domingo, 17 de mayo de 2026

 

1410

 

STALIN, HISTORIA Y CRÍTICA DE UNA LEYENDA NEGRA.

Domenico Losurdo.

 

( 31 )

 

 

LA ANDADURA COMPLEJA Y

CONTRADICTORIA DE LA ERA DE STALIN


 


Del nuevo impulso de la «democracia soviética» a la «noche de San Bartolomé»

 

Es necesario en todo caso afirmar -como reconoce contradictoriamente uno de los autores del Libro negro del  comunismo-  la  necesidad  de  la  «inserción  de  la  violencia  política  bolchevique  antes  y estaliniana  después,  en  la  "larga  duración"  de  la  historia  rusa»:  es  necesario  no  perder  de  vista  «la "matriz"  generadora  del  estalinismo  que  supuso  el  período  de  la  Primera  guerra  mundial,  de  las revoluciones de 1917 y de las guerras civiles tomado en su conjunto». Y por lo tanto, gestado cuando nadie puede prever la llegada de Stalin "estalinismo" no es el resultado en primer lugar ni de la sed de poder de un individuo ni de una ideología, sino más bien del estado de excepción permanente que invade Rusia a partir de 1914. Como hemos visto, ya desde comienzos del siglo diecinueve a ciertas personalidades diversas no se les escapan los signos premonitorios de la inaudita tempestad que se cierne sobre el país colocado entre Europa y Asia, y ésta comienza  a  manifestarse  en  toda  su  violencia  con  el  estallido  de  la  Primera  guerra  mundial.  Es  desde aquí, desde la amplísima escala del Segundo período de desórdenes, donde hay que tomar impulso. No por caso  trata  de  un  fenómeno  de  andadura  todo  menos  unilineal:  lo  veremos  atenuarse  en  los momentos  de  relativa  normalización  y  manifestarse  en  toda  su  dureza  cuando  el  estado  de  excepción alcanza su cénit.

 

 

Comencemos  planteándonos  una  pregunta  preliminar:  ¿a  partir  de  qué  momento  se  puede  hablar respecto de la Rusia soviética de dictadura personal y solitaria? Historiadores respetables parecen estar de acuerdo en un punto esencial: «A comienzos de los años treinta Stalin no era todavía un autócrata. No se veía exonerado de tener que enfrentarse a la crítica, a la disensión y la propia y auténtica oposición dentro del partido comunista». No se ha producido todavía la llegada al poder en solitario de un líder coronado por el culto a la personalidad: persiste la tradición leniniana de «dictadura de partido» y de poder oligárquico. Los historiadores aquí citados utilizan indiferentemente las dos categorías; de todas formas la segunda se atiene mal a un régimen que estimula una fortísima promoción social de las clases subalternas y que abre la vida política y cultural del país a estratos sociales y grupos étnicos hasta aquél momento totalmente marginados.  Parece claro que, a  partir  en  todo  caso  de  1937  y  del desencadenamiento del Gran terror, la dictadura de partido cede su puesto a la autocracia.

 

¿Debemos entonces distinguir dos fases dentro del "estalinismo"? Pese a tener el mérito de poner en duda la  habitual  visión  "monolítica",  esta  periodización  no  constituye  un  auténtico  paso  adelante  en  la comprensión de aquellos años: quedarían por explicar todavía el paso de la primera a la segunda fase y la forma concreta de ambas. Para  ser  conscientes  del  problema,  veamos  lo  que  ocurre  a  mediados  de  los  años  veinte,  en  un momento en el que, superada la crisis aguda representada por la intervención extranjera y la guerra civil, la  NEP  ha  conseguido  ya  resultados  significativos:  no  solamente  no  hay  autocracia,  sino  que  pese  a continuar la dictadura del partido comunista, la gestión del poder tiende de algún modo a hacerse más "liberal". Bujarin parece permitirse llegar a reivindicar una suerte de rule of law, imperio de la ley. «El campesino debe tener frente a sí el orden soviético, el derecho soviético, la ley soviética y no el arbitrio soviético, moderado por una "oficina de reclamaciones" cuya ubicación es desconocida». Son necesarias «claras normativas legales», vinculantes también para los comunistas. El Estado se debe implicar en el «pacífico trabajo organizativo», y el partido, en su relación con las masas, debe «adoptar la persuasión y solamente  la  persuasión». Ya  no  tiene  sentido  el  terror:  «éste  pertenece  ya  al  pasado».  Se  trata  de dejar espacio a la «iniciativa de las masas»: en tal contexto es necesario contemplar favorablemente el florecimiento de «asociaciones populares» y «organizaciones voluntarias».

 

 

No  estamos  frente  a  opiniones  meramente  personales.  Estos  son  los  años  del  «duunvirato»: Bujarin  gestiona  el  poder  junto  a  Stalin,  que  en  1925  pide  repetidas  veces  la  «liquidación  de  los vestigios del comunismo de guerra en el campo» y condena la «desviación» que denuncia una imaginaria restauración  del  capitalismo»  llegando  así  «a  reavivar  la  lucha  de  clases  en  el  campo»  y  «la  guerra civil  en  nuestro  país».  Es  necesario  darse  cuenta  sin  embargo  de  que  «estamos  en  la  fase  de  la edificación económica».

 

El  desplazamiento  del  acento,  de  la  lucha  de  clases  a  la  edificación  económica  comporta consecuencias relevantes también en el plano político: la primera tarea de los estudiantes comunistas es la de «enseñorearse de la ciencia». Sólo así pueden aspirar a desarrollar un papel dirigente: cuenta «la competencia»; «ahora  se  exige  que  la  dirección  sea  concreta,  práctica».  Y  por  tanto:  «Para  dirigir verdaderamente  es  necesario  conocer  el  propio  trabajo,  es  necesario  estudiarlo  concienzudamente, pacientemente, con perseverancia».  La  centralidad  de  la  edificación  económica  y  por  lo  tanto  de  la competencia  hace  menos  rígido  el  monopolio  del  partido:  «es  indispensable  que  el  comunista  se comporte hacia el sin-partido de igual a igual», aún más por el hecho de que «el control de los miembros del partido» por obra de los «sin partido» puede producir resultados bastante positivos.

 

 

En  conjunto,  se  impone  para  Stalin  un  cambio  político  radical:  «hoy  ya  no  es  posible  dirigir  con métodos  militares»;  «ahora  no  necesitamos  la  máxima  presión,  sino  la  máxima  ductilidad,  tanto  en  la política  como  en  la  organización,  tanto  en  la  dirección  política  como  organizativa»;  es  necesario dedicarse  a  captar,  y  de  manera  receptiva,  «las  aspiraciones  y  necesidades  de  los  obreros  y  de  los campesinos». También en lo que respecta a los campesinos, que a menudo se muestran más atrasados que los obreros, la tarea de los comunistas y de los cuadros es la de «aprender a convencerlos sin ahorrar para esta tarea tiempo ni esfuerzo».

 

 

No se trata solamente de asimilar una pedagogía política más sofisticada. Es necesario acabar con elecciones puramente formales y teledirigidas, con una mala costumbre que conlleva «la falta de control, el  abuso  de  poder,  el  arbitrio  de  los  administradores».  Se  requiere  un  giro  radical:  «la  vieja  práctica electoral  era  un  remanente  del  comunismo  de  guerra,  que  debía  ser  liquidada  como  práctica  nociva  y podrida  de  arriba  a  abajo».  Se  trata  ahora  «de  reactivar  los  Soviets,  de  transformar  los  Soviets  en auténticos órganos electivos, de instaurar en el campo los principios de la democracia soviética».

 

 

Ya antes de Octubre los Soviets habían comenzado a transformarse en «estructuras burocráticas», y viendo menguar «la frecuencia y consistencia de las asambleas»; pero ahora, devueltos a su función originaria,  los  Soviets  están  llamados  a  asegurar  «la  participación  de  los  trabajadores  en  el  trabajo cotidiano de administración del Estado». ¿De qué manera ocurre ésto?

 

 

Ocurre  a  través  de  organizaciones  surgidas  a  iniciativa  de  las  masas,  a  través  de  comisiones  y comités de todo tipo, conferencias y asambleas de delegados que se forman alrededor de los Soviets, a través de los organismos económicos, los comités de fábrica y de oficina, las instituciones culturales, las organizaciones del partido, las organizaciones de la Unión de la Juventud, las cooperativas de todo tipo, etc.  etc.  Nuestros  compañeros  quizás  no  se  dan  cuenta  del  hecho  de  que  alrededor  de  nuestras organizaciones  de  base  del  partido,  soviéticas,  culturales  sindicales,  educativas,  de  la  Unión  de  la Juventud  comunista,  del  ejército,  de  las  secciones  femeninas,  y  de  todo  tipo,  se  agitaba  un  auténtico hormiguero de organizaciones, comisiones, conferencias surgidas espontáneamente, que abarcan a masas de  millones  de  obreros  y  campesinos  sin  partido,  un  hormiguero  que  crea  con  su  trabajo  cotidiano, imperceptible, meticuloso y silencioso la base y la vida de los Soviets, la fuente de la fuerza del Estado soviético.  Por  todas  estas  razones  es  erróneo  «identificar  el  partido  con  el  Estado»:  es  más,  proceder  así«significa desnaturalizar el pensamiento de Lenin». Por otra parte, una vez consolidada la posición del nuevo  Estado  en  el  plano  interno  e  internacional,  es  necesario  «extender  la  Constitución  a  toda  la población, incluida la burguesía».

 

 

En  este  momento,  retomando  algunas  expresiones  utilizadas  por  Marx  en  el  momento  de  la celebración de la Comuna de París, Stalin mira con interés el ideal del sometimiento e incluso extinción del aparato estatal. La reactivación de los Soviets y de la participación política quiere ser un paso en tal dirección. Se trata «de transformar nuestro aparato estatal, de vincularlo a las masas populares, hacerlo sano y honesto, simple y barato»; deben además impulsarse las asociaciones que surgen de la sociedad civil: éstas «conectan los Soviets con los "estratos inferiores" más profundos, funden el aparato estatal con masas de millones de hombres y suprimen gradualmente todo aquello que puede parecer una barrera entre el aparato estatal y la población.» En conclusión: «La dictadura del proletariado no es un fin en sí  mismo:  la  dictadura  es  un  medio,  es  la  vía  que  lleva  al  socialismo.  ¿Y  qué  es  el  socialismo?  El socialismo  es  el  paso  de  la  sociedad  en  la  que  exista  la  dictadura  del  proletariado  a  la  sociedad  sin Estado».  Desde  luego  no  el  final,  sino  más  bien  una  perceptible  disminución  de  la  «dictadura  del proletariado» y del partido parece estar a la orden del día.

 

 

A  esta  línea  de  apertura  común  a  Bujarin  y  Stalin,  pero  descrita  por  los  seguidores  de  Zinoviev como «bolchevismo del campesino medio», le sigue la crisis que desemboca en la liquidación de la NEP, en la colectivización forzada de la agricultura y en la industrialización a marchas forzadas, con la consiguiente radical expansión del universo concentracionario. Lo que determina el cambio no es, como se dice a menudo, el furor ideológico del grupo dirigente, es decir, la manía de liquidar toda forma de propiedad  privada  y  de  mercado.  Mientras  tanto,  no  debe  menospreciarse  la  presión  proveniente  de abajo; en sectores nada despreciables de la sociedad continúa actuando la nostalgia por el igualitarismo previo a la introducción de la NEP. Además entra en juego otro elemento.

 

 

Casi  como  queriendo  responder  al  tipo  de  interpretación  hoy  dominante,  de  noviembre  de  1928 Stalin afirma que quien dirige la Unión Soviética es «gente sobria y tranquila», angustiada sin embargo por el problema de cómo defender «la independencia» de un país decididamente más atrasado que los potenciales enemigos que lo rodean. Actúa por lo tanto la preocupación por una situación internacional percibida  como  cada  vez  más  amenazadora. A  finales  de  noviembre  de  1925  había  sido  estipulado  el tratado de Locarno. Reaproximando Francia y Alemania, había recompuesto la fractura de las potencias occidentales que se habían enfrentado durante la Primera guerra mundial, sancionado así el aislamiento de la URSS: no faltaban voces que pedían «una cruzada europea contra el comunismo». De modo que en Moscú, personalidades de primer plano como Zinoviev, Radek y Kamenev subrayan dramáticamente el peligro de agresión que se está dibujando en el Horizonte

 

 

Interviene, algunos meses después, el golpe de Estado que corona en Polonia la ascensión al poder de Pilsudski, un enemigo declarado de la Unión Soviética: en su estudio está bien a la vista el Napoleón de David, retratado mientras pasa los Alpes; en realidad Pilsudski lo admiraba por su invasión dé Rusia.  Esta última empresa había contado con la participación de los polacos: lo subraya con orgullo el nuevo hombre fuerte de Varsovia, que aspira a arrancar Ucrania a la URSS para hacer de ella un aliado fiel y subalterno.  El  24  de  agosto  de  1926,  Pilsudski  rechaza  la  propuesta  de  Moscú  de  un  tratado  de  no agresión,  y  más  tarde  el  ministro  de  Exteriores  soviético  denuncia  los  planes  de  Polonia  dirigidos  a «adquirir un protectorado en los países bálticos». El año después la situación internacional se oscurece aún más: Gran Bretaña rompe relaciones comerciales y diplomáticas con la Unión Soviética y el mariscal Ferdinand Foch invita a Francia a hacer lo mismo; en Pekín la embajada de la URSS sufre la incursión de las  tropas  de  Chiang  Kai-shek,  azuzadas  quizás  desde  Londres  (al  menos  según  Moscú),  mientras  en Varsovia  el  embajador  soviético  es  asesinado  por  un  emigrado  de  la  Rusia  blanca;  finalmente,  en Leningrado se produce una explosión en una sede del Partido comunista. 

 

Llegados  a  este  punto,  es  el  mismo  Tuchacevsky,  jefe  del  Estado  Mayor,  el  que  hace  sonar  las alarmas  y  exige  una  rápida  modernización  del  ejército.  La  NEP  no  parece  ya  capaz  de  resolver  el problema: sí, la economía da señales de recuperación y en 1926-1927 ha vuelto a los niveles anteriores a la guerra pero en lo que respecta a la producción industrial y la tecnología, la distancia respecto a los países capitalistas más avanzados permanece igual. Se imponen medidas incisivas o drásticas. Y en los ámbitos militares se presiona por medidas similares también en la agricultura, con el fin de asegurar la  regularidad  del  aprovisionamiento  para  el  frente.  Como  se  ve,  el  giro  de  1929  no  es  resultado  del capricho azaroso de Stalin, que de hecho debe, si no contener, al menos encauzar el empuje proveniente del ámbito militar: rechazando los  sorprendentes  objetivos  reivindicados  sobre  todo  por  Tuchacevsky, advierte del «militarismo rojo» que, apuntando exclusivamente a la industria armamentística, correría el riesgo  de  comprometer  el  desarrollo  económico  y  por  lo  tanto  la  misma  modernización  del  aparato militar en su conjunto. El viraje no es tampoco el resultado de un cisma ideológico: más allá del poder del partido comunista y de las relaciones sociales vigentes en la URSS está en juego la existencia de la nación: esta es la opinión de una gran parte del grupo dirigente soviético, comenzando obviamente por Stalin.

 

 

La alarma parece estar más justificada por el hecho de que al oscurecerse el horizonte internacional tanto en el plano diplomático como en el económico (1929 es el año de la Gran depresión) se le añade dentro de Rusia la "crisis del trigo" (la brusca caída de la cantidad de trigo puesta en el mercado por los campesinos):  «colas  para  adquirir  alimentos  se  generalizaron  en  las  ciudades»  provocando  un  ulterior agravamiento  de  la  crisis.  Era  una  situación  que  «no  podía  no  ir  contra  las  directrices  de  Bujarin»  -observa uno de sus biógrafos-. Es en este punto donde la suerte del duunvirato está echada. La ruptura no  se  explica  sólo  por  los  escrúpulos  morales  del  miembro  derrotado  del  duunvirato,  que  prevé  con antelación  la  «noche  de  San  Bartolomé»  provocada  por  la  colectivización  forzada  de  la  agricultura. Lo que provoca la fractura interna es sobre todo otro factor. También Bujarin está gravemente preocupado por el peligro de una guerra, pero no cree que se pueda encontrar una solución en el plano puramente nacional: \a victoria real definitiva del socialismo en nuestro país no es posible sin la ayuda de otros países y de la revolución mundial». El dirigente bolchevique, que ya había condenado la paz de Brest-Litovsk como una deserción cobarde y nacionalista de la causa de la lucha internacional del proletariado revolucionario, continúa siendo fiel a tal visión del internacionalismo: Si exageramos nuestras posibilidades, podría surgir una  tendencia... "a escupir" sobre la revolución internacional:  tal  tendencia  podría  dar  origen  a  una  ideología  específica,  un  "bolchevismo  nacional" peculiar, o cualquier otra cosa en este mismo espíritu. De aquí a otras tantas ideas aún más peligrosas no hay más que un paso.

 

 

Stalin,  sin  embargo,  parte  con  mayor  realismo  de  la  premisa  de  la  estabilización  del  mundo capitalista:  la  defensa  de  la  URSS  es  en  primer  lugar  una  tarea  nacional.  No  se  trata  solamente  de promover  la  industrialización  del  país  a  marchas  forzadas:  como  demuestra  la  "crisis  del  grano",  la afluencia de alimentos del campo hacia la ciudad y el ejército no está en absoluto garantizado. A este problema  era  especialmente  sensible  un  dirigente  como  Stalin,  que  a  partir  de  la  rica  experiencia acumulada en el transcurso de la guerra civil había subrayado varias veces la importancia primordial que tendrían  para  un  futuro  conflicto  la  estabilidad  de  la  retaguardia  y  los  suministros  alimentarios provenientes del campo. He aquí las conclusiones que emanan de una carta a Lenin y de una entrevista a Pravda,  respectivamente  del  verano  y  del  otoño  de  1918:  «la  cuestión  de  los  aprovisionamientos alimentarios está naturalmente conectada con la militar». Es decir: «un ejército no puede subsistir mucho sin una retaguardia sólida. Para que el frente sea estable es necesario que el ejército reciba regularmente de la retaguardia los complementos, suministros militares y avituallamientos». Todavía en vísperas de la agresión nazi, Stalin prestará gran atención a la agricultura, considerada como un elemento central de la defensa nacional.  Se  entiende  entonces  por  qué  al  final  de  los  años  veinte  la  colectivización  de  la agricultura pareciera la vía obligatoria si se quería acelerar drásticamente la industrialización del país y asegurar de manera estable a las ciudades y el ejército los suministros que necesitan todo en previsión de la guerra. En efecto:

 

Dejando  aparte  los  costes  humanos,  los  resultados  económicos  del  primer  plan quinquenal  fueron  sorprendentes.  Incrementando  un  250%  su  producción  industrial,  la  Rusia soviética  daba  pasos  de  gigante  para  convertirse  en  una  gran  potencia  industrial  [...].

 

 

Obviamente,  el  "gran  salto  adelante"  en  la  economía  industrial  de  la  Rusia  soviética conllevaba  un  "gran  salto  adelante"  en  el  sector  militar,  con  los  gastos  militares multiplicándose por cinco entre 1929 y 1940. Más modestos son los resultados alcanzados en la agricultura, donde la superación de la economía de  subsistencia  y  la  centralización  crean  en  todo  caso  condiciones  más  favorables  para  el  normal avituallamiento de un ejército de grandes dimensiones…

 

(continuará)

 

 

[ Fragmento de: Domenico Losurdo. “Stalin, historia y crítica de una leyenda negra” ]

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jueves, 14 de mayo de 2026


1409

 

LA GUERRA COGNITIVA ES UN CABALLO DE TROYA CIBERNÉTICO.

Fernando Buen Abad

 

 

 


 

Eso que se llama “guerra cognitiva” se configura hoy como una de las formas más sofisticadas de intervención sobre la vida social, no ya mediante la ocupación territorial clásica ni exclusivamente a través de la coerción económica directa, sino mediante la colonización sistemática de los procesos de producción de sentido.

 

Su eficacia no radica en la destrucción visible, sino en la infiltración invisible; no en el estruendo de las armas, sino en la modulación silenciosa de las percepciones, los deseos y los marcos interpretativos.

 

En este sentido, opera como un auténtico caballo de Troya cibernético: se introduce en la cotidianeidad bajo la apariencia de neutralidad tecnológica, de entretenimiento o de comunicación ampliada, para reconfigurar desde dentro las condiciones mismas de la conciencia.

 

El desplazamiento de la guerra hacia el terreno cognitivo no implica la desaparición de las formas tradicionales de violencia, sino su reorganización dialéctica. La fuerza material sigue siendo decisiva, pero se articula con una dimensión simbólica que busca garantizar la reproducción del orden dominante no sólo en la infraestructura económica, sino en la superestructura cultural y afectiva. La dominación contemporánea exige sujetos que no sólo obedezcan, sino que deseen obedecer; que no sólo consuman mercancías, sino que internalicen los códigos que las legitiman como horizonte de vida.

 

En esta operación, la guerra cognitiva se convierte en un dispositivo estratégico para la producción de subjetividades funcionales a la acumulación.

 

El carácter cibernético de este caballo de Troya no debe reducirse a lo meramente digital. Aunque las plataformas, los algoritmos y las redes constituyen su infraestructura privilegiada, lo decisivo es la lógica de retroalimentación constante, de captura de datos y de ajuste permanente de los mensajes en función de las respuestas de los sujetos.

 

Se trata de un sistema dinámico que aprende, se adapta y perfecciona sus mecanismos de intervención, no desde una exterioridad, sino desde la inmersión total en la vida social. Cada interacción, cada preferencia, cada gesto aparentemente banal se convierte en insumo para la modelización de conductas futuras. Así, la experiencia cotidiana es simultáneamente vivida y explotada, convertida en materia prima para la ingeniería de la conciencia.

 

En este contexto, la ideología ya no se presenta como un conjunto explícito de doctrinas, sino como una atmósfera difusa que permea todas las dimensiones de la existencia. La guerra cognitiva no busca imponer una verdad única, sino fragmentar la posibilidad misma de la verdad compartida, erosionar los criterios de validación y sustituirlos por una proliferación de narrativas equivalentes en su apariencia, pero profundamente desiguales en su capacidad de incidencia.

 

La saturación informativa, la velocidad de circulación y la lógica de la espectacularización generan un entorno en el que la distinción entre conocimiento y opinión se diluye, y donde la crítica pierde terreno frente a la reacción inmediata.

 

Sin embargo, esta aparente dispersión no implica ausencia de dirección. Por el contrario, la guerra cognitiva opera mediante una racionalidad estratégica que orienta la producción y circulación de contenidos en función de intereses de clase bien definidos.

La concentración de los medios de comunicación, la propiedad de las infraestructuras tecnológicas y la capacidad de inversión en investigación y desarrollo configuran un campo profundamente desigual, donde ciertos actores disponen de una ventaja estructural para intervenir en la formación de la conciencia colectiva.

 

 La neutralidad tecnológica es, en este sentido, una ficción funcional a la reproducción de esa desigualdad.

Con las disputas agudizadas entre clases sociales, lejos de desaparecer en la era digital, se desplaza e intensifica en el terreno de la semiosis social. La producción de sentido se convierte en un campo de batalla donde se disputan las interpretaciones del mundo, las narrativas sobre el pasado y las proyecciones del futuro.

 

La guerra cognitiva busca desarticular la conciencia de clase, fragmentar las experiencias comunes y sustituirlas por identidades aisladas, fácilmente gestionables y orientables. La individualización extrema, presentada como libertad, funciona como un mecanismo de despolitización que impide la articulación de proyectos colectivos emancipadores.

 

En este escenario, la alienación adquiere nuevas formas. No se limita a la separación entre el trabajador y el producto de su trabajo, sino que se extiende a la relación del sujeto con su propia experiencia.

 

La mediación constante de dispositivos tecnológicos introduce una distancia entre la vivencia y su representación, entre el acontecimiento y su inscripción en los circuitos de circulación simbólica. La vida se vuelve, en gran medida, una experiencia mediada por interfaces que organizan la percepción, jerarquizan la información y orientan la atención.

 

La conciencia se configura así en un entorno preformateado, donde las posibilidades de pensamiento están condicionadas por arquitecturas invisibles.

 

No obstante, reconocer la profundidad de esta ofensiva no implica asumir una posición fatalista. La misma infraestructura que posibilita la guerra cognitiva abre también espacios para la resistencia y la reconfiguración crítica. La conciencia de clase, lejos de ser un residuo del pasado, se revela como una necesidad urgente en un contexto donde la explotación adopta formas cada vez más sofisticadas.

 

Comprender los mecanismos de la guerra cognitiva es el primer paso para desarticularlos, para interrumpir su funcionamiento y para construir alternativas que restituyan la capacidad colectiva de producir sentido. La tarea no es sencilla, pues implica disputar no sólo contenidos, sino formas de percepción y de relación. Requiere una praxis que articule conocimiento riguroso, sensibilidad ética y compromiso político, capaz de intervenir en los circuitos de la comunicación sin reproducir sus lógicas dominantes.

 

Se trata de construir espacios de enunciación que no estén subordinados a la lógica del mercado, que no reduzcan la complejidad a simplificaciones rentables, y que apuesten por una inteligibilidad crítica del mundo.

 

La dimensión humanista de esta tarea no puede entenderse como una apelación abstracta a valores universales desvinculados de las condiciones materiales. Por el contrario, se funda en la afirmación concreta de la dignidad humana frente a su reducción a dato, a perfil o a mercancía.

La guerra cognitiva, en su forma actual, tiende a cosificar la conciencia, a tratarla como un objeto manipulable en función de objetivos externos.

 

Frente a ello, el humanismo crítico reivindica la capacidad de los sujetos para pensar, para decidir y para transformar su realidad, no como individuos aislados, sino como parte de procesos colectivos. La superación de la guerra cognitiva como dispositivo de dominación no pasa por un retorno nostálgico a formas anteriores de comunicación, sino por la construcción de nuevas mediaciones que reorganicen la relación entre tecnología, conocimiento y sociedad.

 

Esto implica democratizar el acceso a las infraestructuras, transparentar los mecanismos de funcionamiento y, sobre todo, desarrollar una pedagogía crítica que permita a los sujetos reconocer las operaciones a las que están siendo sometidos. La alfabetización mediática, en este sentido, no es un complemento educativo, sino una condición para la emancipación.

 

En última instancia, el caballo de Troya cibernético sólo puede cumplir su función en la medida en la que permanece invisible, en que sus mecanismos son naturalizados y aceptados como parte del orden de las cosas. Hacerlo visible, descomponer sus engranajes y exponer sus finalidades es ya una forma de resistencia. Por el contrario, no basta con la denuncia; es necesario articular prácticas que construyan otros modos de producir y compartir sentido, que restituyan la centralidad de lo común y que fortalezcan la conciencia de clase como horizonte de transformación.

 

Y la guerra cognitiva no es un destino que elegimos, sino una imposición imperial histórica que puede y debe ser superada. En la medida en la que los sujetos recuperen la capacidad de pensar críticamente su propia situación, de reconocerse en las experiencias de otros y de organizarse colectivamente, el caballo de Troya perderá su eficacia. La conciencia, lejos de ser un territorio conquistado de una vez y para siempre, es un campo en disputa permanente. En esa disputa se juega no sólo la interpretación del mundo, sino la posibilidad misma de transformarlo.

 

 

Autor: Fernando Buen Abad

Fuente: Cubadebate

 

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domingo, 10 de mayo de 2026

 


1408

 

 

LA LUCHA DE CLASES

Domenico Losurdo

 

(52)

 

 

VII

Lenin 1919: «La lucha de clases ha cambiado sus formas»


 


 

3. «Colectivismo de la miseria, del sufrimiento»

        

Estamos en presencia de un debate a escala internacional en el que también participa Gramsci. Su intervención está incluida en el artículo que saluda al octubre bolchevique recién estallado como «la revolución contra El capital», contra la obra de Marx que los reformistas leen en clave positivista y determinista, que deslegitima cualquier insurrección socialista en un país que no sea de los capitalistas más avanzados. El artículo es famoso por esta posición antidogmática, pero también merecería serlo en relación con el problema que estamos discutiendo ahora. Así es como interpreta Gramsci en diciembre de 1917 el hito histórico que supone la victoria de los bolcheviques en un país bastante atrasado y además agotado por la guerra:

 

 

         Al principio será el colectivismo de la miseria, del sufrimiento. Pero un régimen burgués heredaría las mismas condiciones de miseria y sufrimiento. El capitalismo no podría hacer en Rusia sin demora lo que podrá hacer el colectivismo. Hoy haría mucho menos, porque no tardaría en ponerse en contra a un proletariado descontento, frenético, incapaz de soportar en beneficio de otros las penas y amarguras que acarrearía la mala situación económica [...]. El sufrimiento que seguirá a la paz solo podrá ser soportado si los proletarios sienten que corresponde a su voluntad, a su tenacidad en el trabajo, suprimirlo lo antes posible.

 

 

         En este texto el comunismo de guerra, que está a punto de ser impuesto en Rusia, se legitima en el plano táctico y se deslegitima en el plano estratégico, se legitima en lo inmediato y se deslegitima con la mirada puesta en el futuro. El «colectivismo de la miseria, del sufrimiento» se justifica por las condiciones concretas por las que está pasando Rusia: el capitalismo sería incapaz de hacerlo mejor. Pero este «colectivismo de la miseria, del sufrimiento», lejos de ser sinónimo de plenitud espiritual y rigor moral, es algo que debe superarse «lo antes posible». No es de extrañar que más tarde, como veremos, Gramsci justifique en el plano político y teórico el paso a la NEP.

        

 

Sin embargo, para amplios sectores del movimiento comunista, tanto en Rusia como en Occidente, el «comunismo de guerra» (es decir, «colectivismo de la miseria, del sufrimiento» y la «miseria socializada» de los que hablan Gramsci y Trotski) es justamente sinónimo de plenitud espiritual y rigor moral. El resultado es que se transfiguran como expresión de lucha de clases proletaria el logro y la defensa de ese «tosco igualitarismo» y ese «ascetismo general» contra los que pone en guardia el Manifiesto. Este clima espiritual tampoco es privativo de la Rusia soviética. Al contrario, entre los intelectuales y militantes occidentales parece todavía más acusado. En 1921, decepcionado por la introducción de la NEP Pascal no renueva el carné del Partido Comunista aunque sigue viviendo en Moscú y trabajando en el Instituto Marx-Engels. A su vez, un dirigente comunista francés, aunque se resigna a este viraje, al mismo tiempo añade en un artículo de L’Humanité: «La NEP trae consigo un poco de la podredumbre capitalista que había desaparecido por completo en la época del comunismo de guerra».

 

 

         Incluso personalidades alejadas del movimiento comunista temen que el país nacido con la revolución de octubre pierda su idealismo. Como el gran escritor austriaco Joseph Roth, que visita el país de los soviets entre septiembre de 1926 y enero de 1927 y denuncia la «americanización» en curso: «Se desprecia a Estados Unidos, es decir, al gran capitalismo sin alma, al país donde el oro es Dios. Pero se admira a Estados Unidos, es decir, el progreso, la plancha eléctrica, la higiene y los acueductos». En conclusión: «Esta es una Rusia moderna, técnicamente avanzada, con ambiciones estadounidenses. Esta ya no es Rusia». También aquí interviene el «vacío espiritual».

 

 

        

Superadas las primeras incertidumbres y vacilaciones, Lenin empieza a criticar duramente la transfiguración del «colectivismo de la miseria, del sufrimiento». La economía basada en el trueque, que caracterizaba al llamado comunismo de guerra, es ahora sinónimo de atraso no solo en el plano económico sino también en el espiritual: mantener en pie «la falta de intercambios entre la agricultura y la industria, la falta de vínculos y contactos entre ellas» también significa privar al enorme campo ruso del «vÍnculo material con la civilización, con el capitalismo, con la gran industria, con la gran ciudad», significa eternizar en estos territorios «el patriarcado, la semibarbarie y la barbarie auténtica». «El capitalismo es un mal comparado con el socialismo», desde luego, pero por otro lado «el capitalismo es un bien comparado con el periodo medieval, comparado con la pequeña producción, comparado con el burocratismo que está ligado a la dispersión de los pequeños productores» (LO). Con respecto a una sociedad premoderna y semifeudal, el capitalismo también es un progreso en el plano espiritual. Aunque no se dice explícitamente, ahora, en vez de interpretar y criticar el «comunismo de guerra» como un intento precipitado de construir una sociedad poscapitalista, se ve como una recaída objetiva en un estado social precapitalista. Recaída causada ante todo por la guerra mundial y la guerra civil, como Lenin no se cansa de precisar; pero esta recaída había experimentado una transfiguración, y no solo por quienes habían saludado la revolución de octubre desde posiciones próximas al pauperismo cristiano.

        

 

Había sido un proceso y una ilusión óptica no muy distintos de los que se habían producido en Occidente, donde eminentes intelectuales, ante la movilización total de la población y los recursos económicos para una dirección centralizada de la guerra, se habían felicitado por la llegada de un salvador «socialismo de guerra» (o «socialismo de estado y de nación», según la definición de Croce), que resolvería para siempre la cuestión social y la resolvería de un modo ordenado y orgánico (Losurdo 1991). Pero, mirándolo bien, este supuesto régimen social nuevo no era más que el viejo capitalismo al que se habían añadido la recluta y la disciplina terrorista de guerra. A la ilusión óptica del «comunismo de guerra en Rusia» le corresponde en Occidente la ilusión óptica (y manipulación ideológica) del «socialismo de guerra», o «de estado y de nación».

        

 

Una vez emprendido el camino de la NEP, Lenin arregla cuentas con el populismo: «Es preciso desarrollar el comercio de todas las maneras y a toda costa, sin tener miedo del capitalismo [...]. Hay que usar todos los medios para estimular el intercambio entre la industria y la agricultura» (LO). Lo mismo que el «comunismo de guerra» tiene poco que ver con la construcción de una sociedad poscapitalista, el desinterés por una economía mercantil, más que al socialismo y al marxismo, remite al «estado de ánimo patriarcal, viejo ruso, semiaristocrático, semicampesino, donde es innato el desdén instintivo e inconsciente por el comercio» (LO).

        

 

Sin embargo, aunque con aspectos variables, el populismo en Rusia es duro de pelar. En 1935 Bujarin critica la extraña noción de lucha de clases que induce a desatender el desarrollo de las fuerzas productivas y a sospechar de la riqueza e incluso del bienestar económico como tal:

        

 

Hoy los sectores acomodados de los campesinos, y también los sectores medios que tienden a volverse acomodados, tienen miedo de acumular. Se ha creado una situación en la que el campesino tiene miedo de hacerse un tejado de chapa por temor a que le declaren kulak, y si compra una máquina procura que los comunistas no se enteren. La técnica avanzada se ha vuelto clandestina (Bujarin).

 

Hay que acabar de una vez con esta política:

        

 

Hay que decirles a todos los campesinos en conjunto, a todos los sectores de campesinos: enriqueceos, acumulad, desarrollad vuestras haciendas. Solo unos idiotas pueden decir que entre nosotros siempre tiene que haber pobreza; hoy debemos aplicar una política que acabe con la pobreza (Bujarin).

        

 

Como vemos, el llamamiento a enriquecerse se dirigía a «todos los campesinos», pero era muy improbable que todos alcanzaran el objetivo del bienestar al mismo ritmo. Viendo las desigualdades y las contradicciones que, por lo menos durante algún tiempo, acarrearía inevitablemente este proceso, los «idiotas» (los populistas) mencionados por el dirigente soviético tenían un motivo más para proclamar la superioridad moral de una condición social caracterizada por el reparto ordenado e igualitario de la miseria.

        

 

Varios años después siguen haciéndose oír: «Si todos nos hacemos ricos y los pobres dejan de existir, ¿en quién nos apoyaremos los bolcheviques para nuestro trabajo?». Estamos en 1930, y así, según Stalin, argumentan y se angustian los «intrigantes de “izquierda” que idealizan a los campesinos pobres como sostén eterno del bolchevismo». Y de nuevo se nota el peso de una tradición que tiene raíz religiosa. Nos vienen a la mente las observaciones críticas de Hegel sobre el mandamiento evangélico que impone ayudar a los pobres: los cristianos, perdiendo de vista el hecho de que es «un precepto condicionado» y dándole un valor absoluto, acaban dándoselo también a la pobreza, la única que puede dar sentido a la norma de socorrer a los pobres. Los cristianos, o algunos de ellos, necesitan que haya miseria para gozar del sentimiento de nobleza moral que da ayudar a los pobres. Pero la seriedad de la ayuda a los pobres se mide con la contribución a la superación de la pobreza como tal (Losurdo 1992).

        

 

Los comunistas también pueden olvidar el carácter «condicionado» del precepto revolucionario que les induce a dar voz a los explotados y los pobres; los comunistas también pueden tender a idealizar la miseria o por lo menos la escasez como premisa necesaria para hacer gala de su rigor revolucionario. Y Stalin se ve obligado a destacar un aspecto central: «Sería estúpido pensar que el socialismo puede construirse sobre la base de la miseria y las privaciones, sobre la base de reducir las necesidades personales y bajar el tenor de vida de los hombres al nivel de los pobres»; el socialismo, por el contrario, «solo puede construirse sobre la base de un desarrollo impetuoso de las fuerzas productivas de la sociedad» y «sobre la base de una vida acomodada de los trabajadores», es más, de «una vida acomodada y civilizada para todos los miembros de la sociedad» (Stalin). En esto, por lo menos, está en plena consonancia con Trotski quien, remitiendo a Marx, insiste de un modo todavía más enfático sobre la importancia de aumentar la riqueza material: «En el terreno de la “miseria socializada”, la lucha por lo necesario amenaza con resucitar “todas las antiguallas” y las resucita parcialmente a cada paso».

        

 

La aparición de formas cambiantes de populismo no es un fenómeno exclusivo de la Rusia soviética. Veamos el caso de China: el Gran Salto Adelante de 1958-59 y la Revolución Cultural desencadenada en 1966 se proponen, gracias a una movilización de masas sin precedentes, imprimir una aceleración prodigiosa al desarrollo de la economía para que China pueda quemar etapas y alcanzar en tiempo récord a los países industriales más avanzados. Aunque esta perspectiva está en las antípodas del populismo, este acaba haciendo aparición de un modo subordinado. Con motivo del Gran Salto Adelante, sobre todo, la transfiguración en clave moral de la pobreza digna y generalizada pretende favorecer la movilización marcial e «igualitaria» de la población, de un ejército del trabajo capaz de obrar el milagro. En segundo lugar, el fracaso del intento sumamente ambicioso (asombroso, en realidad) de colmar el retraso con Occidente en tiempo récord se afronta con la propaganda (populista) de un socialismo entendido como «colectivismo de la miseria, del sufrimiento», lo que equivale a obviar el gran tema marxiano que considera condenadas por la historia las relaciones capitalistas de producción, por haberse convertido en un obstáculo para el desarrollo de las fuerzas productivas.

        

 El populismo, en cambio, se presenta de una forma más clara y precisa en la polémica internacional del Partido Comunista Chino, en particular, contra el dirigente soviético Jruschov, acusándole de patrocinar un «comunismo gulash» centrado en el bienestar material y en el «modo de vida burgués» y alejado de las tareas y los ideales de transformación revolucionaria del mundo…

 

(continuará)

 

 

 

[ Fragmento de: Domenico Losurdo. “La lucha de clases” ]

 

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