viernes, 17 de julio de 2026


1417

 

 

LA MILITARIZACIÓN DEL SISTEMA FINANCIERO INTERNACIONAL

Alejandro Marcó del Pont 

 

 

La propia arquitectura del crédito está diseñada matemáticamente para hacer que la paz sea económicamente inviable y el conflicto armado una necesidad permanente

 

 

 


[Foto: Luc Frieden, Primer Ministro de Luxemburgo, y Mark Carney, Primer Ministro de Canadá.]

 

 

Nos encontramos en una era donde la retórica de la paz es meramente el guante de terciopelo que oculta el puño de hierro del complejo militar-industrial-financiero. La transformación de la OTAN de una simple alianza militar defensiva a un ecosistema financiero-industrial permanente ya no es una teoría de conspiración marginal; es la política oficial y declarada de la élite occidental. En el centro de este cambio de paradigma histórico se encuentra una propuesta que ha sido presentada con el lenguaje estéril y tranquilizador de la salvación tecnocrática: el Banco de Defensa, Seguridad y Resiliencia, conocido por sus siglas en inglés como DSRB.

 

Para el ojo no entrenado, o para aquel que se conforma con los comunicados de prensa institucionales, esta iniciativa suena como un mecanismo burocrático más, diseñado para garantizar la seguridad continental frente a las amenazas del siglo XXI. Pero para los que saben leer la letra pequeña de las finanzas globales y entender los flujos de capital subterráneos, el DSRB es el plano arquitectónico para la mayor transferencia de riqueza en la historia de Occidente. Estamos presenciando la financiarización absoluta de la guerra, un sistema donde la propia arquitectura del crédito está diseñada matemáticamente para hacer que la paz sea económicamente inviable y el conflicto armado una necesidad permanente, estructural y, sobre todo, extraordinariamente rentable.

 

Para comprender la verdadera naturaleza financiera, uno debe mirar primero a sus arquitectos, porque en el mundo de las altas finanzas, el mensajero siempre revela la verdadera naturaleza del mensaje. No es ninguna coincidencia, ni mucho menos un accidente histórico, que los principales promotores de este leviatán bancario sean Luc Frieden, el Primer Ministro de Luxemburgo, y Mark Carney, el Primer Ministro de Canadá en un artículo firmado por ambos en el Financial Times (FT) periódico de origen británico favorable a la globalización. La geografía y el currículum de estos dos líderes son la clave de todo el engranaje.

 

Luxemburgo no es un país normal en términos financieros; es la gran catedral de la optimización fiscal europea, el domicilio legal donde los fondos de inversión más grandes del planeta, incluido BlackRock, estacionan sus billones de dólares para evitar la tributación nacional y esquivar el escrutinio democrático. Frieden no propone un banco por un repentino y fervoroso patriotismo por la defensa de las fronteras europeas; lo propone para crear una nueva clase de activos altamente lucrativa, un nuevo vehículo de deuda soberana para los fondos domiciliados en su paraíso fiscal.

 

Al otro lado del Atlántico se encuentra Mark Carney, la encarnación perfecta y acabada de la élite financiera globalista. Su currículum se lee como el directorio de un gobierno en la sombra que opera por encima de las naciones. Goldman Sachs, Gobernador del Banco de Canadá, Gobernador del Banco de Inglaterra y alto ejecutivo de Brookfield Asset Management. Carney no ve el mundo a través de la lente de un político tradicional preocupado por construir escuelas, mantener hospitales o fortalecer el tejido social; lo ve exclusivamente como un gestor de carteras buscando rentabilidad en una economía global estancada que carece de activos seguros.

 

La fusión del poder estatal y la especulación financiera en la esfera pública es absoluta, y se manifiesta de manera descarada a través de la vertiginosa puerta giratoria que conecta los más altos cargos del gobierno con las salas de juntas de Wall Street y la City de Londres. Cuando Carney necesitaba dirigir el nuevo y masivo gasto de defensa de Canadá, no buscó a diplomáticos experimentados, ni a estrategas militares, ni a expertos en relaciones internacionales. Nombró a Doug Guzman, un ex colega de Goldman Sachs y viejo amigo de sus días en la banca de inversión, como el CEO de la nueva Agencia de Inversión en Defensa.

 

Mientras tanto, en Ottawa, el papel crucial de viceministro de Comercio Internacional fue entregado a Glenn Purves, quien fue economista en jefe del Instituto de Inversión de BlackRock. Este nombramiento no es un mero movimiento de personal; es la institucionalización explícita de un conflicto de intereses colosal. El gestor de activos más grande del planeta, el fondo que lo posee todo y que tiene participaciones cruzadas en todas las grandes empresas de defensa del mundo, ahora tiene un conducto directo y oficial hacia las políticas comerciales y de defensa del gobierno canadiense. El Estado ya no regula al mercado; el mercado ha capturado al Estado de manera formal, y sus ejecutivos ahora escriben las leyes de la guerra desde los despachos ministeriales.

 

¿Pero cómo funciona realmente esta magnífica máquina de extracción de riqueza? ¿Por qué insisten Frieden y Carney en que el DSRB es una necesidad absoluta e ineludible? Su argumento público está envuelto en el lenguaje de la frustración regulatoria y la urgencia geopolítica. Afirman que las regulaciones bancarias internacionales actuales, específicamente los acuerdos de Basilea III y IV, están obstaculizando la acumulación militar y frenando la reestructuración de las fuerzas armadas occidentales. Bajo las reglas de Basilea, que fueron diseñadas tras la crisis de 2008 para evitar que los bancos se endeuden hasta el cuello, prestar a empresas de defensa, especialmente a las de tamaño medio que están expandiendo sus líneas de producción, se considera una actividad riesgosa.

 

Los bancos están obligados por ley a mantener una cierta cantidad de su propio capital en reserva como colchón de seguridad contra estos préstamos. La regla de oro de Basilea dicta que un banco comercial solo puede prestar aproximadamente doce euros por cada euro de capital propio destinado a cubrir el riesgo de la deuda. Los bancos, que están ansiosos por financiar el auge de los armamentos porque es un negocio extremadamente lucrativo, encuentran sus manos atadas por estas normas de prudencia financiera. La solución propuesta por los banqueros globalistas reconvertidos en políticos es crear el DSRB, una institución multilateral que no funcionará prestando su propio dinero, sino que operará como una magnífica y sofisticada máquina de transferencia de riesgo.

 

El truco del DSRB opera en tres pasos engañosamente simples, diseñados para evadir el sentido común y las regulaciones financieras. El primer paso es la emisión de bonos con calificación AAA, lo que ellos llaman eufemísticamente «dinero barato». El DSRB sale a los mercados de capital globales y emite deuda masiva. Debido a que este nuevo banco está respaldado por las garantías soberanas de los estados miembros de la OTAN y la Unión Europea, inversores institucionales como BlackRock, los fondos de pensiones globales y las compañías de seguros consideran que estos bonos son tan seguros como la deuda de una nación rica y estable. Reciben la calificación crediticia más alta posible, la AAA, y, por lo tanto, el DSRB puede pagar tasas de interés muy bajas.

 

Este es dinero barato, extraído directamente de los ahorros globales de la clase trabajadora y de los fondos de pensiones de los ciudadanos. El segundo paso es la garantía multilateral, que funciona como el truco de la varita mágica. El DSRB toma este dinero barato y no se lo presta directamente a los contratistas de defensa. En su lugar, proporciona una garantía soberana a los bancos comerciales como Deutsche Bank, JPMorgan, ING o Santander. El DSRB les dice a estos bancos: presten todo el dinero que necesiten a Rheinmetall o Leonardo para construir misiles, drones y munición. Si la empresa de defensa quiebra, sufre un revés tecnológico o no puede pagaros, el DSRB, y por ende los estados contribuyentes a través de sus tesorerías nacionales, los devolverá el dinero íntegramente.

 

El tercer paso es la multiplicación milagrosa del capital, donde la magia contable alcanza su cenit. Al poner una garantía soberana AAA sobre un préstamo de defensa que originalmente era riesgoso, las regulaciones de Basilea cambian repentinamente su cálculo de riesgo. El banco comercial ya no ve en su balance un fabricante de misiles de tamaño medio y volátil; ve un instrumento de deuda soberana libre de riesgo. Los requisitos de capital del banco para ese préstamo caen en picado, acercándose a cero.

 

De repente, en lugar de estar limitado a prestar doce euros por cada euro de capital, el banco puede prestar el doble, el triple o incluso más. El DSRB ha desbloqueado mágicamente miles de millones de euros que estaban atrapados en las bóvedas de los bancos por las regulaciones de prudencia. Un sistema de garantías que, según sus propios folletos, «desbloqueará préstamos comerciales a estas empresas, manteniendo las cadenas de suministro en movimiento y los precios estables». Esto significa que los bancos comerciales, que normalmente serían cautelosos al prestar a empresas de defensa en etapas de crecimiento, ahora tendrán garantías soberanas que eliminan el riesgo mientras mantienen las ganancias estrictamente privatizadas.

 

Esto nos lleva a la alquimia definitiva del DSRB, la transformación del dinero del contribuyente en un misil, y la extracción de beneficios en cada paso del viaje. Imagina el circuito de esta transferencia de riqueza, un ciclo perfecto de ingeniería financiera. Comienza con el ciudadano, que sin saberlo proporciona la garantía a través de la firma soberana de su gobierno. El estado firma un papel que establece que, si el contratista de defensa incumple, el tesoro nacional cubrirá la pérdida con los impuestos de su gente.

 

El ciudadano asume el riesgo total sin haber votado nunca un presupuesto militar específico para ello. A continuación, los bancos comerciales utilizan esta garantía estatal para multiplicar sus préstamos, originando miles de millones en crédito y cobrando fuertes comisiones por el privilegio de actuar como intermediarios. Los gobiernos, a su vez, compran estas armas a precios inflados, comprometiendo presupuestos nacionales a largo plazo. Los contratistas de defensa, inundados con capital barato a largo plazo, construyen sus fábricas y elaboran sus municiones. Las empresas de defensa obtienen ganancias garantizadas por contratos estatales a décadas de vista. Sus beneficios se disparan, el precio de sus acciones se aprecia en las bolsas de valores y pagan dividendos gigantescos a sus accionistas.

 

Y aquí es donde el genio oscuro del sistema alcanza su máxima expresión, pues BlackRock y los megafondos de inversión cierran el círculo y ganan en ambos lados del tablero, sin importar el resultado. En el lado de la deuda, los fondos de inversión gestionados por BlackRock, muchos de los cuales están domiciliados en el paraíso fiscal de Luxemburgo que tanto defiende Luc Frieden, compran los bonos AAA emitidos por el DSRB. Cada bono AAA genera comisiones de suscripción del 2% del valor nominal. Para lograr los 850 mil millones de euros, significa 17 mil millones de euros en comisiones, además de cobrar un interés seguro y constante, pagado en última instancia por los contribuyentes europeos y canadienses.

 

En el lado del capital, BlackRock es uno de los mayores accionistas de Rheinmetall, Leonardo, BAE Systems y Thales a través de su fondo de inversión que permite invertir en empresas europeas del sector militar y de defensa (ETF iShares Europe Defence). A medida que estas empresas recaudan miles de millones de los contratos estatales financiados por el DSRB, el precio de sus acciones se dispara, y BlackRock cobra masivas comisiones de gestión sobre los fondos y obtiene ganancias de capital extraordinarias. El contribuyente financia el riesgo, el banco origina el préstamo y cobra comisiones, la fábrica construye el misil y obtiene márgenes garantizados, y BlackRock cobra los intereses del bono y los dividendos de la acción. El dinero público se privatiza en forma de beneficios financieros de manera sistemática e incesante.

 

Este ciclo crea lo que los economistas críticos llaman el negocio de la guerra permanente, un sistema donde todos los actores con poder tienen un incentivo financiero directo, matemático y estructural para oponerse a la paz y promover la perpetuación del conflicto. Es la forma definitiva y perversa de keynesianismo militar, una doctrina económica que utiliza el gasto en armamento para estimular la economía y mantener el empleo.

 

Pero en realidad, este keynesianismo militar desvía recursos masivos lejos de la provisión social, de la transición ecológica y de la innovación civil. Es un callejón sin salida, tanto económica como políticamente, porque destruye el tejido productivo real de la nación en favor de una industria que no produce bienestar, sino capacidad de destrucción. El término «economía de guerra permanente» ya no es una advertencia de los años cincuenta; es el modelo de negocio operativo del siglo XXI.

 

La gran mentira que se le vende al electorado es que este sistema no va a endeudar a los países. Los políticos saldrán en las pantallas de televisión a asegurar que el DSRB es dinero privado, que no cuenta como deuda pública y que no afectará a los servicios sociales. Pero esto es una falacia contable basada en los llamados “pasivos contingentes”. La deuda está ahí, oculta en las sombras del balance, esperando el momento de la crisis para materializarse.

 

Cuando la burbuja estalle, o cuando los costes de los proyectos se disparen por la corrupción y la ineficiencia inherentes a los monopolios de defensa, la garantía soberana será ejecutada. En ese momento, la deuda privada de las empresas de defensa se convertirá mágicamente en deuda pública soberana. Los estados tendrán que rescatar al sistema, y lo harán subiendo los impuestos a la clase media, recortando las pensiones y privatizando aún más los servicios públicos. La estrategia de Mark Carney de construir un eje financiero entre Canadá y Europa no es más que la materialización de esta visión. Carney, con su experiencia en Goldman Sachs y Brookfield, está utilizando su posición como Primer Ministro de Canadá para canalizar flujos de capital hacia el sector de defensa, beneficiando directamente a Brookfield, BlackRock y los grandes bancos internacionales que conforman su círculo íntimo.

 

El complejo militar-industrial está evolucionando hacia un complejo militar-industrial-financiero, donde el capital de riesgo fluye hacia industrias cada vez más militarizadas, y donde la frontera entre el estado, la banca y la fábrica de armas ha desaparecido por completo. Los beneficiarios concretos de este nuevo orden son fácilmente identificables. En el sector de las empresas de defensa, los gigantes europeos y americanos como Rheinmetall, Leonardo, BAE Systems, Thales, Lockheed Martin y RTX están experimentando una edad de oro, con pedidos que superan los cientos de miles de millones de euros.

 

En el sector bancario, las instituciones internacionales como JP Morgan, Deutsche Bank, ING, Royal Bank of Canada y Commerzbank se llenan los bolsillos con comisiones de emisión, garantía y gestión de deuda. Los gestores de activos, encabezados por el oligopolio de BlackRock, Vanguard y State Street, canalizan los ahorros globales hacia este ciclo de destrucción creativa. Los centros financieros como Luxemburgo, Londres, Nueva York y Frankfurt se consolidan como los nodos por donde fluye esta riqueza extraída. Y los políticos, desde Frieden hasta Carney, pasando por la Comisión Europea y la administración de la OTAN, actúan como los gerentes de esta gran corporación transnacional, asegurándose de que el grifo del gasto público nunca se cierre.

 

Sin embargo, para entender el tablero completo de esta geopolítica del despojo, es imperativo analizar la fisura transatlántica que subyace a toda esta arquitectura financiera. Detrás de la «militarización bancaria» y el DSRB, se está librando una guerra comercial y geopolítica feroz por quién se queda con el pastel de los billones de euros que se van a gastar en rearme. Esta realidad fue brillantemente expuesta en un reciente análisis de Politico que revela las tensiones internas de la alianza.

 

Por un lado, tenemos la postura de la OTAN, liderada por su Secretario General Mark Rutte, que promueve la doctrina del «Made in NATO». Rutte y la administración estadounidense exigen que el dinero europeo se gaste comprando y coproduciendo armas con la industria militar de EEUU. El objetivo de Washington es mantener a su propia industria militar en niveles de producción récord, abaratando costes por escala y asegurando que los billones de dólares del rearme europeo terminen en las arcas de Texas, Virginia y Connecticut.

 

Por otro lado, la Comisión Europea intenta resistir con la doctrina del «compra en Europa», argumentando que, si los contribuyentes europeos pagan la factura, la industria y los empleos deben quedarse en Europa. Para ello, han diseñado mecanismos como el programa Instrumento de Acción por la Seguridad de Europa (SAFE), que moviliza 150.000 millones de euros para financiar la producción militar y la compra de armamento. Permite a los Estados miembros obtener préstamos a largo plazo para reforzar su defensa, con un mínimo del 65% del material exigido de origen europeo.

 

Pero esta fisura transatlántica es, en gran medida, una ilusión óptica diseñada para ocultar la realidad del saqueo. El Banco de Defensa, Seguridad y Resiliencia (DSRB) actúa como el puente perfecto que reconcilia ambas posturas en beneficio del capital financiero. A BlackRock o a JPMorgan les da exactamente igual si el misil lleva la etiqueta «Made in NATO» o «compra europea». Si el misil es estadounidense, BlackRock cobra dividendos en Wall Street; si es europeo, cobra en Fráncfort o Milán.

 

Las empresas estadounidenses no están perdiendo el mercado europeo; lo están capturando mediante empresas conjuntas y acuerdos de coproducción, llevándose el know-how, los márgenes de beneficio y el respaldo financiero del DSRB, mientras que los europeos ponen la mano de obra, las fábricas y el riesgo político. La supuesta «autonomía estratégica» europea es una quimera. Al aceptar la arquitectura financiera del DSRB, Europa está permitiendo que la Reserva Federal y los bancos de Wall Street dicten las condiciones de su rearme. Europa está diciendo que va a gastar el cinco por ciento de su PIB en defensa, pero en lugar de emitir deuda europea conjunta para pagarlo directamente, va a dejar que los bancos privados le presten ese dinero a través del DSRB, cobrándole intereses usureros.

 

La pregunta fundamental que debe hacerse cualquier persona consciente es si este sistema es sostenible. Históricamente, los imperios y las naciones que han priorizado el gasto militar sobre la inversión civil, que han financiero sus guerras mediante la devaluación monetaria y la deuda oculta, han colapsado. La Unión Soviética se desmoronó en parte porque no podía sostener la carga que Reagan imponía a su complejo militar-industrial. Roma cayó bajo el peso de sus legiones y la devaluación de su moneda. El sistema actual de economía de guerra permanente puede parecer sostenible a corto plazo, impulsado por la inercia financiera y la impresión de dinero, pero a largo plazo es una bomba de relojería.

 

Eventualmente, los costes superarán a los beneficios, la base imponible de los estados se erosionará por la fuga de capitales hacia los paraísos fiscales, y la ciudadanía, empobrecida por la inflación y los recortes sociales, se rebelará contra una élite que le ha vendido seguridad a cambio de esclavitud financiera.

 

La paradoja final de este sistema es que requiere la escalada continua de amenazas, la perpetuación del miedo y la imposibilidad de la paz para justificar su propia existencia. La paz no es rentable para BlackRock; la paz es un riesgo sistémico que amenaza con quebrar el modelo de negocio. Por eso, la militarización bancaria no es solo una política económica; es la declaración de guerra de las finanzas contra la sociedad, la conversión definitiva de la muerte en el activo financiero más perfecto, y la confirmación de que, en el nuevo orden mundial, la única guerra que importa es la que se libra en los balances de los bancos.

 

 

 

Fuente: eltabanoeconomista.wordpress.com

 

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lunes, 13 de julio de 2026

1416

 

LAS VENAS ABIERTAS DE AMÉRICA LATINA

Eduardo Galeano

 

 (17)

 

 

PRIMERA PARTE

LA POBREZA DEL HOMBRE COMO RESULTADO DE LA RIQUEZA DE LA TIERRA.

 

 


 

LA REVOLUCIÓN ANTE LA ESTRUCTURA DE LA IMPOTENCIA

 

  La proximidad geográfica y la aparición del azúcar de remolacha, surgida durante las guerras napoleónicas, en los campos de Francia y Alemania, convirtieron a los Estados Unidos en el cliente principal del azúcar de las Antillas. Ya en 1850 los Estados Unidos dominaban la tercera parte del comercio de Cuba, le vendían y le compraban más que España, aunque la isla era una colonia española, y la bandera de las barras y las estrellas flameaba en los mástiles de más de la mitad de los buques que llegaban allí. Un viajero español encontró hacia 1859, campo adentro, en remotos pueblitos de Cuba, máquinas de coser fabricadas en Estados Unidos. Las principales calles de La Habana, fueron empedradas con bloques de granito de Boston. Cuando despuntaba el siglo XX se leía en el Louisiana Planter:

 

«Poco a poco, va pasando toda la isla de Cuba a manos de ciudadanos norteamericanos, lo cual es el medio más sencillo y seguro de conseguir la anexión a los Estados Unidos».

 

En el Senado norteamericano se hablaba ya de una nueva estrella en la bandera; derrotada España, el general Legnard Wood gobernaba la isla. Al mismo tiempo pasaban a manos norteamericanas las Filipinas y Puerto Rico. «Nos han sido otorgados por la guerra —decía el presidente McKinley incluyendo a Cuba—, y con la ayuda de Dios y en nombre del progreso de la humanidad y de la civilización, es nuestro deber responder a esta gran confianza».

 

  En 1902, Tomás Estrada Palma tuvo que renunciar a la ciudadanía norteamericana que había adoptado en el exilio: las tropas norteamericanas de ocupación lo convirtieron en el primer presidente de Cuba. En 1960, el ex embajador norteamericano en Cuba, Earl Smith, declaró ante una subcomisión del Senado:

 

«Hasta el arribo de Castro al poder, los Estados Unidos tenían en Cuba una influencia de tal manera irresistible que el embajador norteamericano era el segundo personaje del país, a veces aún más importante que el presidente cubano».

 

 

Cuando cayó Batista, Cuba vendía casi todo su azúcar en Estados Unidos. Cinco años antes, un joven abogado revolucionario había profetizado certeramente, ante quienes lo juzgaban por el asalto al cuartel Mancada, que la historia lo absolvería; había dicho en su vibrante alegato:

 

«Cuba sigue siendo una factoría productora de materia prima. Se exporta azúcar para importar caramelos…».

 

 

Cuba compraba en Estados Unidos no sólo los automóviles y las máquinas, los productos químicos, el papel y la ropa, sino también arroz y frijoles, ajos y cebollas, grasas, carne y algodón. Venían helados de Miami, panes de Atlanta y hasta cenas de lujo desde París. El país del azúcar importaba cerca de la mitad de las frutas y las verduras que consumía, aunque sólo la tercera parte de su población activa tenía trabajo permanente y la mitad de las tierras de los centrales azucareros eran extensiones baldías donde las empresas no producían nada. Trece ingenios norteamericanos disponían de más de 47 por ciento del área azucarera total y ganaban alrededor de 180 millones de dólares por cada zafra. La riqueza del subsuelo —níquel, hierro, cobre, manganeso, cromo, tungsteno— formaba parte de las reservas estratégicas de los Estados Unidos, cuyas empresas apenas explotaban los minerales de acuerdo con las variables urgencias del ejército y la industria del norte. Había en Cuba, en 1958, más prostitutas registradas que obreros mineros. Un millón y medio de cubanos sufría el desempleo total o parcial, según las investigaciones de Seuret y Pino que cita Núñez Jiménez.

 

  La economía del país se movía al ritmo de las zafras. El poder de compra de las exportaciones cubanas entre 1952 y 1956 no superaba el nivel de treinta años atrás, aunque las necesidades de divisas eran mucho mayores. En los años treinta, cuando la crisis consolidó la dependencia de la economía cubana en lugar de contribuir a romperla, se había llegado al colmo de desmontar fábricas recién instaladas para venderlas a otros países. Cuando triunfó la revolución, el primer día de 1959, el desarrollo industrial de Cuba era muy pobre y lento, más de la mitad de la producción estaba concentrada en La Habana y las pocas fábricas con tecnología moderna se teledirigían desde los Estados Unidos. Un economista cubano, Regino Boti, coautor de las tesis económicas de los guerrilleros de la sierra, cita el ejemplo de una filial de la Nestlé que producía leche concentrada en Bayamo: «En caso de accidente, el técnico telefoneaba a Connecticut y señalaba que en su sector tal o cual cosa no marchaba. Recibía en seguida instrucciones sobre las medidas a tomar y las ejecutaba mecánicamente… Si la operación no resultaba exitosa, cuatro horas más tarde llegaba un avión transportando un equipo de especialistas de alta calificación que arreglaban todo. Después de la nacionalización ya no se podía telefonear para pedir socorro y los raros técnicos que hubieran podido reparar los desperfectos secundarios habían partido». El testimonio ilustra cabalmente las dificultades que la Revolución encontró desde que se lanzó a la aventura de convertir a la colonia en patria.

 

  Cuba tenía las piernas cortadas por el estatuto de la dependencia y no le ha resultado nada fácil echarse a andar por su propia cuenta. La mitad de los niños cubanos no iba a la escuela en 1958, pero la ignorancia era, como denunciara Fidel Castro tantas veces, mucho más vasta y más grave que el analfabetismo. La gran campaña de 1961 movilizó a un ejército de jóvenes voluntarios para enseñar a leer y a escribir a todos los cubanos y los resultados asombraron al mundo: Cuba ostenta actualmente, según la Oficina Internacional de Educación de la UNESCO, el menor porcentaje de analfabetos y el mayor porcentaje de población escolar, primaria y secundaria, de América Latina. Sin embargo, la herencia maldita de la ignorancia no se supera en una noche y un día, ni en doce años. La falta de cuadros técnicos eficaces, la incompetencia de la administración y la desorganización del aparato productivo, el burocrático temor a la imaginación creadora y a la libertad de decisión, continúan interponiendo obstáculos al desarrollo del socialismo. Pero pese a todo el sistema de impotencias forjado por cuatro siglos y medio de historia de la opresión, Cuba está naciendo, con entusiasmo que no cesa, de nuevo: mide sus fuerzas, alegría y desmesura, ante los obstáculos…

 

(continuará)

 

 

 

[ Fragmento de: Eduardo Galeano. “Las venas abiertas de América Latina” ]

 

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viernes, 3 de julio de 2026

 

 

1415

 

 

DE LA DECADENCIA DE LA POLÍTICA EN EL CAPITALISMO TERMINAL

Andrés Piqueras

 

 (50)

 

 

PARTE II

Del in-politicismo teórico-práctico

 

 

Laclau y Mouffe

 

 

Capítulo 10

 

UN REPASO A LOS PORQUÉS DEL (ÉXITO DEL) POPULISMO

Y A SU CONVERSIÓN EN BASAMENTO DE LOS

“POSTMARXISMOS”

 

(…) Repitamos una vez más el argumento: el declive del valor-capital, la paulatina ruina de la sociedad de la mercancía, reduce los márgenes de la política (institucional) y por tanto la posibilidad de incidencia de la sociedad en ella (proceso que ha dado lugar a la que se ha venido designando como fase “postpolítica”; aunque en realidad sería más preciso llamarla “postdemocrática”). Eso quiere decir que el Sistema segrega in-política, sobre todo como “anti-política”, en el cuerpo social, en cuanto que expresión de la dominación de clase, anegando el imaginario colectivo. Derechas e izquierdas del Sistema, organizadas para la contienda en la política institucional –contácticas por lo general restrictivamente electoralistas– devienen cada vez más, entonces, por fuerza, “populistas”. Resulta lógica también, por ende, la coincidencia de dos grandes líneas izquierdistas postmodernas de entender la política:

 

a. Los ya explicados “izquierdismos populistas integrados e integradores”, capaces de combinar las aparentes contradicciones de horizontalismo y liderazgos carismáticos, democratismo y consignas verticales, calle y poltronas. Éstos sí buscan al Estado, para ocuparle (que no transformarle ni liquidarle), pero a cambio carecen de un proyecto fuerte. Cualquier envite les deja sin respuestas frente a los Grandes Poderes. Porque no cimentaron tejido social consistente, porque no vienen de organizaciones sólidas y arraigadas, porque no surgen de sujetos universalistas previamente constituidos, porque no construyeron fuerza social.

 

b. Los “izquierdismos basistas” y su síndrome del horizontalismo, sobre los que entraré un poco más abajo, en este capítulo.

“La crisis de la izquierda es un caldo de cultivo perfecto tanto para el pragmatismo posibilista como para el refugio en el gueto político. No obstante, no existe una simple oposición ni contradicción entre ambas vías, sino una doble relación bastante evidente que las vincula. En primer lugar, ambas son respuestas en falso a la derrota de la izquierda, ambas asumen e integran como tales una parte de la ideología hegemónica. Si el realismo de izquierda asume el típico reduccionismo de la exclusividad de la política del Estado, desde el radicalismo movimientista se adopta también una posición antipolítica operando el reduccionismo contrario, pero realizando igualmente la separación liberal entre la sociedad civil y la sociedad política. En segundo lugar, ambas tendencias surgen históricamente a partir de una aceptación por parte de la izquierda de la despolitización de la economía y una ocultación del antagonismo de clase, lo que supone una aceptación implícita de que el capitalismo ha venido para quedarse. En tercer lugar, el realismo de izquierda se complementa bastante bien con unos movimientos sociales declaradamente apolíticos. Una izquierda de base apolítica que se fortalece pero que no tiene un proyecto alternativo de sociedad a nivel del Estado, ni tampoco tiene capacidad para hacerlo desaparecer u organizar la sociedad de otra manera, requiere de una izquierda estatal adecuadamente segregada, carente de espacios de intermediación (…) El autonomismo busca una transformación utópica renunciando a hacerlo en una escala en la que sea realmente significativa, mientras que el realismo de izquierda supone una renuncia formal a cualquier transformación sustantiva. No son lo mismo, pero son un síntoma de lo mismo, de la ausencia de un cuerpo para un sujeto político, de la ausencia de una voluntad política de transcender la sociedad capitalista” (Romano y Díaz, 2018).

 

 

Los izquierdismos basistas, cuando logran mantenerse no incorporados al populismo, se hacen, en parte como reacción, en parte como profesión de fe anarquista, en parte como efecto de la propia ideología metabólica, crecientemente “anti-políticos” en propios términos declarativos. Este es el regalo envenenado de la “in-política” (con sus expresiones tardías de “postpolítica” e “infrapolítica”) que segrega el Sistema: no hay necesidad de la lucha política para conseguir emanciparse de las relaciones sociales del capital. Eso de conquistar poderes institucionales y mucho menos el del Estado es cosa no sólo inviable y sin importancia, sino incluso reprobable (si tomamos los poderes no haremos sino reproducir poderes). Por eso en vez de asaltar esos poderes, debe bastarnos con controlar y vigilar a los existentes, o aún más descabellado, deshacerles mediante cambios individuales. Se trata de llevar a cabo, simplemente, la negación de los Poderes (y como infantes que al cerrar los ojos creen que nadie les ve, esperar que los Poderes dejen de existir), más que de albergar un proyecto político alter-sistémico coherente.

 

Y los Poderes mientras tanto, claro está, frotándose las manos.

 

Esa izquierda ideal es la misma que celebra el colapso de las experiencias rupturistas con el capitalismo como un triunfo de la libertad, acoge como una bendición el supuesto fin del Estado, busca la solución de los problemas sociales en el pretendido empoderamiento ilimitado de los individuos a través de la ampliación de los derechos individuales. Cree que la realidad y el mundo pueden ser cambiados ‘partiendo de cada quien’, haciendo cambios moleculares, siempre horizontales, sin consideración de los elementos fácticos que oprimen tanto cuerpos como voluntades. Pretende, en definitiva, la enajenación de la política respecto de la sociedad, como si fueran esferas no sólo separadas sino incompatibles (Formenti, 2020).

 

Buscando la solución en cuestiones entre místicas y anacoretas, en todo caso tan peregrinas como ‘el nomadismo’, el ‘éxodo’, la experimentación de un ‘poder destituyente’ en el interior de cada persona, ‘nocturnidades’ o ‘agujeros en la noche’. Utopismos de nuevo tipo que, como los del siglo XIX, pretenden conseguir mundos nuevos desertando de cualquier mediación (Garo, 2019). Hostiles a toda forma de organización estable y regulada, terminan por cambiar las formas delegativas de decisión por la apariencia de democracia permanente que proporcionan los referenda en movimientos a los que cada quien se vincula o participa “a la carta”, por lo general intermitentemente y con una gran variedad de niveles de compromiso, aunque para la mayoría el mismo resulta ser bajo o muy bajo, con lo que a la postre tienden a ser unas escasas minorías las que terminan decidiendo. La ausencia de cuerpo militante y organizado lleva a que por lo común estas expresiones movimientistas desaparezcan de la misma manera que aparecieron, como llamaradas fugaces.

 

Confundiendo en todos los casos lo político-institucional con la Política en toda la completitud de sus dimensiones, presente incluso para decidir enfrentar o no los imperativos de la mercantilización, monetarización y valorización que conforman el metabolismo social, el proceso de producir y asignar la plusvalía, como la propia riqueza social en todas sus manifestaciones. Frente a la ilusión de la insurrección y de la unidad espontáneas, la Política media siempre la actividad social, así como la interacción de ésta con el hábitat; también en cómo se reajusta con todo ello la propia constitución de los agentes sociales y de la conciencia.

 

Como quiera, sin embargo, que los “post-marxismos” (como los “neo marxismos”) se precian de desconsiderar la importancia de los factores materiales en las divisiones internas que sacuden a los agentes sociales y en los procesos de formación de conciencia que les son más probables, de sus planteamientos luego trasladados a la agencialidad social emana una suerte de retorno a la “clase universal”, al mito de la sociedad unida, “la comunidad de iguales” más allá de las clases; se proclama al neo-pueblo (variante “post” de la multitud) como la clase-no clase que incluye o representa a todas las demás, predispuesta tan permanente como naturalmente a la liberación. Es como si hubiéramos pasado de una fase de clases sin luchas (keynesiana) a otra de luchas sin clases (“biocapitalista”) (Balibar, 1997). Mas la “clase universal” no existe en ningún modo de producción clasista, y en todo caso un pueblo, como alianza de clases, como población consciente de los factores de explotación dominación a los que está sometida y que opta por superar, es algo muy arduo de construir, que requiere muchas dosis de Política en grande (en el tejido social metabólico del capital), además de tender a ser una construcción reversible e inestable.

 

Al populismo integrador de izquierdas poco le inquieta todo ello, pues “no tiene otro objetivo que hacerse con la maquinaria del Estado para dar un giro en las políticas del neoliberalismo, como ha expresado Chantal Mouffe mucho más explícitamente que Laclau en multitud de artículos y entrevistas. Esta creencia en la posibilidad de ‘usar’ el Estado contra la minoría dirigente (la casta) procede del planteamiento de autonomía de las estructuras de la sociedad, cuya naturaleza no está definida y son sólo un producto ‘relacional’ de la articulación de diferentes elementos” (Sanz: 2015).

 

Aquí es donde se ve en todo su esplendor la “ingenuidad” laclauniana respecto de que se puede usar el Estado contra la clase dominante sin una profunda transformación estructural y de correlación de fuerzas, sin daños ni costos sociales ni políticos para las poblaciones implicadas. Forma parte de esa aséptica ingeniería social que pretende su populismo y que quiere hacer creer a las gentes que instituciones y poderes sistémicos se suicidarán sin presentar batalla. Basta con tener capacidad de construir un relato fuerte, aglutinante, tener una gran capacidad de convencer, y después votar y salir a la calle con globos y silbatos, porque Laclau, a la postre, define al capitalismo no como un modo de producción, con Poderes sistémicos letales enraizados en su metabolismo, sino como una formación hegemónica, susceptible de ser modificada discursivamente.

 

Cuán diferentes eran los planteamientos de Gramsci, para quien las clases subordinadas (en cuanto que “bloque histórico”) no “toman el poder”, se hacen Estado para que transitoriamente, mientras existe, deje de ser una entidad distinta de la sociedad. Es la dinámica expansiva de la sociedad que, con palabras claras y sencillas, Gramsci denomina “transformación molecular de los grupos dirigidos en grupo dirigente” (en Burgio, 2007). Para ello hay un reto ineludible, que consiste en levantar formas de organización de nuestras fuerzas que sean capaces de contener las reacciones de las viejas clases dominantes, que enfrenten sus contrarrevoluciones, que además encuentren asociados en las distintas capas sociales y poderes que se tambalean con el proceso emancipatorio, pero que al tiempo no limiten la propia expansión emancipatoria de cara a la superación de la sociedad del capital Formenti (2020). Casi nada. Un reto demasiado grande para tanta pequeñez in-política, por lo que en vez de ocuparse mínimamente de ello, los “post” y “neo” marxismos (como tanta teoría movimientista-autonomista “postmoderna”) se complacen demasiado a menudo en formular abstracciones diletantes, ajenas a cualquier praxis sociopolítica tangible, recreándose bien en sus populismos, bien en sus “basismos” inofensivos. Mientras, el modo de producción capitalista profundiza sin descanso y sin freno la destrucción de la sociedad y el hábitat planetario (Piqueras, 2017). Porque en tanto no se interrumpa al menos la coordinación política de sus procesos metabólicos, un capital en degeneración se hace necesariamente más despótico y destructivo. ¿Cómo vamos a conseguir a gran escala “horizontalidades”, “comunes”, “sinergias”, “desbordes”, “relaciones espontáneamente bonitas” en medio del estado de excepción permanente (cada vez más literal) al que hoy nos somete el capital?

Recordemos:

 

“La pérdida de confianza en la acción política no ha provocado un despertar libertario sino que ha producido el fortalecimiento del polo del capital durante décadas” (Waites, 2004).

 

Termino aquí con esta densa cita de Nahuel Martín:

 

“La visión pluralista o posmoderna de una multiplicidad de luchas no centradas en una contradicción fundamental conduce probablemente al abandono de todo horizonte emancipatorio para la acción y a la ampliación de derechos democráticos en el marco del capitalismo como aspiración máxima de una política de izquierdas. Contra esta visión, mostramos que la sociedad moderna está organizada en sentido de totalidad, que posee una contradicción estructural (entre su forma actual y las potencialidades liberadoras que encierra pero no puede realizar), que la ‘multiplicidad’ de políticas de la identidad o la subjetividad de los nuevos movimientos sociales inhiere en esa contradicción estructural; que las contradicciones de la lógica capitalista están ligadas indisolublemente a la dominación de clase de la burguesía. Lejos del pluralismo que niega la prelación omnicomprensiva de la lógica del capital, intentamos mostrar que hay una contradicción estructural y global en el despliegue del proyecto de la modernidad y que los nuevos movimientos sociales están irresolublemente ligados a esa contradicción. Esto significa que sus políticas pueden aportar significativamente al despliegue del proyecto marxista de la emancipación social, comprendida como el desarrollo de la multilateralidad de las capacidades humanas más allá de las coacciones estructurales de la lógica del capital. Por otra parte, nuestro análisis intenta integrar la crítica de la dominación de clase, mostrando que la dinámica capitalista no se limita al fenómeno de la explotación. La explotación de clase en el capitalismo está imbricada estructuralmente con las contradicciones objetivas y subjetivas de la dinámica del capital y ambas son indisociables. Esto significa que no es posible analizar la dinámica de la sociedad moderna desconociendo la lucha de clases; pero, al mismo tiempo, no hay una relación de causalidad mecánica entre la lucha de clases y los fenómenos de la subjetividad, la ideología, la cultura o la identidad. La relación entre ambos planos, en cambio, es de imbricación estructural.

El capitalismo supone tanto un régimen de explotación como una mutación del vínculo social. Ambos están asociados irremediablemente y todo proyecto emancipador anticapitalista debe articular la lucha de clases (entendida como lucha por la abolición del trabajo proletario antes que como lucha por reducir cuantitativamente la explotación) y la disputa por la construcción de formas de identidad y subjetividad capaces de realizar el proyecto de la autodeterminación individual y colectiva más allá de los límites del capital (antes que como lucha por la ampliación de derechos democráticos en el marco del capitalismo). Esas dos caras de la disputa están ligadas estructuralmente y constituyen el doble signo de toda política anticapitalista consistente” (Martín, 2014).

 

 

Si el capitalismo tiende a clausurar la política dentro de los márgenes del valor, la decadencia de éste le hace estrechar cada vez más la política. Una manera de mostrar ese achicamiento pasa por inyectar in-política o directamente anti-política en el cuerpo social, incluyendo, claro está, al ámbito académico. Con ello se consigue la unilateralidad de la Política, que quede en manos exclusivamente de unas u otras de las personificaciones del capital o de sus agentes, dejando cada vez más indefensa al resto de la sociedad. Enfrentar todo ello requiere de una gran reconstrucción de la Política en la totalidad de sus dimensiones metabólicas, esto es, tanto moleculares como meso-estructurales como rectoras, teniendo en cuenta que el propio movimiento del valor-capital proporciona aperturas indeseadas para las personificaciones del Capital, trastoca posiciones, identidades e intereses, permitiendo moverse también a la sociedad en función de las grietas, fracturas, des-identidades y marginaciones que ese movimiento va dejando. Los movimientos de la sociedad contra los movimientos del valor pueden desarrollarse en torno a una alta variedad de divisiones internas al todo, pero siempre estarán condicionados por ese todo, y cualquier proyecto emancipador no puede centrarse en una sola de sus fracturas o fallas, sino en la totalidad capitalista. Engarzar emancipatoriamente esas fracturas nunca es sólo una cuestión discursiva, hay siempre que partir del antagonismo intrínseco que entraña la reproducción ampliada de capital y saber identificar las contradicciones básicas a partir de las que nacen los agentes más decisivos en cada fase-forma del capital, como expresiones concretas de ese antagonismo, para poder articular con real potencialidad transformadora las múltiples, expresiones de fractura que le acompañan.

 

 

 

CUADRO 10. Resumen: algunas consideraciones sobre el populismo de izquierdas a partir de Laclau, siguiendo

especialmente la visión de Romano y Díaz (2018)

 

 

El carácter plural y multifacético de las luchas sociales con temporáneas (ha de entenderse posteriores a los años setenta) habría disuelto el fundamento último del imaginario político basado en sujetos universales y una historia singular. La propia lógica del capital es cuestionada desde la perspectiva neomarxista. El desarrollo del capitalismo –si este término tiene algún sentido en la teoría de estos autores– no sería el efecto de las leyes de la competencia y de las exigencias de la acumulación. Al final, el desarrollo de las fuerzas productivas o el proceso de trabajo serían solamente ámbitos de lucha política que pueden ir en una dirección o en otra. Esto conduce a la idea de la autonomía de lo político. Lo polí tico contaría con una autonomía respecto de la estructura económica. No existiría una determinación de la esfera política por la cuestión económica, por lo que la crisis del capitalismo, los procesos de proletarización o el papel de la burguesía nacional pasarían a ser fetiches marxistas sin unas implicaciones políticas que vayan necesariamente en uno u otro sentido. Se plantea, así, una lógica antiesencialista, de la contingencia, y la superación del carácter clasista de los agentes sociales.

 

Enlazando con el postmarxismo, la hegemonía sería el campo en el que se articulan una variedad de luchas autónomas y reivindicaciones particulares entre las que se establece una lógica de equivalencia. Así, Laclau y Mouffe proponen una redefinición del proyecto socialista en términos de una radicalización de la democracia liberal. La nueva misión de la izquierda no sería luchar contra la ideología liberal democrática sino lo contrario, profundizarla y expandirla en la dirección de una democracia plural y radicalizada. Una democracia que articule la irreductible multiplicidad de luchas contra diferentes tipos de subordinación: de clase, sexual, étnica, ecológica, etcétera. Pero esa misma postura implica renunciar a la politización de la economía, asumir los principales presupuestos del liberalismo incluyendo la independencia de la esfera política del Estado y eliminar el foco del antagonismo principal en las clases sociales. En última instancia, esto conlleva a renunciar a plantear una crítica al capitalismo y a proponer un horizonte no capitalista para la sociedad. La política, entonces, se reduce a una serie de estrategias oportunistas para conseguir una precaria hegemonía (“hegemonía débil”), con lo que los autores sustituyen la teoría revolucionaria por una teorización de la demagogia politica. Pero como afirma Eagelton contra Laclau y Mou e, la relación entre ciertas posiciones sociales y ciertas formas políticas es necesaria, lo que no quiere decir que sea inevitable o automática. Las preguntas a hacerse aquí serían, ¿Hegemonía para qué? ¿Poder para qué? Por sí solos se reducen a un mecanismo para lograr la consecución del poder que se desentiende del problema fundamental, es decir, para qué usar el poder.

 

La política antipolítica es finalmente el triunfo de las ideas liberales de izquierda, que sostienen que los ideales burgueses de libertad e igualdad son propiedades reales y autónomas alcanzables mejorando el modelo de democracia liberal y economía de mercado. Marx, por el contrario, sugiere que la dimensión ideológica de la libertad y la igualdad liberales está incrustada de manera intrínseca en la realidad capitalista, como mecanismo de ocultación del carácter irrealizable de esta libertad e igualdad en el Sistema. Parafraseando a Jameson, lo único que puede ocurrir es que desaparezca el sistema que las genera para abolir los ideales de libertad e igualdad junto con la práctica de ausencia de libertad y de desigualdad.

 

En consecuencia, el populismo, lejos de ser lo político en tanto tal, siempre implica una despolitización, una naturalización de la política, en tanto que elimina el antagonismo interno que hace posible un acto realmente político. Reivindica la revolución, en teoría, pero la repudia en la práctica. El intríngulis sin salida, en general, del postmarxismo asociado al espontaneísmo autonomista es la renuncia a la revolución, al quedarse con el momento bonito no asumiendo los problemas, conflictos y la “inmoralidad” que implicaría la revolución. Autonomismo y posibilismo no están dispuestos a pagar el precio de una transformación radical de la sociedad. Haciendo eco del discurso liberal anticomunista de la Guerra Fría, asumen que aquélla implica necesariamente el terror, frente al cual es mejor acomodarse al orden positivo existente. Consiguientemente, el libertarismo posmoderno abre caminos para la política fuera del fetiche del Estado, al mismo tiempo que cierra otros que hacen imposible el desarrollo exitoso de una subjetividad política con capacidad de llevar a cabo una transformación social duradera y a una escala relevante.

 

 

Infortunadamente, las elaboraciones “neo” y “post” marxistas impregnan de forma creciente el cuerpo teórico-práctico de los principales movimientos transformadores de la sociedad, como el feminista y el ecologista, pero también los anti-racistas, des-coloniales o post-coloniales, antiglobalistas, cooperativos y un demasiado largo etcétera.

Aquí nada más voy a hacer unos breves comentarios al respecto de algunos de ellos (para los que habrá que dedicar mayor detalle en una próxima ocasión, así como para otros de esos movimientos que ahora no podremos abordar). Sólo me referiré, pues es el objetivo de esta obra, a los aspectos práxicos de los mismos en el camino de la transformación sistémica emancipadora…

 

(continuará)

 

 

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