miércoles, 15 de marzo de 2023

 

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Joan E. Garcés  /   “Soberanos e intervenidos”

 

 (…)

 

Segunda parte

ESTRATEGIAS MUNDIALES E INTERVENCIÓN

 

 

 

X. 1895, Gran Bretaña reconoce la Doctrina Monroe

 

El siglo XIX culminaría con el reconocimiento británico de la hegemonía de EEUU sobre Iberoamérica. Las fechas en que tuvo lugar son simbólicas: entre 1895 y 1898. La primera corresponde a la invocación por el gobierno de Venezuela de la “doctrina Monroe” –en términos mucho más amplios que los imaginados por Adams y Monroe– para que EEUU exigiera del Reino Unido someter a arbitraje los límites entre Venezuela y la Guayana británica. Lo que hizo Wa­shington el 7 de mayo de 1895. El 26 de noviembre siguiente, el gobierno británico rechazaba en dos notas diplomáticas tanto la “doctrina Monroe” como el pretendido interés de EEUU en una disputa fronteriza surgida entre otros Estados. Pero el 17 de diciembre el presidente Cleveland sostenía ante el Congreso que la actitud del Reino Unido vulneraba los intereses de EEUU, y amenazó con declarar la guerra. Dos meses después Londres aceptaba el arbitraje impuesto por EEUU. La fecha de 1898 corresponde a la aceptación británica, por primera vez, de la pretensión de EEUU de dominar sobre Cuba.

 

1895-1898 fueron los años en que Gran Bretaña introdujo una mutación mayor en su estrategia imperial al renunciar formalmente a toda hegemonía sobre la América hispana. ¿Por qué? Para dejar de ser el rival de EEUU en América y atraer, a cambio, el apoyo de EEUU a la política británica frente al emergente Imperio alemán. En 1895 los germanos habían intervenido en El Cabo a favor de la insurrección de los bóers, y en 1898 éstos declararon la guerra a Gran Bretaña. El reconocimiento británico de la doctrina Monroe significó que 1898 fuera el año de un cambio mayor también para EEUU: el nacimiento de su imperio marítimo con la anexión de las islas del Caribe y del Pacífico hasta entonces bajo jurisdicción española (Puerto Rico, Cuba, Filipinas, Carolinas, Marshall, Guam, Marianas, etc.).

 

En aquellos años gozne en las relaciones internacionales, la manipulación de las ilusiones coloniales adquirió caracteres más patéticos si cabe. En 1897, diez años después de que Gran Bretaña iniciara el camino de reconocer la independencia de su imperio a través de la Imperial Federation, el gobierno de España mantenía su intransigente guerra con los independentistas de Cuba y Filipinas. Más bien que llegar a un entendimiento con éstos, confiaba que la Alianza Europea continuaría interponiéndose frente a las pretensiones de EEUU sobre ambas islas. El 28 de septiembre de 1897 el káiser Wilhelm II ordenó a su ministro de Asuntos Exteriores preparar una intervención conjunta de los Poderes europeos en favor de España, dando como razón «evitar que el sistema monárquico peligrara en caso de que España perdiera el control de Cuba». Pero el 7 de octubre siguiente el embajador alemán en Viena pedía que fuera Austria-Hungría quien encabezara la intervención europea en los asuntos de Cuba. El 26 de marzo de 1898 el gobierno español propuso a los embajadores de Alemania, Austria-Hungría, Francia, Rusia, Italia y Reino Unido que sus gobiernos mediaran entre EEUU y España. Pero el embajador británico en Washington, que ya tenía instrucciones confidenciales de facilitar la cesión de Cuba a EEUU, desbarató en los siguientes días la gestión conjunta de los “Poderes europeos” ante el presidente Mackinley. El 14 de abril de 1898 propuso el embajador británico a sus colegas europeos enviar una segunda nota a la Casa Blanca, lo que fue valorado así por el Káiser:

 

Inglaterra quiere jugar el mismísimo juego que jugó años atrás cuando reconocidamente provocó la guerra greco-turca. Agita a todos los Poderes para que actúen, pretende que va a participar hasta tanto los Poderes se hallan comprometidos con los beligerantes; en ese momento se echa atrás, se golpea farisaicamente el pecho, en secreto se suma a uno de los combatientes –siempre por supuesto el más fuerte– y lo incita contra los Poderes Continentales. Mientras tanto, a su costa, solicita de aquél ventajas comerciales para ella misma. Inglaterra manifiestamente no desea pertenecer a Europa, no desea sumar su suerte a la de los Poderes Continentales, lo que quiere es conformar una entidad independiente entre este Continente y América o Asia.

 

Tras la declaración de guerra de EEUU a España, las alianzas en Europa bailaron en torno del botín. El 13 de mayo de 1898 el ministro británico Joseph Chamberlain proponía una alianza formal a EEUU. En junio, el gobierno español pidió a Alemania, Francia y Rusia que recibieran en depósito las Filipinas, lo que no aceptaron. Por el contrario, Alemania el 1 de julio de 1898 proponía a los Estados continentales europeos repartirse las islas españolas del Pacífico, y una semana después ofrecía lo mismo al embajador de EEUU. Añadiendo que a cambio de no haber respaldado Alemania a España –lo que, matizaba, había impedido el respaldo de los otros Estados–, EEUU debiera establecer una alianza con Alemania y no con Gran Bretaña:

 

«Sólo mediante una aproximación a Alemania podría EEUU, sin gastos para prepararse y sin poner en riesgo sus peculiares instituciones, realizar plena y completamente sus aspiraciones coloniales».

 

Alemania ofreció a EEUU un acuerdo de reparto de las islas españolas, reservándose para sí Samoa, las Carolinas y derechos marítimos sobre Filipinas y Perú. La respuesta del embajador Andrew D. White al ministro de Asuntos Exteriores alemán, Richthofen, fue auspiciadora:

 

«creemos que las aspiraciones alemanas son legítimas y vemos en la expansión territorial alemana un medio de aportar a la humanidad las bendiciones de la civilización».

 

El 8 de julio siguiente era el embajador alemán en Madrid quien informaba a Berlín que las islas españolas estaban disponibles. Richthofen le instruyó que se interesara por Filipinas, Zulús, las Carolinas y otras islas en el Mar del Sur, así como las de Fernando Poo y Canarias en el Atlántico. El 10 de septiembre el gobierno español acordaba en secreto con el de Alemania la venta de las Carolinas. En noviembre Madrid protestó porque EEUU, que ya había ganado la guerra, quería comprar Filipinas y Zulú por la simbólica suma de doscientos millones de pesetas, y de nuevo pidió la intervención de Alemania y Rusia. Ambas rechazaron toda mediación, Alemania insistiendo en la compra de las Ladrones (excepto Guam), Fernando Poo y una de las Islas Canarias. El 4 de febrero de 1899 se formalizó la venta a Alemania de las Islas Ladrones, más las Carolinas, Palau y una opción sobre Fernando Poo por veinticinco millones de ptas., aceptando Alemania renunciar a Canarias por temor de que su venta provocara el derrocamiento de la dinastía reinante en España.

 

Ocupados Puerto Rico y Cuba por EEUU, el general gobernador de esta última, Leonard Wood, escribía al presidente Theodore Roosevelt:

 

«bajo la enmienda Platt queda poca o ninguna independencia real para Cuba […]. Está completamente en nuestras manos, y creo que ningún gobierno europeo por el momento piensa que sea otra cosa distinta de una mera dependencia de Estados Unidos […]».

 

Mientras, en Filipinas morían cerca de 200.000 independentistas luchando contra la ocupación de EEUU…”

 

(continuará)

 

 

[ Fragmento de: Joan E. Garcés. “Soberanos e intervenidos” ]

 

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