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EL FOLLETO JUNIOS
La crisis de la socialdemocracia
Rosa LUXEMBURGO
[05]
III. Nada en el secreto
Conexiones y conocimientos más profundos y fundamentales prepararon a nuestro partido para discernir la verdadera esencia y los objetivos reales de esa guerra, y no dejarse sorprender en modo alguno. Los sucesos y las fuerzas que condujeron al 4 de agosto de 1914 no eran un secreto para nadie. La guerra mundial había sido preparada durante décadas ante la opinión pública, en plena luz del día, paso a paso y minuto a minuto. Y cuando hoy algunos socialistas se pronuncian rabiosamente en favor de la destrucción de esa “diplomacia secreta”, que había tramado tal diablura tras los bastidores, están atribuyendo inmerecidamente a los pobres granujas fuerzas mágicas y misteriosas, como los botocudos, que azotan a su fetiche por el desencadenamiento de una tormenta. Los llamados conductores de los destinos del Estado fueron esta vez, como siempre, sólo piezas de ajedrez movidas por acontecimientos históricos en el interior de la sociedad burguesa. Y si hubiera alguien que se hubiera esforzado durante todo ese tiempo por comprender con lucidez estos procesos y estos movimientos, y era capaz de lograrlo, era la socialdemocracia alemana.
Dos líneas de fuerza de la evolución histórica más reciente conducen directamente a la guerra actual. Una arranca del período de constitución de los llamados “Estados nacionales”, es decir, de los modernos estados capitalistas, de la época de las guerras de Bismarck contra Francia. La guerra de 1870, que, debido a la anexión de Alsacia y Lorena, lanzó a la república francesa en los brazos de Rusia, provocó la escisión de Europa en dos campos enemigos e inauguró la era de la loca carrera armamentista, echó las bases que condujeron a la actual conflagración mundial. Cuando se encontraban las tropas de Bismarck todavía en Francia, escribió Marx al comité de Brunswick:
“Quien no esté completamente ensordecido por el griterío de la hora presente, o no tenga interés por ensordecer al pueblo alemán, debe reconocer que la guerra de 1870 dará origen a una guerra entre Alemania y Rusia debe ser considerada desde ahora como un fait de 1870. Digo necesaria e inevitablemente, salvo en el improbable caso del desencadenamiento de una revolución en Rusia. Si esta eventualidad improbable no se produjera, entonces la guerra entre Alemania y Rusia debe ser considerada desde ahora como un ‘fait accomplit’.(11) La utilidad o nocividad de esta guerra depende enteramente de la actitud actual de los vencedores alemanes. Si se apoderan de Alsacia y Lorena, Francia combatirá contra Alemania al lado de Rusia. Resulta superfluo hablar de las funestas consecuencias”.
En aquella época se burlaron de esta profecía; los lazos que unían a Prusia con Rusia parecían tan sólidos que era insensato pensar ni por un instante siquiera que la Rusia autocrática pudiera aliarse con la Francia republicana. Los defensores de esta concepción eran considerados simplemente como locos de atar. Y, sin embargo, todo lo que predijo Marx se cumplió al pie de la letra.
“Eso es precisamente lo que diferencia —dice Auer en sus Fiestas de Sedán— la política socialdemócrata, que ve claramente lo que ocurre, y la política vulgar, que no ve más allá de sus narices ante cualquier éxito”.
Ahora bien, esta conexión no significa que un deseo de desquite presente desde 1870 por la anexión de Bismarck hubiera empujado a Francia por una fatalidad ineluctable a enfrentarse con el imperio alemán, como si la actual guerra mundial fuese esencialmente la tan cacareada “revancha” por Alsacia-Lorena. Cómoda leyenda nacionalista forjada por los instigadores alemanes en favor de la guerra, de una Francia siniestra y vengativa que “no podía olvidar” su derrota, la misma que los órganos de prensa adictos a Bismarck contaban en 1876 de la princesa destronada de Austria que “no podía olvidar” su rango anterior, antes de la llegada de la encantadora Cenicienta prusiana. En realidad, la venganza de Alsacia-Lorena era sólo un recurso teatral de algunos bufones patrioteros, y el ‘Lion de Belfort’ (12) se había convertido en un viejo animal heráldico.
En la política francesa hacía ya tiempo que había sido superada la anexión, que había sido sustituida por nuevas preocupaciones, y ni el gobierno ni ningún partido serio de Francia pensaban en una guerra con Alemania por el susodicho Estado alemán. Si la herencia de Bismarck fue el primer paso hacia la conflagración mundial, lo fue en el sentido de que Alemania, tanto como Francia, y con ellas toda Europa, fueron impulsadas, por una parte, hacia la deslizante pendiente de la carrera armamentista, y, por otra, porque ha producido como inevitable consecuencia la alianza entre Francia y Rusia y entre Alemania y Austria. Esta alianza fortalecía extraordinariamente al zarismo ruso como factor determinante de la política europea. Y precisamente, desde entonces, comenzó la sistemática rivalidad entre la Prusia alemana y la república francesa para obtener el favor de Rusia. Así se produjo la alianza política del Reich alemán con Austria-Hungría, cuya culminación, como demuestran las palabras citadas del libro blanco alemán, es la “fraternidad de armas” en la guerra actual.
Así, la guerra de 1870 ha tenido como consecuencia: en política exterior, el reagrupamiento de Europa en torno al eje formado por la oposición germano-francesa, y ha iniciado el período de la denominación formal del militarismo en la vida de los pueblos europeos. Esta denominación y este reagrupamiento ha dado desde entonces un contenido completamente nuevo a la evolución histórica. La segunda línea de fuerza, que desemboca en la actual guerra mundial y corrobora brillantemente la profecía de Marx, deriva de acontecimientos de carácter internacional que Marx no conoció: el desarrollo imperialista de los últimos 25 años.
El auge capitalista que sentó plaza en la nueva Europa reconstruida, después del período de guerra de los años 1860 y 1870, que, especialmente una vez superada la gran depresión consecutiva a la fiebre de especulación y al crac de 1873, había alcanzado un nivel sin precedentes en la coyuntura favorable de los años noventa, e inauguraba, como es sabido, un nuevo período de efervescencia en los estados europeos: su expansión competitiva hacia los países y zonas del mundo no capitalistas. Ya desde los años ochenta se puede apreciar un impulso particularmente violento hacia las conquistas coloniales. Inglaterra se apoderó de Egipto y creó en África del Sur un gigantesco imperio colonial; Francia ocupó Túnez en el norte de África, y el Tonkin en Asia oriental; Italia se implantó en Abisinia; Rusia completó sus conquistas en Asia central y penetró hasta Manchuria; Alemania ganó en África y en los mares del Sur sus primeras colonias; y, finalmente, también los Estados Unidos entraron en danza y adquieren con las Filipinas “intereses” en Asia oriental. Este período de febril reparto de África y de Asia, que, a partir de la guerra chino japonesa en 1895, desencadenó una serie casi ininterrumpida de sangrientas guerras, culminó en la gran campaña de China y terminó con la guerra ruso-japonesa de 1904.
Todos estos acontecimientos, que se sucedieron uno tras otro, crearon nuevos antagonismos fuera de Europa: entre Italia y Francia, en el norte de África; entre Francia e Inglaterra, en Egipto; entre Inglaterra y Rusia, en el Asia central; entre Rusia y Japón, en Asia oriental; entre Japón e Inglaterra, en China; entre los Estados Unidos y Japón, en el océano Pacífico; un mar revuelto, un flujo y reflujo de agudos antagonismos y alianzas pasajeras, de tensiones y distensiones, en las que cada par de años amenazaba con estallar una guerra parcial entre las potencias europeas, pero que siempre era postergada. Desde entonces estaba claro para todos:
1) que la guerra secreta y sorda de todos los estados capitalistas entre sí y sobre las espaldas de los pueblos asiáticos y africanos tendría que conducir tarde o temprano a un general arreglo de cuentas; que los vientos sembrados en África y Asia tendrían que azotar un día a Europa, en forma de terrible tempestad, tanto más cuanto los acontecimientos asiáticos y africanos tenían como contrapartida el creciente rearme de Europa;
2) que la guerra mundial europea estallaría tan pronto como los enfrentamientos parciales y cambiantes entre los estados imperialistas encontraran un eje central, una contradicción fuerte y predominante en torno al cual pudieran agruparse temporalmente. Esta situación se creó con la aparición del imperialismo alemán.
En Alemania se puede observar el surgimiento del imperialismo en un período muy corto de tiempo y en toda su pureza. El auge sin par de la gran industria y del comercio desde la fundación del Reich dio lugar en los años ochenta a dos formas especialmente características de la acumulación capitalista: al mayor desarrollo de los cárteles en Europa y a la más grande expansión y concentración de la banca en todo el mundo. Aquél ha organizado la industria pesada, es decir, la rama del capital especialmente interesada en los suministros al Estado de armamentos militares y en las empresas imperialistas (construcción de ferrocarriles, explotación del subsuelo, etc.), como el factor más influyente en el Estado. La concentración bancaria ha convertido al capital financiero en una potencia sin fisuras, dotado de una energía en continuo crecimiento y expansión; en una potencia qué reina en la industria, el comercio y el crédito, tan poderosa en la economía privada como en la pública, con una capacidad de expansión ágil e ilimitada, siempre en busca de beneficio y de acción; en una potencia impersonal, gigantesca, audaz y sin escrúpulos, de alcance internacional, y que, por su naturaleza misma, ha transformado el mundo en escenario de sus hazañas.
Añádase a ello un poder personal muy fuerte e inestable en sus iniciativas políticas, y el parlamentarismo más débil, incapaz de toda oposición, junto a todas las capas burguesas unidas en la oposición más salvaje a la clase obrera y atrincheradas tras el gobierno, se podrá, entonces, prever que ese imperialismo joven rebosante de energía y sin obstáculos de ninguna clase, que sí, señores míos, ustedes están en el comienzo y ciertamente debutaban en el escenario mundial con enormes apetitos, cuando el mundo se encontraba, por así decirlo, ya repartido, debía convertirse rápidamente en el factor incalculable de agitación general.
Esta agitación se manifestó ya con el cambio radical en la política militar del Reich a fines de los años noventa, con los dos proyectos de ley sobre rearme naval; que aparecieron uno tras otro en 1898 y 1899, y que significaban, en un ejemplo sin precedentes, la duplicación inmediata de la marina de guerra, y un gigantesco plan de construcciones navales calculado aproximadamente para dos décadas. Esto no significaba solamente una profunda reestructuración de la política financiera y comercial del Reich —la tarifa arancelaria de 1902 fue sólo una sombra que siguió a los dos proyectos de ley sobre rearme naval—, sino la prolongación lógica de la política social y de todas las relaciones internas de clase y de partidos. Los decretos sobre las fuerzas navales significaban ante todo un significativo cambio en la dirección de la política exterior del Reich, en relación a como había sido desde su fundación. Mientras que la política de Bismarck se basaba en el principio de que el Reich fue siempre una potencia militar en tierra y debía seguir siéndolo, y la flota alemana se consideraba, todo lo más, como requisito superfluo para la defensa de las costas (el mismo secretario de Estado, Hollmann, declaraba en marzo de 1897 ante la comisión de Hacienda del Reichstag: “Para la protección de las costas no necesitamos marina, las costas se defienden por sí solas”), ahora se establecía un nuevo programa: Alemania debía convertirse en la primera potencia en tierra y en el mar. Se pasaba de la política continental de Bismarck a la política mundial, de la defensa al ataque como finalidad del rearme. El lenguaje de los hechos era tan claro que en el mismo Reichstag alemán se hizo necesario el comentario.
El 11 de marzo de 1896, después del famoso discurso del káiser con motivo del vigésimoquinto aniversario del Reich alemán, en el que, como indicio de los proyectos de rearme naval, había expuesto el nuevo programa, Lieber, entonces dirigente del centro, hablaba de “ilimitados planes navales” contra los que se debía protestar decididamente. Otro dirigente del centro, Schadler, manifestaba en el Reichstag el 23 de marzo de 1898, cuando se presentó el primer proyecto de ley de rearme naval:
“El pueblo considera que no podemos ser la primera potencia en tierra y en el mar. Si ahora mismo se me dice que no se trata de eso, responderé: sí, señores míos, ustedes están en el comienzo y ciertamente un comienzo irreversible”.
Y cuando se presentó el segundo proyecto, declaraba el mismo Schadler en el Reichstag el 8 de febrero de 1900, después de haber hecho alusión a las anteriores declaraciones, en las que se afirmaba que no se pensaba en ningún proyecto nuevo de ley sobre fuerzas navales:
“y hoy esa fábula inaugura ni más ni menos que la creación de una flota a escala mundial, como base a una política mundial, mediante la duplicación de nuestra flota a través de un programa que debe durar casi dos décadas”.
Por otra parte, el mismo gobierno expuso abiertamente el programa político de la nueva orientación: el 11 de diciembre de 1899 decía von Bülow, entonces secretario de estado del Ministerio de Asuntos Exteriores, en defensa del segundo proyecto de ley de rearme naval:
“Si los ingleses hablan de una greater Britain (una Gran Bretaña más grande), si los franceses hablan de una nouvelle France (nueva Francia), si los rusos se apoderan de Asia, nosotros tenemos también el derecho a ein grosseres Deutschland (una Alemania más grande)... Si no construimos una flota capaz de proteger nuestro comercio, nuestros ciudadanos en el extranjero, nuestras misiones, y garantizar la seguridad de nuestras costas, ponemos en peligro los intereses más vitales de la patria... En el próximo siglo el pueblo alemán será yunque o martillo”.
Si se elimina el floreo retórico sobre la protección de las costas, de las misiones y del comercio, queda el programa lapidario: una Alemania más grande, política de martillo para los otros pueblos.
Para todos estaba claro contra quién se dirigían, en primer lugar, esas provocaciones: la nueva política naval agresiva hacía de Alemania el competidor de la primera potencia naval, Inglaterra. Y así se entendió en Inglaterra. La reforma de la flota y las declaraciones programáticas que la acompañaban provocaron en Inglaterra una viva inquietud que no ha cesado desde entonces. En marzo de 1910 repetía lord Robert Cecil, en el curso del debate sobre la flota sostenido en la Cámara de los Comunes, que retaba a cualquiera que justificara la construcción por Alemania de una gigantesca flota, si no tuviera la intención de entrar en lucha contra Inglaterra. La rivalidad en el mar mantenida por ambas partes desde hace quince años, y, finalmente, la febril construcción de ‘dreadnoughts y de super dreadnoughts’ (13) era ya la guerra entre Alemania e Inglaterra. El proyecto de ley de rearme naval de 11 de diciembre de 1899 era una declaración de guerra por parte de Alemania, acusando recibo Inglaterra el 4 de agosto de 1914.
Debemos hacer notar que esa rivalidad naval no tenía nada que ver con la lucha económica por el mercado mundial. “El monopolio inglés” en el mercado mundial, que estrangulaba supuestamente el desarrollo capitalista de Alemania, y del que tantos disparates se dicen hoy día, constituye una de esas leyendas patrióticas de guerra que incluye también el mito de la feroz “revancha” francesa. Ya desde los años ochenta aquel “monopolio” se había convertido, para desgracia de los capitalistas ingleses, en una vieja historia. El desarrollo industrial de Francia, Bélgica, Italia, Rusia, India, Japón, pero, sobre todo, de Alemania y de los Estados Unidos había acabado con aquel monopolio en la primera mitad del siglo XIX, hacia los años sesenta. En las últimas décadas un país tras otro irrumpieron junto a Inglaterra en el mercado mundial; el capitalismo se desarrolló impetuosamente, de acuerdo con su naturaleza, hasta formar la economía mundial capitalista.
Pero la supremacía naval inglesa, que aún hoy perturba el sueño a más de un socialdemócrata alemán, y cuya destrucción les parece una necesidad urgente a esos buenos señores para la prosperidad del socialismo internacional; esta supremacía naval, consecuencia de la expansión del imperio británico en los cinco continentes, no sólo no ha perturbado al capitalismo alemán, sino que éste creció con asombrosa rapidez bajo su yugo y se convirtió en un robusto mozo de fuertes carrillos. Justamente Inglaterra y sus colonias son la piedra angular del auge de la gran industria alemana, tal como, a la inversa, Alemania es para el imperio británico el más importante e indispensable cliente. Lejos de chocar el desarrollo del gran capital británico y del alemán, dependen el uno del otro y están ligados por una amplia división del trabajo; favorecida, en gran medida, por el libre comercio inglés. El comercio alemán y sus intereses en el mercado mundial no tenían nada que ver con el cambio de frente en la política alemana y con la construcción de la flota.
Tampoco el dominio colonial alemán conducía por sí mismo a un peligroso enfrentamiento mundial ni a la rivalidad naval con Inglaterra. Las colonias alemanas no necesitaban para su protección una potencia naval de primer orden, porque, por su condición, apenas despertaban en nadie, y mucho menos en Inglaterra, la envidia hacia el Reich alemán. Y si ahora, en el curso de la guerra, se han apoderado de ellas Inglaterra y Japón, que lo robado cambie de propietario, es una medida corriente y efecto de la guerra, tal como ahora el apetito de los imperialistas alemanes se lanza insaciable hacia Bélgica sin que antes, en tiempo de paz, nadie que no estuviera loco se hubiera atrevido a plantear la anexión de Bélgica. Nunca se hubiese producido una guerra por tierra o por mar entre Inglaterra y Alemania a causa de África suroriental y suroccidental, del país de Guillermo o del Tsingtao, pues inmediatamente antes de empezar la guerra actual se había llegado a un acuerdo entre Alemania e Inglaterra para iniciar un reparto amistoso entre las dos potencias de las colonias portuguesas en África.
El desarrollo del poder naval y el despliegue del estandarte político mundial por parte alemana presagiaban nuevas y grandes incursiones del imperialismo alemán en el mundo. Con esta ofensiva flota de primera clase y los continuos incrementos del ejército, que se sucedieron con rapidez paralelamente a la construcción de la flota, se creó un aparato para la futura política, cuya orientación y objetivos tenían abiertas las puertas en par para incalculables posibilidades.
La construcción de la flota y el rearme se convirtieron en el negocio más grandioso de la gran industria alemana, abriendo al mismo tiempo ilimitadas perspectivas para las ulteriores operaciones de los cárteles y de los bancos en todo el mundo. Con esto quedaba asegurada la unión de todos los partidos burgueses bajo la bandera del imperialismo. El centro socialdemócrata siguió el ejemplo de los nacional-liberales, (14) tropa de choque de la industria pesada imperialista; precisamente el centro, (15) que, con la aceptación, en 1900, de los proyectos de ley sobre las fuerzas navales (16) que inauguraba una política mundial denunciada por él obstinadamente, se convirtió definitivamente en un partido gubernamental; los liberales siguieron rezagadamente al centro en el asunto del proyecto de ley sobre las fuerzas navales y las tarifas aduaneras; posteriormente cerraba la marcha la nobleza terrateniente, que de adversario contumaz de la “horrible flota” (17) y de la construcción del canal, pasó a ser solícito gorrón y parásito del militarismo naval, del robo colonial y de la política arancelaria que le acompañaba. Las elecciones al Reichstag de 1907, las llamadas “elecciones de hotentotes”, mostraron al desnudo una Alemania burguesa por entero, en un paroxismo de entusiasmo imperialista y firmemente unida bajo una bandera: la Alemania de von Bülow, (18) que se sentía llamada a salir a escena como martillo del mundo. Y estas elecciones —con su atmósfera de pogromo, preludio de la Alemania del 4 de agosto— fueron una provocación no sólo a la clase obrera alemana, sino también a los demás Estados capitalistas, un puño levantado contra nadie en particular, pero contra todos en general…
(continuará)
NOTAS
(11) Hecho consumado. En francés en el original.
(12) León de Belfort. En francés en el original.
(13) Acorazados y superacorazados. En inglés en el original.
(14) El Partido Nacional Liberal se fundó en 1866-1867, compuesto por grupos liberales que apoyaban la política de Bismarck. Su base estaba formada por la gran burguesía y las clases medias urbanas. Obtuvo —en su período de mayor alza— el 30% de los votos en 1871. A partir de entonces, fue oscilando en torno al 13% en todas las demás elecciones.
(15) Centro. De su verdadero nombre, Deutsche Zentrumspartei. Se fundó en 1870 como expresión del catolicismo alemán. Antes de 1919 el centro solía tener del 20 al 25% de los escaños en el Parlamento”
(16) Referencia a la política naval inaugurada por Alfred von Tirpitz, que culminó en un ambicioso plan de construcción naval, iniciado en 1898.
(17) El nombre viene de que, en ese año, las sublevaciones de nativos del África suroccidental alemana fueron aplastadas con singular crueldad por las tropas alemanas. El SPD denunció el carácter inhumano de la represión, levantando una oleada de furor patriótico.
(18) Bülow, Bernhard von (1849-1929), canciller alemán de 1900 a 1909, artífice del llamado “bloque de Bülow”, que reunía a conservadores y liberales nacionales frente al Centro. Partidario de una política de expansión imperialista que, sin embargo, no chocara con los intereses de Francia e Inglaterra.
[ Fragmento de: Rosa LUXEMBURGO. “La crisis de la socialdemocracia” ]
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