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LA COLUMNA DE LA MUERTE
El avance del ejército franquista de Sevilla a Badajoz
Francisco Espinosa Maestre
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EL SUSTO EN EL CUERPO
(...)
El informe Cañizares
Tras la salida de Yagüe la ciudad quedó a cargo de varios militares: el 16 de agosto —casi recién salido de la prisión Provincial— es designado como gobernador civil el comandante de Infantería retirado Marciano Díaz de Liaño Facio. Al día siguiente será otro comandante del mismo cuerpo e igualmente retirado, Francisco Sancho Hernández, quien ocupe la presidencia de Diputación, y un capitán de Infantería también ya alejado del Ejército, Manuel García de Castro, ocupa la Alcaldía. De fuera llegan otros dos militares para hacerse cargo de la Guardia Civil y de la Comandancia Militar. El primero será el teniente coronel de la Guardia Civil Manuel Pereita Vela, que unos días antes del golpe pasa de Badajoz a Sevilla para volver de inmediato, una vez tomada la ciudad, y rodearse de otros guardias como Marzal o Carracedo; y el segundo, el comandante de Infantería Eduardo Cañizares Navarro.
Forjado en las guerras africanas, Cañizares se había puesto a las órdenes de Franco y Orgaz el mismo 18 de julio desde su puesto de comandante en el Regimiento de Infantería Canarias, de Las Palmas. El 24 de julio, «en misión especial del Generalísimo Franco», fue a Granada hasta el día 28, en que se trasladó a Sevilla, partiendo ese mismo día a Tetuán, el día 29 otra vez a Sevilla y el 30 a Córdoba, siempre «en misiones especiales» que desgraciadamente no se especifican. El dos de agosto se halla en Sevilla y el día tres vuela a Tetuán. Dos días después, el cinco, y de nuevo a las órdenes de Franco y Orgaz, fue a Ceuta para colaborar en el paso del convoy que trasladó a las fuerzas africanas a Algeciras, tras lo cual regresó a Tetuán a las órdenes del general Luis Orgaz Yoldi. Después de realizar tareas de inspección en Arcila, Larache y Tetuán regresó el 18 de agosto a Sevilla, de donde al día siguiente se marchó a Badajoz para hacerse cargo del Gobierno Militar de la ciudad y provincia, y al mando del Regimiento Castilla y de todas las fuerzas armadas.
El 22 de agosto del 36, a los tres días de su llegada a Badajoz, Cañizares envió a Franco un informe sobre la situación. Traza una descripción de gran interés para conocer el estado de los ocupantes a una semana de la toma de la ciudad. Primero especifica las fuerzas con que cuenta: dos batallones, una compañía de un tercero más otra con los destinos, una agrupación que será batería y una compañía de ametralladoras, pendientes de recibir materiales y unos doscientos «ginetes» [sic]. Contaba además con unos cien guardias civiles, unos 140 de Asalto y unos cincuenta carabineros. Reconocía, por otra parte, que la escasez de oficiales se debía a que muchos de ellos estaban sometidos a procedimientos judiciales. Las fuerzas paramilitares eran escasas, unos setenta falangistas (de los que ¡ocho!, se denominaban jefes) y treinta y tantos requetés. Se quejaba a continuación de la escasez de armas, criticando la facilidad con que se habían repartido por los pueblos a gentes «de baja moral y mucho miedo». Dado que el temor reinaba en la mayoría de los pueblos ocupados —destaca en las llamadas de socorro Villafranca de los Barros, siempre divisando columnas rojas por todos lados desde la incursión de la columna Cartón el día diez de agosto— aconsejaba protegerlos con compañías móviles. El temor de las autoridades locales —proporcional a la represión ejercida— era que en alguna de esas columnas aparecieran los rojos locales que habían tenido que huir.
Respecto a quienes se encuentran ocultos o huidos, apunta ya en fecha tan temprana que la «excesiva represión» sobre los que son detenidos va a crear primero un problema de concentración de huidos y después su transformación en «bandoleros». «En mi opinión —dice Cañizares— hay muchos que no vienen a nuestro lado por temor a ser ejecutados». Por ello propone aplicar las sanciones «duras y ejemplares» sólo a quienes tengan delitos de sangre y a los directivos. Sobre el estado de los vecinos en general —el texto habla de moral pública— Cañizares es clarificador:
“Muy abatida en el campo y en la plaza. Ya y para levantarla he organizado un desfile, unas manifestaciones y gran propaganda, pero son poco sensibles y el susto no acaba de salirles del cuerpo”.
Lugar aparte merecían las relaciones con Portugal, «excelentes desde todo punto», según Cañizares. Narraba que precisamente ese mismo día había estado en Elvas con el comandante militar, del que decía estar recibiendo constantes atenciones en «donativos, obsequios, entrega de detenidos, etc.». Y añadía: «Dado el carácter de estos señores ¿no sería gran estimulante, mi General, conceder a este coronel alguna condecoración nuestra?». El precio desde luego valía la pena, pues se trataba nada menos que de apresar a Puigdengolas y a varios jefes y oficiales republicanos que se encontraban detenidos en Portugal.
«Para ello hoy tengo aquí y atiendo, pues serán influyentes intermediarios, un oficial portugués y una prima del ex Rey de Portugal que han venido trayendo unos regalos en especie».
El día anterior al que Cañizares escribía esto, se organizó una manifestación en honor de Portugal que el cónsul Vasco Manuel Sousa Pereira comentaba así:
Realizóse antes de ayer por la tarde una grandiosa manifestación en honor a Portugal compuesta por cerca de 2000 personas entre las cuales se veían las de las más prestigiosas familias de la región, un grupo de falangistas y la banda municipal. Al llegar la referida manifestación al edificio del consulado, su comisión organizadora gritó numeroso vivas a Portugal … Respondí con un viva a España y otro a la mujer española, después de que la banda municipal entonara «La Portuguesa», que fue escuchada con religioso silencio brazo en alto, presentando las armas el grupo falangista.
Entre las numerosas personas que lo saludan y felicitan, el cónsul destaca al obispo Alcaraz y Alenda, «que me abrazó muy emocionado, teniendo palabras de gratitud y elogios a Portugal y felicitándome por mi actitud digna». Éste será el mismo cónsul que unas semanas después escribirá a su gobierno:
Los falangistas, los más numerosos, a las personas de izquierdas que no fueron fusiladas, los castigan haciendo[les] tomar grandes vasos de aceite de ricino, les cortan el cabello, siempre en público, igualmente lo hacen con las personas de derechas que teniendo dinero no contribuyen al mantenimiento del ejército nacionalista. Los masones son desposeídos de sus cosas y encarcelados, los funcionarios públicos de filiación izquierdista si ejercían cargos público fueron fusilados, y los demás suspendidos de sus cargos. No se deja a los acusados comunicarse con nadie, hay constancia de denuncias falsas por motivos personales, parece ser que se ha fusilado a muchos inocentes.
Franco se limitó a dar el visto bueno a casi todo, apuntando además que los falangistas designasen un solo jefe y dando su conformidad para todo lo que procurase la entrega de Puigdengolas y sus compañeros. Las medidas tomadas por Cañizares consiguieron un aumento del número de voluntarios en cuestión de días…
(continuará)
[ Fragmento de: Francisco Espinosa Maestre. “La columna de la muerte” ]
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