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Joan E. Garcés / “Soberanos e intervenidos”
(…)
Segunda parte
ESTRATEGIAS MUNDIALES E INTERVENCIÓN
9. Gran Bretaña y la división de Europa
VI.
Una visión alemana de Europa
La política exterior del III Reich no brotaba de la nada. Fue ampliamente compartida dentro de Alemania, en línea de continuidad con las opciones estratégicas concebidas durante la segunda mitad del siglo XIX. Como creador y transmisor de estrategias militares, atrae la atención el papel del Gran Estado Mayor de Alemania. Estado dentro del Estado, su deseo de controlar España a través de un monarca designado por Alemania fue decisiva para que Bismarck provocara la guerra con Francia de 1870. Las intrigas del Gran Estado Mayor llevaron, veinte años después, a la sustitución de Bismarck por hombres más permeables a una política de ambición mundial, y al abandono de la piedra angular de la diplomacia bismarckiana –los tratados de mutua confianza con Rusia. Los mandos militares habían planificado rehacer Europa a través de la guerra abierta en 1914, y fueron apoyados por el canciller Bethmann-Hollweg. La publicación de aquellos planes por el historiador Fritz Fisher permite descubrir en los de 1914 una Europa prácticamente igual a la diseñada por el III Reich en 1942– con Ucrania y Polonia anexionadas, Francia subordinada.
Una constante alemana hacia la Península Ibérica era subrayada por analistas norteamericanos en noviembre de 1942:
Una de las razones de Hitler para ganar la guerra “civil” para Franco era la de usar la España fascista como títere e instrumento en América Latina, Puerto Rico y Filipinas. Al obrar así, sin embargo, no hacía sino llevar a su lógica conclusión una política perseguida por Alemania por lo menos desde la primera guerra mundial […]. Alemania ha añorado consistentemente España y Portugal no tanto por su valor propio como por ser acceso natural a la América de lengua española y portuguesa. Cuando Hitler hace su trato con los fascistas españoles su logro fue en gran medida facilitado por el hecho de que segmentos de intelectuales, funcionarios y militares españoles habían estado en estrecho contacto con Alemania al menos durante dos décadas, por intermedio de las muchas organizaciones especiales a este fin instaladas en España y Portugal desde 1915.
Ello estaba dentro de las líneas estratégicas del Gran Estado Mayor discutidas el 5 de noviembre de 1937 entre el canciller Hitler, su ministro de Guerra, los comandantes en Jefe de las tres armas y el ministro de Asuntos Exteriores. Hitler expuso allí su política a largo plazo, deseaba que la escucharan como su testamento para el caso de que le sobreviniera la muerte. A lo largo de nueve páginas se describe un programa para Europa y España:
I. Vivimos en una época de imperios económicos, en la que la tendencia a colonizar de nuevo se aproxima a la condición que originalmente motivó las colonizaciones; en Japón e Italia motivaciones económicas están en la base de su voluntad expansionista, y la necesidad económica va a conducir también a Alemania a ello […]. La tendencia ascendente causada en la economía mundial por la carrera armamentista, nunca puede conformar la base permanente para un acuerdo económico, y este último es asimismo obstaculizado por la perturbación económica provocada por el bolchevismo. […] La única salida es asegurarse un mayor espacio vital […]. Si asegurar nuestra posición en alimentos fuera nuestra primera preocupación, en ese caso el espacio necesario para ello podemos buscarlo sólo en Europa […]. No se trata de conquistar pueblos sino de conquistar espacio útil para la agricultura. Se trataría también de conseguir territorio productor de materias primas en Europa, junto al Reich y no en ultramar, y esta solución debería ser llevada a cabo en una o dos generaciones […].
II. Dónde Alemania puede conquistar más a menor costo. Para Inglaterra y Francia un sólido coloso alemán en el centro de Europa sería intolerable.[…] La cuestión alemana sólo puede resolverse por la fuerza, y esto conlleva siempre riesgos. […] El problema del espacio alemán debe ser resuelto no después de 1943/1945. Hipótesis 1: Francia conoce una crisis política interna de tal dimensión que ocupa al Ejército francés […], habría llegado el momento de actuar contra Checoslovaquia. Hipótesis 2: Sería posible también atacar a Checoslovaquia si Francia estuviera tan atada a una guerra con otro Estado que no pudiera “proceder” contra Alemania. […] Nuestro primer objetivo debe ser conquistar simultáneamente Checoslovaquia y Austria. […] El Führer cree personalmente que con toda probabilidad Inglaterra, y quizás también Francia, silenciosamente ya dan por perdida Checoslovaquia, y que se han hecho a la idea que esta cuestión será un día resuelta de modo definitivo por Alemania […].
III. El Führer ve [la hipótesis 2] amenazadoramente más próxima; podría desarrollarse a partir de las tensiones actuales en el Mediterráneo, y de producirse tiene la firme decisión de explotarla en cualquier momento, incluso quizás en fecha tan cercana como 1938. Tras recientes experiencias en el curso de los acontecimientos de la guerra en España, el Führer no ve próximo el fin de las hostilidades allí. Tomando en consideración el tiempo requerido por Franco para anteriores ofensivas, la prolongación de la guerra durante tres años más cabe dentro de los límites de lo posible. Por otro lado, desde el punto de vista alemán no es deseable una victoria de Franco al 100%; estamos más interesados en la continuación de la guerra y en preservar las tensiones en el Mediterráneo. Si Franco extendiera su control a toda la Península española, ello significaría el fin de la intervención italiana y de la presencia de Italia en las Islas Baleares. Como nuestros intereses están dirigidos a la continuidad de la guerra en España, la misión de nuestra política futura debe ser fortalecer a Italia en su pelea por agarrar las Islas Baleares. Una consolidación de las posiciones italianas en las Islas Baleares no puede, sin embargo, ser tolerada ni por Francia ni por Inglaterra, y podría conducir a una guerra de Francia e Inglaterra contra Italia, en cuyo caso España –si estuviera enteramente en manos blancas [Franco]– podría participar del lado de los enemigos de Italia. Que en tal guerra Italia fuera subyugada, parece muy improbable. […] Si Alemania aprovecha esa guerra para resolver las cuestiones de Checoslovaquia y Austria, debemos asumir que Inglaterra –en guerra con Italia– no tomaría la decisión de iniciar operaciones contra Alemania. Sin el apoyo británico, no cabe anticipar una acción bélica de Francia contra Alemania. La fecha de nuestro ataque a Checoslovaquia y Austria debe depender del curso de la guerra entre Italia, Inglaterra y Francia (probablemente durante el verano de 1938) y no debe ser simultánea con el comienzo de las operaciones militares por esos tres Estados […].
IV. Hacer durar la guerra en España largo tiempo […]: «A la vista de la información proporcionada por el Führer, Generaloberst Goering consideró imperativo pensar en la reducción o abandono de nuestras actuaciones militares en España. El Führer se manifestó de acuerdo en tanto que esta decisión fuera postergada a una fecha idónea».
En líneas generales, la intervención en Checoslovaquia y Austria siguió las pautas de este plan. Mussolini actuó conforme Hitler decía, los gobiernos británico y francés en lo sustantivo también, no obstaculizando las anexiones territoriales. La agradable sorpresa para Berlín fue, sin embargo, que no necesitaron de una guerra en el Mediterráneo para controlar Austria, Checoslovaquia y España. Dos semanas después de esta reunión en la Reichskanzlei de Berlín, se veían en París los primeros ministros de Francia (Edouard Daladier) y Gran Bretaña (Neville Chamberlain) para considerar cómo disuadir a Italia de aliarse con Alemania. La minuta de la conversación refleja el tono. Daladier expuso el ultimátum de Italia:
Mussolini ha afirmado que quería la victoria de Franco y que no concebía otra solución distinta de la guerra […], ha hecho de la victoria del general Franco una condición sine qua non de su aproximación a Francia. Siempre ha deseado Francia mantener una actitud de neutralidad estricta. El gobierno francés ha cerrado por su propia iniciativa la frontera de los Pirineos [en junio de 1937]. Nadie la obligaba. El gesto no ha tenido contrapartida alguna del lado italiano.
La respuesta de Chamberlain fue: «pasemos a otro punto del orden del día».
El programa alemán siguió el curso señalado. El 12 de marzo de 1938 anexionaba Austria. El 25 de septiembre siguiente, el gobierno de Londres obtenía de Franco que, en caso de guerra entre el Reino Unido e Italia y/o Alemania, una España bajo su mando no sería beligerante. Cuatro días después, en Múnich, Chamberlain y el jefe del gobierno francés aceptaban entregar Checoslovaquia a Alemania. Francia no hizo honor a su alianza defensiva con Praga. Para el 16 de noviembre siguiente los jefes militares británicos habían convencido a Chamberlain de que firmara el acuerdo con Italia aceptando el precio: consentir a las aspiraciones de Italia sobre España y Abisinia.
Según la documentación diplomática, con su pacto de 23 de agosto de 1939 de no agresión con la URSS el gobierno alemán desbarataba las expectativas británicas en Europa oriental, pero dejando abierto un acuerdo ulterior con el Reino Unido. Esto último también aflora en la minuta de las declaraciones de quien fuera embajador en Gran Bretaña y, después, ya como ministro de Asuntos Exteriores, negociara el acuerdo de agosto de 1939, Joachim von Ribbentropp. En las horas siguientes a su detención por los aliados, en mayo de 1945, decía:
la política de ‘rapprochement’ hacia Rusia fue diseñada para establecer la paz en Europa y permitir a Alemania llegar a una alianza con el Imperio Británico sobre bases de igualdad y llevar a cabo los planes de Hitler de “tener a casi todos los alemanes en un sólo Imperio”. Su política y la de Hitler ha sido la de alcanzar un entendimiento con Inglaterra. Hitler no quería invadir Inglaterra. Hablaron sobre esto en Compiègne tras la caída de Francia, y Ribbentropp anotó brevemente tres o cuatro puntos básicos para un acuerdo que dejara claro que ni el prestigio británico ni el del Imperio debían ser menoscabados. Hitler dijo que quería presentar la oferta inmediata y personalmente, y “así lo hizo en su discurso en el Reichstag en julio de 1940”. La oferta “fue rechazada por el Premier británico”, dijo Ribbentropp, y luego Hitler “reaciamente” hizo una alianza con Japón, al igual que previamente había hecho “reaciamente” una alianza con Italia cuando Eden y sir John Simon rechazaron el arreglo con el Imperio que él había ofrecido durante su visita a Alemania en 1936. […] Hitler nunca cambió de idea. Incluso en los últimos días de la guerra hablaba sobre llegar a un entendimiento con el Imperio británico…
(continuará)
[ Fragmento de: Joan E. Garcés. “Soberanos e intervenidos” ]
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