martes, 18 de abril de 2023

 

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EL FOLLETO JUNIOS

La crisis de la socialdemocracia

 

Rosa LUXEMBURGO

 

[02]

 

 

I. Cambio de escena

 

 

(…) Esto fue escrito en 1850; en una época en la que Inglaterra era el único país capitalista desarrollado, el proletariado inglés, el mejor organizado y el que parecía llamado, por el auge económico de su país, a dirigir a la clase obrera internacional. Léase en lugar de Inglaterra: Alemania, y las palabras de Marx son una predicción genial de la actual guerra mundial. Estaba ésta destinada a poner al proletariado alemán a la cabeza del pueblo y, con ello, a producir “un comienzo organizativo” para el gran enfrentamiento internacional generalizado entre el trabajo y el capital en torno al poder político del Estado.

 

¿Y habíamos imaginado acaso de forma diferente el papel que desempeñaría la clase obrera en la guerra mundial? Recordemos cómo describíamos el porvenir hace todavía muy poco tiempo:

 

“Entonces vendrá la catástrofe. Sonará en Europa la hora de la gran marcha final en la que de 16.000.000 a 18.000.000 de hombres, flor y nata de diferentes naciones, equipados con los mejores instrumentos de muerte, entrarán en campaña como enemigos. Pero, en mi opinión, tras esa gran marcha general se encuentra la gran derrota. Y no vendrá por nosotros, vendrá por su propio peso. Llevan las cosas al extremo, conducen a la catástrofe. Cosecharán lo que han sembrado. El ocaso de los dioses del mundo burgués está en marcha. Estad seguros: ¡Está en marcha!”.

 

Así hablaba en el Reichstag, durante el debate sobre Marruecos, Bebel, el representante de nuestra fracción.

 

El folleto del partido ¿Imperialismo o Socialismo? que fue difundido hace algunos años por centenares de miles de ejemplares, concluía con las siguientes palabras:

 

“La lucha contra el imperialismo se convierte cada vez más en una lucha decisiva entre el capital y el trabajo. ¡Peligro de guerra, encarecimiento de la vida y capitalismo, o paz, bienestar para todos, socialismo! Ésta es la alternativa. La historia se encuentra ante grandes decisiones. El proletariado debe trabajar incansablemente en su tarea histórico-mundial, fortalecer el poder de su organización y la claridad de sus conocimientos. Suceda lo que suceda, o bien tiene fuerza para conseguir ahorrar a la humanidad el terrible espanto de una guerra mundial, o bien se hundirá el mundo capitalista en la historia de la misma forma en que nació, es decir, en sangre y violencia: el momento histórico encontrará preparada a la clase obrera, y el estar preparada es todo”.

 

En el oficial Manual de los electores socialdemócratas de 1911, publicado con motivo de las últimas elecciones al Reichstag, se puede leer en la página 42 lo siguiente sobre la esperada guerra mundial:

 

“¿Creen nuestros gobernantes y clases dominantes que pueden imponer a los pueblos esa monstruosidad? ¿No se apoderará de los pueblos un grito de horror, de ira y de indignación, llevándolos a terminar con este asesinato? ¿No preguntarán: para quién, por qué todo esto? ¿Somos, acaso, enfermos mentales para ser tratados así? ¿O para qué nos dejamos tratar así?

 

Quien reflexione sosegadamente sobre la probabilidad de una gran guerra europea no podrá llegar a otras conclusiones que las aquí expuestas. La próxima guerra europea se jugará el todo por el todo, un juego como el mundo no ha visto hasta ahora; será, según todas las predicciones, la última guerra”.

 

Con este lenguaje y con estas palabras hicieron su propaganda para conseguir 110 escaños nuestros actuales diputados en el Reichstag. Cuando en el verano de 1911 el salto de pantera sobre Agadir (2) y la ruidosa campaña difamatoria del imperialismo alemán habían hecho inminente el peligro de guerra europea, una asamblea internacional, reunida en Londres el 14 de agosto, tomaba la siguiente resolución:

 

“Los delegados alemanes, españoles, ingleses, holandeses y franceses de las organizaciones obreras declaran estar dispuestos a rechazar, por todos los medios a su alcance, toda declaración de guerra. Toda nación representada contrae la obligación, de acuerdo con las resoluciones de sus Congresos Nacionales y de los Internacionales, a actuar en contra de todas las intrigas criminales de las clases dominantes”.

 

Pero cuando en noviembre de 1912 se reunía en Basilea el Congreso de la Internacional, cuando llegaba a la catedral la gran comitiva de representantes obreros, (3) un estremecimiento de horror sacudió el pecho de todos los presentes ante la magnitud del momento crucial que se acercaba y surgió una decisión heroica.

 

El frío y escéptico Víctor Adler, exclamó:

 

“Camaradas, lo más importante es que aquí encontremos la raíz común de nuestra fuerza, que de aquí nos llevemos la energía para que cada uno haga en su país lo que pueda, con las formas y medios que tengamos, con todo el poder que poseemos, para oponernos a esta guerra criminal. Y si llegara a declararse, si verdaderamente llegara a consumarse, entonces hemos de procurar que sea una primera piedra, la primera piedra del final.

Este es el espíritu que anima a toda la Internacional.

Y cuando el asesinato, el incendio y la pestilencia se extiendan por la civilizada Europa... sólo podemos pensar con horror en ello, y la indignación y el espanto invaden nuestros pechos. Y nos preguntamos: ¿son, acaso, los hombres, los proletarios, borregos que pueden ser conducidos estúpidamente al matadero...?”.

 

Troelstra habló en nombre de las “pequeñas naciones” y en nombre de Bélgica:

 

“El proletariado de los países pequeños se encuentra en cuerpo y alma a disposición de la Internacional en todo lo que decida para alejar el peligro de la guerra. Expresamos la esperanza de que cuando las clases dominantes de los grandes Estados llamen a las armas a los hijos del proletariado para saciar las ansias de poder de su gobierno en la sangre y en la tierra de los pueblos pequeños, entonces, los hijos de los proletarios, bajo la poderosa influencia de sus padres proletarios; de la lucha de clases y de la prensa proletaria, lo pensarán tres veces antes de hacerles algún daño a sus hermanos, a sus amigos, a nosotros, por ponerse al servicio de esa empresa enemiga de la civilización”.

 

Y Jaurés, después de que hubo leído el manifiesto contra la guerra en nombre del Buró de la Internacional, cerraba su discurso con estas palabras:

 

“¡La Internacional representa a todas las fuerzas honestas del mundo! Y si llega la hora trágica, en la que nos entregaremos sin reservas, esa conciencia nos sostendrá y nos fortalecerá. No es hablar por hablar, no, desde lo más profundo de nuestro ser declaramos que estamos dispuestos a realizar todos los sacrificios”.

 

Fue como un juramento de Rütli. (4) Todo el mundo dirigió sus miradas a la catedral de Basilea, donde las campanas repicaban grave y solemnemente por la gran batalla futura entre el ejército del trabajo y el poder del capital.

El 3 de diciembre de 1912 hablaba en el Reichstag alemán David, el representante de la fracción socialdemócrata:

 

“Fue uno de los momentos más hermosos de mi vida, lo confieso. Cuando las campanas de la catedral acompañaban a la comitiva de los socialdemócratas internacionales, cuando las banderas rojas se colocaban en el coro y en el altar de la iglesia, y los sones del órgano saludaban a los delegados de los pueblos, que querían pronunciarse por la paz, me produjo una impresión que no olvidaré... Lo que sucede debería estar claro para ustedes. Las masas dejan de ser rebaños sin voluntad ni pensamiento.

Esto es nuevo en la historia. En otros tiempos las masas se habían dejado llevar ciegamente unas contra otras, por aquellos que tenían intereses en la guerra, hacia el genocidio. Esto se acaba. Las masas dejan de ser instrumentos sin voluntad y satélites de cualquier tipo de intereses belicistas”.

 

Una semana antes del comienzo de la guerra, el 26 de julio de 1914, se escribía en los periódicos del partido alemán:

 

“No somos marionetas, combatimos con toda energía un sistema que hace de los hombres instrumentos sin voluntad de circunstancias que actúan ciegamente, combatimos ese capitalismo que se prepara a transformar en un humeante campo de matanza a una Europa sedienta de paz. Si la ruina siguiera su curso, si la decidida voluntad de paz del proletariado alemán y del proletariado internacional, que se expresará en los próximos días en poderosas manifestaciones, no fuese capaz de impedir la guerra, entonces ésta debiera ser la última guerra, debiera convertirse en el crepúsculo de los dioses del capitalismo” (Frankfurter Volkstimme).

 

El 30 de julio de 1914 escribía el órgano central de la socialdemocracia alemana:

 

“El proletariado socialista rechaza toda responsabilidad por los acontecimientos que desencadena una clase dominante ofuscada hasta el desvarío. Sabe que una nueva vida florecerá para él sobre !as ruinas. Toda la responsabilidad recae sobre los gobernantes de hoy. Se trata para ellos de una cuestión de vida o muerte. La historia mundial es el juicio mundial”.

 

Llegó entonces lo inesperado, lo atípico, el 14 de agosto de 1914.(5)  ¿Era necesario que ocurriese? Un acontecimiento de esta trascendencia no es, por cierto, un juego de azar. Debe ser el resultado de profundas y amplias causas objetivas. Pero estas causas pueden radicar también en errores de la socialdemocracia, en de la dirección del proletariado, en el fracaso de nuestra voluntad de lucha, de nuestro valor, de nuestra fidelidad a los principios.

 

El socialismo científico nos ha enseñado a comprender las leyes objetivas del desarrollo histórico. Los hombres no hacen su historia libremente. Pero la hacen ellos mismos. El proletariado depende en su acción del grado de madurez correspondiente al desarrollo social, pero el desarrollo social no se produce, al margen del proletariado, es en igual medida tanto su motor y su causa, su producto y su resultado. Su propia acción es parte codeterminante de la historia. Y si bien no podemos saltar por encima de ese desarrollo social, pero el desarrollo social no se produce al margen de sombras, podemos acelerarlo o retrasarlo.

 

El socialismo es el primer movimiento popular de la historia mundial que se ha puesto como objetivo, y está llamado por la historia a introducir en el hacer social de los hombres un sentido consciente, un pensamiento planificado y, por consiguiente, la acción libre. Por eso Federico Engels califica a la victoria definitiva del proletariado socialista de salto de la humanidad desde el reino animal hasta el reino de la libertad. Este salto es resultado de ineluctables leyes de la historia, de millares de escalones de una evolución anterior penosa y demasiado lenta. Pero nunca podrá ser llevado a cabo si, de todo ese substrato de condiciones materiales acumuladas por la evolución, no salta la chispa incandescente de la voluntad consciente de la gran masa del pueblo. La victoria del socialismo no caerá del cielo como algo fatal. Sólo podrá ser alcanzada superando una gran cadena de tremendas pruebas de fuerza entre los viejos y los nuevos poderes, pruebas de fuerza en las que el proletariado internacional, bajo la dirección de la socialdemocracia, aprende y trata de tomar en sus propias manos el destino, de apoderarse del timón de la vida social, de dejar de ser un juguete pasivo de la historia para convertirse en su conductor clarividente.

 

Decía Engels: “La sociedad burguesa se encuentra ante un dilema: o avance hacia el socialismo o recaída en la barbarie”. ¿Qué significa “recaída en la barbarie” en el nivel actual de la civilización europea? Hasta ahora hemos leído todas esas palabras distraídamente y las hemos repetido sin presentir su terrible seriedad. Una ojeada a nuestro alrededor en este momento muestra lo que significa una recaída de la sociedad burguesa en la barbarie.

 

La guerra mundial; ésta es la recaída en la barbarie. El triunfo del imperialismo conduce al aniquilamiento de la cultura; esporádicamente, durante la duración de una guerra moderna, y definitivamente, en el caso de que el período iniciado de guerras mundiales haya de seguir su curso sin obstáculos hasta sus últimas consecuencias. Hoy nos encontramos, como Engels pronosticaba ya hace una generación, hace cuarenta años, ante la alternativa: o el triunfo del imperialismo, el ocaso de toda civilización y, como en la vieja Roma, despoblamiento, degeneración, desolación, un enorme cementerio; o victoria del socialismo, es decir, de la lucha consciente del proletariado internacional contra el imperialismo y su método: la guerra. Este es el dilema de la historia mundial; una alternativa, una balanza cuyos platillos oscilan ante la decisión del proletariado con conciencia de clase. El futuro de la cultura y de la humanidad depende de que el proletariado arroje con varonil decisión su espada de lucha revolucionaria en uno de los platillos de la balanza. En esta guerra ha triunfado el imperialismo. Su espada sangrienta del genocidio ha hundido con brutal sobrepeso al platillo de la balanza en el abismo del valle de lágrimas y de la vergüenza. Todo ese valle de lágrimas y toda esa vergüenza sólo pueden ser contrapesadas si aprendemos de la guerra cómo el proletariado puede desembarazarse del papel de siervo en manos de las clases dominantes para convertirse en el señor de su propio destino.

 

La moderna clase obrera paga caro el conocimiento de su vocación histórica. El camino del Gólgota de su liberación de clase está sembrado de víctimas. Las luchas de junio, las víctimas de la Comuna, los mártires de la revolución rusa: una danza trágica de sombras ensangrentadas. Los que han caído en el campo del honor se encuentran, como Marx escribía de los héroes de la Comuna, “grabados en el corazón de la clase obrera para siempre”. Ahora caen millones de proletarios de todas las naciones en el campo de la vergüenza, del fratricidio, de la autodestrucción, con el canto del esclavo en los labios. Hemos debido sufrir hasta eso. Nos parecemos a los judíos que condujo Moisés a través del desierto. Pero no estamos perdidos, y triunfaremos si no hemos perdido la capacidad de aprender. Y si la socialdemocracia, actual guía del proletariado, no supiese aprender, entonces perecerá “para dejar lugar a los hombres que crecerán en el mundo nuevo”…

 

(continuará)

 

 

NOTAS

 

(2) Nombre del crucero alemán (Pantera) que fue enviado a Agadir en 1911.

 

(3) Se refiere a los 555 delegados al Congreso de Basilea, que representaban a 23 naciones.

 

(4) Se trata de un juramento de los antiguos confederados suizos.

 

(5) La votación de la fracción parlamentaria del SPD en el Reichstag a favor de los créditos de guerra.

 

 

 

[ Fragmento de: Rosa LUXEMBURGO. “La crisis de la socialdemocracia” ]

 

 

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