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DE LA DECADENCIA DE LA POLÍTICA EN EL CAPITALISMO TERMINAL
Andrés Piqueras
(46)
PARTE II
Del in-politicismo teórico-práctico
Capítulo 9
DE LA FUTILIDAD DE LOS “POSTMARXISMOS”
Por lo general, los autodenominados “postmarxismos” comienzan con una presentación grotesca y sumamente reduccionista de Marx y del marxismo, para luego presentarse a sí mismos como superadores de aquellas imperdonables carencias y determinismos, de esa “filosofía de la historia” y sus consecuentes principios teleológicos, de la esencialidad de los sujetos inserta en esa “tradición” y otras tergiversaciones similares. Empeñados en la lectura más constreñida de Marx, que en adelante llamaré “rácana” (término que recoge a la vez los sentidos de “mezquindad” en la interpretación –reduccionista– y de “haraganería” para hacer esfuerzos analíticos a partir del material dado), quieren persuadir a quienes les leen o escuchan, por contra, de la superioridad de sus propuestas teóricas, presentadas como un avance ante tanta “ortodoxia”, “mecanicismo” y “esencialismo” (alardes que comparten en cierta medida con los neomarxismos vistos).
Nadie como Laclau y Mouffe para ejemplificar todo ello. Esta pareja de autores parten de tres manipulaciones básicas del marxismo, que hacen identificar con tres tesis de Marx(Laclau y Mouffe, 2011):
a. La condición del carácter endógeno de las leyes de la economía, mediante la tesis de la neutralidad de las fuerzas productivas. Atribuyen a Marx la concepción de que la fuerza de trabajo es una mercancía como cualquier otra, y el desarrollo de las fuerzas productivas un proceso neutro.
b. La condición de la unidad al nivel económico de los agentes sociales, mediante la tesis de la homogeneización y pauperización crecientes de la clase obrera.
c. La condición de que las relaciones de producción sean el locus de “intereses históricos” que trascienden la esfera de la economía, mediante la tesis de que la clase obrera tiene un interés fundamental, en el socialismo, que la convierte automáticamente en sujeto revolucionario.
Pero ninguna de esas claves que se atribuyen a Marx es cierta. Veámoslas una a una.
Sobre la primera falsa atribución a Marx hay que incidir de nuevo especialmente (también frente a los neomarxistas que hemos visto más arriba) en que Marx destacó en su obra cumbre el carácter dual del modo de producción capitalista. El proceso D-M-D’ que está implícito en el movimiento del valor-capital, requiere de una intervención político disciplinaria explícita, precisamente porque la fuerza de trabajo es una mercancía especial, la única que es capaz de generar plusvalor al trabajar, y que ofrece siempre una resistencia (latente o manifiesta) contra su explotación. Decir que Marx consideró a la fuerza de trabajo como una mercancía más es, además de un absurdo, un intento de tirar por la borda, malintencionadamente, toda su praxis (y por tanto su vida), y con ella la razón de ser del marxismo. Porque Marx no dejó de insistir en que la organización de la producción está siempre concebida de la manera que mejor pueda contrarrestar las luchas del Trabajo; la propia aplicación del desarrollo tecnológico se efectúa para debilitar la resistencia laboral, de donde Marx deduce la no neutralidad de la ciencia y la tecnología, insistiendo en que están permeadas por las relaciones de clase y sosteniendo que el proceso productivo está condicionado de principio a fin por el carácter antagónico de la explotación capitalista, por la relación de clase Capital/Trabajo, como personificaciones de esos “factores de producción” de la economía clásica. Es difícil, por tanto, dejar de preguntarse sobre la honradez de la interpretación de los autores postmarxistas (¿o anti-marxistas?) al respecto (Geras, 1987).
En cuanto a la segunda tesis es importante desmontarla de una vez por todas, porque ha sido insistentemente esgrimida desde diferentes posturas discrepantes con Marx. En realidad, de la combinación de las premisas o tesis señaladas, se deriva el argumento de Laclau y Mouffe sobre que el marxismo pensó poder deducir, como una consecuencia necesaria, la existencia de un sujeto unívoco dotado de una conciencia de clase, orientado a poner fin al capitalismo. En una palabra, el marxismo adolecería de fundamentalismo...
“término básico en la crítica postmarxista del marxismo, y debido a ello cada vez sería menos adecuado para comprender las formas de subjetivación y las coyunturas políticas contemporáneas. En otras palabras, el fundamentalismo no es más que un intento, ilusorio en el terreno analítico y vano en el terreno práctico, para superar la indeterminación de lo social y la descentralización de las formas de subjetivación. Frente a ello, el postmarxista pone por delante el papel constitutivo de las articulaciones discursivas, totalmente ajenas a lo social y las únicas susceptibles de superar, de un modo parcial, contingente y temporal, su estallido inherente y dar lugar a formas de subjetivación” (Kouvélakis, 2019: s/p).
Tales puntos de partida de la crítica postmarxista resultan tanto más inverosímiles cuanto que toda la obra de Marx y Engels está dedicada a explicar el punto materialista de concepción de la realidad contra cualquier tipo de esencialismo. Marx no sostuvo una concepción ni “esencialista” ni “determinista” de la clase obrera como una entidad unitaria, “sino precisamente su radical historicidad e inserción en un determinado plexo de relaciones productivas y, por tanto, sociales (…) Y si la clase obrera adquiere en el marxismo el aspecto de ‘privilegiada’ no es porque neutralice una ‘pluralidad contradictoria’, como sostiene Laclau, sino porque en la época del capitalismo industrial es capaz de acogerla en sí” (Sánchez Berrocal, 2019). Es decir, se trata de un análisis dialéctico (algo de lo que carecen los ensayos de Laclau y Mouffe) y no ontológico, que además se anticipa mucho a las tesis de estos autores sobre los procesos de construcción de la hegemonía. Sobre si su situación de clase fundamental –en cuanto que es resultado de la relación básica que constituye el capitalismo–, da lugar indefectiblemente a un sujeto revolucionario, de nuevo nos las vemos con una grave falta de rigor interpretativo. El marxismo aporta una base sistemática y coherente para los objetivos socialistas cimentada en una teoría del movimiento histórico (que no, repito, en una filosofía de la historia) y los procesos sociales concretos. Los objetivos del socialismo se evidencian como posibilidades históricas reales en función de las condiciones de desarrollo de las fuerzas productivas dentro de las que se cuentan las propias fuerzas sociales de agencialidad y conciencia. En ese desarrollo de fuerzas productivas, la clase que vive de ser explotada a través del trabajo abstracto (que va mucho más allá de la tradicional “clase obrera”) tiene grandes posibilidades de liberar al conjunto de la sociedad si es capaz de acabar con su propia explotación, preparando con más probabilidades un tipo de sociedad en donde otras formas de explotación también vayan siendo,eliminadas o, al menos, considerablemente atenuadas. Como quiera que el núcleo central del Poder y de la Explotación capitalista radica en la generación de valor como plusvalor, es a través de la supresión de tal núcleo que se puede superar el propio capitalismo. ¿De ahí se deriva que “la clase obrera” sea per sé un sujeto unificado en torno a una conciencia de clase revolucionaria? Nada más lejos, desafortunadamente. Engels y Marx no pararon de lidiar con los problemas de la formación de conciencia de clase y organización política. ¿Para qué si no molestarse en redactar el Manifiesto Comunista, en promover permanentemente la formación y concienciación de la clase obrera y de las otras clases que en ese tiempo vivían de su trabajo? ¿Para qué fundar la I Internacional, si no era para intentar dotar de una plasmación revolucionaria a las condiciones de resistencia y lucha del salariado, al antagonismo básico que se desprende de su condición de fuerza de trabajo generadora de plusvalía para otros, y conseguir una conjunción de sujetos en torno a ello? De creer que tal conciencia y unidad eran mecánicas, les hubiera bastado con cruzarse de brazos a esperarlas. ¿De dónde, y esto nos permite enlazar con la tercera tesis arriba apuntada, sacan los autores postmarxistas que los intereses vienen dados “esencialmente” para el marxismo? Los intereses están mediados por todo tipo de interpelaciones socio-históricas y por su traducción en forma de conciencia.
Partiendo de la premisa materialista elemental de que los procesos o actividades a través de las que las personas se procuran los medios de vida están en la base de sus condiciones de conciencia, Marx insistió en que en la situación de explotación extensiva en las que se estaba desarrollando el primer capitalismo, el paso de la subsunción formal a la subsunción real del trabajo al capital, con jornadas de más de 16 horas y durísimas condiciones laborales, que también afectaban a las mujeres y a la infancia, era la condición laboral (asalariada) que más “interpelaba” a las personas. No hay ninguna ontología en ello, sino pura dialéctica histórica, análisis de situación y de fase, del contexto estructural. Si las formas de conciencia están ligadas a las condiciones de existencia, en el capitalismo estas últimas están dadas principalmente por el empleo y las relaciones dentro del empleo en cuanto que trabajo abstracto, para una amplia parte de la sociedad (en el primer capitalismo también para muchas mujeres, niños y niñas).
Trascender las condiciones de explotación laboral resulta un interés “objetivo” que no tiene porqué traducirse en intereses reconocidos ni perseguidos. Siempre se calibran posibilidades, riesgos, logros intermedios, objetivos inmediatos, amén de todo otro tipo de condicionantes. Y eso no tanto (y en cualquier caso, no sólo) como “falsa conciencia”, sino porque las posibilidades se sopesan y los intereses se definen y reajustan en función de las contingencias inmediatas tanto personales como del orden metabólico en que se está inmerso, así como del “precio” de combatirlo. Si no consideramos, además, la profunda influencia sobre los intereses de las formas ideológicas dominantes ¿dónde quedan entonces los análisis de Marx sobre la ideología dominante y la conciencia de clase?, ¿dónde la cambiante correlación de fuerzas entre las clases y sus resultados en forma de avances y retrocesos sociales?, ¿dónde toda su teoría sobre la alienación y misticismo-fetichismo de la sociedad capitalista? De cierto, como resultado de las luchas históricas del movimiento obrero (y el logro de la Revolución Soviética), el capitalismo híbrido, dicho “keynesiano”, proporcionó durante un tiempo a las poblaciones de las formaciones sociales centrales (que no dejaron de ser exclusivas minorías mundiales) suficientes mejoras socio-laborales como para que los “intereses” de clase de gran parte del Trabajo se vieran temporalmente vinculados a la (creencia en la) reforma permanente del capitalismo hacia el “Bienestar”. En ello centraron sus intereses la mayor parte de las clases trabajadoras europeas, hasta hoy mismo, y por extensión –dado que el capitalismo avanzado funge como modelo de aspiración de logros–, buena parte de las del resto del mundo, a pesar de las muestras en contrario proporcionadas por crisis cada vez más frecuentes, duraderas e intensas.
Digamos, para resumir, entonces, que si hay un interés “objetivo” en el socialismo de las clases subalternas no sólo es por conducir a la emancipación del trabajo abstracto y de la explotación, sino también porque está imbricado en las condiciones socio-históricas del capitalismo que propician la socialización de la producción y por ende también la posibilidad fehaciente de socialización de los medios de producción. Sin embargo, la plasmación subjetiva de esos intereses no deviene automáticamente de tales condiciones, sino que queda condicionada a las luchas de clase y a los cambiantes resultados de las mismas. Es decir, que el “interés objetivo” debe pasar por su concreción en forma de proyecto-conciencia y por tanto en meta, proceso que en ningún caso es fácil ni irreversible. Por otra parte, tal “interés” no es esencial, porque ni el socialismo es una realidad predestinada en la historia, aun en el caso de que pudiera estar posibilitado por el propio capitalismo, ni tampoco está determinado que aun siendo una forma posible de organizar las sociedades se pudiera alcanzar, y todavía menos universalmente.
“No hay una relación lineal entre la defensa de los intereses inmediatos de la clase trabajadora históricamente autoconstituida y autoafirmada y la superación del capitalismo. La política revolucionaria del proletariado no supone refrendar su posición inmediata en la sociedad sino negarla y superarla. La posibilidad de una política proletaria que articule la tensión entre intereses inmediatos (capitalistas) y aspiraciones históricas (revolucionarias) de la clase trabajadora, por lo tanto, continúa siendo de central importancia para la crítica (teórica y práctica) del capital. En esta reformulación, la lucha emancipatoria de la clase trabajadora es fundamentalmente la lucha contra la desposesión capitalista que separa a los productores inmediatos de los medios de producción. Sólo que esa lucha no aspira a volver a las formas ‘premodernas’ de dependencia personal directa, sino a construir una modernidad alternativa que supere los antagonismos estructurales del capitalismo y realice las posibilidades de multilateralidad humana que este modo de producción habilita y obtura a la vez” (Martín, 2014).
De ahí que, como vengo diciendo, el propio Marx subrayara la imposibilidad de una teoría histórico-filosófica general. Ésta nada tiene que ver con el estudio materialista de la Historia, que precisamente alude a las múltiples salidas que dejan las interacciones entre los condicionamientos infraestructurales y las formas culturales-económicas humanas que los enfrentan, así como las diferentes posibilidades de respuesta sociocultural y política que abren las pugnas endógenas a las propias sociedades desigualitarias en torno a la relación de clase y otras divisiones sociales.
Me permito aquí, para finalizar la contra-argumentación de los puntos citados, esta larga cita de Borón (2019):
“Cuatro siglos después de Copérnico, Marx produciría una revolución teórica de semejante envergadura al echar por tierra las concepciones dominantes sobre la sociedad y los procesos históricos. Su genial descubrimiento puede resumirse así: la forma en que las sociedades resuelven sus necesidades fundamentales: alimentarse, vestirse, abrigarse, guarecerse, promover el bienestar, posibilitar el crecimiento espiritual de la población y garantizar la reproducción de la especie constituyen el indispensable sustento de toda la vida social. Sobre este conjunto de condiciones materiales cada sociedad construye un inmenso entramado de agentes y estructuras sociales, instituciones políticas, creencias morales y religiosas y tradiciones culturales que van variando en la medida en que el sustrato material que las sostiene se va modificando. (…) Al igual que ocurriera con Copérnico en la Astronomía, la revolución teórica de Marx arrojó por la borda el saber convencional que había prevalecido durante siglos. Este concebía a la historia como un caleidoscópico defile de notables personalidades (reyes, príncipes, Papas, presidentes, diversos jefes de estado, líderes políticos, etcétera) puntuado por grandes acontecimientos (batallas, guerras, innovaciones científicas, descubrimientos geográficos). Marx hizo a un lado todas estas apariencias y descubrió que el hilo conductor que permitía descifrar el jeroglfico del proceso histórico eran los cambios que se producían en la forma en que hombres y mujeres se alimentaban, vestían, guarecían y daban continuidad a su especie, todo lo cual lo sintetizó bajo el concepto de ‘modo de producción’. Estos cambios en las condiciones materiales de la vida social daban nacimiento a nuevas estructuraciones sociales, instituciones políticas, valores, creencias, tradiciones culturales a la vez que decretaban la obsolescencia de las precedentes, aunque nada había de mecánico ni de lineal en este condicionamiento ‘en última instancia’ del sustrato material de la vida social. Con esto Marx desencadenó en la historia y las ciencias sociales una revolución teórica tan rotunda y trascendente como la de Copérnico y, casi simultáneamente, con la que brotaba de las sensacionales revelaciones de Charles Darwin. Y así como hoy se convertiría en un hazmerreir mundial quien reivindicase la concepción geocéntrica de Ptolomeo, no mejor suerte correrían quienes increpasen a alguien acusándolo de ‘marxista’.”
Entonces, podemos decir que hay una conclusión que se desprende clara del materialismo histórico-dialéctico, y es que la reproducción material de la sociedad repercute más que otras instancias sobre los procesos sociales. ¿Por qué cuando la física determina una fuerza predominante de atracción de los cuerpos, por ejemplo la gravedad, no se le acusa de “determinista”, y por qué cuando la ciencia social desentraña y señala las causas profundas del movimiento de la sociedad, incluida la conciencia, sí? Hacer ciencia no es hacer ontología, es intentar entender lo que sucede con base en procesos causales, en las razones más profundas que lo explican y que nunca son unidireccionales…
(continuará)
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