miércoles, 14 de octubre de 2026


1432

 

 DE LA DECADENCIA DE LA POLÍTICA EN EL CAPITALISMO TERMINAL

Andrés Piqueras

 

(53)

 


John Holloway

 


PARTE II

Del in-politicismo teórico-práctico

 

(…) No es de extrañar que Federici muestre a Holloway como referente teórico a seguir en el camino de la emancipación. Pero, ¿qué hacer cuando el Poder cobra acto de presencia en ese camino, con toda su crudeza, para desbaratar proyectos o sencillamente para eliminar a las personas que los emprenden, como pasa tan a menudo y en tantos y tantos lugares? ¿Volvemos a los extremos del aparato fonador-excretor –el “grito” o el “pedo”– como únicos elementos transformadores? (recordemos que Holloway, además de su famoso “grito” como agente revolucionario, habla de la supuesta enorme potencialidaddel que agacha la cabeza y se inclina ante el poderoso, pero desapercibidamente se suelta un pedo a su paso) ¿Estamos depositando toda nuestra confianza para transformar las sociedades en imaginadas personas que, tras una pretendida autodesalienación, se han hecho lo suficientemente “puras” como para no dejarse atravesar por los poderes ni para reproducirlos dentro de ellas, de manera que podemos despreciar tener en nuestras manos los medios de socialización y formación de conciencia social?, ¿nos sobramos para descartar cualquier relación con el Estado y cualquier acción sobre él? ¿De verdad pensamos que es lo mismo que esté el Estado en manos de una junta militar, que al menos en parte esté ocupado por un gobierno como el de Allende, por ejemplo, en poder de la camarilla oligárquica que sostuvo a Jeanine Áñez en Bolivia, que en las de personas surgidas de las bases sociales, como fue Evo Morales o como luego Luis Arce, con todas las limitaciones propias de ciertas correlaciones de fuerza, y con todos los errores a criticar y corregir?

 

Al final aquellas propuestas, de las que Federici es sólo un ejemplo, se asemejan, a pesar de las declaraciones en contra de sus emisoras (como se ha denunciado desde propios sectores del feminismo y del poscolonialismo), y a pesar del trabajo concreto de la autora italiana en diversas formaciones periféricas del capitalismo, a sueños bonitos eurocentristas de mujeres del “Primer Mundo”, pertenecientes a esa amorfa “clase media” cuya pertenencia (o aspiración a pertenecer) deja una impronta en las conciencias y en las proyecciones práxicas muy difícil de extirpar. A menudo estos planteamientos anti-tocar-el-Estado dejan atisbar ese repetido anhelo de construir mundos mejores sin hacer revoluciones (sin mancharse las manos, sin que se trastoquen las cómodas posiciones sociales de las que se parte, desde las que se puede teorizar). El miedo a que el mundo cambie de verdad de arriba abajo puede estar entre las razones de esa predilección postmoderna (hablo ahora sólo de las gentes bienintencionadas que caen dentro de este paradigma, no de las elites que le promueven) por confiar todo a los “micro-cambios”, a las “transversalidades”, a las “nocturnidades”, de manera que su lentísima acción permita seguir disfrutando de su situación privilegiada a quienes ya la tenían.

 

Y no es que los movimientos sociales moleculares, las luchas en la base de la sociedad por el Común, por los Comunes, las transversalidades de las luchas no tengan una importancia “básica” en todos los sentidos, precisamente porque están en la base de la sociedad, sino que por eso mismo precisan dotarse de, y forjar, unas instituciones diferentes, que les permitan sedimentarse sin perder su radicalidad –su accionar transformador en las raíces de la sociedad– (lo vemos un poco más en el apartado nal de este capítulo). Por eso y para eso, hay un camino que contiene mayores probabilidades transformadoras que otros: que aquellos movimientos vayan coagulando en organizaciones de masas amplias, fuertes y poderosas, capaces de ejercer un contra-poder lo suficientemente vasto como para ocupar o al menos interferir en los distintos puestos de mando del capital y detener sus políticas de clase, con todos los añadidos que le son anejos: patriarcales, coloniales, imperialistas, racistas... Trabajo político, en definitiva, esto es, tener a la política (institucional) como una parte de la Política (metabólica), lo que precisa de organizaciones fuertes, masivas, implicadas en las raíces de la sociedad, formando parte de los propios movimientos, y por tanto sin que al tiempo los absorban o subordinen (lo cual, no hay trucos para ello, sólo puede ser evitado a través de la movilización permanente de amplios sectores de la sociedad, porque la autonomía sólo se retroalimenta con la acción-movilización y se preserva con la fuerza de las/os muchas/os).

 

En contra de ello la “postmodernidad” secretada por la fase degenerativa del sistema vino a desbaratar los Grandes Sujetos, los Grandes Relatos, dejándonos a cambio indefensas e indefensos frente al capital. Des-construir, siempre que no sean los Poderes de verdad, es fácil porque todo lo que contemplamos en el ámbito social son construcciones humanas, incluso la propia concepción de individuo lo es (plena de contradicciones e incoherencias, fácilmente desmontable). Lo que pasa es que algunas de esas construcciones suman fuerza colectiva, capaz de movilizar y transformar, mientras que las postmodernas están más orientadas a poner en cuestión, a dividir, a restar potencialidades colectivas a los sujetos, a dejar agentes endebles, pequeños y “desconstruidos” antes incluso de que se construyan. Porque des-construir y criticar (como la“ciencia crítica”), sin capacidad propositiva alternativa viable para la transformación social, sólo conduce a la postre al sostenimiento del orden, que se termina aceptando como parte del sistema solar en el que estamos (por lo que sólo se contempla acomodarse a él en los espacios “micro” para lograr supuestos “pequeños avances” dentro del mismo), dejándole a fin de cuentas intacto por no tener ninguna propuesta alternativa real total que oponerle.

 

Bastantes de los libros colectivos del feminismo teórico que designo como “post” así lo evidencian, e incluso reconocen. Así por ejemplo, dice Pérez Orozco (con palabras extrañamente semejantes a las que ya vimos en algunos neomarxismos, como el MA y la NCV):

 

“Carecemos de una apuesta política clara (…) Quizá la principal apuesta política (y económica) feminista sea precisamente abrir el espacio de posibilidad para construirla juntas. No tenemos nombre porque no existimos todavía (…)” (2017).

 

¿El nombre de socialismo no les dice nada a estas teóricas? ¿Tampoco la necesaria socialización de los medios de producción y de vida que entraña ese término y proyecto político para que cualquier proceso de emancipación social pueda empezar a cobrar vida? Otra cosa es discutir sobre unos u otros grados de estatalización o bien de comunitarización de esos medios, y por supuesto acordar que ese socialismo deba incorporar toda la riqueza de aportaciones que el feminismo (como el ecologismo y otras fuentes práxicas de transformación) ha hecho. Pero descartarlo o “des-nombrarlo”, invisibilizar en suma lo que entraña y ha significado para la humanidad, es hacer un pobre favor a la emancipación humana. Tristemente, por eso, como digo, queda este feminismo tan a menudo atrapado en propuestas magníficas que no adquieren ninguna realidad a escala social significativa. Empeñado en ver “empoderamientos”, “éxitos de los comunes”, “emancipaciones”, “nuevos sujetos” y “vías esperanzadoras” en un mundo con cada vez más intervenciones militares y golpes de Estado explícitos o disimulados, controles judiciales, políticas institucionales más salvajes, proletarización mundial extensiva (multitudes que pierden todo lo que tenían), caravanas de miseria de personas forzadas a abandonar sus territorios, destrucción social y ambiental... Algunos de aquellos logros ensalzados existen, claro está, a escalas sociales muy pequeñas, pero poco vamos a hacer por mantenerlos si nos olvidamos de articular la sociedad también a escala macro política, si nos empeñamos en seguir separando una supuesta “esfera social” (donde se producirían las bondades del accionar de las gentes supuestamente auto-emancipadas), de otra “política” (que albergaría todos los males). El gran punto de análisis del feminismo en cuanto a que el capital entra en contradicción con la Vida, pierde su mordiente política si no se redirige a la Vida contra los centros de mando del capital. En concordancia con todo ello, no puedo dejar pasar en estas reflexiones sobre ciertas elaboraciones del feminismo una consideración teórica al respecto de los planteamientos sobre el supuesto “olvido” o el ninguneo que el marxismo hace del trabajo reproductivo, y que se repiten como un mantra en bastantes de ellas. Para empezar, se ha interpretado torticeramente la elaboración marxiana sobre lo que es “trabajo productivo” en el capitalismo, como si fuera su concepción del trabajo. Marx no concebía al trabajo abstracto (asalariado) como el único, sino que señalaba que era el único que tenía ese reconocimiento dentro del capitalismo. Y dedicó su vida a estudiarlo dado que su investigación era sobre la economía política capitalista. También dijo en más de una ocasión, como ya he apuntado anteriormente, que entendía por trabajo algo así como toda actividad humana que modifica la naturaleza en la obtención de recursos, con lo que altera también el propio entorno social en la satisfacción de necesidades y la consecución de objetivos individuales y colectivos o sociales, y que sólo en relación equilibrada con la naturaleza el “metabolismo social” podía reproducirse. Una vez establecido esto, especifica claramente que en el capitalismo el “trabajo productivo” es el que produce valor (como plusvalor), mas no que esa sea su definición de trabajo. “Pero ni ‘productivo’, ni ‘valor’ tienen, en el contexto de El Capital de Marx, una valoración moral. Que un trabajo no genere valor no debe confundirse con el hecho de que ese trabajo sea considerado inútil. De hecho, el propio Marx señala el carácter no productivo (es decir, no generador de valor) del comercio y las finanzas, que son vitales para la circulación del capital pero sin generar plusvalor, sin ser productivas y nadie afirmaría por eso que, el autor de El Capital, no reconoció el rol indispensable de ambas actividades en este modo de producción (aunque estas actividades, a diferencia del trabajo doméstico, son compensadas con creces)” D’Atri y Murillo (2018).

 

Para una discusión con Silvia Federici (y el feminismo “post” en general) sobre estos puntos y sus carencias en considerar las nuevas composiciones del trabajo asalariado, resulta muy conveniente seguir las oportunas aclaraciones y tomas de postura de autoras marxistas-feministas. Atendamos por ejemplo a estas consideraciones sobra la obra de Marx:

 

“En El Capital comienza por la lucha incesante en el ámbito de producción (en torno a la extracción de plusvalía) lo que determina las clases en primera instancia (Tomo I); el proceso de circulación (Tomo II) las determina sobre el ángulo del contrato entre el asalariado vendedor de su fuerza de trabajo y el comprador capitalista (estableciendo una negociación conflictiva de la fuerza de trabajo como mercancía); finalmente en el proceso de reproducción en su conjunto (Tomo III) las clases son determinadas por la combinación concreta de nivel de extracción de plusvalía, de la organización del trabajo, de la distribución de los ingresos, de la reproducción de la fuerza de trabajo en todas las esferas de la vida social. La complejidad de este proceso, que Marx analiza en los tres tomos de El Capital, supone entender que no sólo son formas distintas en las que aparecen las relaciones entre capital y trabajo (extracción de plusvalía, salario, tasa media de ganancia), sino que son también formas distintas del conflicto social, porque es la lucha la que define las condiciones precisas de esta reproducción” (Varela, 2019).

 


El capitalismo está regido por la dictadura de la tasa de ganancia, que es lo que muchos llaman “mercado”. Marx no es responsable de que eso sea así: precisamente lo analiza para decir que esa no es una condición transhistórica de la sociedad o de la economía, sino que se da de esa forma sólo bajo este modo de producción, el cual desprecia todo el trabajo que no produzca valor. Con ello se anticipaba a las teorizaciones del feminismo. Anticipación que, como vimos en el capítulo 8, estuvo más desarrollada por Engels, aunque en cualquier caso no dejó de quedarse en sus primeros balbuceos.

 

Veamos lo que dice otra marxista:

 

“Si bien es cierto que el materialismo histórico coloca las relaciones de producción en la base de la sociedad, no hay nada simple o reductor en cómo estas relaciones estructuran las opresiones. Más bien, los análisis materialistas históricos, en lugar de examinar solo una forma de opresión (como el sexismo, el racismo o la homofobia), explorarían la forma en que todos ellos funcionan dentro del sistema general de dominación de clases para determinar las opciones de vida de las mujeres y los hombres (…) La acusación de reductivismo podría ser más precisa contra el feminismo antimarxista. Si bien puede ser cierto que el trabajo doméstico no remunerado de las mujeres no se integró sistemáticamente en los análisis marxistas clásicos del modo de producción (aunque tanto Marx como Engels discuten la división sexual del trabajo), desde la década de 1970 en adelante ha habido revisiones marxistas de este concepto, particularmente dentro de la antropología y la economía” (Stabile, 1995).

 

 

La autora se termina preguntando porqué tanto empeño en acusar al marxismo (y a menudo sólo al marxismo) de esta supuesta omisión, hasta el punto de rechazarle como praxis emancipadora, en lugar de atender al propio desarrollo del método que ha ido teniendo lugar e intentar enriquecerlo aún más. Reprochar, entonces, a Marx y Engels que no dedicaran más atención a la reproducción social fuera del mercado es un punto de arranque pertinente (y probablemente necesario), pero otra cosa es desentenderse de lo substancial de su método. Todavía más absurdo sería querer hacer de tal crítica una teoría de la dominación y explotación ajena a su obra. Cuando así se intenta, se termina, como vengo diciendo en este libro y ya advirtiera Lukács, “regresando a antes de Marx” y (como los “socialistas utópicos”) adoleciendo siempre de un método práxico de intervención social metabólico, más allá de propuestas de buenas intenciones, candorosos “llamamientos” al Capital para que se ocupe de la reproducción de la vida, como acabamos de ver, así como de tomar por “conquistas” sociales lo que no son sino forzadas formas de supervivencia que unas u otras poblaciones han tenido que idear, gracias muy a menudo a la intervención de las mujeres, indudablemente. Pero tales experiencias no constituyen el anuncio de un nuevo mundo, sino que muestran el costosísimo éxito de sobrevivir en los márgenes del actual. Un “éxito”, dicho sea de paso, que demasiadas veces no se consigue…

 

 

(continuará)

 

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lunes, 5 de octubre de 2026

 

1431

 

STALIN, HISTORIA Y CRÍTICA DE UNA LEYENDA NEGRA.

Domenico Losurdo.

 

( 35 )

 

 

 

LA ANDADURA COMPLEJA Y

CONTRADICTORIA DE LA ERA DE STALIN

 

 

 



Siberia zarista, "Siberia" de la Inglaterra liberal y Gulag soviético

 

¿Debemos aproximar  o  incluso  asimilar  el  Gulag  soviético  al  Konzentratiomlager  nazi?  Es  una pregunta  a  la  que  se  podría  responder  con  otra:  ¿por  qué  limitar  la  comparación  sólo  a  estas  dos realidades?  En  la  Rusia  de  los  zares  -sentencia  Conquest  (siguiendo  a  Solzhenitsyn)-  el  universo concentracionario estaba menos superpoblado y era menos despiadado que en tiempos de Lenin y sobre todo de Stalin. Vale la pena recordar lo que Antón Chéjov escribía en 1890:

 

 

Hemos  dejado  marchitarse  en  prisión  a  millones  de  personas  sin  motivo,  sin consideración alguna y de modo bárbaro; hemos arrastrado a esta gente encadenada al hielo a lo  largo  de  decenas  de  miles  de  verstas,  la  hemos  hecho  contagiarse  de  sífilis  y  la  hemos corrompido, hemos aumentado el número de criminales. Pero somos todos nosotros los que sin embargo tomamos frente a todo este asunto la distancia debida, casi como si no tuviese nada que ver con nosotros.

 

En el transcurso de su duración secular, el universo concentracionario zarista (que, a partir al menos de Pedro el Grande, de manera similar al Gulag intenta también procurarse la fuerza de trabajo necesaria para el desarrollo de las regiones más desoladas y menos desarrolladas) ha presentado a menudo trazos de extrema crueldad. Una vía dolorosa conducía a los condenados al exilio, es decir, al trabajo forzado en Siberia: «además de ser golpeados con el bastón, muchos de ellos sufrían la mutilación de una mano, de un pie, de una oreja, así como la humillación de ser marcados a fuego». Sí, en el siglo diecinueve se intentan eliminar «las formas más extremas de crueldad», pero se trata de medidas parciales que por lo demás no siempre tienen éxito.412; De todo ello emerge cuán frágil es el intento de relativizar la Siberia zarista, con el fin de aislar al Gulag soviético y asimilarlo al Konzentrationslager nazi. Pero  es  más importante una consideración ulterior: ¡es metodológicamente incorrecta una comparación que equipara una condición de normalidad con un agudo estado de excepción! Leída con mayor conciencia crítica, la comparación realizada por Conquest puede tener un resultado opuesto al proclamado por él: solamente en la Rusia prerevolucionaria la detención y deportación por vía administrativa es considerada una práctica normal, también en ausencia  de  conflictos  y  peligros  particulares. En la Rusia  soviética, sin embargo,  el  estado  de  excepción  influye  potentemente  en  la  génesis  y  la  configuración  del  universo concentracionario, que se hace más brutal cuanto más se aleja de las condiciones de normalidad.

 

Es necesario ahora dar un paso más adelante. Más allá de Rusia (zarista y soviética) y de Alemania, es  necesario  también  convocar  a  otros  países  para  la  comparación. Al universo concentracionario realizado  por  la  Inglaterra  liberal  le  corresponde  una  función  doble. A propósito de los «disidentes irlandeses» se ha observado que éstos «entre el siglo dieciocho y el diecinueve tuvieron en Australia su Siberia oficial», que al  menos  hasta  1868  engulle  a  «representantes  de  casi  todos  los  movimientos radicales  existentes  en  Gran  Bretaña».  Esto  en  lo  que  respecta  a  la  represión.  Pero  es  necesario  no perder  de  vista  la  función  económica  de  la  "Siberia"  liberal  inglesa.  Inmediatamente  después  de  la Revolución Gloriosa, aumentan de manera masiva las sentencias que sancionan la pena de muerte. Esta recae tanto sobre los responsables del hurto de un chelín o de un pañuelo, como sobre los responsables del corte abusivo de un seto ornamental, y no pueden evitar el castigo ni siquiera los chicos de once años.

 

 

Esta  legislación  terrorista,  que  con  algún  retoque  perdura  todavía  en  el  siglo  diecinueve,  prevé  una alternativa:  los  beneficiarios  de  la  gracia  son  sometidos  a  una  servidumbre  penal,  que  los  obliga  a trabajar  por  un  determinado  número  de  años  en  colonias  todavía  poco  aprovechadas  y  exploradas,  en especial en Norteamérica y más tarde en Australia. En otras palabras; también en el ámbito económico Australia  constituye  la  «Siberia»  de  la  Inglaterra  liberal:  sus  funciones  disminuyen  a  medida  que interviene el trabajo primero de los esclavos negros y después de los coolies indios y chinos además de otros pueblos coloniales.

 

 

La  "Siberia"  inglesa  no  es  menos  cruel  que  la  zarista.  De  esta  «sociedad  totalitaria»  que  se desarrolla en Australia mientras se perpetúa al mismo tiempo el exterminio de los aborígenes, se hizo un retrato basado además en la literatura autobiográfica disponible y que resulta especialmente aterrador: 

 

A intervalos impredecibles se reunía a los detenidos, se les contaba, y se les sometía a una inspección completa, con inspección de la boca y del ano [...]. «La comida se llevaba a las diferentes  escuadrillas  en  platos  de  madera  o  cubos  de  estaño  que  eran  colocados  frente  a ellos como si fueran perros y cerdos, y como perros y cerdos tenían que llevársela a la boca»

[...].  La  disciplina  se  apoyaba  en  la  figura  del  delator  [...].  No  hacer  de  espía  se  había convertido por tanto en un comportamiento sospechoso de por sí. No pasaba una semana sin que  fueran  desveladas  retorcidas  conspiraciones,  con  listas  de  nombres  incluidas,  en  una carrera de delaciones [...]. «Este tráfico de sangre humana [...] era el único modo de obtener indulgencias». Para los soplos contaba bastante más el número que el contenido. Los delatores tenían sus cuotas de denuncias que alcanzar y eran «capaces de cualquier acto de traición y de sangre, no importaba cuán vil o aleatorio» [...]. Las relaciones normales entre culpa y castigo se transmutaban en una ininterrumpida historia de sadismo, cuyo único objeto era mantener el terror  [...].  La  autoridad  se  ejercía  de  manera  absoluta  y  caprichosa  [...].  Los  doscientos latigazos [de castigo] fueron repartidos [en más días...]. Los flageladores se llenaban tanto de sangre  como  nosotros  [...].El  único  modo  resolutivo  para  acabar  con  el  sufrimiento  era  el suicidio.

 

En efecto el suicidio no solamente era habitual, sino que era una práctica que a menudo implicaba a toda  la  comunidad  de  detenidos:  «En  un  grupo  de  presos  se  echaban  suertes  entre  dos  hombres:  al primero le tocaba morir, al segundo la tarea de matar al primero. Al resto el papel de testigos». De este modo, para los pocos días del viaje y del proceso (que se desarrollaba en Sidney, a cierta distancia de la "Siberia"  propiamente  dicha),  antes  de  ir  a  la  horca,  el  asesino  podía  disfrutar  de  la  condición  de detenido normal (el suyo en realidad era un suicidio indirecto y diferido). Y esta pausa les permitía a los testigos respirar, antes de volver al infierno y proceder eventualmente a un nuevo sorteo…

 

(continuará)

 


[ Fragmento de: Domenico Losurdo. “Stalin, historia y crítica de una leyenda negra” ]

 

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miércoles, 30 de septiembre de 2026


1430

 

LA LUCHA DE CLASES

Domenico Losurdo

 

 

 (56)

 


VIII

DESPUÉS DE LA REVOLUCIÓN

Las ambigüedades de la lucha de clases

     

 


 Lenin y el renegado Kautsky

 

 

1. El fantasma de la nueva clase

        

Antes incluso de que los bolcheviques puedan poner realmente manos a la obra para aplicar su programa, en Occidente se alzan voces acreditadas que denuncian el fracaso del programa socialista. Pocas semanas después de octubre de 1917, sin perder tiempo, Kautsky  proclama: «En Rusia se está llevando a cabo la última de las revoluciones burguesas, no la primera de las socialistas». El dirigente socialista alemán no tiene la menor duda, y no solo por el hecho de que, a su entender, el país semiasiático está demasiado atrasado para que en él se pueda crear una sociedad que supere el capitalismo. Si se presupone que el socialismo es el fin de todas las contradicciones y conflictos, que es algo completamente distinto, en todos los aspectos, del ordenamiento existente, es más, de todos los ordenamientos que han existido en la historia, afirmar que la revolución en Rusia o en cualquier otro país no es socialista es una proposición en cierto modo tautológica. Si la definición de socialismo implica negar cualquier contaminación o compromiso con el mundo circundante, tanto en el plano interior como en el internacional, no es difícil esgrimir polémicamente la tautología de que no se ha superado la sociedad burguesa.

        

 

La «demostración» de Kautsky es simple: Brest-Litovsk, el tratado de paz con Alemania, implica por definición «Compromisos frente al capital» (alemán), de modo que la «dictadura del proletariado» ha «acabado con el capital ruso» pero solo para «ceder el puesto» a los capitales de otros países. En el campo, aunque los pequeños campesinos han reemplazado a la gran propiedad feudal, en conjunto la presunta revolución socialista «ha consolidado la propiedad privada de los medios de producción y la producción de mercancías». Puede que los pequeños campesinos emprendan el camino de la cooperación, pero no hay que olvidar que la propiedad cooperativa no es más que «una nueva forma de capitalismo». Sí, el nuevo poder soviético podría proceder a la nacionalización de toda la economía, pero hay que tener en cuenta que la «economía estatal todavía no es el socialismo», pues seguirían existiendo el mercado y la producción mercantil, y aun en el caso de que ambos desaparecieran, está por ver si se ha realizado la «fundación de una producción socialista» auténtica. La liquidación de una determinada forma de capitalismo no significa en sí misma la liquidación del capitalismo como tal: el nuevo poder «puede anular muchas formas de propiedad capitalista» sin por ello dejar atrás realmente el viejo sistema social. Como se ve, el listón que debe superar el nuevo régimen para poder llamarse socialista se coloca cada vez más alto, de modo que el régimen, cualesquiera que sean sus esfuerzos y los resultados obtenidos, por definición sigue sin ser socialista.

        

 

El socialismo del que se habla aquí es como la cosa en sí kantiana. Al estar contrapuesta al mundo fenoménico (el mundo que solo es accesible al conocimiento humano), la cosa en sí, según el análisis de Hegel, está definida de tal modo que resulta inalcanzable e impensable; del mismo modo, el socialismo de Kautsky (y de muchos otros autores que argumentan como él), ya por su configuración etérea y enrarecida, es inalcanzable e irrealizable. Las innumerables proposiciones que demuestran con elocuencia la imposibilidad de conocer la cosa en sí, o la falta de construcción del socialismo, tras un análisis más atento se revelan como vanas tautologías. Pese a su actitud de paladín de la ortodoxia, Kautsky no pone en cuestión el «ascetismo general» ni el «tosco igualitarismo» duramente criticados por el Manifiesto del partido comunista y que caracterizan a la Rusia soviética del momento. En cambio denuncia la aparición e imposición de una nueva clase explotadora en el país gobernado por los bolcheviques: «El lugar de quienes hasta el momento eran capitalistas, ahora convertidos en proletarios, ha sido ocupado por intelectuales o proletarios ahora convertidos en capitalistas» (Kautsky). La revolución de octubre acaba de producirse: el fantasma de la llegada al poder de una nueva clase explotadora acompaña a la Rusia soviética desde su nacimiento.

        

 

Lenin responde a tomas de posición como la que acabamos de ver. En un artículo publicado en Pravda del 7 de noviembre de 1919 destaca: la transición del capitalismo al comunismo «no puede dejar de reunir los rasgos o las propiedades de ambas formaciones de la economía social», y abarca «toda una época histórica» (LO). Para Kautsky, en cambio, la persistencia de las relaciones sociales burguesas es la demostración o la confirmación de que el poder en Rusia sigue teniéndolo una clase, una nueva clase explotadora. El dirigente soviético replica:

 

escandalizarse por la presencia de relaciones sociales heterogéneas durante la transición es escandalizarse por el hecho de que la conquista del poder no significa el cese de la lucha de clases.

 

Está claro:

 

«Son rasgos comunes a los demócratas pequeñoburgueses la aversión a la lucha de clases, los sueños sobre la posibilidad de prescindir de ella, la aspiración a atenuar, conciliar y limar sus agudas aristas. Por eso, los demócratas de esta especie no quieren reconocer la necesidad de todo un período histórico de transición del capitalismo al comunismo» (Lenin).

        

 

Pero ¿cómo se manifestaba en esa situación determinada la lucha de clases? Ya en 1920, ante los intentos de los dirigentes soviéticos de poner orden en el aparato productivo y revitalizarlo volviendo a introducir en las fábricas el principio de la competencia, los círculos reacios al golpe de timón respondían denunciando la llegada al poder de los «especialistas burgueses», o de «una nueva burguesía». Para Lenin, en cambio, las medidas para relanzar el aparato productivo y consolidar la base social de consenso del poder revolucionario recurriendo a «especialistas burgueses», a la NEP y al «capitalismo de estado», eran las formas concretas de lucha de clases del proletariado en la nueva situación. Para los opositores dentro del propio partido bolchevique, la vuelta al capitalismo, siquiera en forma reducida, era la demostración de que el proletariado había perdido o estaba perdiendo la lucha de clases y la burguesía, vieja o nueva, había reconquistado o estaba reconquistando el poder. Lenin lo advierte con preocupación: «Se piensa que [con la NEP] se pasa del comunismo en general al sistema burgués en general» (LO, 32; 322). Los gritos de triunfo que se alzaban en el otro bando reforzaban la amarga convicción de los bolcheviques decepcionados. Para los mencheviques —observa Lenin, indignado— la NEP es la admisión del “fracaso del comunismo”. Sí, “el leitmotiv de los mencheviques y menchevizantes es: “Los bolcheviques han dado marcha atrás, hacia el capitalismo; esa será su tumba. ¡Pese a todo, la revolución, incluida la revolución de octubre, ha sido una revolución burguesa!” (LO). De este modo argumentaba un frente bastante amplio. No faltaban reacciones claramente grotescas. Lenin contaba, esta vez divertido, que algunos “cadetes” (liberales) rusos derrotados y exiliados llamaban a apoyar a la Rusia soviética, que se encaminaba “hacia el común poder burgués”.

 

 

En otras revoluciones encabezadas por partidos comunistas hubo réplicas del debate que acabamos de ver. Los dirigentes de estos partidos, frente a las voces de alarma o de triunfo por la «restauración burguesa», se vieron obligados a reconsiderar la teoría marxiana de la lucha de clases y del dominio de clase. El resultado son reflexiones a veces de gran interés, que además de ayudarnos a comprender un capítulo de extraordinaria importancia de la historia contemporánea, pueden arrojar nueva luz sobre los textos de Marx y Engels.

 

(continuará)

 

 

 

[ Fragmento de: Domenico Losurdo. “La lucha de clases” ]

 

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viernes, 25 de septiembre de 2026

 

 

1429

 

LAS SEÑALES DE ADVERTENCIA DEL COLAPSO DE LA “IA” SE MULTIPLICAN

Frédéric Lordon, economista y filósofo francés


 

 


Igual que en los tiempos de las hipotecas subprime, los fondos de crédito privado agrupan préstamos de diversa calidad, dividen la cartera resultante en diferentes tramos de valores… y los ponen a la venta. Los inversores eligen su veneno.

 

 

Ahí están todos, reunidos alrededor de la mesa del estudio de CNBC. Los gigantes, los grandes nombres que realmente importan: los jefes. Noticias de última hora, cobertura en directo, teletipo de noticias en la parte inferior de la pantalla. Un espectáculo sin precedentes. En resumen, se está haciendo historia, aquí mismo, en el plató. Los ejecutivos de Nvidia, Goldman Sachs, Blackstone, BlackRock, Apollo y KKR están presentes. ¿OpenAI y Anthropic? No lograron entrar. ¿Google, Microsoft, Oracle, Amazon? Lo mismo. ¿Qué representó esta reunión a principios de agosto?  Los titanes de los chips por un lado y la flor y nata de las finanzas por el otro. Tal es la realidad de la economía de la IA. ¿La razón oficial del cambio de programación? El anuncio de un mega acuerdo de 500 mil millones de dólares para financiar la infraestructura de IA. Es fácil perder la cabeza con las cifras que se manejan estos días. La última bomba fue la recaudación de 122 mil millones de dólares de OpenAI en su ronda de financiación más reciente. Eso ahora palidece en comparación.

 

 

Afortunadamente, están los inconformistas, los entusiastas de la Schadenfreude, que leen la letra pequeña. Por la noche, un destacado disidente ya está implorando en X: «¡Es un maldito MOU!». Y, en efecto, el comunicado de prensa en el sitio web de Nvidia dice: «Memorandos de entendimiento firmados con seis de las principales instituciones financieras del mundo…».

 

¿Qué es un MOU? Una declaración de intenciones. En otras palabras: palabrería vacía. Si miramos más allá del espectáculo, esto no es un plan de inversión. Es un plan de relaciones públicas. Incluso podríamos llamarlo una operación psicológica. ¿Por qué lanzar 500 mil millones de dólares sobre la mesa en directo por televisión? Porque la moral está decayendo. La duda empieza a asomar. ¿Es realmente sensato el dinero que vuela en todas direcciones? Esa es la pregunta que no se debe hacer.

 

La trayectoria financiera de la IA es tan extraordinaria que requiere una fe tan férrea como el titanio para sostenerla. Y, sin embargo, está empezando a tambalearse, incluso antes de que los laboratorios de IA comenzaran a clamar por una «ralentización coordinada». De ahí la necesidad de una operación psicológica, y no se andan con rodeos. Nada más que artillería pesada. Pesada en términos financieros, por supuesto, pero también en términos simbólicos. En una operación psicológica, hay que movilizar enormes cantidades de capital simbólico para captar la atención. En finanzas, esto se hace con cifras. Y 500 mil millones de dólares, anunciados por la propia Nvidia: ¿quién no se dejaría llevar por el frenesí? Toda la operación está diseñada para confirmar que todo va bien.

 

La prueba: estamos subiendo la apuesta. Sin embargo, las operaciones diseñadas para insistir en que todo va bien inevitablemente revelan que no es así. Y, de hecho, no todo va bien. Debemos prestar mucha atención, ya que este es un momento de gran interés histórico y, por cierto, de gran peligro. Porque estamos presenciando el gran giro que se desarrolla en tiempo real. El anuncio de los 500 mil millones de dólares pretendía evitar, dando lugar a señales inequívocas: una carrera desenfrenada y exasperada, un ingenio frenético para superar callejones sin salida y un retorno a las prácticas poco éticas propias de la época de las hipotecas subprime.

 

Sin duda, hay motivos para preocuparse. Anthropic se ha comprometido a pagar 330 mil millones de dólares a Google, AWS y Microsoft durante la próxima década; OpenAI, 770 mil millones de dólares a AWS, CoreWeave, Cerebras, Oracle y Microsoft para 2030. En total, estos gigantes tecnológicos han acumulado 2,1 billones de dólares en… ¿qué exactamente? ¿Ingresos? No: promesas. La pregunta es si podemos esperar razonablemente que estas promesas se cumplan. Si estuviéramos tratando con gigantes bien establecidos, podríamos estar moderadamente preocupados.

 

Pero, por desgracia, este no es el caso. OpenAI cerró el año fiscal 2025 con 13 mil millones de dólares en ingresos y 21 mil millones de dólares en pérdidas, o 39 mil millones de dólares, según a quién se crea. Anthropic reportó 9 mil millones de dólares en ingresos para el mismo año fiscal, con pérdidas estimadas por algunos en 4 mil millones de dólares, por otros en… 42 mil millones de dólares. Todo esto es completamente opaco, sobre todo porque, al no estar estas empresas aún cotizadas en bolsa, no tienen la obligación de revelar información financiera; los observadores externos deben reconstruir la realidad lo mejor que puedan.

 

Ahora, los compromisos —esencialmente pagarés— firmados por estas dos empresas están llegando a su fecha de vencimiento. Estos se formalizaron mediante contratos de «compra o pago», lo que significa que el comprador está obligado a pagar incluso si prefiere renunciar a la transacción antes de la fecha de vencimiento del contrato, quizás porque las condiciones del mercado hacen que el servicio sea innecesario, en este caso, el tiempo de computación en un centro de datos operado por un proveedor de hiperescala. Debemos profundizar en los detalles de estos acuerdos para comprender cuán rápidamente se acerca el límite.

 

Existe una sorprendente homología con la crisis de las hipotecas subprime. El modelo de negocio de las hipotecas subprime se basaba en la cláusula de «reinicio». Se atraía a personas de bajos ingresos a pedir dinero prestado —cuando en realidad no podían permitirse una hipoteca— mediante una tasa de interés promocional muy baja que, tras solo dos años, se convertía abruptamente en la tasa regular, mucho más alta, y se mantenía así durante los veintiocho años siguientes.

 

Quienes no leyeron la letra pequeña se toparon con el muro del reinicio después de dos años, incapaces de afrontar los costos de sus pagos de intereses que repentinamente se habían cuadruplicado o quintuplicado sin previo aviso. Le siguieron la bancarrota personal, la ejecución hipotecaria y el desahucio.

 

Quienes sí leyeron la letra pequeña, en cambio, tenían la intención de salir a tiempo, endeudándose con fines especulativos y apostando por el continuo aumento de los precios de las propiedades para vender y embolsarse la ganancia antes de que se aplicara el nuevo tipo de interés, y tal vez incluso repetir la operación. Pero por muy astutos que fueran, el cambio en el mercado inmobiliario los llevó igualmente a la bancarrota. A su manera, la IA está repitiendo el patrón.

 

Al igual que con las hipotecas subprime, firmas ahora y pagas después. Por el momento, todos celebran: los laboratorios anuncian tasas de consumo de efectivo legendarias, las hiperescaladoras anuncian proyecciones de ingresos sensacionales; la comunidad financiera ignora la palabra «proyección» y prefiere ver estas cifras como ingresos reales. La construcción de un centro de datos lleva entre dos y tres años, tiempo suficiente para prolongar la euforia.

 

Entonces se topa con el muro. Porque ahora los compromisos han vencido y será cuestión de tomar o pagar. Uso, no uso: nadie quiere oír hablar de ello. Se firmó; ahora hay que pagar. Estábamos embriagados por anuncios espectaculares; ahora llega la mañana siguiente. Y estas obligaciones de pago no aumentan gradualmente, sino por etapas, cada una de considerable altura.

 

En 2025 y 2026, OpenAI y Anthropic tuvieron que desembolsar 46.000 millones y 131.000 millones de dólares respectivamente. El reinicio llega en 2027: 412.000 millones de dólares por pagar. 2028, el siguiente paso: 440.000 millones de dólares. La colisión inminente promete ser violenta. Porque la brecha entre los recursos económicos actuales y los compromisos de pedidos firmados es vertiginosa. Y todo el edificio financiero de la IA, con sus valoraciones de billones de dólares, depende de estos dos pequeños bancos de inversión convertidos en megaclientes.

 

Desde el principio, cabía preguntarse legítimamente cómo empresas crónicamente deficitarias como OpenAI y Anthropic podían afrontar compromisos de inversión futuros que ascendían a cientos de miles de millones de dólares. La respuesta es que, ante la falta de clientes —y, por lo tanto, de ingresos suficientes—, el capital de los inversores cubre la diferencia.

 

Esto no es del todo inusual durante la fase de lanzamiento de una empresa: deben invertir antes de encontrar su mercado, y solo pueden hacerlo con fondos de acreedores o accionistas. Pero esto plantea dos interrogantes: ¿Encontrará el sector su mercado? ¿Y se habrá visto obligado a realizar maniobras financieras excesivas mientras lo busca? Hasta ahora, la respuesta a la primera pregunta parecía evidente; la segunda rara vez se había planteado. Ahora es inevitable. 

 

Hemos visto la situación que enfrentan los laboratorios, atrapados por las obligaciones de compra obligatoria que vencen. Pero las grandes empresas tecnológicas también están pasando apuros. Durante años, han invertido su abundante flujo de caja en la construcción de centros de datos. Sin embargo, la carrera por el gigantismo —como es propio de este tipo de proyectos épicos— finalmente les pasó factura: su flujo de caja neto se ha vuelto negativo. Este es un acontecimiento importante para estas máquinas de generar ganancias, que ahora se ven obligadas a endeudarse. Sin duda, las grandes empresas tecnológicas gozan de buena reputación en el mundo financiero. Pero se necesita algo más que una imagen amigable para obtener billones en deuda.

 

¿Qué pueden ofrecer como prueba de solvencia? Los billones en pedidos futuros, por supuesto. Si no se presta dinero a quienes están en camino de embolsarse 2,1 billones de dólares, ¿a quién se le prestará? Así que el sector financiero —ignorando la distinción entre pedidos prometidos e ingresos reales— sigue adelante y presta. Mientras tanto, todos o bien no ven el problema o cruzan los dedos. El barón Munchausen creía que podía salir del lodo por sus propios medios, y la IA está haciendo lo mismo.

 

¿Cuáles son las probabilidades de que el crecimiento se logre con recursos propios? La sostenibilidad del auge se basa en dos expectativas complementarias: un aumento significativo de los ingresos de los laboratorios de IA y la continua refinanciación de estos por parte de los inversores. La primera expectativa se ha retrasado considerablemente, si no se ha desmoronado por completo. La guerra de precios entre OpenAI y Anthropic ya está perjudicando a ambas, aunque no se compara con la amenaza que supone la competencia china, que ofrece productos casi equivalentes a una centésima parte del precio.

 

A medida que se desvanece la perspectiva de que los ingresos se recuperen, la única opción que queda es el respaldo de los inversores. Impulsados por el tipo de convicción que alimenta las burbujas, los inversores están ansiosos por unirse a esta aventura épica. Sin embargo, no sin condiciones. Una de ellas, sobre todo: la valoración proyectada debe seguir aumentando indefinidamente, justificando así inyecciones de capital cada vez mayores.

 

Nótese la correlación entre la valoración prevista de OpenAI y su captación de fondos. En 2023, la valoración proyectada de la empresa era de 29.000 millones de dólares. Se disparó a 157.000 millones de dólares a finales de 2024; ese mismo año recaudó 6.000 millones de dólares. En marzo de 2025, la valoración había subido a 300.000 millones de dólares; la captación de fondos fue de 40.000 millones de dólares. En marzo de 2026, estaba valorada en… 852.000 millones de dólares; la ronda de financiación de este año finaliza en 122.000 millones de dólares. En ausencia de ingresos y beneficios, todo lo demás está despegando.

 

La aceleración es el punto decisivo aquí. Encarna la promesa de que el futuro no solo será más brillante, sino cada vez más brillante. Para mantenerse en equilibrio, una bicicleta solo necesita velocidad constante; la bicicleta financiera de la IA, por el contrario, requiere velocidad creciente (pensemos en el ciclista).

 

En matemáticas, esto se conoce como la segunda derivada. La primera derivada es la velocidad; la segunda es la tasa de cambio. Y aquí reside la condición exponencial para la sostenibilidad del sistema: para que la valoración proyectada sea positiva, la segunda derivada no debe ser negativa. Sin embargo, en el mundo económico real, el crecimiento exponencial sostenido no existe.

 

¿Cuándo nos toparemos con esta realidad? A más tardar con la salida a bolsa, el momento en que, en cierto modo, se revelará el precio real. Se está hablando mucho de las salidas a bolsa de OpenAI y Anthropic, y con razón. Sin embargo, no vemos ni el más mínimo indicio de que la cordura vaya a cambiar. En el caso de Anthropic, la valoración prevista se ha duplicado: ahora se esperan, se anhelan, 2 billones de dólares, un último arrebato de fe. En cuanto a OpenAI, el objetivo era salir a bolsa en 2026, pero los planes cambiaron. Nos dijeron que habría sido difícil seguir el ejemplo de las salidas a bolsa de SpaceX y Anthropic, y que incluso habría sido imprudente dado el revuelo en torno a los riesgos de la tecnología.

 

También entendemos que el CEO, Sam Altman, quiere tomarse su tiempo para asegurar una valoración de al menos 1 billón de dólares; la reciente cifra de 852.000 millones de dólares resultó, al parecer, algo decepcionante. Pero supongamos que un último estallido de euforia impulsa a la empresa hacia la salida a bolsa y el descorche de botellas de champán. Lo que importa es lo que viene después. Las empresas cotizan en bolsa: ¿qué ocurre con el precio de las acciones? Las acciones de SpaceX han experimentado fluctuaciones desfavorables. Pero para los dos laboratorios, esto no será una opción.

 

El ascenso tendrá que continuar, ya que no es seguro que los 60-70 mil millones de dólares recaudados en la salida a bolsa sean suficientes para saldar sus cuentas. Si el crecimiento de los ingresos se mantiene obstinadamente lineal, si la segunda derivada se vuelve negativa, surgirán problemas colosales para todos. Los laboratorios se verán privados de los medios para cumplir sus compromisos; las grandes empresas tecnológicas, de sus ingresos futuros; y los acreedores de estas últimas, de sus deudores en apuros. Así es como se derrumba un castillo de naipes.

 

Estamos entrando en lo que podríamos llamar el período de latencia: esa fase característica en la que la creencia que sustenta una burbuja aún se mantiene, pero se enfrenta a un ataque implacable, donde por doquier hay indicios de que la dinámica anterior es insostenible. Y, sin embargo, la consecuencia lógica —el colapso— aún no se ha producido.

 

Durante este período, comienza a aflorar una comprensión que, si bien lucha por imponerse porque contradice la creencia dominante, la desestabiliza gradualmente. ¿Cuál es esta comprensión hoy? Que el edificio de la IA es una gigantesca pirámide invertida que descansa sobre la cúspide de una sola hipótesis: la revisión al alza, cada vez más acelerada, de las futuras valoraciones de los laboratorios.

 

***

 

Es evidente que el panorama está cambiando. El sector de la IA está ahora plagado de nerviosismo y agitación. Se están extendiendo las malas prácticas. El síntoma más flagrante es el crecimiento masivo de los compromisos fuera de balance de las empresas de hiperescala. El efecto corrosivo de la duda genera, naturalmente, una reticencia entre los bancos a prestar, como se observa en el caso de un consorcio bancario liderado por Morgan Stanley que busca deshacerse de los 15.000 millones de dólares que proporcionó a Anthropic para un centro de datos operado por Google. Un mecanismo utilizado para esta reducción de la exposición es lo que se denomina Transferencia Sintética de Riesgo (SRT).

 

Se trata esencialmente de contratos de seguro, en los que un inversor acepta asumir el riesgo en nombre de un prestamista, generalmente un banco, al que compensa en caso de impago por parte del prestatario. La era de las hipotecas subprime contaba con instrumentos de cobertura similares, como el tristemente célebre Credit Default Swap (CDS), aunque con una diferencia clave: en aquel entonces, los préstamos subyacentes permanecían en el balance del banco, lo que conllevaba diversos inconvenientes en términos del capital regulatorio necesario para respaldar dichas exposiciones de riesgo.

 

Hoy en día, una vez que el riesgo se transfiere mediante un SRT, los requisitos de capital asociados se reducen en consecuencia, lo que permite al banco reanudar los préstamos, pero a entidades distintas de las empresas de IA, en las que los bancos ya no muestran tanto interés. El resultado es que el riesgo se distribuye por todo el sistema financiero, volviéndose cada vez más difuso y difícil de rastrear.

 

Al encontrar que los bancos tradicionales ya no eran acogedores, los actores de la IA se han aventurado en todos los rincones del mundo no regulado. Y han encontrado lo que buscaban: fondos de cobertura, crédito privado, capital privado. Las finanzas de IA comenzaron a explotar todos los recursos disponibles. El instrumento del momento es el Vehículo de Propósito Especial (SPV): una estructura legal vacía, generalmente domiciliada en las Islas Caimán o las Bahamas, diseñada para contener deudas masivas que nadie más quiere que entorpezcan su balance.

 

Tomemos como ejemplo a «Beignet». Beignet es el nombre engañosamente dulce que se le dio a un proyecto de centro de datos de 30 mil millones de dólares para Meta. Meta, en una empresa conjunta con Blue Owl, una de las principales firmas de capital privado, capitaliza el SPV con 3 mil millones de dólares en capital, para luego endeudarlo inmediatamente con 27 mil millones de dólares. El SPV gasta sus 30 mil millones de dólares en infraestructura (terrenos, edificios, chips, energía), cuya capacidad Meta luego alquila, pagando por el servicio a través del SPV, que de esta manera puede pagar la deuda.

 

El lema tanto de los laboratorios como de las empresas de hiperescala se ha convertido en «no es mío». ¿Los chips del centro de datos? No son míos, solo los alquilo, protegiéndome así de su obsolescencia. ¿La deuda? Tampoco es mía; legalmente pertenece a la SPV. La deuda crea manchas antiestéticas en un balance, y quiero que el mío esté impecable. Por supuesto, para conseguir que otros inversores se suscriban al préstamo de 27.000 millones de dólares, conviene ofrecer algunas garantías.

 

En primer lugar, está el tipo de interés, con una generosa prima de riesgo. Pero, sobre todo, está el respaldo que ofrece Meta, que se compromete, pase lo que pase, a canalizar suficientes compras de computación a través de la SPV para pagar la deuda. Esto ofrece la ventaja añadida de que el respaldo es un compromiso fuera de balance, lo que significa que permanece invisible.

 

Por doquier surgen acuerdos como este. Apollo y Blackstone se han aliado con Anthropic en un proyecto de 35 mil millones de dólares para arrendar capacidad de computación de un centro de datos de Google. En este caso, hay un giro inesperado: el proveedor de chips, Broadcom, actúa como garantía y compensaría a los acreedores que sufrieran un impago con… sus propios productos.

 

Estamos a punto de creer —literalmente, no solo figuradamente— que los chips son oro. Como mínimo, se presentan como un medio de pago en sí mismos. Esta es la lógica generalizada por el mega acuerdo de 500 mil millones de dólares de Nvidia y compañía. Nvidia ya no es solo el jefe: es el padrino. Sus chips de referencia se ofrecen como garantía para cada acuerdo que invierta 500 mil millones de dólares. Las finanzas siempre se han caracterizado por su creatividad, pero con esta saga de la IA, se han superado a sí mismas.

 

Y ahora descubrimos que el CEO de Nvidia pretende nada menos que transformar la «computación» —es decir, una hora de potencia de cálculo— en un activo financiero negociable en los mercados. Aquí, la arrogancia alcanza cotas insospechadas. En primer lugar, porque la creación de activos financieros requiere que el activo subyacente sea fungible: cuando un inversor compra futuros de computación, necesita la garantía de que una hora de potencia de cálculo aquí es idéntica a una hora allá. Jensen Huang afirma que la hora de potencia de cálculo que sustenta estos productos financieros será la hora de la GPU, concretamente, la hora del chip de Nvidia. Nvidia declara: la hora de computación en mi chip es universal.

 

Por consiguiente, el requisito previo para la financiarización de la computación se cumple (por mí). Cuando se le pregunta si la obsolescencia de los chips podría suponer un problema para su calidad como activos de garantía, responde que no, que no hay problema, porque son sus chips: desafían la obsolescencia. Es para dejar a cualquiera sin aliento. Sin embargo, no tanto como imaginar el circo especulativo destinado a construirse sobre esta base, que sin duda exhibirá toda la ostentosa gama de los peores excesos de las finanzas.

 

Necesitamos dar un paso atrás para evaluar las consecuencias de toda esta creatividad financiera:

 

1. Las prácticas fuera de balance han pasado de ser incidentales a centrales y generalizadas. El volumen de deuda involucrado es tan asombroso que existe una preferencia por mantenerlo oculto. Los compromisos de gasto, ya sean los realizados por laboratorios de IA a proveedores de servicios en la nube o por estos a fabricantes y proveedores de chips, se basan en la misma lógica de ocultamiento, aunque de una forma ligeramente diferente. Formalmente hablando, son deudas (ya que representan compromisos de pedido o pago), pero su naturaleza específica queda fuera de los registros contables estándar. En consecuencia, no aparecen en ningún lugar; Goldman Sachs informa que, de los 1,5 billones de dólares en pagarés identificados, 1 billón no se refleja en los estados financieros.

 

2. Los proveedores de chips que ofrecen garantías afirman que pueden pagar, o compensar, entregando productos con una vida útil notoriamente corta, una desventaja del vertiginoso progreso tecnológico; en este caso, quizás demasiado rápido. Da igual. Nvidia declara que su colosal balance puede respaldar casi la totalidad de la deuda de la IA. Jamás una empresa industrial se había posicionado como garante de una pirámide financiera tan gigantesca.

 

3. Ante la retirada de los bancos, las finanzas privadas han tomado el relevo. ¿Pero con qué capital? Cada vez más, con el de las grandes instituciones gestoras de ahorro: los fondos de pensiones y los fondos de inversión. Los futuros jubilados y los pequeños ahorradores se ven arrastrados, sin saberlo, a los esquemas más precarios que sustentan la pirámide invertida, una pirámide que, inevitablemente, los sepultaría si colapsara.

 

4. La participación del ahorro público se extiende a todo el universo del crédito privado. Los fondos de crédito privado han estado bajo una fuerte presión desde principios de 2026, con tasas de impago de los prestatarios en aumento, por un lado, y la preocupación de los inversores que buscan retirar su dinero, por otro. Existe un deseo creciente de deshacerse de compromisos que, siendo generosos, podrían describirse como de dudosa reputación. ¿Cómo lo harán?

 

Igual que en los tiempos de las hipotecas subprime, por supuesto: mediante la titulización y la «estructuración». Si bien a los bancos se les ha instado a moderar esta práctica desde 2008, los fondos de crédito privado no se consideran obligados a ello. Siguiendo una fórmula probada, agrupan préstamos de diversa calidad, dividen la cartera resultante en diferentes tramos de valores, cada uno con un nivel de riesgo particular —y la remuneración correspondiente—, y los ponen a la venta. Los inversores eligen su veneno.

 

Pero aquí es donde la cosa se vuelve realmente insidiosa: las aseguradoras han desarrollado una pasión por este juego y lo juegan desde todos los ángulos. Primero, del lado de los inversores, compran con entusiasmo estos productos estructurados, presumiblemente favoreciendo las categorías de menor riesgo, aunque sabemos qué pasó con esos tramos supuestamente con calificación AAA durante la era de las hipotecas subprime.

 

Luego, y esto es algo nuevo, las aseguradoras han descubierto que es lucrativo actuar como «envoltorios», es decir, como garantes de otros inversores en estos productos, que no son precisamente inversiones prudentes ni aptas para familias. Si se producen impagos, las aseguradoras deben compensar a los inversores afectados; la estrategia general es cobrar las primas de seguros mientras esperan que el temido suceso nunca ocurra. Jugando a dos bandas, las aseguradoras, que lograron mantener un perfil bajo en 2008, se encuentran en primera línea a la hora de acaparar titulares si se produce un colapso.

 

Las señales de alerta del inminente colapso se multiplican. Recordemos la analogía de la bicicleta: el problema no comienza cuando las valoraciones se desploman, sino simplemente cuando se ralentizan. Pronto sabremos en qué punto nos encontramos, dado que queda muy poco en el modelo de negocio de la IA capaz de generar un segundo derivado.

 

La proliferación de estructuras de venta de crédito privado y otras prácticas turbias que creíamos haber dejado atrás tras la crisis de las hipotecas subprime lo atestiguan. Sin embargo, también nos enteramos de que la Comisión de Bolsa y Valores (SEC), el regulador del mercado estadounidense, acaba de autorizar la titulización de la deuda de las empresas de hiperescala, basándose en argumentos sumamente engañosos. Y aquí vamos de nuevo…

 

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