lunes, 1 de junio de 2026

 

 1412

 

 

LAS VENAS ABIERTAS DE AMÉRICA LATINA

Eduardo Galeano

 

 (16)

 

 

 

PRIMERA PARTE

LA POBREZA DEL HOMBRE COMO RESULTADO DE LA RIQUEZA DE LA TIERRA.

 

 

 


CASTILLOS DE AZÚCAR SOBRE LOS SUELOS QUEMADOS DE CUBA

 

  Los ingleses se habían apoderado fugazmente de la Habana en 1762. Por entonces, las pequeñas plantaciones de tabaco y la ganadería eran las bases de la economía rural de la isla; La Habana, plaza fuerte militar, mostraba un considerable desarrollo de las artesanías, contaba con una fundición importante, que fabricaba cañones, y disponía del primer astillero de América Latina para construir en gran escala buques mercantes y navíos de guerra. Once meses bastaron a los ocupantes británicos para introducir una cantidad de esclavos que normalmente hubiese entrado en quince años y desde esa época la economía cubana fue modelada por las necesidades extranjeras de azúcar: los esclavos producirían la codiciada mercancía con destino al mercado mundial, y su jugosa plusvalía sería desde entonces disfrutada por la oligarquía local y los intereses imperialistas. Moreno Fraginals describe, con datos elocuentes, el auge violento del azúcar en los años siguientes a la ocupación británica. El monopolio comercial español había saltado, de hecho, en pedazos; habían quedado deshechos además los frenos al ingreso de esclavos. El ingenio absorbía todo, hombres y tierras. Los obreros del astillero y la fundición y los innumerables pequeños artesanos, cuyo aporte hubiera resultado fundamental para el desarrollo de las industrias, se marchaban a los ingenios; los pequeños campesinos que cultivaban tabaco en las vegas o frutas en las huertas, víctimas del bestial arrasamiento de las tierras por los cañaverales, se incorporaban también a la producción de azúcar. La plantación extensiva iba reduciendo la fertilidad de los suelos; se multiplicaban en los campos cubanos las torres de los ingenios y cada ingenio requería cada vez más tierras. El fuego devoraba las vegas tabacaleras y los bosques y arrasaba las pasturas. En 1792, el tasajo, que pocos años antes era un artículo cubano de exportación, llegaba ya en grandes cantidades del extranjero, y Cuba continuaría importándolo en lo sucesivo».

 

 

Languidecían el astillero y la fundición, caía verticalmente la producción de tabaco; la jornada de trabajo de los esclavos del azúcar se extendía a veinte horas. Sobre las tierras humeantes se consolidaba el poder de la «sacarocracia». A fines del siglo XVIII, euforia de la cotización internacional por las nubes, la especulación volaba: los precios de la tierra se multiplicaban por veinte en Güines; en La Habana el interés real del dinero era ocho veces más alto que el legal; en toda Cuba la tarifa de los bautismos, los entierros y las misas subía en proporción a la desatada carestía de los negros y los bueyes.

 

  Los cronistas de otros tiempos decían que podía recorrerse Cuba, a todo lo largo, a la sombra de las palmas gigantescas y los bosques frondosos, en los que abundaban la caoba y el cedro, el ébano y los dagames. Se puede todavía admirar las maderas preciosas de Cuba en las mesas y en las ventanas de El Escorial o en las puertas del palacio real de Madrid, pero la invasión cañera hizo arder, en Cuba, con varios fuegos sucesivos, los mejores bosques vírgenes de cuantos antes cubrían su suelo. En los mismos años en que arrasaba su propia floresta, Cuba se convertía en la principal compradora de madera de los Estados Unidos. El cultivo extensivo de la caña, cultivo de rapiña, no sólo implicó la muerte del bosque sino también, a largo plazo, «la muerte de la fabulosa fertilidad de la isla». Los bosques eran entregados a las llamas y la erosión no demoraba en morder los suelos indefensos; miles de arroyos se secaron. Actualmente, el rendimiento por hectáreas de las plantaciones azucareras de Cuba es inferior en más de tres veces al de Perú, y cuatro veces y media menor que el de Hawai. El riego y la fertilización de la tierra constituyen tareas prioritarias para la revolución cubana. Se están multiplicando las presas hidráulicas, grandes y pequeñas, mientras se canalizan los campos y se diseminan, sobre las castigadas tierras, los abonos.

 

  La «sacarocracia» alumbró su engañosa fortuna al tiempo que sellaba la dependencia de Cuba, una factoría distinguida cuya economía quedó enferma de diabetes. Entre quienes devastaron las tierras más fértiles por medios brutales había personajes de refinada cultura europea, que sabían reconocer un Brueghel auténtico y podían comprarlo; de sus frecuentes viajes a París traían vasijas etruscas y ánforas griegas, gobelinos franceses y biombos Ming, paisajes y retratos de los más cotizados artistas británicos. Me sorprendió descubrir, en la cocina de una mansión de La Habana, una gigantesca caja fuerte, con combinación secreta, que una condesa usaba para guardar la vajilla. Hasta 1959 no se construían fábricas, sino castillos de azúcar: el azúcar ponía y sacaba dictadores, proporcionaba o negaba trabajo a los obreros, decidía el ritmo de las danzas de los millones y las crisis terribles. La ciudad de Trinidad es, hoy, un cadáver resplandeciente. A mediados del siglo XIX, había en Trinidad más de cuarenta ingenios, que producían 700 mil arrobas de azúcar. Los campesinos pobres que cultivaban tabaco habían sido desplazados por la violencia, y la zona, que había sido también ganadera, y que antes exportaba carne, comía carne traída de fuera. Brotaron palacios coloniales, con sus portales de sombra cómplice, sus aposentos de altos techos, arañas con lluvias de cristales, alfombras persas, un silencio de terciopelo y en el aire las ondas del minué, los espejos en los salones para devolver la imagen de los caballeros de peluquín y zapatos con hebilla. Ahí está, ahora, el testimonio de los grandes esqueletos de mármol o piedra, la soberbia de los campanarios mudos, las calesas invadidas por el pasto. A Trinidad le dicen ahora «la ciudad de los tuvo»; porque sus sobrevivientes blancos siempre hablan de algún antepasado que tuvo el poder y la gloria. Pero vino la crisis de 1857, cayeron los precios del azúcar y la ciudad cayó con ellos, para no levantarse nunca más.

 

 

Un siglo después, cuando los guerrilleros de la Sierra Maestra conquistaron el poder, Cuba seguía con su destino atado a la cotización del azúcar. «El pueblo que confía su subsistencia a un solo producto, se suicida», había profetizado el héroe nacional, José Martí. En 1920, con el azúcar a 22 centavos la libra, Cuba batió el récord mundial de exportaciones por habitante, superando incluso a Inglaterra, y tuvo el mayor ingreso per capita de América Latina. Pero ese mismo año, en diciembre, el precio del azúcar cayó a cuatro centavos, y en 1921 se desató el huracán de la crisis: quebraron numerosas centrales azucareras, que fueron adquiridas por intereses norteamericanos, y todos los bancos cubanos o españoles, incluyendo el propio Banco Nacional. Sólo sobrevivieron las sucursales de los bancos de Estados Unidos.[98] Una economía tan dependiente y vulnerable como la de Cuba no podía escapar, posteriormente, al impacto feroz de la crisis de 1929 en Estados Unidos: el precio del azúcar llegó a bajar a mucho menos de un centavo en 1932, y en tres años las exportaciones se redujeron, en valor, a la cuarta parte. El índice de desempleo de Cuba en esos tiempos «difícilmente habrá sido igualado en ningún otro país».[99] El desastre de 1921 había sido provocado por la caída del precio del azúcar en el mercado de los Estados Unidos, y de los Estados Unidos no demoró en llegar un crédito de cincuenta millones de dólares: en ancas del crédito, llegó también el general Crowder; so pretexto de controlar la utilización de los fondos, Crowder gobernaría, de hecho, el país. Gracias a sus buenos oficios la dictadura de Machado llega al poder en 1924, pero la gran depresión de los años treinta se lleva por delante, paralizada Cuba por la huelga general, a este régimen de sangre y fuego.

 

 

Lo que ocurría con los precios, se repetía con el volumen de las exportaciones. Desde 1948, Cuba recuperó su cuota para cubrir la tercera parte del mercado norteamericano de azúcar, a precios inferiores a los que recibían los productores de Estados Unidos, pero más altos y más estables que los del mercado internacional. Ya con anterioridad los Estados Unidos habían desgravado las importaciones de azúcar cubana a cambio de privilegios similares concedidos al ingreso de los artículos norteamericanos en Cuba. Todos estos favores consolidaron la dependencia. «El pueblo que compra manda, el pueblo que vende sirve; hay que equilibrar el comercio para asegurar la libertad; el pueblo que quiere morir vende a un solo pueblo, y el que quiere salvarse vende a más de uno», había dicho Martí y repitió el Che Guevara en la conferencia de la OEA, en Punta del Este, en 1961. La producción era arbitrariamente limitada por las necesidades de Washington. El nivel de 1925, unos cinco millones de toneladas, continuaba siendo el promedio de los años cincuenta: el dictador Fulgencio Batista asaltó el poder, en 1952, en ancas de la mayor zafra hasta entonces conocida, más de siete millones, con la misión de apretar las clavijas, y al año siguiente la producción, obediente a la demanda del norte, cayó a cuatro…

 

 

 

(continuará)

 

 

 

[ Fragmento de: Eduardo Galeano. “Las venas abiertas de América Latina” ]

 

**

 

domingo, 24 de mayo de 2026

 


1411

 

DE LA DECADENCIA DE LA POLÍTICA EN EL CAPITALISMO TERMINAL

Andrés Piqueras

 

 (49)

 

 

 

PARTE II

Del in-politicismo teórico-práctico

 

 


 

Capítulo 10

 

UN REPASO A LOS PORQUÉS DEL (ÉXITO DEL) POPULISMO

Y A SU CONVERSIÓN EN BASAMENTO DE LOS

“POSTMARXISMOS”

 

(…) Para completar el proceso, queda por definir aún el “nosotros”, el “pueblo”, que no puede estar ya marcado por las construcciones antagonistas del capitalismo industrial. Ahora ya sólo puede ser el resultado de la sobre determinación hegemónica de una demanda democrática particular que colma o da sentido a un “significante vacío”. Mas como quiera que el neoliberalismo no sólo deshace la sociedad, sino que también deslee las clases, como sea que decreta el fin de la lucha de la clase trabajadora contra la clase que personifica al capital, hay que buscar una nueva “comunidad” (una vez descartadas las organizaciones políticas de clase) que sea capaz de llevar a cabo las aspiraciones individuales. El neo-pueblo (como sumatorio de individuos que buscan su asiento en la decadencia sistémica) está pensado para dejar de lado las clases, de hecho, vendrá a sustituirlas. Se posicionará contra las ideas “viejas” de la política y se levantará contra los efectos del mercado y las consecuencias visibles de la redefinición del papel del Estado como impulsor de la rapiña neoliberal contra la sociedad (precarización de los mercados laborales, aprovechamiento creciente del trabajo no-pago, apropiación de lo público y del común, deriva de fondos públicos a empresas privadas, corrupción raizal y generalizada...).

 

 

“En el neopopulismo convergieron la ‘indignación’ ciudadana contra el desmontaje de la ciudadanía y ciertas reacciones soberanistas contra la vida financiarizada y las instituciones supranacionales que arrasaban cualquier conato de soberanía popular y soberanía nacional (…) Una población que no sólo se siente supeflua como ‘ejército de reserva’, sino directamente inutilizable(…) El neo-pueblo queda listo para fundirse en una dinámica política y social al servicio del relanzamiento de un capitalismo nacional-popular que en el cuadro de una agudizada competición intercapitalista, se erige contra el capital globalizado de corte financiero” (Sciortino, 2019).

 

 

La indignación y la reacción soberanista frente a lo global (la globalización especulativo-parasitaria-financiera),  compondrán, pues, los elementos nutrientes de la movilización del neo-pueblo, utilizados a discreción por las élites y sus partidos de derecha fuerte. Pero a ellas no tardarían en sumarse las izquierdas integradas del capital, deseosas de encontrar un lugar institucional en medio del marasmo de degeneración social. La teoría social postmoderna, dentro de ella la “postmarxista” (y a menudo también la “neomarxista”), entraría asimismo en escena con toda contundencia. Se desarrolló así un neo-populismo de izquierdas que se extendió como un reguero por toda Europa (Die Linke, Francia Insumisa, Syriza, Podemos…). Se bifurcó, entonces, el camino para que unas u otras personificaciones del capital pudieran seguir llevando las riendas del puesto de mando –esto es, de la política institucional– con el mayor apoyo popular posible: 1/ bien dando rienda suelta a sus versiones más agresivas y autoritarias, que sin embargo apelan al “pueblo-nación” para que cierre las en torno a ellas en cuanto que encarnaciones “salvíficas” contra enemigos desempoderados (inmigrantes, okupas, feministas, trans, rojos…), o se resignen ante entidades demasiado “empoderadas” como para alcanzarlas (UE, instituciones globales…); 2/ bien introduciendo versiones reformistas en sus elites gestoras, que llaman a deshacerse de los malos políticos (o banqueros o empresarios, etc.) , para lograr un “sistema capitalista bueno”. Dos maneras de gestionar el descontento social provocado por el atolladero sistémico del capital en su fase degenerativa.

 

 

La guinda de todo el proceso (neo)populista la pone un liderazgo fuerte que simbolice al nuevo “sujeto popular” en su conjunto y sea capaz de movilizar sus anhelos y pasiones en torno a él mismo. Hay que tener en cuenta que el carácter inherentemente antagónico de las relaciones sociales de producción capitalistas en unos u otros ámbitos, no genera automáticamente subjetividades políticas conscientemente referidas a cada fractura, sino que es necesario un proceso de mediación política, que el postmarxismo llama de “mediación discursiva”, mediante el cual dicha naturaleza antagónico-conflictiva cobra cuerpo en demandas políticas susceptibles de articularse entre sí, aunque tal articulación no sea fácil ni esté, por tanto, garantizada. Es a esta constatación de la realidad social a la que se agarran los postmarxismos para llevar a su extremo la mediación del discurso, hasta hacerla omni-creadora de la propia realidad social y desvinculada del antagonismo centrado en la explotación constitutiva del capital (la extracción de plusvalía). Sin embargo, las condiciones materiales de existencia escapan al mero ámbito del discurso y de hecho explican las posibilidades de la vida social-ideacional, más que al contrario. En términos de desarrollo histórico, “en lugar del libre juego de diferencias pregonado por numerosas ontologías posmodernas nos encontramos (…) con una sucesión de ondas largas íntimamente ligada a la evolución interna del modo de producción capitalista” (Rey-Araújo, 2019).

 

 

En general, los procesos populistas se diferencian de los populares en que estos últimos son construidos desde los propios sujetos de emancipación y por tantose co-implican con una mayor autonomía de los mismos, que sólo acceden a lo institucional como una fuerza amplia construida desde las bases de lo social, para intentar transformar al menos en parte su metabolismo actuando al unísono desde ambas esferas. En los procesos populistas, en cambio, la heteronomía (o construcción externa a esos sujetos) es la nota dominante. Son verticales, en cuanto que se desatan desde las propias esferas institucionales o ámbitos “intelectuales” externos, a veces en connivencia con ciertos liderazgos sociales que terminan asentándose en aquellas esferas. Sin embargo, y a pesar del carácter heterónomo intrínseco a todo populismo, la distinción de “populismo de izquierdas” nos sirve para precisar que al menos en sus versiones con más proyección transformadora busca convertir en pueblo a la población sobre la que previamente se ha erigido como dirigencia, para ayudar a su levantamiento como tal, facilitando su progresiva autonomía. Hago notar también lo que desde una línea probablemente descolonial o postcolonial, se hace mención:

 

 

“El pueblo atraviesa en todo caso una doble crisis de identificación (y consecuente legitimidad), con dos confusiones habituales. Por un lado, no hay que definirlo como la mera comunidad política, como ese todo indiferenciado de la ciudadanía de un Estado, sujeta a derechos y deberes. El pueblo no se reduce a dicha comunidad política, pero se origina precisamente en el momento en el que ésta se abre más allá. Sólo cuando esto sucede, cuando la comunidad política no se identifica con el ejercicio fetichizado del poder ni con su legitimación a través de las papeletas, cuando el bloque hegemónico deja de constituir una clase dirigente (Gramsci), aparece el pueblo. Éste sería entonces una experiencia colectiva que se manifiesta en los procesos críticos de hegemonía y, por tanto, de legitimidad...” (Marcos, 2019).

 

 

Ahí es cuando el pueblo se hace un actor colectivo, sostiene este autor. Por el contrario, convertido en paciente social, el pueblo queda alienado y, en cuanto tal, está permeado por el Sistema, dando lugar aquí a su peor versión, resultado de la introyección de los fundamentos del mismo. Subyugado por la promesa de recuperar lo perdido siguiendo las directrices del líder(azgo). Lo populista se presenta de esta guisa como una desviación que toma la parte por el todo, la experiencia de los oprimidos como la extrapolación de una nación a la que manejar por el mero hecho de ser nacida en un territorio organizado bajo la estructura institucional de un Estado concreto. Eso explica que Laclau pueda permitirse vaciar al pueblo de todo contenido para, llegado el momento, arrojarlo contra las elites

 

 

“Pero el pueblo es también Otro que el sistema (…); desde su exterioridad no intenta ser el dominador del sistema (…), y tampoco se conforma con renovarlo, sino que pretende nuevos proyectos (…) Pueblo sería entonces el plural de empobrecidas (remarcando ese femenino plural), desde, en y a través del nosOtras (las víctimas) concienciadas y empoderadas, en camino hacia procesos de liberación, partiendo de momentos previos de debilitamiento de las estructuras mayúsculas” (Marcos, 2019).

 

 

Dentro del populismo de izquierdas diferenciamos, entonces, el que puede conducir a abrir espacios para la intervención popular real, “populismo de izquierda germinador”, respecto del que busca cambios dentro de los márgenes de la sociedad del capital, potenciando siempre los procesos verticales y la perpetuación de liderazgos, a través exclusivamente de la intervención en el Estado: “populismo de izquierda integrado e integrador”. Es el primero el que tiene potencialidad de distinguirse básicamente del “populismo de derechas” (al que Ramas –2019– ha prestado alguna atención). Este último lo que pretende principalmente es perpetuar la relación de subordinación, dependencia y heteronomía de la población convertida en masa dirigida a discreción, mediante la vinculación con determinado(s) líder(es), simbología y eslóganes para movilizar desde arriba así como disposiciones clientelares, lejos de cualquier verdadera distribución social o política.

 

 

Esta distinción es pertinente, atendiendo a la propia línea postmarxista que venimos analizando, aunque sólo fuere para poder prever hacia dónde nos llevan unas u otras construcciones “hegemónicas”. Porque de lo contrario identificamos popular con populista, pudiendo entender por ello cualquier proceso social en que estén implicados agentes colectivos, sea subordinadamente o no y promuevan lo que promuevan o hagan lo que hagan. Aun así, el populismo en general, que Laclau rescatara como un acontecer social positivo, tiene bastante mala prensa, dada, como digo, su intrínseca heteronomía.

 

 

“Al aprovechar, controlar, limitar y, en el fondo, obstaculizar cualquier despliegue de participación, de conquista de espacios de ejercicio de autodeterminación, de conformación de poder popular o de contrapoderes desde abajo –u otras denominaciones que se pre eran– se estaría no sólo negando un, elemento substancial de cualquier hipótesis emancipatoria sino además debilitando la posible continuidad de iniciativas de reformas –ni hablar de una radicalización en clave revolucionaria– en la medida en que se desperfilaría o sencillamente desaparecería de la escena un recurso político fundamental para la historia de las clases subalternas: la iniciativa desde abajo, la capacidad de organización, de movilización y de lucha” (Modonesi 2013).

 

 

Y eso no puede ser de otra forma, pues

 

 

“Con un sujeto político que alberga intereses sociales no de nidos que pueden llegar a ser contradictorios, no es posible poner en marcha un frente común con objetivos claros destinado a la movilización y la conquista popular de derechos (…) Lo que cuadra con un espacio político populista es la indefinición, la ambigüedad del discurso y la reducción de los antagonismos de clase en su seno” (Sanz, 2015).

 

 

Lo que se puede hacer con un sujeto político así, viene a decirnos este último autor, es utilizarlo para el voto y desactivarlo como elemento autónomo de incidencia social. Tal proyecto de ingeniería social populista persigue construir una hegemonía débil (Dal Maso y Rosso, 2015), es decir, no alternativa en el campo ideológico, ni albergadora de un proyecto socioeconómico propio. Esto es, se trata de una “hegemonía delegada”, para competir en la política pequeña, en la contienda electoral

 

 

“Bajo esta forma de concebir a la hegemonía, toda producción de subjetividad política se mide en términos de valor de cambio y no de uso, es decir la subjetivación no se realiza en sí misma, en su capacidad de retener valor, de fortalecer a los sujetos en su paulatina constitución interna, sino en función de su inmediata venta y consumo en el mercado político” (Modonesi, 2019).

 

 

Es entonces cuando el inter-clasismo democrático (adscrito al “populismo de izquierdas integrador”) decreta superable la ideología de clase y las propias clases. Ahora serán el “pueblo”, las multitudes, el “nosotros”, el 99%, la “gente”… quienes enfrenten a un difuminado y escasamente de nido oponente, ya no siempre, o no tanto, entendido como “antagónico”.

 

 

“El alma populista de la lucha de clase desvanece la posibilidad de la lucha anticapitalista, se ha cristalizado como residuo en el estrato profundo de las diversas formas de compromiso más o menos conflictual entre proletariado y burguesía (…) Se abre la fase de la lucha de clase democrática (…) [y de ahí] a la lucha democrática sin clase (…) para abrazar el ‘reformismo’, el ‘pacifismo’, el ‘interclasismo’, el ‘democratismo’. El empobrecimiento social, cognitivo y político de las masas corre parejo a la erección del neo-pueblo, como un conjunto de población sin clases” (Sciortino, 2019)…

 

 

(continuará)

 

**