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DE LA DECADENCIA DE LA POLÍTICA EN EL CAPITALISMO TERMINAL
Andrés Piqueras
(50)
PARTE II
Del in-politicismo teórico-práctico
Laclau y Mouffe
Capítulo 10
UN REPASO A LOS PORQUÉS DEL (ÉXITO DEL) POPULISMO
Y A SU CONVERSIÓN EN BASAMENTO DE LOS
“POSTMARXISMOS”
(…) Repitamos una vez más el argumento: el declive del valor-capital, la paulatina ruina de la sociedad de la mercancía, reduce los márgenes de la política (institucional) y por tanto la posibilidad de incidencia de la sociedad en ella (proceso que ha dado lugar a la que se ha venido designando como fase “postpolítica”; aunque en realidad sería más preciso llamarla “postdemocrática”). Eso quiere decir que el Sistema segrega in-política, sobre todo como “anti-política”, en el cuerpo social, en cuanto que expresión de la dominación de clase, anegando el imaginario colectivo. Derechas e izquierdas del Sistema, organizadas para la contienda en la política institucional –contácticas por lo general restrictivamente electoralistas– devienen cada vez más, entonces, por fuerza, “populistas”. Resulta lógica también, por ende, la coincidencia de dos grandes líneas izquierdistas postmodernas de entender la política:
a. Los ya explicados “izquierdismos populistas integrados e integradores”, capaces de combinar las aparentes contradicciones de horizontalismo y liderazgos carismáticos, democratismo y consignas verticales, calle y poltronas. Éstos sí buscan al Estado, para ocuparle (que no transformarle ni liquidarle), pero a cambio carecen de un proyecto fuerte. Cualquier envite les deja sin respuestas frente a los Grandes Poderes. Porque no cimentaron tejido social consistente, porque no vienen de organizaciones sólidas y arraigadas, porque no surgen de sujetos universalistas previamente constituidos, porque no construyeron fuerza social.
b. Los “izquierdismos basistas” y su síndrome del horizontalismo, sobre los que entraré un poco más abajo, en este capítulo.
“La crisis de la izquierda es un caldo de cultivo perfecto tanto para el pragmatismo posibilista como para el refugio en el gueto político. No obstante, no existe una simple oposición ni contradicción entre ambas vías, sino una doble relación bastante evidente que las vincula. En primer lugar, ambas son respuestas en falso a la derrota de la izquierda, ambas asumen e integran como tales una parte de la ideología hegemónica. Si el realismo de izquierda asume el típico reduccionismo de la exclusividad de la política del Estado, desde el radicalismo movimientista se adopta también una posición antipolítica operando el reduccionismo contrario, pero realizando igualmente la separación liberal entre la sociedad civil y la sociedad política. En segundo lugar, ambas tendencias surgen históricamente a partir de una aceptación por parte de la izquierda de la despolitización de la economía y una ocultación del antagonismo de clase, lo que supone una aceptación implícita de que el capitalismo ha venido para quedarse. En tercer lugar, el realismo de izquierda se complementa bastante bien con unos movimientos sociales declaradamente apolíticos. Una izquierda de base apolítica que se fortalece pero que no tiene un proyecto alternativo de sociedad a nivel del Estado, ni tampoco tiene capacidad para hacerlo desaparecer u organizar la sociedad de otra manera, requiere de una izquierda estatal adecuadamente segregada, carente de espacios de intermediación (…) El autonomismo busca una transformación utópica renunciando a hacerlo en una escala en la que sea realmente significativa, mientras que el realismo de izquierda supone una renuncia formal a cualquier transformación sustantiva. No son lo mismo, pero son un síntoma de lo mismo, de la ausencia de un cuerpo para un sujeto político, de la ausencia de una voluntad política de transcender la sociedad capitalista” (Romano y Díaz, 2018).
Los izquierdismos basistas, cuando logran mantenerse no incorporados al populismo, se hacen, en parte como reacción, en parte como profesión de fe anarquista, en parte como efecto de la propia ideología metabólica, crecientemente “anti-políticos” en propios términos declarativos. Este es el regalo envenenado de la “in-política” (con sus expresiones tardías de “postpolítica” e “infrapolítica”) que segrega el Sistema: no hay necesidad de la lucha política para conseguir emanciparse de las relaciones sociales del capital. Eso de conquistar poderes institucionales y mucho menos el del Estado es cosa no sólo inviable y sin importancia, sino incluso reprobable (si tomamos los poderes no haremos sino reproducir poderes). Por eso en vez de asaltar esos poderes, debe bastarnos con controlar y vigilar a los existentes, o aún más descabellado, deshacerles mediante cambios individuales. Se trata de llevar a cabo, simplemente, la negación de los Poderes (y como infantes que al cerrar los ojos creen que nadie les ve, esperar que los Poderes dejen de existir), más que de albergar un proyecto político alter-sistémico coherente.
Y los Poderes mientras tanto, claro está, frotándose las manos.
Esa izquierda ideal es la misma que celebra el colapso de las experiencias rupturistas con el capitalismo como un triunfo de la libertad, acoge como una bendición el supuesto fin del Estado, busca la solución de los problemas sociales en el pretendido empoderamiento ilimitado de los individuos a través de la ampliación de los derechos individuales. Cree que la realidad y el mundo pueden ser cambiados ‘partiendo de cada quien’, haciendo cambios moleculares, siempre horizontales, sin consideración de los elementos fácticos que oprimen tanto cuerpos como voluntades. Pretende, en definitiva, la enajenación de la política respecto de la sociedad, como si fueran esferas no sólo separadas sino incompatibles (Formenti, 2020).
Buscando la solución en cuestiones entre místicas y anacoretas, en todo caso tan peregrinas como ‘el nomadismo’, el ‘éxodo’, la experimentación de un ‘poder destituyente’ en el interior de cada persona, ‘nocturnidades’ o ‘agujeros en la noche’. Utopismos de nuevo tipo que, como los del siglo XIX, pretenden conseguir mundos nuevos desertando de cualquier mediación (Garo, 2019). Hostiles a toda forma de organización estable y regulada, terminan por cambiar las formas delegativas de decisión por la apariencia de democracia permanente que proporcionan los referenda en movimientos a los que cada quien se vincula o participa “a la carta”, por lo general intermitentemente y con una gran variedad de niveles de compromiso, aunque para la mayoría el mismo resulta ser bajo o muy bajo, con lo que a la postre tienden a ser unas escasas minorías las que terminan decidiendo. La ausencia de cuerpo militante y organizado lleva a que por lo común estas expresiones movimientistas desaparezcan de la misma manera que aparecieron, como llamaradas fugaces.
Confundiendo en todos los casos lo político-institucional con la Política en toda la completitud de sus dimensiones, presente incluso para decidir enfrentar o no los imperativos de la mercantilización, monetarización y valorización que conforman el metabolismo social, el proceso de producir y asignar la plusvalía, como la propia riqueza social en todas sus manifestaciones. Frente a la ilusión de la insurrección y de la unidad espontáneas, la Política media siempre la actividad social, así como la interacción de ésta con el hábitat; también en cómo se reajusta con todo ello la propia constitución de los agentes sociales y de la conciencia.
Como quiera, sin embargo, que los “post-marxismos” (como los “neo marxismos”) se precian de desconsiderar la importancia de los factores materiales en las divisiones internas que sacuden a los agentes sociales y en los procesos de formación de conciencia que les son más probables, de sus planteamientos luego trasladados a la agencialidad social emana una suerte de retorno a la “clase universal”, al mito de la sociedad unida, “la comunidad de iguales” más allá de las clases; se proclama al neo-pueblo (variante “post” de la multitud) como la clase-no clase que incluye o representa a todas las demás, predispuesta tan permanente como naturalmente a la liberación. Es como si hubiéramos pasado de una fase de clases sin luchas (keynesiana) a otra de luchas sin clases (“biocapitalista”) (Balibar, 1997). Mas la “clase universal” no existe en ningún modo de producción clasista, y en todo caso un pueblo, como alianza de clases, como población consciente de los factores de explotación dominación a los que está sometida y que opta por superar, es algo muy arduo de construir, que requiere muchas dosis de Política en grande (en el tejido social metabólico del capital), además de tender a ser una construcción reversible e inestable.
Al populismo integrador de izquierdas poco le inquieta todo ello, pues “no tiene otro objetivo que hacerse con la maquinaria del Estado para dar un giro en las políticas del neoliberalismo, como ha expresado Chantal Mouffe mucho más explícitamente que Laclau en multitud de artículos y entrevistas. Esta creencia en la posibilidad de ‘usar’ el Estado contra la minoría dirigente (la casta) procede del planteamiento de autonomía de las estructuras de la sociedad, cuya naturaleza no está definida y son sólo un producto ‘relacional’ de la articulación de diferentes elementos” (Sanz: 2015).
Aquí es donde se ve en todo su esplendor la “ingenuidad” laclauniana respecto de que se puede usar el Estado contra la clase dominante sin una profunda transformación estructural y de correlación de fuerzas, sin daños ni costos sociales ni políticos para las poblaciones implicadas. Forma parte de esa aséptica ingeniería social que pretende su populismo y que quiere hacer creer a las gentes que instituciones y poderes sistémicos se suicidarán sin presentar batalla. Basta con tener capacidad de construir un relato fuerte, aglutinante, tener una gran capacidad de convencer, y después votar y salir a la calle con globos y silbatos, porque Laclau, a la postre, define al capitalismo no como un modo de producción, con Poderes sistémicos letales enraizados en su metabolismo, sino como una formación hegemónica, susceptible de ser modificada discursivamente.
Cuán diferentes eran los planteamientos de Gramsci, para quien las clases subordinadas (en cuanto que “bloque histórico”) no “toman el poder”, se hacen Estado para que transitoriamente, mientras existe, deje de ser una entidad distinta de la sociedad. Es la dinámica expansiva de la sociedad que, con palabras claras y sencillas, Gramsci denomina “transformación molecular de los grupos dirigidos en grupo dirigente” (en Burgio, 2007). Para ello hay un reto ineludible, que consiste en levantar formas de organización de nuestras fuerzas que sean capaces de contener las reacciones de las viejas clases dominantes, que enfrenten sus contrarrevoluciones, que además encuentren asociados en las distintas capas sociales y poderes que se tambalean con el proceso emancipatorio, pero que al tiempo no limiten la propia expansión emancipatoria de cara a la superación de la sociedad del capital Formenti (2020). Casi nada. Un reto demasiado grande para tanta pequeñez in-política, por lo que en vez de ocuparse mínimamente de ello, los “post” y “neo” marxismos (como tanta teoría movimientista-autonomista “postmoderna”) se complacen demasiado a menudo en formular abstracciones diletantes, ajenas a cualquier praxis sociopolítica tangible, recreándose bien en sus populismos, bien en sus “basismos” inofensivos. Mientras, el modo de producción capitalista profundiza sin descanso y sin freno la destrucción de la sociedad y el hábitat planetario (Piqueras, 2017). Porque en tanto no se interrumpa al menos la coordinación política de sus procesos metabólicos, un capital en degeneración se hace necesariamente más despótico y destructivo. ¿Cómo vamos a conseguir a gran escala “horizontalidades”, “comunes”, “sinergias”, “desbordes”, “relaciones espontáneamente bonitas” en medio del estado de excepción permanente (cada vez más literal) al que hoy nos somete el capital?
Recordemos:
“La pérdida de confianza en la acción política no ha provocado un despertar libertario sino que ha producido el fortalecimiento del polo del capital durante décadas” (Waites, 2004).
Termino aquí con esta densa cita de Nahuel Martín:
“La visión pluralista o posmoderna de una multiplicidad de luchas no centradas en una contradicción fundamental conduce probablemente al abandono de todo horizonte emancipatorio para la acción y a la ampliación de derechos democráticos en el marco del capitalismo como aspiración máxima de una política de izquierdas. Contra esta visión, mostramos que la sociedad moderna está organizada en sentido de totalidad, que posee una contradicción estructural (entre su forma actual y las potencialidades liberadoras que encierra pero no puede realizar), que la ‘multiplicidad’ de políticas de la identidad o la subjetividad de los nuevos movimientos sociales inhiere en esa contradicción estructural; que las contradicciones de la lógica capitalista están ligadas indisolublemente a la dominación de clase de la burguesía. Lejos del pluralismo que niega la prelación omnicomprensiva de la lógica del capital, intentamos mostrar que hay una contradicción estructural y global en el despliegue del proyecto de la modernidad y que los nuevos movimientos sociales están irresolublemente ligados a esa contradicción. Esto significa que sus políticas pueden aportar significativamente al despliegue del proyecto marxista de la emancipación social, comprendida como el desarrollo de la multilateralidad de las capacidades humanas más allá de las coacciones estructurales de la lógica del capital. Por otra parte, nuestro análisis intenta integrar la crítica de la dominación de clase, mostrando que la dinámica capitalista no se limita al fenómeno de la explotación. La explotación de clase en el capitalismo está imbricada estructuralmente con las contradicciones objetivas y subjetivas de la dinámica del capital y ambas son indisociables. Esto significa que no es posible analizar la dinámica de la sociedad moderna desconociendo la lucha de clases; pero, al mismo tiempo, no hay una relación de causalidad mecánica entre la lucha de clases y los fenómenos de la subjetividad, la ideología, la cultura o la identidad. La relación entre ambos planos, en cambio, es de imbricación estructural.
El capitalismo supone tanto un régimen de explotación como una mutación del vínculo social. Ambos están asociados irremediablemente y todo proyecto emancipador anticapitalista debe articular la lucha de clases (entendida como lucha por la abolición del trabajo proletario antes que como lucha por reducir cuantitativamente la explotación) y la disputa por la construcción de formas de identidad y subjetividad capaces de realizar el proyecto de la autodeterminación individual y colectiva más allá de los límites del capital (antes que como lucha por la ampliación de derechos democráticos en el marco del capitalismo). Esas dos caras de la disputa están ligadas estructuralmente y constituyen el doble signo de toda política anticapitalista consistente” (Martín, 2014).
Si el capitalismo tiende a clausurar la política dentro de los márgenes del valor, la decadencia de éste le hace estrechar cada vez más la política. Una manera de mostrar ese achicamiento pasa por inyectar in-política o directamente anti-política en el cuerpo social, incluyendo, claro está, al ámbito académico. Con ello se consigue la unilateralidad de la Política, que quede en manos exclusivamente de unas u otras de las personificaciones del capital o de sus agentes, dejando cada vez más indefensa al resto de la sociedad. Enfrentar todo ello requiere de una gran reconstrucción de la Política en la totalidad de sus dimensiones metabólicas, esto es, tanto moleculares como meso-estructurales como rectoras, teniendo en cuenta que el propio movimiento del valor-capital proporciona aperturas indeseadas para las personificaciones del Capital, trastoca posiciones, identidades e intereses, permitiendo moverse también a la sociedad en función de las grietas, fracturas, des-identidades y marginaciones que ese movimiento va dejando. Los movimientos de la sociedad contra los movimientos del valor pueden desarrollarse en torno a una alta variedad de divisiones internas al todo, pero siempre estarán condicionados por ese todo, y cualquier proyecto emancipador no puede centrarse en una sola de sus fracturas o fallas, sino en la totalidad capitalista. Engarzar emancipatoriamente esas fracturas nunca es sólo una cuestión discursiva, hay siempre que partir del antagonismo intrínseco que entraña la reproducción ampliada de capital y saber identificar las contradicciones básicas a partir de las que nacen los agentes más decisivos en cada fase-forma del capital, como expresiones concretas de ese antagonismo, para poder articular con real potencialidad transformadora las múltiples, expresiones de fractura que le acompañan.
CUADRO 10. Resumen: algunas consideraciones sobre el populismo de izquierdas a partir de Laclau, siguiendo
especialmente la visión de Romano y Díaz (2018)
El carácter plural y multifacético de las luchas sociales con temporáneas (ha de entenderse posteriores a los años setenta) habría disuelto el fundamento último del imaginario político basado en sujetos universales y una historia singular. La propia lógica del capital es cuestionada desde la perspectiva neomarxista. El desarrollo del capitalismo –si este término tiene algún sentido en la teoría de estos autores– no sería el efecto de las leyes de la competencia y de las exigencias de la acumulación. Al final, el desarrollo de las fuerzas productivas o el proceso de trabajo serían solamente ámbitos de lucha política que pueden ir en una dirección o en otra. Esto conduce a la idea de la autonomía de lo político. Lo polí tico contaría con una autonomía respecto de la estructura económica. No existiría una determinación de la esfera política por la cuestión económica, por lo que la crisis del capitalismo, los procesos de proletarización o el papel de la burguesía nacional pasarían a ser fetiches marxistas sin unas implicaciones políticas que vayan necesariamente en uno u otro sentido. Se plantea, así, una lógica antiesencialista, de la contingencia, y la superación del carácter clasista de los agentes sociales.
Enlazando con el postmarxismo, la hegemonía sería el campo en el que se articulan una variedad de luchas autónomas y reivindicaciones particulares entre las que se establece una lógica de equivalencia. Así, Laclau y Mouffe proponen una redefinición del proyecto socialista en términos de una radicalización de la democracia liberal. La nueva misión de la izquierda no sería luchar contra la ideología liberal democrática sino lo contrario, profundizarla y expandirla en la dirección de una democracia plural y radicalizada. Una democracia que articule la irreductible multiplicidad de luchas contra diferentes tipos de subordinación: de clase, sexual, étnica, ecológica, etcétera. Pero esa misma postura implica renunciar a la politización de la economía, asumir los principales presupuestos del liberalismo incluyendo la independencia de la esfera política del Estado y eliminar el foco del antagonismo principal en las clases sociales. En última instancia, esto conlleva a renunciar a plantear una crítica al capitalismo y a proponer un horizonte no capitalista para la sociedad. La política, entonces, se reduce a una serie de estrategias oportunistas para conseguir una precaria hegemonía (“hegemonía débil”), con lo que los autores sustituyen la teoría revolucionaria por una teorización de la demagogia politica. Pero como afirma Eagelton contra Laclau y Mou e, la relación entre ciertas posiciones sociales y ciertas formas políticas es necesaria, lo que no quiere decir que sea inevitable o automática. Las preguntas a hacerse aquí serían, ¿Hegemonía para qué? ¿Poder para qué? Por sí solos se reducen a un mecanismo para lograr la consecución del poder que se desentiende del problema fundamental, es decir, para qué usar el poder.
La política antipolítica es finalmente el triunfo de las ideas liberales de izquierda, que sostienen que los ideales burgueses de libertad e igualdad son propiedades reales y autónomas alcanzables mejorando el modelo de democracia liberal y economía de mercado. Marx, por el contrario, sugiere que la dimensión ideológica de la libertad y la igualdad liberales está incrustada de manera intrínseca en la realidad capitalista, como mecanismo de ocultación del carácter irrealizable de esta libertad e igualdad en el Sistema. Parafraseando a Jameson, lo único que puede ocurrir es que desaparezca el sistema que las genera para abolir los ideales de libertad e igualdad junto con la práctica de ausencia de libertad y de desigualdad.
En consecuencia, el populismo, lejos de ser lo político en tanto tal, siempre implica una despolitización, una naturalización de la política, en tanto que elimina el antagonismo interno que hace posible un acto realmente político. Reivindica la revolución, en teoría, pero la repudia en la práctica. El intríngulis sin salida, en general, del postmarxismo asociado al espontaneísmo autonomista es la renuncia a la revolución, al quedarse con el momento bonito no asumiendo los problemas, conflictos y la “inmoralidad” que implicaría la revolución. Autonomismo y posibilismo no están dispuestos a pagar el precio de una transformación radical de la sociedad. Haciendo eco del discurso liberal anticomunista de la Guerra Fría, asumen que aquélla implica necesariamente el terror, frente al cual es mejor acomodarse al orden positivo existente. Consiguientemente, el libertarismo posmoderno abre caminos para la política fuera del fetiche del Estado, al mismo tiempo que cierra otros que hacen imposible el desarrollo exitoso de una subjetividad política con capacidad de llevar a cabo una transformación social duradera y a una escala relevante.
Infortunadamente, las elaboraciones “neo” y “post” marxistas impregnan de forma creciente el cuerpo teórico-práctico de los principales movimientos transformadores de la sociedad, como el feminista y el ecologista, pero también los anti-racistas, des-coloniales o post-coloniales, antiglobalistas, cooperativos y un demasiado largo etcétera.
Aquí nada más voy a hacer unos breves comentarios al respecto de algunos de ellos (para los que habrá que dedicar mayor detalle en una próxima ocasión, así como para otros de esos movimientos que ahora no podremos abordar). Sólo me referiré, pues es el objetivo de esta obra, a los aspectos práxicos de los mismos en el camino de la transformación sistémica emancipadora…
(continuará)
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