sábado, 4 de marzo de 2023

 

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LENIN Y LA REVOLUCION

Jean Salem

 

[ 02 ]

 

 

 

(…) Retomando la tesis de los historiadores Lewis B. Namier y Alan John Percival Taylor, los nuevos trabajos de historiadores anglófonos aclaran sin embargo las condiciones en las que la URSS llegó a esta decisión. Muestran cómo la terquedad de Francia y de Gran Bretaña en su política de «apaciguamiento», dicho de otra manera, de capitulación ante las potencias fascistas, arruinó el proyecto soviético, proyecto que apuntaba a la «seguridad colectiva» de los países amenazados por el Reich. De aquí los acuerdos de Munich (29 de septiembre 1938), según los cuales París, Londres y Roma permitieron a Berlín anexionarse, dos días más tarde, los Sudetes. Aislada ante un III Reich que tenía en adelante las manos libres en el Este, Moscú firmó con Berlín (insisto, en agosto de 1939) el pacto de no agresión que la protegía provisionalmente. «La oposición de Chamberlain a una alianza con los soviéticos», así escribe Michael J. Carley, y sobre todo el «anticomunismo» (decisivo a cada fase clave desde 1934-1935), el «miedo a la victoria sobre el fascismo» que latía en los gobiernos británico y francés, asustados de que el rol dirigente que se prometía a la URSS en una guerra contra Alemania extendiese su sistema a todos los beligerantes, las múltiples prórrogas tendentes a la postre a dejar a Hitler las «manos libres en el Este», todo esto fue, «no solamente determinante para el fracaso de las negociaciones trilaterales del verano de 1939», sino que constituyó también «una de las causas mayores del desencadenamiento de la Segunda Guerra mundial». En cuanto al hecho de que Stalin hubiera reclamado a los occidentales, desde agosto-septiembre de 1941, la apertura de un «segundo frente» al Oeste (envío de divisiones aliadas a la URSS o desembarco en las costas francesas) y que tuviera que esperar por este segundo frente hasta junio de 1944, parece que sólo algunos antiguos dirigentes del Partido Comunista Francés, al menos en nuestras latitudes, lo cuentan aún en sus memorias.

 

A finales de marzo de 1945, quedaban 26 divisiones alemanas en el frente occidental contra 170 divisiones en el frente Este, donde los combates se encarnizaron al extremo5. Pero antes de esto, como lo recuerda en detalle el Livre noir de Ilya Ehrenburg et Vassili Grossman, judíos y eslavos (cuyo exterminio planificado por el III Reich llegó a alcanzar de 30 a 40 millones de individuos) perecieron por millares en Oradour-sur-Glane. Los novecientos días de asedio de Leningrado (julio 1941-enero 1943) acabaron con un millón de habitantes de los dos millones y medio que contaba la ciudad; de ellos más de 600.000 durante la hambruna del invierno de 1941-1942. En total, 1700 ciudades, 70.000 pueblos y 32.000 industrias fueron arrasados.

 

* Por lo demás, dos imposturas interesadas no han dejado de enturbiar las investigaciones sobre la Unión Soviética durante los últimos treinta años.

 

1º/ La primera consiste en presentar el anticomunismo como un análisis de la URSS. La sovietología fue muy a menudo la aventura del Pourquoi-Pas? «El problema del experto en asuntos soviéticos, escribía en este sentido Alain Besançon, no es primordialmente, como ocurre en otros dominios, poner al día sus conocimientos. Su mayor dificultad es dar por verdadero lo que algunos tienen por inverosímil, creer lo increíble» .

 

2º/ La segunda de estas imposturas consiste, según la expresión de Moshe Lewin, en «estalinizar» el conjunto del fenómeno, el cual, del principio al fin, nunca habría sido más que un inmenso «gulag» uniforme y persistente.

 

 

 

Ahora bien, y por empezar por el fin, estaríamos seguramente mejor informados si, a la vista de las diferentes fases, de los cambios de dirección, de las profundas transformaciones que han marcado la historia del socialismo real, habláramos no de un régimen sino más bien de regímenes soviéticos. ¿O es que no basta la eliminación del estalinismo en Rusia y del maoísmo en China para probar que la forma más despótica del ejercicio del poder no constituía ni un parámetro independiente de las circunstancias del momento (y de las tradiciones históricas) ni una patología incurable? A menos que se quiera comparar no sólo a Stalin con Hitler, sino también a Lenin con Hitler, a Kruchev con Hitler, a Brejnev con Hitler, etc. Después de todo, la prensa de nuestra chusca izquierda no tuvo empacho, a principios de los años ochenta, en recalcar el tema de un «nacional-socialismo pintado de rojo» a propósito de la Polonia del general Jaruzelski. Sin embargo nos parece más serio y mucho más conforme a la verdad admitir, con Moshe Lewin, que el sistema soviético ha existido «en dos o tres versiones» por lo menos. ¿La misma Hannah Arendt (una vez no hace costumbre) no ha intentado precisar su concepto fetiche, el del «totalitarismo», cuando escribió en su día que «Rusia no llegó a ser plenamente totalitaria sino después del proceso de Moscú, es decir, un poco antes de la guerra»? Esta tentativa de seriación merece ser destacada con cuidado, con emoción incluso, en una autora que no temió comparar el comunismo a un «dragón», ni presentar como perfectamente simétricas «ideología racista» e «ideología comunista»; en una autora que, en la más pura línea de la guerra fría, opinaba sin el menor comedimiento sobre el «mundo libre» y su «combate contra el totalitarismo», poniendo en práctica esa «difamación lingüística a priori», esos trucos del lenguaje que, como escribía muy acertadamente H. Marcuse, lejos de limitarse a definir al Enemigo, lo constituyen; y el Enemigo así creado no se muestra ya tal como es en realidad, sino tal y como hace falta que se presente para cumplir la función que le atribuye el orden establecido. Mientras que para quien se opone a este enemigo, añadía Marcuse, al revés, «el fin justifica los medios». Los crímenes (sobre todo los que el ejército USA cometió en Vietnam) «dejan de ser crímenes si sirven a la protección y a la extensión del “Mundo libre”».

 

 

* Tampoco podemos abordar aquí más que de pasada la gran pregunta cuyo solo planteamiento pasaría poco menos que por una duda sacrílega: ¿Es realmente serio declarar como lo hace Hannah Arendt (cuyo discurso, hasta una moda muy reciente, apenas si tuvo aceptación en Europa) que «los sistemas nazi y bolchevique» no son sino «dos variantes de un mismo modelo»?

 

En un libro que hizo mucho ruido en el momento de su aparición, se manejaba con raro brío esta forma más que expeditiva de unidad dialéctica de los contrarios. El prologuista de la obra citada, en absoluto se planteaba poner en cuestión la «singularidad de Auschwitz», para afirmar apenas unas páginas más adelante, nada menos que los regímenes comunistas habrían «cometido crímenes que alcanzaban alrededor de cien millones de personas, contra alrededor 25 millones al (sic) nazismo»…

 

(continuará)

 

 

 

[ Fragmento de: LENIN Y LA REVOLUCION / Jean Salem ]

 

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