miércoles, 15 de abril de 2026

 

 

1405

 

“LA SOMBRA DE FRANCO EN LA TRANSICIÓN”

Alfredo Grimaldos

 

 

 


 

(…) El 13 de agosto, Francisco Javier Verdejo Lucas, estudiante de 19 años, muere en Almería por disparos de la Guardia Civil. Recibe un balazo por la espalda mientras hace una pintada: "Pan, trabajo y lilbertad". Es plena feria patronal en la localidad andaluza y el suceso conmociona a toda la provincia. Javier es hijo de un personaje muy conocido en aquellas tierras, Guillermo Verdejo, un franquista recalcitrante que ha sido presidente del Colegio de Farmacéuticos y alcalde de Almería. Cuando los guardias civiles que han asesinado a su hijo se presentan ante él para ofrecerle sus excusas, intentando explicarle que lo ocurrido ha sido fruto de un accidente, el padre de la víctima les contesta que sólo han cumplido con su obligación. Los familiares del fallecido intentan que el entierro pase despercibido, pero la gente abarrota la iglesia de la Virgen del Mar. Varios camaradas del Javier, que militaba en la Joven Guardia Roja, organización juvenil del Partido del Trabajo de España (PTE), y miembros de otros partidos de izquierda arrebatan el féretro a la familia y lo llevan en hombros hasta el cementerio, al frente de una gran multitud. El gobernador civil de Almería es el fiscal Roberto García Calvo, que en 2001 llegará a magistrado del Tribunal Constitucional. Ordena la detención de quienes han participado en "el secuestro del cadáver" durante el entierro, pero no realiza ninguna investigación sobre las circunstancias en la que se ha producido la muerte del joven comunista y archiva rápidamente el caso. Cuando es designado juez del Tribunal Constitucional, 25 años después, respaldado por el gobierno de José María Aznar, a nadie se le ocurre preguntarle por el asesinato de Javier Verdejo.

 

El grupo musical andaluz "Gente del Pueblo" graba poco después un homenaje a Javier por sevillanas:

 

"Por las playas de Almería / nacieron claveles frescos, / sembrados con la semilla / del joven Javier Verdejo. / Cayó su cuerpo "jerío", / como en otoño las hojas / y con su sangre, en la arena, / puso la bandera roja".

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-El 8 de septiembre muere en Fuenterrabía Jesús María Zabala, delineante de 24 años, por disparos de la Guardia Civil, mientras participa en una manifestación pro amnistía. Son las fiestas del "Alarde" y 50.000 personas asisten a su funeral. El día 9 se inicia una huelga general en todo el País Vasco como rechazo al nuevo crimen.

 

En la misma composición de Gente del Pueblo que rinde homenaje a Javier Verdejo, titulada "Pan, trabajo y libertad", también se recuerda a Jesús María Zabala: "Cómo se agitan los mares, / Euskadi se ha "estremecío" / y al grito de libertad, / se levanta "embravecío". / El pueblo pide justicia / por la muerte de Zabala, / por todos los que han caído / heridos cuando luchaban".

 

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-El 22 de septiembre, en La Laguna, Bartolomé García Lorenzo, estudiante de 21 años, muere acribillado a tiros por agentes de policía que siguen la pista de un delincuente común, El Rubio, con quien la víctima no tiene ninguna relación. Los agentes asaltan, por   equivocación, el piso donde se encuentra Bartolomé y, sin aviso previo, ametrallan la puerta del domicilio. Una ráfaga de subfusil atraviesa el tercer piso, del portal cuarto, del bloque de edificios de la Divina Pastora, en la popular barriada de Somosierra-García Escámez, de Santa Cruz de Tenerife. Entre las personas que ocupan el interior de la vivienda hay, en ese momento, dos niños, de tres y quince meses. Son los hijos de Antonia Lorenzo, prima de Bartolomé. La madre y los dos críos, afortunadamente, resultan ilesos, pero Bartolomé cae muerto. Cuando termina el asalto, los vecinos del inmueble consiguen contar 33 orificios de bala en la puerta ametrallada. Las manifestaciones de protesta por este asesinato, las más importantes de toda la historia de La Laguna, son reprimidas con enorme dureza. Se produce una huelga general y hay violentos disturbios que se saldan con 27 manifestantes detenidos. El inspector José Antonio del Arco Martín es condenado por la Audiencia de Tenerife, en 1982, por delito de homicidio, a dos años de prisión que no cumple. Poco después de ser condenado es destinado al servicio de escolta del ministro socialista Ernest Lluch y luego nombrado jefe de Contravigilancia de la Comisaría General de Seguridad Ciudadana.

Otro de los agentes que participa en la operación que concluye con el asesinato de Bartolmé, Juan José Merino Antón, es condenado a otros dos años que tampoco cumple. Además. No pierde su lugar en el escalafón policial y es ascendido a subcomisario. También son condenados a dos años de prisión José María Vicente Toribio, Angel Dámaso Estrada, Juan Gregorio Valentín Oramas y Miguel Guillermo López García. Ninguno de ellos entra en prisión ni ve perjudicada su carrera profesional.

El 28 de enero de 1986, la Audiencia de Tenerife, mediante un auto, declara extinguida la responsabilidad de los agentes en el homicidio de Bartolomé García.

 

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-El 27 de septiembre de 1976, durante una manifestación celebrada con motivo del primer aniversario de los cinco últimos fusilamientos de Franco, es asesinado en Madrid el estudiante de psicología Carlos González Martínez, de 21 años. Es el quinto hijo de una familia de seis hermanos y su padre, Eduardo González Calderón, trabaja como comentarista deportivo en Radio Madrid. Paradójicamente, el padre del joven asesinado fue combatiente de la División Azul y un hermano suyo murió en los frentes soviéticos. Carlos no participa en la manifestación, camina por la calle de Alcalá, alrededor de las 9 de la noche, en compañía de dos amigos, y al llegar a la confluencia de la calle de Barquillo se encuentra con un grupo de manifestantes que huyen de la policía. En la carrera pierde a sus amigos. Junto a la esquina de la calle de Barquillo con la de San Marcos, se topa con tres individuos armados con pistolas. Uno de ellos, de alrededor de 25 años, viste pantalón vaquero y jersey, es alto y con el pelo rizado. Otro, de unos 30 años, tiene un aire tosco y brutal, es fuerte y más bajo que el anterior y viste una camiseta marrón. El tercero es rubio, de pelo corto, con zamarra verde de tipo militar y un pantalón claro. Suenan varios disparos y Carlos cae al suelo, boca abajo, mientras se oyen gritos de "¡Viva Cristo Rey!".

 

La trayectoria de la herida, que empieza en la espalda, en el riñón izquierdo, y llega hasta muy cerca del corazón, a un centímetro, parece indicar que Carlos se encuentra corriendo, inclinado hacia delante o incluso a punto de caer, cuando recibe el impacto. El disparo está hecho a quemarropa, apenas a un metro de distancia. Más tarde aparecen en el lugar del crimen cuatro casquillos de bala (dos de 7,65 y otros dos de 9 milímetros). Carlos fallece en la madrugada del 28 de septiembre. Juan José Rosón, recién nombrado gobernador civil de Madrid, ha asumido las reponsabilidades del orden público en la provincia, función hasta entonces reservada al jefe superior de Policía. A pesar de la precisa descripción de los asesinos que hacen varios testigos presenciales, no se detiene a nadie en relación con el caso.

 

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-El 15 de diciembre, durante una manifestación a favor de la abstención en el referéndum de la Ley de la Reforma Política, es brutalmente apaleado por la policía el joven Angel Almazán Luna. Mientras el presidente del Gobierno, Adolfo Suárez, y su ministro de la Gobernación, Rodolfo Martín Villa, celebran el éxito del "sí" en la consulta, Angel fallece el día 20 de diciembre, en la Residencia de La Paz, a consecuencia del severo traumatismo craneal que le han provocado los policías. No se realiza ninguna investigación…

 

 

( Del libro:  “La sombra de Franco en la Transición” / Alfredo Grimaldos )

 

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sábado, 4 de abril de 2026

 

1404

 

 

STALIN, HISTORIA Y CRÍTICA DE UNA LEYENDA NEGRA.

Domenico Losurdo.

 

 ( 30 )

 

 

 

ENTRE EL SIGLO VEINTE Y LAS RAÍCES HISTÓRICAS PREVIAS, ENTRE HISTORIA DEL MARXISMO E HISTORIA DE RUSIA: LOS ORÍGENES DEL "ESTALINISMO"

 

 


 

Qué significa gobernar: un atormentado proceso de aprendizaje

 

Volvamos al análisis hegeliano de la dialéctica de la Revolución francesa (y  de  las  grandes revoluciones en general). A partir de la experiencia concreta y las consecuencias desastrosas a las que conduce la «furia disolvente», los individuos comprenden la necesidad de dar un contenido concreto y particular  a  la  universalidad,  poniendo  fin  a  la  persecución  enloquecida  de  la  universalidad  en  su inmediatez  y  pureza.  Renunciando  al  igualitarismo  absoluto,  los  individuos  «aceptan  nuevamente  la negación  y  la  diferencia»,  esto  es,  «la  organización  de  las  masas  espirituales  en  las  que  se  articula  la multitud de consciencias individuales». Estas, además, «vuelven a una obra particular y limitada, pero precisamente  por  ello  vuelven  a  su  realidad  sustancial».  Por  lo  tanto  se  entiende  ya  el  carácter inconcluyente y desastroso del mito de una «voluntad universal» o más bien, usando el lenguaje esta vez no  de  Hegel  sino  de  no  pocos  revolucionarios  rusos,  de  una democracia  directa,  una  «dirección colectiva»  que  sin  mediaciones  ni  obstáculos  burocráticos  se  exprese  directa  e  inmediatamente  en  las fábricas, en los lugares de trabajo, en los organismos políticos.

 

Como  se  ve,  más  que  el  jacobinismo,  el  blanco  de  las  críticas  de  Hegel  son  el  radicalismo  y mesianismo  anarcoide.  Esto  se  confirma  por  las  consideraciones  que  realiza  a  propósito  de  otra  gran revolución:  la  revolución  puritana  que  estalla  en  Inglaterra  a  mediados  del  siglo  diecisiete. Acabando con  un  período  de  inconcluyente  exaltación  religiosa  y  pseudo-revolucionaria  dando  un  cauce  político efectivo a un parto de largos años, Cromwell demuestra que «sabía bien lo que era gobernar»: «tomó con pulso firme las riendas del gobierno, deshizo aquel parlamento que se perdía en rezos y mantuvo con gran esplendor  el  trono,  como  Protector».  Saber  gobernar  significa  aquí  ser  capaz  de  otorgar  un  contenido concreto  a  los  ideales  de  universalidad  que  han  precedido  a  la  revolución,  por  ejemplo  tomando claramente distancia, en lo que respecta a la primera Revolución inglesa, de los seguidores de la «quinta monarquía», la vacua utopía de una sociedad carente de normas jurídicas que ni siquiera necesitarían por el hecho de que los individuos serían ilustrados y guiados por la gracia. En la medida en la que supo tomar distancia de la utopía abstracta e inconcluyente, también Robespierre demostró conocer, o querer aprender, el arte de gobernar.

 

 

Tras una gran revolución, sobre todo cuando sus protagonistas son estratos ideológicos y políticos privados de propiedad y de la experiencia política conectada con el disfrute de la propiedad, aprender a gobernar significa aprender a dar un contenido concreto a la universalidad. Pero precisamente se trata de un proceso de aprendizaje. En lo que respecta a la revolución socialista, no comienza ni acaba con Stalin.

 

 

De  hecho,  el  límite  más  grave  de  este  estadista  (aunque  también,  de  diferente  manera,  de  los  otros estadistas que todavía en nuestros días se vinculan al socialismo) es el de haber dejado sin completar o gravemente inacabado este proceso de aprendizaje.

 

 

Tomemos la cuestión nacional. En Lenin podemos leer la tesis de que la «inevitable fusión de las naciones»  y  de  las  «diferencias  nacionales»,  incluidas  las  lingüísticas,  pasa  a  través  de  un  «período transitorio» de pleno y libre despliegue de las naciones y sus diferentes lenguas, culturas e identidades.

 

 

Al menos en lo que respecta al «período transitorio» está clara aquí la consciencia de que lo universal debe saber comprehender lo particular. Ya ha comenzado un significativo proceso de aprendizaje: ya nos encontramos  más  allá  del  universalismo  abstracto  por  ejemplo  de  Luxemburg,  para  quien  las particularidades nacionales son de por sí una negación del internacionalismo.

 

 

Y sin embargo, en lo que respecta a la cuestión nacional, la unidad de universal y particular Lenin parece acogerla sólo en relación al «período de transición».

 

Stalin es a ratos más radical:

 

Algunos,  por  ejemplo  Kautsky,  hablan  de  crear  en  el  período  de  socialismo  una  única lengua para toda la humanidad y de extinguir todas las demás lenguas. Yo creo poco en esta teoría de una lengua única para toda la humanidad. En cualquier caso, la experiencia no habla en favor, sino en contra de esta teoría.

 

 

A juzgar por esta cita, ni siquiera el comunismo debería caracterizarse por «una única lengua para toda la humanidad». Pero es como si Stalin tuviese miedo de su valentía. Más bien prefiere remitir la «fusión de las naciones y las lenguas nacionales» al momento en el que el socialismo habrá triunfado a nivel mundial. Quizás solamente en los últimos años de su vida, cuando ya es una autoridad indiscutida en  el  movimiento  comunista  internacional,  Stalin  se  muestra  más  audaz.  No  se  limita  a  defender  con fuerza que «la historia registra una gran estabilidad y enorme resistencia de la lengua a la asimilación forzada».  Ahora  la  elaboración  teórica  va  más  allá:  «la  lengua  difiere  de  manera  radical  de  una superestructura»; «no es creada por una clase cualquiera, sino más bien por toda la sociedad, por todas las  clases  de  la  sociedad,  gracias  a  los  esfuerzos  de  cientos  de  generaciones»,  por  tanto  es  absurdo hablar de una «"naturaleza clasista" de la lengua». Entonces ¿por qué tendrían que disolverse las lenguas nacionales?  ¿Por  qué  tendrían  que  disolverse  las  naciones  en  cuanto  tales,  si  es  verdad  que  «la comunidad  lingüística  representa  uno  de  los  más  importantes  signos  distintivos  de  una  nación»? Sin embargo, la ortodoxia acaba por conseguir la victoria final pese a todo: el comunismo continúa siendo concebido  como  el  triunfo  de  la  «lengua  común  internacional»  y  en  última  instancia,  de  una  única nación. Al  menos  en  lo  que  respecta  a  este  mítico  estadio  final,  el  universal  puede  ser  pensado  de nuevo  en  su  pureza,  sin  la  contaminación  de  lo  particular,  representado  por  las  lenguas  e  identidades nacionales. No se trata de un problema abstractamente teórico: el apego a la ortodoxia no ha contribuido ciertamente  a  la  comprensión  de  las  contradicciones  permanentes  entre  las  naciones  que  se  remiten  al socialismo  y  se  consideran  comprometidas  en  la  construcción  del  comunismo.  Son  éstas  las contradicciones  que  han  desarrollado  un  rol  de  primer  plano  en  el  proceso  de  crisis  y  disolución  del "campo socialista".

 

 

También en otros campos de la vida social vemos a Stalin comprometerse en una difícil lucha contra la utopía abstracta, para después pararse a mitad de camino, con el fin de no comprometer la ortodoxia tradicional. Todavía en 1952 y por tanto poco antes de su muerte, se ve obligado a criticar a aquellos que querían  la  liquidación  de  la  «economía  mercantil»  como  tal.  En  polémica  con  ellos,  Stalin  observa juiciosamente:

 

“Se  dice  que  la  producción  mercantil  bajo  cualquier  condición  debe  llevar  y necesariamente llevará al capitalismo. Esto no es verdad. ¡No siempre y no en cualesquiera condiciones!  No  se  puede  identificar  la  producción  mercantil  con  la  producción  capitalista. Son dos cosas diferentes.”

 

 

Puede existir perfectamente «una producción mercantil sin capitalistas». Y sin embargo, también en este caso la ortodoxia se muestra como una barrera insalvable: la disolución de la economía mercantil se vincula al momento en el que serán realmente colectivizados «todos los medios de producción», con la superación por tanto de la misma propiedad cooperativa.

 

 

Finalmente, el problema quizás decisivo. Hemos visto a Stalin reflexionar acerca de una «tercera función»,  más  allá  de  la  represión  y  de  la  lucha  de  clases  en  el  plano  interior  e  internacional.  Un prestigioso jurista tuvo razón al subrayar que el informe al XVIII Congreso del PCUS nos coloca frente a «un  cambio  radical  de  la  doctrina  desarrollada  por  Marx  y  Engels».  Era  un  cambio  al  que  Stalin llegaba a partir también de su experiencia de gobierno, por un proceso concreto de aprendizaje que había dejado huellas en el pensamiento y en la acción política del último Lenin pero que ahora daba un ulterior paso adelante. De manera bastante diferente razonaba Trotsky, que consideraba sintetizar de éste modo la posición  de  Marx,  Engels  y  Lenin:  «La  generación  que  ha  conquistado  el  poder,  la  vieja  guardia, comienza la liquidación del Estado; la generación siguiente llevará a cabo esta tarea». Si este milagro no se producía, ¿de quién podía ser la culpa sino de la traidora burocracia estaliniana?

 

 

Puede  parecer  confundente  remitirse  a  categorías  filosóficas  para  explicar  la  historia  de  la  Rusia soviética, pero quien avala este enfoque es el mismo Lenin, que cita y suscribe la «excelente fórmula» de la  Lógica  hegeliana  según  la  cual  el  universal  debe  ser  tal  como  para  acoger  en    «la  riqueza  del Al expresarse así piensa sobre todo en la situación revolucionaria, que está siempre determinada y que  llega  al  punto  de  ruptura  del  eslabón  débil  de  la  cadena  en  un  país  particular.  La  «excelente fórmula», sin embargo, no fue utilizada por Lenin y el grupo dirigente bolchevique para analizar la fase siguiente a la conquista del poder. Al enfrentarse al problema de la construcción de una nueva sociedad, los  intentos  de  hacer  que  el  universal  abrace  «la  riqueza  del  particular»  se  han  encontrado  con  la acusación de traición. Y se comprende bien que tal acusación haya golpeado de manera especial a Stalin, pues  gobernó  durante  más  tiempo  que  cualquier  otro  líder  el  país  de  la  Revolución  de  octubre  y, precisamente a partir de la experiencia de gobierno fue consciente de la vacuidad de la espera mesiánica por  la  disolución  del  Estado,  de  las  naciones,  de  la  religión,  del  mercado,  del  dinero,  y  experimentó directamente  el  efecto  paralizante  de  una  visión  del  universal  inclinada  a  etiquetar  como  una contaminación  la  atención  prestada  a  las  necesidades  e  intereses  particulares  de  un  Estado,  de  una nación, de una familia, de un individuo determinado.

 

 

Si es verdad que la ideología cumple un papel significativo en la prolongación del Segundo período de  desórdenes,  debe  precisarse  que  ésta  apunta  en  especial  a  los  antagonistas  de  Stalin.  Este  último, gracias también a la concreta experiencia de gobierno, se ha dedicado seriamente al aprendizaje por el que, según las enseñanzas de Hegel, se ve obligado a pasar el grupo dirigente de una gran revolución…

 

(continuará)

 

 

 

[ Fragmento de: Domenico Losurdo. “Stalin, historia y crítica de una leyenda negra” ]

 

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