viernes, 23 de febrero de 2024

 

1119

 

FERNANDO BUEN ABAD

habla sobre la necesidad de la autocrítica y la guerrilla semiótica

 

 

 

 

 

 

 


https://www.youtube.com/watch?v=4n6klz4Te44

 

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jueves, 22 de febrero de 2024

 

1118

 

LENIN Y EL IMPERIALISMO | con Néstor Kohan

 

 

 

 


https://www.youtube.com/watch?v=uWBBDL9ZiGA

 

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miércoles, 21 de febrero de 2024

 

1117

 

EL ESTADO Y LA REVOLUCIÓN

Lenin

 

( 14 )

 

 

CAPÍTULO IV

 

CONTINUACIÓN.

ACLARACIONES COMPLEMENTARIAS DE ENGELS

 

 

3. Una carta a Bebel

 

Uno de los razonamientos más notables, si no el más notable, de las obras de Marx y Engels respecto al Estado está en el siguiente pasaje de una carta de Engels a Bebel del 28 de marzo de 1875. Carta que –dicho sea entre paréntesis– fue publicada por vez primera, que nosotros sepamos, por Bebel en el segundo tomo de sus memorias ( De mi vida), que vio la luz en 1911, es decir, 36 años después de escrita y enviada aquella carta.

 

Engels escribió a Bebel criticando aquel mismo proyecto de programa de Gotha, que Marx criticó en su célebre carta a Bracke. Y, por lo que se refiere especialmente a la cuestión del Estado, le decía lo siguiente:

 

El Estado popular libre se ha convertido en el Estado libre. Según el sentido gramatical de estas palabras, se entiende por Estado libre un Estado que es libre respecto a sus ciudadanos, es decir, un Estado con un gobierno despótico. Habría que abandonar toda esa charlatanería acerca del Estado, sobre todo después de la Comuna, que no era ya un Estado en el verdadero sentido de la palabra. Los anarquistas nos han echado en cara más de la cuenta lo del “Estado popular”, a pesar de que ya la obra de Marx contra Proudhon y luego El manifiesto comunista dicen expresamente que, con la implantación del régimen socialista, el Estado se disolverá por sí mismo (sich auflöst) y desaparecerá. Siendo el Estado una institución meramente transitoria que se utiliza en la lucha, en la revolución, para someter por la violencia a los adversarios, es un absurdo hablar de un Estado libre del pueblo: mientras el proletariado necesite todavía el Estado, no lo necesitará en interés de la libertad, sino para someter a sus adversarios, y tan pronto como pueda hablarse de libertad, el Estado como tal dejará de existir. Por eso, nosotros propondríamos emplear siempre, en vez de la palabra Estado, la palabra “comunidad” ( Gemeinwesen), una magnífica y antigua palabra alemana que equivale a la palabra francesa commune.

 

Hay que tener en cuenta que esta carta se refiere al programa del partido, criticado por Marx en una carta escrita solamente varias semanas después de aquella (carta de Marx de 5 de mayo de 1875), y que Engels vivía por aquel entonces en Londres, con Marx. Por eso, al decir en las últimas líneas de la carta “nosotros”, Engels, indudablemente, en su nombre y en el de Marx, propone al jefe del Partido Obrero Alemán borrar del programa la palabra Estado y sustituirla por la palabra comunidad.

 

¡Qué bramidos sobre “anarquismo” lanzarían los cabecillas del “marxismo” de hoy, un “marxismo” falsificado para uso de oportunistas, si se les propusiese semejante enmienda en su programa!

 

Que bramen cuanto quieran. La burguesía los elogiará por ello. Pero nosotros continuaremos nuestra obra. Cuando revisemos el programa de nuestro partido deberemos tomar en consideración, sin falta, el consejo de Engels y Marx para acercarnos más a la verdad, para restaurar el marxismo, purificándolo de tergiversaciones, para orientar más acertadamente la lucha de la clase obrera por su liberación. Entre los bolcheviques no habrá, de seguro, quien se oponga al consejo de Engels y Marx. La dificultad estribará tan solo, si acaso, en el término. Para expresar el concepto “comunidad” hay en alemán dos palabras, de las cuales Engels eligió la que no indica una comunidad por separado, sino el conjunto de ellas, el sistema de comunas. En ruso no existe un vocablo semejante, y tal vez tendremos que emplear el francés commune, aunque esto tenga también sus inconvenientes.

 

“La Comuna no era ya un Estado en el verdadero sentido de la palabra”: he aquí la afirmación más importante de Engels, desde el punto de vista teórico. Después de lo expuesto más arriba, esta afirmación resulta absolutamente lógica. La Comuna iba dejando de ser un Estado, toda vez que su papel no consistía en reprimir a la mayoría de la población, sino a la minoría (a los explotadores); había roto la máquina del Estado burgués; en vez de una fuerza especial para la represión, entró en escena la población misma. Todo esto significa apartarse del Estado en su sentido estricto. Y si la Comuna se hubiera consolidado, habrían ido “extinguiéndose” en ella por sí mismas las huellas del Estado, no habría sido necesario “suprimir” sus instituciones: estas habrían dejado de funcionar a medida que no tuviesen nada que hacer.

 

“Los anarquistas nos han echado en cara más de la cuenta lo del ‘Estado popular’”. Al hablar así, Engels se refiere, principalmente, a Bakunin y a sus ataques contra los socialdemócratas alemanes. Engels reconoce que estos ataques son justos en tanto en cuanto el “Estado popular” es un absurdo y un concepto tan divergente del socialismo como el “Estado popular libre”. Engels se esfuerza por corregir la lucha de los socialdemócratas alemanes contra los anarquistas, por hacer de esta lucha una justa lucha de principios, por depurarla de los prejuicios oportunistas relativos al “Estado”. Pero ¡ay!, la carta de Engels se pasó 36 años en el fondo de un cajón. Y más abajo veremos que, aun después de publicada, Kautsky sigue repitiendo tenazmente, en esencia, los mismos errores contra los que prevenía Engels.

 

Bebel contestó a Engels el 21 de septiembre de 1875 con una carta en la que decía, entre otras cosas, estar “completamente de acuerdo” con sus juicios acerca del proyecto de programa y que había reprochado a Liebknecht su transigencia.

 

Pero si abrimos el folleto de Bebel titulado Nuestros objetivos encontramos en él consideraciones absolutamente falsas acerca del Estado: “El Estado debe convertirse de un Estado basado en la dominación de clase en un Estado popular”.

 

¡Así aparece impreso en la novena (¡novena!) edición del folleto de Bebel! No es de extrañar que tan pertinaz repetición de los juicios oportunistas sobre el Estado haya sido asimilada por la socialdemocracia alemana, sobre todo cuando las explicaciones revolucionarias de Engels se mantenían ocultas y todas las circunstancias de la vida la habían “desacostumbrado” de la revolución para mucho tiempo.

 

 

 

 

4. Crítica del proyecto de programa de Erfurt

 

La crítica del proyecto de programa de Erfurt, enviada por Engels a Kautsky el 29 de junio de 1891 y publicada solo al cabo de diez años en Neue Zeit, no puede pasarse por alto en un análisis de la teoría del marxismo sobre el Estado, pues este trabajo se consagra de modo principal a criticar precisamente las concepciones oportunistas de la socialdemocracia en cuanto a la organización del Estado.

 

Señalaremos de paso que Engels hace también, referente a los problemas económicos, una indicación importantísima, que demuestra cuán atenta y reflexivamente seguía los cambios que se iban produciendo precisamente en el capitalismo moderno y cómo ello le permitía prever hasta cierto punto las tareas de nuestra época, de la época imperialista. He aquí la indicación a que nos referimos: a propósito de las palabras “falta de planificación” (Planlosigkeit), empleadas en el proyecto de programa para caracterizar al capitalismo, Engels escribe:

 

“Si pasamos de las sociedades anónimas a los trusts, que dominan y monopolizan ramas industriales enteras, vemos que aquí termina no solo la producción privada, sino también la falta de planificación” ( Neue Zeit).

 

Aquí se encierra lo más fundamental de la apreciación teórica del capitalismo moderno, es decir, del imperialismo, a saber: que el capitalismo se convierte en un capitalismo monopolista. Conviene subrayar esto, pues el error más generalizado está en la afirmación reformista burguesa de que el capitalismo monopolista o monopolista de Estado no es ya capitalismo, que puede llamarse ya “socialismo de Estado”, y otras cosas por el estilo. Naturalmente, los trusts no entrañan, no han entrañado hasta hoy ni pueden entrañar una planificación completa. Pero por cuanto son ellos que trazan los planes, por cuanto son los magnates del capital quienes calculan de antemano el volumen de la producción en escala nacional o incluso internacional, por cuanto son ellos quienes regulan la producción con arreglo a planes, permanecemos, a pesar de todo, dentro del capitalismo: aunque en una nueva fase de este, permanecemos, indudablemente, dentro del capitalismo: La “proximidad” de tal capitalismo al socialismo debe constituir, para los verdaderos representantes del proletariado, un argumento a favor de la cercanía de la facilidad, de la viabilidad y de la urgencia de la revolución socialista, pero no, en modo alguno, un argumento para mantener una actitud de tolerancia ante los que niegan esta revolución y ante los que hermosean el capitalismo, como hacen todos los reformistas.

 

Pero volvamos al problema del Estado. De tres clases son las indicaciones especialmente valiosas que hace aquí Engels: en primer lugar, las que se refieren a la cuestión de la república; en segundo, las que afectan a las relaciones entre la cuestión nacional y la estructura del Estado; y en tercero, las que conciernen a la autonomía administrativa local.

 

Por lo que se refiere a la república, Engels hizo de esto el centro de gravedad de su crítica del proyecto de programa de Erfurt. Si recordamos la significación adquirida por el programa de Erfurt en toda la socialdemocracia internacional y que este programa se convirtió en modelo para toda la Segunda Internacional, podemos decir sin exagerar que Engels critica el oportunismo de toda la Segunda Internacional. “Las reivindicaciones políticas del proyecto –escribe Engels– adolecen de un gran defecto. No hay en él (subrayado por Engels) lo que en realidad se debía haber dicho".

 

Y más adelante se aclara que la constitución alemana es, en rigor, un calco de la constitución de 1850, reaccionaria en extremo; que el Reichstag no es, según la expresión de Guillermo Liebknecht, más que la “hoja de parra del absolutismo” y que constituye “un absurdo evidente” pretender llevar a cabo la “transformación de todos los instrumentos de trabajo en propiedad común”, basándose en una constitución que legaliza los pequeños Estados y la federación de los pequeños Estados alemanes.

 

“Tocar esto es peligroso”, añade Engels, que sabe muy bien que en Alemania no puede incluirse legalmente en el programa la reivindicación de la república. No obstante Engels no se contenta sencillamente con esta evidente consideración, que satisface a “todos”. Engels prosigue:

 

Y, sin embargo, no hay más remedio que abordar el asunto de un modo o de otro. Hasta qué punto es esto necesario, lo demuestra el oportunismo, que está difundiéndose ( einreissende) precisamente ahora en una gran parte de la prensa socialdemócrata. Por miedo a que se renueve la ley contra los socialistas, o por el recuerdo de diversas manifestaciones prematuras hechas bajo el imperio de aquella ley, se quiere que el partido reconozca ahora que el orden legal vigente en Alemania basta para realizar todas las reivindicaciones de aquel por vía pacífica….

 

Engels destaca en primer plano el hecho fundamental de que los socialdemócratas alemanes obraban por miedo a que se renovase la ley de excepción, y califica esto, sin rodeos, de oportunismo, declarando como completamente absurdos los sueños acerca de una vía “pacífica”, precisamente por no existir en Alemania ni república ni libertades. Engels es lo bastante cauto para no atarse las manos. Reconoce que en países con república o con libertad muy grande “cabe imaginarse” (¡solamente “imaginarse”!) un desarrollo pacífico hacia el socialismo, pero en Alemania, repite:

 

… En Alemania, donde el gobierno es casi omnipotente y el Reichstag y todas las demás instituciones representativas carecen de poder efectivo, proclamar algo semejante y, además, sin necesidad alguna, significa quitarle al absolutismo la hoja de parra y ponerse uno mismo a cubrir la desnudez …

 

Y, en efecto, los jefes oficiales del Partido Socialdemócrata Alemán, partido que “archivó” estas indicaciones, resultaron ser, en su inmensa mayoría, encubridores del absolutismo.

 

… Semejante política solo puede poner en el camino falso al propio partido. Se hace pasar a primer plano las cuestiones políticas generales, abstractas, y de este modo se ocultan las cuestiones concretas más inmediatas, aquellas que se ponen por sí mismas al orden del día apenas se producen los primeros grandes acontecimientos, la primera crisis política. Y lo único que con esto se consigue es que al llegar el momento decisivo, el partido se sienta de pronto desconcertado, que reinen en él la confusión y el desacuerdo acerca de las cuestiones decisivas, por no haberlas discutido nunca…

 

Este olvido de las consideraciones grandes y fundamentales en aras de los intereses momentáneos del día, este perseguir éxitos pasajeros y luchar por ellos sin fijarse en las consecuencias ulteriores, este sacrificar el porvenir del movimiento en aras de su presente podrán obedecer a motivos “honrados”, pero es y seguirá siendo oportunismo, y el oportunismo “honrado” es quizá el más peligroso de todos…

 

Si hay algo indudable es que nuestro partido y la clase obrera solo pueden llegar al poder bajo la forma política de la república democrática. Esta es, incluso, la forma específica para la dictadura del proletariado, como lo ha puesto ya de relieve la gran revolución francesa …

 

Engels repite aquí, con particular relieve, la idea fundamental que va como hilo de engarce a través de todas las obras de Marx: la de que la república democrática constituye el acceso más próximo a la dictadura del proletariado, pues esta república, que no suprime, ni mucho menos, la dominación del capital ni, por consiguiente, la opresión de las masas ni la lucha de clases, lleva inevitablemente a un ensanchamiento, a un despliegue, a una patentización y a una agudización tales de esta lucha, que, una vez que surge la posibilidad de satisfacer los intereses vitales de las masas oprimidas, esta posibilidad se realiza, ineludible y exclusivamente, en la dictadura del proletariado, en la dirección de estas masas por el proletariado. Para toda la Segunda Internacional, estas son también “palabras olvidadas” del marxismo, y este olvido se reveló con extraordinaria nitidez en la historia del partido de los mencheviques durante el primer semestre de la revolución rusa de 1917.

 

Respecto al problema de la república federativa, relacionado con la composición nacional de la población, escribía Engels:

 

¿Qué es lo que debe ocupar el puesto de la actual Alemania? (Con su constitución monárquica reaccionaria y su sistema igualmente reaccionario de división en pequeños Estados, que eterniza las particularidades del “prusianismo”, en vez de disolverlas en una Alemania que forme un todo). A mi juicio, el proletariado solo puede emplear la forma de la república única e indivisible. La república federativa es todavía hoy, en líneas generales, una necesidad en el gigantesco territorio de Estados Unidos, si bien las regiones del Este se van transformando ya en un impedimento. Representaría un progreso en Inglaterra, donde cuatro naciones pueblan las dos islas y donde, a pesar de no haber más que un parlamento, coexisten tres sistemas de legislación. En la pequeña Suiza se ha convertido ya desde hace tiempo en un obstáculo, y si allí puede tolerarse todavía la república federativa, es debido tan solo a que Suiza se contenta con ser un miembro puramente pasivo en el sistema de los Estados europeos. Para Alemania, un régimen federalista al modo del de Suiza significaría un enorme retroceso. Hay dos puntos que distinguen a un Estado federal de un Estado unitario, a saber: que cada Estado integrante de la federación tiene su propia legislación civil y criminal y su propia organización judicial, y que, además de la cámara popular, existe una cámara federal en la que vota como tal cada cantón, sea grande o pequeño. En Alemania, el Estado federal es el tránsito hacia un Estado completamente unitario, y la “revolución desde arriba” de 1866 y 1870 no debe ser revocada, sino completada mediante un “movimiento desde abajo”.

 

Engels no solo no revela indiferencia ante la cuestión de las formas de Estado; al contrario, se esfuerza por analizar con escrupulosidad extraordinaria precisamente las formas de transición para determinar, en cada caso, con arreglo a las particularidades históricas concretas, qué clase de tránsito – de qué y hacia qué– presupone la forma dada.

 

Engels, como Marx, defiende desde el punto de vista del proletariado y de la revolución proletaria, el centralismo democrático, la república única e indivisible. Considera la república federativa, bien como concepción y como obstáculo para el desarrollo, o bien como transición de la monarquía a la república centralizada, como “un paso adelante” en determinadas circunstancias especiales. Y entre esas circunstancias especiales se destaca la cuestión nacional.

 

En Engels, como en Marx, a pesar de su crítica implacable del reaccionarismo de los pequeños Estados y del encubrimiento de este reaccionarismo con la cuestión nacional en determinados casos concretos, no encontramos ni rastro de tendencia a eludir la cuestión nacional, tendencia de que suelen pecar a menudo los marxistas holandeses y polacos al partir de una lucha muy legítima contra el estrecho nacionalismo filisteo de “sus” pequeños Estados.

 

Hasta en Inglaterra, donde las condiciones geográficas, la comunidad de idioma y la historia de muchos siglos parece que debían haber “liquidado” la cuestión nacional en las distintas pequeñas divisiones territoriales del país, incluso aquí Engels tiene en cuenta el hecho evidente de que la cuestión nacional no ha sido superada aún, razón por la cual reconoce que la república federativa representa “un paso adelante”. Se sobrentiende que en esto no hay ni sombra de renuncia a la crítica de los defectos de la república federativa, ni a la propaganda, y la lucha más decidida en pro de una república unitaria, de una república democrática centralizada.

 

Pero Engels no concibe en modo alguno el centralismo democrático en el sentido burocrático con que emplean este concepto los ideólogos burgueses y pequeñoburgueses, incluyendo entre estos a los anarquistas. Para Engels, el centralismo no excluye, ni mucho menos, esa amplia autonomía local que, teniendo en cuenta que las “comunas” y las regiones defienden voluntariamente la unidad del Estado, elimina en absoluto todo burocratismo y todo “mando” desde arriba.

 

… Así, pues, república unitaria –escribe Engels–, desarrollando las ideas programáticas del marxismo sobre el Estado , pero no en el sentido de la República Francesa actual, que no es más que el imperio sin emperador, fundado en 1798. De 1792 a 1798, todo departamento francés, toda comuna ( Gemeinde) poseía completa autonomía, según el modelo norteamericano, y eso es lo que debemos tener también nosotros. Norteamérica y la República Francesa nos demostraron, y el Canadá, Australia y otras colonias inglesas nos demuestran hoy todavía, cómo hay que organizar la autonomía y cómo se puede prescindir de la burocracia. Y esta autonomía provincial y municipal es mucho más libre que, por ejemplo, el federalismo suizo, donde el cantón goza, ciertamente, de gran independencia respecto a la federación [es decir, respecto al Estado federativo en conjunto], pero también respecto al distrito ( Bezirk) y al municipio. Los gobiernos cantonales nombran jefes de policía de distrito ( Berzirksstatthalter) y prefectos, cosa absolutamente desconocida en los países de habla inglesa y a la que nosotros debemos eliminar en el futuro con la misma energía que a los Landrat y Regierungsrat prusianos (los comisarios, los jefes de policía, los gobernadores, y, en general, todos los funcionarios nombrados desde arriba). En relación a esto, Engels propone que el punto del programa sobre la autonomía se formule del modo siguiente: Completa autonomía para la provincia (distrito y municipio) con funcionarios elegidos por sufragio universal. Supresión de todas las autoridades locales y provinciales nombradas por el Estado.

 

En el Pravda, suspendido por el gobierno de Kerenski y de otros ministros “socialistas” (N° 68, 28 de mayo de 1917), hube ya de señalar cómo, en este punto –bien entendido que no es, ni mucho menos, solamente en este–, nuestros representantes seudosocialistas de una seudodemocracia seudorrevolucionaria se han desviado escandalosamente del democratismo. Es natural que hombres vinculados por una “coalición” a la burguesía imperialista hayan permanecido sordos a estas indicaciones.

 

Es sobremanera importante señalar que Engels, argumentando con hechos y basándose en los ejemplos más precisos, refuta el prejuicio, extraordinariamente extendido, sobre todo entre los demócratas pequeñoburgueses, de que la república federativa implica, sin género de duda, mayor libertad que la república centralista. Esto es falso. Los hechos citados por Engels con referencia a la república centralista francesa de 1792 a 1798 y a la república federativa suiza desmienten semejante prejuicio. La república centralista realmente democrática dio mayor libertad que la república federativa. O dicho en otros términos: la mayor libertad local, provincial, etcétera, que se conoce en la historia, la ha dado la república centralista y no la república federativa.

 

Nuestra propaganda y agitación de partido no ha consagrado ni consagra suficiente atención a este hecho, ni en general a toda la cuestión de la república federativa y centralista y a la de la autonomía administrativa local…

 

(continuará)

 

 

 

[ Fragmento de: Lenin. “El estado y la revolución” ]

 

*

 

lunes, 19 de febrero de 2024

 

1116

 

Vida de ANTONIO GRAMSCI

 

Giuseppe Fiori

 

(…)

 

 

02

 

Es Nennetta Cuba, sobre la cual hay una referencia en una carta de la cárcel, quien me habla del Gramsci niño. Tiene setenta y ocho años. Fue coetánea y amiga de Grazietta, habitaba en Ghilarza enfrente de los Gramsci y en casa de estos era como de la familia.

 

 

Nino —recuerda— no siempre había sido..., digamos..., jorobado. Al contrario, de pequeño era muy hermoso. Quizá delicado, pero hermoso, una flor... Tenía cuatro años menos que yo, bromeaba y recuerdo muy bien cómo era antes de enfermar: un muchacho guapo, normal, de pelo rizado, abundante y de color claro; tenía los ojos azules. Después, no sé por qué, empezó a salirle en la espalda una especie de nuez y él dejó de crecer, se quedó bajo, pequeñito.

 

La tia Peppina, la pobre, lo probaba todo para combatir el mal. Parecía siempre confusa y asustada. Lo tendía boca abajo y le hacía masajes con tintura de yodo, pero nada. La nuez era cada día mayor. Así que decidieron ir a ver al médico, en Oristano. También lo llevaron a Casería: tiu Gramsci lo hizo visitar por un especialista. Al volver, la cura que les aconsejaron consistía en suspenderlo de una viga del techo. Le habían construido una especie de corsé con anillas. Nino se ponía el corsé y tiu Gramsci o Gennaro lo colgaban del techo dejándolo suspendido en el aire. Pensaban que era el mejor modo de enderezarlo. Pero el bulto en la espalda y luego en el pecho incluso aumentó y nunca se pudo encontrar un remedio. Nino siguió siendo siempre pequeño. Ni siquiera de mayor llegó a pasar de metro y medio.

 

 

Sus familiares atribuyen la gibosidad a una caída. «He oído muchas veces a mi madre —me dice Teresina Gramsci, la última de las hermanas de Antonio— decir cómo era Nino en los primeros años: una verdadera flor. Y un día le descubrieron en la espalda una hinchazón sin que nadie llegase a entender el motivo. Nuestra madre, muy impresionada, no dejaba de pensar en ello. Llamó a la sirvienta y le dijo: “¿Se te ha caído de los brazos? Dime la verdad si así ha sido”. La mujer insistía en que no, pero acabó admitiéndolo. De nada sirvieron luego todos los remedios».

 

Además de la imperfección física, Antonio sufría frecuentes malestares. «Cuando era niño, a los cuatro años —escribirá—, tuve hemorragias durante tres días seguidos, acompañadas de convulsiones: me dejaron completamente exánime. Los médicos me dieron por muerto y mi madre conservó hasta finales de 1914 un ataúd pequeño y los vestidos con que tenían que enterrarme».

Y he aquí que al dolor por la deficiente salud del niño venía a sumarse ahora la humillación y la pobreza con el encarcelamiento de Ciccillo. Peppina Marcias no se hundió. El orgullo le impedía pedir ayuda a la suegra y a los cuñados, pues estos la habían acogido muy mal en la familia cuando se casó. Los hermanos de Ciccillo, todos bien situados, y la hermana, casada con un acaudalado propietario, podían haberla ayudado. Pero ella quería salir adelante por sí sola, sin la humillación de tener que pedir ayuda a parientes casi desconocidos.

 

Era una mujer de mucho carácter, combativa y llena todavía de energía (tenía treinta y siete años cuando detuvieron a su marido); por ello afrontó la situación, terrible en tantos sentidos, con una gran fuerza de ánimo. Vendió las pocas tierras que había heredado de sus padres y constituyó con este dinero un fondo que, pese a su modestia, le permitió pagar a los abogados y subvenir a las necesidades de la familia. Además tenía en hospedaje a un veterinario, el doctor Vittore Nessi. Pero, sobre todo, trabajaba. «Nuestra madre —recuerda Teresina— cosía muy bien y confeccionaba camisas y otras prendas que vendía y le proporcionaban algún dinero. Nosotros éramos todos muy pequeños, así que ella tenía que ocuparse de la casa y siempre encontraba tiempo para coser renunciando a dormir». Años más tarde, refiriéndose a aquella época atormentada, Antonio Gramsci escribirá de su madre:

 

¿Seremos capaces de hacer lo que hizo nuestra madre hace treinta y cinco años? ¿Enfrentarse sola, pobre mujer, a una terrible tempestad y salvar a siete hijos? Su vida ha sido ejemplar para nosotros y nos ha demostrado hasta qué punto vale la constancia para superar dificultades que parecen invencibles a hombres de sólida fibra [...]. Ha trabajado para nosotros toda la vida, sacrificándose de manera inaudita; si hubiese sido otra mujer, quizá todos nosotros habríamos tenido un fin desastroso; quizá ninguno de nosotros estaría hoy vivo.

 

Por aquella época Antonio iba a la escuela elemental de Ghilarza. La madre, teniendo en cuenta su precaria salud, había esperado hasta los siete años y medio para enviarlo a la escuela, y a fin de que no se fatigase, encontraba incluso tiempo para seguir de cerca sus estudios. El primer año entró en una clase de cuarenta y nueve alumnos, con el maestro Ignazio Corrias; en el segundo año tuvo un nuevo maestro, Celestino Baldussi; el tercer año, otro más, Luigi Cossu. Era siempre el mejor de la clase y en aquellos primeros años las notas oscilaron siempre entre el nueve y el diez.

 

«El sistema escolar que seguí —sabemos por una de sus cartas— era muy atrasado; además, la casi totalidad de mis condiscípulos hablaban el italiano muy mal y con grandes dificultades y esto me colocaba en condiciones de superioridad porque el maestro había de tener en cuenta el promedio de los alumnos y saber hablar corrientemente el italiano era ya una circunstancia que facilitaba muchas cosas».

 

Pero también contribuía a facilitar las cosas la avidez con que el muchacho devoraba todos los escritos que caían en sus manos. «Durante semanas enteras no se le veía —me dice uno de sus compañeros de juego, Felle Toriggia— y, cuando le preguntaba el motivo, me contestaba que había pasado todos aquellos días leyendo».

 

Al mismo tiempo que la tendencia al estudio, empezaba a manifestarse en él el gusto por las actividades prácticas.

 

«Se había construido —me cuentan sus familiares— una ducha especial. Se puede describir así: un gran recipiente de hojalata colgado de un clavo de gancho. Este recipiente, un pequeño bidón, pendía del techo de la cocina. En el lado superior, Nino había practicado unos cuantos agujeros, lo llenaba de agua caliente y lo levantaba. Para darle la vuelta bastaba con tirar de un cordel y el agua salía entonces a chorro».

 

Gracias a esta disposición para las actividades prácticas se fabricaba él mismo los juguetes, barcas y carros. «Mi mayor éxito —leemos— fue cuando un tolaio (hojalatero) del pueblo me pidió el modelo en papel de una soberbia goleta con dos puentes para reproducirla en hojalata». Y también:

 

 

Recuerdo muy bien el patio donde jugaba con Luciano (Guiso, hijo del farmacéutico de Ghilarza) y el estanque donde hacía maniobrar mis grandes flotas de papel, de caña, de cañaheja y de corcho, destruyéndolas después a golpes de schizzaloru… Hablaba siempre de bergantines, de jabeques de tres mástiles, de goletas de batayolas y de velas de papahígo… Lo único que no me gustaba era que Luciano tenía una pesada barca de hojalata que en cuatro movimientos hundía mis mejores galeones con su complicado aparejo de puentes y velas. Sin embargo, estaba muy orgulloso de mi capacidad.

 

También se construyó aparatos de gimnasia. Desde niño le caracterizó una voluntad casi férrea y estaba resuelto a corregir de todos los modos posibles su imperfección física; por ello, y con gran aplicación, se dedicaba cada día a levantar pesas. En el patio de la casa donde habita actualmente Teresina veo algunas esferas de piedra. Teresina me explica:

 

Servían de pesas. El propio Nino las había hecho de piedras muy grandes con la ayuda de sus hermanos. Las desbastaban juntos y después él pasaba horas y horas puliéndolas hasta darles una forma esférica. Había hecho seis bolas de piedra para tres pesas de dimensiones distintas. Las piedras estaban unidas con bastones, con mangos de escoba. El hierro era entonces muy caro y no podía poner un asta metálica. Pero con el asta de madera, las pesas servían muy bien. Todas las mañanas, con regularidad, Nino hacía sus ejercicios. Quería fortalecerse, tener más músculo en los brazos, y empeñándose al máximo levantaba los pesos hasta que las energías le abandonaban. Recuerdo que una vez llegó a hacer dieciséis flexiones seguidas...

 

 

Teresina se enternece al evocar el episodio. Era la predilecta de las tres hermanas, era la que más se parecía a Antonio por su vivacidad intelectual. Tiene setenta años y desde hace mucho tiempo es viuda del encargado de la oficina de correos Paolo Paulesu. Su figura es blanca y amable, la compostura tiene algo de otros tiempos, el vestido, negro, está confeccionado a la antigua. Es discreta, esquiva; su mirada se recubre de un velo de tristeza cada vez que recuerda aquellos tiempos difíciles; parece salida de una ilustración de libro antiguo. También ella trabajaba, como el marido, en la oficina de correos de Ghilarza: tuvo el retiro en 1960 y desde entonces vive encerrada en casa, de donde sale poquísimo. «Seguro —continúa— que su forma de ser, su inferioridad física, pudo haber influido en la formación del carácter de Nino. Era un poco retraído, se apartaba de los demás... Pero sin ser expansivo, porque desde luego no lo era, tenía con nosotros muchas muestras de ternura: yo tenía cuatro años menos que él y siempre me mimaba, se gastaba el poco dinero de que disponía para comprarme historietas…».

 

Son las mismas palabras que, con escasas variantes, me han repetido sus compañeros de juego y de escuela. Nennetta Cuba lo recuerda «reservado pero no desabrido». Felle Toriggia dice:

 

Era un muchacho melancólico. Pero si alguien le demostraba amistad, se expansionaba, bromeaba... Un año, debió de ser en 1900-1901, fuimos a bañarnos juntos a Bosa Marina. Entonces viajábamos en carros de bueyes. Durante el tiempo que pasamos juntos, primero en el carro y después en la playa, no puedo decir que Nino Gramsci fuese un muchacho cerrado y hosco. La compañía le alegraba y en algunos momentos reía a carcajadas.

 

Sin embargo, se sentía apartado de un cierto tipo de juegos al aire libre, concretamente de los juegos de gran movimiento y de tipo guerrero. Un compañero de la escuela elemental, Chicchinu Mameli, recuerda:

 

Tenía el cuerpo que usted ya sabe y naturalmente la deformidad le impedía participar en algunos de nuestros juegos. Los muchachos, ahora y siempre, luchan, se desafían; nuestros juegos preferidos eran los combates de valentía física y de resistencia y él, Nino, lo más que podía hacer era contemplarlos. Por eso salía raramente con nosotros. En general, se quedaba en casa leyendo, dibujando, construyendo figuras de madera, jugando en el patio. O bien se iba a pasear por el campo. Lo veía a menudo con Mario. De los demás hermanos, Gennaro era demasiado mayor, tenía siete años más que él y por esto no le podía hacer compañía; Carlo era demasiado pequeño, tenía seis años menos.

 

Son los años de las correrías entre el valle del Tirso, debajo de San Serafino, y los huertos y los arroyos de Canzola y la casa de tía Maria Domenica Corrias, en Abbasanta. Siendo muy pequeño, había leído Robinson Crusoe; lo había encontrado en la biblioteca que una tal señora Mazzacurati, esposa del recaudador de impuestos, le había dejado como donación cuando tuvo que trasladarse a otro lugar, y la impresión le duró mucho tiempo:

 

«No salía de casa —escribirá— sin llevar en el bolsillo granos de trigo y cerillas envueltas en trozos de tela encerada, por si iba a parar a una isla desierta y me veía abandonado a mis propias fuerzas».

 

 

Se distraía atrapando lagartijas o tirando piedras por el gusto de verlas rebotar tres o cuatro veces sobre el agua y oírlas silbar. Le divertían especialmente los momentos pasados espiando la vida de los animales.

 

Una tarde de otoño, cuando ya había oscurecido pero la luna resplandecía, fui con otro chico amigo mío a un campo lleno de árboles frutales, de manzanos en especial. Nos refugiamos del viento tras un matorral. Al cabo de un rato aparecieron los erizos: eran cinco, dos grandes y tres pequeños. Se dirigieron en fila india hacia los manzanos, rondaron un poco por la hierba y se pusieron a trabajar: ayudándose con los morros y las patas, hacían rodar las manzanas que el viento había hecho caer de los árboles y las reunían en un claro, muy juntas. Pero parece que no les bastaban las manzanas caídas en el suelo: el erizo mayor, con el morro en el aire, dio una ojeada a su alrededor, eligió un árbol muy curvado y subió a él con su hembra. Se instalaron en una rama muy cargada y empezaron a balancearse rítmicamente; sus movimientos se comunicaron a la rama, que empezó a oscilar con sacudidas bruscas y muchas manzanas cayeron a tierra. Las reunieron con las otras y todos los erizos, grandes y pequeños, se enrollaron con las púas enhiestas y empezaron a ensartar frutas: los pequeños ensartaron pocas, pero el padre y la madre consiguieron ensartar siete u ocho cada uno. Cuando volvían a su madriguera, salimos de nuestro escondite, los metimos en un saco y nos los llevamos a casa. Yo me quedé con el padre y dos erizos pequeños y los tuve durante muchos meses en el patio, en libertad.

 

También hay otro recuerdo:

 

Con mis hermanos, fuimos un día al campo de una tía nuestra, donde había dos enormes encinas y algunos árboles frutales; teníamos que recoger bellotas para dar de comer a un cerdo. El campo no estaba lejos del pueblo, pero estaba desierto y había que descender a un valle. Apenas entramos en el campo, vimos que debajo de un árbol se había sentado tranquilamente una zorra grande, con su bella cola levantada como una bandera. No se asustó en absoluto; nos enseñó los dientes, pero parecía reír y no amenazarnos. A nosotros nos encolerizaba mucho que la zorra no nos tuviese miedo; mas la verdad es que no lo tenía en absoluto. Le tiramos piedras, pero apenas se movía y seguía mirándonos como si se burlase de nosotros. Cogíamos bastones, los apoyábamos en el hombro a modo de fusiles y hacíamos todos a la vez «¡Bum!»; pero la zorra nos enseñaba los dientes sin inquietarse mucho. De pronto, se oyó un disparo de verdad, hecho por alguien allí cerca. La zorra pegó un salto y huyó rápidamente. Todavía me parece verla, con su pelo amarillento, corriendo como un relámpago sobre el muro, siempre con la cola levantada y desapareciendo tras un matorral.

 

Recuerda también la feria del pueblo, las carreras de caballos en torno a la iglesia de Sèdilo por la fiesta de Santu Antine, los tenderetes de dulces, iluminados con débiles lámparas de carburo, los palcos levantados para los concursos poéticos dialectales. En la cárcel escribirá a la madre:

 

Cuando puedas envíame algunas de las canciones sardas que cantan por las calles los descendientes de Pirisi Pirione de Bolotana; y si se celebran los concursos poéticos con motivo de alguna fiesta, dime cuáles son los temas cantados. ¿Se conmemoran todavía la fiesta de San Costantino, en Sèdilo, y la de San Palmerio? ¿Tienen importancia? ¿Se celebra todavía tanto la fiesta de San Isidoro? ¿Pasean todavía la bandera de los cuatro moros y existen todavía los capitanes que se disfrazan de milicianos antiguos? Ya sabes que estas cosas siempre me han interesado mucho; escríbemelo, pues, y no creas que se trate de tonterías sin pies ni cabeza.

 

Pero estas imágenes que pueden dar la idea de una vida irreflexiva son muy parciales. A Antonio le inquietaba profundamente —además de la deformidad física— la terrible miseria en que vivía la familia después de la detención del padre; en él había influido mucho la repercusión psicológica del drama padecido. Al principio, solo se puso al corriente de la desgracia a Gennaro, que ya era mayor. Por lo demás, habría sido muy difícil ocultar a un muchacho de aquella edad la verdadera situación del padre. Las mentiras piadosas, los subterfugios, las historias inventadas para explicar la larga ausencia podían valer para los demás hijos. Así que Peppina Marcias procuró hasta el fin ocultar el drama al resto de la familia. Francesco Gramsci estaba encarcelado en Gaeta, a pocos centenares de metros de la casa donde vivía su madre. La señora Peppina hacía que su marido enviara cartas que luego, con el sello de Ghilarza, reexpedía a la suegra. A los niños les decía que papá había ido a Gaeta a visitar a Teresa Gonzales. Ahora bien, en aquel ambiente reducido y cerrado de Ghilarza, el castillo de fantásticas justificaciones de la ausencia tenía que derrumbarse tarde o temprano; dada la notoriedad del episodio, era imposible que los pequeños Gramsci no llegasen a entrever, aunque fuese confusamente, las auténticas razones de la larga ausencia del padre por alguna insinuación, alguna frase oída al vuelo, alguna palabra oblicua. Treinta años más tarde se le planteó a Antonio una situación parecida, en cierto sentido, y escribió desde la cárcel a Tatiana:

 

No entiendo por qué se ha ocultado a Delio que estoy en la cárcel, sin pensar que podía haberlo sabido indirectamente, es decir, de la manera más desagradable para un muchacho que empieza a dudar de la veracidad de sus educadores, a pensar por cuenta propia y a hacer vida aparte: esto es lo que me ocurría de niño, lo recuerdo perfectamente… Por esto hay que convencer (a Giulia) de que no es justo, ni útil en última instancia, ocultar a los niños que estoy en la cárcel. Es posible que la primera noticia provoque en ellos reacciones desagradables, pero debe elegirse bien el modo de informarles. Yo creo que se debe tratar a los niños como seres razonables con los que se habla en serio de las cosas más serias; esto les produce una impresión muy profunda, refuerza su carácter y, especialmente, evita que la formación del muchacho quede a merced de las impresiones del ambiente y de la mecanicidad de los encuentros fortuitos. Es realmente extraño que los mayores olviden que han sido niños y no tengan en cuenta las propias experiencias; por lo que a mí respecta, recuerdo que me ofendía, y tendía a encerrarme en mí mismo y a hacer vida aparte, cada vez que descubría un subterfugio para ocultarme las cosas, aunque fuesen cosas que pudiesen causarme dolor. Hacia los diez años era yo una verdadera tortura para mi madre y sentía tanto fanatismo por la franqueza y la verdad en las relaciones recíprocas que provocaba verdaderos escándalos.

 

El niño Antonio Gramsci descubrió la verdad de la peor manera, indirectamente. La impresión fue tremenda. Sufrió un trauma que marcó para siempre las relaciones con el padre, hasta el fin de sus días. Hubo incomprensiones, asperezas, largos silencios. Era un golpe de los que dejan huellas profundas. Ya de mayor, dirá:

 

«Si ella (la madre) supiese que sé todo lo que sé y que aquellos hechos me han dejado cicatrices, se envenenarían los años que le quedan de vida».

 

Es cierto que Gramsci, de adulto, sentía una gran ternura por la madre, por «las desgracias mucho más graves y las amarguras mucho más profundas» que había experimentado en aquella misma época, cuando estaba prisionera en casa por la humillación y solo salía de noche, por la puerta del patio, oculta con un velo negro, evitando la calle para dirigirse a la vecina parroquia y allí, en un ángulo, rezar durante largo tiempo hasta estallar en sollozos…

 

(continuará)

 

 

 

 

[ Fragmento de: Giuseppe Fiori. “Antonio Gramsci” ]

 

 

*

viernes, 16 de febrero de 2024

 

1115

 

EL MARXISMO OCCIDENTAL 

Cómo nació, como murió y cómo puede resucitar

 

Domenico Losurdo

 

(42)

 

 

 

VI

 

CÓMO PUEDE RESUCITAR EL MARXISMO EN OCCIDENTE

 

 

 

 

3. Dos marxismos y dos temporalidades distintas

 

Naturalmente, el abatimiento del sistema colonialista-esclavista mundial se ha producido en trágicas circunstancias: en Santo Domingo/Haití el choque entre partidarios y adversarios del sometimiento colonial y de la esclavitud acabó derivando en una guerra total por ambas partes. Nada más fácil que situarlas en el mismo plano y compararlas, por ejemplo, con la República norteamericana. Aparentemente, las cuentas cuadran y se respeta la lógica: la democracia de los Estados Unidos celebra su superioridad respecto al despotismo vigente tanto en la Francia de Napoleón como en el Santo Domingo/Haití de Toussaint Louverture y sus sucesores. Pero la realidad es otra completamente distinta: la Francia de Napoleón (recurriendo a su poderosa maquinaria bélica) y los Estados Unidos de Jefferson (mediante un embargo y un bloqueo naval cuyo único objetivo era condenar a los negros desobedientes y rebeldes a pasar hambre) se enfrentaban juntos al país y el pueblo que se había sacudido de encima el yugo colonial y las cadenas de la esclavitud.

 

La teoría común sobre el totalitarismo argumenta con igual formalismo en nuestros días. Acerca, y en buena medida asimila, la Unión Soviética de Stalin y el Tercer Reich de Hitler, olvidando que este último, en su intento de someter a dominación colonial y de esclavizar a los eslavos, apelaba repetidamente a la tradición colonial de Occidente y tenía la vista puesta, constante y explícitamente, en el modelo expansionista del Imperio británico, y en el irresistible avance en el Lejano Oeste y en la política racial de la República norteamericana.

 

Por desgracia, el marxismo occidental, o no pocos de sus exponentes, han hecho suya en mayor o menor medida esta lectura del siglo xx, que sitúa en el mismo plano la expresión más feroz del sistema colonialista-esclavista mundial y a su enemigo más consecuente. Ya hemos visto como Imperio asimilaba completamente la Unión Soviética y el Tercer Reich, el país que llamaba a los esclavos de las colonias a romper las cadenas y el país que se empeñó en volver a soldarlas y en generalizarlas.

 

Y en tan temerario balance histórico no hay lugar para la revolución anticolonialista mundial, que sigue siendo ignorada y olvidada en las memorables sentencias con las que Žižek hace de Stalin un campeón de la producción industrial de cadáveres y de Mao un déspota oriental que condena por capricho a morir de hambre a decenas de millones de sus conciudadanos.

 

Históricamente, los países de orientación socialista y comunista (situados todos ellos fuera del Occidente más desarrollado) han debido hacer suya la tarea (la realización de la «emancipación política plena») que Marx atribuía a la revolución burguesa, y que esta se revelaba y se sigue revelando incapaz de resolver. En este sentido, es como si aquellos países se hubiesen detenido en el estadio del futuro en acto, considerado por Marx intrínseco a la propia sociedad burguesa, o bien en el primer momento del futuro próximo, el de la expropiación del poder político burgués y la instauración de la «dictadura revolucionaria del proletariado».

 

Esta dialéctica no solo se ha manifestado en el plano político, sino también en el plano más propiamente económico. Según El manifiesto comunista, la introducción de «nuevas industrias», que no tienen una dimensión exclusivamente nacional, sino que deben estar al nivel del«mercado mundial», es «una cuestión de vida o muerte para todas las naciones civilizadas» (MEW). Se trata de una tarea que no supera de suyo el marco burgués. Sin embargo, en las condiciones del imperialismo, los países que fracasan en la resolución de dicha tarea se convierten en presas fáciles para el neocolonialismo. Y esto vale tanto más para los países que, a causa de su alineación, o bien de su orientación política, no son del agrado de Occidente, y en consecuencia se ven sometidos o expuestos a un embargo económico y tecnológico más o menos severo. Y vemos de nuevo a los países de orientación comunista, el ámbito del comunismo o del marxismo «oriental», detenidos a las puertas del futuro poscapitalista en sentido estricto. Por su parte, el marxismo occidental solo tiene ojos para este futuro propiamente poscapitalista; solo él concita su interés, su atención y su pasión. Su mal resuelto mesianismo, arraigado en la tradición judeocristiana y estimulado en su momento por el horror que suscitó la carnicería de la Primera Guerra Mundial, lo lleva a concentrarse ante todo en el futuro remoto y el futuro utópico.

 

Vemos delinearse así dos marxismos bajo la enseña de dos temporalidades distintas: el futuro en acto y los inicios del futuro próximo por lo que se refiere al marxismo oriental; y la fase más avanzada del futuro próximo y los futuros remoto y utópico por lo que hace al marxismo occidental. Marx y Engels entrevieron este problema. No en vano, dieron dos definiciones distintas del «comunismo». La primera remite al futuro remoto (a veces leído incluso en clave utópica) de una sociedad que ha dejado atrás la división, el antagonismo de clases y la «prehistoria» en cuanto tal. La visión y la temporalidad que emergen de un célebre párrafo de La ideología alemana son muy distintas:

 

«Llamamos comunismo al movimiento real que deroga el actual estado de cosas» (MEW).

 

O bien en la conclusión de El manifiesto comunista:

 

«Los comunistas apoyan por doquier cualquier movimiento revolucionario contra las condiciones sociales y políticas existentes».

 

En estos dos pasajes, es como si se alzase un puente entre el futuro en acto y el futuro remoto. Y esta es la segunda condición para la resurrección del marxismo en Occidente: debe aprovechar la enseñanza de Marx y Engels y aprender a construir un puente entre las distintas temporalidades. Si se ignora o se desprecia esta tarea, no tardan en manifestarse la superficialidad y la pedantería, tan aficionadas a oponer la poesía del futuro remoto o de la perspectiva a largo plazo frente a la prosa de las tareas inmediatas.

 

Esta operación es tan fácil como ociosa. Incluso los más mediocres, tanto en el plano intelectual como en el moral, pueden evocar sin dificultad el futuro del «libre desarrollo de cada cual» a que remite el Manifiesto (MEW) para condenar o desacreditar al poder político surgido de la revolución, obligado (en una situación geopolítica bien determinada) a hacer frente a los peligros que lo amenazan. La historia concreta de la nueva sociedad posrevolucionaria, que trata de desarrollarse en medio de contradicciones, ensayos, dificultades y errores de todo tipo, queda globalmente descalificada como degeneración y traición de los ideales revolucionarios. Esta actitud, que condena el movimiento real en nombre de las propias fantasías y los propios sueños, y que expresa su desprecio hacia el futuro en acto y el futuro próximo en nombre del futuro remoto y utópico, esta actitud —completamente ajena a Marx y Engels— priva al marxismo de cualquier carga emancipadora real.

 

Adoptar esta actitud significa amputar arbitrariamente la temporalidad plural que caracteriza al proyecto revolucionario de Marx y Engels. Y se trata de una amputación temporal que significa al mismo tiempo una amputación espacial: concentrándose exclusivamente en el futuro remoto (interpretado además en clave decididamente utópica), comporta la exclusión de la mayor parte del mundo y de la humanidad, aquella que ha comenzado a dar los primeros pasos en la Modernidad o que a veces incluso se ha detenido a las puertas. En consecuencia, la condición esencial para que resurja el marxismo en Occidente no es otra que superar la amputación temporal y espacial del proyecto revolucionario que de facto ha operado…

 

(continuará)

 

 

 

[ Fragmento de: Losurdo, Domenico. “El marxismo occidental. Cómo nació, como murió y cómo puede resucitar” ]

 

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