domingo, 22 de marzo de 2026

 

 

1402

 

 LAS VENAS ABIERTAS DE AMÉRICA LATINA

 Eduardo Galeano

 

 (14)

 

 

 

PRIMERA PARTE

 

LA POBREZA DEL HOMBRE COMO RESULTADO DE LA RIQUEZA DE LA TIERRA.

 

EL REY AZÚCAR Y OTROS MONARCAS AGRÍCOLAS

 

 


 

LAS PLANTACIONES, LOS LATIFUNDIOS Y EL DESTINO

 

  La búsqueda del oro y de la plata fue, sin duda, el motor central de la conquista. Pero en su segundo viaje, Cristóbal Colón trajo las primeras raíces de caña de azúcar, desde las islas Canarias, y las plantó en las tierras que hoy ocupa la República Dominicana. Una vez sembradas, dieron rápidos retoños, para gran regocijo del almirante. El azúcar, que se cultivaba en pequeña escala en Sicilia y en las islas Madeira y Cabo Verde y se compraba, a precios altos, en Oriente, era un artículo tan codiciado por los europeos que hasta en los ajuares de las reinas llegó a figurar como parte de la dote. Se vendía en las farmacias, se lo pesaba por gramos. Durante poco menos de tres siglos a partir del descubrimiento de América, no hubo, para el comercio de Europa, producto agrícola más importante que el azúcar cultivado en estas tierras. Se alzaron los cañaverales en el litoral húmedo y caliente del nordeste de Brasil y, posteriormente, también las islas del Caribe —Barbados, Jamaica, Haití y la Dominicana, Guadalupe, Cuba, Puerto Rico y Veracruz y la costa peruana resultaron sucesivos escenarios propicios para la explotación, en gran escala, del «oro blanco». Inmensas legiones de esclavos vinieron de África para proporcionar, al rey azúcar, la fuerza del trabajo numerosa y gratuita que exigía: combustible humano para quemar. Las tierras fueron devastadas por esta planta egoísta que invadió el Nuevo Mundo arrasando los bosques, malgastando la fertilidad natural y extinguiendo el humus acumulado por los suelos. El largo ciclo del azúcar dio origen, en América Latina, a prosperidades tan mortales como las que engendraron, en Potosí, Ouro Preto, Zacatecas y Guanajuato, la furores de la plata y el oro; al mismo tiempo, impulsó con fuerza decisiva, directa e indirectamente, el desarrollo industrial de Holanda, Francia, Inglaterra y Estados Unidos.

 

  La plantación, nacida de la demanda de azúcar en ultramar, era una empresa movida por el afán de ganancia de su propietario y puesta al servicio del mercado que Europa iba articulando internacionalmente. Por su estructura interna, sin embargo, tomando en cuenta que se bastaba a sí misma en buena medida; resultaban feudales algunos de sus rasgos predominantes. Utilizaba, por otra parte, mano de obra esclava. Tres edades históricas distintas —mercantilismo, feudalismo, esclavitud— se combinaban así en una sola unidad económica y social, pero era el mercado internacional quien estaba en el centro de la constelación de poder que el sistema de plantaciones integró desde temprano.

 

  De la plantación colonial, subordinada a las necesidades extranjeras y financiada, en muchos casos, desde el extranjero, proviene en línea recta el latifundio de nuestros días. Este es uno de los cuellos de botella que estrangulan el desarrollo económico de América Latina y uno de los factores primordiales de la marginación y la pobreza de las masas latinoamericanas. El latifundio actual, mecanizado en medida suficiente para multiplicar los excedentes de mano de obra, dispone de abundantes reservas de brazos baratos. Ya no depende de la importación de esclavos africanos ni de la «encomienda» indígena. Al latifundio le basta con el pago de jornales irrisorios, la retribución de servicios en especies o el trabajo gratuito a cambio del usufructo de un pedacito de tierra; se nutre de la proliferación de los minifundios, resultado de su propia expansión, y de la continua migración interna de legiones de trabajadores que se desplazan empujados por el hambre, al ritmo de las zafras sucesivas.

 

  La estructura combinada de la plantación funcionaba, y así funciona también el latifundio, como un colador armado para la evasión de las riquezas naturales. Al integrarse al mercado mundial, cada área conoció un ciclo dinámico; luego, por la competencia de otros productos sustitutivos, por el agotamiento de la tierra o por la aparición de otras zonas con mejores condiciones, sobrevino la decadencia. La cultura de la pobreza, la economía de subsistencia y el letargo son los precios que cobra, con el transcurso de los años, el impulso productivo original. El nordeste era la zona más rica de Brasil y hoy es la más pobre; en Barbados y Haití habitan hormigueros humanos condenados a la miseria; el azúcar se convirtió en la llave maestra del dominio de Cuba por los Estados Unidos, al precio del monocultivo y del empobrecimiento implacable del suelo. No sólo el azúcar. Esta es también la historia del cacao, que alumbró la fortuna de la oligarquía de Caracas; del algodón de Maranhão, de súbito esplendor y súbita caída; de las plantaciones de caucho en el Amazonas, convertidas en cementerios para los obreros nordestinos reclutados a cambio de moneditas; de los arrasados bosques de quebracho del norte argentino y del Paraguay; de las fincas de henequén, en Yucatán, donde los indios yaquis fueron enviados al exterminio. Es también la historia del café, que avanza abandonando desiertos a sus espaldas, y de las plantaciones de frutas en Brasil, en Colombia, en Ecuador y en los desdichados países centroamericanos. Con mejor o peor suerte, cada producto se ha ido convirtiendo en un destino, muchas veces fugaz, para los países, las regiones y los hombres. El mismo itinerario han seguido, por cierto, las zonas productoras de riquezas minerales. Cuanto más codiciado por el mercado mundial, mayor es la desgracia que un producto trae consigo al pueblo latinoamericano que, con su sacrificio, lo crea. La zona menos castigada por esta ley de acero, el Río de la Plata, que arrojaba cueros y luego carne y lana a las corrientes del mercado internacional, no ha podido, sin embargo, escapar de la jaula del subdesarrollo.

 

 

 

EL ASESINATO DE LA TIERRA EN EL NORDESTE DE BRASIL

 

  Las colonias españolas proporcionaban, en primer lugar, metales. Muy temprano se habían descubierto, en ellas, los tesoros y las vetas. El azúcar, relegada a un segundo plano, se cultivó en Santo Domingo, luego en Veracruz, más tarde en la costa peruana y en Cuba. En cambio, hasta mediados del siglo XVII, Brasil fue el mayor productor mundial de azúcar. Simultáneamente, la colonia portuguesa de América era el principal mercado de esclavos; la mano de obra indígena, muy escasa, se extinguía rápidamente en los trabajos forzados, y el azúcar exigía grandes contingentes de mano de obra para limpiar y preparar los terrenos, plantar, cosechar y transportar la caña y, por fin, molerla y purgarla. La sociedad colonial brasileña, subproducto del azúcar, floreció en Bahía y Pernambuco, hasta que el descubrimiento del oro trasladó su núcleo central a Minas Gerais.

 

  Las tierras fueron cedidas por la corona portuguesa, en usufructo, a los primeros grandes terratenientes de Brasil. La hazaña de la conquista habría de correr pareja con la organización de la producción. Solamente doce «capitanes» recibieron, por carta de donación, todo el inmenso territorio colonial inexplorado, para explotarlo al servicio del monarca. Sin embargo, fueron capitales holandeses los que financiaron, en mayor medida, el negocio, que resultó en resumidas cuentas, más flamenco que portugués. Las empresas holandesas no sólo participaron en la instalación de los ingenios y en la importación de lo, esclavos; además, recogían el azúcar en bruto en Lisboa, lo refinaban obteniendo utilidades que llegaban a la tercera parte del valor del producto, y lo vendían en Europa. En 1630 la Dutch West India Company invadió y conquistó la costa nordeste de Brasil para asumir directamente el control del producto. Era preciso multiplicar las fuentes del azúcar, para multiplicar las ganancias, y la empresa ofreció a los ingleses de la isla Barbados todas las facilidades para iniciar el cultivo en gran escala en las Antillas. Trajo a Brasil colonos del Caribe, para que allí, en sus flamantes dominios, adquirieran los necesarios conocimientos técnicos y la capacidad de organización. Cuando los holandeses fueron por fin expulsados del nordeste brasileño, en 1654, ya habían echado las bases para que Barbados se lanzara a una competencia furiosa y ruinosa. Habían llevado negros y raíces de caña, habían levantado ingenios y les habían proporcionado todos los implementos. Las exportaciones brasileñas cayeron bruscamente a la mitad, y a la mitad bajaron los precios del azúcar a fines del siglo XVII. Mientras tanto, en un par de décadas, se multiplicó por diez la población negra de Barbados. Las Antillas estaban más cerca del mercado europeo, Barbados proporcionaba tierras todavía invictas y producía con mejor nivel técnico. Las tierras brasileñas se habían cansado. La formidable magnitud de las rebeliones de los esclavos en Brasil y la aparición del oro en el sur, que arrebataba mano de obra a las plantaciones, precipitaron también la crisis del nordeste azucarero. Fue una crisis definitiva. Se prolonga, arrastrándose penosamente de siglo en siglo, hasta nuestros días.

 

El azúcar había arrasado el nordeste. La franja húmeda del litoral, bien regada por las lluvias, tenía un suelo de gran fertilidad, muy rico en humus y sales minerales, cubierto por los bosques desde Bahía hasta Ceará. Esta región de bosques tropicales se convirtió, como dice Josué de Castro, en una región de sabanas. Naturalmente nacida para producir alimentos, pasó a ser una región de hambre. Donde todo brotaba con vigor exuberante, el latifundio azucarero, destructivo y avasallador, dejó rocas estériles, suelos lavados, tierras erosionadas. Se habían hecho, al principio, plantaciones de naranjos y mangos, que «fueron abandonadas a su suerte y se redujeron a pequeñas huertas que rodeaban la casa del dueño del ingenio, exclusivamente reservadas a la familia del plantador blanco». Los incendios que abrían tierras a los cañaverales devastaron la floresta y con ella la fauna; desaparecieron los ciervos, los jabalíes, los tapires, los conejos, las pacas y los tatúes. La alfombra vegetal, la flora y la fauna fueron sacrificadas, en los altares del monocultivo, a la caña de azúcar. La producción extensiva agotó rápidamente los suelos.

 

  A fines del siglo XVII, había en Brasil no menos de 120 ingenios, que sumaban un capital cercano a los dos millones de libras, pero sus dueños, que poseían las mejores tierras, no cultivaban alimentos. Los importaban, como importaban una vasta gama de artículos de lujo que llegaban, desde ultramar, junto con los esclavos y las bolsas de sal. La abundancia y la prosperidad eran, como de costumbre, simétricas a la miseria de la mayoría de la población, que vivía en estado crónico de subnutrición. La ganadería fue relegada a los desiertos del interior, lejos de la franja húmeda de la costa: el sertão que, con un par de reses por kilómetro cuadrado, proporcionaba (y aún proporciona) la carne dura y sin sabor, siempre escasa.

 

  De aquellos tiempos coloniales nace la costumbre, todavía vigente, de comer tierra. La falta de hierro provoca anemia; el instinto empuja a los niños nordestinos a compensar con tierra las sales minerales que no encuentran en su comida habitual, que se reduce a la harina de mandioca, los frijoles y, con suerte, el tasajo. Antiguamente, se castigaba este «vicio africano» de los niños poniéndoles bozales o colgándolos dentro de cestas de mimbre a larga distancia del suelo.

 

El nordeste de Brasil es, en la actualidad, la región más subdesarrollada del hemisferio occidental. Gigantesco campo de concentración para treinta millones de personas, padece hoy la herencia del monocultivo del azúcar. De sus tierras brotó el negocio más lucrativo de la economía agrícola colonial en América Latina. En la actualidad, menos de la quinta parte de la zona húmeda de Pernambuco está dedicada al cultivo de la caña de azúcar, y el resto no se usa para nada: los dueños de los grandes ingenios centrales, que son los mayores plantadores de caña, se dan este lujo del desperdicio, manteniendo improductivos sus vastos latifundios. No es en las zonas áridas y semiáridas del interior nordestino donde la gente come peor, como equivocadamente se cree. El sertáo, desierto de piedra y arbustos ralos, vegetación escasa, padece hambres periódicas: el sol rajante de la sequía se abate sobre la tierra y la reduce a un paisaje lunar; obliga a los hombres al éxodo y siembra de cruces los bordes de los caminos. Pero es en el litoral húmedo donde se padece hambre endémica. Allí donde más opulenta es la opulencia, más miserable resulta, tierra de contradicciones, la miseria: la región elegida por la naturaleza para producir todos los alimentos, los niega todos: la franja costera todavía conocida, ironía del vocabulario, como zona da mata, «zona del bosque», en homenaje al pasado remoto y a los míseros vestigios de la forestación sobreviviente a los siglos del azúcar. El latifundio azucarero, estructura del desperdicio, continúa obligando a traer alimentos desde otras zonas, sobre todo de la región centro-sur del país, a precios crecientes. El costo de la vida en Recife es el más alto de Brasil, por encima del índice de Río de Janeiro. Los frijoles cuestan más caros en el nordeste que en Ipanema, la lujosa playa de la bahía carioca. Medio kilo de harina de mandioca equivale al salario diario de un trabajador adulto en una plantación de azúcar, por su jornada de sol a sol: si el obrero protesta, el capataz manda buscar al carpintero para que le vaya tomando las medidas del cuerpo. Para los propietarios o sus administradores sigue en vigencia, en vastas zonas, el «derecho a la primera noche» de cada muchacha. La tercera parte de la población de Recife sobrevive marginada en las chozas de los bajos fondos; en un barrio, Casa Amarela, más de la mitad de los niños que nacen muere antes de llegar al año. La prostitución infantil, niñas de diez o doce años vendidas por sus padres, es frecuente en las ciudades del nordeste. La jornada de trabajo en algunas plantaciones se paga por debajo de los jornales bajos de la India. Un informe de la Feo, organismo de las Naciones Unidas, aseguraba en 1957 que en la localidad de Vitoria, cerca de Recife, la deficiencia de proteínas «provoca en los niños una pérdida de peso de un 40% más grave de lo que se observa generalmente en Africa». En numerosas plantaciones subsisten todavía las prisiones privadas, «pero los responsables de los asesinatos por subalimentación —dice René Dumorit— no son encerrados en ellas, porque son los que tienen las llaves». Pernambuco produce ahora menos de la mitad del azúcar que produce el estado de São Paulo, y con rendimientos menores por hectárea; sin embargo, Pernambuco vive del azúcar, y de ella viven sus habitantes densamente concentrados en la zona húmeda, mientras que el estado de São Paulo contiene el centro industrial más poderoso de América Latina. En el nordeste ni siquiera el progreso resulta progresista, porque hasta el progreso está en manos de pocos propietarios. El alimento de las minorías se convierte en el hambre de las mayorías. A partir de 1870, la industria azucarera se modernizó considerablemente con la creación de los grandes molinos centrales, y entonces «la absorción de las tierras por los latifundios progresó de modo alarmante, acentuando la miseria alimentaria de esa zona». En la década de 1950, la industrialización en auge incrementó el consumo del azúcar en Brasil. La producción nordestina tuvo un gran impulso, pero sin que aumentaran los rendimientos por hectárea. Se incorporaron nuevas tierras, de inferior calidad, a los cañaverales, y el azúcar nuevamente devoró las pocas áreas dedicadas a la producción de alimentos. Convertido en asalariado, el campesino que antes cultivaba su pequeña parcela no mejoró con la nueva situación, pues no gana suficiente dinero para comprar los alimentos que antes producía. Como de costumbre, la expansión expandió el hambre…

 

(continuará)

 

 

 

[ Fragmento de: Eduardo Galeano. “Las venas abiertas de América Latina” ]

 

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lunes, 16 de marzo de 2026

 

1401

 

DE LA DECADENCIA DE LA POLÍTICA EN EL CAPITALISMO TERMINAL

Andrés Piqueras

 

 (47)

 

 

PARTE II

Del in-politicismo teórico-práctico

 

 


9.1.

DE LA RACANERÍA INTERPRETATIVA (Y ARGUMENTAL) DE MOUFFE Y LACLAU

 

Empeñarse en hacer pasar la enorme complejidad y riqueza de la obra marxiana como una más de las interpretaciones reduccionistas, no enriquece el avance científico, sino todo lo contrario. Las tesis de Mouffe y Laclau no nos proporcionan, en definitiva, solamente una interpretación “rácana” de Marx, a la que nos tienen acostumbrados tantos “post-marxismos” y las posturas más explícitamente anti-marxistas, sino “un auténtico ejercicio de deformación intelectual y simplificación” de la construcción teórica de Marx, que hay que combatir con todo el rigor de la teoría (Sánchez Berrocal, 2019).

 

Para empezar, esta pareja de autores es altamente representativa del postmarxismo en general cuando se desliga de toda materialidad, valga decir, causalidad básica, para los procesos sociopolíticos. Hay en sus postulados teóricos (Laclau y Mouffe, 2011) una manifiesta autonomización de la política y la ideología, que pierden su relación con la economía y con las condiciones materiales de existencia. Es la ideología (en última instancia “el discurso”) lo que para ellos constituye a la sociedad. Hacen valer también el principio de no-correspondencia, sosteniendo que las condiciones económicas o sociales no producen necesariamente ningún tipo de fuerza política correspondiente (premisa con la cual no hay problema en concordar, una vez considerado el adverbio en cursiva). Sin embargo, de ahí derivan Mouffe y Laclau un difícilmente aceptable dualismo teórico: si no hay determinación, tampoco hay causalidad, relación ni condicionamiento alguno. De donde se concluye en términos políticos que un movimiento alter-sistémico no tiene porqué estar enraizado en unas concretas condiciones materiales. Concatenación de presupuestos erróneos que se complementan con una visión pluralista del Estado: éste es susceptible de mostrar autonomía respecto de las clases dominantes y de la ley del valor del capital, por lo que puede ser objeto de apropiación por diferentes intereses contrarios, por unos u otros sectores de la población; pudiendo pasar así de las manos de las clases dominantes a las de las dominadas sin necesidad de estrategia rupturista alguna, sino por simple “extensión de la democracia” (de hecho, no hacen sino seguir el yermo sendero de la socialdemocracia clásica, que llegó a entender el capitalismo monopolista de Estado como una transición entre el capitalismo y el socialismo).En la teoría postmarxista el “impulso” democrático y la pluralidad de luchas democráticas reemplazan, pues, a los intereses materiales y a las luchas de clase en la movilización de la historia. Presas de la artificial separación de esferas entre la economía y la política que genera el capitalismo, las elaboraciones postmarxistas delimitan la democracia a la esfera político-jurídica formal, excluyendo el núcleo de las relaciones sociales. Ilusión que conduce a una suerte de estatismo o contemplación del Estado como vía privilegiada de transformación social al ser capaz de transformarse a sí mismo mediante procedimientos democráticos. La teoría, por su parte, no es sino un artefacto para la contienda electoral.

 

Tales propósitos entrañan una premisa ineludible, aunque no declarada: que al Sistema le vaya bien, y que quienes acceden al Estado alberguen la capacidad de hacer que aquél funcione (lo que al final resulta clave para el éxito electoral). En ese sentido es imprescindible señalar que Laclau y Mouffe interiorizan sin trabas la ilusión democrática capitalista como punto de partida dado. En el pensamiento posmarxista, siguiendo el gusto neoliberal, existe una continua disociación entre democracia como si de por sí fuera un “régimen” propio, y capitalismo entendido de forma “economicista”, como mero sistema de producción. Esto es, se concibe “la democracia” como una forma de sociedad que se define exclusivamente en el plano de lo político, dejando de lado su posible articulación con un sistema económico.

 

“Sólo de esta manera se puede autonomizar al discurso democrático liberal de cualquier relación con el capitalismo y pensar que con su extensión a otras esferas puede por sí mismo eliminar las relaciones de subordinación, como si unas no tuvieran que ver con las otras, y cada esfera se constituyera simbólicamente por separado y no a partir de las mismas relaciones sociales” (Waiman,2013).

 

 

Tal ilusión, que según vimos en el segundo capítulo impregna el metabolismo social capitalista, hace también que demasiadas de las teorizaciones “post” sean víctimas de la misma, al parecer auto-complacidas.

 

 

“Más aún que la necesidad de preservar la economía de mercado, eufemismo habitual para designar el capitalismo, economía en la que las ‘instituciones democráticas liberales’ se presentan como complemento indisociable y (mediando alguna restructuración) como única modalidad posible de la democracia sin más, es sin duda la última cuestión la más reveladora del contenido del proyecto intelectual de Laclau. En efecto, concibe la democracia radical como un proceso de extensión y de generalización de la lógica liberal-democrática a un creciente número de espacios sociopolíticos. Pero, atención: esta radicalización no debe superar determinados límites; precisamente aquellos que condicionan, en palabras de Laclau, el ‘pluralismo social y cultural en una determinada sociedad’; es decir, en buena lógica liberal, la economía de mercado y la propiedad privada” (Kouvélakis, 2019).

 

 

Esta insistencia en la “compatibilidad” del cambio social deseable con la estructura de las relaciones sociales existentes, definida a través del eufemismo ad hoc del liberalismo como “pluralismo de intereses”, es definitivamente clarificadora del proyecto “postmarxista” en general.

 

Veamos los argumentos de Mouffe sobre la democracia capitalista y sus propuestas de intervención dentro de los límites que aquélla proporciona, donde por fin retrata sin tapujos sus posiciones al respecto. Ese es el auténtico “mérito” de su hasta el momento último libro, una vez fallecido su compañero Laclau:

 

“¿Cómo es posible concebir la democracia de un modo que permita la confrontación entre proyectos hegemónicos opuestos en su seno (…) uno de los desafíos más importantes para la política democrática liberal pluralista [sic] consiste en intentar desactivar el antagonismo potencial que existe en las relaciones humanas para hacer posible la coexistencia humana (…) La cuestión crucial en un régimen democrático liberal es, por lo tanto, cómo establecer esta distinción nosotros /ellos –que es constitutiva de la política– de modo que sea compatible con el reconocimiento del pluralismo. Lo importante es que cuando surja un conflicto, no tome la forma de un antagonismo (una lucha entre enemigos), sino la de un agonismo (una lucha entre adversarios)” (Mouffe, 2018).

 

 

Explotadores y explotados pasan a ser “adversarios” cuya existencia se proclama “legítima”. He aquí la ferviente asunción de las ilusiones que propaga el capital. ¿Puede haber alguna manera más clara de concebir al modo de producción capitalista como el inalterado (y tal vez ensoñadoramente inalterable) orden dado de las cosas, y además asumirlo como una entelequia (una supraestructura) democrática colgada en el vacío? Se entiende así que para esta autora

 

“…el objetivo de la estrategia populista de izquierda no es establecer un ‘régimen populista’, sino construir un sujeto colectivo capaz de lanzar una ofensiva política para establecer una nueva formación hegemónica dentro del marco democrático liberal” (2018).

 

 

Lanza Mouffe toda esa declaración de principios, esa andanada ideológica, sin el más mínimo rubor, ni la más mínima preocupación por analizar en absoluto en qué consiste el capital(ismo) y por tanto sin explicar jamás, ni por asomo, cómo va a poder radicalizarse la democracia sin tocar las relaciones sociales de producción, máxime mientras se obstruye la reproducción del valor capital que da su razón de ser a la sociedad capitalista. Ya vimos en el capítulo 5 las condiciones socio-históricas y económicas que requiere la mejora de la democracia capitalista, y que mientras sea el valor la principal constitución de la sociedad, tal democracia tendrá sólo tibias manifestaciones en la esfera de la circulación del capital. Ante la decadencia del valor la democracia será cada vez más mera ilusión. Como buena representante de estos tiempos “post” de descomposición sistémica, nuestra autora se empecina, paradójicamente (¿o no tanto?), en proponer razonamientos kantiano-ideales sobre el proceder social, ignorando los procesos vitales de la sociedad del capital y por tanto las conclusiones que de ellos se derivan; como si la política pudiera campar a sus anchas, cuan campo aislado y autónomo, sin relación con las bases materiales-económicas de la sociedad. ¡Todo y a pesar de que ella misma reconoce que estamos en un “momento postdemocrático”! ¿Cómo es posible, entonces, que la ensalzada y siempre deseable “democracia liberal” se haga “postdemocrática”? Todo un misterio para esta autora, que no obstante propone al populismo como antídoto contra tal degeneración:

 

“En este momento postdemocrático, cuando la recuperación y la radicalización de la democracia forman parte de la agenda, el populismo, al enfatizar el demos como dimensión esencial de la democracia, es particularmente adecuado para calificar a la lógica política adaptada a la coyuntura. Entendido como una estrategia política que destaca la necesidad de trazar una frontera política entre el pueblo y la oligarquía, cuestiona la visión postpolítica que identifica democracia con consenso”

(Mouffe, 2018).

 

 

Ya en un libro conjunto con Errejón, Mouffe y él ven la dificultad del acceso de las reivindicaciones y demandas de las clases subalternas como una carencia de la “vieja política”, y de la deriva “postpolítica” actual, pero no asocian ni una ni otra a la evolución del valor-capital, a su cambiante plasmación en forma de diferentes fases del modo de producción capitalista. Por eso mismo, nos hablan del populismo como una forma de construir lo político que no está asociada a  contenidos ideológicos ni prácticas de grupos particulares. Es más una “forma” que un contenido. Es el discurso populista el que unifica sectores sociales, luchas y campos, y produce el “pueblo” o convierte a la “gente” en un sujeto político, al que hay que enfrentar dicotómicamente con el “establishment”. Y aducen una razón de oportunidad, que aunque no analizan en sus raíces profundas, al menos alcanzan a detectar, pues nos dicen que en ese objetivo hay que saber aprovechar la “situación populista”, que es producto de la dominación que ejerce hoy el capitalismo (a la que tildan de “biopolítica”), siendo las resistencias que suscita difícilmente canalizadas por la institucionalidad existente.

 

“Estas transformaciones han creado las condiciones de una ‘situación populista’ caracterizada por una profunda crisis del sistema de representación” (Errejón y Mouffe, 2015).

 

 

Pero se olvidan de que un “pueblo” o cualquier otra forma de (designación de un) sujeto colectivo político con pretensiones de contra-totalidad, no se construye sólo con discursos. Antes bien, es el resultado de años de esfuerzos y trabajos de base, organizando desde abajo, creando sujetos moleculares capaces de tejerse en red en las entrañas del metabolismo social, compaginados con organizaciones de masas preparadas para enfrentar los poderes del capital también en los ámbitos de mando. Acciones que no las puede llevar a cabo “cualquier” agente social. La carencia de todos esos procesos y agentes sociales y políticos ha sido causa de la endeblez transformadora (cuando no inexistencia total de la misma) de los elementos populistas que alumbraron estas mentes. Por eso mismo, Mouffe, con Errejón, son pertinaces en su reflexión sobre el vacío y en su introyección de las ilusiones del capital, al brindarnos una concepción de la democracia desligada de la tierra o substrato material del que brota, como si fuera un mero mecanismo procedimental, ajeno al modo de producción en el que se halla.

 

“La democracia no es estar todos de acuerdo sino construir los procedimientos y mecanismos a partir de los cuales se pueda dar una disputa innita sobre temas de lo más diversos. Una disputa innita por determinar el reparto de bienes colectivos y de posiciones (…) en realidad la democracia es la posibilidad de elegir entre opciones diferentes y se nutre del conflicto, no la debilita” (Errejón y Mouffe, 2015).

 

 

¿Procedimientos y mecanismos de disputa entre “iguales” (convertidos en “adversarios agonistas”), sin que medie coacción ni desposesión ni explotación entre ellos? La democracia así entendida mistifica y legitima las relaciones de dominación y explotación de clase (niega su existencia al definirlas como relaciones entre individuos libres e iguales). Con ello se niega también la democracia como poder popular y se delimita la esfera en la que puede operar sin afectar las relaciones de producción-explotación, por lo que se hace en el imaginario “post” perfectamente compatible con el capitalismo. Es, por tanto, una “democracia” inocua, que no afecta las bases del mismo (la transformación revolucionaria queda reducida a una continuidad indolora entre una forma democrática y otra) (Meiksins Wood, 2013)…

 

(continuará)

 

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