sábado, 13 de julio de 2024

 

1182

 

LA LUCHA DE CLASES

Domenico Losurdo

 

(12)

 

 

 

I

 

Las distintas formas de la lucha de clases

 

 

 

12. LA «NATURALEZA», ENTRE EVASIÓN Y LUCHA DE CLASES

 

Marx y Engels ironizan a propósito de la aspiración a librarse del conflicto en una naturaleza sin contaminar por la historia humana y contrapuesta elogiosamente a ella, criticando la evasión que está implícita en el «culto a la naturaleza» al igual que en la religión propiamente dicha (MEW), pero esto no les impide ser los primeros en llamar la atención sobre lo que hoy llamaríamos la cuestión ecológica.

 

 

Desde sus comienzos Marx subraya: «el hombre vive de la naturaleza» (MEW); «la condición indispensable para cualquier historia humana es, naturalmente, la existencia de individuos humanos vivos»; por lo tanto, el primer hecho a establecer es la «constitución física de estos individuos y la situación en la que esta les deja ante la naturaleza» (MEW). Unos treinta años después la Crítica del programa de Gotha empieza con una advertencia que hoy suena profética: por muy grande y creciente que sea la productividad del trabajo, «no es la fuente de toda riqueza». No hay que perder nunca de vista un aspecto central:

 

 

«La naturaleza es la fuente de los valores de uso (¡que son los que verdaderamente integran la riqueza real!), lo mismo que el trabajo, que en sí mismo no es más que la manifestación de una fuerza natural, de la fuerza de trabajo humana» (MEW).

 

 

Esto nos lleva directamente a la lucha de clases. Si el capitalismo, por un lado, tiene el mérito de promover un desarrollo sin precedentes de las fuerzas productivas, por otro puede afectar a la «riqueza real» por partida doble. En primer lugar, con su búsqueda despiadada del beneficio máximo y con sus crisis periódicas, produce una enorme disipación de esa «fuerza natural» que es la «fuerza de trabajo humana», sacrificada sin escrúpulos ya en los niños, obligados a morir de cansancio y privaciones. Se podría decir que el primer libro de El capital es en gran parte el análisis crítico del «constante rito sacrificial en perjuicio de la clase obrera» y del «derroche más desenfrenado de sus energías [naturales] laborales» (MEW).

 

 

Pero eso no es todo. El capital también subraya que «todos los progresos de la agricultura capitalista» son «progresos no solo del arte de despojar al obrero, sino también del arte de despojar al suelo», con la consiguiente «ruina de las fuentes duraderas» de su fertilidad (MEW). En todo caso, si la idea de propiedad privada en que se basa la sociedad burguesa se aplica a la relación entre el hombre y la naturaleza, resulta aún más devastadora. Cuanto más absoluta es esa idea más graves son las consecuencias para la naturaleza: en el Sur de Estados Unidos la sociedad esclavista también se distingue por su «explotación brutal del suelo» (MEW). En el caso de Irlanda:

 

 

«La enfermedad de la patata fue una consecuencia del agotamiento del suelo, un producto del dominio inglés»

 

 

y de la política de saqueo colonial que llevaba a cabo el gobierno de Londres (MEW). Se puede sacar una conclusión de carácter general: «Ni siquiera toda una sociedad, una nación, es más, ni siquiera todas las sociedades de una misma época tomadas en conjunto, son propietarias de la tierra. Solo son sus poseedoras o sus usufructuarias, y tienen el deber de legársela mejorada, como boni patres familias, a las generaciones venideras». En el futuro, «desde el punto de vista de una formación económica más elevada de la sociedad, la propiedad privada del globo terráqueo por individuos particulares», por una nación o incluso por la humanidad entera tomada en un periodo de tiempo, parecerá «tan absurda como la posesión de un hombre por otro» (MEW). Se comprende entonces la advertencia de Engels en la Dialéctica de la naturaleza.

 

 

«Nosotros no dominamos la naturaleza como un conquistador que ha dominado a un pueblo extranjero; no la dominamos como ajenos a ella, sino que formamos parte de ella con nuestra carne, nuestra sangre y nuestro cerebro, y vivimos en su seno» (MEW).

 

 

Para conservar una naturaleza que permita la continuación y el desarrollo de la historia humana es preciso afrontar y resolver el conflicto político-social, mientras que el religioso «culto a la naturaleza» recomienda evadirse de él. El llamamiento a buscar en la naturaleza un lugar trascendente ajeno a las disonancias y contradicciones de la sociedad es la expresión, distorsionadora y mistificadora, de ese mismo conflicto que en vano trata de apartar.

 

 

Pero hagamos un intento de tomarnos en serio el llamamiento. De entrada hay que tener en cuenta que el obrero «ni siquiera tiene la posibilidad de ver la naturaleza, pues vive en una gran ciudad y trabaja muchas horas» (MEW). Por otro lado, la «naturaleza» que se ve en los «barrios obreros» y en los «barrios pobres» de los centros urbanos brinda un espectáculo desolador, ya que fueron edificados «sin preocuparse lo más mínimo por la ventilación, pues solo se tuvo en cuenta la ganancia (Gewinn) que podía obtener el constructor» y en ellos reina la «cochambre absoluta» y «una suciedad y un hedor espantosos» (MEW). Engels, con uno de los primeros análisis de la cuestión ecológica y ambiental, señala que la lógica del beneficio explica la contaminación de la atmósfera (habla de una ciudad «envuelta en una nube gris de humo de carbón») y de los cursos de agua («un riachuelo maloliente, negro como la pez», «una agua negruzca, de la que no se puede decir si es un arroyo o una larga serie de lodazales fétidos») (MEW).

 

 

Un texto que he citado a menudo es de 1845. Dos años antes, Herbert Spencer había ironizado así: si se atribuye al estado la tarea de intervenir contra los residuos contaminantes de las industrias, ¿por qué negarle entonces la competencia de la «salud espiritual de la nación»? Varias décadas después, el liberal inglés reflexiona y se ve obligado a abordar él también el problema de la contaminación del aire, con observaciones que suenan muy modernas sobre el aire viciado que a veces se tiene que respirar en los trenes (Spencer). Pero en el escenario solo siguen apareciendo individuos, y el problema se aborda sin que haya ninguna referencia a las fábricas y los lugares de producción, ni tampoco a los ríos, los lagos y el medio natural. El conflicto estalla cuando el caballero o, mejor dicho, «unos hombres que se consideran caballeros fuman en lugares distintos de los reservados a los fumadores». Siguen ausentes, más que nunca, las clases y la lucha de clases…

 

(continuará)

 

 

 

 

 

[ Fragmento de: Domenico Losurdo. “La lucha de clases” ]

 

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jueves, 11 de julio de 2024

 

1181

 

Vida de ANTONIO GRAMSCI

 

Giuseppe Fiori

 

(…)

 

 

 

12

 

 

(…) La Città Futura se abría con el artículo «Tre principi, tre ordini», censurado en numerosos puntos:

 

 

El orden y el desorden —afirmaba el joven revolucionario— son las dos palabras que se encuentran con más frecuencia en las polémicas de carácter político. Partidos de orden, hombres de orden, orden público... La palabra «orden» tiene un poder taumatúrgico, la conservación de las instituciones políticas, en gran parte, se confía a este poder. El orden actual se presenta como algo armónicamente coordinado, establemente coordinado, y la multitud de los ciudadanos vacila y se asusta en la incertidumbre de lo que puede aportar un cambio radical… En la fantasía se forma la imagen de algo violentamente lacerado, no se ve el nuevo orden posible, mejor organizado que el antiguo, más vital que este... No se ve más que la laceración violenta y el alma pávida se detiene con miedo de perderlo todo, de encontrarse ante el caos, ante el desorden ineluctable.

 

Gramsci concluía:

 

Los socialistas no deben sustituir el orden por el orden. Deben instaurar el orden en sí. La máxima jurídica que quieren realizar es la concesión a todos los ciudadanos de la posibilidad de realizar íntegramente la propia personalidad humana. Con la concreción de esta máxima se derrumban todos los privilegios constituidos. Lleva a un máximo de libertad con un mínimo de constricción. Pretende que la regla de la vida y de las atribuciones sea la capacidad y la productividad, fuera de todos los esquemas tradicionales. Que la riqueza no sea un instrumento de esclavitud, sino que pertenezca a todos impersonalmente y a todos dé los medios para el máximo bienestar posible. Que la escuela eduque a los inteligentes, sea cual sea su procedencia social... De esta máxima dependen orgánicamente todos los demás principios del programa máximo socialista. No es una utopía. Es universal, concreto, puede ser realizado con un acto de voluntad. Es un principio de orden, del orden socialista. De aquel orden que creemos que será una realidad en Italia antes que en los demás países.

 

 

En el número único juvenil se reflejaban nítidamente algunos aspectos de la personalidad de Gramsci: la tensión del hombre que siente la exigencia de militar y combatir, la intransigencia frente a los adversarios de clase, la vena sarcástica, la aversión por la retórica populista de las «manos desnudas y callosas», la confianza en la «voluntad tenaz del hombre» como motor de la historia y la correspondiente aversión por la «superstición científica» de los positivistas, por los reformistas del tipo Claudio Treves, idólatras de la «ley natural», de la «marcha fatal de las cosas». La polémica del joven Gramsci contra el ala reformista del PSI iba a ser a partir de aquel momento apretada y mordaz:

 

«Esperar que seamos la mitad más uno es el programa de las almas tímidas que creen que el socialismo se hará con un real decreto refrendado por dos ministros».

 

 

Ya se anunciaba el Gramsci de L’Ordine Nuovo. Una nota al final de la última página de La Città Futura decía, por lo demás:

 

 

Hemos dado a esta hoja un título que no es solo nuestro. Antes de que la guerra azotase el mundo con su látigo irresistible, habíamos decidido con algunos amigos lanzar una nueva revista de vida socialista que fuese algo así como el foco de las nuevas energías morales, del nuevo espíritu (palabra censurada, quizá «revolucionario») e idealista de nuestra juventud… Con la gran fe de nuestro ánimo joven y ardoroso pensábamos recomenzar una tradición plenamente italiana, la tradición mazziniana revivida por socialistas. Pero no hemos abandonado el intento. Las partes de nuestro ánimo que la guerra se ha llevado volverán al hogar. Y la revista será una realidad.

 

 

Era el mes de febrero. No tardaron en estallar los sucesos de Rusia.

 

Al principio no era fácil comprender lo que había ocurrido exactamente en San Petersburgo. Las dificultades objetivas para la obtención de informaciones exactas, la censura y la tendencia de algunos periódicos, como la Gazzetta del Popolo, a deformar los acontecimientos por cálculos de propaganda interna impedían una visión clara de lo ocurrido. El 18 de marzo se supo que el zar había sido derrocado, que se había creado un Gobierno provisional decidido a continuar la guerra, pero que un grupo de maximalistas ultrarrevolucionarios dirigidos por Lenin propugnaban ya la paz inmediata al precio que fuese. El primer comentario de Gramsci se publicó en Il Grido el 29 de abril de 1917. Se decía en él que «leyendo los periódicos, leyendo las noticias que la censura ha dejado publicar» no era fácil captar la sustancia de la revolución rusa, saber si era liberal o proletaria.

 

 

Los periódicos burgueses [...] nos han dicho que el poder de la autocracia ha sido sustituido por otro poder todavía no bien definido y que ellos esperan que sea un poder burgués. Y han establecido enseguida el paralelismo: Revolución rusa, Revolución francesa, y han encontrado que los hechos se parecen... Sin embargo, nosotros estamos convencidos de que la Revolución rusa es, además de un hecho, un acto proletario y desembocará naturalmente en el régimen socialista.

 

La Stampa dio el 10 de mayo noticias mucho más detalladas. Entre otras cosas, informaba de la consigna leninista: paz inmediata, todo el poder al proletariado a través de los consejos de obreros y campesinos. Lenin se convirtió enseguida en el blanco de los ataques de toda la prensa conservadora italiana; por esto el proletariado le consideraba el «más socialista», el «más revolucionario de los jefes de los partidos socialistas rusos» (así decía Il Grido).

 

 

Los maximalistas rusos son la revolución misma. Kérenski, Tsereteli, Chernov (protagonistas de la revolución democrático-burguesa de marzo) constituyen el hoy de la revolución, son los realizadores de un primer equilibrio social, la resultante de fuerzas en que los moderados tienen todavía mucha importancia. Los maximalistas son la continuidad de la revolución: por esto son la revolución misma […]. [Lenin] ha suscitado energías que ya no morirán. Él y sus compañeros bolcheviques están convencidos de que es posible realizar el socialismo en cualquier momento.

 

Dada esta resonancia en Italia de la revolución democrático-burguesa de marzo, y la confianza que los escritores socialistas (Gramsci en primera línea) y los dirigentes de una de las alas del movimiento obrero italiano tenían en el partido de Lenin —bajo cuyo impulso, esperaban que la revolución rusa se convirtiese de liberal en socialista—, era natural la acogida que cuarenta mil trabajadores tributaron el 13 de agosto de 1917 en Turín a Goldenberg y Smirnov, enviados del Gobierno provisional liberal para una primera toma de contacto con los países aliados. Unos días antes, Goldenberg había declarado al corresponsal en París de La Stampa: «Lenin no es nuestro amigo, somos adversarios». Cuando los dos delegados del Gobierno de Kérenski aparecieron en el balcón del palacio de la calle Siccardi, la multitud les acogió al grito de: «¡Viva Lenin!». Diez días después se levantaban barricadas en Turín y se combatía en ellas.

 

 

El motivo inicial de la batalla fue la falta de pan. Pero el ímpetu de los sublevados, demostrado por la violencia de la lucha y el número de muertos y heridos, solo podía obedecer a otras razones. La propaganda contra la guerra se había intensificado en los últimos meses. En el sentimiento popular se había impuesto la tesis de que al proletariado le convenía más perder quinientos de los suyos en una batalla por la causa obrera que dejar sacrificar diez mil contra los alemanes en interés exclusivo de la burguesía. En las fábricas, donde la disciplina era controlada por un representante del ejército y estaba vigente el código penal militar de guerra, la impaciencia de los obreros era cada vez mayor. En aquel ambiente, propicio a la idea de «hacer lo mismo que en Rusia», la tentativa insurreccional era inevitable.

 

 

Se empezó a disparar por la mañana del jueves 23 de agosto. La revuelta se extendía sin jefes ni dirección. Grandes árboles abatidos, vagones de tranvía y de ferrocarril volcados sobre las vías aislaban los centros de la insurrección. No había ninguna relación entre los dirigentes socialistas y los insurrectos. La multitud, lejos de actuar según un plan revolucionario bien calculado, no parecía tener más que un objetivo: saquear, destruir. Y los soldados, en cuya propensión a fraternizar con los obreros se había confiado excesivamente, reaccionaban disparando. Hubo una cincuentena de muertos y más de doscientos heridos. Siguió una gran ola de detenciones, que privó a la sección socialista de casi todos sus dirigentes. A partir de entonces, un comité provisional se encargó de dirigir el movimiento obrero turinés en la medida en que era posible llevar a cabo una acción de este tipo en una ciudad declarada en septiembre de 1917 zona de guerra (lo cual quería decir comparecer ante un consejo de guerra por actividades, informaciones y juicios divergentes de las directivas y de las informaciones oficiales de la autoridad militar).

 

 

Gramsci era uno de los doce miembros de este comité. Por primera vez, a los veintiséis años, ocupaba un cargo directivo en la sección socialista de Turín. El 1 de marzo de 1921 escribirá en L’Ordine Nuovo, convertido ya en diario:

 

 

En momentos muy graves y difíciles para la clase obrera turinesa se confiaba a algunos de nosotros cargos de partido de gran responsabilidad; al ser dispersada la sección y ocupado militarmente el palacio de la calle Siccardi después de los hechos de agosto de 1917, uno de nosotros fue nombrado secretario político de la sección; después de Caporetto, uno de nosotros fue enviado a la reunión de Florencia, en la que había que decidir la actitud y la orientación del partido.

 

 

Lazzari y Bombacci, de la dirección, y Gino Pesci, de la fracción maximalista revolucionaria, habían convocado una reunión clandestina que se celebraría en Florencia el 18 de noviembre de 1917 (Pesci había sido secretario de la Cámara de Trabajo de Cagliari cuando Gennaro Gramsci ocupaba el cargo de tesorero; Antonio, que iba todavía al Liceo Dettori, lo había conocido entonces). El objetivo de la reunión era reafirmar, incluso después de Caporetto, que el proletariado era ajeno a la guerra de la burguesía. Gramsci compartía la tesis de Bordiga sobre la oportunidad de una intervención activa del proletariado revolucionario en la crisis bélica.

 

 

Hacía apenas cuatro días que los bolcheviques estaban en el poder (6-14 de noviembre). A Italia llegaban escasísimas noticias truncadas por la censura y deformadas por la gran prensa de información. Con el título de «I saturnali del leninismo»,la Gazzetta del Popolo había escrito el 10 de noviembre: «Una multitud de maximalistas saqueó las bodegas del Palacio de Invierno y se embriagó hasta ser dispersada por las fuerzas armadas». El gran acontecimiento histórico se reducía a un alboroto de unos cuantos granujas. Pero Gramsci, el joven de veintiséis años que unos meses antes, el 28 de julio, había manifestado claramente su confianza en el desarrollo socialista de la revolución liberal, intuyó rápidamente, pese a los vacíos provocados por la censura y las deformaciones de la prensa burguesa, que se estaba realizando un cambio fundamental. El 24 de noviembre, en una breve nota de presentación de un artículo de Souvarine, escribió en Il Grido:

 

 

No se tiene ninguna noticia precisa sobre los últimos acontecimientos de la revolución rusa. Es probable que no tengamos ninguna durante cierto tiempo. Il Grido había previsto —y era fácil hacerlo— que la revolución rusa no podía detenerse en la fase Kérenski. La revolución rusa continúa y continuará todavía.

 

 

Aquel mismo día, el 24 de noviembre de 1917, se publicó en la edición nacional del Avanti! un editorial con el título «La rivoluzione contra il Capitale», firmado por Antonio Gramsci. Era un nuevo testimonio, tal vez el más estentóreo, de la formación idealista de Gramsci y de su tendencia a no encerrarse en esquemas demasiado rígidos, como los de algunos intérpretes de Marx.

 

 

La revolución de los bolcheviques —afirmaba el joven editorialista en su primera «incursión» fuera de las páginas y de las publicaciones de Turín— es la revolución contra El capital de Karl Marx. El capital de Marx era en Rusia el libro de los burgueses, más que de los proletarios. Era la demostración crítica de la fatal necesidad de que en Rusia tenía que formarse una burguesía, iniciarse una era capitalista e instaurarse una civilización de tipo occidental antes de que el proletariado pudiese ni siquiera pensar en su insurrección, en sus reivindicaciones de clase, en su revolución. Los hechos han provocado el estallido de los esquemas críticos que tenían que servir de marco al desarrollo de la historia de Rusia según los cánones del materialismo histórico. Los bolcheviques reniegan de Karl Marx, afirman, con el testimonio de la acción desplegada de las conquistas realizadas, que los cánones del materialismo histórico no son tan férreos como se podía creer y se ha creído»

 

 

Era una argumentación impregnada de hegelianismo y de crocismo:

 

 

Si los bolcheviques reniegan de algunas afirmaciones del Capital, no reniegan de su pensamiento inmanente, vivificador. No son «marxistas», eso es todo; no han compilado a base de las obras del maestro una doctrina exterior, hecha de afirmaciones dogmáticas e indiscutibles. Viven el pensamiento marxista, el que no muere, el que es la continuación del pensamiento idealista italiano y alemán y que en Marx se había contaminado de incrustaciones positivistas y naturalistas.

 

 

Gramsci rechazaba una vez más la concepción de la historia como una evolución espontánea y fatal determinada por los simples hechos económicos; contraponía al determinismo de los positivistas la voluntad del hombre, autor máximo de la historia. Cabe añadir (y esta conciencia de las dificultades que conlleva toda laceración histórica estará siempre viva en él) que el joven estudioso y militante se diferenciaba de los que creían eufóricamente que en Rusia se había instaurado, con el simple derrocamiento del viejo orden, un mundo de plena felicidad. 

 

 

«Al principio, será el colectivismo de la miseria, del sufrimiento», afirmaba crudamente. Pero añadía: «El capitalismo no podría hacer enseguida en Rusia más de lo que podrá hacer el colectivismo. Hoy haría mucho menos porque tendría ipso facto contra él un proletariado descontento, frenético, incapaz de soportar unos cuantos años más los dolores y las amarguras que conllevarían las dificultades económicas».

 

 

Aparte de la actividad periodística, la censura militar consentía a Gramsci pocas iniciativas de organización y de propaganda en aquel periodo de su gestión provisional de la secretaría de la sección. Sin embargo, debe registrarse una resolución contra el proteccionismo aduanero que hizo aprobar al ejecutivo provisional. Sobre este tema, que tanto interesaba a Gramsci desde su primera juventud, se había publicado el 20 de octubre de 1917 un número especial de Il Grido, con intervenciones de Ugo Mondòlfo, Umberto Cosmo, Bruno Buozzi y un artículo de Togliatti, el primero que escribió para un periódico socialista. Esta se puede considerar como su entrada en la política activa; después de haberse licenciado en Derecho se había inscrito en la Facultad de Filosofía y en aquel momento seguía en Caserta un curso para alumnos oficiales. Por lo demás, Gramsci no podía producir mucho al nivel de la organización, dada la situación objetivamente desfavorable. Sin embargo, había organizado un club de vida moral; la educación política de los jóvenes seguía siendo lo que más le interesaba. «Asigno una tarea a cada joven —sabemos por una carta de Gramsci a Giuseppe Lombardo-Radice—, un capítulo de Cultura e vita morale de B. Croce; de Problemi educativi e sociali, de Salvemini; de La Rivoluzione francese o de Cultura e laicità del propio Salvemini; del Manifiesto de los comunistas; una Postilla de Croce sobre la Critica o cualquier otro texto que refleje el movimiento idealista actual». Algunos días después, la asignación de la tarea iba seguida de la discusión, casi siempre al aire libre.

 

 

Hacíamos grandes caminatas bajo las arcadas —me dice Carlo Boccardo, uno de los jóvenes del club—. Gramsci se colocaba en el centro, con andar lento, y nosotros le rodeábamos. Asistían Andrea Viglongo, Attilio Carena, hermano de Pia, y a veces también Angelo Pastore, hermano menor de Ottavio. Gramsci nos dejaba hablar. Éramos muchachos de dieciséis o diecisiete años: nuestra ignorancia era proporcional a la edad, y la presunción, a la edad y a la ignorancia. Pero Gramsci no se impacientaba; nunca adoptaba la actitud del teórico depositario de toda la sabiduría; le gustaba recoger las ideas de los demás y escuchaba de buena gana. Cuando intervenía finalmente para encuadrar el problema, comprendíamos nuestros errores y los corregíamos. Durante un par de meses nos reunimos todas las noches. Recuerdo la última noche de 1917 en casa de Andrea Viglongo. Para celebrar el fin de año y la llegada del año nuevo, la madre de Andrea nos había preparado un gran plato de buñuelos. Estábamos en la dirección de la escuela de la que era bedel el padre de Andrea. Esperamos el año nuevo leyendo y comentando las Meditaciones de Marco Aurelio. Después fuimos llamados a filas, uno tras otro, y el club se disolvió.

 

 

Es una lástima que se haya perdido una dedicatoria de Gramsci al joven Attilio Carena, antes de que este fuese movilizado; Gramsci la había escrito en una de las primeras páginas del libro editado por Barbèra en 1911 Ricordi dell’ imperatore Marc’ Aurelio Antonino y, según Alfonso Leonetti, contenía una serie de preceptos que constituían como una especie de decálogo del club de vida moral: serás, harás, etc.

 

 

Después de la detención de Maria Giudice, Gramsci era el único redactor de Il Grido y en la práctica lo dirigía. El semanario de la sección socialista cambió pronto de aspecto. El joven director —tenía entonces veintisiete años— seguía con atención el desarrollo de la revolución rusa y hacía traducir por un compañero polaco, Aron Wizner, textos de autores bolcheviques, noticias y documentos que él publicaba en su periódico.

 

 

El pequeño semanario de propaganda del partido —recuerda Piero Gobetti— se convirtió en 1918 en una revista de cultura y de pensamiento. Publicó las primeras traducciones de los escritos revolucionarios rusos, propuso la exégesis política de la acción de los bolcheviques. El animador de esta tarea era el cerebro de Gramsci. La figura de Lenin se le aparecía como una voluntad heroica de liberación: los motivos ideales que constituían el mito bolchevique, profunda y ocultamente enraizados en la psicología popular, tenían que actuar no como el modelo de una revolución italiana, sino como la incitación a una iniciativa libre y operante desde abajo.

 

 

Así que no era un modelo que había que transponer mecánicamente, sino una lección, un estímulo para el reconocimiento histórico y socio-económico de la realidad italiana. Gramsci seguía rechazando el concepto de la política como abstracta ciencia normativa, ajena a las categorías del tiempo y del espacio. El primer esfuerzo del joven estudiante en la metrópolis industrial había sido la superación de un modo de vida y de pensamiento «aldeanos». Ahora Gramsci tendía a superar incluso el horizonte nacional «o, por lo menos —según los testimonios autobiográficos—, a confrontar el modo nacional con los modos europeos (en la medida en que esto era posible y factible en aquellas condiciones personales, es cierto; pero, por lo menos, según exigencias y necesidades fuertemente experimentadas en este sentido)». Y así como la originalidad del «triple o cuádruple provincial» había consistido en un esfuerzo de integración en la cultura nacional, pero sin repudiar la experiencia sarda, la originalidad del hombre de cultura italiano consistía en el esfuerzo de vincularse a las corrientes europeas y de «asimilar» la revolución socialista, sin abandonar la atención de los datos típicos y «autónomos» de la realidad nacional, distinta a la rusa. El «autonomismo» de Gramsci, el esfuerzo de investigación de las condiciones en que se había formado la sociedad italiana y del modo en que, específicamente en aquella sociedad, se podría desarrollar la lucha de clases, eran bien evidentes en Il Grido.

 

 

El último número del semanario se publicó el 19 de octubre de 1918. En una nota de despedida, su «redactor único», la revelación del periodismo turinés de los años de guerra, podía decir, con razón, que lo había convertido de «semanario de crónicas locales y de propaganda evangélica» en una «pequeña revista de cultura socialista, desarrollada según las doctrinas y la táctica del socialismo revolucionario»…

 

(continuará)

 

 

 

 

 

[ Fragmento de: Giuseppe Fiori. “Antonio Gramsci” ]

 

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lunes, 8 de julio de 2024

 

1180

 

LAS LUCHAS DE CLASES EN FRANCIA

DE 1848 A 1850 

 

Karl Marx

 

[ 06 ]

 

 

II. EL 13 DE JUNIO DE 1849

 

 

 

El 25 de febrero de 1848 había concedido a Francia la República, el 25 de junio le impuso la Revolución. Y desde Junio, revolución significaba: subversión de la sociedad burguesa, mientras que antes de Febrero había significado: subversión de la forma de gobierno.

 

 

El combate de Junio había sido dirigido por la fracción republicana de la burguesía. Con la victoria, necesariamente tenía que caer en sus manos el poder. El estado de sitio puso a sus pies, sin resistencia, al París agarrotado. Y en las provincias imperaba un estado de sitio moral, la arrogancia del triunfo, amenazadora y brutal, de los burgueses y el fanatismo de la propiedad desencadenado entre los campesinos. ¡Desdeabajo no había, por tanto, nada que temer! 

 

 

Al quebrarse la fuerza revolucionaria de los obreros se quebró también la influencia política de los republicanos demócratas, es decir, de los republicanos pequeñoburgueses, representados en la Comisión Ejecutiva por Ledru-Rollin, en la Asamblea Nacional Constituyente por el partido de la Montaña y en la prensa por "La Réforme". Conjuntamente con los republicanos burgueses habían conspirado contra el proletariado el 16 de abril, y conjuntamente con ellos habían luchado contra el proletariado en las jornadas de Junio. De este modo, destruyeron ellos mismos el fondo sobre el que su partido se destacaba como una potencia, pues la pequeña burguesía sólo puede afirmar una posición revolucionaria contra la burguesía mientras tiene detrás de sí al proletariado. Se les dio el pasaporte. La alianza aparente que, de mala gana y con segunda intención, se había pactado con ellos durante la época del Gobierno provisional y de la Comisión Ejecutiva fue rota abiertamente por los republicanos burgueses. Despreciados y rechazados como aliados, descendieron al papel de satélites de los tricolores, a los que no podían arrancar ninguna concesión y cuya dominación tenían necesariamente que apoyar cuantas veces ésta, y con ella la república, parecían peligrar ante los ataques de las fracciones antirrepublicanos de la burguesía. Finalmente, estas fracciones —los orleanistas y los legitimistas— se hallaban desde un principio en minoría en la Asamblea Nacional Constituyente. Antes de las jornadas de Junio, no se atrevían a manifestarse más que bajo la careta del republicanismo burgués. La victoria de Junio hizo que toda la Francia burguesa saludase por un momento en Cavaignac a su redentor, y cuando, poco después de las jornadas de Junio, el partido antirrepublicano volvió a cobrar su personalidad independiente, la dictadura militar y el estado de sitio en París sólo le permitieron extender los tentáculos con mucha timidez y gran cautela. 

 

 

Desde 1830, la fracción republicano-burguesa se agrupaba, con sus escritores, sus tribunos, sus talentos, sus ambiciosos, sus diputados, generales, banqueros y abogados, en torno a un periódico de París, en torno al "National". En provincias, este diario tenía sus periódicos filiales. La pandilla del "National" era la dinastía de la república tricolor. Se adueñó inmediatamente de todos los puestos dirigentes del Estado, de los ministerios, de la prefectura de policía, de la dirección de correos, de los cargos de prefecto, de los altos puestos de mando del ejército que habían quedado vacantes. Al frente del poder ejecutivo estaba Cavaignac, su general; su redactor-jefe, Marrast, asumió con carácter permanente la presidencia de la Asamblea Nacional Constituyente. Al mismo tiempo, hacía en sus recepciones, como maestro de ceremonias, los honores en nombre de la república honesta. 

 

 

Hasta los escritores franceses revolucionarios corroboraron, por una especie de temor reverente ante la tradición republicana, el error de la idea de que los monárquicos dominaban en la Asamblea Nacional Constituyente. Por el contrario, desde las jornadas de Junio, la Asamblea Constituyente, que siguió siendo la representante exclusiva del republicanismo burgués, destacaba tanto más decididamente este aspecto suyo cuanto más se desmoronaba la influencia de los republicanos tricolores fuera de la Asamblea. Si se trataba de afirmar la forma de la república burguesa, disponía de los votos de los republicanos demócratas; si se trataba del contenido, ya ni el lenguaje la separaba de las fracciones burguesas monárquicas, pues los intereses de la burguesía, las condiciones materiales de su dominación de clase y de su explotación de clase, son los que forman precisamente el contenido de la república burguesa. 

 

 

No fue, pues, el monarquismo, sino el republicanismo burgués el que se realizó en la vida y en los hechos de esta Asamblea Constituyente, que a la postre no se murió ni la mataron, sino que acabó pudriéndose. 

 

 

Durante todo el tiempo de su dominación, mientras en el proscenio se representaba para el respetable público la función solemne [Haupt—und Staatsaktion], al fondo de la escena tenían lugar inmolaciones ininterrumpidas: las continuas condenas en Tribunal de guerra de los insurrectos de Junio cogidos prisioneros o su deportación sin formación de causa. La Asamblea Constituyente tuvo el tacto de confesar que, en los insurrectos de Junio, no juzgaba a criminales, sino que aplastaba a enemigos. 

 

 

El primer acto de la Asamblea Nacional Constituyente fue el nombramiento de una “Comisión investigadora sobre los sucesos de Junio y del 15 de mayo y sobre la participación en estas jornadas de los jefes de los partidos socialista y demócrata. Esta investigación apuntaba directamente contra Luis Blanc, Ledru-Rollin y Caussidière. Los republicanos burgueses ardían en impaciencia por deshacerse de estos rivales. Y no podían encomendar la ejecución de su odio a sujeto más adecuado que el señor Odilon Barrot, antiguo jefe de la oposición dinástica, el liberalismo personificado, la nullité grave, ( La nulidad solemne ) la superficialidad profunda, que no tenía que vengar solamente a una dinastía, sino incluso pedir cuentas a los revolucionarios por haberle frustrado una presidencia del Consejo de Ministros: garantía segura de que sería inexorable.

 

 

Se nombró, pues, a este Barrot presidente de la Comisión investigadora, y montó contra la revolución de Febrero un proceso completo, que puede resumirse así:

 

17 de marzo, manifestación; 16 de abril, complot; 15 de mayo, atentado; 23 de junio, ¡guerra civil! ¿Por qué no hizo extensivas sus investigaciones eruditas y criminalistas al 24 de Febrero? El "Journal des Débats" contestó: el 24 de febrero es la fundación de Roma. Los orígenes de los Estados se pierden en un mito, en el que hay que creer, pero que no se puede discutir. Luis Blanc y Caussidière fueron entregados a los tribunales. La Asamblea Nacional completó la obra de autodepuración, comenzada el 15 de mayo. 

 

El plan de crear un impuesto sobre el capital —en forma de un impuesto sobre las hipotecas—, plan concebido por el Gobierno provisional y recogido por Goudchaux, fue rechazado por la Asamblea Constituyente; la ley que limitaba la jornada de trabajo a diez horas, fue derogada; la prisión por deudas, restablecida; los analfabetos, que constituían la gran parte de la población francesa, fueron incapacitados para el Jurado. ¿Por qué no también para el sufragio? Volvió a implantarse la fianza para los periódicos y se restringió el derecho de asociación. 

 

 

Pero, en su prisa por restituir al viejo régimen burgués sus antiguas garantías y por borrar todas las huellas que habían dejado las olas de la revolución, los republicanos burgueses chocaron con una resistencia que les amenazó con un peligro inesperado. 

 

 

Nadie había luchado más fanáticamente en las jornadas de Junio por la salvación de la propiedad y el restablecimiento del crédito que los pequeños burgueses de París: los dueños de cafés, los propietarios de restaurantes, los marchands de vin, los pequeños comerciantes, los tenderos, los artesanos, etc. La tienda se puso en pie y marchó contra la barricada, para restablecer la circulación, que lleva al público de la calle a la tienda. Pero del otro lado de la barricada estaban los clientes y los deudores; del lado de acá, los acreedores del tendero. Y cuando después de deshechas las barricadas y de aplastados los obreros, los dueños de las tiendas retornaron a éstas, ebrios de victoria, se encontraron en la puerta, a guisa de barricada, a un salvador de la propiedad, a un agente oficial del crédito, que les alargaba unos papeles amenazadores: ¡Las letras vencidas! ¡Las rentas vencidas! ¡Los préstamos vencidos! ¡¡Vencidos también la tienda y el tendero!! 

 

 

¡Salvación de la propiedad! Pero la casa que habitaban no era propiedad de ellos; la tienda que guardaban no era propiedad de ellos; las mercancías en que negociaban no eran propiedad de ellos. Ni el negocio, ni el plato en que comían, ni la cama en que dormían eran ya suyos. Frente a ellos precisamente era frente a quienes había que salvar esta propiedad para el casero que les alquilaba la casa, para el banquero que les descontaba las letras, para el capitalista que les anticipaba el dinero, para el fabricante que confiaba las mercancías a estos tenderos para que se las vendiesen, para el comerciante al por mayor que daba a crédito a estos artesanos las materias primas. ¡Restablecimiento del crédito! Pero el crédito, nuevamente consolidado, se comportaba como un dios viviente y celoso, arrojando de entre sus cuatro paredes, con mujer e hijos, al deudor insolvente, entregando sus ilusorios bienes al capital y arrojándole a él a aquella cárcel de deudores, que había vuelto a levantarse, amenazadora, sobre los cadáveres de los insurrectos de Junio. 

 

 

Los pequeños burgueses se dieron cuenta, con espanto, de que, al aplastar a los obreros, se habían puesto mansamente en manos de sus acreedores. Su bancarrota, que pasaba desapercibida, aunque desde Febrero venía arrastrándose como una enfermedad crónica, después de Junio se declaró abiertamente. 

 

 

No se había tocado a su propiedad nominal mientras se trataba de empujarlos a ellos al campo de batalla en nombre de la propiedad. Ahora, cuando ya el gran pleito con el proletariado estaba ventilado, podía ventilarse también el pequeño pleito con el tendero. En París, la masa de los efectos protestados pasaba de 21 millones de francos y en provincias de 11 millones. Los dueños de más de 7.000 negocios de París no habían pagado sus alquileres desde febrero. 

 

 

Si la Asamblea Nacional había abierto una investigación sobre el delito político a partir de febrero, los pequeños burgueses, por su parte, exigieron ahora que se abriese también una investigación sobre las deudas civiles hasta el 24 de febrero. Se reunieron en masa en el vestíbulo de la Bolsa y exigieron, en términos amenazadores, que a todo comerciante que pudiese probar que sólo había dado en quiebra a causa de la paralización de los negocios originada por la revolución y que el 24 de febrero su negocio marchaba bien, se le prorrogase el término de vencimiento por fallo del Tribunal comercial y se obligase al acreedor a retirar la demanda por un tanto por ciento prudencial. Presentado como propuesta de ley, la Asamblea Nacional trató el asunto bajo la forma de concordats à l'amiable (Convenios amistosos). La Asamblea estaba vacilante; pero de pronto supo que, al mismo tiempo en la Puerta de Saint Denis miles de mujeres y niños de los insurrectos preparaban una petición de amnistía. 

 

 

 

Ante el espectro redivivo de Junio, los pequeños burgueses se echaron a temblar y la Asamblea volvió a sentirse inexorable. Los concordats à l'amieble, los convenios amistosos entre acreedores y deudores, fueron rechazados en sus puntos más esenciales. 

 

 

Y así, cuando ya hacía tiempo que los representantes demócratas de los pequeños burgueses habían sido rechazados en la Asamblea Nacional por los representantes republicanos de la burguesía, esta ruptura parlamentaria cobró un sentido burgués, real, económico, al ser entregados los pequeños burgueses, como deudores, a merced de los burgueses, como acreedores. Una gran parte de los primeros quedó arruinada y al resto sólo le fue dado continuar el negocio bajo condiciones que le convertían en un siervo incondicional del capital. El 22 de agosto de 1848, la Asamblea Nacional rechazó los concordats à l'amiable; el 19 de septiembre de 1848, en pleno estado de sitio, fueron elegidos representantes de París el príncipe Luis Bonaparte y el comunista Raspail, preso en Vincennes, a la vez que la burguesía elegía al usurero Fould, banquero y orleanista. Y así, de todas partes al mismo tiempo, surgía una declaración abierta de guerra contra la Asamblea Nacional Constituyente, contra el republicanismo burgués contra Cavaignac. 

 

 

Sin largas explicaciones se comprende que la bancarrota en masa de los pequeños burgueses de París tenía que repercutir mucho más allá de los directamente afectados y desquiciar una vez más el tráfico burgués, al mismo tiempo que volvía a crecer el déficit del Estado con las costas de la insurrección de Junio y disminuían sin cesar los ingresos públicos con la producción paralizada, el consumo restringido y la importación reducida. Cavaignac y la Asamblea Nacional no podían acudir a más medio que el de un nuevo empréstito, que les habría de someter todavía más al yugo de la aristocracia financiera. 

 

 

Si los pequeños burgueses habían cosechado, como fruto de la victoria de Junio, la bancarrota y la liquidación judicial, los jenízaros de Cavaignac, los guardias móviles, encontraron su recompensa en los dulces brazos de las prostitutas elegantes y recibieron, ellos, «los jóvenes salvadores de la sociedad», aclamaciones de todo género en los salones de Marrast, el gentilhombre de los tricolores, que hacía a la vez de anfitrión y de trovador de la república honesta. Al mismo tiempo, estas preferencias sociales y el sueldo incomparablemente más elevado de los guardias móviles irritaban al ejército, a la par que desaparecían todas las ilusiones nacionales con que el republicanismo burgués, por medio de su periódico, el "National", había sabido captarse, bajo Luis Felipe, a una parte del ejército y de la clase campesina.

 

 

El papel de mediadores que Cavaignac y la Asamblea Nacional desempeñaron en el Norte de Italia, para traicionarlo a favor de Austria de acuerdo con Inglaterra, anuló en un sólo día de poder dieciocho años de oposición del "National". Ningún Gobierno había sido tan poco nacional como el del "National"; ninguno más sumiso a Inglaterra, y eso que bajo Luis Felipe el National vivía de parafrasear a diario las palabras catonianas Carthaginem esse delendam, ( «¡Hay que destruir Cartago!») ninguno más servil para con la Santa Alianza, y eso que había exigido de un Guizot que desgarrase los tratados de Viena. La ironía de la historia hizo de Bastide, ex redactor de asuntos extranjeros del "National", ministro de Negocios Extranjeros de Francia, para que pudiera desmentir cada uno de sus artículos con cada uno de sus despachos. 

 

 

Durante un momento, el ejército y la clase campesina creyeron que con la dictadura militar se ponía en el orden del día, en Francia, la guerra en el exterior y la «gloria». Pero Cavaignac no era la dictadura del sable sobre la sociedad burguesa; era la dictadura de la burguesía por medio del sable. Y lo único que por ahora necesitaban del soldado era el gendarme. Cavaignac escondía, detrás de los rasgos severos de una austeridad propia de un republicano de la antigüedad, la vulgar sumisión a las condiciones humillantes de su cargo burgués. L'argent n'a pas de maître! ¡El dinero no tiene amo! Cavaignac, como la Asamblea Constituyente en general, idealizaron este viejo lema del tiers état, traduciéndolo al lenguaje político: la burguesía no tiene rey; la verdadera forma de su dominación es la república. 

 

 

Y la «gran obra orgánica» de la Asamblea Nacional Constituyente consistía en elaborar esta forma, en fabricar una Constitución republicana. El desbautizar el calendario cristiano para bautizarlo de republicano, el trocar San Bartolomé en San Robespierre, no hizo cambiar el viento ni el tiempo más de lo que esta Constitución modificó o debía modificar la sociedad burguesa. Allí donde hacía algo más que cambiar el traje, se limitaba a levantar acta de los hechos existentes. Así, registró solemnemente el hecho de la República, el hecho del sufragio universal, el hecho de una Asamblea Nacional única y soberana en lugar de las dos Cámaras constitucionales con facultades limitadas. Registró y legalizó el hecho de la dictadura de Cavaignac, sustituyendo la monarquía hereditaria, estacionaria e irresponsable, por una monarquía electiva, pasajera y responsable, por una magistratura presidencial reelegible cada cuatro años.

 

 

Y elevó asimismo a precepto constitucional el hecho de los poderes extraordinarios con que la Asamblea Nacional, después de los horrores del 15 de mayo y del 25 de junio, había investido previsoramente a su presidente, en interés de la propia seguridad. El resto de la Constitución fue una cuestión de terminología. Se arrancaron las etiquetas monárquicas del mecanismo de la vieja monarquía, y en su lugar se pegaron otras republicanas. Marrast, antiguo redactor-jefe del "National", ahora redactor-jefe de la Constitución, cumplió, no sin talento, este cometido académico. 

 

 

La Asamblea Constituyente se parecía a aquel funcionario chileno que se empeñaba en fijar con ayuda de una medición catastral los límites de la propiedad territorial en el preciso instante en que los ruidos subterráneos habían anunciado ya la erupción volcánica que había de hacer saltar el suelo bajo sus mismos pies. Mientras en teoría la Asamblea trazaba con compás las formas en que había de expresarse republicanamente la dominación de la burguesía, en la práctica sólo se imponía por la negación de todas las fórmulas, por la violencia sans phrase, por el estado de sitio. Dos días antes de comenzar su labor constitucional, proclamó la prórroga de éste. Antes, las constituciones se hacían y se aprobaban tan pronto como el proceso de revolución social llegaba a un punto de quietud, las relaciones de clase recién formadas se consolidaban y las fracciones en pugna de la clase dominante se acogían a un arreglo que les permitía proseguir la lucha entre sí y al mismo tiempo excluir de ella a la masa agotada del pueblo. En cambio, esta Constitución no sancionaba ninguna revolución social, sancionaba la victoria momentánea de la vieja sociedad sobre la revolución…

 

(continuará)

 

 

 

 

[ Fragmento de: Karl MARX. “Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850” ]

 

*


viernes, 5 de julio de 2024

1179

 

DE LA DECADENCIA DE LA POLÍTICA EN EL CAPITALISMO TERMINAL

Andrés Piqueras

 

(10)

 

 

 

PARTE I

 

De la agonía del capital(ismo) y del

desvelamiento de su ilusión democrática

 

 

CAPÍTULO 4

 

(…)

 

 

Las formas funcionales del capital y los niveles de abstracción

del análisis

 

El análisis dialéctico del capital precisa de varios niveles de abstracción:

 

1) el teórico-abstracto, que mira el continuo movimiento del capital como un todo;

 

2) el concreto, que da cuenta de la distinción interna de ese movimiento del capital entre los flujos y existencias o inventarios, en una metamorfosis permanente entre sus distintas formas;

 

3) el histórico, que aterriza la teoría en el análisis de la realidad de los movimientos del capital en unos u otros momentos y fases del capitalismo.

 

El capital en general es un concepto abstracto y sus determinaciones y leyes de movimiento, como la ley de la tendencia a la caída de la tasa de ganancia y la ley general de la acumulación, están en un nivel más abstracto y los cuantificamos en valores. Estas leyes no pueden ser observadas en la realidad inmediata, en el movimiento de los capitales individuales o de las empresas, que experimentan otras determinaciones. Además, en el nivel concreto de las empresas, el capital individual en su movimiento se cuantifica por los precios.

 

En este nivel hay que considerar, además, las determinaciones históricas de cada unidad de capital y sus intereses vinculados a los Estados en donde se origina. Por otra parte, a lo largo de su ciclo completo (producción-circulación-producción) el capital asume tres sucesivas formas funcionales, a las que Marx llamó también “transfiguraciones del capital”, presentando un continuo movimiento entre ellas: capital-dinero, capital-productivo y capital-mercancía,  para volver a ser de nuevo capital-dinero incrementado. Este es el ciclo básico de funcionamiento del capitalismo maduro, en su constitución como modo de producción, que implica la reproducción ampliada del capital a través del trabajo humano: D– M (Mp + Ft) ...P... M‘-D‘. Como quiera que este es el ciclo básico de funcionamiento del capitalismo, al conjunto se le ha llamado capital industrial. Por eso, todas las formas funcionales del capital están comprometidas de una u otra forma con la producción de mercancías (sean materiales o inmateriales) con el objetivo de aumentar la ganancia, y por tanto se necesitan mutuamente, aunque al tiempo se quedan con distintas porciones de esa ganancia que traduce la plusvalía subyacente.

 

En ese ciclo no hay ninguna contradicción entre capital productivo y capital monetario –que son formas distintas del mismo capital–, sino complementariedad. Todo esto ocurre, sin embargo, en el nivel de análisis más abstracto. En el terreno de los capitales particulares los diferentes capitalistas pueden participar de las distintas formas funcionales del capital, donde se solapan unas con otras. Así vemos que en sus formas concretas de existencia, cada unidad individual de capital, una empresa o grupo empresarial, reproduce el mismo movimiento cíclico: D-M (Mp + Ft) ... P... M‘ –D‘, articulado entre sí y expresándose concretamente como formas de existencia del capital en general. Esto significa que cada empresa necesita comprar continuamente materias primas y otros materiales de otras empresas, convertirlos en nuevos bienes y vender diariamente el resultado de su producción, es decir, lleva a cabo el ciclo D-M-D’ en un día, excepto por parte de lo que se llama capital fijo (construcciones, maquinaria, equipos y herramientas) cuyo valor se incorpora gradual y parcialmente a la nueva mercancía. Cada unidad individual de capital puede (y debe) pasar continuamente y al mismo tiempo por las tres formas de capital. Es las tres formas. Además, con el desarrollo del sistema bancario, la mayor parte de la metamorfosis de cada unidad de capital (M-D) circula diariamente por ese sistema.

 

Por último, los Bancos y otras instituciones financieras completan la circulación de capitales mediante la conversión de toda la masa de dinero disponible, gracias a la compra de valores de deuda pública en el mercado de valores dirigido por el Banco Central (BC). Diariamente, los Bancos Centrales abren las operaciones de Mercado Abierto, donde compran y venden valores. La operación principal es la de overnight, en la que los Bancos compran y venden títulos, principalmente en operaciones comprometidas, lo que significa compra con el compromiso de reventa en las mismas condiciones y viceversa, en el plazo de un día, durante el cual rinde intereses. Al cierre del día, el dinero que había sido creado por el BC se cancela, para ser recreado al día siguiente, cuando los valores vendidos son recomprados por el BC. Mientras tanto, el dinero, en su forma de capital monetario, se ha convertido o ha cambiado a capital con intereses, en la forma ficticia de los títulos de deuda pública. En general, el capital a interés deviene ficticio cuando el derecho a la remuneración o rendimiento del interés o deuda contraída viene representado por un título comercializable, con posibilidad de ser vendido a terceros (y esta es sólo una de las maneras de que el capital se haga “ficticio”). Es decir, cuando comienza a comercializarse un capital que es deuda y que en realidad no existe. Esa venta y su posterior reventa genera todo el ciclo de ficción del capital a interés (que después las finanzas complejizarán sobremanera). Y es de ficción porque por detrás de él no existe ninguna sustancia real y porque no contribuye en nada a la producción o la circulación de la riqueza, por lo menos en el sentido en que no financia ni al capital productivo ni al comercial. En cambio la deuda puede ser así revendida muchas veces. Con ello se realiza en apariencia el máximo sueño (“ilusorio”) de la clase capitalista: que el capital se auto-reproduzca más allá del trabajo humano, más allá de la riqueza material y más allá de las bases energéticas que posibilitan esta última. La deuda pública constituye una de las formas del capital ficticio. Las otras son las acciones empresariales, la mayor parte de los activos bancarios y los derivados. Ahora bien, que ese capital sea ficticio a escala global no quiere decir que no sea a la vez real al nivel individual, dado que exige remuneraciones que al menos en parte son realmente satisfechas, y de hecho cada vez más a menudo lo hacen a través de la riqueza colectiva. Es decir, la riqueza de las sociedades se utiliza como pago de la especulación ficticia. Por eso individualmente siempre hay quien gana con la “ficticidad” del capital.

 

Aunque las distintas formas funcionales del capital puedan estar implicadas en la generación de mercancías y valor, si nos jamos en el constante movimiento del capital como un todo (apartado 4, primer capítulo del tomo II de El Capital), tenemos que cuando se consolida el modo de producción capitalista la base del ciclo completo recae en el capital productivo-industrial (al que Marx llamó también “capital efectivo”). Es el único que tiene la capacidad de generar (mediante la obtención de plusvalía a través del trabajo humano) valores de uso y valor nuevo al mismo tiempo. Para entenderlo abstractamente, no hay que perder de vista que a pesar de estar inseparablemente imbricados en el movimiento total del capital, lo que hace el capital-dinero autonomizado como capital a interés, y el capital-mercancía autonomizado como capital comercial, es distribuirse el monto total de plusvalía generada en la producción por el capital productivo. En el nivel concreto esto se traduce por una competencia entre las unidades particulares de capital y sus especializaciones de capital a interés y comercial. Así, a las unidades particulares del capital a interés (como los Bancos), las unidades particulares del capital productivo (como las empresas) deben devolverles con creces el capital-dinero que aquéllas les anticiparon para producir. A las unidades particulares de capital comercial (como las tiendas y grandes almacenes), les tienen que vender sus mercancías por debajo del precio de mercado, para que aquéllas compensen así los gastos de comercialización. Es decir, las otras formas funcionales del capital retraen parte de la ganancia del capital productivo que éste consigue a través de la plusvalía extraída en la producción mediante la explotación de la fuerza de trabajo. Partes de esa plusvalía derivan como ganancia en favor del capital a interés y el capital comercial.

 

En las consideraciones empíricas sobre la tasa general de ganancia hemos de contar, además, con las actividades rentistas de la economía. Por tanto, la plusvalía que queda para las tres formas de capital tiende a ser menor, al tener que pagar el alquiler (renta) de terrenos o solares o, en general, de cualquier bien no reproducible. Es decir, cuanto mayor son los beneficios de los propietarios rentistas, más se va limitando la ganancia general del capital y, en potencia, menos queda para la reinversión productiva. Pero además, al aumentar el peso de las otras formas de capital, la tasa media de ganancia del capital productivo desciende. Y al caer ella, el resto de formas del capital van perdiendo su sustento, la raíz de su beneficio, por más que tarden en percibirlo. Se va minando el suelo del nuevo valor aun a pesar de que la ganancia en unos u otros sectores sea todavía floreciente.

 

Como he dicho, la competencia real es la que se da entre las unidades concretas de las distintas formas del capital, sin embargo hay que tener en cuenta que a menudo esas formas se solapan e inter-penetran tanto funcionalmente como por lo que respecta a su propiedad. Es sólo en el nivel más abstracto dialéctico, del capital en su totalidad, que podemos entender esa decadencia de ganancia del capital productivo. Es en ese nivel que, para hacer entendible la dinámica, podemos decir que al aumentar el peso de las otras formas de capital, la tasa media de ganancia del capital productivo desciende. Y al caer ella, declina también la inversión productiva, con lo que se va acabando con la posibilidad de generar nuevo valor, aunque no tenga repercusiones inmediatas en unas u otras unidades concretas de capital, dado que, además, un mismo capitalista (o corporación) puede participar del capital en sus distintas formas (productivo, mercantil, a interés e incluso rentista) o al menos en más de una de ellas. Pero sin una vigorosa reproducción de valor nuevo (léase también de valor como plusvalor), el capital en su conjunto va perdiendo su posibilidad de existencia.

 

Del movimiento de las distintas formas de capital se deduce que los trabajos productivo e improductivo están presentes en cada una de ellas y también ambos pueden estar implicados en cualquier capital particular. Lo que complica las cosas sobremanera desde el punto de vista de los capitales particulares (empresas, Bancos, entidades financieras, fábricas, corporaciones agrarias, negocios, comercios…) es que, como se acaba de decir, unos u otros capitalistas pueden participar de las distintas formas funcionales del capital al mismo tiempo. Todavía confunde más a las sociedades, y demasiado frecuentemente a la propia economía ortodoxa, que a menudo las crisis en el capital productivo se manifiestan bajo otras formas de capital, especialmente como capital a interés.

 

“El capital se mueve cíclicamente, con períodos de expansión y crisis. Uno de los determinantes de la crisis es la sobreacumulación de capital, que acompaña la concentración y centralización del capital y presiona hacia abajo el tipo de beneficio. Los momentos de crisis son aquellos en los que el capital se deshace de sus escorias, de esa parte ineficiente y poco productiva. Con la excepción de las dos grandes guerras en las que se produjo la destrucción masiva del capital en su forma física, en otras ocasiones las crisis a menudo devalúan el capital en su forma de dinero. Esta es una de las razones por las que las crisis de capital aparecen como crisis financieras”

(Nakatani y Marques, 2020)

 

Es el nivel histórico-concreto, por consiguiente, el que nos proporciona las claves para entender qué es lo que está pasando con el capital real, sus articulaciones y expresiones en un determinado momento, que resultan imprescindibles si se quiere llevar a cabo un análisis de fase del capitalismo.


En lo que sigue voy a intentar mostrar algunas de las coordenadas principales en las que se desenvuelve este modo de producción en la actualidad, para poder entender mejor su degeneración…

 

(continuará)

 

 

 

[ Fragmento: DE LA DECADENCIA DE LA POLÍTICA EN EL CAPITALISMO TERMINAL  /  Andrés Piqueras ]

 

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