lunes, 27 de diciembre de 2021


 

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Antonio Gramsci  / Cuaderno 11 (XVIII) 1932-1933.

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Introducción al estudio de la filosofía

 

[Advertencia]

Las notas contenidas en este cuaderno, como en los otros, han sido escritas a vuelapluma, para apuntar un breve recordatorio. Todas ellas deberán revisarse y controlarse minuciosamente, porque ciertamente contienen inexactitudes, falsas aproximaciones, anacronismos. Escritas sin tener presentes los libros a que se alude, es posible que después de la revisión deban ser radicalmente corregidas porque precisamente lo contrario de lo aquí escrito resulte cierto.

 

 

VI. Apuntes misceláneos

 

 

" < 50 >. Historia de la terminología y de las metáforas. La expresión tradicional de que la "anatomía" de la sociedad está constituida por su "economía" es una simple metáfora tomada de las discusiones que tuvieron lugar en torno a las ciencias naturales y a la clasificación de las especies animales, clasificación que entró en su fase "científica" precisamente cuando se partió de la anatomía y no ya de características secundarias y accidentales. La metáfora estaba justificada también por su "popularidad", o sea por el hecho de que ofrecía incluso a un público no refinado intelectualmente, un esquema de fácil comprensión (este hecho casi nunca se tiene debidamente en cuenta: que la filosofía de la praxis, proponiéndose reformar intelectual y moralmente a estratos sociales culturalmente atrasados, recurre a metáforas a veces "groseras y violentas" en su popularidad). El estudio del origen lingüístico-cultural de una metáfora empleada para indicar un concepto o una relación nuevamente descubierta, puede ayudar a comprender mejor el concepto mismo, en cuanto que éste es remitido al mundo cultural, históricamente determinado, en el que surgió, así como es útil para precisar los limites de la metáfora misma, o sea para impedir que ésta se materialice y se mecanice. Las ciencias experimentales y naturales han sido, en cierta época, un "modelo", un "tipo"; y puesto que las ciencias sociales (la política y la historiografía) trataban de encontrar un fundamento objetivo y científicamente adecuado para darles la misma seguridad y energía de las ciencias naturales, es fácil comprender que se haya recurrido a éstas para crear su lenguaje.


Por otra parte, desde este punto de vista, es preciso distinguir entre los dos fundadores de la filosofía de la praxis, cuyo lenguaje no tiene el mismo origen cultural y cuyas metáforas reflejan intereses distintos.

 

Otra observación "lingüística" está ligada al desarrollo de las ciencias jurídicas: se dice en el prólogo a la Contribución a la crítica de la economía política que "no se puede juzgar una época histórica por lo que ella piensa de sí misma", o sea por el conjunto de sus ideologías. Este principio debe vincularse a aquél casi contemporáneo por el que un juez no puede juzgar al acusado por lo que el acusado piensa de sí mismo y de sus propios actos u omisiones (si bien esto no significa que la nueva historiografía sea concebida corno una actividad de tribunal), principio que ha llevado a la reforma radical de los métodos procesales, ha contribuido a hacer abolir la tortura y ha dado a la actividad judicial y penal una base moderna.

 

A este mismo orden [de] observaciones pertenece la otra cuestión referente al hecho de que las superestructuras son consideradas como simples y caducas "apariencias". También en este "juicio" debe verse más un reflejo de las discusiones nacidas en el terreno de las ciencias naturales (de la zoología y de la clasificación de las especies, del descubrimiento de que la "anatomía" debe ser colocada en la base de las clasificaciones) que un derivado coherente del materialismo metafísico, para el cual los hechos espirituales son una simple apariencia, irreal, ilusoria, de los hechos corporales. A este origen históricamente verificable del "juicio" se ha venido en parte sobreponiendo y en parte incluso sustituyendo lo que se puede llamar una simple "actitud psicológica" sin alcance "cognoscitivo o filosófico", como no es difícil demostrar, en la que el contenido teórico es, escasísimo (o indirecto, y probablemente se limita a un acto de voluntad, que en cuanto universal, tiene un valor filosófico o cognoscitivo implícito) y predomina la inmediata pasión polémica no sólo contra una exagerada y deformada afirmación en sentido inverso (que sólo lo "espiritual" sea real) sino contra la "organización" político-cultural de la que tal teoría es la expresión. Que la afirmación de la "apariencia" de las superestructuras no es un acto filosófico, de conocimiento, sino sólo un acto práctico, de polémica política, se desprende del hecho de que no es postulada como "universal", sino sólo para determinadas superestructuras. Se puede observar, planteando la cuestión en términos individuales, que quien es escéptico para el "desinterés" de los otros, pero no para su propio "desinterés", no es "escéptico" filosóficamente, sino que hace una cuestión de "historia concreta individual"; el escepticismo sería tal, o sea un acto filosófico, si el "escéptico" dudase de sí mismo o de su propia capacidad filosófica, como consecuencia. Y de hecho es una observación obvia que el escéptico, filosofando para negar la filosofía, en realidad la exalta y la afirma. En el presente caso, la afirmación de la "apariencia" de las superestructuras significa solamente la afirmación de que una determinada "estructura" está condenada a perecer, debe ser destruida y el problema que se plantea es si esta afirmación es de pocos o de muchos, si ya es o está por convertirse en una fuerza histórica decisiva o si es puramente la opinión aislada (o aislable) de algún fanático aislado obsesionado por ideas fijas.

 

La actitud "psicológica" que sustancia la afirmación de la "apariencia" de las superestructuras, podría parangonarse con la actitud que se ha dado en ciertas épocas (¡también ellas "materialistas" y naturalistas"!) con respecto a la "mujer" y al "amor". Se veía a una graciosa jovencita, dotada de todas aquellas cualidades físicas que tradicionalmente provocan el juicio de "amabilidad". El hombre "práctico" valoraba su estructura "esquelética", la amplitud de la "pelvis", trataba de conocer a su madre y a su abuela, para ver cuál probable proceso de deformación hereditaria sufriría con los años la actual jovencita, para tener la posibilidad de prever qué "mujer" tendría después de diez, veinte, treinta años. El joven "satánico", ateniéndose al pesimismo ultrarrealista, habría observado a la jovencita con ojos "de escalpelo": la habría juzgado "en realidad" un puro saco de podredumbre, la habría imaginado ya muerta y enterrada, con "las órbitas fétidas y vacías", etcétera, etcétera. Parece que esta actitud psicológica es propia de la edad inmediatamente posterior a la pubertad, ligada a las primeras experiencias, a las primeras reflexiones, a los primeros desengaños, etcétera. Sin embargo es superada por la vida y una "determinada" mujer no suscitará ya tales pensamientos.

 

En el juicio de "apariencia" de las superestructuras hay un hecho del mismo género: un "desengaño", un seudopesimismo, etcétera, que desaparece de golpe cuando se ha "conquistado" el Estado y las superestructuras son las del propio mundo intelectual y moral. Y de hecho estas desviaciones de la filosofía de la praxis están ya en gran parte vinculadas a grupos de intelectuales "vagabundos" socialmente, desencantados, etcétera, desanclados, pero dispuestos a anclarse en cualquier buen puerto…”

 

(continuará)

 

 

[Fragmento de: A. GRAMSCI. “Cuadernos de la cárcel. Tomo 4”]

 

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