lunes, 12 de enero de 2026

 

1393

 

LA LUCHA DE CLASES

Domenico Losurdo

 

(49)

 

VI


Paso al sureste. Cuestión nacional y lucha de clases

 

 


Una lucha de clases omnipresente y oculta

 

También es cierto que mientras se desarrollan los acontecimientos mencionados, en la extrema izquierda no son pocos los que tienen dificultades para interpretarlos a la luz de la teoría marxiana de la lucha de clases. La disipación imprevista e inaudita de la «guerra civil mundial» crea desconcierto. La política de frente unido, lanzada en 1935 por la Internacional Comunista, trata de aislar a las potencias imperialistas a la ofensiva, las que, por haber llegado tarde a la cita colonial, aspiran a remediar el retraso recurriendo a un suplemento de brutalidad y sometiendo e incluso esclavizando pueblos de antigua civilización. Pero esta política de frente unido, que aparentemente no cuestiona el capitalismo como tal ni el imperialismo como tal, es para Trotski «el rechazo de la lucha de clases». Del mismo modo argumentan sus seguidores en China, que acusan a Mao y a los comunistas chinos de haber «abandonado sus posiciones de clase». La denuncia se encuentra en una carta enviada al grande y respetado escritor Lu Xun, quien sin embargo contesta airado que quiere seguir al lado de quienes «combaten y vierten su sangre por la existencia de los chinos de hoy». Es una visión que poco después halla su consagración en la fórmula de Mao de la identidad entre lucha nacional y lucha de clases en la China de su tiempo.

 

Es un debate que continúa en nuestros días. Son a su manera reveladoras las palabras con que el más acreditado biógrafo de Trotski describe y comenta la fundación de la Cuarta Internacional, el año anterior al estallido de la segunda guerra mundial: El 18 de octubre de 1938, en un discurso grabado por los camaradas americanos, [Trotski] afirmaba:

        

«¡Permítanme una predicción! En los próximos diez años el programa de la Cuarta Internacional será la guía de millones de hombres, y millones de revolucionarios sabrán tomar por asalto el cielo y la tierra.»

        

Hay que reconocer que esta previsión ha sido cruelmente desmentida y que él pecaba, como mínimo, de exceso de optimismo.

 

¿Realmente carecía de fundamento la previsión de Trotski? En realidad, a partir de Stalingrado y de la derrota sufrida por el plan del Tercer Reich (y el plan análogo del Imperio del Sol Naciente en Asia) de recuperar, radicalizar y extender el área de aplicación de la tradición colonial, se propagó una gigantesca oleada de revoluciones anticoloniales que alteró radicalmente la configuración del planeta. Lo que ocurre es que Trotski —observa su biógrafo— concebía la segunda guerra mundial «por analogía con la primera» y la agitación generada por la nueva conflagración bélica por analogía con octubre de 1917. Y así se llega al meollo del asunto, o por lo menos se roza: la agitación revolucionaria prevista por Trotski se produjo, pero no de la forma que él imaginaba; la lucha de clases se desató, pero no como en las décadas anteriores.

        

En realidad se produjo un verdadero viraje: en 1917 los bolcheviques llegaron al poder en Rusia enarbolando la consigna de la transformación de la guerra imperialista en guerra civil revolucionaria; pero en las décadas siguientes lograron conservarlo, primero promoviendo el proceso de consolidación industrial y militar del país, y luego fomentando y dirigiendo la guerra de resistencia nacional. En países como Yugoslavia, Albania y China (y más tarde Vietnam, Cuba, etc.) los partidos comunistas llegan al poder poniéndose al frente de la lucha de resistencia y de liberación nacional. La revolución desde abajo se combina con la revolución desde arriba en un país como la India, donde es el mismo poder colonial, muy debilitado a causa de la nueva constelación internacional, el que abdica para evitar, entre otras cosas, revoluciones desde abajo mucho más radicales. Esta agitación acaba extendiéndose también a Estados Unidos: la caída del antiguo régimen basado en la jerarquía racial y la white supremacy no se entendería sin la oleada que, al barrer los pueblos coloniales, alcanza también a los propios afroamericanos.

 

También en algunos países capitalistas más o menos desarrollados, como Francia y Grecia, la revolución se configura como guerra de liberación nacional con la participación masiva y, en el segundo caso, con la dirección del Partido Comunista, que parece a punto de conquistar el poder y emprender transformaciones de tipo socialista.

 

En los países del Eje sigue siendo válida la consigna de la transformación de la guerra imperialista en guerra civil revolucionaria, pero esta transformación se produce en la medida en que los elementos más avanzados, como en Alemania y en Italia, se unen a los movimientos de resistencia y liberación nacional en la Unión Soviética, Yugoslavia, Albania, Grecia, etc. Es decir, que con una inversión radical respecto al primer conflicto mundial, en el transcurso del segundo el compromiso revolucionario y la lucha de clases revolucionaria implican, de una u otra forma, el respaldo a movimientos de resistencia y liberación nacional.

        

El caso de Italia reviste un interés especial. Mussolini, después de entrar en la guerra agitando consignas claramente imperialistas (la conquista de un lugar al sol, el regreso del imperio «en las colinas fatales de Roma», etc.), en el momento de su caída deja al país no solo postrado y destrozado, sino también controlado en gran parte por un ejército de ocupación que tiende a tratar a su antiguo aliado como un pueblo colonial. Es reveladora la anotación de Goebbels en su diario del 11 de septiembre de 1943: «A causa de su infidelidad y su traición, los italianos han perdido el derecho a tener un estado nacional de tipo moderno. Tienen que ser castigados severísimamente, como impone la ley de la historia». En efecto, a ojos de algunos cabecillas nazis, los italianos son «negroides» con quienes conviene evitar la contaminación sexual y a quienes, terminada la guerra, habrá que usar «como trabajadores al servicio de los alemanes».

 

Hasta el antiguo aliado acaba teniendo que luchar contra el peligro de sometimiento colonial al Tercer Reich. El Partido Comunista encabeza la lucha de liberación nacional y de este modo consigue realizar importantes transformaciones políticas y sociales, extender capilarmente su influencia y encarnar durante algún tiempo, para una amplia opinión pública internacional, la lección gramsciana de la lucha por la hegemonía.

 

En conclusión: la previsión que hiciera Trotski en 1938, lejos de quedar desmentida, obtuvo la más clamorosa confirmación histórica. Las décadas siguientes, en materia de revoluciones y luchas de clases, son de las más intensas de la historia mundial; pero debido a las formas imprevistas e inéditas que asumieron las luchas de clases y las revoluciones, muchos no las percibieron. Como sucede a veces, la espesura del bosque impidió la visión de los árboles tan buscados y anhelados…

 

(continuará)

 

 

 

[ Fragmento de: Domenico Losurdo. “La lucha de clases” ]

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