domingo, 20 de septiembre de 2026


 

 

1428

 

 LAS VENAS ABIERTAS DE AMÉRICA LATINA

Eduardo Galeano

 

(19)

 

 

 

PRIMERA PARTE

LA POBREZA DEL HOMBRE COMO RESULTADO DE LA RIQUEZA DE LA TIERRA.

 

 


Motor de vapor de Watt

 

 

GRACIAS AL SACRIFICIO DE LOS ESCLAVOS EN EL CARIBE, NACIERON LA MÁQUINA DE JAMES WATT Y LOS CAÑONES DE WASHINGTON

 

  El Che Guevara decía que el subdesarrollo es un enano de cabeza enorme y panza hinchada: sus piernas débiles y sus brazos cortos no armonizan con el resto del cuerpo. La Habana resplandecía, zumbaban los cadillacs por sus avenidas de lujo y en el cabaret más grande del mundo ondulaban, al ritmo de Lecuona, las vedettes más hermosas; mientras tanto, en el campo cubano, sólo uno de cada diez obreros agrícolas bebía leche, apenas un cuatro por ciento consumía carne y, según el Consejo Nacional de Economía, las tres quintas partes de los trabajadores rurales ganaban salarios que eran tres o cuatro veces inferiores al costo de la vida.

 

  Pero el azúcar no sólo produjo enanos. También produjo gigantes o, al menos, contribuyó intensamente al desarrollo de los gigantes. El azúcar del trópico latinoamericano aportó un gran impulso a la acumulación de capitales para el desarrollo industrial de Inglaterra, Francia, Holanda y, también, de los Estados Unidos, al mismo tiempo que mutiló la economía del nordeste de Brasil y de las islas del Caribe y selló la ruina histórica de África. El comercio triangular entre Europa, África y América tuvo por viga maestra el tráfico de esclavos con destino a las plantaciones de azúcar. «La historia de un grano de azúcar es toda una lección de economía política, de política y también de moral», decía Augusto Cochin. Las tribus de África occidental vivían peleando entre sí, para aumentar, con los prisioneros de guerra, sus reservas de esclavos. Pertenecían a los dominios coloniales de Portugal, pero los portugueses no tenían naves ni artículos industriales que ofrecer en la época del auge de la trata de negros, y se convirtieron en meros intermediarios entre los capitanes negreros de otras potencias y los reyezuelos africanos. Inglaterra fue, hasta que ya no le resultó conveniente; la gran campeona de la compra y venta de carne humana. Los holandeses tenían, sin embargo, más larga tradición en el negocio, porque Carlos V les había regalado el monopolio del transporte de negros a América tiempo antes de que Inglaterra obtuviera el derecho de introducir esclavos en las colonias ajenas. Y en cuanto a Francia, Luis XIV, el Rey Sol, compartía con el rey de España la mitad de las ganancias de la Compañía de Guinea, formada en 1701 para el tráfico de esclavos hacia América, y su ministro Colbert, artífice de la industrialización francesa, tenía motivos para afirmar que la trata de negros era «recomendable para el progreso de la marina mercante nacional».

 

 

Adam Smith decía que el descubrimiento de América había «elevado el sistema mercantil a un grado de esplendor y gloria que de otro modo no hubiera alcanzado jamás». Según Sergio Bagú, el más formidable motor de acumulación del capital mercantil europeo fue la esclavitud americana; a su vez, ese capital resultó «la piedra fundamental sobre la cual se construyó el gigantesco capital industrial de los tiempos contemporáneos».

 

 

La resurrección de la esclavitud grecorromana en el Nuevo Mundo tuvo propiedades milagrosas: multiplicó las naves, las fábricas, los ferrocarriles y los bancos de países que no estaban en el origen ni, con excepción de los Estados Unidos, tampoco en el destino de los esclavos que cruzaban el Atlántico. Entre los albores del siglo XVI y la agonía del siglo XIX, varios millones de africanos, no se sabe cuántos, atravesaron el océano; se sabe, sí, que fueron muchos más que los inmigrantes blancos, provenientes de Europa, aunque, claro está, muchos menos sobrevivieron. Del Potomac al Río de la Plata, los esclavos edificaron la casa de sus amos, talaron los bosques, cortaron y molieron las cañas de azúcar, plantaron algodón, cultivaron cacao, cosecharon café y tabaco y rastrearon los cauces en busca de oro. ¿A cuántas Hiroshimas equivalieron sus exterminios sucesivos? Como decía un plantador inglés de Jamaica, «a los negros es más fácil comprarlos que criarlos». Caio Prado calcula que hasta principios del siglo XIX habían llegado a Brasil entre cinco y seis millones de africanos; para entonces, ya Cuba era un mercado de esclavos tan grande como lo había sido, antes, todo el hemisferio occidental.

 

 

Allá por 1562, el capitán John Hawkins había arrancado trescientos negros de contrabando de la Guinea portuguesa. La reina Isabel se puso furiosa: «Esta aventura —sentenció— clama venganza del cielo». Pero Hawkins le contó que en el Caribe había obtenido, a cambio de los esclavos, un cargamento de azúcar y pieles, perlas y jengibre. La reina perdonó al pirata y se convirtió en su socia comercial. Un siglo después, el duque de York marcaba al hierro candente sus iniciales, DY, sobre la nalga izquierda o el pecho de los tres mil negros que anualmente conducía su empresa hacia las «islas del azúcar». La Real Compañía Africana, entre cuyos accionistas figuraba el rey Carlos II, daba un trescientos por ciento de dividendos, pese a que, de los 70 mil esclavos que embarcó entre 1680 y 1688, sólo 46 mil sobrevivieron a la travesía. Durante el viaje, numerosos africanos morían víctima de epidemias o desnutrición, o se suicidaban negándose a comer, ahorcándose con sus cadenas o arrojándose por la borda al océano erizado de aletas de tiburones. Lenta pero firmemente, Inglaterra iba quebrando la hegemonía holandesa en la trata de negros. La South Sea Company fue la principal usufructuaria del «derecho de asiento» concedido a los ingleses por España, y en ella estaban envueltos los más prominentes personajes de la política y las finanzas británicas; el negocio, brillante como ninguno, enloqueció a la bolsa de valores de Londres y desató una especulación de leyenda.

 

 

El transporte de esclavos elevó a Bristol, sede de astilleros, al rango de segunda ciudad de Inglaterra, y convirtió a Liverpool en el mayor puerto del mundo. Partían los navíos con sus bodegas cargadas de armas, telas, ginebra, ron, chucherías y vidrios de colores, que serían el medio de pago para la mercadería humana de África, que a su vez pagaría el azúcar, el algodón, el café y el cacao de las plantaciones coloniales de América. Los ingleses imponían su reinado sobre los mares. A fines del siglo XVIII, África y el Caribe daban trabajo a ciento ochenta mil obreros textiles en Manchester; de Sheffield provenían los cuchillos, y de Birmingham, 150 mil mosquetes por año. Los caciques africanos recibían las mercancías de la industria británica y entregaban los cargamentos de esclavos a los capitanes negreros. Disponían, así, de nuevas armas y abundante aguardiente para emprender las próximas cacerías en las aldeas. También proporcionaban marfiles, ceras y aceite de palma. Muchos de los esclavos provenían de la selva y no habían visto nunca el mar; confundían los rugidos del océano con los de alguna bestia sumergida que los esperaba para devorarlos o, según el testimonio de un traficante de la época, creían, y en cierto modo no se equivocaban, que «iban a ser llevados como carneros al matadero, siendo su carne muy apreciada por los europeos». De muy poco servían los látigos de siete colas para contener la desesperación suicida de los africanos.

 

 

Los «fardos» que sobrevivían al hambre, las enfermedades y el hacinamiento de la travesía, eran exhibidos en andrajos, pura piel y huesos, en la plaza pública, luego de desfilar por las calles coloniales al son de las gaitas. A los que llegaban al Caribe demasiado exhaustos se los podía cebar en los depósitos de esclavos antes de lucirlos a los ojos de los compradores; a los enfermos se los dejaba morir en los muelles. Los esclavos eran vendidos a cambio de dinero en efectivo o pagarés a tres años de plaza. Los barcos zarpaban de regreso a Liverpool llevando diversos productos tropicales: a comienzos del siglo XVIII, las tres cuartas partes del algodón que hilaba la industria textil inglesa provenían de las Antillas, aunque luego Georgia y Louisiana serían sus principales fuentes; a mediados del siglo, había ciento veinte refinerías de azúcar en Inglaterra.

 

 

Un inglés podía vivir, en aquella época, con unas seis libras al año; los mercaderes de esclavos de Liverpool sumaban ganancias anuales por más de un millón cien mil libras, contando exclusivamente el dinero obtenido en el Caribe y sin agregar los beneficios del comercio adicional. Diez grandes empresas controlaban los dos tercios del tráfico. Liverpool inauguró un nuevo sistema de muelles; cada vez se construían más buques, más largos y de mayor calado. Los orfebres ofrecían «candados y collares de plata para negros y perros», las damas elegantes se mostraban en público acompañadas de un mono vestido con un jubón bordado y un niño esclavo, con turbante y bombachudos de seda. Un economista describía por entonces la trata de negros como «el principio básico y fundamental de todo lo demás; como el principal resorte de la máquina que pone en movimiento cada rueda del engranaje». Se propagaban los bancos en Liverpool y Manchester, Bristol, Londres y Glasgow; la empresa de seguros Lloyd’s acumulaba ganancias asegurando esclavos, buques y plantaciones. Desde muy temprano, los avisos del London Gazette indicaban que los esclavos fugados debían ser devueltos a Lloyd’s. Con fondos del comercio negrero se construyó el gran ferrocarril inglés del oeste y nacieron industrias como las fábricas de pizarras de Gales. El capital acumulado en el comercio triangular —manufacturas, esclavos, azúcar— hizo posible la invención de la máquina de vapor: James Watt fue subvencionado por mercaderes que habían hecho así su fortuna. Eric Williams lo afirma en su documentada obra sobre el tema.

 

 

A principios del siglo XIX, Gran Bretaña se convirtió en la principal impulsora de la campaña antiesclavista. La industria inglesa ya necesitaba mercados internacionales con mayor poder adquisitivo, lo que obligaba a la propagación del régimen de salarios. Además, al establecerse el salario en las colonias inglesas del Caribe, el azúcar brasileño, producido con mano de obra esclava, recuperaba ventajas por sus bajos costos comparativos

 

 

La Armada británica se lanzaba al asalto de los buques negreros, pero el tráfico continuaba creciendo para abastecer a Cuba y a Brasil. Antes de que los botes ingleses llegaran a los navíos piratas, los esclavos eran arrojados por la borda: adentro sólo se encontraba el olor, las calderas calientes y un capitán muerto de risa en cubierta. La represión del tráfico elevó los precios y aumentó enormemente las ganancias. A mediados del siglo, los traficantes entregaban un fusil viejo por cada esclavo vigoroso que arrancaban del África, para luego venderlo en Cuba a más de seiscientos dólares. Las pequeñas islas del Caribe habían sido infinitamente más importantes, para Inglaterra, que sus colonias del norte. A Barbados, Jamaica y Montserrat se les prohibía fabricar una aguja o una herradura por cuenta propia. Muy diferente era la situación de Nueva Inglaterra, y ello facilitó su desarrollo económico y, también, su independencia política. Por cierto que la trata de negros en Nueva Inglaterra dio origen a gran parte del capital que facilitó la revolución industrial en Estados Unidos de América. A mediados del siglo XVIII, los barcos negreros del norte llevaban desde Boston, Newport o Providence barriles llenos de ron hasta las costas de África; en África los cambiaban por esclavos; vendían los esclavos en el Caribe y de allí traían la melaza a Massachusetts, donde se destilaba y se convertía, para completar el ciclo, en ron. El mejor ron de las Antillas, el West Indian Rum, no se fabricaba en las Antillas. Con capitales obtenidos de este tráfico de esclavos, los hermanos Brown, de Providence, instalaron el horno de fundición que proveyó de cañones al general George Washington para la guerra de la independencia. Las plantaciones azucareras del Caribe, condenadas como estaban al monocultivo de la caña, no sólo pueden considerarse el centro dinámico del desarrollo de las «trece colonias» por el aliento que la trata de negros brindó a la industria naval y a las destilerías de Nueva Inglaterra. También constituyeron el gran mercado para el desarrollo de las exportaciones de víveres, maderas e implementos diversos con destino a los ingenios, con lo cual dieron viabilidad económica a la economía granjera y precozmente manufacturera del Atlántico norte. En gran escala, los navíos fabricados por los astilleros de los colonos del norte llevaban al Caribe peces frescos y ahumados, avena y granos, frijoles, harina, manteca, queso, cebollas, caballos y bueyes, velas y jabones, telas, tablas de pino, roble y cedro para las cajas de azúcar (Cuba contó con la primera sierra de vapor que llegó a la América hispánica pero no tenía madera que cortar) y duelas, arcos, aros, argollas y clavos.

 

  Así se iba trasvasando la sangre por todos estos procesos. Se desarrollaban los países desarrollados de nuestros días: se subdesarrollaban los subdesarrollados…

 

(continuará)

 

 

 

[ Fragmento de: Eduardo Galeano. “Las venas abiertas de América Latina” ]

 

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domingo, 13 de septiembre de 2026

 

1427

 

DE LA DECADENCIA DE LA POLÍTICA EN EL CAPITALISMO TERMINAL

Andrés Piqueras

 

(52)

 

 

 

PARTE II

Del in-politicismo teórico-práctico

 

 


Silvia Federici

 

 

(…) Por el mismo sendero de ingenuidad-inoperancia política transcurren otras propuestas provenientes de la combinación del mundo del desarrollo con el del género, que además de proponer la retahíla estereotípica de buenos propósitos, como el “desarrollo centrado en la gente”, “sostenible”, “humano”, “empoderamiento de las mujeres”, “reducción de las formas de desigualdad”, “respetuoso con el medio”, etc., nos hablan, como en el caso del también afamado trabajo de Benería, Berik y Floro (2016), de valorar las actividades no pagadas, regular el sector financiero, y hasta de aprovechar el marco de los derechos humanos para reducir la desigualdad de ingresos. Derechos humanos que se hacen depender de… ¡un sistema de gobernanza que funcione bien! Y

por supuesto, quienes llevarán a cabo todas esas proezas serán movimientos sociales y ONGs de diverso tipo y ámbito de actuación.

 

En lugar de que se den esos sueños, y congruentemente con la decadencia del valor-capital y la caída de la tasa media de ganancia en casi todo el planeta, el conjunto de indicadores relacionados con esos campos se ha deteriorado en un mundo barbarizado (como vimos en la primera parte de esta obra), donde ya por primera vez en la historia el 1% de la humanidad posee más del 50% de los activos mundiales y donde la pobreza y sobre todo la extrema pobreza son netamente femeninas. Parece, sin embargo, que de todo ello tampoco quiere ser consciente otro de los referentes del feminismo “post” o “autonomista”: Silvia Federici. Una lástima que su magnífica contribución teórica (como en “Calibán y la bruja”) se vea palidecida por su vertiente práxica en la arena política. Dice en uno de sus últimos trabajos que conforme se desvanece la posibilidad de una revolución alimentada por el propio desarrollo capitalista va estando más claro que la reconstitución de las comunidades devastadas por el capital es imprescindible. Hasta aquí de acuerdo, aunque no nos explique en qué correlación de fuerzas ni en qué pasos concretos con capacidad efectiva real está pensando para lograrlo.

 

Pero sigue: hay que pasar del comunismo a los comunes. Y a partir de esa máxima quien lee se percata de que toda la alternatividad propuesta por esta autora se deja a las experiencias y actividades autoorganizadas de construcción del común.

 

 

“La cooperación social y la creación de conocimiento que Marx atribuye al trabajo industrial solo se pueden construir a través de actividades autoorganizadas de construcción del común –huertos urbanos, bancos de tiempo, código abierto– que además de producir comunidad, necesitan de ella”

 

 

Ya Marx, en su crítica a Proudhon, señaló la ingenuidad (“pequeñoburguesa”) que encerraba ese tipo de propuestas, de una vuelta imposible al pasado comunal en medio de una acelerada socialización de la producción y de inmersión mundial en la ley del valor del capital. De hecho, mientras las dinámicas del valor se han mantenido más o menos en “buena forma” y el capitalismo se ha desarrollado con vitalidad, ninguna de esas experiencias ha tenido papel significativo alguno en las sociedades. Hay, sin embargo, en el presente, dos razones principales que justifican el que pueda volver a considerarse ese tipo de propuestas: 1/ como aprendizaje imprescindible para elaborar formas que “entrenen” en el socialismo, aunque por sí solas no puedan hacerlo llegar; 2/ como “formas de supervivencia” comunal de ciertos sectores de la población, ante el derrumbe civilizatorio (volveré sobre ello en el apartado siguiente). Es decir, habría que verlas como complementarias a procesos estructurales de desmontaje del capitalismo, o bien como paliativas para ciertos núcleos poblacionales ante la propia degeneración de éste. El problema, una vez más, es que para el feminismo “post” se convierten en la única vía para conseguir el mundo anhelado, y sin necesidad de que haya catástrofe por medio, sino así, espontáneamente, se nos dice, a través de la puesta en práctica de pequeñas cosas en común por unos cuantos cientos o miles de personas en unos u otros lugares se vencerá a la civilización del capital, dado que se supone que la humanidad en su conjunto se terminará uniendo por contagio, atraída por la bondad de lo hecho, y los poderes fuertes del capital –y del patriarcado– asistirán impávidos a que esas pequeñas acciones les derrumben.

 

Abundando en esta línea, Federici señala a la reproducción como el campo crucial para la transformación de las relaciones sociales, con lo que la acusación que le hace a Marx sobre desconsiderar lo no-asalariado como parte de la relación del capital, se vuelve ahora al otro extremo: la relación fundante del capitalismo (la salarial) pasa a segundo plano, y es la relación en la que se apoya aquélla la verdaderamente decisiva.

 

 

“…la lucha por el trabajo asalariado o la lucha por unirse a la clase trabajadora en el lugar de trabajo, como algunas marxistas feministas gustan llamarlo, no puede ser un camino hacia la liberación. El trabajo asalariado puede ser necesario, pero no es una estrategia política consistente”

(Federici, 2014).

 

 

Sólo un pequeño matiz: no es la lucha por el trabajo asalariado generador de plusvalía, sino contra él, la que marca al socialismo. Pero Federici insiste sobre ese punto. Aquí tenemos lo que responde en una entrevista:

 

Pregunta: Uno de los puntos que mencionas en tu libro Revolución en punto cero es una especie de crítica al canon marxista o anticapitalista. ¿Puedes profundizar en esta idea y explicar qué impacto tiene el comprender los aspectos de género del capitalismo sobre nuestra práctica política?

 

Silvia Federici: “Tengo la sensación de que la cuestión de la reproducción es esencial no solo para la organización capitalista del trabajo, sino que también es central en cualquier proceso revolucionario verdadero, cualquier proceso genuino de transformación social. Creo que actualmente es especialmente importante porque vemos en primer lugar que ni el Estado ni el mercado contribuyen a la reproducción. El desmantelamiento del Estado de bienestar se está llevando a cabo en todo el mundo y de tal manera que prácticamente deja nuestra reproducción desprovista de apoyo. Existe otra necesidad que tiene que ver con la desintegración del tejido social de nuestras vidas y nuestras comunidades debido a la destrucción económica que hemos visto en las últimas tres décadas. Las formas de organización y los tipos de lazos de solidaridad que se habían construido a lo largo de los años básicamente ya no existen. Deberá producirse todo un proceso de reconstrucción si queremos reunir el poder para empezar a cambiar nuestras vidas e imponer un modelo diferente de sociedad. El trabajo reproductivo y todo lo que sucede en el hogar es fundamental porque muestra de forma muy clara todas las divisiones que mantienen a la gente esclavizada en esta sociedad, empezando por la división entre mujeres y hombres, pero también entre jóvenes y viejos y también sobre la base de la ‘raza’” (las cursivas son añadidas por mí).

 

Todo lo expresado en esta respuesta puede compartirse sin problemas, y aún más cuando Federici misma viene a reconocer, paradójicamente (por eso el énfasis que añado a la transcripción de la entrevista), que los sueños bonitos de “comunes”, “horizontalidades y “solidaridades” están hoy bastante destrozados por un capitalismo salvaje. Solamente que –por ello mismo–, sin tener en cuenta el núcleo de formación del valor, la sangre del capital, difícilmente se puede hacer un análisis satisfactorio de su “reproducción”, ni de cómo lograr que la reproducción social deje de ser parte de la “reproducción del capital”, en el camino de trascender el capitalismo efectivamente, más allá de ilusiones desiderativas. Ante esa carencia, también Federici tiene que agarrarse a la espontaneidad de un supuesto incremento del deseo de “reclamar poder para transformar nuestras vidas”. En concordancia con tal línea de subordinación teórica a las directrices de la ciencia blanda de la postmodernidad, y presa de la artificial separación que el capital hace entre “sociedad civil” y “sociedad política”, sus propuestas nos alejan siempre del Estado, evitando cualquier contacto contaminante con él, porque para ella está atado “inextricablemente a la acumulación de capital”, y por tanto, forzado a “reproducir el conflictomsocial y los mecanismos de exclusión”.

 

 

“Además, con un proletariado global dividido por jerarquía de género y de raza, la ‘dictadura del proletariado’, concretada en una forma-Estado, correría el riesgo de convertirse en la dictadura del sector blanco/masculino de la clase obrera, pues aquellos que tienen más poder fácilmente podrían dirigir el proceso revolucionario hacia objetivos que mantuviesen los privilegios que han adquirido”

 

 

 

Como se ve, hace gala aquí Federici de eurocentrismo para intentar señalar la “dictadura del proletariado” como la supremacía, siempre y en todo lugar, del trabajador blanco-masculino (¿en Tanzania y en las Islas Andamán también?). Ya en Federici (2013), entre las páginas 214 a 219 (la mayor parte de su apartado dedicado a “los cuidados, los sindicatos y la izquierda”), hace algunas críticas al marxismo con argumentos que llegan casi a lo ridículo.

 

 

“Las organizaciones sindicales no han plantado cara a estas desigualdades, como tampoco lo han hecho los movimientos sociales ni las organizaciones marxistas, que, pese a algunas excepciones, parecen haber borrado a los mayores de las luchas, a juzgar por la ausencia de referencia alguna al cuidado de los mayores en los análisis marxistas actuales. La responsabilidad por este estado de las cosas puede remontarse hasta el mismo Marx. El cuidado de los mayores no es algo que se tenga en cuenta en su obra, pese a que la cuestión de los ancianos ha estado dentro de la agenda política revolucionaria desde el siglo XVIII y pese a que las sociedades basadas en el apoyo mutuo y las visiones utópicas de comunidades abundaron en su época (foueristas, owenistas, icarianos) (…) Dentro de su debate y del desarrollo de su pensamiento no tenía cabida la seguridad en la edad anciana ni el cuidado de los mayores. (…) Más importante todavía, Marx no reconoció la centralidad del trabajo reproductivo ni en la acumulación capitalista ni en la construcción de lanueva sociedad comunista”.

 

 

La autora continúa, después, ensalzando a Kropotkin contra Marx, con motivo de la insistencia del autor ruso en el “apoyo mutuo”, mientras que el renano lo dejaría a cargo de las máquinas, según la lectura de los Grundrisse que hace Federici. Dejaré que sean otras feministas, un poco más abajo, las que contesten esta retahíla de peregrinas afirmaciones. Sólo comentar aquí que en una sociedad de productoras/es “libremente asociadas/os” como primer paso para tejer un nuevo metabolismo socio-natural, que proponían Engels y Marx, la vida, su permanente preservación y enriquecimiento, pasa a ser responsabilidad colectiva. De hecho, todas las decisiones se llevan a cabo a partir de la democracia básica de compartir los medios de vida. No pareciera que este ideario comunista de los camaradas alemanes tuviera que ser tan difícil de entender para quien busca el Común, a no ser que haya otras intenciones políticas para no entenderlo.

 

En cuanto al anti-estatismo de esta autora, veamos cómo explica su afirmación de que “la forma Estado está en crisis”.

 

 

“Tras décadas de expectativas frustradas y papeletas electorales, se ha despertado un profundo deseo, especialmente entre los más jóvenes, en todos los países, de reclamar el poder de transformar nuestras vidas, de reclamar el conocimiento y la responsabilidad que en un Estado proletario delegaríamos en una institución total que, al cumplir su función de representarnos, terminaría por reemplazarnos. Semejante viraje sería desastroso, porque en lugar de crear un mundo nuevo, estaríamos dejando pasar la oportunidad de ese proceso de autotransformación sin el que no es posible ninguna sociedad nueva, y estaríamos reconstituyendo las mismas condiciones que hoy en día nos hacen pasivos incluso ante los casos más flagrantes de injusticia institucional. Ese es uno de los atractivos de los comunes como «forma embrionaria de una sociedad nueva», que representa un poder que surge de abajo y no del Estado, basado en la cooperación y las formas colectivas de toma de decisiones y no en la coerción”.

 

 

Solamente cabría plantearse, como mínimo, si a través de unos u otros tipos de Estado es posible conseguir distintos niveles de redistribución social y de satisfacción de necesidades sociales. Parece que está demostrado históricamente que sí. La cuestión central es, sin embargo, si también a través del Estado se pueden tener más posibilidades de realizar la transformación del orden social (del modo de producción capitalista), para finalmente superar al propio Estado. Esto lo vamos a discutir un poco más tarde, al final de este capítulo.

 

 

Por lo que toca a los poderes internos a la sociedad y los distintos privilegios, ¿quedan los poderes interpersonales y sociales eliminados sin más en los procesos de construcción de los “comunes”? ¿de verdad no hemos aprendido nada de con qué facilidad se dividen esos proyectos y de las fragmentaciones, y también jerarquías, que les atraviesan, que les abocan frecuentemente a ser mefímeros, cuando no a reproducir en su interior gran parte de lo que se dice combatir? El “ser humano nuevo” (como sociedad o como comunidad) no sale espontáneamente del mundo viejo, requiere de amplias, intensas y largas mediaciones, y de albergar suficiente fuerza como para poder reconstruir alternativas ante los retrocesos. Para todo ello necesita, además, fuerza para defenderse de las personificaciones del capital(-patriarcado), que mantendrán siempre una constante ofensiva contra todo lo que se intente construir para salirse de sus límites, mediante todos sus Poderes de destrucción. Por eso, no es que no haya que esforzarse e implicarse en esas luchas intersticiales, de lo que se trata es de si hay que depositar la exclusividad de las posibilidades de transformación en ellas. Porque despreciando la vía de ruptura a escala macro-social, que requiere de muy amplia acumulación de fuerzas de todo tipo, se llega normalmente en multitud de lugares del mundo, a que lo que se emprende resulte enseguida destruido, y quienes lo emprenden represaliados/as o exterminados/as constantemente; lo que suele conllevar en muchos casos a la paralización política, al terror, de quienes sobreviven. Por eso, los planteamientos de Federici reflejan una nueva versión de esa suerte de esencialismo basista que se apoya en la “espontaneidad” instintiva de desear siempre lo bueno. “Siendo buenas y buenos haremos un mundo bueno”, y el enemigo de clase (y patriarcal) nos dejará hacerlo bien, cruzado de brazos.

 

 

Todo el acratismo del mundo asumido por el feminismo. Lo que algunos autores han llamado “emancipacionismo libertario” (Formenti, 2020), que denuncia la multitud de poderes cotidianos, expresados como “micropoderes”, muchas veces personales, contra los que tenemos que lidiar, arrastra con él el desentendimiento del Poder central: el del capital (¿ciertamente no hemos extraído ningún aprendizaje de los horrores que son capaces de desatar las variadas personificaciones del capital contra las poblaciones, a partir de sus Poderes fuertes intocados? Consideremos aquí sólo, por un instante, el militar policíaco)…

 

(continuará)

 

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lunes, 7 de septiembre de 2026


1426

 

 STALIN, HISTORIA Y CRÍTICA DE UNA LEYENDA NEGRA.

Domenico Losurdo.

 

 

 ( 34 )

 

 

 

LA ANDADURA COMPLEJA Y

CONTRADICTORIA DE LA ERA DE STALIN

 


El Gulag soviético

 

 

 

Un universo concentracionario rico en contradicciones

Como  el  terror,  también  el  universo concentracionario  producido  por  él  no  presenta  una  marcha rectilínea y un paisaje homogéneo: lejos de ser «un sistema estático», éste «gira como una peonza» y en todo caso «pasó por ciclos de relativa crueldad y relativa humanidad». Son las consideraciones de una historiadora estadounidense, que no solamente describe del modo  más  oscuro  posible  la  historia comenzada en octubre de 1917, sino que se mofa también de los «estadistas occidentales», que se dejaron engatusar  por  un  «exterminador»  tan  taimado  como  Stalin  y  llegaron  a  sentir  por  él  un  sentimiento  de respeto. De manera similar argumenta el libro de un historiador ruso dedicado también a demostrar la equivalencia de la URSS estalinista y el Tercer Reich. Sin embargo las dos monografías, a las que me referiré  sobre  todo  al  analizar  el  universo  concentracionario  en  la  Rusia  soviética,  narran  una  historia bastante  diferente  de  las  intenciones  de  sus  autores.  Es más,  el  cuadro  esbozado  por  la  historiadora estadounidense podría ser intercambiado a ratos por un producto de la propaganda soviética, si no fuese porque proviene de una autora ferozmente anticomunista. Comencemos a examinarlo. En 1921, mientras se intensifica la guerra civil, así funciona la prisión moscovita de Butyrka: A los prisioneros se les permitía salir libremente de la celda. Organizaban sesiones de gimnasia  matutinas,  habían  formado  una  orquesta  y  un  coro,  creado  un  "círculo"  surtido  con revistas extranjeras y una buena biblioteca. Según la tradición de la época pre-revolucionaria, tras  la  liberación  cada  prisionero  dejaba  sus  libros.  Un  consejo  de  prisioneros  asignaba  las celdas,  algunas  de  las  cuales  estaban  bien  acondicionadas,  con  tapices  en  el  suelo  y  las paredes.  Otro  prisionero  recordaba:  «Paseábamos  a  lo  largo  de  los  pasillos  como  si  fueran callejuelas».  A  Babina  [socialista  revolucionaria]  la  vida  en  prisión  le  pareció  irreal: «¿conseguirán mantenernos encerrados?»

 

Otra  socialista  revolucionaria,  arrestada  en  1924  y  enviada  a  Savatievo,  se  ve  felizmente sorprendida  al  encontrarse  en  un  lugar  «en  absoluto  parecido  a  una  prisión».  No  solamente  puede conseguirles  a  los  prisioneros  políticos  provisiones  alimentarias  y  ropa  en  abundancia  gracias  a  sus contactos, sino que también convierte su celda en la sección femenina de los socialistas revolucionarios. Algún  año  después,  vemos  cómo  los  detenidos  en  el  archipiélago  de  las  Soloveckie,  muchos  de  los cuales eran científicos de San Petersburgo, disponen de un teatro, una biblioteca de 30.000 volúmenes, y un huerto botánico, crean «también un museo de la flora, la fauna, el arte y la historia locales» y producen «revistas  mensuales  y  periódicos  en  los  que  aparecían  viñetas  satíricas,  poesías  llenas  de  nostalgia  y relatos sorprendentemente sinceros». Es cierto, el retrato del sistema carcelario que surge en el mismo período no es homogéneo. Y sin embargo, los arriba citados no son casos aislados. Por otro lado, incluso si se tratase de oasis felices y fugaces, su existencia ya sería de por sí significativa. Desde  luego,  no  faltan  las  protestas,  pero  es  interesante  leer  las  reivindicaciones  (parcialmente acogidas)  expresadas  mediante  una  huelga  de  hambre  de  prisioneros  políticos  (en  su  mayor  parte trotskistas):

 

 

Ampliar  la  biblioteca,  integrarla  tanto  con  periódicos  publicados  en  la  URSS  como  al menos  con  ediciones  de  la  sección  de  la  KI  [Internacional  Comunista];  actualizar sistemáticamente  las  secciones  de  economía,  política  y  literatura,  y  la  de  obras  en  lenguas minoritarias.  Subscribirse  al  menos  a  una  copia  de  periódicos  extranjeros.  Permitir  la inscripción  en  cursos  por  correspondencia.  Organizar  para  tal  fin  un  fondo  cultural,  como ocurre  incluso  en  los  centros  penitenciaros  criminales  [...].  Permitir  la  introducción  en  la cárcel de todas las ediciones extranjeras admitidas en la URSS, en particular los periódicos extranjeros permitidos, sin excluir los burgueses [...]. Consentir el intercambio de libros [...]. Adquirir papel en cantidad no inferior a 10 cuadernos al mes por persona.

 

Estamos en junio de 1931, y la fecha es significativa. Mientras conllevan una masiva extensión del universo concentracionario, por otro lado la llegada al poder de Stalin y la campaña lanzada por él para la «liquidación de los kulaks como clase» no modifican de manera radical la situación existente dentro de tal universo. Esto no vale solamente para los prisioneros políticos: «los comienzos de los años treinta [...]  fueron  para  los  detenidos  una  época  casi  "próspera"  e  incluso  "liberal"».  La  dirección  del  Gulag muestra  «cierta  tolerancia  religiosa»  y  acoge  la  petición  de  una  dieta  vegetariana  avanzada  por  los pertenecientes  a  ciertas  «sectas  religiosas». Aquí  tenemos  un  esbozo  de  las  colonias  penales  en  el extremo norte a comienzos de los años treinta:

 

 

Se necesitaban hospitales y los administradores los construyeron, introduciendo sistemas para preparar a algunos detenidos en la profesión de farmacéuticos y enfermeros. Para suplir las necesidades alimentarias, construyeron sus propias granjas agrícolas colectivas, depósitos y un sistema propio de distribución. Necesitando electricidad, construyeron plantas eléctricas, y para satisfacer la demanda de material de construcción, construyeron fábricas de ladrillos. Al  necesitar  obreros  especializados,  adiestraron  a  los  que  tenían.  Muchos  de  los  ex kulaks  eran  analfabetos  o  semianalfabetos,  y  esto  provocaba  problemas  enormes  cuando  se debían afrontar proyectos de una cierta complejidad técnica. De hecho la administración de los campos  proporcionó  escuelas  de  formación  técnica,  que  a  su  vez  exigieron  más  edificios  y nuevos  cuadros  de  trabajadores,  profesores  de  matemáticas  y  física,  así  como  "instructores políticos"  para  supervisar  su  trabajo.  En  los  años  cuarenta,  Vorkuta,  una  ciudad  construida sobre  un  terreno  permanentemente  helado,  donde  las  calles  debían  ser  reasfaltadas  y  las tuberías reparadas cada primavera, tenía ya un instituto geológico y una universidad, teatros, pequeños teatros de marionetas, piscinas y guarderías.

 

Por  «extraño»  que  pueda  parecer,  «el  Gulag  poco  a  poco  llevaba  la  "civilización",  si  así  puede llamarse, a remotas zonas deshabitadas». Entre  los  dirigentes  y  los  administradores,  no  faltan  personas  que  dan  prueba  de  humanidad  e inteligencia: Por lo que parece Berzin aprobaba en gran medida (es más, al menos por sus palabras, con  entusiasmo)  las  ideas  de  Gorki  sobre  rehabilitación  de  los  prisioneros.  Exudaba benevolencia y paternalismo y abrió para sus detenidos salas cinematográficas y círculos de discusión, bibliotecas y cafeterías "estilo restaurante". Plantó jardines con fuentes, y creó un pequeño  jardín  zoológico.  Además  pagaba  un  salario  regular  a  los  prisioneros  y  ponía  en funcionamiento la misma política del «préstamo anticipado a cambio de un buen trabajo» que los comandantes del canal del mar Blanco. Por  otro  lado,  provocadas  por  la  hambruna,  la  necesidad  de  aumentar  la  productividad  de  los detenidos, la desorganización y a menudo la incompetencia o rapacidad de los dirigentes locales, «las tragedias abundaban».  Especialmente  atroz  es  la  que  en  1933  asalta  a  los  deportados  que  deberían haber  debido  cultivar  la  isla  de  Nazino  (Siberia  occidental).  Una  tarea  que  en  seguida  se  prueba desesperada:  sin  instrumentos,  con  las  medicinas  y  el  alimento  notablemente  disminuidos  durante  el viaje, en una isla «completamente virgen», carente de «construcciones de cualquier tipo» y de «víveres», los  deportados  intentan  sobrevivir  alimentándose  de  cadáveres  o  realizando  actos  de  auténtico canibalismo.  Son  detalles  extraídos  de  una  carta  enviada  por  un  dirigente  comunista  local  a  Stalin,  y después  transmitidos  a  todos  los  miembros  del  Politburó,  que  en  cierto  modo  se  mostraron escandalizados «la tragedia de Nazino tuvo gran resonancia y fue objeto de investigación por parte de diversas  comisiones».  Claramente,  la  causante  del  horror  no  había  sido  una  voluntad  homicida: estamos  en  presencia  de  «un  ejemplo  significativo  de  cómo  podían  torcerse  las  cosas  por  la  simple ausencia de programación». Al menos hasta 1937 en el Gulag «la gente moría aleatoriamente» a causa de la  desorganización.  Lo  que  caracteriza  al  universo  concentracionario  soviético  es  en  primer  lugar  la obsesión por el desarrollo, y tal obsesión, si por un lado provoca la ignominia de Nazino, por el otro tiene consecuencias bastante diferentes. Como en la sociedad en su conjunto, también entre los detenidos se  intenta  estimular  la  «emulación  socialista»:  aquellos  que  se  distingan  pueden  disfrutar  de  «un suplemento alimenticio» además de «otros privilegios». Y no es todo: Y  finalmente,  los  obreros  más  eficientes  eran  liberados  anticipadamente;  por  cada  tres días  de  trabajo  en  los  que  el  plan  era  realizado  al  cien  por  cien,  a  cada  detenido  se  le descontaba un día de condena. Cuando el canal [del mar Blanco] fue completado a tiempo, en agosto  de  1933,  fueron  liberados  12.484  prisioneros.  Muchos  otros  recibieron  medallas  y premios. Un detenido festejó su liberación anticipada con una ceremonia en la que se realizó también la tradicional ofrenda rusa de pan y sal, mientras los asistentes gritaban: «¡Hurra por los constructores del canal!». En el arrebato del momento, comenzó a besar a una desconocida. Acabaron pasando la noche juntos en las orillas del canal.

 

A la obsesión productiva se le añade la pedagógica, como muestra la presencia en los campos de una «Sección educativo-cultural» (KVC), una institución en la que «los dirigentes moscovitas del Gulag [...]  en  realidad  creían  mucho».  Precisamente  por  esto,  tomaban  «bastante  en  serio  los  periódicos murales». Y bien; si los leemos, vemos que las biografías de los detenidos rehabilitados están escritas en «un lenguaje extraordinariamente parecido al de los buenos trabajadores fuera de la colonia: trabajaban, estudiaban,  hacían  "sacrificios  e  intentaban  mejorar».  Se  intenta  «reeducar»  a  los  detenidos, transformándolos en estajanovistas listos para participar en primera línea, y con entusiasmo patriótico, al desarrollo del país. Demos una vez más la palabra a la historiadora estadounidense del Gulag: «En los campos,  como  en  el  mundo  exterior,  continuaban  desarrollándose  "competiciones  socialistas", Competiciones de trabajo en las que los detenidos se enfrentaban por ser quienes consiguiesen producir más.  Además  festejaban  a  los  trabajadores  estajanovistas  por  su  presunta  capacidad  de  triplicar  o cuadruplicar  las  cuotas».  ¿No  es  casual  que,  hasta  1937,  al  dirigirse  al  prisionero,  la  guardia  lo llamase  «compañero».  La  reclusión  en  el  campo  de  concentración  no  excluía  la  posibilidad  de promoción  social:  «Muchos  detenidos  acabaron  trabajando  como  guardias  o  administradores  en  los campos»; sobre todo, como hemos visto, no pocos aprenden una profesión a ejercer tras su liberación.

 

 

Desde luego, un giro brutal se produce en 1937. Mientras arrecia la tercera guerra civil y nubes de tormenta cada vez más densas se agolpan en el horizonte internacional, la quinta columna, real o presunta, se convierte en objeto de una caza cada vez más obsesiva. En tales circunstancias el detenido ya no es un potencial  «compañero»:  está  prohibido  llamarlo  de  este  modo;  se  le  prescribe  la  calificación  de«ciudadano», pero se trata de un ciudadano que es un potencial enemigo del  pueblo.  ¿A  partir  de  este momento,  está  el  campo  de  concentración  soviético  animado  por  una  voluntad  homicida?.  Así  lo considera  la  historiadora  estadounidense  aquí  citada,  aunque  todavía  una  vez  más  su  propio  relato  la desmiente:  «En  los  años  cuarenta,  en  teoría  la  KVC  de  cada  campo  tenía  al  menos  un  instructor,  una pequeña  biblioteca  y  un  círculo"  donde  se  organizaban  espectáculos  teatrales  y  conciertos,  se organizaban  conferencias  políticas  y  debates».  Hay  más.  Mientras  se  intensifica  la  guerra  nazi  de aniquilación  y  todo  el  país  se  encuentra  en  una  situación  absolutamente  trágica,  «tiempo y  dinero»  se invierten  copiosamente  para  reforzar  «la  propaganda,  manifiestos  y  reuniones  de  adoctrinamiento político» de los detenidos:

 

Solamente  entre  los  papeles  de  administración  del  Gulag,  hay  cientos  y  cientos  de documentos  que  certifican  la  intensa  actividad  de  la  Sección  educativo-cultural.  En  los primeros tres meses de 1943, en plena guerra, entre los campos y Moscú se daba un frenético intercambio de telegramas, porque los comandantes locales intentaban conseguir por todos los medios  instrumentos  musicales  para  los  detenidos.  Mientras,  los  campos  organizaron  un concurso sobre el tema «la Gran guerra patriótica del pueblo soviético contra los ocupantes alemanes fascistas»: participaron cincuenta pintores y ocho escultores detenidos. Todavía  por  las  mismas  fechas,  el  responsable  de  un  campo  con  13.000  detenidos  trazaba  un significativo balance de su actividad:

 

 

Destacaba  con  orgullo  que  en  la  segunda  mitad  del  año  se  habían  desarrollado conferencias  políticas,  a  las  que  habían  asistido  70.000  prisioneros  (probablemente  muchos participaban varias veces). Además la KVC había organizado 444 reuniones de información política,  en  las  que  habían  participado  82.400  prisioneros,  publicado  5.046  "periódicos murales"  leídos  por  350.000  personas;  habían  realizado  232  conciertos  y  espectáculos, proyectado 69 películas y organizado 38 compañías teatrales.

 

 

Desde luego, a partir de la invasión nazi los detenidos advierten dramáticamente los efectos de la escasez, pero esto no tiene nada que ver con la aparición de una voluntad homicida: Las altas tasas de mortandad en los campos de concentración durante determinados años reflejaban en parte los acontecimientos que se producían en el exterior [...]. En el invierno de 1941-1942, cuando un cuarto de la población del Gulag murió de inanición, murió de hambre también alrededor de un millón de habitantes en Leningrado, atrapada por el bloqueo alemán. La  escasez  y  la  desnutrición  golpeaban  a  una  gran  parte  de  la  Unión  Soviética-. Por  otro  lado, pese a la situación tan desesperada, en enero de 1943 gobierno soviético instituyó un "fondo alimentario" especial para el Gulag») Pese a que «la situación de los suministros mejoró cuando la suerte de la guerra se  inclinó  a  favor  de  la  Unión  Soviética».  Estamos  tan  lejos  de  la aplicación  de  una  voluntad homicida,  que  el  clima  de  unidad  nacional  suscitado  por  la  Gran  guerra  patriótica  se  deja  oír  también dentro del Gulag. Mientras, éste conoce una masiva despoblación por una serie de amnistías; vemos a los ex-detenidos combatir valientemente, expresar satisfacción y orgullo por el hecho de disponer de armas tecnológicamente avanzadas y producidas «gracias a la industrialización del país» (que había significado la primera y más consistente expansión del universo concentracionario), hacer carrera en el Ejército rojo, ser admitidos en el partido comunista, conseguir honores y medallas al valor militar.

 

Con la alternancia de fases relativamente "prósperas" o "liberales", y fases de claro deterioro de las condiciones  económicas  y  jurídicas  de  los  detenidos,  la  historia  del  Gulag  refleja  la  historia  de  la sociedad  soviética. A  los  intentos  de  realizar  en  el  país  en  su  conjunto  la  «democracia  soviética»,  el «democratismo socialista» e incluso un «socialismo sin la dictadura del proletariado» corresponden los intentos de restablecer en el Gulag la «legalidad socialista» o la «legalidad revolucionaria». Es por ésto que se escuchan duras denuncias del universo concentracionario soviético en su interior y en sus cúpulas dirigentes. En 1930 es Yagoda el que pide intervenir en «todo el sistema carcelario, que está marchito hasta la raíz». En febrero de 1938 es el mismo Vysinsky, procurador general de la URSS, el que denuncia las «condiciones de detención [...] insatisfactorias, y en algunos casos absolutamente intolerables», que reducen a los hombres «a bestias salvajes». Algunos meses después es Laurentii Beria, jefe de la policía secreta, el que apoya una política que invita a «castigar severamente a los interrogadores que consideran los  golpes  como  el  principal  método  de  investigación  y  que  lisian  a  los  arrestados  cuando  no  tienen pruebas  suficientes  de  su  actividad  antisoviética».  No  se  trata  de  denuncias  rituales:  cuando  son descubiertos,  los  responsables  de  los  "abusos"  son  severamente  castigados,  también  con  la  muerte; muchos otros son despedidos; no faltan tampoco conflictos entre la magistratura y el aparato represivo, que se queja de la introducción de «reglas» que parecen «una sorpresa extremadamente desagradable».  Con el fin de reforzar el control se anima la presentación de reclamaciones e instancias por parte de los detenidos.  Otras  veces  se  intenta  mejorar  la  situación  recurriendo  a  amnistías  y  descongestión  de  los campos.  En  el  intervalo  entre  una  denuncia  y  otra  se  asiste  a  una  mejora  real:  son  las  fases  de "liberalismo",  a  menudo  arrolladas  por  la  irrupción  de  nuevas  crisis.  A  causa  de  la  coexistencia  de circunstancias objetivas y responsabilidades subjetivas, al igual que la sociedad en su conjunto, el Gulag tampoco consigue superar el estado de excepción…

 

 

(continuará)

 

 

 

 

[ Fragmento de: Domenico Losurdo. “Stalin, historia y crítica de una leyenda negra” ]

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