jueves, 20 de abril de 2023

 

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EL FOLLETO JUNIOS

La crisis de la socialdemocracia

 

Rosa LUXEMBURGO

 

[04]

 

 

II. Ante la ‘realidad’

 

 

(…) Magdeburger Volksstimme decía el 25 de julio:

 

“Cualquier gobierno serbio que hiciese el más leve ademán de tomarse en serio esas exigencias sería barrido, en ese mismo momento, por el parlamento y por el pueblo.

 

El proceder de Austria es tanto más reprochable por cuanto los Berchtold se presentan ante el gobierno serbio y, de hecho, ante toda Europa pertrechados de aseveraciones sin sentido.

 

Hoy no se puede urdir de esta manera una guerra que se convertiría en guerra mundial. No se puede proceder así, a menos que se quiera perturbar la paz de todo el continente. Así no se pueden hacer conquistas morales, o convencer del propio derecho a los no beligerantes. Suponemos, por estas razones, que la prensa de Europa y después sus gobiernos llamarán enérgica e inequívocamente al orden a los desvariados gobernantes vieneses”.

 

Frankfurter Volksstimme escribía el 24 de julio:

 

“Apoyándose en las maquinaciones de la prensa ultramontana, que llora en Francisco Fernando su mejor amigo y quisiera vengar su muerte en el pueblo serbio; apoyándose en una parte de los agitadores en favor de la guerra del Reich alemán, cuyas palabras se vuelven cada día más amenazantes y vulgares, el gobierno austriaco ha dirigido al Estado serbio un ultimátum, que no sólo está redactado en un lenguaje que raya la insolencia, sino que contiene exigencias cuyo cumplimiento es completamente imposible al gobierno serbio”.

 

El mismo día escribía Elberfelder Freie Presse:

 

“Un telegrama oficioso de la oficina de Wolff reproduce las exigencias austriacas respecto a Serbia. Se deduce claramente que los gobernantes vieneses presionan con toda violencia a favor de la guerra, pues lo que se exige en la nota entregada anoche en Belgrado es una especie de protectorado de Austria sobre Serbia. Sería de la máxima urgencia que la diplomacia berlinesa hiciera comprender a los instigadores de Viena que Alemania no moverá un dedo para apoyar sus exigencias desmedidas, y que, por lo tanto, sería recomendable una renuncia a las demandas austriacas”.

 

Y Bergische Arbeiterstimme de Solingen:

 

“Austria quiere el conflicto con Serbia y utiliza el atentado de Sarajevo sólo como pretexto para sustraer toda razón moral a Serbia. Pero la cuestión ha sido iniciada de forma demasiado burda como para lograr engañar a la opinión pública europea...

 

Si los instigadores de la Ballhausplatz vienesa en favor de la guerra creen, quizá, que en caso de conflicto, en el que también entraría Rusia, tendrían que venir en su ayuda los otros dos miembros de la alianza tripartita, Italia y Alemania, se hacen falsas ilusiones. Italia vería muy oportuno un debilitamiento de Austria-Hungría, su rival en el Adriático y en los Balcanes, y no se pillará los dedos por apoyar a Austria. Pero en Alemania deben ser los gobernantes —aun cuando fuesen tan locos como para desearlo— los que no se atrevan a arriesgar la vida de un solo soldado por la criminal política de fuerza de los Habsburgo, sin desencadenar la ira popular”.

 

Así enjuiciaba la guerra toda nuestra prensa del partido “sin excepción”, una semana antes de su comienzo. Según ella, no se trataba de la existencia y de la libertad de Alemania, sino de una criminal aventura del partido belicista austriaco, no se trataba de defensa, ni legítima ni nacional, ni tampoco de guerra santa impuesta en nombre de la propia independencia, sino de una frívola provocación, de una desvergonzada amenaza a la independencia y libertad serbias.

 

¿Qué sucedió el 4 de agosto para que se invirtiese súbitamente esa concepción de la socialdemocracia tan claramente sostenida y divulgada? Sólo un nuevo hecho se añadió: el libro blanco presentado ese mismo día al Reichstag por el gobierno alemán. Y allí se dice en la página 4:

 

“Bajo tales circunstancias, no era compatible ni con la dignidad ni con el mantenimiento de la monarquía austriaca seguir contemplando por más tiempo cruzada de brazos las maniobras más allá de sus fronteras. El gobierno real e imperial nos comunicó su opinión y nos pidió la nuestra. De todo corazón expresamos a nuestro aliado nuestro acuerdo con su apreciación de la situación, y le aseguramos que cualquier acción considerada necesaria para acabar con el movimiento dirigido contra la existencia de la monarquía, en Serbia, encontrará nuestra aprobación.

 

Al decir esto, éramos conscientes de que una posible acción bélica de Austria-Hungría contra Serbia haría entrar en liza a Rusia, y que, por lo tanto, conformes con nuestro deber de aliado, podríamos vemos envueltos en una guerra. Pero, sabiendo que intereses vitales de Austria-Hungría se encontraban en juego, no podíamos aconsejar a nuestro aliado una moderación que no se compaginara con su dignidad ni tampoco negarle nuestro apoyo en ese difícil momento. No podíamos hacer menos, sobre todo cuando nuestros intereses se encontraban también amenazados en lo más sensible por la constante labor de zapa serbia. Si se hubiese permitido por más tiempo que los serbios, con ayuda de Rusia y Francia, pusieran en peligro la existencia de la vecina monarquía, la consecuencia hubiera sido el desmembramiento paulatino de Austria y la sumisión de todo el pueblo eslavo al cetro ruso, haciéndose insostenible en Europa central la posición de la raza germánica.

 

 

Austria, moralmente debilitada y quebrantada por el avance del paneslavismo ruso, dejaría de ser para nosotros un aliado seguro y en el que pudiéramos confiar, teniendo en cuenta la actitud cada vez más amenazante de nuestros vecinos orientales y occidentales. Por eso dimos vía libre a Austria en su acción contra Serbia. No hemos, sin embargo, participado en los preparativos”.

 

Estas palabras fueron presentadas el 4 de agosto a la fracción socialdemócrata del Reichstag; palabras que constituyen la única parte importante y decisiva de todo el libro blanco, rotundas declaraciones del gobierno alemán, junto a las cuales todos los demás libros amarillos, grises, azules y anaranjados explicando la historia diplomática anterior a la guerra y sus fuerzas instigadoras más inmediatas aparecen como indiferentes y desprovistos de interés. La fracción del Reichstag tenía en sus manos la clave para enjuiciar la situación. Toda la prensa socialdemócrata había enjuiciado y gritado una semana antes que el ultimátum austriaco era una criminal provocación a la guerra mundial, y esperaba que el gobierno alemán ejerciera una acción moderadora sobre los incitadores vieneses en favor de la guerra. La socialdemocracia y la opinión pública alemana estaban convencidas de que el gobierno alemán trabajaba arduamente, a partir del ultimátum austriaco, por el mantenimiento de la paz europea.

 

Toda la prensa socialdemócrata suponía que el ultimátum austriaco había sido para el gobierno alemán un rayo caído del cielo, como lo fue para la opinión pública alemana. El libro blanco manifestaba claramente y sin ambages:

 

1) que el gobierno austriaco había obtenido la aprobación de Alemania antes de dar un paso contra Serbia;

 

2) que el gobierno alemán era consciente de que el proceder de Austria conduciría a la guerra con Serbia y, posteriormente, a la guerra europea;

 

3) que el gobierno alemán no sólo no aconsejó a Austria moderación, sino que afirmaba, por el contrario, que una Austria condescendiente y debilitada ya no podría ser un aliado digno de Alemania;

 

4) que el gobierno alemán había asegurado su apoyo total en la guerra a Austria antes de que ésta diese su paso contra Serbia; y, finalmente,

 

5) que el gobierno alemán no se había reservado el derecho de control sobre el ultimátum decisivo de Austria a Serbia, del que dependía la guerra mundial, sino que “había dado a Austria vía libre”.

 

De todo esto se enteró nuestra fracción del Reichstag el 4 de agosto. Y el mismo día se enteró de un nuevo hecho por boca del gobierno: el ejército alemán había entrado ya en Bélgica. La fracción socialdemócrata dedujo de todo esto que se trataba de una guerra de legítima defensa de Alemania contra una invasión extranjera, que estaba en juego la existencia de la patria, de la cultura; que se trataba, en definitiva, de una guerra por la independencia en contra del despotismo ruso.

 

 

El trasfondo alemán de la guerra y los bastidores provisionales que lo cubrían, el juego diplomático que enmarcó el desencadenamiento de la guerra, el griterío del mundo de enemigos que quería atentar contra la vida de Alemania, debilitarla, humillarla y sojuzgarla: ¿Podía eso constituir una sorpresa para la socialdemocracia alemana, exigir demasiado de su capacidad de juicio y de su espíritu crítico? ¡No, al menos en el caso de nuestro partido! Ha vivido ya dos grandes guerras alemanas, y ha podido extraer de ellas importantes experiencias. Todo alumno de primeras letras que estudie historia sabe hoy que la primera guerra de 1866 contra Austria fue preparada metódicamente con mucha antelación por Bismarck, y que su política llevaba desde el primer momento a la ruptura y a la guerra con Austria. El príncipe heredero, más tarde emperador Federico, escribía en su diario, con fecha del 14 de noviembre de aquel año, sobre los propósitos del canciller:

 

“Él (Bismarck) había tenido el firme propósito, ya al hacerse cargo de su puesto, de conducir a Prusia a la guerra con Austria, pero se había guardado muy bien de hablar de ello entonces —o demasiado pronto, en general— con su Majestad, hasta que consideró llegado el momento oportuno.

 

Compárese, pues, esta confesión —dice Auer en su folleto Los hombres libres de Sedán y la socialdemocracia— con el texto del llamamiento que dirigió a su pueblo el rey Guillermo:

 

‘¡La patria está en peligro!

 

¡Austria y una gran parte de Alemania se han levantado en armas contra ella!

 

Hace sólo pocos años que yo, por libre decisión y sin pensar en iniquidades pasadas, tendí la mano de aliado al emperador de Austria, cuando se trataba de liberar una región alemana de la dominación extranjera... Pero mis esperanzas han sido frustradas. Austria no quiere olvidar que sus príncipes dominaron en otro tiempo Alemania; en los jóvenes, pero fuertemente desarrollados prusianos, no quiere reconocer a sus aliados naturales, sino a rivales hostiles. Prusia —así piensa ella— ha de ser combatida en todas sus empresas, porque lo que beneficia a Prusia perjudicará a Austria. La vieja y nefasta envidia arde de nuevo a llamaradas: Prusia ha de ser debilitada, aniquilada, infamada. Frente a ella ya no valen los tratados, los príncipes federales alemanes no sólo son llamados contra Prusia, sino que son incitados a romper la alianza. En Alemania nos encontramos rodeados de enemigos por todas partes, cuyo único grito de combate es: humillar a Prusia’.

 

Y con el fin de ganarse la bendición del cielo para esta justa guerra, el rey Guillermo promulgó un decreto que establecía el 18 de julio como día nacional de oración y penitencia, en el que decía:

 

“Dios no se ha dignado coronar con éxito mis esfuerzos para obtener los beneficios de la paz para mi pueblo”.

 

Si nuestra fracción no hubiese olvidado completamente la historia de su propio partido, ¿no habría tenido que parecerle la música oficial que el 4 de agosto acompañó el inicio de la guerra un vivo recuerdo de melodías y palabras conocidas desde hace mucho tiempo?

 

Pero sigamos. En 1870 proseguía la guerra contra Francia; su desencadenamiento está inseparablemente unido, en la historia, a un documento: el ‘Emser Depesche’,(10) documento que ha pasado a ser un clásico para toda la diplomacia burguesa en cuestiones de guerra, y que señala también un memorable episodio en la historia de nuestro partido. Fue el viejo Liebknecht, fue la socialdemocracia alemana, los que consideraron entonces su misión y deber revelar y mostrar a las masas populares: “Cómo se hacen las guerras”.

 

“Hacer la guerra” única y exclusivamente en defensa de la patria amenazada no fue, por otra parte, un invento de Bismarck. El solo siguió, con la falta de escrúpulos que le caracteriza, una receta general y verdaderamente internacional del arte burgués de gobernar. ¿Cuándo y dónde ha habido una guerra, desde que la llamada opinión pública desempeña un papel en los cálculos de los gobiernos, en que todo partido beligerante no haya desenvainado la espada con gran pesar, única y exclusivamente para defender a la patria y su causa justa del pérfido ataque del enemigo? La leyenda pertenece tanto a la historia de las guerras como la pólvora y el plomo. El juego es viejo. Lo nuevo es que un partido socialdemócrata haya participado en él…

 

(continuará)

 

 

 

NOTAS

 

(10) Se refiere al documento recortado y manipulado que Bismarck dio a la publicación acerca de las conversaciones en Bad Ems entre Benedetti y Guillermo I y que tuvieron como contenido la exigencia de garantías planteada por Napoleón III respecto a la renuncia del príncipe Leopoldo von Hohenzollern a sus pretensiones al trono español. La publicación de este documento fue la causa de que Francia declarase la guerra a Alemania. Al menos la oficialmente dada.

 

 

 

[ Fragmento de: Rosa LUXEMBURGO. “La crisis de la socialdemocracia” ]

 

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