lunes, 9 de febrero de 2026

 

1397

 

 LA LUCHA DE CLASES

Domenico Losurdo

 

(50)

 

 

VI

Paso al sureste. Cuestión nacional y lucha de clases

 

 

Del partido bolchevique mundial a la disolución de la Internacional

 

En el transcurso del siglo XX la conciencia de que el proceso revolucionario siempre está determinado nacionalmente se abre camino no sin dificultades y contradicciones. Después de la revolución de octubre y la fundación de la Tercera Internacional lo que prevalece es la lectura binaria del conflicto a escala mundial. Son significativos al respecto los Estatutos aprobados por el II Congreso el 4 de agosto de 1920. Partiendo de la premisa de que «la emancipación de los trabajadores no es un problema local ni nacional sino internacional» y de que la meta es «la república soviética internacional», subrayan el carácter «rigurosamente centralizado» de la organización, y concluyen: «La Internacional Comunista tiene que ser, realmente y en los hechos, un partido comunista unitario en todo el mundo. Los partidos que operan en cada país son meras secciones de ella» (Agosti). Es una visión complementada cuatro años después, con motivo del V Congreso, que llama a crear un «partido bolchevique mundial, homogéneo e imbuido de las ideas leninistas». Posteriormente el Comité Ejecutivo afirma:

         El partido mundial del leninismo debe fundirse en un solo bloque, no ya por disciplina mecánica sino por unidad de voluntad y acción [...]. Cada partido debe dedicar sus mejores fuerzas a la dirección internacional. Es preciso explicar a las amplias masas que en la época actual solo pueden ganarse las grandes batallas económicas y políticas de la clase obrera si está dirigida por un centro único, que actúe a escala internacional (Degras 1975).

 

Sin embargo, sucede que las exigencias concretas de la lucha política propician una práctica que está en clara contradicción con la teoría. Al principio, y durante algún tiempo, los congresos de la Internacional se suceden con rapidez, a un ritmo casi anual: 1919 el primero, 1920 el segundo, 1921 el tercero, 1922 el cuarto, 1924 el quinto. Luego se van espaciando: 1928 el sexto y 1935 el séptimo y último. Es fácil de entender que el VII Congreso sea también el último. Está centrado en la cuestión nacional, como se desprende claramente del informe de Dimitrov, quien hace un llamamiento a acabar de una vez con un internacionalismo que no sabe «adaptarse» y «echar raíces profundas en la tierra natal», que incluso cae en el «nihilismo nacional» y es completamente incapaz de ponerse a la cabeza de una lucha por la «salvación de la nación». No en vano el VII Congreso se celebra mientras en China el Partido Comunista llama a superar la guerra civil y a la unidad nacional, y mientras el ascenso de Hitler hace prever un recrudecimiento de la cuestión nacional en la propia Europa.

        

Ahora está claro que en las distintas situaciones nacionales el conflicto social puede presentar muchas caras y en cada ocasión se crea una amalgama peculiar de contradicciones en las que intervienen los más variados sujetos sociales. Por eso es cada vez más inadecuado el instrumento organizativo tradicional (la Internacional), en el que se ha reconocido durante mucho tiempo el movimiento obrero.

        

Esta tradición es hija, en mayor o menor medida, de la visión que ya conocemos: la revolución socialista como resultado de una contradicción única, la que enfrenta en el plano mundial a dos bloques homogéneos, la burguesía y el proletariado; esta visión tiene su expresión más concentrada en la Tercera Internacional, que tiende a presentarse como un «partido bolchevique mundial», férreamente organizado y centralizado por encima de las fronteras nacionales y estatales. Una vez superada esta visión, la disolución de la Tercera Internacional es una consecuencia ineludible. No obedece únicamente a un cálculo político, que también existe (la intención de consolidar la coalición antifascista fomentando en cada país la formación de frentes populares con la participación de los partidos comunistas, ahora menos sospechosos de ser simples peones de Moscú); lo más importante es que se ha tomado conciencia de la dialéctica concreta del proceso revolucionario.

        

Es un hecho: ninguna Internacional ha hecho nunca una revolución. Veamos el caso de la Asociación Internacional de los Trabajadores fundada por Marx en 1864: seis años después, durante la guerra franco-prusiana, hace un llamamiento a los «obreros franceses» para que no se hagan ilusiones revolucionarias, tengan en cuenta las relaciones de fuerza reales y, sobre todo, no se dejen «desviar por los recuerdos nacionales de 1792» (MEW). Teniendo en cuenta los acontecimientos posteriores, esta advertencia parece razonable. No obstante, el movimiento que desemboca en la Comuna de París se rige por una dialéctica autónoma, en la que se combinan la contradicción burguesía/proletariado con la crisis nacional provocada por la incapacidad de la burguesía francesa para hacer frente a los planes expansionistas prusianos.

        

La revolución de octubre estalla tras la denuncia de la «traición» de la Segunda Internacional. Tres años después Lenin hace un balance histórico y teórico que pone en evidencia un aspecto esencial: una situación revolucionaria presupone la existencia de contradicciones tan variadas y agudas que provocan «una crisis de toda la nación (que afecta a explotados y explotadores)» (LO). Es decir, si los bolcheviques ganaron fue, en definitiva, porque eran la única fuerza política capaz de dar una respuesta al marasmo económico, político y social causado por la guerra y el hundimiento del antiguo régimen.

        

La Tercera Internacional, fundada en 1919 con el propósito declarado de propagar la revolución rusa por Occidente, nunca llega a estar a la altura de su programa. Sí, una gigantesca oleada revolucionaria se desata a raíz de la derrota infligida al plan hitleriano de crear las «Indias alemanas» en Europa oriental y se propaga a escala planetaria acabando con el sistema colonial; pero esta oleada es posterior a la disolución de la Tercera Internacional decidida por Stalin en 1943 y se nutre de revoluciones en las que, contrariamente a las expectativas de 1919, el conflicto social es inseparable del conflicto nacional.

 

Digamos por último, y de pasada, que la Cuarta Internacional es una réplica en forma de farsa de la tragedia de la Tercera. Al respecto cabe reflexionar sobre una formulación del Marx más maduro. Según él, la contradicción entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción, al agudizarse, no da lugar a una sola revolución sino a «una época de revolución social» (MEW): en esta época se desarrollan procesos revolucionarios diversos y peculiares, cada uno de los cuales solo puede explicarse a partir de una constelación nacional específica y un entramado de contradicciones que varía según los casos. Esto vale para la revolución burguesa. Según el Manifiesto la revolución burguesa estalla cuando «las relaciones feudales de propiedad» entran en contradicción con «las fuerzas productivas ya desarrolladas» (MEW). Si aplicamos esta ley histórica país por país, vemos que en ningún caso encontramos una revolución burguesa «pura». En Francia, donde el capitalismo está poco desarrollado y en 1850, como reconoce el propio Marx, todavía predomina la agricultura (MEW), a la rebelión del Tercer Estado en 1789 le precede la fronda antiabsolutista y profeudal de los parlamentos (una institución típica del antiguo régimen) y le sigue una irrupción masiva en la escena política de masas populares que logran objetivos muy avanzados (abolición de la esclavitud negra en Santo Domingo, introducción de la escuela obligatoria en la metrópoli, etc.), en duro enfrentamiento con la burguesía. En varios países el derrocamiento del antiguo régimen pasa por una revolución nacional, como el Risorgimento italiano o la revolución burguesa alemana que, según el análisis de Engels antes mencionado, empieza en los años 1808-1813 a raíz de la lucha contra la ocupación napoleónica, impuesta por un país donde poco antes había estallado una revolución. No menos impura es la revolución en los dos países clásicos de la tradición liberal. No hay motivo para que la revolución anticapitalista tenga que caracterizarse por una pureza mayor.

        

Para concluir podríamos decir que el modelo organizativo de la Internacional resultó inadecuado porque solía referirse a una lucha de clases pura, algo muy infrecuente, y por lo general obedecía a la expectativa de una revolución socialista pura, que no se produjo ni se producirá nunca. Esto no significa que ya no sea necesaria la solidaridad internacionalista entre quienes, de una u otra forma, padecen un sistema basado en la explotación, la opresión y la ley del más fuerte; quedan por ver las formas concretas que puede asumir esta solidaridad…

 

(continuará)

 

[ Fragmento de: Domenico Losurdo. “La lucha de clases” ]

 

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domingo, 1 de febrero de 2026

 

1396

 

LAS VENAS ABIERTAS DE AMÉRICA LATINA

Eduardo Galeano

 

(13)

 

 

 

PRIMERA PARTE

 

LA POBREZA DEL HOMBRE COMO RESULTADO DE LA RIQUEZA DE LA TIERRA. FIEBRE DEL ORO, FIEBRE DE LA PLATA.

 

 

 


 CONTRIBUCIÓN DEL ORO DE BRASIL AL PROGRESO DE INGLATERRA

 

  El oro había empezado a fluir en el preciso momento en que Portugal firmaba el tratado de Methuen, en 1703, con Inglaterra. Esta fue la coronación de una larga serie de privilegios conseguidos por los comerciantes británicos en Portugal. A cambio de algunas ventajas para sus vinos en el mercado inglés, Portugal abría su propio mercado, y el de sus colonias, a las manufacturas británicas. Dado el desnivel de desarrollo industrial ya por entonces existente, la medida implicaba una condenación a la ruina para las manufacturas locales. No era con vino como se pagarían los tejidos ingleses, sino con oro, con el oro de Brasil, y por el camino quedarían paralíticos los telares de Portugal. Portugal no se limitó a matar en el huevo a su propia industria, sino que, de paso, aniquiló también los gérmenes de cualquier tipo de desarrollo manufacturero en el Brasil. El reino prohibió el funcionamiento de refinerías de azúcar en 1715; en 1729, declaró crimen la apertura de nuevas vías de comunicación en la región minera; en 1785, ordenó incendiar los telares y las hilanderías brasileñas.

 

  Inglaterra y Holanda, campeonas del contrabando del oro y los esclavos, que amasaron grandes fortunas en el tráfico ilegal de carne negra, atrapaban por medios ilícitos, según se estima, más de la mitad del metal que correspondía al impuesto del «quinto real» que debía recibir, de Brasil, la corona portuguesa. Pero Inglaterra no recurría solamente al comercio prohibido para canalizar el oro brasileño en dirección a Londres. Las vías legales también le pertenecían. El auge del oro, que implicó el flujo de grandes contingentes de población portuguesa hacia Minas Gerais, estimuló agudamente la demanda colonial de productos industriales y proporcionó, a la vez, medios para pagarlos. De la misma manera que la plata de Potosí rebotaba en el suelo de España, el, oro de Minas Gerais sólo pasaba en tránsito por Portugal. La metrópoli se convirtió en simple intermediaria. En 1755, el marqués de Pombal, primer ministro portugués, intentó la resurrección de una política proteccionista; pero ya era tarde: denunció que los ingleses habían conquistado Portugal sin los inconvenientes de una conquista, que abastecían las dos terceras partes de sus necesidades y que los agentes británicos eran dueños de la totalidad del comercio portugués. Portugal no producía prácticamente nada y tan ficticia resultaba la riqueza del oro que hasta los esclavos negros que trabajaban las minas de la colonia eran vestidos por los ingleses.

 

  Celso Furtado ha hecho notar que Inglaterra, que seguía una política clarividente en materia de desarrollo industrial, utilizó el oro de Brasil para pagar importaciones esenciales de otros países y pudo concentrar sus inversiones en el sector manufacturero. Rápidas y eficaces innovaciones tecnológicas pudieron ser aplicadas gracias a esta gentileza histórica de Portugal. El centro financiero de Europa se trasladó de Amsterdam a Londres. Según las fuentes británicas, las entradas de oro brasileño en Londres alcanzaban a cincuenta mil libras por semana en algunos períodos. Sin esta tremenda acumulación de reservas metálicas, Inglaterra no hubiera podido enfrentar, posteriormente, a Napoleón.

 

  Nada quedó, en suelo brasileño, del impulso dinámico del oro, salvo los templos y las obras de arte. A fines del siglo XVIII, aunque todavía no se habían agotado los diamantes, el país estaba postrado. El Ingreso per capita de los tres millones largos de brasileños no superaba los cincuenta dólares anuales al actual poder adquisitivo, según los cálculos de Furtado, y éste era el nivel más bajo de todo el período colonial. Minas Gerais cayó a pique en un abismo de decadencia y ruina. Increíblemente, un autor brasileño agradece el favor y sostiene que el capital inglés que salió de Minas Gerais «sirvió para la inmensa red bancaria que propició el comercio entre las naciones y tornó posible levantar el nivel de vida de los pueblos capaces de progreso». Condenados inflexiblemente a la pobreza en función del progreso ajeno, los pueblos mineros «incapaces» quedaron, aislados y tuvieron que resignarse a arrancar sus alimentos de las pobres tierras ya despojadas de metales y piedras preciosas. La agricultura de subsistencia ocupó el lugar de la economía minera. En nuestros días, los campos de Minas Gerais son, como los del nordeste, reinos del latifundio y de los «coroneles de hacienda», impertérritos bastiones del atraso. La venta de trabajadores mineiros a las haciendas de otros estados es casi tan frecuente como el tráfico de esclavos que los nordestinos padecen. Franklin de Oliveira recorrió Minas Gerais hace poco tiempo. Encontró casas de palo a pique, pueblitos sin agua ni luz, prostitutas con una edad media de trece años en la ruta al valle de Jequitinhonha, locos y famélicos a la vera de los caminos. Lo cuenta en su reciente libro A tragédia da renovação brasileira. Henri Gorceix había dicho, con razón, que Minas Gerais tenía un corazón de oro en un pecho de hierro, pero la explotación de su fabuloso cuadrilátero ferrífero corre por cuenta, en nuestros días, de la Hanna Mining Co. y la Bethlehem Steel, asociadas al efecto: los yacimientos fueron entregados en 1964, al cabo de una siniestra historia. El hierro, en manos extranjeras, no dejará más de lo que el oro dejó.

 

  Sólo la explosión del talento había quedado como recuerdo del vértigo del oro, por no mencionar los agujeros de las excavaciones y las pequeñas ciudades abandonadas. Portugal no pudo, tampoco, rescatar otra fuerza creadora que no fuera la revolución estética. El convento de Mafra, orgullo de Dom João V, levantó a Portugal de la decadencia artística: en sus carillones de treinta y siete campanas, sus vasos y sus candelabros de oro macizo, centellea todavía el oro de Minas Gerais. Las iglesias de Minas han sido bastante saqueadas y son raros los objetos sacros, de tamaño portátil, que en ellas perduran, pero para siempre quedaron, alzadas sobre las ruinas coloniales, las monumentales obras barrocas, los frontispicios y los púlpitos, los retablos, las tribunas, las figuras humanas, que diseñó, talló o esculpió Antônio Francisco Lisboa, el «Aleijadinho», el «Tullidito», el hijo genial de una esclava y un artesano. Ya agonizaba el siglo XVIII cuando el «Aleijadinho» comenzó a modelar en piedra un conjunto de grandes figuras sagradas, al pie del santuario de Bom Jesus de Matosinhos, en Congonhas do Campo. La euforia del oro era cosa del pasado: la obra se llamaba Los profetas, pero ya no había ninguna gloria por profetizar. Toda la pompa y la alegría se habían desvanecido y no quedaba sitio para ninguna esperanza. El testimonio final, grandioso como un entierro para aquella fugaz civilización del oro nacida para morir, fue dejado a los siglos siguientes por el artista más talentoso de toda la historia de Brasil. El «Aleijadinho», desfigurado y mutilado por la lepra, realizó su obra maestra amarrándose el cincel y el martillo a las manos sin dedos y arrastrándose de rodillas, cada madrugada, rumbo a su taller.

 

  La leyenda asegura que en la iglesia de Nossa Senhora das Mercês e Misericordia, de Minas Gerais, los mineros muertos celebran todavía misa en las frías noches de lluvia. Cuando el sacerdote se vuelve, alzando las manos desde el altar mayor, se le ven los huesos de la cara…

 

(continuará)

 

 

 

[ Fragmento de: Eduardo Galeano. “Las venas abiertas de América Latina” ]

 

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sábado, 24 de enero de 2026

 

 

1395

DE LA DECADENCIA DE LA POLÍTICA EN EL CAPITALISMO TERMINAL

Andrés Piqueras

 

(46)

 

PARTE II

Del in-politicismo teórico-práctico

 

 


 

Capítulo 9

DE LA FUTILIDAD DE LOS “POSTMARXISMOS”

 

Por lo general, los autodenominados “postmarxismos” comienzan con una presentación grotesca y sumamente reduccionista de Marx y del marxismo, para luego presentarse a sí mismos como superadores de aquellas imperdonables carencias y determinismos, de esa “filosofía de la historia” y sus consecuentes principios teleológicos, de la esencialidad de los sujetos inserta en esa “tradición” y otras tergiversaciones similares. Empeñados en la lectura más constreñida de Marx, que en adelante llamaré “rácana” (término que recoge a la vez los sentidos de “mezquindad” en la interpretación –reduccionista– y de “haraganería” para hacer esfuerzos analíticos a partir del material dado), quieren persuadir a quienes les leen o escuchan, por contra, de la superioridad de sus propuestas teóricas, presentadas como un avance ante tanta “ortodoxia”, “mecanicismo” y “esencialismo” (alardes que comparten en cierta medida con los neomarxismos vistos).

Nadie como Laclau y Mouffe para ejemplificar todo ello. Esta pareja de autores parten de tres manipulaciones básicas del marxismo, que hacen identificar con tres tesis de Marx(Laclau y Mouffe, 2011):

 

a. La condición del carácter endógeno de las leyes de la economía, mediante la tesis de la neutralidad de las fuerzas productivas. Atribuyen a Marx la concepción de que la fuerza de trabajo es una mercancía como cualquier otra, y el desarrollo de las fuerzas productivas un proceso neutro.

 

b. La condición de la unidad al nivel económico de los agentes sociales, mediante la tesis de la homogeneización y pauperización crecientes de la clase obrera.

 

c. La condición de que las relaciones de producción sean el locus de “intereses históricos” que trascienden la esfera de la economía, mediante la tesis de que la clase obrera tiene un interés fundamental, en el socialismo, que la convierte automáticamente en sujeto revolucionario.

 

Pero ninguna de esas claves que se atribuyen a Marx es cierta. Veámoslas una a una.

 

Sobre la primera falsa atribución a Marx hay que incidir de nuevo especialmente (también frente a los neomarxistas que hemos visto más arriba) en que Marx destacó en su obra cumbre el carácter dual del modo de producción capitalista. El proceso D-M-D’ que está implícito en el movimiento del valor-capital, requiere de una intervención político disciplinaria explícita, precisamente porque la fuerza de trabajo es una mercancía especial, la única que es capaz de generar plusvalor al trabajar, y que ofrece siempre una resistencia (latente o manifiesta) contra su explotación. Decir que Marx consideró a la fuerza de trabajo como una mercancía más es, además de un absurdo, un intento de tirar por la borda, malintencionadamente, toda su praxis (y por tanto su vida), y con ella la razón de ser del marxismo. Porque Marx no dejó de insistir en que la organización de la producción está siempre concebida de la manera que mejor pueda contrarrestar las luchas del Trabajo; la propia aplicación del desarrollo tecnológico se efectúa para debilitar la resistencia laboral, de donde Marx deduce la no neutralidad de la ciencia y la tecnología, insistiendo en que están permeadas por las relaciones de clase y sosteniendo que el proceso productivo está condicionado de principio a fin por el carácter antagónico de la explotación capitalista, por la relación de clase Capital/Trabajo, como personificaciones de esos “factores de producción” de la economía clásica. Es difícil, por tanto, dejar de preguntarse sobre la honradez de la interpretación de los autores postmarxistas (¿o anti-marxistas?) al respecto (Geras, 1987).

 

En cuanto a la segunda tesis es importante desmontarla de una vez por todas, porque ha sido insistentemente esgrimida desde diferentes posturas discrepantes con Marx. En realidad, de la combinación de las premisas o tesis señaladas, se deriva el argumento de Laclau y Mouffe sobre que el marxismo pensó poder deducir, como una consecuencia necesaria, la existencia de un sujeto unívoco dotado de una conciencia de clase, orientado a poner fin al capitalismo. En una palabra, el marxismo adolecería de fundamentalismo...

 

“término básico en la crítica postmarxista del marxismo, y debido a ello cada vez sería menos adecuado para comprender las formas de subjetivación y las coyunturas políticas contemporáneas. En otras palabras, el fundamentalismo no es más que un intento, ilusorio en el terreno analítico y vano en el terreno práctico, para superar la indeterminación de lo social y la descentralización de las formas de subjetivación. Frente a ello, el postmarxista pone por delante el papel constitutivo de las articulaciones discursivas, totalmente ajenas a lo social y las únicas susceptibles de superar, de un modo parcial, contingente y temporal, su estallido inherente y dar lugar a formas de subjetivación” (Kouvélakis, 2019: s/p).

 

Tales puntos de partida de la crítica postmarxista resultan tanto más inverosímiles cuanto que toda la obra de Marx y Engels está dedicada a explicar el punto materialista de concepción de la realidad contra cualquier tipo de esencialismo. Marx no sostuvo una concepción ni “esencialista” ni “determinista” de la clase obrera como una entidad unitaria, “sino precisamente su radical historicidad e inserción en un determinado plexo de relaciones productivas y, por tanto, sociales (…) Y si la clase obrera adquiere en el marxismo el aspecto de ‘privilegiada’ no es porque neutralice una ‘pluralidad contradictoria’, como sostiene Laclau, sino porque en la época del capitalismo industrial es capaz de acogerla en sí” (Sánchez Berrocal, 2019). Es decir, se trata de un análisis dialéctico (algo de lo que carecen los ensayos de Laclau y Mouffe) y no ontológico, que además se anticipa mucho a las tesis de estos autores sobre los procesos de construcción de la hegemonía. Sobre si su situación de clase fundamental –en cuanto que es resultado de la relación básica que constituye el capitalismo–, da lugar indefectiblemente a un sujeto revolucionario, de nuevo nos las vemos con una grave falta de rigor interpretativo. El marxismo aporta una base sistemática y coherente para los objetivos socialistas cimentada en una teoría del movimiento histórico (que no, repito, en una filosofía de la historia) y los procesos sociales concretos. Los objetivos del socialismo se evidencian como posibilidades históricas reales en función de las condiciones de desarrollo de las fuerzas productivas dentro de las que se cuentan las propias fuerzas sociales de agencialidad y conciencia. En ese desarrollo de fuerzas productivas, la clase que vive de ser explotada a través del trabajo abstracto (que va mucho más allá de la tradicional “clase obrera”) tiene grandes posibilidades de liberar al conjunto de la sociedad si es capaz de acabar con su propia explotación, preparando con más probabilidades un tipo de sociedad en donde otras formas de explotación también vayan siendo,eliminadas o, al menos, considerablemente atenuadas. Como quiera que el núcleo central del Poder y de la Explotación capitalista radica en la generación de valor como plusvalor, es a través de la supresión de tal núcleo que se puede superar el propio capitalismo. ¿De ahí se deriva que “la clase obrera” sea per sé un sujeto unificado en torno a una conciencia de clase revolucionaria? Nada más lejos, desafortunadamente. Engels y Marx no pararon de lidiar con los problemas de la formación de conciencia de clase y organización política. ¿Para qué si no molestarse en redactar el Manifiesto Comunista, en promover permanentemente la formación y concienciación de la clase obrera y de las otras clases que en ese tiempo vivían de su trabajo? ¿Para qué fundar la I Internacional, si no era para intentar dotar de una plasmación revolucionaria a las condiciones de resistencia y lucha del salariado, al antagonismo básico que se desprende de su condición de fuerza de trabajo generadora de plusvalía para otros, y conseguir una conjunción de sujetos en torno a ello? De creer que tal conciencia y unidad eran mecánicas, les hubiera bastado con cruzarse de brazos a esperarlas. ¿De dónde, y esto nos permite enlazar con la tercera tesis arriba apuntada, sacan los autores postmarxistas que los intereses vienen dados “esencialmente” para el marxismo? Los intereses están mediados por todo tipo de interpelaciones socio-históricas y por su traducción en forma de conciencia.

 

 

Partiendo de la premisa materialista elemental de que los procesos o actividades a través de las que las personas se procuran los medios de vida están en la base de sus condiciones de conciencia, Marx insistió en que en la situación de explotación extensiva en las que se estaba desarrollando el primer capitalismo, el paso de la subsunción formal a la subsunción real del trabajo al capital, con jornadas de más de 16 horas y durísimas condiciones laborales, que también afectaban a las mujeres y a la infancia, era la condición laboral (asalariada) que más “interpelaba” a las personas. No hay ninguna ontología en ello, sino pura dialéctica histórica, análisis de situación y de fase, del contexto estructural. Si las formas de conciencia están ligadas a las condiciones de existencia, en el capitalismo estas últimas están dadas principalmente por el empleo y las relaciones dentro del empleo en cuanto que trabajo abstracto, para una amplia parte de la sociedad (en el primer capitalismo también para muchas mujeres, niños y niñas).

 

Trascender las condiciones de explotación laboral resulta un interés “objetivo” que no tiene porqué traducirse en intereses reconocidos ni perseguidos. Siempre se calibran posibilidades, riesgos, logros intermedios, objetivos inmediatos, amén de todo otro tipo de condicionantes. Y eso no tanto (y en cualquier caso, no sólo) como “falsa conciencia”, sino porque las posibilidades se sopesan y los intereses se definen y reajustan en función de las contingencias inmediatas tanto personales como del orden metabólico en que se está inmerso, así como del “precio” de combatirlo. Si no consideramos, además, la profunda influencia sobre los intereses de las formas ideológicas dominantes ¿dónde quedan entonces los análisis de Marx sobre la ideología dominante y la conciencia de clase?, ¿dónde la cambiante correlación de fuerzas entre las clases y sus resultados en forma de avances y retrocesos sociales?, ¿dónde toda su teoría sobre la alienación y misticismo-fetichismo de la sociedad capitalista? De cierto, como resultado de las luchas históricas del movimiento obrero (y el logro de la Revolución Soviética), el capitalismo híbrido, dicho “keynesiano”, proporcionó durante un tiempo a las poblaciones de las formaciones sociales centrales (que no dejaron de ser exclusivas minorías mundiales) suficientes mejoras socio-laborales como para que los “intereses” de clase de gran parte del Trabajo se vieran temporalmente vinculados a la (creencia en la) reforma permanente del capitalismo hacia el “Bienestar”. En ello centraron sus intereses la mayor parte de las clases trabajadoras europeas, hasta hoy mismo, y por extensión –dado que el capitalismo avanzado funge como modelo de aspiración de logros–, buena parte de las del resto del mundo, a pesar de las muestras en contrario proporcionadas por crisis cada vez más frecuentes, duraderas e intensas.

 

Digamos, para resumir, entonces, que si hay un interés “objetivo” en el socialismo de las clases subalternas no sólo es por conducir a la emancipación del trabajo abstracto y de la explotación, sino también porque está imbricado en las condiciones socio-históricas del capitalismo que propician la socialización de la producción y por ende también la posibilidad fehaciente de socialización de los medios de producción. Sin embargo, la plasmación subjetiva de esos intereses no deviene automáticamente de tales condiciones, sino que queda condicionada a las luchas de clase y a los cambiantes resultados de las mismas. Es decir, que el “interés objetivo” debe pasar por su concreción en forma de proyecto-conciencia y por tanto en meta, proceso que en ningún caso es fácil ni irreversible. Por otra parte, tal “interés” no es esencial, porque ni el socialismo es una realidad predestinada en la historia, aun en el caso de que pudiera estar posibilitado por el propio capitalismo, ni tampoco está determinado que aun siendo una forma posible de organizar las sociedades se pudiera alcanzar, y todavía menos universalmente.

 

“No hay una relación lineal entre la defensa de los intereses inmediatos de la clase trabajadora históricamente autoconstituida y autoafirmada y la superación del capitalismo. La política revolucionaria del proletariado no supone refrendar su posición inmediata en la sociedad sino negarla y superarla. La posibilidad de una política proletaria que articule la tensión entre intereses inmediatos (capitalistas) y aspiraciones históricas (revolucionarias) de la clase trabajadora, por lo tanto, continúa siendo de central importancia para la crítica (teórica y práctica) del capital. En esta reformulación, la lucha emancipatoria de la clase trabajadora es fundamentalmente la lucha contra la desposesión capitalista que separa a los productores inmediatos de los medios de producción. Sólo que esa lucha no aspira a volver a las formas ‘premodernas’ de dependencia personal directa, sino a construir una modernidad alternativa que supere los antagonismos estructurales del capitalismo y realice las posibilidades de multilateralidad humana que este modo de producción habilita y obtura a la vez” (Martín, 2014).

 

De ahí que, como vengo diciendo, el propio Marx subrayara la imposibilidad de una teoría histórico-filosófica general. Ésta nada tiene que ver con el estudio materialista de la Historia, que precisamente alude a las múltiples salidas  que dejan las interacciones entre los condicionamientos infraestructurales y las formas culturales-económicas humanas que los enfrentan, así como las diferentes posibilidades de respuesta sociocultural y política que abren las pugnas endógenas a las propias sociedades desigualitarias en torno a la relación de clase y otras divisiones sociales.

 

Me permito aquí, para finalizar la contra-argumentación de los puntos citados, esta larga cita de Borón (2019):

 

“Cuatro siglos después de Copérnico, Marx produciría una revolución teórica de semejante envergadura al echar por tierra las concepciones dominantes sobre la sociedad y los procesos históricos. Su genial descubrimiento puede resumirse así: la forma en que las sociedades resuelven sus necesidades fundamentales: alimentarse, vestirse, abrigarse, guarecerse, promover el bienestar, posibilitar el crecimiento espiritual de la población y garantizar la reproducción de la especie constituyen el indispensable sustento de toda la vida social. Sobre este conjunto de condiciones materiales cada sociedad construye un inmenso entramado de agentes y estructuras sociales, instituciones políticas, creencias morales y religiosas y tradiciones culturales que van variando en la medida en que el sustrato material que las sostiene se va modificando. (…) Al igual que ocurriera con Copérnico en la Astronomía, la revolución teórica de Marx arrojó por la borda el saber convencional que había prevalecido durante siglos. Este concebía a la historia como un caleidoscópico defile de notables personalidades (reyes, príncipes, Papas, presidentes, diversos jefes de estado, líderes políticos, etcétera) puntuado por grandes acontecimientos (batallas, guerras, innovaciones científicas, descubrimientos geográficos). Marx hizo a un lado todas estas apariencias y descubrió que el hilo conductor que permitía descifrar el jeroglfico del proceso histórico eran los cambios que se producían en la forma en que hombres y mujeres se alimentaban, vestían, guarecían y daban continuidad a su especie, todo lo cual lo sintetizó bajo el concepto de ‘modo de producción’. Estos cambios en las condiciones materiales de la vida social daban nacimiento a nuevas estructuraciones sociales, instituciones políticas, valores, creencias, tradiciones culturales a la vez que decretaban la obsolescencia de las precedentes, aunque nada había de mecánico ni de lineal en este condicionamiento ‘en última instancia’ del sustrato material de la vida social. Con esto Marx desencadenó en la historia y las ciencias sociales una revolución teórica tan rotunda y trascendente como la de Copérnico y, casi simultáneamente, con la que brotaba de las sensacionales revelaciones de Charles Darwin. Y así como hoy se convertiría en un hazmerreir mundial quien reivindicase la concepción geocéntrica de Ptolomeo, no mejor suerte correrían quienes increpasen a alguien acusándolo de ‘marxista’.”

 

 

Entonces, podemos decir que hay una conclusión que se desprende clara del materialismo histórico-dialéctico, y es que la reproducción material de la sociedad repercute más que otras instancias sobre los procesos sociales. ¿Por qué cuando la física determina una fuerza predominante de atracción de los cuerpos, por ejemplo la gravedad, no se le acusa de “determinista”, y por qué cuando la ciencia social desentraña y señala las causas profundas del movimiento de la sociedad, incluida la conciencia, sí? Hacer ciencia no es hacer ontología, es intentar entender lo que sucede con base en procesos causales, en las razones más profundas que lo explican y que nunca son unidireccionales…

 

(continuará)

 

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