miércoles, 21 de febrero de 2024

 

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EL ESTADO Y LA REVOLUCIÓN

Lenin

 

( 14 )

 

 

CAPÍTULO IV

 

CONTINUACIÓN.

ACLARACIONES COMPLEMENTARIAS DE ENGELS

 

 

3. Una carta a Bebel

 

Uno de los razonamientos más notables, si no el más notable, de las obras de Marx y Engels respecto al Estado está en el siguiente pasaje de una carta de Engels a Bebel del 28 de marzo de 1875. Carta que –dicho sea entre paréntesis– fue publicada por vez primera, que nosotros sepamos, por Bebel en el segundo tomo de sus memorias ( De mi vida), que vio la luz en 1911, es decir, 36 años después de escrita y enviada aquella carta.

 

Engels escribió a Bebel criticando aquel mismo proyecto de programa de Gotha, que Marx criticó en su célebre carta a Bracke. Y, por lo que se refiere especialmente a la cuestión del Estado, le decía lo siguiente:

 

El Estado popular libre se ha convertido en el Estado libre. Según el sentido gramatical de estas palabras, se entiende por Estado libre un Estado que es libre respecto a sus ciudadanos, es decir, un Estado con un gobierno despótico. Habría que abandonar toda esa charlatanería acerca del Estado, sobre todo después de la Comuna, que no era ya un Estado en el verdadero sentido de la palabra. Los anarquistas nos han echado en cara más de la cuenta lo del “Estado popular”, a pesar de que ya la obra de Marx contra Proudhon y luego El manifiesto comunista dicen expresamente que, con la implantación del régimen socialista, el Estado se disolverá por sí mismo (sich auflöst) y desaparecerá. Siendo el Estado una institución meramente transitoria que se utiliza en la lucha, en la revolución, para someter por la violencia a los adversarios, es un absurdo hablar de un Estado libre del pueblo: mientras el proletariado necesite todavía el Estado, no lo necesitará en interés de la libertad, sino para someter a sus adversarios, y tan pronto como pueda hablarse de libertad, el Estado como tal dejará de existir. Por eso, nosotros propondríamos emplear siempre, en vez de la palabra Estado, la palabra “comunidad” ( Gemeinwesen), una magnífica y antigua palabra alemana que equivale a la palabra francesa commune.

 

Hay que tener en cuenta que esta carta se refiere al programa del partido, criticado por Marx en una carta escrita solamente varias semanas después de aquella (carta de Marx de 5 de mayo de 1875), y que Engels vivía por aquel entonces en Londres, con Marx. Por eso, al decir en las últimas líneas de la carta “nosotros”, Engels, indudablemente, en su nombre y en el de Marx, propone al jefe del Partido Obrero Alemán borrar del programa la palabra Estado y sustituirla por la palabra comunidad.

 

¡Qué bramidos sobre “anarquismo” lanzarían los cabecillas del “marxismo” de hoy, un “marxismo” falsificado para uso de oportunistas, si se les propusiese semejante enmienda en su programa!

 

Que bramen cuanto quieran. La burguesía los elogiará por ello. Pero nosotros continuaremos nuestra obra. Cuando revisemos el programa de nuestro partido deberemos tomar en consideración, sin falta, el consejo de Engels y Marx para acercarnos más a la verdad, para restaurar el marxismo, purificándolo de tergiversaciones, para orientar más acertadamente la lucha de la clase obrera por su liberación. Entre los bolcheviques no habrá, de seguro, quien se oponga al consejo de Engels y Marx. La dificultad estribará tan solo, si acaso, en el término. Para expresar el concepto “comunidad” hay en alemán dos palabras, de las cuales Engels eligió la que no indica una comunidad por separado, sino el conjunto de ellas, el sistema de comunas. En ruso no existe un vocablo semejante, y tal vez tendremos que emplear el francés commune, aunque esto tenga también sus inconvenientes.

 

“La Comuna no era ya un Estado en el verdadero sentido de la palabra”: he aquí la afirmación más importante de Engels, desde el punto de vista teórico. Después de lo expuesto más arriba, esta afirmación resulta absolutamente lógica. La Comuna iba dejando de ser un Estado, toda vez que su papel no consistía en reprimir a la mayoría de la población, sino a la minoría (a los explotadores); había roto la máquina del Estado burgués; en vez de una fuerza especial para la represión, entró en escena la población misma. Todo esto significa apartarse del Estado en su sentido estricto. Y si la Comuna se hubiera consolidado, habrían ido “extinguiéndose” en ella por sí mismas las huellas del Estado, no habría sido necesario “suprimir” sus instituciones: estas habrían dejado de funcionar a medida que no tuviesen nada que hacer.

 

“Los anarquistas nos han echado en cara más de la cuenta lo del ‘Estado popular’”. Al hablar así, Engels se refiere, principalmente, a Bakunin y a sus ataques contra los socialdemócratas alemanes. Engels reconoce que estos ataques son justos en tanto en cuanto el “Estado popular” es un absurdo y un concepto tan divergente del socialismo como el “Estado popular libre”. Engels se esfuerza por corregir la lucha de los socialdemócratas alemanes contra los anarquistas, por hacer de esta lucha una justa lucha de principios, por depurarla de los prejuicios oportunistas relativos al “Estado”. Pero ¡ay!, la carta de Engels se pasó 36 años en el fondo de un cajón. Y más abajo veremos que, aun después de publicada, Kautsky sigue repitiendo tenazmente, en esencia, los mismos errores contra los que prevenía Engels.

 

Bebel contestó a Engels el 21 de septiembre de 1875 con una carta en la que decía, entre otras cosas, estar “completamente de acuerdo” con sus juicios acerca del proyecto de programa y que había reprochado a Liebknecht su transigencia.

 

Pero si abrimos el folleto de Bebel titulado Nuestros objetivos encontramos en él consideraciones absolutamente falsas acerca del Estado: “El Estado debe convertirse de un Estado basado en la dominación de clase en un Estado popular”.

 

¡Así aparece impreso en la novena (¡novena!) edición del folleto de Bebel! No es de extrañar que tan pertinaz repetición de los juicios oportunistas sobre el Estado haya sido asimilada por la socialdemocracia alemana, sobre todo cuando las explicaciones revolucionarias de Engels se mantenían ocultas y todas las circunstancias de la vida la habían “desacostumbrado” de la revolución para mucho tiempo.

 

 

 

 

4. Crítica del proyecto de programa de Erfurt

 

La crítica del proyecto de programa de Erfurt, enviada por Engels a Kautsky el 29 de junio de 1891 y publicada solo al cabo de diez años en Neue Zeit, no puede pasarse por alto en un análisis de la teoría del marxismo sobre el Estado, pues este trabajo se consagra de modo principal a criticar precisamente las concepciones oportunistas de la socialdemocracia en cuanto a la organización del Estado.

 

Señalaremos de paso que Engels hace también, referente a los problemas económicos, una indicación importantísima, que demuestra cuán atenta y reflexivamente seguía los cambios que se iban produciendo precisamente en el capitalismo moderno y cómo ello le permitía prever hasta cierto punto las tareas de nuestra época, de la época imperialista. He aquí la indicación a que nos referimos: a propósito de las palabras “falta de planificación” (Planlosigkeit), empleadas en el proyecto de programa para caracterizar al capitalismo, Engels escribe:

 

“Si pasamos de las sociedades anónimas a los trusts, que dominan y monopolizan ramas industriales enteras, vemos que aquí termina no solo la producción privada, sino también la falta de planificación” ( Neue Zeit).

 

Aquí se encierra lo más fundamental de la apreciación teórica del capitalismo moderno, es decir, del imperialismo, a saber: que el capitalismo se convierte en un capitalismo monopolista. Conviene subrayar esto, pues el error más generalizado está en la afirmación reformista burguesa de que el capitalismo monopolista o monopolista de Estado no es ya capitalismo, que puede llamarse ya “socialismo de Estado”, y otras cosas por el estilo. Naturalmente, los trusts no entrañan, no han entrañado hasta hoy ni pueden entrañar una planificación completa. Pero por cuanto son ellos que trazan los planes, por cuanto son los magnates del capital quienes calculan de antemano el volumen de la producción en escala nacional o incluso internacional, por cuanto son ellos quienes regulan la producción con arreglo a planes, permanecemos, a pesar de todo, dentro del capitalismo: aunque en una nueva fase de este, permanecemos, indudablemente, dentro del capitalismo: La “proximidad” de tal capitalismo al socialismo debe constituir, para los verdaderos representantes del proletariado, un argumento a favor de la cercanía de la facilidad, de la viabilidad y de la urgencia de la revolución socialista, pero no, en modo alguno, un argumento para mantener una actitud de tolerancia ante los que niegan esta revolución y ante los que hermosean el capitalismo, como hacen todos los reformistas.

 

Pero volvamos al problema del Estado. De tres clases son las indicaciones especialmente valiosas que hace aquí Engels: en primer lugar, las que se refieren a la cuestión de la república; en segundo, las que afectan a las relaciones entre la cuestión nacional y la estructura del Estado; y en tercero, las que conciernen a la autonomía administrativa local.

 

Por lo que se refiere a la república, Engels hizo de esto el centro de gravedad de su crítica del proyecto de programa de Erfurt. Si recordamos la significación adquirida por el programa de Erfurt en toda la socialdemocracia internacional y que este programa se convirtió en modelo para toda la Segunda Internacional, podemos decir sin exagerar que Engels critica el oportunismo de toda la Segunda Internacional. “Las reivindicaciones políticas del proyecto –escribe Engels– adolecen de un gran defecto. No hay en él (subrayado por Engels) lo que en realidad se debía haber dicho".

 

Y más adelante se aclara que la constitución alemana es, en rigor, un calco de la constitución de 1850, reaccionaria en extremo; que el Reichstag no es, según la expresión de Guillermo Liebknecht, más que la “hoja de parra del absolutismo” y que constituye “un absurdo evidente” pretender llevar a cabo la “transformación de todos los instrumentos de trabajo en propiedad común”, basándose en una constitución que legaliza los pequeños Estados y la federación de los pequeños Estados alemanes.

 

“Tocar esto es peligroso”, añade Engels, que sabe muy bien que en Alemania no puede incluirse legalmente en el programa la reivindicación de la república. No obstante Engels no se contenta sencillamente con esta evidente consideración, que satisface a “todos”. Engels prosigue:

 

Y, sin embargo, no hay más remedio que abordar el asunto de un modo o de otro. Hasta qué punto es esto necesario, lo demuestra el oportunismo, que está difundiéndose ( einreissende) precisamente ahora en una gran parte de la prensa socialdemócrata. Por miedo a que se renueve la ley contra los socialistas, o por el recuerdo de diversas manifestaciones prematuras hechas bajo el imperio de aquella ley, se quiere que el partido reconozca ahora que el orden legal vigente en Alemania basta para realizar todas las reivindicaciones de aquel por vía pacífica….

 

Engels destaca en primer plano el hecho fundamental de que los socialdemócratas alemanes obraban por miedo a que se renovase la ley de excepción, y califica esto, sin rodeos, de oportunismo, declarando como completamente absurdos los sueños acerca de una vía “pacífica”, precisamente por no existir en Alemania ni república ni libertades. Engels es lo bastante cauto para no atarse las manos. Reconoce que en países con república o con libertad muy grande “cabe imaginarse” (¡solamente “imaginarse”!) un desarrollo pacífico hacia el socialismo, pero en Alemania, repite:

 

… En Alemania, donde el gobierno es casi omnipotente y el Reichstag y todas las demás instituciones representativas carecen de poder efectivo, proclamar algo semejante y, además, sin necesidad alguna, significa quitarle al absolutismo la hoja de parra y ponerse uno mismo a cubrir la desnudez …

 

Y, en efecto, los jefes oficiales del Partido Socialdemócrata Alemán, partido que “archivó” estas indicaciones, resultaron ser, en su inmensa mayoría, encubridores del absolutismo.

 

… Semejante política solo puede poner en el camino falso al propio partido. Se hace pasar a primer plano las cuestiones políticas generales, abstractas, y de este modo se ocultan las cuestiones concretas más inmediatas, aquellas que se ponen por sí mismas al orden del día apenas se producen los primeros grandes acontecimientos, la primera crisis política. Y lo único que con esto se consigue es que al llegar el momento decisivo, el partido se sienta de pronto desconcertado, que reinen en él la confusión y el desacuerdo acerca de las cuestiones decisivas, por no haberlas discutido nunca…

 

Este olvido de las consideraciones grandes y fundamentales en aras de los intereses momentáneos del día, este perseguir éxitos pasajeros y luchar por ellos sin fijarse en las consecuencias ulteriores, este sacrificar el porvenir del movimiento en aras de su presente podrán obedecer a motivos “honrados”, pero es y seguirá siendo oportunismo, y el oportunismo “honrado” es quizá el más peligroso de todos…

 

Si hay algo indudable es que nuestro partido y la clase obrera solo pueden llegar al poder bajo la forma política de la república democrática. Esta es, incluso, la forma específica para la dictadura del proletariado, como lo ha puesto ya de relieve la gran revolución francesa …

 

Engels repite aquí, con particular relieve, la idea fundamental que va como hilo de engarce a través de todas las obras de Marx: la de que la república democrática constituye el acceso más próximo a la dictadura del proletariado, pues esta república, que no suprime, ni mucho menos, la dominación del capital ni, por consiguiente, la opresión de las masas ni la lucha de clases, lleva inevitablemente a un ensanchamiento, a un despliegue, a una patentización y a una agudización tales de esta lucha, que, una vez que surge la posibilidad de satisfacer los intereses vitales de las masas oprimidas, esta posibilidad se realiza, ineludible y exclusivamente, en la dictadura del proletariado, en la dirección de estas masas por el proletariado. Para toda la Segunda Internacional, estas son también “palabras olvidadas” del marxismo, y este olvido se reveló con extraordinaria nitidez en la historia del partido de los mencheviques durante el primer semestre de la revolución rusa de 1917.

 

Respecto al problema de la república federativa, relacionado con la composición nacional de la población, escribía Engels:

 

¿Qué es lo que debe ocupar el puesto de la actual Alemania? (Con su constitución monárquica reaccionaria y su sistema igualmente reaccionario de división en pequeños Estados, que eterniza las particularidades del “prusianismo”, en vez de disolverlas en una Alemania que forme un todo). A mi juicio, el proletariado solo puede emplear la forma de la república única e indivisible. La república federativa es todavía hoy, en líneas generales, una necesidad en el gigantesco territorio de Estados Unidos, si bien las regiones del Este se van transformando ya en un impedimento. Representaría un progreso en Inglaterra, donde cuatro naciones pueblan las dos islas y donde, a pesar de no haber más que un parlamento, coexisten tres sistemas de legislación. En la pequeña Suiza se ha convertido ya desde hace tiempo en un obstáculo, y si allí puede tolerarse todavía la república federativa, es debido tan solo a que Suiza se contenta con ser un miembro puramente pasivo en el sistema de los Estados europeos. Para Alemania, un régimen federalista al modo del de Suiza significaría un enorme retroceso. Hay dos puntos que distinguen a un Estado federal de un Estado unitario, a saber: que cada Estado integrante de la federación tiene su propia legislación civil y criminal y su propia organización judicial, y que, además de la cámara popular, existe una cámara federal en la que vota como tal cada cantón, sea grande o pequeño. En Alemania, el Estado federal es el tránsito hacia un Estado completamente unitario, y la “revolución desde arriba” de 1866 y 1870 no debe ser revocada, sino completada mediante un “movimiento desde abajo”.

 

Engels no solo no revela indiferencia ante la cuestión de las formas de Estado; al contrario, se esfuerza por analizar con escrupulosidad extraordinaria precisamente las formas de transición para determinar, en cada caso, con arreglo a las particularidades históricas concretas, qué clase de tránsito – de qué y hacia qué– presupone la forma dada.

 

Engels, como Marx, defiende desde el punto de vista del proletariado y de la revolución proletaria, el centralismo democrático, la república única e indivisible. Considera la república federativa, bien como concepción y como obstáculo para el desarrollo, o bien como transición de la monarquía a la república centralizada, como “un paso adelante” en determinadas circunstancias especiales. Y entre esas circunstancias especiales se destaca la cuestión nacional.

 

En Engels, como en Marx, a pesar de su crítica implacable del reaccionarismo de los pequeños Estados y del encubrimiento de este reaccionarismo con la cuestión nacional en determinados casos concretos, no encontramos ni rastro de tendencia a eludir la cuestión nacional, tendencia de que suelen pecar a menudo los marxistas holandeses y polacos al partir de una lucha muy legítima contra el estrecho nacionalismo filisteo de “sus” pequeños Estados.

 

Hasta en Inglaterra, donde las condiciones geográficas, la comunidad de idioma y la historia de muchos siglos parece que debían haber “liquidado” la cuestión nacional en las distintas pequeñas divisiones territoriales del país, incluso aquí Engels tiene en cuenta el hecho evidente de que la cuestión nacional no ha sido superada aún, razón por la cual reconoce que la república federativa representa “un paso adelante”. Se sobrentiende que en esto no hay ni sombra de renuncia a la crítica de los defectos de la república federativa, ni a la propaganda, y la lucha más decidida en pro de una república unitaria, de una república democrática centralizada.

 

Pero Engels no concibe en modo alguno el centralismo democrático en el sentido burocrático con que emplean este concepto los ideólogos burgueses y pequeñoburgueses, incluyendo entre estos a los anarquistas. Para Engels, el centralismo no excluye, ni mucho menos, esa amplia autonomía local que, teniendo en cuenta que las “comunas” y las regiones defienden voluntariamente la unidad del Estado, elimina en absoluto todo burocratismo y todo “mando” desde arriba.

 

… Así, pues, república unitaria –escribe Engels–, desarrollando las ideas programáticas del marxismo sobre el Estado , pero no en el sentido de la República Francesa actual, que no es más que el imperio sin emperador, fundado en 1798. De 1792 a 1798, todo departamento francés, toda comuna ( Gemeinde) poseía completa autonomía, según el modelo norteamericano, y eso es lo que debemos tener también nosotros. Norteamérica y la República Francesa nos demostraron, y el Canadá, Australia y otras colonias inglesas nos demuestran hoy todavía, cómo hay que organizar la autonomía y cómo se puede prescindir de la burocracia. Y esta autonomía provincial y municipal es mucho más libre que, por ejemplo, el federalismo suizo, donde el cantón goza, ciertamente, de gran independencia respecto a la federación [es decir, respecto al Estado federativo en conjunto], pero también respecto al distrito ( Bezirk) y al municipio. Los gobiernos cantonales nombran jefes de policía de distrito ( Berzirksstatthalter) y prefectos, cosa absolutamente desconocida en los países de habla inglesa y a la que nosotros debemos eliminar en el futuro con la misma energía que a los Landrat y Regierungsrat prusianos (los comisarios, los jefes de policía, los gobernadores, y, en general, todos los funcionarios nombrados desde arriba). En relación a esto, Engels propone que el punto del programa sobre la autonomía se formule del modo siguiente: Completa autonomía para la provincia (distrito y municipio) con funcionarios elegidos por sufragio universal. Supresión de todas las autoridades locales y provinciales nombradas por el Estado.

 

En el Pravda, suspendido por el gobierno de Kerenski y de otros ministros “socialistas” (N° 68, 28 de mayo de 1917), hube ya de señalar cómo, en este punto –bien entendido que no es, ni mucho menos, solamente en este–, nuestros representantes seudosocialistas de una seudodemocracia seudorrevolucionaria se han desviado escandalosamente del democratismo. Es natural que hombres vinculados por una “coalición” a la burguesía imperialista hayan permanecido sordos a estas indicaciones.

 

Es sobremanera importante señalar que Engels, argumentando con hechos y basándose en los ejemplos más precisos, refuta el prejuicio, extraordinariamente extendido, sobre todo entre los demócratas pequeñoburgueses, de que la república federativa implica, sin género de duda, mayor libertad que la república centralista. Esto es falso. Los hechos citados por Engels con referencia a la república centralista francesa de 1792 a 1798 y a la república federativa suiza desmienten semejante prejuicio. La república centralista realmente democrática dio mayor libertad que la república federativa. O dicho en otros términos: la mayor libertad local, provincial, etcétera, que se conoce en la historia, la ha dado la república centralista y no la república federativa.

 

Nuestra propaganda y agitación de partido no ha consagrado ni consagra suficiente atención a este hecho, ni en general a toda la cuestión de la república federativa y centralista y a la de la autonomía administrativa local…

 

(continuará)

 

 

 

[ Fragmento de: Lenin. “El estado y la revolución” ]

 

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