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LA LUCHA DE CLASES
Domenico Losurdo
(46)
VI
Paso al sureste. Cuestión nacional y lucha de clases
Oriente y la doble lucha por el reconocimiento
Ahora podemos comprender mejor por qué la revolución que propugnaba el Manifiesto del partido comunista no se produjo en Occidente, sino primero en Rusia y luego en el mundo colonial. Se ha especulado mucho sobre los motivos de este paso al sureste de la lucha de clases y la revolución. Recordemos, en particular, la teoría leninista del eslabón más débil de la cadena: la revolución socialista no estalla en los países industriales avanzados, sino allí donde, por acumulación de múltiples contradicciones, el sistema capitalista e imperialista se muestra más frágil. Es una explicación sagaz, que rompe con la lectura binaria del proceso revolucionario. Si seguimos profundizando podemos conocer un dato aún más elemental: es en Oriente donde la necesidad y la reivindicación del reconocimiento se sienten con una fuerza especial. A las contradicciones políticas y sociales se suman las luchas por el reconocimiento.
Veamos lo que ocurre en Rusia ya con la revolución de febrero, justo después de la caída del zarismo. La opresión, explotación y humillación de una masa ingente de campesinos por una pequeña minoría de aristócratas que se consideran ajenos a su propio pueblo (degradado a raza distinta e inferior), presagian una catástrofe de proporciones inauditas. Dostoievski escribió páginas memorables y terribles sobre esta falta de reconocimiento. Así es como, a comienzos del siglo XIX, «un general muy influyente y riquísimo latifundista» castiga a «un chico de la servidumbre» de ocho años que ha herido de una pedrada la pata de un perro de caza del señor: obligado a desnudarse y salir corriendo, acaba descuartizado por la jauría de perros de caza lanzada en su persecución; «para asistir al castigo ejemplar se había convocado a la servidumbre, y delante de todos a la madre del chico culpable». La primera guerra mundial vuelve a poner en evidencia la falta de reconocimiento, con los nobles oficiales que ejercen de hecho un poder diario sobre la vida y la muerte de sus siervos-soldados. La caída del antiguo régimen es el momento de una venganza anhelada e incubada durante siglos. Con una significativa autocrítica lo reconoce el príncipe G. E. Lvov: «la venganza de los siervos de la gleba» es un arreglo de cuentas con quienes durante siglos se han negado a «tratar a los campesinos como personas en vez de como perros», o piezas de caza, como en el episodio que cuenta Dostoievski.
Pero tampoco era un problema exclusivo del campo. Ya en 1895 Lenin promovía así la agitación en las fábricas rusas: «Corresponde a los obreros demostrar que se consideran tan seres humanos como sus patronos y que no van a dejar que les traten como bestias carentes de habla». Eminentes historiadores de nuestros días confirman la justeza de este planteamiento:
[En la Rusia zarista] los empleados pedían al amo un trato más respetuoso, insistiendo en el uso del «usted» en vez del "tú", en el que apreciaban un residuo del antiguo sistema de la servidumbre de la gleba. Querían ser tratados «como ciudadanos». Y a menudo era justamente la cuestión del respeto a la dignidad humana, más que las reivindicaciones salariales, lo que provocaba agitaciones y manifestaciones obreras (Figes).
Esta lucha por el reconocimiento se combinaba con otra. Las naciones oprimidas trataban de sacudirse el yugo de la autocracia y, en el caso de Polonia y Finlandia, se constituían en estados nacionales. Pero no solo las naciones oprimidas se ponían en pie y reivindicaban el reconocimiento. Ya hemos visto que Stalin, entre febrero y octubre de 1917, acusaba a los aliados de querer obligar a Rusia a proporcionar carne de cañón para los designios imperialistas de Londres y París, y de tratarla como si fuera «África central». Este modo de argumentar, que salía al paso de un hábil cálculo político, ponía en evidencia un aspecto real del proceso en desarrollo: la crisis declarada con la catástrofe de la primera guerra mundial y la caída del antiguo régimen ponía en peligro la existencia misma del país, expulsado idealmente del área de la civilización auténtica. Esto agravaba aún más el problema del reconocimiento. Sin la doble lucha por el reconocimiento no se pueden entender la revolución de octubre ni las formas que asumió:
Esta tendencia de grandes masas a hacer suyo lo que hasta ahora les estaba vedado —la autoestima, la participación, la cultura— se expresó de las formas más variadas, e incluso si Lenin lo hubiera querido, no habría podido impedir que los obreros sometiesen las fábricas a su control y que se hablase cada vez más de socialismo, que debía hacerse realidad mediante la nacionalización de la industria y no tardaría en propagarse victoriosamente por todo el mundo. Se difundió rápidamente la idea de que en la revolución se realizaba la gran rebelión de todos los esclavos contra todos los amos (Nolte).
Más allá de Rusia estallan revoluciones de inspiración marxista sobre todo en países que están en condiciones coloniales o semicoloniales, donde las diferencias de clase tienden a configurarse como diferencias de casta, agudizando el problema del reconocimiento ya en el plano interno. Como las clases o castas superiores hacen causa común o se alían en función subalterna con los amos coloniales, la dimensión interna se conecta con la dimensión internacional, que es la que a la postre prevalece.
La demanda de reconocimiento tiene una gran importancia en el conjunto del movimiento anticolonialista. Lenin lo pone en evidencia. Entre sus distintas definiciones de imperialismo una de las más significativas es la que lo caracteriza como la pretensión de «unas pocas naciones selectas» de basar su «bienestar» y su preponderancia en el saqueo y el sometimiento del resto de la humanidad; se consideran «naciones modélicas» y se reservan «el privilegio exclusivo de formación del estado». Lamentablemente, «los europeos suelen olvidar que los pueblos coloniales también son naciones».
Esta carga discriminatoria y muchas veces claramente racista se pone de manifiesto con especial crudeza y claridad con motivo de las guerras coloniales. En estos conflictos «han perdido la vida cientos de miles de hombres pertenecientes a los pueblos que someten los europeos», pero «han muerto pocos europeos». Pero entonces —prosigue con sarcasmo el gran revolucionario— «¿se puede hablar de guerras? No, propiamente hablando ni siquiera son guerras, así que se pueden olvidar». Las guerras coloniales no se consideran guerras por una razón muy sencilla: quienes las sufren son bárbaros que «ni siquiera merecen el apelativo de pueblos (¿acaso son pueblos los asiáticos o los africanos?)» y que, en última instancia, son excluidos de la propia comunidad humana. Se comprende entonces que la revolución de octubre diera un fuerte impulso al movimiento anticolonialista. Los habitantes de Asia y África, «cientos de millones de seres humanos», al rebelarse contra el yugo de la metrópoli capitalista, «han recordado su voluntad de ser hombres y no esclavos».
Estamos ante una revolución que se despliega a escala planetaria y durante un largo periodo de tiempo. Puede ser interesante ver, en las zonas liberadas de China, lo que le contestan los soldados del Ejército Rojo a Edgar Snow cuando este les pregunta sobre los motivos de su adhesión a la lucha armada promovida por el Partido Comunista, primero contra los señores locales y luego contra los invasores japoneses:
El Ejército Rojo me enseñó a leer y escribir. En el Ejército aprendí a transmitir con la radio y a dar en el blanco con mi fusil. El Ejército Rojo ayuda a los pobres [...]. Aquí todos son iguales. No es como en los distritos blancos, donde los pobres son esclavos de los terratenientes y del Kuomintang (Snow).
Mientras lucha contra los enemigos que ponen trabas al reconocimiento o lo impiden, el Partido Comunista fomenta la movilidad social y posibilita el reconocimiento ya en su interior y en el interior del ejército que dirige…
(continuará)
[ Fragmento de: Domenico Losurdo. “La lucha de clases” ]
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