto de Guayabal, que exporta azúcar a granel, vuelan los alcatraces sobre un galpón gigantesco. Entro y contemplo, atónito, una pirámide dorada de azúcar. A medida que las compuertas se abren, por debajo, para que las tolvas conduzcan el cargamento, sin embolsar, hacia los buques, la rajadura del techo va dejando caer nuevos chorros de oro, azúcar recién transportada desde los molinos de los ingenios. La luz del sol se filtra y les arranca destellos. Vale unos cuatro millones de dólares esta montaña tibia que palpo y no me alcanza la mirada para recorrerla. Pienso que aquí se resume toda la euforia y el drama de esta zafra récord de 1970 que quiso, pero no pudo, pese al esfuerzo sobrehumano, alcanzar los diez millones de toneladas. Y una historia mucho más larga resbala, con el azúcar, ante la mirada. Pienso en el reino de la Francisco Sugar Co., la empresa de Allen Dulles, donde he pasado una semana escuchando las historias del pasado y asistiendo al nacimiento del futuro: Josefina, hija de Caridad Rodríguez, que estudia en un aula que antes era celda del cuartel, en el preciso lugar donde su padre fue preso y torturado antes de morir; Antonio Bastidas, el negro de setenta años que una madrugada de este año se colgó con ambos puños de la palanca de la sirena porque el ingenio había sobrepasado la meta y gritaba: «¡Carajo!», gritaba: «¡Cumplimos, carajo!», y no había quien le sacara la palanca de las manos crispadas mientras la sirena, que había despertado al pueblo, estaba despertando a toda Cuba; historias de desalojos, de sobornos, de asesinatos, el hambre y los extraños oficios que la desocupación, obligatoria durante más de la mitad de cada año, engendraba: cazador de grillos en los plantíos, por ejemplo. Pienso que la desgracia tenía el vientre hinchado, ahora se sabe. No murieron en vano los que murieron: Amancio Rodríguez, por ejemplo, acribillado a tiros por los rompehuelgas en una asamblea, que había rechazado furioso un cheque en blanco de la empresa y cuando sus compañeros lo fueron a enterrar descubrieron que no tenía calzoncillos ni medias para llevarse al cajón, o por ejemplo Pedro Plaza, que a los veinte años fue detenido y condujo el camión de soldados hacia las minas que él mismo había sembrado y voló con el camión y los soldados. Y tantos otros, en esta localidad y en todas las demás: «Aquí las familias quieren mucho a los mártires —me ha dicho un viejo cañero—, pero después de muertos. Antes eran puras quejas». Pienso que no resultaba casual que Fidel Castro reclutara a las tres cuartas partes de sus guerrilleros entre los campesinos, hombres del azúcar, ni que la provincia de Oriente fuera, a la vez, la mayor fuente de azúcar y de sublevaciones en toda la historia de Cuba. Me explico el rencor acumulado: después de la gran zafra de 1961, la revolución optó por vengarse del azúcar. El azúcar era la memoria viva de la humillación. ¿Era también, el azúcar, un destino? ¿Se convirtió luego en una penitencia? ¿Puede ser ahora una palanca, la catapulta del desarrollo económico?

 

 

Al influjo de una justa impaciencia, la revolución abatió numerosos cañaverales y quiso diversificar, en un abrir y cerrar de ojos, la producción agrícola: no cayó en el tradicional error de dividir los latifundios en minifundios improductivos, pero cada finca socializada acometió de golpe cultivos excesivamente variados. Había que realizar importaciones en gran escala para industrializar el país, aumentar la productividad agrícola y satisfacer muchas necesidades de consumo que la revolución, al redistribuir la riqueza, acrecentó enormemente. Sin las grandes zafras de azúcar, ¿de dónde obtener las divisas necesarias para esas importaciones? El desarrollo de la minería, sobre todo el níquel, exige grandes inversiones, que se están realizando, y la producción pesquera se ha multiplicado por ocho gracias al crecimiento de la flota, lo cual también ha exigido inversiones gigantes; los grandes planes de producción de cítricos están en ejecución, pero los años que separan a la siembra de la cosecha obligan a la paciencia. La revolución descubrió, entonces, que había confundido al cuchillo con el asesino. El azúcar, que había sido el factor del subdesarrollo, pasó a convertirse en un instrumento del desarrollo. No hubo más remedio que utilizar los frutos del monocultivo y la dependencia, nacidos de la incorporación de Cuba al mercado mundial, para romper el espinazo del monocultivo y la dependencia.

 

 

Porque los ingresos que el azúcar proporciona ya no se utilizan en consolidar la estructura del sometimiento. Las importaciones de maquinarias y de instalaciones industriales crecieron en un cuarenta por ciento desde 1958; el excedente económico que el azúcar genera se moviliza para desarrollar las industrias básicas y para que no queden tierras ociosas ni trabajadores condenados a la desocupación. Cuando cayó la dictadura de Batista, había en Cuba cinco mil tractores y trescientos mil automóviles. Hoy hay cincuenta mil tractores, aunque en buena medida se los desperdicia por las graves deficiencias de organización, y de aquella flota de automóviles, en su mayoría modelos de lujo, no restan más que algunos ejemplares dignos del museo de la chatarra. La industria del cemento y las plantas de electricidad han cobrado un asombroso impulso; las nuevas fábricas de fertilizantes han hecho posible que hoy se utilicen cinco veces más abonos que en 1958. Los embalses, creados por todas partes, contienen hoy un caudal de agua setenta y tres veces mayor que el total de agua embalsada en 1958 y han avanzado con botas de siete leguas las áreas de riego. Nuevos caminos, abiertos por toda Cuba, han roto la incomunicación de muchas regiones que parecían condenadas al aislamiento eterno. Para aumentar la magra producción de leche del ganado cebú, se han traído a Cuba toros de raza Holstein con los que, mediante la inseminación artificial, se han hecho nacer ochocientas mil vacas de cruza.

 

 

Grandes progresos se han realizado en la mecanización del corte y el alza de la caña, en buena medida en base a las invenciones cubanas, aunque todavía resultan insuficientes. Un nuevo sistema de trabajo se organiza, con dificultades, para ocupar el lugar del viejo sistema desorganizado por los cambios que la revolución trajo consigo. Los macheteros profesionales, presidiarios del azúcar, son en Cuba una especie extinguida: también para ellos la revolución implicó la libertad de elegir otros oficios menos pesados, y para sus hijos, la posibilidad de estudiar, mediante becas, en las ciudades. La redención de los cañeros ha provocado, en consecuencia, precio inevitable, severos trastornos para la economía de la isla. En 1970 Cuba debió utilizar el triple de trabajadores para la zafra, en su mayoría voluntarios o soldados o trabajadores de otros sectores, con lo que se perjudicaron las demás actividades del campo y de la ciudad: las cosechas de otros productos, el ritmo de trabajo de las fábricas. Y hay que tener en cuenta, en este sentido, que en una sociedad socialista, a diferencia de la sociedad capitalista, los trabajadores ya no actúan urgidos por el miedo a la desocupación ni por la codicia. Otros motores —la solidaridad, la responsabilidad colectiva, la toma de conciencia de los deberes y los derechos que lanzan al hombre más allá del egoísmo— deben ponerse en funcionamiento. Y no se cambia la conciencia de un pueblo entero en un santiamén. Cuando la revolución conquistó el poder, según Fidel Castro, la mayoría de los cubanos no era ni siquiera antiimperialista.

 

 

Los cubanos se fueron radicalizando junto con su revolución, a medida que se sucedían los desafíos y las respuestas, los golpes y los contragolpes entre La Habana y Washington, y a medida que se iban convirtiendo en hechos concretos las promesas de justicia social. Se construyeron ciento setenta hospitales nuevos y otros tantos policlínicos y se hizo gratuita la asistencia médica; se multiplicó por tres la cantidad de estudiantes matriculados a todos los niveles y también la educación se hizo gratuita; las becas benefician hoy a más de trescientos mil niños y jóvenes y se han multiplicado los internados y los círculos infantiles. Gran parte de la población no paga alquiler y ya son gratuitos los servicios de agua, luz, teléfono, funerales y espectáculos deportivos. Los gastos en servicios sociales crecieron cinco veces en pocos años. Pero ahora que todos tienen educación y zapatos, las necesidades se van multiplicando geométricamente y la producción sólo puede crecer aritméticamente. La presión del consumo, que es ahora consumo de todos y no de pocos, también obliga a Cuba al aumento rápido de las exportaciones, y el azúcar continúa siendo la mayor fuente de recursos.

 

 

En verdad, la revolución está viviendo tiempos duros, difíciles, de transición y sacrificio. Los propios cubanos han terminado de confirmar que el socialismo se construye con los dientes apretados y que la revolución no es ningún paseo. Al fin y al cabo, el futuro no sería de esta tierra si viniera regalado. Hay escasez, es cierto, de diversos productos: en 1970 faltan frutas y heladeras, ropa; las colas, muy frecuentes, no sólo resultan de la desorganización de la distribución. La causa esencial de la escasez es la nueva abundancia de consumidores: ahora el país pertenece a todos. Se trata, por lo tanto, de una escasez de signo inverso a la que padecen los demás países latinoamericanos.

 

 

En el mismo sentido operan los gastos de defensa. Cuba está obligada a dormir con los ojos abiertos, y también eso resulta, en términos económicos, muy caro. Esta revolución acosada, que ha debido soportar invasiones y sabotajes sin tregua, no cae porque —extraña dictadura— la defiende su pueblo en armas. Los expropiadores expropiados no se resignan. En abril de 1961, la brigada que desembarcó en Playa Girón no estaba formada solamente por los viejos militares y policías de Batista, sino también por los dueños de más de 370 mil hectáreas de tierra, casi diez mil inmuebles, setenta fábricas, diez centrales azucareros, tres bancos, cinco minas y doce cabarets. El dictador de Guatemala, Miguel Ydígoras, cedió campos de entrenamiento a los expedicionarios a cambio de las promesas que los norteamericanos le formularon, según él mismo confesó más tarde: dinero contante y sonante, que nunca le pagaron, y un aumento de la cuota guatemalteca de azúcar en el mercado de los Estados Unidos.

 

 

En 1965, otro país azucarero, la República Dominicana, sufrió la invasión de unos cuarenta mil marines dispuestos «a permanecer indefinidamente en este país, en vista de la confusión reinante», según declaró su comandante, el general Bruce Palmer. La caída vertical de los precios del azúcar había sido uno de los factores que hicieron estallar la indignación popular; el pueblo se levantó contra la dictadura militar y las tropas norteamericanas no demoraron en restablecer el orden. Dejaron cuatro mil muertos en los combates que los patriotas libraron, cuerpo a cuerpo, entre el río Ozama y el Caribe, en un barrio acorralado de la ciudad de Santo Domingo.

 

 

La Organización de Estados Americanos —que tiene la memoria del burro, porque no olvida nunca dónde come— bendijo la invasión y la estimuló con nuevas fuerzas. Había que matar el germen de otra Cuba.

 

(continuará)

 

 

 

[ Fragmento de: Eduardo Galeano. “Las venas abiertas de América Latina” ]

 

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viernes, 14 de agosto de 2026

 

 

1422

 

DE LA DECADENCIA DE LA POLÍTICA EN EL CAPITALISMO TERMINAL

Andrés Piqueras

 

(51)

 

 

 

 

 

PARTE II

Del in-politicismo teórico-práctico

 

 


 


 

10.1.

Lo postmoderno y lo “postmarxista” contagian los movimientos de emancipación

 

Al otro lado de la in-política, pero a la vez compartiendo con Laclau elementos potsmodernos y “postmarxistas”, hay una tendencia cada vez más extendida en buena parte de las elaboraciones ideológico-teóricas y en el accionar de nuestros movimientos sociales, paradójicamente tanto más extendida y arraigada cuanto más se deterioran las condiciones de vida de las poblaciones: la desconsideración (del poder) del Estado, para centrarse en la “transversalidad” de lo social, en lo molecular solamente, los “microespacios”, los “micropoderes”. Tal tendencia es congruente con la despolitización de la sociedad y su artificial separación del Estado, como si aquélla fuera una entidad ajena a las relaciones políticas y de poder. El dogma de que el Estado no puede ser usado para nada positivo (hoy seriamente puesto en evidencia con la pandemia del covid-19, sin ir más lejos), la máxima de que basta con “desbordar” por abajo a los poderes institucionales, reemplaza a los objetivos de “conquista” de esos poderes con el fin de redireccionarlos y rehacerlos como vectores de fuerza en favor de la sociedad.

 

 

“La protesta y la movilización permanentes sobre cuestiones concretas y particulares, sustituye a los proyectos y alternativas globales. La credulidad en una suerte de ‘capitalismo social’, que irá alterándose hacia el ‘buencomunismo’ (nada de un ‘socialismo de Estado’ como paso intermedio, que no hará sino reproducir las dominaciones)” (Formenti, 2020).

 

 

Una vez más cabe insistir: según se degrada el valor también la teorización académica de la fase neoliberal y post-neoliberal asume la in-política. En medio de la corrosión del capital, la degradación social y la quiebra individual, más proliferan, acorde con ello, insistentes empeños (a veces parecidos a intentos desesperados) por encontrar nuevos sujetos, por aferrarse a “micro construcciones” y empoderamientos por lo general imaginados, al tiempo que se reniega de la política en su relación con el Poder del capital y sus ramificaciones institucionales (o puestos de mando). Y esto es grave, porque si falla la teoría de quien a menudo no tiene otra arma de lucha, hierra también la proyección social y política de sus acciones y propuestas. Se divorcia estérilmente la ruptura (revolución) política de la ruptura epistémica, cultural y social, la famosa “transformación desde abajo”. No voy a entrar en el análisis de unas u otras corrientes, como la del postcolonialismo (por lo general multiplicadoras de diferencias frágiles para olvidar las desigualdades fuertes). Tampoco en las numerosas disputas internas que arrastra el feminismo, y por supuesto menos aún en la teoría corporativa de mujeres que se dice “feminista” al tiempo que compatible con el capitalismo. Me ocupo en el siguiente apartado de la proyección altersistémica del(os) feminismo(s). Sólo haré una breve incursión para intentar indicar algunos de los peligros que, como en el caso del marxismo, recorren en ese sentido a este imprescindible movimiento teórico-práctico.

 

 

 

10.2.

Feminismo a lo Federici. Breves consideraciones sobre el feminismo “post”

 

Algunas de las divisiones del feminismo, entre las que se encuentra una porción de sus más importantes teóricas, han ido dejándose arrastrar por la deriva postmoderna (en parte como resultado de la ofensiva de los propios poderes fuertes para dividir y desarbolar el feminismo y su enorme carga de profundidad anticapitalista –además de anti-patriarcal, claro–), entrando en ocasiones incluso en la órbita de las elaboraciones “postmarxistas”.

 

La secuencia de esa deriva en ciertas maneras de entender el feminismo ha estado bien sintetizada por Formenti:

 

 

“El feminismo de clase, anti-capitalista, de mediados del siglo XX, contribuyó de forma muy importante al análisis del papel de los procesos reproductivos en la dinámica del valor y del capitalismo en general. El feminismo que comenzó a tener auge a partir de los años 80 marcó su carácter de clase (de clase media), desplazando el interés de las cuestiones de poder a las de ‘reconocimiento’. Se apuntaba a prácticas de ‘autoconciencia’ y de politizar lo personal, al tiempo que se despolitizaba lo político, mientras lo feminista se incardinaba en los ‘nuevos movimientos’, comprometidos con la reivindicación de derechos individuales y civiles. Las políticas de ‘redistribución identitaria’ acompañaban al hundimiento de las políticas de ‘redistribución de la renta’. Cuando ya en el siglo XXI el movimiento adquiere dimensiones de masas, se basa ante todo en propuestas de tipo equiparatorio entre hombres y mujeres. Es decir, que las mujeres puedan hacer todo lo que hacen los hombres: ministras, soldadas, toreras, empresarias, ejecutivas, banqueras... el capitalismo y el feminismo tienen así trazado el camino para su confluencia. En realidad para la absorción de éste por aquél” (2020).

 

 

Pero repasemos, por lo que aquí nos ocupa, ciertos puntos de arranque de buena parte de la crítica feminista al marxismo, porque de ahí derivan, a mi entender, algunos de los enredados recorridos emprendidos después.

 

a. Hay una insistente crítica feminista al productivismo restringido basado en el valor, para hacer hincapié en las relaciones de producción y reproducción de la fuerza de trabajo.

 

b. En general, esa crítica ha generado un cambio decisivo más allá del punto de vista de la producción del valor al de reproducción y, en particular, de la reproducción social, convergente con los argumentos sobre una “acumulación primitiva permanente”.

 

 

c. Las feministas rechazaron la centralidad que el marxismo ha asignado históricamente al trabajo industrial y a la producción de materias primas como los sitios cruciales para la transformación social, y señalaron por contra la decisiva importancia de las luchas en el ámbito de la producción-reproducción de los seres humanos y de la fuerza de trabajo en concreto.

 

 

d. Proponen, por eso, reinterpretar la relación recíproca entre las diferentes formas de explotación sin conformarse con una noción de tendencia a partir de la cual otras formas de trabajo puedan considerarse residuales o secundarias.

 

 

Diría que es difícil para un marxista no estar de acuerdo con lo que subyace a estos planteamientos, que son susceptibles de expandir el sustrato teórico de Marx y Engels, proporcionándole más alcance. El problema es por una parte que no son del todo justos con la elaboración del marxismo, precisamente, por lo que a esos puntos toca; y por otra que poco se avanza si se cambia la prioridad del foco de análisis de un ámbito social a otro (de la producción a la reproducción), en vez de contemplarles indisociablemente vinculados en la totalidad capitalista. Y esa parcialidad que se traduce en no pocas ocasiones en un alejamiento del materialismo histórico-dialéctico, es lo que ha provocado algunas importantes carencias de ciertos feminismos en cuanto a las posibilidades concretas de articulación de sujetos capaces de llevar a cabo una transformación política radical.

 

¿Qué plantea en ese sentido una parte importante del feminismo actual? Fijémonos, para comenzar, en una de sus figuras más destacadas en la segunda mitad del siglo XX y más citadas aún hoy: Maria Mies. Justamente en su obra de gran alcance teórico, a la que remiten más citas, precisa esta autora con agudeza su crítica a Marx y Engels:

 

 

“Esta distinción entre proceso ‘natural’, relacionado con la ‘producción de seres humanos o procreación’ (es decir, ahistórico), y los procesos históricos, relacionados con el desarrollo de los medios de producción y de trabajo, es lo que ha hecho que no fuera posible desarrollar una concepción materialista histórica de las mujeres y de su trabajo dentro de la teoría marxista. El concepto idealizado del trabajo de las mujeres (natural, biológico) en la producción de seres humanos como un hecho ‘natural’ ya había sido manifestado claramente en el anterior estudio de Marx y Engels, La ideología alemana” (2019).

 

 

E insiste en poner de relieve cómo el “trabajo libre” asalariado está basado en el “trabajo no-libre” de las mujeres. A partir de ahí desarrolla Mies las carencias de la obra de esos dos autores, de manera que según ella dejan a las mujeres “fuera de la historia”. No voy a discutir estas premisas, que contienen esa parte de razón a partir de la cual hilar para mejorar el tejido recibido, si ese fuera el objetivo en lugar de (intentar) deshacerse de él (como a menudo es el caso, lo que ha conducido a no pocas contradicciones y atolladeros teóricos). Sólo vamos a centrarnos en la parte propositiva de esta autora por lo que respecta a la transformación social.

 

Nos habla, en tal sentido, de albergar un concepto feminista del trabajo, el cual debe partir de desafiar la división entre tiempo socialmente necesario y tiempo de ocio. Esto pasa por adquirir también otra concepción del tiempo, distinta a la “economía del tiempo marxista”, para la cual trabajar deje de ser un sometimiento, sino

 

 

“Un concepto en el que el tiempo de trabajo y el de descanso y diversión se alternan y entremezclan. Si prevalece este concepto y este tipo de organización del tiempo, la longitud de la jornada laboral se vuelve irrelevante. Porque un día largo de trabajo o incluso toda una vida llena de trabajo no se sentiría como una maldición sino como una fuente de plenitud y felicidad humanas” (2019).

 

 

Como tercer punto del concepto feminista del trabajo aboga por el mantenimiento del trabajo como una interacción directa y sensual con la naturaleza, con la materia orgánica y con los organismos vivos. Un cuarto elemento nos lleva a que el trabajo mantenga su sentido de finalidad y el carácter de utilidad y necesidad para quienes lo llevan a cabo y para quienes se encuentran en torno suyo. Y finalmente requiere de la abolición de la división y la distancia entre producción y consumo. Todo ello va en el camino de conseguir una economía alternativa, que tenga por principios la autarquía (como cuasi-su ciencia) y la descentralización. En esa economía alternativa los hombres han de compartir la responsabilidad de la producción inmediata de la vida.

 

 

¿Bonito verdad? Demasiadas de las elaboraciones feministas están basadas en el mundo fantástico que se quiere conseguir, sin tener ningún programa práctico por medio. Sólo los deseos de que sea así y propuestas hechas a menudo en el vacío (sin análisis de fuerzas, de posibilidades de detentar medios de producción y de socialización y organización social, de contrarrestar poderes o no, etc.). El problema, como muestra el materialismo histórico-dialéctico, mal que no suela abordarse por una parte del feminismo teórico, es precisar cuáles son las circunstancias “objetivas” que permiten o no en mayor o menor medida unos u otros objetivos, más allá del idealismo o del voluntarismo, e incluso del construccionismo microsocial o “autonomismo”, que no sólo no tiene porqué extenderse necesariamente al conjunto social, sino que de hecho, con los poderes institucionales (político-policíaco-militares-culturales educativos-económicos) incólumes, tiene pocas posibilidades de hacerlo, más allá de pequeños núcleos sociales, por lo que todo logro en esa vía estaría en alta y perpetua amenaza de reversión. En el caso concreto que traigo a colación habría que preguntarse, igualmente, tras aquel primer análisis, quiénes son los sujetos capaces de llevar a cabo aquellos objetivos (más allá de lograr mantener en ocasiones ciertas condiciones de supervivencia, ya de por sí esfuerzo heroico en muchos casos), a partir de qué condiciones de vida, contexto político o condicionamientos estructurales en general. En el punto extremo de estos planteamientos feministas idealistas, podríamos llegar a formular una pregunta decisiva, si negamos como antagonista básico al sujeto “proletariado”, o al sujeto “clase trabajadora”, ¿existe o puede existir el sujeto Mujer como fuerza social articulada altersistémica, como agente capaz de transcender el capitalismo? O para decirlo un poco menos maximalistamente, ¿la lucha de género basta por sí misma para ello? A años luz de todo esto, en un artículo posterior sintetiza Mies el intríngulis de su propuesta:

 

 

“En mi opinión, sólo hay una alternativa viable al capitalismo global: las comunidades deben recuperar el control de sus condiciones locales y regionales de existencia (tierra, bosques, recursos, poder laboral, biodiversidad, cultura y conocimiento)” (2014).

 

 

Justamente lo que “las comunidades” no pueden hacer casi nunca y mucho menos de forma generalizada en el planeta, algo de lo que la autora se hubiera percatado por sí misma a poco que hubiera llevado a cabo un análisis de las condiciones geopolíticas, geoeconómicas e interestatales, así como de las relaciones sociales internas a unos u otros Estados y de los movimientos de las clases en ellos. Como quiera que esos análisis están ausentes en su obra, observemos en qué tipo de suposiciones inverosímiles basa sus propuestas Mies. Ejemplo: “si los países sobredesarrollados tomasen la decisión política de desvincular sus economías del explotador sistema mercantil global y, en consecuencia, desarrollar mecanismos de autosuficiencia que cubriesen las áreas de desarrollo principales, se pavimentaría el camino hacia el desarrollo de una economía autárquica en los países subdesarrollados” (2019). La de suposiciones sin base que hay que hacer con tal de no hablar de revoluciones socio-políticas ni de sus concretas posibilidades. Por eso, en la sección final del libro la autora nos indica toda una serie de supuestos pasos intermedios, nada menos que en el ámbito del consumo, que en realidad no son sino más propuestas ilusorias que tienen por principio el “siismo”: “si” las mujeres se unieran para hacer unas u otras cosas, “si” decidieran comprar o no comprar unas u otras mercancías; “si” las mujeres dejaran de comprar mercancías superfluas (entre las que incluye Mies el alcohol y el tabaco); “si” boicotearan los productos que refuerzan la imagen sexista y los que son de transnacionales que manipulan a las mujeres en cuanto que amas de casa y madres; “si” se dejaran de adquirir las mercancías que incorporan mayores grados de explotación en ellas; “si” no adquirieran pintalabios y cosméticos… En fin, ni una palabra de cómo el conjunto de mujeres, o al menos una parte significativa de ellas, va a ponerse a tomar tales decisiones cuando todos los mecanismos de socialización de género gozan de buena salud, cuando la formación a gran escala está en manos de los distintos poderes del capital y cuando muchas de aquellas mercancías son las únicas que la mayor parte de las mujeres pueden comprar por ser más baratas (se repite aquí el dilema de las mercancías destinadas al llamado “comercio justo”, sólo accesibles de manera regular para las capas medio-altas de algunas sociedades). Obviamente, por ello mismo, nada de eso ha cundido en el mundo en términos definitorios, generalizados, desde que lo formulara Mies. Al contrario, hoy la agudización de la proletarización de las poblaciones del planeta se ha acentuado y con ella la sobre-explotación de las mujeres y sus condiciones de vulnerabilidad. De hecho, cada vez más millones y millones de seres humanos se ven forzados a “escapar” (migrar) de sus realidades y centenares de miles de mujeres caen cada año en las redes de la Trata al hacerlo. También el deterioro de las condiciones de vida en las formaciones centrales del capitalismo sigue su curso implacable, haciendo que las mujeres consuman y produzcan “lo que pueden”, y su “economía alternativa” se vea reducida a un día a día pauperizado.

 

Al final, Mies viene a reconocerlo:


“Por eso, dado el actual marco de la división internacional del trabajo y de los intereses de los trabajadores asalariados íntimamente conectados con los del capital, existe poco margen para la auténtica solidaridad entre las mujeres del Primer y el Tercer Mundo, al menos no para el tipo de solidaridad que pueda trascender la caridad y la retórica paternalista”…

 

 

 

(continuará)

 

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