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EL FOLLETO JUNIOS
La crisis de la socialdemocracia
Rosa LUXEMBURGO
[06]
IV. La expansión imperialista alemana
Turquía se convirtió en el campo de operaciones más importante del imperialismo alemán; su guía fue el Deutsche Bank y sus gigantescos negocios en Asia, que se encuentran en el centro de la política alemana en el Oriente. En los años cincuenta y sesenta operaba principalmente en la Turquía asiática el capital inglés, que construyó el ferrocarril que partía de Esmirna y obtuvo la concesión del primer tramo del ferrocarril desde Anatolia hasta Esmit. En 1888 hizo su aparición el capital alemán, que recibió de Abdul Hamid para su explotación los tramos construidos por los ingleses y la concesión para construir los nuevos tramos desde Esmit hasta Aniora con las líneas secundarias hacia Escútari, Brussa, Konia y Kaizarile. En 1899 el Deutsche Bank consiguió la opción para construir y usufructuar un puerto con sus instalaciones adjuntas en Haidar Pacha, así como la exclusiva del comercio y de las aduanas en ese puerto. En 1901 el gobierno turco otorgaba al Deutsche Bank la concesión del gran ferrocarril de Bagdad hasta el golfo Pérsico, y en 1907, la desecación del lago de Karaviran y la irrigación de la planicie de Koma.
La otra cara de la medalla de esa gran “obra cultural pacífica” es la “pacífica” e inmensa ruina del campesinado del Asia Menor. Los costos de estas colosales obras fueron adelantados, naturalmente, por el Deutsche Bank, mediante un ampliamente ramificado sistema de deuda pública; el Estado turco se convirtió para siempre en deudor de los señores Siemens, Gwinner, Helferich, etc., tal como antes lo había sido de los capitales inglés, francés y austriaco. Este deudor no sólo debía extraer cuantiosas sumas de las arcas del Estado para pagar los intereses de los empréstitos, sino que estaba obligado a garantizar las ganancias brutas de los ferrocarriles construidos. Los medias de transporte y las instalaciones más modernas se situaban en un contexto económico extremadamente atrasado, basado fundamentalmente en una economía natural, es decir, en una economía campesina de lo más primitiva: del árido suelo de esta economía, succionada sin escrúpulos desde hacía siglos por el despotismo oriental, y que apenas producía algunas briznas para la alimentación propia del campesinado, una vez pagados los impuestos al Estado, no podía salir, como es obvio, el necesario tráfico y las ganancias para los ferrocarriles.
De acuerdo con las características económicas y culturales del país, el tráfico de mercancías y viajeros estaba muy poco desarrollado y sólo podía crecer con lentitud. A fin de compensar lo que faltaba para completar el beneficio del capital empleado, el Estado turco acordó conceder anualmente a las compañías ferroviarias una subvención, bajo la forma de “garantía de kilometraje”. Fue siguiendo este sistema como el capital austriaco y el francés construyeron el ferrocarril en la Turquía europea; el mismo sistema se aplicó en todas las empresas del Deutsche Bank en la Turquía asiática. Como garantía y para asegurar el pago del subsidio, el gobierno turco transfirió a los representantes del capital europeo el llamado “consejo de administración de la deuda pública”, la fuente principal de los ingresos del Estado turco: los diezmos de una serie de provincias.
Entre 1893 y 1910, por ejemplo, el gobierno turco ha subvencionado con unos noventa millones de francos el ferrocarril hasta Angora y el ramal EskischeirKonia. Los “diezmos” que hipoteca repetidamente el Estado turco en favor de sus acreedores europeos son los antiquísimos tributos campesinos en especies, cereales, corderos, seda, etc. Los diezmos no son percibidos directamente, sino a través de intermediarios del tipo de los famosos recaudadores de impuestos de la Francia prerrevolucionaria; el Estado vende en subasta, es decir, a los que ofrezcan más, los ingresos previstos por los tributos de cada wilajet (provincia) contra el pago al contado. Si el diezmo de un wilajet ha sido adquirido por un especulador o por un consorcio, éstos venden los diezmos de cada sandschaks (distrito) a otros especuladores, que a su vez ceden su parte a toda una serie de pequeños agentes. Como todos quieren cubrir sus gastos y obtener todo el beneficio que sea posible, el diezmo crece como una avalancha a medida que se acerca al campesino. Éste, casi siempre endeudado, espera con impaciencia el momento de vender su cosecha, pero una vez que ha segado sus mieses debe esperar, a veces semanas enteras, para hacer la trilla, a que el recaudador se lleve la parte que le corresponde.
El recaudador, con frecuencia comerciante él mismo en granos, utiliza esta situación del campesino, que siente la amenaza de que se le pudra toda la cosecha en el campo, para arrancársela a bajo precio, y sabe hacer frente a las quejas de los descontentos con la ayuda de los funcionarios y especialmente de los muktars (alcaldes). Si no se encuentra ningún recaudador de impuestos, el gobierno recoge los diezmos en especies, los lleva a los depósitos y los transfiere a los acreedores capitalistas como “subvención”. Este es el mecanismo interno de la “regeneración económica de Turquía” mediante la obra cultural del capital europeo.
Por medio de estas operaciones se logran dos resultados. La pequeña economía campesina del Asia Menor se convierte en objeto de un bien organizado proceso de succión para provecho y utilidad del capital financiero e industrial europeo, en este caso, sobre todo del alemán. Con ello crece la “esfera de intereses” de Alemania en Turquía, que, a su vez, da fundamento y ocasión para la “protección” política de Turquía. Al mismo tiempo, el aparato de succión necesario para la explotación económica del campesinado, es decir, el gobierno turco, se convierte en obediente instrumento, en vasallo de la política exterior alemana. Ya desde hace mucho tiempo estaban bajo control europeo las finanzas, la política arancelaria, la política tributaria y el presupuesto nacional de Turquía. La influencia alemana se ha apoderado especialmente de la organización militar.
De todo esto resulta claro que el imperialismo alemán está interesado en el fortalecimiento del Estado turco, para evitar, al menos, su desmoronamiento, su caída prematura. La liquidación acelerada de Turquía conduciría a su reparto entre Inglaterra, Rusia, Italia, Grecia y otros; y el capital alemán perdería una base excepcional para las grandes operaciones. Se produciría, al mismo tiempo, un extraordinario crecimiento del poder de Rusia y de Inglaterra, así como de los Estados mediterráneos. Para el imperialismo alemán se trata de conservar el cómodo aparato del “Estado turco independiente” y de la “integridad” de Turquía el tiempo suficiente, hasta que sea devorado desde su interior mismo por el capital alemán, como lo fuera anteriormente Egipto por los ingleses o ahora Marruecos por los franceses, cayendo en manos alemanas como fruto maduro. El conocido portavoz del imperialismo alemán, Paul Rohrbach, declaraba franca y honradamente:
“La misma situación de Turquía hace que, rodeada por todas partes de ambiciosos vecinos, busque el apoyo de una potencia que en lo posible no tenga intereses territoriales en Oriente. Esta potencia es Alemania. Nosotros, por nuestra parte, sufriríamos grandes pérdidas si desapareciese Turquía. Si Rusia e Inglaterra fueran los herederos principales de los turcos, resulta evidente que esos dos Estados incrementarían considerablemente su poder. Pero aunque Turquía fuese dividida de forma que una parte importante nos tocara, esto implicaría para nosotros dificultades sin fin, pues Rusia, Inglaterra y en cierto sentido también Francia e Italia son vecinas de la actual zona de soberanía turca y, bien por tierra o por mar, o por ambas vías, están en condiciones de ocupar y defender su parte. Nosotros, por el contrario, no tenemos ningún contacto directo con el Oriente...
Un Asia Menor o una Mesopotamia alemanas sólo podrían llegar a ser realidad si antes, por lo menos, Rusia y también Francia fueran obligadas a renunciar a sus actuales fines e ideales políticos, es decir, si antes la guerra mundial tuviese un desenlace decisivo en beneficio de los intereses alemanes”
(Der Krieg und die deutsche Politik [La guerra y la política alemana], pág. 36).
Alemania, que el 8 de noviembre de 1898 juró solemnemente en Damasco, a la sombra del gran Saladino, defender y amparar al mundo mahometano y a la verde bandera del Profeta, fortaleció con gran celo durante una década al régimen del sanguinario sultán Abdul Hamid, prosiguiendo su obra, tras un corto período de alejamiento, en el joven régimen turco. (19) Además de los pingües negocios del Deutsche Bank, la misión se ocupó de la reorganización y entrenamiento de las fuerzas militares turcas con Goltz Pascha a la cabeza, utilizando instructores alemanes. La modernización del ejército generó nuevas y pesadas cargas sobre los hombres del campesinado turco, pero también nuevos y brillantes negocios para Krupp y el Deutsche Bank. Al mismo tiempo, el militarismo turco se convertía en dependiente del militarismo prusiano-alemán y en punto de apoyo de la política alemana en el Mediterráneo y en el Asia Menor.
Que la “regeneración de Turquía” emprendida por Alemania no es más que un intento artificial por galvanizar a un cadáver lo demuestra mejor que nada el destino de la revolución turca. En su primera fase, mientras el elemento ideológico predominaba en el joven movimiento turco, mientras se abrigaban proyectos de altos vuelos e ilusiones en torno a una nueva primavera rebosante de vida y a la renovación interna de Turquía, sus simpatías políticas se dirigían principalmente hacia Inglaterra, considerada ideal del moderno Estado liberal, mientras que Alemania, protectora oficial durante muchos años del sagrado régimen del viejo Sultán, aparecía como enemigo de los Jóvenes Turcos. La revolución de 1908 parecía ser la derrota de la política alemana en el Oriente y, en general, así fue interpretada, presentándose el derrocamiento de Abdul Hamid como el fin de la influencia alemana. Pero, una vez que los Jóvenes Turcos llegaron al poder, mostraron una incapacidad total para realizar cualquier tipo de reforma moderna en lo económico, social y nacional; a medida que se manifestaba cada vez más su carácter contrarrevolucionario, volvieron rápidamente a los métodos patriarcales de opresión de Abdul Hamid, es decir, al baño de sangre periódicamente organizado entre los pueblos sometidos, a los que se azuzaba unos contra otros, y a la ilimitada explotación oriental del campesinado, que constituían los dos pilares fundamentales del Estado. El mantenimiento artificial de este régimen de violencia se convirtió en la preocupación principal de la “Joven Turquía”, y se retornó también en política exterior a las tradiciones de Abdul Hamid: a la alianza con Alemania.
Teniendo en cuenta lo complejo de la cuestión de las nacionalidades que dividen el Estado turco: armenios, kurdos, sirios, árabes, griegos (y, hasta hace poco, albanos y macedonios); dada la multiplicidad de problemas económico-sociales en las diferentes partes del reino; dado el surgimiento de un fuerte y vigoroso capitalismo en los jóvenes Estados balcánicos vecinos, y, sobre todo, la actividad económica disgregadora del capital y de la diplomacia internacional en Turquía durante largos años, todo el mundo, pero especialmente la socialdemocracia alemana, veía claramente ya desde hace tiempo que la real regeneración del Estado turco era empresa desesperada y que todos los intentos por mantener aquel montón de ruinas tambaleante e inestable terminaría en una operación reaccionaria.
Ya con motivo de la importante insurrección cretense de 1896 tuvo lugar en la prensa del partido alemán una profunda discusión del problema del Oriente, que condujo a la revisión del punto de vista defendido por Marx en la época de la guerra de Crimea (20) y a rechazar definitivamente la idea de la “integridad turca” como una herencia de la reacción europea. La prensa socialdemócrata alemana denunció, antes que nadie, con rapidez y precisión la esterilidad social en el interior y el carácter reaccionario del régimen de los Jóvenes Turcos.
Era una idea típicamente prusiana pensar que bastaba un ferrocarril estratégico para una rápida movilización y algunos valientes instructores militares para restaurar una barraca tan carcomida como era el Estado turco.(21), (22)
Ya en el verano de 1912 el régimen de los Jóvenes Turcos iniciaba el camino de la contrarrevolución. El primer acto de la “regeneración” turca en esa guerra fue, significativamente, el golpe de Estado,(23) la abolición de la Constitución, es decir, también en ese aspecto, el retorno formal al régimen de Abdul Hamid.
El militarismo turco, impulsado por Alemania, sufrió ya en la primera guerra de los Balcanes, una lamentable derrota. (24) Y la guerra actual, en cuyo fatídico torbellino ha sido empujada Turquía (25) en calidad de protegida de Alemania, conducirá fatalmente, cualquiera que sea su resultado, a una vasta o definitiva liquidación del Imperio turco…
(continuará)
NOTAS
(19) Se refiere al régimen implantado en Turquía por el Partido de los Jóvenes Turcos, tras la sublevación de Salónica de 1908, dirigida por Enver Pachá y que destronó al sultán Abdul Hamid.
(20) La posición de Marx en lo relativo a Turquía durante la guerra de Crimea estuvo muy influida por los criterios de Urquhart, entonces embajador británico en el imperio osmanlí, furibundo enemigo de Rusia —como Marx— y partidario de un fortalecimiento de Turquía.
(21) “El 3 de diciembre de 1912, después de la guerra de los Balcanes, el orador de la fracción socialdemócrata del Reichstag, David, exponía:
“Ayer se apuntó aquí que la política alemana en Oriente no era culpable del desmoronamiento de Turquía, que la política alemana en Oriente ha sido acertada. El señor canciller del Reich opinó que habíamos prestado buenos servicios a Turquía, y el señor Bassermann dijo que habíamos inducido a Turquía a realizar razonables reformas. Sobre este último punto no estoy al corriente de nada (animación entre los socialdemócratas); y también los buenos servicios quisiera ponerlos en tela de juicio. ¿Por qué se ha derrumbado Turquía? Lo que allí se derrumbó fue un régimen de nobles terratenientes, similar, al que tenemos en los territorios prusianos a la orilla oriental del Elba, en Ostelbien (“¡Muy bien!” entre los socialdemócratas; risas por parte de la derecha). El derrumbamiento de Turquía es un fenómeno paralelo al del derrumbamiento del régimen feudal de la Manchuria china. Los regímenes feudales parece ser que se acercan paulatinamente a su fin (exclamaciones de los socialdemócratas: “¡Ojalá!”); ya no corresponden a las exigencias del mundo moderno.
Dije que las relaciones en Turquía se asemejan un cierto grado a las de Ostelbien (Este del Elba). Los turcos son una casta gobernante de conquistadores, sólo una pequeña minoría. Junto a ellos hay además no turcos, que han adoptado la religión mahometana; pero los verdaderos turcos ancestrales son sólo una pequeña minoría, una casta guerrera, una casta que se ha apoderado de todos los puestos claves, como en Prusia, en la administración, en la diplomacia, en el ejército; una casta cuya posición económica se apoyaba en un gran latifundio, en el poder sobre obedientes campesinos, precisamente como en Ostelbien; una casta que, frente a esos siervos tributarios, de origen extranjero y de religión extranjera, frente a los campesinos búlgaros y servios, mantuvo la misma despótica y brutal política que nuestro espahí en Ostelbien (animación) Mientras Turquía poseía una economía natural, esto funcionaba; pues en tales condiciones resultaba soportable, en cierto modo, un tal régimen feudal, ya que el señor feudal no se dedica de manera tan despiadada a sacarle el jugo a sus súbditos tributarios; cuando éste puede comer y beber y vivir bien se encuentra satisfecho. Pero en el momento en que Turquía, por el contacto con Europa, llegó a poseer una economía moderna monetaria, la operación del señor feudal turco sobre sus campesinos se hizo cada vez más inaguantable. Se llegó a una explotación excesiva de ese campesino, y una gran parte de los campesinos fue reducida a la categoría de mendigos; muchos se hicieron bandidos. ¡Estos son los komitaschis! (risas por parte de la derecha). Los señores feudales turcos no sólo mantuvieron la guerra contra el enemigo extranjero, no, por debajo de esa guerra contra el enemigo extranjero se ha producido en Turquía una revolución campesina. Esto fue lo que le partió las costillas a los turcos, ¡y esto ha provocado la caída de su sistema feudal!
Y cuando se dice que el gobierno ha proporcionado allí buenos servicios...; pues bien, los mejores servicios que hubiera podido prestar a Turquía, y también al joven sistema turco, esos servicios no los ha prestado. Hubiese podido aconsejarles la realización de las reformas que estaba obligada a llevar a cabo Turquía por el Protocolo de Berlín, liberando a los campesinos, tal como hiciera Bulgaria y Serbia. ¡Pero cómo podía hacer esto la diplomacia feudal prusiano-alemana! ... Las instrucciones que recibió el señor mariscal de Berlín no podían estar dirigidas a prestarle realmente buenos servicios a los Jóvenes Turcos. Lo que les llevó —no quiero hablar aquí de los asuntos militares— fue un cierto espíritu que fue inculcado a la oficialidad turca, el espíritu del “elegante oficial de la guardia” (animación entre los socialdemócratas), un espíritu que tan funestas consecuencias tuvo para el ejército turco en esa lucha. Se cuenta que se han encontrado cadáveres de oficiales con botas de charol. Elevarse por encima de la masa del pueblo, sobre todo por encima de la masa de soldados, esa arrogancia infinita del oficial, ese ordeno y mando, ha extirpado de raíz la relación de confianza en el ejército turco, y con esto se comprende que ese espíritu haya contribuido a provocar la descomposición interna del ejército turco.
Señores, con respecto a la cuestión de quién es el culpable del desmoronamiento de Turquía, tenemos una opinión distinta. La ayuda de un cierto espíritu prusiano no ha provocado solo el derrumbamiento de Turquía, naturalmente que no, pero ha contribuido a ello, lo ha acelerado. En el fondo se trató de causas económicas, tal como he expuesto”. (Nota de la Autora).”
(22) Espahís: soldados de la caballería turca y del ejército francés en Argelia.
(23) El golpe de Estado de 1912, que abolió la Constitución, se dio al socaire de la guerra de Turquía contra Italia a causa de Trípoli.
(24) Se refiere a la derrota de Turquía en la primera guerra de los Balcanes, frente a la liga compuesta por Serbia, Bulgaria, Grecia y Montenegro.
(25) Turquía intervino, junto con Rumania, Grecia y Montenegro, a favor de Serbia, atacada por Bulgaria.
[ Fragmento de: Rosa LUXEMBURGO. “La crisis de la socialdemocracia” ]
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