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LENIN Y LA REVOLUCION
Jean Salem
[ 01 ]
“¡Ay mi generación! Veo su triste ruta
hundirse fatalmente en negro porvenir,
mientras que bajo el peso del saber y la duda
abrumada, envejece y renuncia a intervenir.
[...]
Insensibles al bien, insensibles al crimen,
doblamos la rodilla sin afrontar la lid,
oponiendo al peligro un corazón cobarde
y al Poder una frente sometida y servil
[...]
Hastiados de los goces de los antepasados,
de su orgullo sincero, feroz e infantil,
volvemos con desprecio la cabeza al pasado
sin honor abocados a un final infeliz.”
Mikhaïl Lermontov, “Meditación” (1838)
INTRODUCCIÓN
En cualquier libro, el prefacio o la introducción es a la vez lo primero y lo último: lo mismo sirve de explicación del objetivo de la obra que de justificación y respuesta a las críticas. En el caso presente, nada de esto parece posible. Pues si hoy en día, en historia de las ideas se estableciera un palmarés de “perros muertos”, es sin duda la sombra de Vladimir Illitch Ulianov, llamado Lenin, la que se llevaría la palma.
A Marx, que tomaba prestado el término a Lessing, le gustaba repetir que Hegel llegó a ser tratado en la Alemania culta de finales de 1850 como «perro muerto». Y fue, según Lessing, el bueno de Moses Mendelssohn quien en su tiempo había tratado de la misma mala manera a Spinoza.
Es verdad que aquí y allá se habla de la «vuelta a Marx». Que se enaltece incluso a los vencidos (Gramsci), a los mártires (el Che, transformado desde hace dos décadas en producto- marketing).
Pero Lenin, tal y como señala Domenico Losurdo en su excelente ensayo ¿Huir de la historia?, es cuidadosamente silenciado.
Hay que decir que, según el pensamiento prêt-à-penser en boga, Lenin es considerado como la encarnación de una historia de la que lo menos que se puede sentir es... vergüenza. Y hay que decir también que a duras penas estamos aún saliendo de un periodo de criminalización del ideal comunista que ha inducido una auténtica colonización de la conciencia histórica de los mismos comunistas, sean viejos, “neos” o recalcitrantes hasta la histeria. A fin de cuentas ¿por qué no alinearse bajo el ejemplo del bueno del canciller Bismarck que, al día siguiente de la derrota de la Comuna de París, equiparaba expresamente a los vencidos con criminales de derecho común? Hay que señalar en fin, que la izquierda hoy parece deducir todo de la ideología dominante: sus categorías, valoraciones y hasta sus tics, sus referencias más hirientes; en una palabra, sus reflejos.
La «autofobia», prosigue Losurdo , brilla particularmente en las filas de aquellos que, declarándose más o menos entusiastas de la justicia social, se muestran obsesionados por el cuidado de reafirmarse totalmente ajenos a «un pasado que, para ellos como para sus adversarios políticos, es sinónimo de abyección».
En resumen, que presentar una obra sobre la idea de revolución en Lenin puede parecer como adoptar la postura de Diógenes; la postura de Diógenes el Cínico que, cuando le preguntaban por qué entraba siempre al teatro por la puerta de atrás, respondía que era precisamente porque todo el mundo acostumbraba a entrar por el otro lado...
A fin de ganarme la indulgencia del lector, desearía en primer lugar recordar cómo Vladimir Illitch entró en mi propia vida; es decir, mis primeros encuentros con él. Después, componer un florilegio muy sumario, con la ayuda de algunas ideas recogidas posteriormente, es decir, con la ayuda de algunas de las barbaridades que, tocante al leninismo, a la ex-Unión Soviética y al conjunto del difunto movimiento comunista, todo ciudadano parece que debe dar por sentadas. En una tercera y última parte, intentaría hacer percibir la actualidad de las seis tesis de Lenin que he recopilado y que comento brevemente en el estudio que sigue.
1. Cómo Vladimir Illitch entró en mi vida
Durante mucho tiempo, siguiendo el ejemplo de un gran autor, solía acostarme temprano.
También desde hacía mucho tiempo me venían intrigando esas conversaciones en voz baja de las que Neruda escribía que separan más que un río el mundo de los niños del mundo de los adultos.
Aquella tarde, era en 1961, cenaba con la abuela y la tía que me cuidaban. Tenía entonces nueve años. Ellas habían preferido guardar el secreto y me hablaban de vez en cuando de un padre bastante fantasmal que supuestamente estaba de maestro en Argelia y que, a causa de la guerra, no podía volver a Francia. Ni una ni otra sabían que mi madre, sin decirme mucho más, en una de nuestras rarísimas entrevistas me había confiado que ese padre escribía también algunos artículos en la prensa bajo un seudónimo muy concreto.
Aquella tarde, como de costumbre, los tres escuchábamos el diario hablado de las ocho que emitía el enorme aparato de radio a unos pasos de allí, casi al centro de la gran pared del comedor.
De pronto oí que Henri Alleg se había escapado de la prisión de Rennes y que la policía lo buscaba intensamente. «¿Es papá?» -pregunté de inmediato como si fuera algo evidente. Mi abuela por toda repuesta rompió a llorar, mientras mi tía me conducía hasta mi habitación y se deshacía explicándome más de media docena de veces lo que yo había comprendido ya desde la primera vez, a saber, que es posible estar en la cárcel sin por ello ser un criminal o un ladrón. Y que en el caso de mi padre, se trataba de un hombre de bien, de un valiente militante comunista. Pero de la tortura, aquella tarde no me dijo lo más mínimo. Semanas más tarde, mi madre, mi hermano (que había vivido con ella en París) y yo mismo, nos encontramos con mi padre en el andén de una estación de Praga. Después fueron la escuela soviética de Praga y el principio de una nueva vida. Las frecuentes menciones a Lenin en aquel país que nos acogía; las referencias de mis padres y de sus amigos a su clarividencia en la acción o a algunos de sus discursos; las inevitables bromas (dos aparatichs se preguntan por qué determinado cabaret de Moscú, aun imitando en todo a los de Occidente, no hace taquilla; y uno de ellos dice al otro que, en cualquier caso, la striptease era “políticamente segura pues... había conocido muy bien a Lenin); algunas estatuas, por supuesto, así como su efigie en las insignias de aquellos «pioneros» que, tanto mi hermano como yo, habíamos llegado a ser. Después, durante el verano siguiente, Artek, en Crimea; Artek, «república de los pioneros»; Artek y las largas discusiones que avivaba a orillas del mar Negro el monitor encargado de nuestro «destacamento». Y más tarde, Ivanovo, la Casa Internacional de la Infancia, aquel internado tan soviético, a trescientos kilómetros al noreste de Moscú, en el que se acogía a los hijos de los griegos, iraníes y de otros países que habían sido más o menos martirizados por los defensores del «mundo libre». Fue en aquella época, indiscutiblemente, cuando Vladimir Illitch se impuso vivamente a mi atención.
2. Una curiosa historia:
sobre algunas de las razones que han hecho el nombre de Lenin perfectamente impronunciable.
Desde luego que nuestros padres habían creído equivocadamente que llegarían a ver la victoria, la victoria por la que toda lucha, o casi, desembocaría en lo que Marx había llamado el “último desenlace”. Sin duda que hubieran preferido comprender la historia como si estuviera escrita en futuro perfecto. Sus combates, su entrega, su coraje, de buena gana se los hubieran imaginado como los de los cuatro evangelistas de una famosa vidriera de Chartres cabalgando a lomos de cuatro profetas del Antiguo Testamento. La II Internacional había traicionado y desnaturalizado la promesa, la muy profana promesa de la lucha contra la guerra y de la revolución obrera; la Internacional de Lenin aportaba, al contrario, por la vía más recta, la paz y la justicia a las naciones. Después concedieron generosamente a Stalin el rol de un Katagarama, es decir, de ese dios de Sri Lanka, de ese hijo de Siva que según la leyenda llegó a ser generalísimo de trescientos millones de dioses, después de su victoria contra los Asura, los Titanes. ¿Nos habríamos comportado nosotros mismos de otro modo si hubiésemos tenido veinte o treinta años al día siguiente de la derrota del nazismo? Una derrota que había costado unos treinta millones de muertos a la Unión Soviética. Una derrota que sólo pareció posible e inevitable después del vuelco de la guerra: Stalingrado.
Pensando en mis colegas y en esos jóvenes estudiantes que me acogieron de manera tan sincera y calurosa durante la primavera de 2005, recordando Volgograd y su emocionante Universidad, esa ciudad en la que un millón de vivos camina sobre dos millones de muertos, yo quisiera decir una palabra sobre esa curiosa historia, sobre esa disparatada historia que los vencedores de hoy han tan rigurosamente balizado. Sobre esa curiosa historia que hace que el nombre de Lenin resulte hoy tan difícil de pronunciar. Lo que en 2006 se dice por ahí de la URSS de antes y durante la segunda guerra mundial; lo que se dice de los setenta años soviéticos, que unánimemente todo el mundo estaliniza; lo que se dice del “totalitarismo”, un concepto comodín donde los haya; y en cuarto lugar, lo que se dice del fin de la Unión Soviética. Es a propósito de esos cuatro “se dice” que yo quisiera ahora ... decir a mi vez unas palabras.
* Porque la historia siempre la escriben, o más bien la re-escriben, los vencedores. Marx, señala Lenin, ya en su tiempo subrayaba cómo la reacción había logrado en Alemania «eliminar casi completamente de la conciencia popular el recuerdo y las tradiciones de la época revolucionaria de 1848». No es mucho decir que tales consideraciones podrían, mutatis mutandis, ser aplicadas fácilmente a los quince o veinte últimos años del siglo XX y a la violencia que se hizo a la historia real de este siglo.
Usando y abusando del adagio en virtud del cual los objetos no aparentes y los objetos no existentes se guían por la misma lógica, periodistas, fast thinkers e investigadores de ocasión han conjugado sus esfuerzos tan bien, que parece como que hubieran hecho desaparecer la URSS. De non aparentibus et de non existentibus eadem lex est. Los sondeos valen lo que valen, es decir, muy poco; o algo peor. Pero no está de más destacar que, según un estudio del IFOP, solamente el 20% de los franceses pensaba en 2004 que la participación de la URSS fue determinante en la victoria sobre el nazismo (contra, según parece, el 57% en 1945). Hay que reconocer también que la ignorancia es a tal punto gigantesca que una mayoría de jóvenes franceses encuestados para otro «sondeo», consideraba que la URSS había sido aliada de ... la Alemania hitleriana durante la segunda guerra mundial. Eco lejano, sin duda alguna, en mentes devotas de la publicidad y de la aculturación, del principal acto de acusación formulado en materia internacional contra la Unión Soviética de entre-guerras: la firma, el 2 de agosto de 1939, del pacto germano-soviético…
(continuará)
[Fragmento de: LENIN Y LA REVOLUCION / Jean Salem ]
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