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DE LA
DECADENCIA DE LA POLÍTICA EN EL CAPITALISMO TERMINAL
Andrés
Piqueras
(48)
PARTE
II
Del
in-politicismo teórico-práctico
Capítulo
10
UN
REPASO A LOS PORQUÉS DEL (ÉXITO DEL) POPULISMO
Y A SU
CONVERSIÓN EN BASAMENTO DE LOS
“POSTMARXISMOS”
El
variado “post-marxismo” que se exhibe en la actualidad suele estar enroscado en
torno a toda una fragmentación de sujetos, movimientos e identidades que, por
otro lado, no sabe explicar más allá de sus manifestaciones concretas evidentes
o epifenoménicas. Como gran parte de la ciencia social en general (cada vez más
“postmoderna”) su incapacidad para analizar dialécticamente la totalidad
capitalista y sus partes agenciales resultantes de las distintas expresiones de
desigualdad, explotación y opresión, le lleva a multiplicar los análisis de
contexto, “empíricos”, con descripciones auto-explicativas, fenomenológicas
(basadas en el propia habla construida de las personas implicadas), o bien a
ensayar sincretismos (pseudo)teóricos sin alcanzar las raíces profundas de las
cosas, incapaz de predecir los próximos movimientos. En esa línea de carencias
es que también cualquier consideración geopolítica o geoeconómica está por lo
general, como en el caso de los neomarxismos, ausente de sus análisis. No es de
extrañar, entonces, que buena parte de sus propuestas y proyecciones políticas
conduzcan a la añoranza de un anterior “capitalismo regulado”, y que terminen,
en lógica, centradas en ilusorios procesos de mejora de la democracia
capitalista y de colaboración entre clases, promoviendo de paso la integración
subordinada en los propios gobiernos del Capital. Hay una vertiente del
populismo que nos lleva casi al mismo sitio pero de forma más camuflada, no
tanto a través de la “postpolítica” [que se formularía más bien como
señalamiento o denuncia de la sustracción de la política que provoca el
consenso sobre las bases constitutivas de la sociedad del capital], sino
de la “infrapolítica” estrechamente unida a la “posthegemonía”, proponente de
acciones inverosímiles y estados de pensamiento absolutamente improbables para
las grandes mayorías de población, con lo que a la postre se contribuye a su
desactivación agencial y, claro está, a la permanencia de este orden social y
sus instituciones. También de sus elementos básicos constitutivos: la
mercancía, el valor y el capital.
En
cualquier caso, uno de los principales frutos de unas u otras de estas tendencias
ha sido la revitalización del populismo. Un término, por cierto, ambiguo y sin
definición precisa o de consenso, pero que a diferencia de sus versiones
tradicionales, y a pesar de compartir parte de sus características, al irrumpir
en el actual capitalismo degenerativo adquiere unas connotaciones especiales
ligadas a “la forma que la lucha de clases tiende a asumir en una fase histórica
en la que las identidades sociales tradicionales han perdido consistencia y
autoconciencia” (Formenti, 2020). Este neopopulismo forja una frontera entre
dos opuestos que se representan como sujetos reales, el “pueblo” y “el poder”,
a partir de la que se pretende conseguir, a veces con éxito, una movilización
de masas, aglutinadas en un vínculo directo en torno a la figura de un/a
líder/esa carismático/a; lo cual permite la sustitución de un programa político
estratégico por un rosario de ideas-fuerza o consignas susceptibles de dar vida
a una organización de élite pero con predicado interclasista y vocación
mayoritaria. Es tal su ambigüedad como forma política vacía (siguiendo la
terminología de Lefort –1990–, quien entendía también idealistamente la
“democracia” no sólo como un régimen político desconectado de la economía, sino
como única forma de gobierno donde el poder aparece como un “lugar vacío”), que
se presta a ser rellenada con los materiales que introduzca cada líder/esa en
ella. Lo que igual puede servir como fórmula para establecer regímenes
autoritarios o señuelos para la consolidación de élites, que para permitir el
avance de procesos populares. Todo ello adobado siempre en la confianza en el
Estado capitalista como potencialmente favorecedor del bien común.
¿Pero
qué es lo que ha permitido de nuevo el auge del populismo? Para entenderlo hay
que atender, una vez más, a las condiciones socio-históricas que lo explican.
Demos un repaso a esas condiciones en las últimas décadas. Tras finalizar la
Segunda Guerra mundial, y hasta la mitad de los años setenta del siglo XX, las
formaciones sociales centrales experimentaron al menos tres décadas de
expansión del valor y vigorosa reproducción ampliada del capital, con la
consiguiente apertura de posibilidades de emprender una dinámica progresista-reformista
en la esfera socio-política (dinámica que se terminó de hacer efectiva gracias
a la constitución de la URSS y su victoria contra la guerra de exterminio que
desató la maquinaria nazi contra ella). Los cambios experimentados en la
estructura de clases proporcionados por ese nuevo “capitalismo de Estado”, con
sus vías fuertes de integración de la fuerza de trabajo (y de la sociedad en
general) a través de la seguridad social, así como el programado descrédito del
Bloque Soviético en la población europea occidental, habían ido preparando el
terreno, a su vez, contra las “viejas” formaciones partidistas o más en
general, contra las “viejas” formas de organizarse y hacer política.
Frente
al “obrerismo” propio del capitalismo industrial-fordista, se abrió paso el
movimientismo ciudadano, como forma predominante de contestación social en el
capitalismo de consumo keynesiano. Recuperada de las aún más viejas luchas del
pre o proto-proletariado europeo, esta forma de intervención social se expandió
pronto por las formaciones centrales del Sistema en su conjunto. Con ello, las
reivindicaciones devinieron más parciales, los campos de conflicto e intervención
dejaron atrás lo universal para irse haciendo, por lo general, cada vez más
reducidos, más sectoriales, más locales. Los logros, por tanto, también
menguaron. Unas y otros quedaban convenientemente (auto)connados dentro del
Sistema, un Sistema que supuestamente lo admitía todo y era capaz de reformarse
a sí mismo indefinidamente, con la ayuda de la ciudadanía, hasta poder llegar a
conseguirse a través de él cotas cada vez más altas de justicia e igualdad: era
el “momento rawlsiano”. También lo era de la proliferante malla de
elaboraciones y escuelas filosóficas neokantianas que predicaban ideales
regulativos para un capitalismo al que se le suponía con permanente
potencialidad de (auto)mejora. Las sociedades europeas habían interiorizado la
identificación del Sistema con “bienestar”, con “democracia” y con
“desarrollo”.
Hasta
que en los años 70 del siglo XX se evidenció el comienzo de la decadencia de
ese “capitalismo regulado”, dicho “keynesiano”, que iría siendo sustituido por
un tipo de capitalismo monopólico, primero transnacional y luego global, financiarizado,
el cual llega en sus estertores hasta la actualidad. Ese “nuevo” capitalismo
entrañaba una brutal ofensiva de clase (de la clase que personifica al
capital), que se dio bajo el nombre de neoliberalismo, y que supuso la
paulatina pero constante destrucción de las regulaciones capitalistas propias
del keynesianismo en las formaciones centrales (atañendo los mercados laborales,
las finanzas o las relaciones de clase mediadas por el Estado, entre otras).
Igualmente supuso la descomposición de las tímidas estrategias redistributivas
y emancipatorias en las formaciones periféricas y la derrota del campo
socialista o “Segundo Mundo”. Esto conllevó la aceleración de la proletarización
de las poblaciones del mundo “periférico”, en el que ya también caía el Bloque
Soviético (expulsión de las tierras, endeudamiento generalizado, pérdida de
medios de producción, destrucción de lo público…) y la reproletarización de las
sociedades centrales (con la pérdida de las medidas de protección social y
propiedad pública).
La
descomposición de los Grandes Sujetos (clases, movimiento obrero, nación,
organizaciones de masas…) que habían ido surgiendo del capitalismo “pre-democrático”
de la Primera y Segunda Revolución Industriales, se extremó con el capitalismo
“post-democrático” propio del nuevo modelo de crecimiento neoliberal-financiarizado.
Según se fue agotando la dinámica del valor y la consecución de una aceptable
tasa media de ganancia, las vías de “integración” de la población se fueron
haciendo también más limitadas y “blandas”, ya no a través de la seguridad social,
sino del consumo a crédito y del endeudamiento masivo, de la (pretendida)
revalorización financiera de los bienes inmuebles (una suerte de keynesianismo
de precio de activos) que, además de “democratizar la especulación” para más
capas sociales, permitía seguir manteniendo la ficción del consumo y de ser
“clase media” para la población trabajadora, ayudada tal ficción también
inestimablemente por la deslocalización empresarial y la consiguiente entrada
masiva de productos ultra-baratos de las periferias del Sistema, pero
especialmente de China. A todo ello se ha ido sumando el continuo
debilitamiento del hegemón mundial, al que acompaña el paulatino
desmoronamiento del Sistema-Mundo que levantó en torno a sí, sus instituciones,
relaciones internacionales y entramado de control-protección-castigo desplegado
a escala planetaria, según vimos en el capítulo 7. Circunstancia que contribuye
aún más al resquebrajamiento de la legitimidad del “bloque occidental”
–especialmente el tándem EE.UU.-UE–, a consecuencia de su creciente
imposibilidad de integrar demandas sociales latentes.
“Así,
una parte importante de la población pierde su confianza en el sistema de
gobierno, por lo que dejan de operar las certezas y los relatos que sostenían e
integraban el consenso entre gobernantes y gobernados”
(Vázquez, 2018).
El
destrozo de la “seguridad” colectiva (“seguridad social”) ha traído una vuelta
acelerada al mundo de las inseguridades: inseguridad de empleo y por tanto de
vivienda, inseguridad de acceso al consumo, al crédito y a los bienes, inseguridad
sanitaria, energética... Inseguridad del presente y todavía más del futuro,
como en la actualidad estamos constatando palmariamente.
El
problema para las fracciones agenciales del capital fue desde el principio cómo
manejar, aun continuando su pugna por el menguante beneficio, la descomposición
de la civilización industrial-fosilista, la destrucción de la sociedad y la
metamorfosis de las relaciones de clase. El neoliberalismo estuvo planificado
desde un principio para reprimir y desactivar políticamente a la sociedad. En
la medida en que, además, hace más tangible la dureza, suciedad y corrupción de
la política de clase del capital, provoca crecientemente una generalizada
desafección de la política y “los políticos” (de hecho, con él se consolidaría
el divorcio entre la tradición liberal y la democrática). Por eso, en cuanto
que fragmentaria, por veces contradictoria e incluso conflictiva y en todo caso
incompleta “revolución pasiva” de las élites, el neoliberalismo requirió bien
pronto igualmente de la “in-política” o, en su defecto, como variante suya, de
la construcción populista de la política (al igual que se servía del
postmodernismo en el ámbito académico-cultural –Jameson, 1991).
El
primer paso para ello ha consistido en crear una frontera política capaz de agrupar
una buena parte de las demandas sociales de un determinado momento en un campo
común, y definir al mismo tiempo un enemigo al que se le sitúa al otro lado de
esa frontera. En este sentido, una de las estrategias recurrentes de contención
del descontento social por parte de las elites reside en lo que Marx llamó la
personificación de las relaciones sociales de producción, esto es, la creación
de un enemigo concreto que absuelva de la ira popular al propio
Sistema. Aquí las posibilidades son abiertas: los banqueros, los políticos corruptos,
las transnacionales, la “casta”... Se abren paso así las dicotomías “nosotros”
/ “ellos”; el “pueblo” / la “casta”; el 99% / el 1%, etc. Es de esa manera que,
poco a poco, comienzan a levantarse los cimientos del neo populismo, un
populismo sin pueblo (Pasquinelli, 2019).
Un
siguiente paso, según los propios Laclau y Mouffe, es que una de esas demandas,
la que sea más capaz de llenar los “significantes vacíos” en que se traducen
las reivindicaciones fuertes de unos y otros sectores de la población, aglutine
a las restantes (en esto consiste también, aproximadamente, su noción de
“hegemonía”). Se canaliza así la lucha a través de identidades sociales y esferas
de acción supuestamente independientes, aptas para engarzarse a través de lo
discursivo mediante el “relato” que sea más capaz de concitar voluntades e imperar
en lo simbólico-cognitivo. Consecuentemente, se entiende también la sociedad
separada en esferas “autónomas” unas de otras: la económica, la social, la
política, la cultural-ideológica…
(continuará)
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