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Joan E. Garcés / “Soberanos e intervenidos”
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Segunda parte
ESTRATEGIAS MUNDIALES E INTERVENCIÓN
VIII. La frustración de Bolívar
La historia ha sido implacable con los pueblos que han entrado en contacto con otros de organización superior. Después del fortuito desembarco de 1492, los europeos sometieron sucesivamente a todos los de América. La destrucción de las estructuras estatales hispanas a comienzos del siglo XIX produjo, a su vez, efectos que se dejan sentir hasta hoy. Aquéllas no fueron sustituidas por otras, sólidas y representativas, capaces de evitar a sus pueblos la suerte de ser subordinados al expansionismo de otros Estados. En ese sentido, el proyecto estratégico de quienes se levantaron contra el Antiguo Régimen en la Península Ibérica e Iberoamérica quedó histórica y definitivamente truncado. O inconcluso, según la óptica en que cada cual prefiera situarse dos siglos después.
El nacimiento de Estados Unidos de Norteamérica a fines del siglo XVIII se vio posibilitado, ciertamente, por la guerra que enfrentaba a la metrópoli británica con Estados rivales (Francia y España). Pero no menos decisivo fue que los colonos insurgentes se lograron unir contra la Metrópoli. Y después, con el fin de evitar que no les reabsorbiera el ininterrumpido poder financiero y naval del Estado británico. Era ésta una prioritaria opción política para quienes como George Washington, Thomas Jefferson y John Quincy Adams, urgidos de transitar por la selva de las relaciones internacionales con un Estado en formación –prácticamente sin Marina ni Ejército–, se propusieron impedir que la República fuera intervenida por una u otra Potencia imperial. A partir de esta premisa, aprovecharon pacientemente las divisiones y debilidades de las últimas para consolidar la independencia de la joven Nación.
En cambio, en España fue el propio Estado lo primero que se hundió en 1808. Las subsiguientes guerras civiles, en la Península y la América española, imposibilitaron que una nueva organización estatal, digna de tal nombre, reemplazara a la derrumbada. Pocos percibieron este problema mejor que Bolívar tras triunfar definitivamente sobre los realistas. Trató de resolverlo con ahínco, no lo logró. Desvanecido en Ayacucho el hasta entonces factor de aglutinamiento –temor a la Metrópoli, intervenido además de derruido su Estado–, los centros de decisión criollos se dispersaron y atomizaron. Cabe suponer la amargura cuando, al hacer balance de su obra en 1825, pedía Bolívar a la Potencia europea que acogiera bajo su protección a la América española. Escribía Bolívar al embajador británico:
[…] Este país no está en condiciones de ser gobernado por el pueblo, lo que uno debe admitir después de todo que resulta mejor en la teoría que en la práctica. […] Sudamérica es quizás el país menos dotado de todos para gobiernos republicanos. […] Debemos buscar alivio en Inglaterra, no tenemos otro recurso […]. Si un día llegara cualquier propuesta del Gabinete británico para establecer un Gobierno normal, es decir, una monarquía o monarquías en el Nuevo Mundo, encontrarían en mí a un promotor seguro y firme de sus deseos, plenamente dispuesto a respaldar al Soberano que Inglaterra pueda proponer instalar y sustentar en el Trono. […] Si yo puedo contribuir a lograr tan deseable cosa, pueden contar con mis servicios. […] Si debemos tener un nuevo Gobierno, tengámoslo conforme a vuestro modelo, y yo estoy dispuesto a dar mi apoyo a cualquier Soberano que Inglaterra pueda darnos.
Después de los tres lustros de guerras que siguen al derrumbe estatal de 1808, el destino de la América hispana se negociaba entre Gabinetes que dilucidaban la zona de influencia donde iba a quedar adscrita.
En su entrevista de octubre de 1823, Canning había coincidido con el Primer Ministro francés en desear para los nuevos Estados una forma de gobierno monárquica. Siete semanas después, el Ministro británico informaba a los embajadores de la Alianza Europea que tenía razones para esperar que «los principios monárquicos y aristocráticos» iban a predominar en México, Perú y Chile, y que iba a retrasar el reconocimiento de la independencia de México y Colombia para presionarles a establecer una monarquía. Pero ya el 17 de mayo de 1823 el secretario de Estado de EEUU, John Q. Adams, había instruido a su embajador en Buenos Aires que como medio de aislar la América hispana de Europa debía promover la forma republicana de gobierno:
en relación a Europa es percibida como la sola cosa en la cual los intereses y deseos de Estados Unidos pueden coincidir con los de las naciones sudamericanas, es decir que deben ser todas gobernadas por instituciones republicanas, política y comercialmente independientes de Europa.
En contraposición simétrica el Primer Ministro británico entre 1812 y 1827, lord Liverpool, escribiría el 8 de diciembre de 1823 al duque de Wellington que «si permitimos a esos nuevos Estados consolidar su sistema y su política con los Estados Unidos de América, ello se demostrará en muy pocos años fatal para nuestra grandeza, si no peligroso para nuestra seguridad».
Cuando el ministro de EEUU en Bogotá se enteró de que el Reino Unido había sido invitado a asistir al Congreso convocado en el Istmo de Panamá para 1826, envió alarmado un informe a Adams:
la influencia preponderante de Inglaterra en los asuntos de estos países es ya evidente y sensible en cada departamento; aquélla está ya intentando con la mayor constancia monopolizar su comercio y riquezas, y si ahora se le permite ser un miembro de esa propuesta alianza, el destino de los nuevos Estados estará de una vez por todas en sus manos, de modo que con la tan vanagloriada independencia éstos son de facto sus colonias.
Simón Bolívar abogaba por una «Federación de la América meridional» diferenciada de la de los EEUU del Norte. Para el gobierno británico el establecimiento de monarquías permitiría evitar que el Nuevo Mundo se separara de Europa. El 21 de octubre de 1825 escribía Bolívar a Francisco de Paula Santander, vicepresidente de Colombia, «no creo que los americanos deban entrar en el Congreso del Istmo». Bolívar lo había convocado para intentar lo que siempre creyó necesario: que la América española que accedía a la independencia creara unas formas estatales que unieran y no dividieran. Pero a diferencia del proceso seguido en Brasil, no existía en la española ningún centro de intereses y de poder endógenos, ninguna estructura de representación, de autoridad, ni mecanismos de participación integradora, capaces de reunir lo que después de 1808 había estallado en mil pedazos. Tras la derrota de los realistas en Ayacucho (1824) Bolívar intentó encontrarlo fuera de América –cabe suponer que como último recurso en su desesperación. En el transcurso del Congreso del Istmo de Panamá dijo confidencialmente al emisario británico que
varios Estados pidieron ser sostenidos por el poder e influencia de Gran Bretaña, sin la cual no puede esperarse seguridad alguna, ni preservarse la cohesión ni mantenerse el pacto social. Todo acabaría por ser destruido entre disputas de unos con otros, y por la anarquía interna. Intereses diversos ya lo estaban impeliendo; guerras que hubieran sido evitables desafortunadamente se propagaban, como por ejemplo entre Brasil y Buenos Aires; la pelea entre jefes estaba perturbando la tranquilidad de Chile; sentimientos de envidia y rencor obraban en algunos Estados; mientras que en otros un clima de rivalidades estaba engendrando divisiones entre las distintas provincias.
Y los criollos hacendados conocían a su vez otro temor –que pervivirá hasta hoy:
«cada clase de habitantes empezó a sentir que tenía los mismos derechos, y como la población de color hasta el momento sobrepasa a la blanca, estaba amenazada la seguridad de esta última».
Quince años después de proclamar y guerrear por su independencia, cuál no sería el pesimismo de Bolívar para, antes de retirarse de los asuntos públicos, llegar a la conclusión de que debía intentar poner a la antigua América española bajo la autoridad de Gran Bretaña:
Bajo la protección de Gran Bretaña los Estados de Sudamérica sabrían aprender las medidas más aconsejables a adoptar para su preservación y seguridad general; se evitarían desacuerdos; los respectivos Gobiernos serían consolidados; se establecerían leyes y normas mayormente comunes; la unidad que se crearía mantendría a raya a la población de color; la albocracia incrementaría gradualmente su poder.
El agente británico respaldaba el plan de Bolívar, pero por otras razones:
la consecuencia de rehusarles nuestra protección sería la destrucción de nuestra influencia en provecho del engrandecimiento de Estados Unidos […]. Si por nuestro esfuerzo fuera establecida la tranquilidad en Sudamérica, estoy en condiciones de probar que nuestra ascendencia comercial puede ser asegurada sin provocar envidia, y que grandes ventajas serían también ofrecidas a nuestros capitalistas en la explotación de las minas de los dos Perús.
La expansión financiera del Reino Unido en “Sudamérica” quedaba así trazada. Los agentes británicos propusieron a Bolívar el procedimiento a seguir: debía ser designado Presidente vitalicio y, después, nombrar como sucesor a un príncipe europeo. En su respuesta Bolívar calibraba las resistencias internas y externas al plan británico:
Debemos ser capaces de refrenar la ambición de nuestros jefes, o de amenguar en las clases inferiores su aprehensión por la destrucción de la igualdad. Y a los Estados Unidos, que parecen destinados por la Providencia a traer a América una plaga de miserias en nombre de la Libertad.
El experimentado militar caraqueño buscaba fuerzas disponibles para el proyecto, decía no oponerse al mismo, pero deseaba ser informado del grado de compromiso del Reino Unido y Francia en su respaldo:
Con esos poderosos aliados, seríamos capaces de todo; sin ellos, no podríamos hacer nada. Por esta razón, reservo mi opinión definitiva hasta conocer lo que el Gobierno de Inglaterra y Francia piensan del cambio de sistema propuesto, y de la elección de las dinastías.
Pero… mientras Bolívar tejía planes de unidad, el almirante Fleming utilizaba la presencia de la Royal Navy en las Antillas para estimular la secesión de las provincias de Venezuela –entonces unidas con Colombia, Ecuador, Perú y Panamá. Esta última solicitaba de inmediato ponerse bajo soberanía británica. Y en Londres el gobierno de su Majestad subordinaba a sus intereses políticos los planteamientos que le llegaban de Sudamérica. Si recién en 1823 Gran Bretaña había arrancado de Francia la renuncia a anexionar territorio español en América, si había prometido a EEUU que no buscaba extenderse en aquel continente, si había impedido a germanos y rusos imponer los «legítimos derechos de Fernando VII sobre sus súbditos de América», cabe imaginar lo que hubiera significado entonces proclamar rey de Hispanoamérica a un príncipe británico. Hubiera quebrado la estructura de relaciones internacionales del Reino Unido. Imposible. E innecesario. Los intereses británicos eran sobre todo comerciales, y podían defenderse por otros medios. ¿Designar a un príncipe francés? Ello iba contra la política inglesa (Tratado de Utrecht, 1713) de impedir a Francia expandirse hacia la América española, y a España ceder ésta a un tercer Estado sin consentimiento británico. También contradecía el esfuerzo de Londres de disminuir el dominio de Francia sobre España. ¿Poner la América española bajo la autoridad de un príncipe no francés? Contradecía otra ambición británica: aislar América de los Poderes continentales europeos. La respuesta del primer ministro lord Aberdeen a Bolívar descartaba estas opciones, una tras otra, y le ofrecía la mejor para los intereses británicos. Que debió parecer al Libertador la cuadratura del círculo:
«Debe usted insinuar al Gobierno de Colombia la elevación al Trono de un Príncipe […] de la Casa Real de España».
La titánica empresa de Simón Bolívar, ¿podía en 1829 desembocar en lo que fue, cuarenta y seis años antes, punto de partida del proyecto del conde de Aranda, en Estados independientes con un príncipe español al frente? En 1783 no lo aceptó la corte de Madrid, en 1829 los españoles americanos habían roto todos los vínculos materiales y políticos con Madrid. Tras diecinueve años de guerras civiles, de sucesivas intervenciones de las Potencias, era de por sí improbable que Bolívar pudiera aceptar tamaña diacronía. Y aun si hubiera soñado en ella, la realidad de la “América Meridional” no la hubiera tolerado –tampoco el gobierno absolutista de Madrid, tan contrario a reconocer la independencia en 1829 como en 1783. Por no hablar de EEUU, enemigo de la unidad de la América hispana en cualquiera de sus formas, incluso la republicana. Mientras que John Q. Adams consideraba la propuesta de anexión a EEUU formulada por la oligarquía criolla de Guatemala (los actuales Costa Rica, El Salvador, Nicaragua, Honduras), fue constante la animadversión del presidente de EEUU contra lo que calificaba de «gigantesco proyecto de ambición napoleónica» de Simón Bolívar. Los agentes de EEUU observaban los planes de éste y de quienes denominaban «reaccionarios de Colombia y Europa»:
Su gran diseño es […] establecer un gobierno monárquico sobre el conjunto de las antiguas posesiones españolas. El número de reinos en que deban ser divididas es una cuestión de menor interés, que no quieren que se interfiera con su designio principal.
A fines de 1829 llegó a Lima el agente de EEUU Samuel Larned, e informaba que Bolívar tenía partidarios monárquicos en todos los nuevos Estados que le reconocían como su “Jefe”, miraban hacia él para la «consumación de sus planes», su influencia «se manifiesta por sí misma uniformemente enemiga de los intereses y buen nombre de Estados Unidos, y de su gobierno». Los agentes de EEUU se movían entre los muchos adversarios criollos de Bolívar, en 1830 estimularon que éstos se amotinaran en Perú contra los británicos, confiscaran las propiedades inglesas y suspendieran el pago de la deuda contraída con Londres. En enero de aquel año Bolívar había renunciado a la Presidencia de Gran Colombia. Descorazonado, entre el sentimiento de soledad y el de haber “arado en el mar”, buscó refugio cerca de Santa Marta y murió en diciembre siguiente, en casa de un amigo español…
(continuará)
[ Fragmento de: Joan E. Garcés. “Soberanos e intervenidos” ]
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