martes, 21 de abril de 2026

 

 

1406

 

DE LA DECADENCIA DE LA POLÍTICA EN EL CAPITALISMO TERMINAL

Andrés Piqueras

 

 (48)

 

 

PARTE II

Del in-politicismo teórico-práctico

 

 


 

 

Capítulo 10

UN REPASO A LOS PORQUÉS DEL (ÉXITO DEL) POPULISMO

Y A SU CONVERSIÓN EN BASAMENTO DE LOS

“POSTMARXISMOS”

 

El variado “post-marxismo” que se exhibe en la actualidad suele estar enroscado en torno a toda una fragmentación de sujetos, movimientos e identidades que, por otro lado, no sabe explicar más allá de sus manifestaciones concretas evidentes o epifenoménicas. Como gran parte de la ciencia social en general (cada vez más “postmoderna”) su incapacidad para analizar dialécticamente la totalidad capitalista y sus partes agenciales resultantes de las distintas expresiones de desigualdad, explotación y opresión, le lleva a multiplicar los análisis de contexto, “empíricos”, con descripciones auto-explicativas, fenomenológicas (basadas en el propia habla construida de las personas implicadas), o bien a ensayar sincretismos (pseudo)teóricos sin alcanzar las raíces profundas de las cosas, incapaz de predecir los próximos movimientos. En esa línea de carencias es que también cualquier consideración geopolítica o geoeconómica está por lo general, como en el caso de los neomarxismos, ausente de sus análisis. No es de extrañar, entonces, que buena parte de sus propuestas y proyecciones políticas conduzcan a la añoranza de un anterior “capitalismo regulado”, y que terminen, en lógica, centradas en ilusorios procesos de mejora de la democracia capitalista y de colaboración entre clases, promoviendo de paso la integración subordinada en los propios gobiernos del Capital. Hay una vertiente del populismo que nos lleva casi al mismo sitio pero de forma más camuflada, no tanto a través de la “postpolítica” [que se formularía más bien como señalamiento o denuncia de la sustracción de la política que provoca el consenso sobre las bases constitutivas de la sociedad del capital], sino de la “infrapolítica” estrechamente unida a la “posthegemonía”, proponente de acciones inverosímiles y estados de pensamiento absolutamente improbables para las grandes mayorías de población, con lo que a la postre se contribuye a su desactivación agencial y, claro está, a la permanencia de este orden social y sus instituciones. También de sus elementos básicos constitutivos: la mercancía, el valor y el capital.

 

 

En cualquier caso, uno de los principales frutos de unas u otras de estas tendencias ha sido la revitalización del populismo. Un término, por cierto, ambiguo y sin definición precisa o de consenso, pero que a diferencia de sus versiones tradicionales, y a pesar de compartir parte de sus características, al irrumpir en el actual capitalismo degenerativo adquiere unas connotaciones especiales ligadas a “la forma que la lucha de clases tiende a asumir en una fase histórica en la que las identidades sociales tradicionales han perdido consistencia y autoconciencia” (Formenti, 2020). Este neopopulismo forja una frontera entre dos opuestos que se representan como sujetos reales, el “pueblo” y “el poder”, a partir de la que se pretende conseguir, a veces con éxito, una movilización de masas, aglutinadas en un vínculo directo en torno a la figura de un/a líder/esa carismático/a; lo cual permite la sustitución de un programa político estratégico por un rosario de ideas-fuerza o consignas susceptibles de dar vida a una organización de élite pero con predicado interclasista y vocación mayoritaria. Es tal su ambigüedad como forma política vacía (siguiendo la terminología de Lefort –1990–, quien entendía también idealistamente la “democracia” no sólo como un régimen político desconectado de la economía, sino como única forma de gobierno donde el poder aparece como un “lugar vacío”), que se presta a ser rellenada con los materiales que introduzca cada líder/esa en ella. Lo que igual puede servir como fórmula para establecer regímenes autoritarios o señuelos para la consolidación de élites, que para permitir el avance de procesos populares. Todo ello adobado siempre en la confianza en el Estado capitalista como potencialmente favorecedor del bien común.

 

¿Pero qué es lo que ha permitido de nuevo el auge del populismo? Para entenderlo hay que atender, una vez más, a las condiciones socio-históricas que lo explican. Demos un repaso a esas condiciones en las últimas décadas. Tras finalizar la Segunda Guerra mundial, y hasta la mitad de los años setenta del siglo XX, las formaciones sociales centrales experimentaron al menos tres décadas de expansión del valor y vigorosa reproducción ampliada del capital, con la consiguiente apertura de posibilidades de emprender una dinámica progresista-reformista en la esfera socio-política (dinámica que se terminó de hacer efectiva gracias a la constitución de la URSS y su victoria contra la guerra de exterminio que desató la maquinaria nazi contra ella). Los cambios experimentados en la estructura de clases proporcionados por ese nuevo “capitalismo de Estado”, con sus vías fuertes de integración de la fuerza de trabajo (y de la sociedad en general) a través de la seguridad social, así como el programado descrédito del Bloque Soviético en la población europea occidental, habían ido preparando el terreno, a su vez, contra las “viejas” formaciones partidistas o más en general, contra las “viejas” formas de organizarse y hacer política.

 

Frente al “obrerismo” propio del capitalismo industrial-fordista, se abrió paso el movimientismo ciudadano, como forma predominante de contestación social en el capitalismo de consumo keynesiano. Recuperada de las aún más viejas luchas del pre o proto-proletariado europeo, esta forma de intervención social se expandió pronto por las formaciones centrales del Sistema en su conjunto. Con ello, las reivindicaciones devinieron más parciales, los campos de conflicto e intervención dejaron atrás lo universal para irse haciendo, por lo general, cada vez más reducidos, más sectoriales, más locales. Los logros, por tanto, también menguaron. Unas y otros quedaban convenientemente (auto)connados dentro del Sistema, un Sistema que supuestamente lo admitía todo y era capaz de reformarse a sí mismo indefinidamente, con la ayuda de la ciudadanía, hasta poder llegar a conseguirse a través de él cotas cada vez más altas de justicia e igualdad: era el “momento rawlsiano”. También lo era de la proliferante malla de elaboraciones y escuelas filosóficas neokantianas que predicaban ideales regulativos para un capitalismo al que se le suponía con permanente potencialidad de (auto)mejora. Las sociedades europeas habían interiorizado la identificación del Sistema con “bienestar”, con “democracia” y con “desarrollo”.

 

Hasta que en los años 70 del siglo XX se evidenció el comienzo de la decadencia de ese “capitalismo regulado”, dicho “keynesiano”, que iría siendo sustituido por un tipo de capitalismo monopólico, primero transnacional y luego global, financiarizado, el cual llega en sus estertores hasta la actualidad. Ese “nuevo” capitalismo entrañaba una brutal ofensiva de clase (de la clase que personifica al capital), que se dio bajo el nombre de neoliberalismo, y que supuso la paulatina pero constante destrucción de las regulaciones capitalistas propias del keynesianismo en las formaciones centrales (atañendo los mercados laborales, las finanzas o las relaciones de clase mediadas por el Estado, entre otras). Igualmente supuso la descomposición de las tímidas estrategias redistributivas y emancipatorias en las formaciones periféricas y la derrota del campo socialista o “Segundo Mundo”. Esto conllevó la aceleración de la proletarización de las poblaciones del mundo “periférico”, en el que ya también caía el Bloque Soviético (expulsión de las tierras, endeudamiento generalizado, pérdida de medios de producción, destrucción de lo público…) y la reproletarización de las sociedades centrales (con la pérdida de las medidas de protección social y propiedad pública).

 

 

La descomposición de los Grandes Sujetos (clases, movimiento obrero, nación, organizaciones de masas…) que habían ido surgiendo del capitalismo “pre-democrático” de la Primera y Segunda Revolución Industriales, se extremó con el capitalismo “post-democrático” propio del nuevo modelo de crecimiento neoliberal-financiarizado. Según se fue agotando la dinámica del valor y la consecución de una aceptable tasa media de ganancia, las vías de “integración” de la población se fueron haciendo también más limitadas y “blandas”, ya no a través de la seguridad social, sino del consumo a crédito y del endeudamiento masivo, de la (pretendida) revalorización financiera de los bienes inmuebles (una suerte de keynesianismo de precio de activos) que, además de “democratizar la especulación” para más capas sociales, permitía seguir manteniendo la ficción del consumo y de ser “clase media” para la población trabajadora, ayudada tal ficción también inestimablemente por la deslocalización empresarial y la consiguiente entrada masiva de productos ultra-baratos de las periferias del Sistema, pero especialmente de China. A todo ello se ha ido sumando el continuo debilitamiento del hegemón mundial, al que acompaña el paulatino desmoronamiento del Sistema-Mundo que levantó en torno a sí, sus instituciones, relaciones internacionales y entramado de control-protección-castigo desplegado a escala planetaria, según vimos en el capítulo 7. Circunstancia que contribuye aún más al resquebrajamiento de la legitimidad del “bloque occidental” –especialmente el tándem EE.UU.-UE–, a consecuencia de su creciente imposibilidad de integrar demandas sociales latentes.

 

 

“Así, una parte importante de la población pierde su confianza en el sistema de gobierno, por lo que dejan de operar las certezas y los relatos que sostenían e integraban el consenso entre gobernantes y gobernados” (Vázquez, 2018).

 

 

El destrozo de la “seguridad” colectiva (“seguridad social”) ha traído una vuelta acelerada al mundo de las inseguridades: inseguridad de empleo y por tanto de vivienda, inseguridad de acceso al consumo, al crédito y a los bienes, inseguridad sanitaria, energética... Inseguridad del presente y todavía más del futuro, como en la actualidad estamos constatando palmariamente.

 

El problema para las fracciones agenciales del capital fue desde el principio cómo manejar, aun continuando su pugna por el menguante beneficio, la descomposición de la civilización industrial-fosilista, la destrucción de la sociedad y la metamorfosis de las relaciones de clase. El neoliberalismo estuvo planificado desde un principio para reprimir y desactivar políticamente a la sociedad. En la medida en que, además, hace más tangible la dureza, suciedad y corrupción de la política de clase del capital, provoca crecientemente una generalizada desafección de la política y “los políticos” (de hecho, con él se consolidaría el divorcio entre la tradición liberal y la democrática). Por eso, en cuanto que fragmentaria, por veces contradictoria e incluso conflictiva y en todo caso incompleta “revolución pasiva” de las élites, el neoliberalismo requirió bien pronto igualmente de la “in-política” o, en su defecto, como variante suya, de la construcción populista de la política (al igual que se servía del postmodernismo en el ámbito académico-cultural –Jameson, 1991).

 

 

El primer paso para ello ha consistido en crear una frontera política capaz de agrupar una buena parte de las demandas sociales de un determinado momento en un campo común, y definir al mismo tiempo un enemigo al que se le sitúa al otro lado de esa frontera. En este sentido, una de las estrategias recurrentes de contención del descontento social por parte de las elites reside en lo que Marx llamó la personificación de las relaciones sociales de producción, esto es, la creación de un enemigo concreto que absuelva de la ira popular al propio Sistema. Aquí las posibilidades son abiertas: los banqueros, los políticos corruptos, las transnacionales, la “casta”... Se abren paso así las dicotomías “nosotros” / “ellos”; el “pueblo” / la “casta”; el 99% / el 1%, etc. Es de esa manera que, poco a poco, comienzan a levantarse los cimientos del neo populismo, un populismo sin pueblo (Pasquinelli, 2019).

 

 

Un siguiente paso, según los propios Laclau y Mouffe, es que una de esas demandas, la que sea más capaz de llenar los “significantes vacíos” en que se traducen las reivindicaciones fuertes de unos y otros sectores de la población, aglutine a las restantes (en esto consiste también, aproximadamente, su noción de “hegemonía”). Se canaliza así la lucha a través de identidades sociales y esferas de acción supuestamente independientes, aptas para engarzarse a través de lo discursivo mediante el “relato” que sea más capaz de concitar voluntades e imperar en lo simbólico-cognitivo. Consecuentemente, se entiende también la sociedad separada en esferas “autónomas” unas de otras: la económica, la social, la política, la cultural-ideológica…

 

(continuará)

 

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miércoles, 15 de abril de 2026

 

 

1405

 

“LA SOMBRA DE FRANCO EN LA TRANSICIÓN”

Alfredo Grimaldos

 

 

 


 

(…) El 13 de agosto, Francisco Javier Verdejo Lucas, estudiante de 19 años, muere en Almería por disparos de la Guardia Civil. Recibe un balazo por la espalda mientras hace una pintada: "Pan, trabajo y lilbertad". Es plena feria patronal en la localidad andaluza y el suceso conmociona a toda la provincia. Javier es hijo de un personaje muy conocido en aquellas tierras, Guillermo Verdejo, un franquista recalcitrante que ha sido presidente del Colegio de Farmacéuticos y alcalde de Almería. Cuando los guardias civiles que han asesinado a su hijo se presentan ante él para ofrecerle sus excusas, intentando explicarle que lo ocurrido ha sido fruto de un accidente, el padre de la víctima les contesta que sólo han cumplido con su obligación. Los familiares del fallecido intentan que el entierro pase despercibido, pero la gente abarrota la iglesia de la Virgen del Mar. Varios camaradas del Javier, que militaba en la Joven Guardia Roja, organización juvenil del Partido del Trabajo de España (PTE), y miembros de otros partidos de izquierda arrebatan el féretro a la familia y lo llevan en hombros hasta el cementerio, al frente de una gran multitud. El gobernador civil de Almería es el fiscal Roberto García Calvo, que en 2001 llegará a magistrado del Tribunal Constitucional. Ordena la detención de quienes han participado en "el secuestro del cadáver" durante el entierro, pero no realiza ninguna investigación sobre las circunstancias en la que se ha producido la muerte del joven comunista y archiva rápidamente el caso. Cuando es designado juez del Tribunal Constitucional, 25 años después, respaldado por el gobierno de José María Aznar, a nadie se le ocurre preguntarle por el asesinato de Javier Verdejo.

 

El grupo musical andaluz "Gente del Pueblo" graba poco después un homenaje a Javier por sevillanas:

 

"Por las playas de Almería / nacieron claveles frescos, / sembrados con la semilla / del joven Javier Verdejo. / Cayó su cuerpo "jerío", / como en otoño las hojas / y con su sangre, en la arena, / puso la bandera roja".

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-El 8 de septiembre muere en Fuenterrabía Jesús María Zabala, delineante de 24 años, por disparos de la Guardia Civil, mientras participa en una manifestación pro amnistía. Son las fiestas del "Alarde" y 50.000 personas asisten a su funeral. El día 9 se inicia una huelga general en todo el País Vasco como rechazo al nuevo crimen.

 

En la misma composición de Gente del Pueblo que rinde homenaje a Javier Verdejo, titulada "Pan, trabajo y libertad", también se recuerda a Jesús María Zabala: "Cómo se agitan los mares, / Euskadi se ha "estremecío" / y al grito de libertad, / se levanta "embravecío". / El pueblo pide justicia / por la muerte de Zabala, / por todos los que han caído / heridos cuando luchaban".

 

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-El 22 de septiembre, en La Laguna, Bartolomé García Lorenzo, estudiante de 21 años, muere acribillado a tiros por agentes de policía que siguen la pista de un delincuente común, El Rubio, con quien la víctima no tiene ninguna relación. Los agentes asaltan, por   equivocación, el piso donde se encuentra Bartolomé y, sin aviso previo, ametrallan la puerta del domicilio. Una ráfaga de subfusil atraviesa el tercer piso, del portal cuarto, del bloque de edificios de la Divina Pastora, en la popular barriada de Somosierra-García Escámez, de Santa Cruz de Tenerife. Entre las personas que ocupan el interior de la vivienda hay, en ese momento, dos niños, de tres y quince meses. Son los hijos de Antonia Lorenzo, prima de Bartolomé. La madre y los dos críos, afortunadamente, resultan ilesos, pero Bartolomé cae muerto. Cuando termina el asalto, los vecinos del inmueble consiguen contar 33 orificios de bala en la puerta ametrallada. Las manifestaciones de protesta por este asesinato, las más importantes de toda la historia de La Laguna, son reprimidas con enorme dureza. Se produce una huelga general y hay violentos disturbios que se saldan con 27 manifestantes detenidos. El inspector José Antonio del Arco Martín es condenado por la Audiencia de Tenerife, en 1982, por delito de homicidio, a dos años de prisión que no cumple. Poco después de ser condenado es destinado al servicio de escolta del ministro socialista Ernest Lluch y luego nombrado jefe de Contravigilancia de la Comisaría General de Seguridad Ciudadana.

Otro de los agentes que participa en la operación que concluye con el asesinato de Bartolmé, Juan José Merino Antón, es condenado a otros dos años que tampoco cumple. Además. No pierde su lugar en el escalafón policial y es ascendido a subcomisario. También son condenados a dos años de prisión José María Vicente Toribio, Angel Dámaso Estrada, Juan Gregorio Valentín Oramas y Miguel Guillermo López García. Ninguno de ellos entra en prisión ni ve perjudicada su carrera profesional.

El 28 de enero de 1986, la Audiencia de Tenerife, mediante un auto, declara extinguida la responsabilidad de los agentes en el homicidio de Bartolomé García.

 

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-El 27 de septiembre de 1976, durante una manifestación celebrada con motivo del primer aniversario de los cinco últimos fusilamientos de Franco, es asesinado en Madrid el estudiante de psicología Carlos González Martínez, de 21 años. Es el quinto hijo de una familia de seis hermanos y su padre, Eduardo González Calderón, trabaja como comentarista deportivo en Radio Madrid. Paradójicamente, el padre del joven asesinado fue combatiente de la División Azul y un hermano suyo murió en los frentes soviéticos. Carlos no participa en la manifestación, camina por la calle de Alcalá, alrededor de las 9 de la noche, en compañía de dos amigos, y al llegar a la confluencia de la calle de Barquillo se encuentra con un grupo de manifestantes que huyen de la policía. En la carrera pierde a sus amigos. Junto a la esquina de la calle de Barquillo con la de San Marcos, se topa con tres individuos armados con pistolas. Uno de ellos, de alrededor de 25 años, viste pantalón vaquero y jersey, es alto y con el pelo rizado. Otro, de unos 30 años, tiene un aire tosco y brutal, es fuerte y más bajo que el anterior y viste una camiseta marrón. El tercero es rubio, de pelo corto, con zamarra verde de tipo militar y un pantalón claro. Suenan varios disparos y Carlos cae al suelo, boca abajo, mientras se oyen gritos de "¡Viva Cristo Rey!".

 

La trayectoria de la herida, que empieza en la espalda, en el riñón izquierdo, y llega hasta muy cerca del corazón, a un centímetro, parece indicar que Carlos se encuentra corriendo, inclinado hacia delante o incluso a punto de caer, cuando recibe el impacto. El disparo está hecho a quemarropa, apenas a un metro de distancia. Más tarde aparecen en el lugar del crimen cuatro casquillos de bala (dos de 7,65 y otros dos de 9 milímetros). Carlos fallece en la madrugada del 28 de septiembre. Juan José Rosón, recién nombrado gobernador civil de Madrid, ha asumido las reponsabilidades del orden público en la provincia, función hasta entonces reservada al jefe superior de Policía. A pesar de la precisa descripción de los asesinos que hacen varios testigos presenciales, no se detiene a nadie en relación con el caso.

 

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-El 15 de diciembre, durante una manifestación a favor de la abstención en el referéndum de la Ley de la Reforma Política, es brutalmente apaleado por la policía el joven Angel Almazán Luna. Mientras el presidente del Gobierno, Adolfo Suárez, y su ministro de la Gobernación, Rodolfo Martín Villa, celebran el éxito del "sí" en la consulta, Angel fallece el día 20 de diciembre, en la Residencia de La Paz, a consecuencia del severo traumatismo craneal que le han provocado los policías. No se realiza ninguna investigación…

 

 

( Del libro:  “La sombra de Franco en la Transición” / Alfredo Grimaldos )

 

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