viernes, 14 de agosto de 2026

 

 

1422

 

DE LA DECADENCIA DE LA POLÍTICA EN EL CAPITALISMO TERMINAL

Andrés Piqueras

 

(51)

 

 

 

 

 

PARTE II

Del in-politicismo teórico-práctico

 

 


 


 

10.1.

Lo postmoderno y lo “postmarxista” contagian los movimientos de emancipación

 

Al otro lado de la in-política, pero a la vez compartiendo con Laclau elementos potsmodernos y “postmarxistas”, hay una tendencia cada vez más extendida en buena parte de las elaboraciones ideológico-teóricas y en el accionar de nuestros movimientos sociales, paradójicamente tanto más extendida y arraigada cuanto más se deterioran las condiciones de vida de las poblaciones: la desconsideración (del poder) del Estado, para centrarse en la “transversalidad” de lo social, en lo molecular solamente, los “microespacios”, los “micropoderes”. Tal tendencia es congruente con la despolitización de la sociedad y su artificial separación del Estado, como si aquélla fuera una entidad ajena a las relaciones políticas y de poder. El dogma de que el Estado no puede ser usado para nada positivo (hoy seriamente puesto en evidencia con la pandemia del covid-19, sin ir más lejos), la máxima de que basta con “desbordar” por abajo a los poderes institucionales, reemplaza a los objetivos de “conquista” de esos poderes con el fin de redireccionarlos y rehacerlos como vectores de fuerza en favor de la sociedad.

 

 

“La protesta y la movilización permanentes sobre cuestiones concretas y particulares, sustituye a los proyectos y alternativas globales. La credulidad en una suerte de ‘capitalismo social’, que irá alterándose hacia el ‘buencomunismo’ (nada de un ‘socialismo de Estado’ como paso intermedio, que no hará sino reproducir las dominaciones)” (Formenti, 2020).

 

 

Una vez más cabe insistir: según se degrada el valor también la teorización académica de la fase neoliberal y post-neoliberal asume la in-política. En medio de la corrosión del capital, la degradación social y la quiebra individual, más proliferan, acorde con ello, insistentes empeños (a veces parecidos a intentos desesperados) por encontrar nuevos sujetos, por aferrarse a “micro construcciones” y empoderamientos por lo general imaginados, al tiempo que se reniega de la política en su relación con el Poder del capital y sus ramificaciones institucionales (o puestos de mando). Y esto es grave, porque si falla la teoría de quien a menudo no tiene otra arma de lucha, hierra también la proyección social y política de sus acciones y propuestas. Se divorcia estérilmente la ruptura (revolución) política de la ruptura epistémica, cultural y social, la famosa “transformación desde abajo”. No voy a entrar en el análisis de unas u otras corrientes, como la del postcolonialismo (por lo general multiplicadoras de diferencias frágiles para olvidar las desigualdades fuertes). Tampoco en las numerosas disputas internas que arrastra el feminismo, y por supuesto menos aún en la teoría corporativa de mujeres que se dice “feminista” al tiempo que compatible con el capitalismo. Me ocupo en el siguiente apartado de la proyección altersistémica del(os) feminismo(s). Sólo haré una breve incursión para intentar indicar algunos de los peligros que, como en el caso del marxismo, recorren en ese sentido a este imprescindible movimiento teórico-práctico.

 

 

 

10.2.

Feminismo a lo Federici. Breves consideraciones sobre el feminismo “post”

 

Algunas de las divisiones del feminismo, entre las que se encuentra una porción de sus más importantes teóricas, han ido dejándose arrastrar por la deriva postmoderna (en parte como resultado de la ofensiva de los propios poderes fuertes para dividir y desarbolar el feminismo y su enorme carga de profundidad anticapitalista –además de anti-patriarcal, claro–), entrando en ocasiones incluso en la órbita de las elaboraciones “postmarxistas”.

 

La secuencia de esa deriva en ciertas maneras de entender el feminismo ha estado bien sintetizada por Formenti:

 

 

“El feminismo de clase, anti-capitalista, de mediados del siglo XX, contribuyó de forma muy importante al análisis del papel de los procesos reproductivos en la dinámica del valor y del capitalismo en general. El feminismo que comenzó a tener auge a partir de los años 80 marcó su carácter de clase (de clase media), desplazando el interés de las cuestiones de poder a las de ‘reconocimiento’. Se apuntaba a prácticas de ‘autoconciencia’ y de politizar lo personal, al tiempo que se despolitizaba lo político, mientras lo feminista se incardinaba en los ‘nuevos movimientos’, comprometidos con la reivindicación de derechos individuales y civiles. Las políticas de ‘redistribución identitaria’ acompañaban al hundimiento de las políticas de ‘redistribución de la renta’. Cuando ya en el siglo XXI el movimiento adquiere dimensiones de masas, se basa ante todo en propuestas de tipo equiparatorio entre hombres y mujeres. Es decir, que las mujeres puedan hacer todo lo que hacen los hombres: ministras, soldadas, toreras, empresarias, ejecutivas, banqueras... el capitalismo y el feminismo tienen así trazado el camino para su confluencia. En realidad para la absorción de éste por aquél” (2020).

 

 

Pero repasemos, por lo que aquí nos ocupa, ciertos puntos de arranque de buena parte de la crítica feminista al marxismo, porque de ahí derivan, a mi entender, algunos de los enredados recorridos emprendidos después.

 

a. Hay una insistente crítica feminista al productivismo restringido basado en el valor, para hacer hincapié en las relaciones de producción y reproducción de la fuerza de trabajo.

 

b. En general, esa crítica ha generado un cambio decisivo más allá del punto de vista de la producción del valor al de reproducción y, en particular, de la reproducción social, convergente con los argumentos sobre una “acumulación primitiva permanente”.

 

 

c. Las feministas rechazaron la centralidad que el marxismo ha asignado históricamente al trabajo industrial y a la producción de materias primas como los sitios cruciales para la transformación social, y señalaron por contra la decisiva importancia de las luchas en el ámbito de la producción-reproducción de los seres humanos y de la fuerza de trabajo en concreto.

 

 

d. Proponen, por eso, reinterpretar la relación recíproca entre las diferentes formas de explotación sin conformarse con una noción de tendencia a partir de la cual otras formas de trabajo puedan considerarse residuales o secundarias.

 

 

Diría que es difícil para un marxista no estar de acuerdo con lo que subyace a estos planteamientos, que son susceptibles de expandir el sustrato teórico de Marx y Engels, proporcionándole más alcance. El problema es por una parte que no son del todo justos con la elaboración del marxismo, precisamente, por lo que a esos puntos toca; y por otra que poco se avanza si se cambia la prioridad del foco de análisis de un ámbito social a otro (de la producción a la reproducción), en vez de contemplarles indisociablemente vinculados en la totalidad capitalista. Y esa parcialidad que se traduce en no pocas ocasiones en un alejamiento del materialismo histórico-dialéctico, es lo que ha provocado algunas importantes carencias de ciertos feminismos en cuanto a las posibilidades concretas de articulación de sujetos capaces de llevar a cabo una transformación política radical.

 

¿Qué plantea en ese sentido una parte importante del feminismo actual? Fijémonos, para comenzar, en una de sus figuras más destacadas en la segunda mitad del siglo XX y más citadas aún hoy: Maria Mies. Justamente en su obra de gran alcance teórico, a la que remiten más citas, precisa esta autora con agudeza su crítica a Marx y Engels:

 

 

“Esta distinción entre proceso ‘natural’, relacionado con la ‘producción de seres humanos o procreación’ (es decir, ahistórico), y los procesos históricos, relacionados con el desarrollo de los medios de producción y de trabajo, es lo que ha hecho que no fuera posible desarrollar una concepción materialista histórica de las mujeres y de su trabajo dentro de la teoría marxista. El concepto idealizado del trabajo de las mujeres (natural, biológico) en la producción de seres humanos como un hecho ‘natural’ ya había sido manifestado claramente en el anterior estudio de Marx y Engels, La ideología alemana” (2019).

 

 

E insiste en poner de relieve cómo el “trabajo libre” asalariado está basado en el “trabajo no-libre” de las mujeres. A partir de ahí desarrolla Mies las carencias de la obra de esos dos autores, de manera que según ella dejan a las mujeres “fuera de la historia”. No voy a discutir estas premisas, que contienen esa parte de razón a partir de la cual hilar para mejorar el tejido recibido, si ese fuera el objetivo en lugar de (intentar) deshacerse de él (como a menudo es el caso, lo que ha conducido a no pocas contradicciones y atolladeros teóricos). Sólo vamos a centrarnos en la parte propositiva de esta autora por lo que respecta a la transformación social.

 

Nos habla, en tal sentido, de albergar un concepto feminista del trabajo, el cual debe partir de desafiar la división entre tiempo socialmente necesario y tiempo de ocio. Esto pasa por adquirir también otra concepción del tiempo, distinta a la “economía del tiempo marxista”, para la cual trabajar deje de ser un sometimiento, sino

 

 

“Un concepto en el que el tiempo de trabajo y el de descanso y diversión se alternan y entremezclan. Si prevalece este concepto y este tipo de organización del tiempo, la longitud de la jornada laboral se vuelve irrelevante. Porque un día largo de trabajo o incluso toda una vida llena de trabajo no se sentiría como una maldición sino como una fuente de plenitud y felicidad humanas” (2019).

 

 

Como tercer punto del concepto feminista del trabajo aboga por el mantenimiento del trabajo como una interacción directa y sensual con la naturaleza, con la materia orgánica y con los organismos vivos. Un cuarto elemento nos lleva a que el trabajo mantenga su sentido de finalidad y el carácter de utilidad y necesidad para quienes lo llevan a cabo y para quienes se encuentran en torno suyo. Y finalmente requiere de la abolición de la división y la distancia entre producción y consumo. Todo ello va en el camino de conseguir una economía alternativa, que tenga por principios la autarquía (como cuasi-su ciencia) y la descentralización. En esa economía alternativa los hombres han de compartir la responsabilidad de la producción inmediata de la vida.

 

 

¿Bonito verdad? Demasiadas de las elaboraciones feministas están basadas en el mundo fantástico que se quiere conseguir, sin tener ningún programa práctico por medio. Sólo los deseos de que sea así y propuestas hechas a menudo en el vacío (sin análisis de fuerzas, de posibilidades de detentar medios de producción y de socialización y organización social, de contrarrestar poderes o no, etc.). El problema, como muestra el materialismo histórico-dialéctico, mal que no suela abordarse por una parte del feminismo teórico, es precisar cuáles son las circunstancias “objetivas” que permiten o no en mayor o menor medida unos u otros objetivos, más allá del idealismo o del voluntarismo, e incluso del construccionismo microsocial o “autonomismo”, que no sólo no tiene porqué extenderse necesariamente al conjunto social, sino que de hecho, con los poderes institucionales (político-policíaco-militares-culturales educativos-económicos) incólumes, tiene pocas posibilidades de hacerlo, más allá de pequeños núcleos sociales, por lo que todo logro en esa vía estaría en alta y perpetua amenaza de reversión. En el caso concreto que traigo a colación habría que preguntarse, igualmente, tras aquel primer análisis, quiénes son los sujetos capaces de llevar a cabo aquellos objetivos (más allá de lograr mantener en ocasiones ciertas condiciones de supervivencia, ya de por sí esfuerzo heroico en muchos casos), a partir de qué condiciones de vida, contexto político o condicionamientos estructurales en general. En el punto extremo de estos planteamientos feministas idealistas, podríamos llegar a formular una pregunta decisiva, si negamos como antagonista básico al sujeto “proletariado”, o al sujeto “clase trabajadora”, ¿existe o puede existir el sujeto Mujer como fuerza social articulada altersistémica, como agente capaz de transcender el capitalismo? O para decirlo un poco menos maximalistamente, ¿la lucha de género basta por sí misma para ello? A años luz de todo esto, en un artículo posterior sintetiza Mies el intríngulis de su propuesta:

 

 

“En mi opinión, sólo hay una alternativa viable al capitalismo global: las comunidades deben recuperar el control de sus condiciones locales y regionales de existencia (tierra, bosques, recursos, poder laboral, biodiversidad, cultura y conocimiento)” (2014).

 

 

Justamente lo que “las comunidades” no pueden hacer casi nunca y mucho menos de forma generalizada en el planeta, algo de lo que la autora se hubiera percatado por sí misma a poco que hubiera llevado a cabo un análisis de las condiciones geopolíticas, geoeconómicas e interestatales, así como de las relaciones sociales internas a unos u otros Estados y de los movimientos de las clases en ellos. Como quiera que esos análisis están ausentes en su obra, observemos en qué tipo de suposiciones inverosímiles basa sus propuestas Mies. Ejemplo: “si los países sobredesarrollados tomasen la decisión política de desvincular sus economías del explotador sistema mercantil global y, en consecuencia, desarrollar mecanismos de autosuficiencia que cubriesen las áreas de desarrollo principales, se pavimentaría el camino hacia el desarrollo de una economía autárquica en los países subdesarrollados” (2019). La de suposiciones sin base que hay que hacer con tal de no hablar de revoluciones socio-políticas ni de sus concretas posibilidades. Por eso, en la sección final del libro la autora nos indica toda una serie de supuestos pasos intermedios, nada menos que en el ámbito del consumo, que en realidad no son sino más propuestas ilusorias que tienen por principio el “siismo”: “si” las mujeres se unieran para hacer unas u otras cosas, “si” decidieran comprar o no comprar unas u otras mercancías; “si” las mujeres dejaran de comprar mercancías superfluas (entre las que incluye Mies el alcohol y el tabaco); “si” boicotearan los productos que refuerzan la imagen sexista y los que son de transnacionales que manipulan a las mujeres en cuanto que amas de casa y madres; “si” se dejaran de adquirir las mercancías que incorporan mayores grados de explotación en ellas; “si” no adquirieran pintalabios y cosméticos… En fin, ni una palabra de cómo el conjunto de mujeres, o al menos una parte significativa de ellas, va a ponerse a tomar tales decisiones cuando todos los mecanismos de socialización de género gozan de buena salud, cuando la formación a gran escala está en manos de los distintos poderes del capital y cuando muchas de aquellas mercancías son las únicas que la mayor parte de las mujeres pueden comprar por ser más baratas (se repite aquí el dilema de las mercancías destinadas al llamado “comercio justo”, sólo accesibles de manera regular para las capas medio-altas de algunas sociedades). Obviamente, por ello mismo, nada de eso ha cundido en el mundo en términos definitorios, generalizados, desde que lo formulara Mies. Al contrario, hoy la agudización de la proletarización de las poblaciones del planeta se ha acentuado y con ella la sobre-explotación de las mujeres y sus condiciones de vulnerabilidad. De hecho, cada vez más millones y millones de seres humanos se ven forzados a “escapar” (migrar) de sus realidades y centenares de miles de mujeres caen cada año en las redes de la Trata al hacerlo. También el deterioro de las condiciones de vida en las formaciones centrales del capitalismo sigue su curso implacable, haciendo que las mujeres consuman y produzcan “lo que pueden”, y su “economía alternativa” se vea reducida a un día a día pauperizado.

 

Al final, Mies viene a reconocerlo:


“Por eso, dado el actual marco de la división internacional del trabajo y de los intereses de los trabajadores asalariados íntimamente conectados con los del capital, existe poco margen para la auténtica solidaridad entre las mujeres del Primer y el Tercer Mundo, al menos no para el tipo de solidaridad que pueda trascender la caridad y la retórica paternalista”…

 

 

 

(continuará)

 

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sábado, 8 de agosto de 2026


1421

 

“EL ACTUAL GOBIERNO VENEZOLANO ROMPIÓ CON EL PROYECTO DE CHÁVEZ”

Luciano Vasapollo

 

 


 

 

Nuestra reflexión trasciende Venezuela. La historia de los procesos revolucionarios nos enseña que ningún logro es irreversible. Cuando un partido se convierte en Estado y el control popular se debilita, y prevalecen los intereses personales, el riesgo de regresión se vuelve real.

 

Entrevista al profesor de economía italiano Luciano Vasapollo

 

 

Profesor Vasapollo, su postura ha sorprendido a muchos. Después de décadas de apoyar a la Venezuela bolivariana, ¿por qué decidió separarse?

 

Porque nuestra propia historia exige que alcemos la voz hoy. No estamos rompiendo con Chávez, no estamos rompiendo con el pueblo venezolano, no estamos rompiendo con el chavismo popular, con los trabajadores, con los campesinos, con los barrios, con los movimientos sociales, con los intelectuales revolucionarios.

 

Por el contrario: seguimos apoyando la vertiente sana, popular y revolucionaria del proceso bolivariano. Llevamos más de treinta años construyendo relaciones políticas, culturales y humanas con Venezuela. Hemos colaborado con universidades, sindicatos, movimientos sociales, cooperativas e instituciones. Defendimos a Venezuela cuando fue objeto de ataques por parte de los medios internacionales.

 

Lo hicimos cuando era difícil. Por eso, nuestra postura actual no nace de un distanciamiento, sino de la convicción de que quienes participaron activamente en ese proceso tienen el deber de alzar la voz cuando creen que existe un peligro.

 

 

En su documento, usted habla de un proceso contrarrevolucionario. Esa es una acusación muy grave.

 

No hablamos de un solo episodio. Hablamos de un proceso. Llevamos meses intentando comprender. No llegamos a esta conclusión de inmediato. Hablamos con nuestros compañeros venezolanos, escuchamos, analizamos.

 

Dijimos: quizás nos enfrentamos a una fase táctica, quizás a una necesidad de supervivencia política determinada por el enorme desequilibrio en la balanza de poder con Estados Unidos.

 

Comprendemos la dificultad de la situación. Comprendemos la presión del imperialismo, las amenazas, las sanciones, los intentos de desestabilización permanente. Pero llega un punto en que debemos reconocer la realidad: cuando una táctica se convierte en una línea permanente, cuando una concesión temporal se convierte en una opción estratégica, entonces ya no es posible que un comunista o un revolucionario continúe mediando.

 

Hoy creemos que lo que pudo haber sido una táctica se ha convertido en una capitulación política, una rendición incondicional ante la perspectiva de convertir a Venezuela en un país subordinado, un protectorado político y económico. No podemos aceptar esto.

 

 

Ella insiste en que esto no supone una ruptura con Venezuela.

 

Exactamente. En estos meses, no nos hemos quedado encerrados en un laboratorio teórico, observando Venezuela desde fuera. Nos hemos involucrado. Hemos seguido estando con la gente, hemos dialogado con los sindicatos, con los barrios populares, con las redes intelectuales, con el mundo cultural y académico, con las experiencias de las comunas. Nos hemos reunido de buena fe con muchos compañeros que, como nosotros, tenían preguntas.

 

Nos dijimos: tal vez sean solo tácticas, tal vez el gobierno, el partido y los líderes estén tratando de evitar ser aniquilados por Estados Unidos. Intentamos comprenderlos a fondo.

 

Pero hoy creemos que la situación ha cambiado. No somos nosotros quienes hemos abandonado la Venezuela revolucionaria. Continuamos nuestro trabajo con los sectores populares, con los comunistas, con los revolucionarios, con quienes quieren defender el legado de Chávez y evitar un proceso de regresión.

 

 

¿Por qué dices que no has cambiado tu postura sobre el imperialismo estadounidense?

 

Porque eso sería una falsificación de nuestra historia. Seguimos denunciando el imperialismo estadounidense, el bloqueo contra Cuba, las sanciones, la agresión económica, las guerras híbridas y los intentos de imponer gobiernos subordinados a los intereses de Washington.

 

Precisamente por ser antiimperialistas, no podemos confundir solidaridad con silencio. El internacionalismo no significa defender cualquier decisión gubernamental que se presente como un proceso revolucionario. Significa defender los principios, la soberanía de los pueblos, la participación popular y la justicia social.

 

 

También hizo referencia a las movilizaciones populares en Caracas.

 

Sí. No fuimos meros espectadores. Participamos en las iniciativas, en las manifestaciones en la Plaza Bolívar, en las movilizaciones contra la injerencia estadounidense, contra el intento de invasión, contra la idea de convertir a Venezuela en un protectorado y contra todas las formas de colonialismo. Vimos a un pueblo que sigue cuestionándose, debatiendo y defendiendo su historia.

 

Nuestra relación no es con los centros de poder, sino con la gente que experimenta a diario las contradicciones de la sociedad venezolana.

 

 

Uno de los puntos más controvertidos se refiere a la relación con Israel. ¿Por qué representa para usted un momento decisivo?

 

Porque el chavismo tenía una fuerte identidad internacionalista. La solidaridad con el pueblo palestino, con los pueblos oprimidos, con las luchas antiimperialistas era parte integral de esa historia. Cuando vemos cambios en esta dirección, cuando vemos acercamientos políticos que consideramos incompatibles con esa tradición, surge una profunda contradicción.

 

Esto no es un detalle diplomático. Es una cuestión política y simbólica que atañe a la identidad misma del proyecto.

 

 

¿Y qué hay de la relación con Cuba?

 

Cuba no solo ha sido un país amigo de Venezuela, sino que ha sido parte integral del proceso bolivariano. Ha enviado médicos, maestros y técnicos, ha contribuido a misiones sociales y ha compartido enormes sacrificios. Por lo tanto, consideramos grave cualquier desviación de esa solidaridad histórica. En un momento en que Cuba sigue sometida al bloqueo estadounidense, el principio de internacionalismo debe fortalecerse aún más.

 

 

Habló de una traición sufrida por Cuba.

 

Sí, porque la relación entre Cuba y Venezuela no puede borrarse de la memoria histórica. Cuba no solo ha expresado solidaridad política, sino que ha enviado decenas de miles de médicos, ha capacitado a personal sanitario, ha enviado maestros, ha contribuido al nacimiento de misiones sociales, ha compartido conocimientos científicos, culturales y organizativos y, sobre todo, ha pagado un enorme precio humano por defender el proceso bolivariano.

 

Por ello, creemos que Cuba merece gratitud y una solidaridad constante. Sin embargo, observamos un distanciamiento progresivo, incluso mientras la isla sigue sufriendo el bloqueo económico estadounidense. Desde nuestra perspectiva política, esto representa una ruptura muy seria con la ética internacionalista que caracterizó el proyecto chavista.

 

 

¿Por qué considera usted este aspecto tan grave?

 

Porque Cuba no ha sido simplemente un país amigo. Cuba ha compartido enormes sacrificios con Venezuela. Ha apoyado el desarrollo del proceso bolivariano en los momentos más difíciles. Por ello, nos resulta incomprensible que esa solidaridad histórica falte hoy.

 

Desde nuestra perspectiva política, Cuba merecía reconocimiento, no distanciamiento. Y esta es una de las razones que contribuyeron a nuestra decisión de romper lazos políticos con la actual dirigencia del PSUV.

 

 

¿Cuál es su relación con el chavismo hoy en día?

 

Seguimos solidarizados con el chavismo popular, con el chavismo revolucionario, con aquellos que en las fábricas, en los barrios, en las comunidades siguen defendiendo un proyecto de emancipación social.

 

Estamos rompiendo lazos políticos con el gobierno actual y la dirigencia del PSUV porque creemos que han optado por un camino diferente. Sin embargo, estamos fortaleciendo nuestros vínculos con aquellos sectores que desean continuar la lucha revolucionaria.

 

 

Uno de los puntos más críticos de su documento se refiere a las relaciones con Israel. ¿Por qué le atribuye usted tanta importancia política a este episodio?

 

Para nosotros, ese pasaje representa un momento decisivo. Las relaciones diplomáticas entre estados pueden ser complejas. Pero cuando se desarrollan relaciones políticas directas entre el partido gobernante y los representantes israelíes, el significado cambia inevitablemente.

 

En nuestra opinión, esto representa una ruptura con el internacionalismo que había caracterizado al chavismo y sus históricas posturas de solidaridad con el pueblo palestino. Es un hecho que, a nuestro juicio, adquiere un profundo significado político simbólico.

 

 

Profesor Vasapollo, una parte fundamental de su análisis se refiere al papel del actual liderazgo venezolano, y en particular, de la vicepresidenta Delcy Rodríguez. ¿Por qué cree que hemos llegado a un punto sin retorno?

 

Porque ya no hablamos de decisiones individuales ni de errores políticos. Hablamos de una dirección general que, a nuestro juicio, marca una ruptura con el proyecto histórico construido por Hugo Chávez.

 

Durante muchos meses, evitamos hacer declaraciones precipitadas. Continuamos dialogando con nuestros compañeros venezolanos, escuchando y verificando la información. Éramos conscientes de la presión ejercida por Estados Unidos y creíamos que algunos acercamientos podrían representar concesiones temporales.

 

Pero cuando las opciones convergen en la misma dirección, cuando las alianzas internacionales se redefinen, las estructuras económicas se modifican y la autonomía política conquistada durante veinte años de revolución se va perdiendo gradualmente, entonces ya no se trata de tácticas. Creemos que se está produciendo una verdadera capitulación política.

 

 

Su postura es muy firme, pero reitera que no ha cambiado de opinión sobre el imperialismo estadounidense. ¿Cómo concilia estos dos aspectos?

 

Este es un punto crucial. No nos hemos vuelto repentinamente indulgentes con Estados Unidos. Eso sería absurdo después de toda una vida de activismo internacionalista. Seguimos considerando al imperialismo estadounidense como el principal factor desestabilizador de América Latina. Continuamos denunciando el bloqueo contra Cuba, las sanciones, la agresión económica, las operaciones de guerra híbrida y todo intento de imponer gobiernos subordinados a los intereses de Washington.

 

Precisamente porque seguimos siendo firmemente antiimperialistas, creemos que la mejor defensa de la Revolución Bolivariana no es el silencio ante los errores, sino la crítica política cuando sea necesaria.

 

El internacionalismo no es adulación. El internacionalismo significa asumir la responsabilidad de la verdad política, incluso cuando ello conlleva un coste.

 

 

En la declaración, usted afirma que Venezuela está cediendo partes de su soberanía política y económica. ¿A qué se refiere?

 

Nos referimos a que observamos una creciente subordinación de las decisiones estratégicas del país a relaciones que, a nuestro juicio, terminan limitando la autonomía alcanzada con enormes sacrificios durante los años de Chávez. La Revolución Bolivariana nació para romper la dependencia del neoliberalismo, las multinacionales y los intereses estadounidenses.

 

Hoy, sin embargo, observamos el desarrollo de políticas que parecen ir en la dirección opuesta. No se trata solo de la economía. El marco general de las relaciones internacionales parece haber cambiado profundamente.

 

 

Entre los críticos de la situación actual en Venezuela, también mencionaste a Luis Britto García. ¿Por qué consideras significativa su intervención?

 

Porque no se puede descartar a Luis Britto García como un opositor del chavismo. Es uno de los intelectuales marxistas más destacados de América Latina. Ha acompañado el proceso bolivariano desde sus inicios. Fue colaborador directo de Chávez. Formó parte del Consejo de Estado. Fue uno de los fundadores de la Red de Intelectuales y Artistas en Defensa de la Humanidad.

 

Cuando una figura con este historial expresa una valoración tan severa de la situación del país, no estamos presenciando una simple controversia. Estamos presenciando el sufrimiento político de un sector importante del mundo chavista, que ve cuestionado el legado de Chávez

 

 

En su declaración, usted también reflexiona sobre el tema de los partidos revolucionarios y el poder. ¿Qué lecciones extrae de este evento?

 

Esta reflexión trasciende con creces Venezuela. La historia del movimiento obrero y de los procesos revolucionarios nos enseña que ningún logro es irreversible. Cuando un partido se convierte en Estado y el control popular se debilita, cuando la formación política de los cuadros disminuye, cuando prevalecen el oportunismo, la burocracia y los intereses personales, el riesgo de regresión se vuelve real.

 

Lo hemos visto en Europa del Este. Lo hemos visto en diversos procesos latinoamericanos. Y hoy, lamentablemente, creemos estar presenciando dinámicas similares en Venezuela. Por eso, la vigilancia revolucionaria no es un ejercicio teórico, sino una necesidad permanente. Con el pueblo. Con los comités populares de los barrios. Con los trabajadores. Con los campesinos. Con los estudiantes. Con los intelectuales que siguen luchando por el socialismo. Con los militantes que defienden el legado de Chávez cada día.

 

Estamos rompiendo lazos políticos con el actual gobierno y la dirigencia del PSUV. No estamos rompiendo, sino fortaleciendo, nuestros lazos con aquellos sectores populares que siguen creyendo en la Revolución Bolivariana y que hoy, a menudo en condiciones difíciles, intentan evitar su liquidación definitiva.

 

 

¿Qué mensaje le gustaría enviar a la izquierda internacional?

 

No se conformen con las apariencias. No conviertan la solidaridad internacionalista en una forma de silencio. Defender una revolución significa defender sus principios fundacionales. Cuando esos principios se ponen en tela de juicio, el deber de los revolucionarios es participar en un debate político serio, riguroso y honesto.

 

Seguiremos luchando contra el imperialismo, defendiendo a la Cuba socialista, exigiendo la liberación del presidente Nicolás Maduro y de la compañera Cilia Flores, y apoyando a todas las fuerzas populares venezolanas que desean relanzar el proyecto del socialismo del siglo XXI.

 

Esta postura no nace de la hostilidad, sino de la responsabilidad política. Tras treinta años de trabajo conjunto, estudio, cooperación y activismo internacionalista, habría sido mucho más fácil guardar silencio. En cambio, hemos optado por alzar la voz, asumiendo plenamente todas las consecuencias.

 

La historia juzgará nuestras decisiones, pero la coherencia con los ideales de Chávez, del internacionalismo y de la liberación de los pueblos, nos exigía no permanecer en silencio.

 

 

 

 

Fuente: https://observatoriocrisis.com/2026/08/03/economista-el-actual-gobierno-venezolano-rompio-con-el-proyecto-de-chavez/

 

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