domingo, 26 de julio de 2026

 

1418

 

LA LUCHA DE CLASES

Domenico Losurdo

 

 (54)

 

 

 

VII

Lenin 1919: «La lucha de clases ha cambiado sus formas»

 

 


 

 

5. La lucha de clases y las dos desigualdades

        

Pero ¿cuál es la meta del desarrollo de la producción y de la productividad? Los bolcheviques en el poder, perdida la esperanza de extender la revolución anticapitalista a Occidente, enseguida se dan cuenta de que, tanto en relación con su programa ideal y político como con la situación internacional, no se enfrentan a una sola desigualdad, sino a dos. No es solo la desigualdad que lacera transversalmente un país. La revolución de octubre y las otras revoluciones de inspiración marxista o comunista, por haber triunfado en el margen o fuera del mundo más desarrollado, tuvieron que enfrentarse al problema de la «desigualdad global» a escala internacional (Arrighi 2008). Todas ellas, al conquistar el poder, tuvieron que vérselas con un proceso cuyo desenlace fue que «las desigualdades entre naciones» acabaron siendo tan profundas «como las desigualdades entre clases sociales», de modo que la humanidad quedó «dividida de un modo irreversible» (Davis 2001); tuvieron que vérselas con la «gran divergencia» por excelencia, que no solo abrió un abismo entre las naciones, sino que acabó con «un mundo policéntrico sin un centro dominante» para dar lugar a «Un sistema mundial con centro en Europa» (Pomeranz 2004).

        

Por comodidad de exposición lo llamaré «primer tipo de desigualdad». En la Rusia soviética no se advierte menos dolorosamente que el segundo. Al decir de Lenin (enero 1920):

 

Los trabajadores no deben olvidar que el capitalismo ha dividido las naciones en un pequeño número de naciones que oprimen, grandes potencias (imperialistas), que tienen todos los derechos y son privilegiadas, y una inmensa mayoría de naciones oprimidas, dependientes o medio dependientes, privadas de derechos (LO).

        

La Rusia soviética se sitúa en ese segundo grupo de naciones, o corre el riesgo de que la empujen a él. Después de sufrir las graves amputaciones territoriales impuestas por la Alemania de Guillermo II, tiene que enfrentarse a la intervención de los aliados. Aunque los bolcheviques logran consolidar el poder y estabilizar la situación dentro del país, el marco internacional sigue siendo muy poco tranquilizador. El tratado de Versalles pone fin a la primera guerra mundial, pero no acalla las voces, procedentes de distintos ángulos, que evocan el peligro de una nueva conflagración no menos ruinosa que la primera. El propio Lenin pone en guardia repetidamente contra este peligro. Es un motivo más para intensificar la lucha contra el primer tipo de desigualdad, ya que Rusia tiene un retraso considerable en el plano económico y tecnológico con respecto a los países más avanzados. Desgraciadamente, en estos países no ha vencido la revolución:

        

Debemos recordar que ahora toda la técnica avanzada, toda la industria desarrollada pertenecen a los capitalistas, que luchan contra nosotros. Debemos recordar que o somos capaces de tensar al máximo todas nuestras fuerzas en el trabajo diario, o nos espera inevitablemente la ruina. Todo el mundo, dada la situación actual, se desarrolla más deprisa que nosotros. El mundo capitalista, al desarrollarse, dirige todas sus fuerzas contra nosotros. ¡Estos son los términos del problema! Por eso debemos prestar una atención especial a esta lucha (LO).

        

Así pues, el primer tipo de desigualdad se está agravando, lo que podría tener consecuencias catastróficas para la Rusia soviética y acabaría por impedir cualquier plan serio de lucha contra el segundo tipo de desigualdad. Partiendo de esta premisa, Lenin no se cansa de insistir en la necesidad del desarrollo científico y tecnológico, asimilando los resultados de Occidente. Una preocupación que también expresa en 1925 Bujarin cuando, refiriéndose a los países capitalistas más avanzados, observa: «nosotros avanzamos y ellos avanzan». La separación sigue igual, así como los riesgos que implica. En estas condiciones «el problema del ritmo de desarrollo, o sea, el problema de la rapidez de nuestro desarrollo, adquiere una importancia excepcional»; «nuestro desarrollo económico tiene que ser más rápido». Es el motivo que después se convierte en el hilo conductor del planteamiento de Stalin.

        

Una de las tareas más urgentes es la electrificación del gran país euroasiático. Bien puede Arendt ironizar sobre la «curiosa fórmula» («Electrificación más soviets») con que Lenin sintetiza «la esencia y los fines de la revolución de octubre»: según ella es una consigna que, al callar sobre la «edificación del socialismo», expresa «una separación, totalmente ajena al marxismo, entre economía y política». Pero ningún estadista serio y responsable se tomaría en serio esta lección de escolástica doctrinaria. No, desde luego, Lenin y los bolcheviques: ellos tenían que enfrentarse a la invasión de las potencias contrarrevolucionarias e, incluso después de derrotarla, sabían de sobra que el peligro no había desaparecido. De modo que la electrificación era un asunto de vida o muerte.

        

 

Por lo demás, estamos en presencia de un problema que, con formas distintas, siempre se plantea en los países que están inmersos en un proceso revolucionario y se encuentran fuera o en los márgenes del Occidente más avanzado. En los años sesenta del siglo pasado, en Cuba, el Che Guevara observa:

        

Desde que los capitales monopolistas se apoderaron del mundo, han mantenido en la pobreza a la mayoría de la humanidad, repartiéndose las ganancias entre el grupo de los países más fuertes. El nivel de vida de estos países está basado en la miseria de los nuestros.

        

 

Por lo tanto «hay que dar el gran salto técnico para ir disminuyendo la diferencia que hoy existe entre los países más desarrollados y nosotros», para adquirir «la tecnología de los países adelantados». Sí, es preciso «empezar una nueva etapa de auténtica división internacional del trabajo basada, no en la historia de lo que hasta hoy se ha hecho, sino en la historia futura de lo que se puede hacer» (Guevara 1969); se impone un nuevo orden internacional que permita el desarrollo conjunto de la humanidad, evitando la esclavización de colonias y semicolonias.

        

 

Las dos luchas de clase contra los dos tipos distintos de desigualdad están en cierto modo vinculadas. Gracias a la electrificación de la Rusia soviética se puede superar o atenuar el aislamiento del campo sin electrificar respecto de la ciudad y reducir la separación entre mundo urbano y mundo rural (LO). Al mismo tiempo, la electrificación y el desarrollo técnico y científico en conjunto reducen la desproporción en las relaciones de fuerza militares a escala internacional y dificultan o impiden el sometimiento colonial y la auténtica esclavización que intenta más tarde el Tercer Reich; es decir, dificultan o impiden la agudización extrema de la desigualdad en el ámbito de la división internacional del trabajo. Como vemos, con el permiso de Arendt, en ambos frentes la unidad de economía y política es muy clara.

        

Hasta aquí las dos luchas contra las dos desigualdades van a la par. Por otro lado, en cambio, intervienen inevitablemente un desfase y una contradicción: la limitación de una desigualdad puede suponer una agudización momentánea de la otra. Si, como escribe Lenin entre agosto y septiembre de 1922, es una tarea prioritaria de la Rusia soviética asimilar «todo lo que hay de realmente valioso en la ciencia europea y estadounidense» (LO), no cabe duda de que esta operación resulta bastante más fácil si el país parte de niveles altos de desarrollo económico, intelectual y tecnológico; es decir, se trata de una operación que, mientras permite a las regiones más avanzadas de Rusia acortar distancias con Occidente, agranda su ventaja con respecto a las regiones más atrasadas del país euroasiático.

        

 

Y eso no es todo. En octubre de 1921 Lenin señalaba que el poder soviético se veía obligado a pagar a los «especialistas» un sueldo «excepcionalmente elevado, de “burgueses”» (LO). Era el precio a pagar para disponer de técnicos cualificados que debían imprimir una aceleración al desarrollo de Rusia y reducir así la desigualdad con los países más avanzados. La otra cara de esta política tendente a la igualdad en el plano internacional era la agudización de la desigualdad salarial dentro del país. Se podía poner el acento en la lucha contra esta última renunciando a la contribución tan costosa de los «especialistas», pero el resultado sería agravar el atraso económico y tecnológico, y la consiguiente desigualdad con respecto a los países más avanzados en lo tecnológico (y potencialmente hostiles). Con el fin de reducir este primer tipo de desigualdad, había que hacer un esfuerzo para atraer a Rusia capitales extranjeros y así introducir «instalaciones equipadas con la última palabra de la técnica», acercarse progresivamente «a los trust modernos más avanzados de los otros países» para acabar alcanzándoles tarde o temprano. Pero los capitales extranjeros que se trataba de atraer garantizándoles la «concesión» de tal o cual recurso natural, pretendían obtener «beneficios ilimitados» (LO). Aunque era ineludible, la adquisición de la tecnología más avanzada tenía unos costos políticos y sociales (además de económicos) muy considerables.

        

 

En nuestros días, lejos de desaparecer, este problema se ha agravado enormemente. Un prestigioso diario estadounidense informa del plan ejecutado por Washington a partir de 2006: en el ámbito de la política de estrangulamiento de Cuba, busca la «defección» de los médicos de la isla rebelde que están haciendo una labor tan meritoria en Haití y otras partes del mundo, pero pueden ser atraídos con los honorarios mucho más elevados que podrían percibir en Estados Unidos (Archibold 2011). O pensemos en China. A partir de 1978 y de la política de reformas y apertura promovida por Deng Xiaoping, unos dos millones de estudiantes o licenciados han continuado sus investigaciones en el extranjero; solo un tercio ha regresado a la patria. En los últimos años el porcentaje ha aumentado mucho y sigue creciendo gracias a la política de fortísimos incentivos materiales aplicada por las autoridades gubernativas del país asiático. Sin duda el reclamo patriótico también estimula el regreso al país de origen, pero este reclamo es tanto más fuerte cuanto más concreta sea la posibilidad de participar en el progreso de un país y un pueblo que a pasos de gigante colman el desfase con los mayores avances tecnológicos e industriales y que gracias a ello recuperan la autoestima. Una vez más se pone en evidencia el carácter ineludible de la lucha contra las relaciones de desigualdad vigentes a escala internacional.

        

 

No es de extrañar que este problema se plantee con especial fuerza en China, un país de civilización antiquísima que, por haber faltado en su día a la cita con la revolución industrial, sufrió la opresión colonial impuesta por Occidente. En una conversación del 10 de octubre de 1978, Deng Xiaoping llama la atención sobre el hecho de que se está ampliando la brecha tecnológica con los países más avanzados; estos se desarrollan «con una velocidad enorme» mientras que China no consigue mantener el paso. Y diez años después: «la alta tecnología está avanzando a un ritmo enorme»; existe el riesgo de que «la brecha de China con respecto a los demás países aumente aún más» (Deng Xiaoping).

        

 

Si el gran país asiático hubiera faltado a la cita con la nueva revolución tecnológica, se habría condenado a un atraso permanente y se habría encontrado en una situación de debilidad y desigualdad parecida a la que la había entregado inerme a las guerras del opio y a los abusos del capitalismo y el colonialismo occidentales. Pero esta política de rápido desarrollo económico y tecnológico, esta carrera en pos de Occidente, ¿no acabaría por favorecer a las regiones (costeras) que gozaban de una situación geográfica mejor y disponían por lo menos de las modestas infraestructuras, mal que bien dejadas en herencia por el dominio colonial o semicolonial? La distribución más o menos igualitaria de la miseria cedería el paso a un proceso de desarrollo con ritmos inevitablemente desiguales. Volvía a presentarse el problema que acabamos de ver aparecer inmediatamente después de la revolución de octubre: ¿el objetivo de la lucha de clases revolucionaria era crear una sociedad donde, con la desaparición de «los ricos», solo hubiera sitio para los «pobres y paupérrimos», o debía fomentar un desarrollo de las fuerzas productivas y la riqueza social, para acabar de una vez por todas con la miseria y la penuria, elevando drásticamente el nivel de vida de las masas populares? Por otro lado, ¿hasta qué punto se puede considerar igualitaria una sociedad donde solo hay sitio para «pobres y paupérrimos»?...

 

(continuará)

 

 

[ Fragmento de: Domenico Losurdo. “La lucha de clases” ]

 

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viernes, 17 de julio de 2026


1417

 

 

LA MILITARIZACIÓN DEL SISTEMA FINANCIERO INTERNACIONAL

Alejandro Marcó del Pont 

 

 

La propia arquitectura del crédito está diseñada matemáticamente para hacer que la paz sea económicamente inviable y el conflicto armado una necesidad permanente

 

 

 


[Foto: Luc Frieden, Primer Ministro de Luxemburgo, y Mark Carney, Primer Ministro de Canadá.]

 

 

Nos encontramos en una era donde la retórica de la paz es meramente el guante de terciopelo que oculta el puño de hierro del complejo militar-industrial-financiero. La transformación de la OTAN de una simple alianza militar defensiva a un ecosistema financiero-industrial permanente ya no es una teoría de conspiración marginal; es la política oficial y declarada de la élite occidental. En el centro de este cambio de paradigma histórico se encuentra una propuesta que ha sido presentada con el lenguaje estéril y tranquilizador de la salvación tecnocrática: el Banco de Defensa, Seguridad y Resiliencia, conocido por sus siglas en inglés como DSRB.

 

Para el ojo no entrenado, o para aquel que se conforma con los comunicados de prensa institucionales, esta iniciativa suena como un mecanismo burocrático más, diseñado para garantizar la seguridad continental frente a las amenazas del siglo XXI. Pero para los que saben leer la letra pequeña de las finanzas globales y entender los flujos de capital subterráneos, el DSRB es el plano arquitectónico para la mayor transferencia de riqueza en la historia de Occidente. Estamos presenciando la financiarización absoluta de la guerra, un sistema donde la propia arquitectura del crédito está diseñada matemáticamente para hacer que la paz sea económicamente inviable y el conflicto armado una necesidad permanente, estructural y, sobre todo, extraordinariamente rentable.

 

Para comprender la verdadera naturaleza financiera, uno debe mirar primero a sus arquitectos, porque en el mundo de las altas finanzas, el mensajero siempre revela la verdadera naturaleza del mensaje. No es ninguna coincidencia, ni mucho menos un accidente histórico, que los principales promotores de este leviatán bancario sean Luc Frieden, el Primer Ministro de Luxemburgo, y Mark Carney, el Primer Ministro de Canadá en un artículo firmado por ambos en el Financial Times (FT) periódico de origen británico favorable a la globalización. La geografía y el currículum de estos dos líderes son la clave de todo el engranaje.

 

Luxemburgo no es un país normal en términos financieros; es la gran catedral de la optimización fiscal europea, el domicilio legal donde los fondos de inversión más grandes del planeta, incluido BlackRock, estacionan sus billones de dólares para evitar la tributación nacional y esquivar el escrutinio democrático. Frieden no propone un banco por un repentino y fervoroso patriotismo por la defensa de las fronteras europeas; lo propone para crear una nueva clase de activos altamente lucrativa, un nuevo vehículo de deuda soberana para los fondos domiciliados en su paraíso fiscal.

 

Al otro lado del Atlántico se encuentra Mark Carney, la encarnación perfecta y acabada de la élite financiera globalista. Su currículum se lee como el directorio de un gobierno en la sombra que opera por encima de las naciones. Goldman Sachs, Gobernador del Banco de Canadá, Gobernador del Banco de Inglaterra y alto ejecutivo de Brookfield Asset Management. Carney no ve el mundo a través de la lente de un político tradicional preocupado por construir escuelas, mantener hospitales o fortalecer el tejido social; lo ve exclusivamente como un gestor de carteras buscando rentabilidad en una economía global estancada que carece de activos seguros.

 

La fusión del poder estatal y la especulación financiera en la esfera pública es absoluta, y se manifiesta de manera descarada a través de la vertiginosa puerta giratoria que conecta los más altos cargos del gobierno con las salas de juntas de Wall Street y la City de Londres. Cuando Carney necesitaba dirigir el nuevo y masivo gasto de defensa de Canadá, no buscó a diplomáticos experimentados, ni a estrategas militares, ni a expertos en relaciones internacionales. Nombró a Doug Guzman, un ex colega de Goldman Sachs y viejo amigo de sus días en la banca de inversión, como el CEO de la nueva Agencia de Inversión en Defensa.

 

Mientras tanto, en Ottawa, el papel crucial de viceministro de Comercio Internacional fue entregado a Glenn Purves, quien fue economista en jefe del Instituto de Inversión de BlackRock. Este nombramiento no es un mero movimiento de personal; es la institucionalización explícita de un conflicto de intereses colosal. El gestor de activos más grande del planeta, el fondo que lo posee todo y que tiene participaciones cruzadas en todas las grandes empresas de defensa del mundo, ahora tiene un conducto directo y oficial hacia las políticas comerciales y de defensa del gobierno canadiense. El Estado ya no regula al mercado; el mercado ha capturado al Estado de manera formal, y sus ejecutivos ahora escriben las leyes de la guerra desde los despachos ministeriales.

 

¿Pero cómo funciona realmente esta magnífica máquina de extracción de riqueza? ¿Por qué insisten Frieden y Carney en que el DSRB es una necesidad absoluta e ineludible? Su argumento público está envuelto en el lenguaje de la frustración regulatoria y la urgencia geopolítica. Afirman que las regulaciones bancarias internacionales actuales, específicamente los acuerdos de Basilea III y IV, están obstaculizando la acumulación militar y frenando la reestructuración de las fuerzas armadas occidentales. Bajo las reglas de Basilea, que fueron diseñadas tras la crisis de 2008 para evitar que los bancos se endeuden hasta el cuello, prestar a empresas de defensa, especialmente a las de tamaño medio que están expandiendo sus líneas de producción, se considera una actividad riesgosa.

 

Los bancos están obligados por ley a mantener una cierta cantidad de su propio capital en reserva como colchón de seguridad contra estos préstamos. La regla de oro de Basilea dicta que un banco comercial solo puede prestar aproximadamente doce euros por cada euro de capital propio destinado a cubrir el riesgo de la deuda. Los bancos, que están ansiosos por financiar el auge de los armamentos porque es un negocio extremadamente lucrativo, encuentran sus manos atadas por estas normas de prudencia financiera. La solución propuesta por los banqueros globalistas reconvertidos en políticos es crear el DSRB, una institución multilateral que no funcionará prestando su propio dinero, sino que operará como una magnífica y sofisticada máquina de transferencia de riesgo.

 

El truco del DSRB opera en tres pasos engañosamente simples, diseñados para evadir el sentido común y las regulaciones financieras. El primer paso es la emisión de bonos con calificación AAA, lo que ellos llaman eufemísticamente «dinero barato». El DSRB sale a los mercados de capital globales y emite deuda masiva. Debido a que este nuevo banco está respaldado por las garantías soberanas de los estados miembros de la OTAN y la Unión Europea, inversores institucionales como BlackRock, los fondos de pensiones globales y las compañías de seguros consideran que estos bonos son tan seguros como la deuda de una nación rica y estable. Reciben la calificación crediticia más alta posible, la AAA, y, por lo tanto, el DSRB puede pagar tasas de interés muy bajas.

 

Este es dinero barato, extraído directamente de los ahorros globales de la clase trabajadora y de los fondos de pensiones de los ciudadanos. El segundo paso es la garantía multilateral, que funciona como el truco de la varita mágica. El DSRB toma este dinero barato y no se lo presta directamente a los contratistas de defensa. En su lugar, proporciona una garantía soberana a los bancos comerciales como Deutsche Bank, JPMorgan, ING o Santander. El DSRB les dice a estos bancos: presten todo el dinero que necesiten a Rheinmetall o Leonardo para construir misiles, drones y munición. Si la empresa de defensa quiebra, sufre un revés tecnológico o no puede pagaros, el DSRB, y por ende los estados contribuyentes a través de sus tesorerías nacionales, los devolverá el dinero íntegramente.

 

El tercer paso es la multiplicación milagrosa del capital, donde la magia contable alcanza su cenit. Al poner una garantía soberana AAA sobre un préstamo de defensa que originalmente era riesgoso, las regulaciones de Basilea cambian repentinamente su cálculo de riesgo. El banco comercial ya no ve en su balance un fabricante de misiles de tamaño medio y volátil; ve un instrumento de deuda soberana libre de riesgo. Los requisitos de capital del banco para ese préstamo caen en picado, acercándose a cero.

 

De repente, en lugar de estar limitado a prestar doce euros por cada euro de capital, el banco puede prestar el doble, el triple o incluso más. El DSRB ha desbloqueado mágicamente miles de millones de euros que estaban atrapados en las bóvedas de los bancos por las regulaciones de prudencia. Un sistema de garantías que, según sus propios folletos, «desbloqueará préstamos comerciales a estas empresas, manteniendo las cadenas de suministro en movimiento y los precios estables». Esto significa que los bancos comerciales, que normalmente serían cautelosos al prestar a empresas de defensa en etapas de crecimiento, ahora tendrán garantías soberanas que eliminan el riesgo mientras mantienen las ganancias estrictamente privatizadas.

 

Esto nos lleva a la alquimia definitiva del DSRB, la transformación del dinero del contribuyente en un misil, y la extracción de beneficios en cada paso del viaje. Imagina el circuito de esta transferencia de riqueza, un ciclo perfecto de ingeniería financiera. Comienza con el ciudadano, que sin saberlo proporciona la garantía a través de la firma soberana de su gobierno. El estado firma un papel que establece que, si el contratista de defensa incumple, el tesoro nacional cubrirá la pérdida con los impuestos de su gente.

 

El ciudadano asume el riesgo total sin haber votado nunca un presupuesto militar específico para ello. A continuación, los bancos comerciales utilizan esta garantía estatal para multiplicar sus préstamos, originando miles de millones en crédito y cobrando fuertes comisiones por el privilegio de actuar como intermediarios. Los gobiernos, a su vez, compran estas armas a precios inflados, comprometiendo presupuestos nacionales a largo plazo. Los contratistas de defensa, inundados con capital barato a largo plazo, construyen sus fábricas y elaboran sus municiones. Las empresas de defensa obtienen ganancias garantizadas por contratos estatales a décadas de vista. Sus beneficios se disparan, el precio de sus acciones se aprecia en las bolsas de valores y pagan dividendos gigantescos a sus accionistas.

 

Y aquí es donde el genio oscuro del sistema alcanza su máxima expresión, pues BlackRock y los megafondos de inversión cierran el círculo y ganan en ambos lados del tablero, sin importar el resultado. En el lado de la deuda, los fondos de inversión gestionados por BlackRock, muchos de los cuales están domiciliados en el paraíso fiscal de Luxemburgo que tanto defiende Luc Frieden, compran los bonos AAA emitidos por el DSRB. Cada bono AAA genera comisiones de suscripción del 2% del valor nominal. Para lograr los 850 mil millones de euros, significa 17 mil millones de euros en comisiones, además de cobrar un interés seguro y constante, pagado en última instancia por los contribuyentes europeos y canadienses.

 

En el lado del capital, BlackRock es uno de los mayores accionistas de Rheinmetall, Leonardo, BAE Systems y Thales a través de su fondo de inversión que permite invertir en empresas europeas del sector militar y de defensa (ETF iShares Europe Defence). A medida que estas empresas recaudan miles de millones de los contratos estatales financiados por el DSRB, el precio de sus acciones se dispara, y BlackRock cobra masivas comisiones de gestión sobre los fondos y obtiene ganancias de capital extraordinarias. El contribuyente financia el riesgo, el banco origina el préstamo y cobra comisiones, la fábrica construye el misil y obtiene márgenes garantizados, y BlackRock cobra los intereses del bono y los dividendos de la acción. El dinero público se privatiza en forma de beneficios financieros de manera sistemática e incesante.

 

Este ciclo crea lo que los economistas críticos llaman el negocio de la guerra permanente, un sistema donde todos los actores con poder tienen un incentivo financiero directo, matemático y estructural para oponerse a la paz y promover la perpetuación del conflicto. Es la forma definitiva y perversa de keynesianismo militar, una doctrina económica que utiliza el gasto en armamento para estimular la economía y mantener el empleo.

 

Pero en realidad, este keynesianismo militar desvía recursos masivos lejos de la provisión social, de la transición ecológica y de la innovación civil. Es un callejón sin salida, tanto económica como políticamente, porque destruye el tejido productivo real de la nación en favor de una industria que no produce bienestar, sino capacidad de destrucción. El término «economía de guerra permanente» ya no es una advertencia de los años cincuenta; es el modelo de negocio operativo del siglo XXI.

 

La gran mentira que se le vende al electorado es que este sistema no va a endeudar a los países. Los políticos saldrán en las pantallas de televisión a asegurar que el DSRB es dinero privado, que no cuenta como deuda pública y que no afectará a los servicios sociales. Pero esto es una falacia contable basada en los llamados “pasivos contingentes”. La deuda está ahí, oculta en las sombras del balance, esperando el momento de la crisis para materializarse.

 

Cuando la burbuja estalle, o cuando los costes de los proyectos se disparen por la corrupción y la ineficiencia inherentes a los monopolios de defensa, la garantía soberana será ejecutada. En ese momento, la deuda privada de las empresas de defensa se convertirá mágicamente en deuda pública soberana. Los estados tendrán que rescatar al sistema, y lo harán subiendo los impuestos a la clase media, recortando las pensiones y privatizando aún más los servicios públicos. La estrategia de Mark Carney de construir un eje financiero entre Canadá y Europa no es más que la materialización de esta visión. Carney, con su experiencia en Goldman Sachs y Brookfield, está utilizando su posición como Primer Ministro de Canadá para canalizar flujos de capital hacia el sector de defensa, beneficiando directamente a Brookfield, BlackRock y los grandes bancos internacionales que conforman su círculo íntimo.

 

El complejo militar-industrial está evolucionando hacia un complejo militar-industrial-financiero, donde el capital de riesgo fluye hacia industrias cada vez más militarizadas, y donde la frontera entre el estado, la banca y la fábrica de armas ha desaparecido por completo. Los beneficiarios concretos de este nuevo orden son fácilmente identificables. En el sector de las empresas de defensa, los gigantes europeos y americanos como Rheinmetall, Leonardo, BAE Systems, Thales, Lockheed Martin y RTX están experimentando una edad de oro, con pedidos que superan los cientos de miles de millones de euros.

 

En el sector bancario, las instituciones internacionales como JP Morgan, Deutsche Bank, ING, Royal Bank of Canada y Commerzbank se llenan los bolsillos con comisiones de emisión, garantía y gestión de deuda. Los gestores de activos, encabezados por el oligopolio de BlackRock, Vanguard y State Street, canalizan los ahorros globales hacia este ciclo de destrucción creativa. Los centros financieros como Luxemburgo, Londres, Nueva York y Frankfurt se consolidan como los nodos por donde fluye esta riqueza extraída. Y los políticos, desde Frieden hasta Carney, pasando por la Comisión Europea y la administración de la OTAN, actúan como los gerentes de esta gran corporación transnacional, asegurándose de que el grifo del gasto público nunca se cierre.

 

Sin embargo, para entender el tablero completo de esta geopolítica del despojo, es imperativo analizar la fisura transatlántica que subyace a toda esta arquitectura financiera. Detrás de la «militarización bancaria» y el DSRB, se está librando una guerra comercial y geopolítica feroz por quién se queda con el pastel de los billones de euros que se van a gastar en rearme. Esta realidad fue brillantemente expuesta en un reciente análisis de Politico que revela las tensiones internas de la alianza.

 

Por un lado, tenemos la postura de la OTAN, liderada por su Secretario General Mark Rutte, que promueve la doctrina del «Made in NATO». Rutte y la administración estadounidense exigen que el dinero europeo se gaste comprando y coproduciendo armas con la industria militar de EEUU. El objetivo de Washington es mantener a su propia industria militar en niveles de producción récord, abaratando costes por escala y asegurando que los billones de dólares del rearme europeo terminen en las arcas de Texas, Virginia y Connecticut.

 

Por otro lado, la Comisión Europea intenta resistir con la doctrina del «compra en Europa», argumentando que, si los contribuyentes europeos pagan la factura, la industria y los empleos deben quedarse en Europa. Para ello, han diseñado mecanismos como el programa Instrumento de Acción por la Seguridad de Europa (SAFE), que moviliza 150.000 millones de euros para financiar la producción militar y la compra de armamento. Permite a los Estados miembros obtener préstamos a largo plazo para reforzar su defensa, con un mínimo del 65% del material exigido de origen europeo.

 

Pero esta fisura transatlántica es, en gran medida, una ilusión óptica diseñada para ocultar la realidad del saqueo. El Banco de Defensa, Seguridad y Resiliencia (DSRB) actúa como el puente perfecto que reconcilia ambas posturas en beneficio del capital financiero. A BlackRock o a JPMorgan les da exactamente igual si el misil lleva la etiqueta «Made in NATO» o «compra europea». Si el misil es estadounidense, BlackRock cobra dividendos en Wall Street; si es europeo, cobra en Fráncfort o Milán.

 

Las empresas estadounidenses no están perdiendo el mercado europeo; lo están capturando mediante empresas conjuntas y acuerdos de coproducción, llevándose el know-how, los márgenes de beneficio y el respaldo financiero del DSRB, mientras que los europeos ponen la mano de obra, las fábricas y el riesgo político. La supuesta «autonomía estratégica» europea es una quimera. Al aceptar la arquitectura financiera del DSRB, Europa está permitiendo que la Reserva Federal y los bancos de Wall Street dicten las condiciones de su rearme. Europa está diciendo que va a gastar el cinco por ciento de su PIB en defensa, pero en lugar de emitir deuda europea conjunta para pagarlo directamente, va a dejar que los bancos privados le presten ese dinero a través del DSRB, cobrándole intereses usureros.

 

La pregunta fundamental que debe hacerse cualquier persona consciente es si este sistema es sostenible. Históricamente, los imperios y las naciones que han priorizado el gasto militar sobre la inversión civil, que han financiero sus guerras mediante la devaluación monetaria y la deuda oculta, han colapsado. La Unión Soviética se desmoronó en parte porque no podía sostener la carga que Reagan imponía a su complejo militar-industrial. Roma cayó bajo el peso de sus legiones y la devaluación de su moneda. El sistema actual de economía de guerra permanente puede parecer sostenible a corto plazo, impulsado por la inercia financiera y la impresión de dinero, pero a largo plazo es una bomba de relojería.

 

Eventualmente, los costes superarán a los beneficios, la base imponible de los estados se erosionará por la fuga de capitales hacia los paraísos fiscales, y la ciudadanía, empobrecida por la inflación y los recortes sociales, se rebelará contra una élite que le ha vendido seguridad a cambio de esclavitud financiera.

 

La paradoja final de este sistema es que requiere la escalada continua de amenazas, la perpetuación del miedo y la imposibilidad de la paz para justificar su propia existencia. La paz no es rentable para BlackRock; la paz es un riesgo sistémico que amenaza con quebrar el modelo de negocio. Por eso, la militarización bancaria no es solo una política económica; es la declaración de guerra de las finanzas contra la sociedad, la conversión definitiva de la muerte en el activo financiero más perfecto, y la confirmación de que, en el nuevo orden mundial, la única guerra que importa es la que se libra en los balances de los bancos.

 

 

 

Fuente: eltabanoeconomista.wordpress.com

 

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lunes, 13 de julio de 2026

1416

 

LAS VENAS ABIERTAS DE AMÉRICA LATINA

Eduardo Galeano

 

 (17)

 

 

PRIMERA PARTE

LA POBREZA DEL HOMBRE COMO RESULTADO DE LA RIQUEZA DE LA TIERRA.

 

 


 

LA REVOLUCIÓN ANTE LA ESTRUCTURA DE LA IMPOTENCIA

 

  La proximidad geográfica y la aparición del azúcar de remolacha, surgida durante las guerras napoleónicas, en los campos de Francia y Alemania, convirtieron a los Estados Unidos en el cliente principal del azúcar de las Antillas. Ya en 1850 los Estados Unidos dominaban la tercera parte del comercio de Cuba, le vendían y le compraban más que España, aunque la isla era una colonia española, y la bandera de las barras y las estrellas flameaba en los mástiles de más de la mitad de los buques que llegaban allí. Un viajero español encontró hacia 1859, campo adentro, en remotos pueblitos de Cuba, máquinas de coser fabricadas en Estados Unidos. Las principales calles de La Habana, fueron empedradas con bloques de granito de Boston. Cuando despuntaba el siglo XX se leía en el Louisiana Planter:

 

«Poco a poco, va pasando toda la isla de Cuba a manos de ciudadanos norteamericanos, lo cual es el medio más sencillo y seguro de conseguir la anexión a los Estados Unidos».

 

En el Senado norteamericano se hablaba ya de una nueva estrella en la bandera; derrotada España, el general Legnard Wood gobernaba la isla. Al mismo tiempo pasaban a manos norteamericanas las Filipinas y Puerto Rico. «Nos han sido otorgados por la guerra —decía el presidente McKinley incluyendo a Cuba—, y con la ayuda de Dios y en nombre del progreso de la humanidad y de la civilización, es nuestro deber responder a esta gran confianza».

 

  En 1902, Tomás Estrada Palma tuvo que renunciar a la ciudadanía norteamericana que había adoptado en el exilio: las tropas norteamericanas de ocupación lo convirtieron en el primer presidente de Cuba. En 1960, el ex embajador norteamericano en Cuba, Earl Smith, declaró ante una subcomisión del Senado:

 

«Hasta el arribo de Castro al poder, los Estados Unidos tenían en Cuba una influencia de tal manera irresistible que el embajador norteamericano era el segundo personaje del país, a veces aún más importante que el presidente cubano».

 

 

Cuando cayó Batista, Cuba vendía casi todo su azúcar en Estados Unidos. Cinco años antes, un joven abogado revolucionario había profetizado certeramente, ante quienes lo juzgaban por el asalto al cuartel Mancada, que la historia lo absolvería; había dicho en su vibrante alegato:

 

«Cuba sigue siendo una factoría productora de materia prima. Se exporta azúcar para importar caramelos…».

 

 

Cuba compraba en Estados Unidos no sólo los automóviles y las máquinas, los productos químicos, el papel y la ropa, sino también arroz y frijoles, ajos y cebollas, grasas, carne y algodón. Venían helados de Miami, panes de Atlanta y hasta cenas de lujo desde París. El país del azúcar importaba cerca de la mitad de las frutas y las verduras que consumía, aunque sólo la tercera parte de su población activa tenía trabajo permanente y la mitad de las tierras de los centrales azucareros eran extensiones baldías donde las empresas no producían nada. Trece ingenios norteamericanos disponían de más de 47 por ciento del área azucarera total y ganaban alrededor de 180 millones de dólares por cada zafra. La riqueza del subsuelo —níquel, hierro, cobre, manganeso, cromo, tungsteno— formaba parte de las reservas estratégicas de los Estados Unidos, cuyas empresas apenas explotaban los minerales de acuerdo con las variables urgencias del ejército y la industria del norte. Había en Cuba, en 1958, más prostitutas registradas que obreros mineros. Un millón y medio de cubanos sufría el desempleo total o parcial, según las investigaciones de Seuret y Pino que cita Núñez Jiménez.

 

  La economía del país se movía al ritmo de las zafras. El poder de compra de las exportaciones cubanas entre 1952 y 1956 no superaba el nivel de treinta años atrás, aunque las necesidades de divisas eran mucho mayores. En los años treinta, cuando la crisis consolidó la dependencia de la economía cubana en lugar de contribuir a romperla, se había llegado al colmo de desmontar fábricas recién instaladas para venderlas a otros países. Cuando triunfó la revolución, el primer día de 1959, el desarrollo industrial de Cuba era muy pobre y lento, más de la mitad de la producción estaba concentrada en La Habana y las pocas fábricas con tecnología moderna se teledirigían desde los Estados Unidos. Un economista cubano, Regino Boti, coautor de las tesis económicas de los guerrilleros de la sierra, cita el ejemplo de una filial de la Nestlé que producía leche concentrada en Bayamo: «En caso de accidente, el técnico telefoneaba a Connecticut y señalaba que en su sector tal o cual cosa no marchaba. Recibía en seguida instrucciones sobre las medidas a tomar y las ejecutaba mecánicamente… Si la operación no resultaba exitosa, cuatro horas más tarde llegaba un avión transportando un equipo de especialistas de alta calificación que arreglaban todo. Después de la nacionalización ya no se podía telefonear para pedir socorro y los raros técnicos que hubieran podido reparar los desperfectos secundarios habían partido». El testimonio ilustra cabalmente las dificultades que la Revolución encontró desde que se lanzó a la aventura de convertir a la colonia en patria.

 

  Cuba tenía las piernas cortadas por el estatuto de la dependencia y no le ha resultado nada fácil echarse a andar por su propia cuenta. La mitad de los niños cubanos no iba a la escuela en 1958, pero la ignorancia era, como denunciara Fidel Castro tantas veces, mucho más vasta y más grave que el analfabetismo. La gran campaña de 1961 movilizó a un ejército de jóvenes voluntarios para enseñar a leer y a escribir a todos los cubanos y los resultados asombraron al mundo: Cuba ostenta actualmente, según la Oficina Internacional de Educación de la UNESCO, el menor porcentaje de analfabetos y el mayor porcentaje de población escolar, primaria y secundaria, de América Latina. Sin embargo, la herencia maldita de la ignorancia no se supera en una noche y un día, ni en doce años. La falta de cuadros técnicos eficaces, la incompetencia de la administración y la desorganización del aparato productivo, el burocrático temor a la imaginación creadora y a la libertad de decisión, continúan interponiendo obstáculos al desarrollo del socialismo. Pero pese a todo el sistema de impotencias forjado por cuatro siglos y medio de historia de la opresión, Cuba está naciendo, con entusiasmo que no cesa, de nuevo: mide sus fuerzas, alegría y desmesura, ante los obstáculos…

 

(continuará)

 

 

 

[ Fragmento de: Eduardo Galeano. “Las venas abiertas de América Latina” ]

 

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