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LAS VENAS ABIERTAS DE AMÉRICA LATINA
Eduardo
Galeano
(20)
PRIMERA
PARTE
LA
POBREZA DEL HOMBRE COMO RESULTADO DE LA RIQUEZA DE LA TIERRA.
EL
ARCOÍRIS ES LA RUTA DEL RETORNO A GUINEA
En 1518 el licenciado Alonso Zuazo escribía a
Carlos V desde la Dominicana:
«Es
vano el temor de que los negros puedan sublevarse; viudas hay en las islas de
Portugal muy sosegadas con ochocientos esclavos; todo está en cómo son
gobernados. Yo hallé al venir algunos negros ladinos, otros huidos a monte;
azoté a unos, corté las orejas a otros; y ya no se ha venido más queja».
Cuatro
años después estalló la primera sublevación de esclavos en América: los
esclavos de Diego Colón, hijo del descubridor, fueron los primeros en
levantarse y terminaron colgados de las horcas en los senderos del ingenio. Se
sucedieron otras rebeliones en Santo Domingo y luego en todas las islas
azucareras del Caribe. Un par de siglos después del sobresalto de Diego Colón,
en el otro extremo de la misma isla, los esclavos cimarrones huían a las
regiones más elevadas de Haití y en las montañas reconstruían la vida africana:
los cultivos de alimentación, la adoración de los dioses, las costumbres. El
arcoíris señala todavía, en la actualidad, la ruta del retorno a Guinea para el
pueblo de Haití. En una nave de vela blanca… En la Guayana holandesa, a través
del río Courantyne, sobreviven desde hace tres siglos las comunidades de los
djukas, descendientes de esclavos que habían huido por los bosques de Surinam.
En estas aldeas, subsisten «santuarios similares a los de Guinea, y se cumplen
danzas y ceremonias que podrían celebrarse en Ghana. Se utiliza el lenguaje de
los tambores, muy parecido a los tambores de Ashanti». La primera gran rebelión
de los esclavos de la Guayana ocurrió cien años después de la fuga de los
djukas: los holandeses recuperaron las plantaciones y quemaron a fuego lento a
los líderes de los esclavos. Pero tiempo antes del éxodo de los djukas, los
esclavos cimarrones de Brasil habían organizado el reino negro de los Palmares,
en el nordeste de Brasil, y victoriosamente resistieron, durante todo el siglo
XVII, el asedio de las decenas de expediciones militares que lanzaron para
abatirlo, una tras otra, los holandeses y los portugueses. Las embestidas de
millares de soldados nada podían contra las tácticas guerrilleras que hicieron
invencible, hasta 1693, el vasto refugio. El reino independiente de los
Palmares —convocatoria a la rebelión, bandera de la libertad— se había
organizado como un estado «a semejanza de los muchos que existían en África en
el siglo XVII». Se extendía desde las vecindades del Cabo de Santo Agostinho,
en Pernambuco, hasta la zona norteña del río San Francisco, en Alagoas:
equivalía a la tercera parte del territorio de Portugal y estaba rodeado por un
espeso cerco de selvas salvajes. El jefe máximo era elegido entre los más
hábiles y sagaces: reinaba el hombre «de mayor prestigio y felicidad en la
guerra o en el mando». En plena época de las plantaciones azucareras
omnipotentes, Palmares era el único rincón de Brasil donde se desarrollaba el
policultivo. Guiados por la experiencia adquirida por ellos mismos o por sus
antepasados en las sabanas y en las selvas tropicales de África, los negros
cultivaban el maíz, el boniato, los frijoles, la mandioca, las bananas y otros
alimentos. No en vano, la destrucción de los cultivos aparecía como el objetivo
principal de las tropas coloniales lanzadas a la recuperación de los hombres
que, tras la travesía del mar con cadenas en los pies, habían desertado de las
plantaciones.
La
abundancia de alimentos de Palmares contrastaba con las penurias que, en plena
prosperidad, padecían las zonas azucareras del litoral. Los esclavos que habían
conquistado la libertad la defendían con habilidad y coraje porque compartían
sus frutos: la propiedad de la tierra era comunitaria y no circulaba el dinero
en el estado negro. «No figura en la historia universal ninguna rebelión de
esclavos tan prolongada como la de Palmares. La de Espartaco, que conmovió el
sistema esclavista más importante de la antigüedad, duró dieciocho meses». Para
la batalla final, la corona portuguesa movilizó el mayor ejército conocido
hasta la muy posterior independencia de Brasil. No menos de diez mil personas
defendieron la última fortaleza de Palmares; los sobrevivientes fueron
degollados, arrojados a los precipicios o vendidos a los mercaderes de Río de
Janeiro y Buenos Aires. Dos años después, el jefe Zumbi, a quien los esclavos
consideraban inmortal, no pudo escapar a una traición. Lo acorralaron en la
selva y le cortaron la cabeza. Pero las rebeliones continuaron. No pasaría
mucho tiempo antes de que el capitán Bartolomeu Bueno Do Prado regresara del
Río das Mortes con sus trofeos de la victoria contra una nueva sublevación de
esclavos. Traía tres mil novecientos pares de orejas en las alforjas de los
caballos.
También
en Cuba se sucederían las sublevaciones. Algunos esclavos se suicidaban en
grupo; burlaban al amo «con su huelga eterna y su inacabable cimarronería por
el otro mundo», dice Fernando Ortiz. Creían que así resucitaban, carne y
espíritu, en África. Los araos mutilaban los cadáveres, para que resucitaran
castrados, mancos o decapitados, y de este modo conseguían que muchos
renunciaran a la idea de matarse. Allá por 1870, según la reciente versión de
un esclavo que en su juventud había huido a los montes de Las Villas, los
negros ya no se suicidaban en Cuba. Mediante un cinturón mágico, «se, iban
volando, volaban por el cielo y cogían para su tierra», o se perdían en la
sierra porque «cualquiera se cansaba de vivir. Los que se acostumbraban tenían el
espíritu flojo. La vida en el monte era más saludable».
Los dioses africanos continuaban vivos entre
los esclavos de América como vivas continuaban, alimentadas por la nostalgia,
las leyendas y los mitos de las patrias perdidas. Parece evidente que los
negros expresaban así, en sus ceremonias, en sus danzas, en sus conjuros, la
necesidad de afirmación de una identidad cultural que el cristianismo negaba.
Pero también ha de haber influido el hecho de que la Iglesia estuviera
materialmente asociada al sistema de explotación que sufrían. A comienzos del
siglo XVIII, mientras en las islas inglesas los esclavos convictos de crímenes
morían aplastados entre los tambores de los trapiches de azúcar y en las
colonias francesas se los quemaba vivos o se los sometía al suplicio de la
rueda, el jesuita Antonil formulaba dulces recomendaciones a los dueños de
ingenios en Brasil, para evitar excesos semejantes:
«A los
administradores no se les debe consentir de ninguna manera dar puntapiés
principalmente en la barriga de las mujeres que andan preñadas ni dar
garrotazos a los esclavos, porque en la cólera no se miden los golpes y pueden
herir en la cabeza a un esclavo eficiente, que vale mucho dinero, y perderlo».
En Cuba, los mayorales descargaban sus látigos
de cuero o cáñamo sobre las espaldas de las esclavas embarazadas que habían
incurrido en falta, pero no sin antes acostarlas boca abajo, con el vientre en
un hoyo, para no estropear la «pieza» nueva en gestación. Los sacerdotes, que
recibían como diezmo el cinco por ciento de la producción de azúcar, daban su
absolución cristiana: el mayoral castigaba como Jesucristo a los pecadores. El
misionero apostólico Juan Perpiñá y Pibernat publicaba sus sermones a los
negros: «¡Pobrecitos! No os asustéis porque sean muchas las penalidades que
tengáis que sufrir como esclavos. Esclavo puede ser vuestro cuerpo: pero libre
tenéis el alma para volar un día a la feliz mansión de los escogidos».
El
dios de los parias no es siempre el mismo que el dios del sistema que los hace
parias. Aunque la religión católica abarca, en la información oficial, el 94
por ciento de la población de Brasil, en la realidad la población negra
conserva vivas sus tradiciones africanas y viva perpetúa su fe religiosa, a
menudo camuflada tras las figuras sagradas del cristianismo. Los cultos de raíz
africana encuentran amplia proyección entre los oprimidos —cualquiera que sea
el color de su piel. Otro tanto ocurre en las Antillas. Las divinidades del
vudú de Haití, el bembé de Cuba y la umbanda y la quimbanda de Brasil son más o
menos las mismas, pese a la mayor o menor transfiguración que han sufrido, al
nacionalizarse en tierras de América, los ritos y los dioses originales. En el
Caribe y en Bahía se entonan los cánticos ceremoniales en nagó, yoruba, congo y
otras lenguas africanas. En los suburbios de las grandes ciudades del sur de
Brasil, en cambio, predomina la lengua portuguesa, pero han brotado de la costa
del oeste de Africa las divinidades del bien y del mal que han atravesado los
siglos para transformarse en los fantasmas vengadores de los marginados, la
pobre gente humillada que clama en las favelas de Río de Janeiro:
Fuerza bahiana,
fuerza africana,
fuerza divina,
ven acá.
Ven a ayudarnos…
(continuará)
[
Fragmento de: Eduardo Galeano. “Las venas abiertas de América Latina” ]
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