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Vida de ANTONIO GRAMSCI
Giuseppe Fiori
(…)
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(…) Fue Tatiana quien el 15 de diciembre de 1932 elevó una instancia al jefe del Gobierno solicitando que un médico de confianza, de fuera de la cárcel, pudiese visitar a Gramsci. El 20 de marzo, el profesor Umberto Arcangeli pudo ver al enfermo. Para intentar conseguir su restablecimiento consideró necesario un cambio radical de las condiciones en que vivía, cambio que solo era posible con una petición de gracia. Gramsci se opuso y la referencia a la gracia se quitó del certificado médico, que decía:
Antonio Gramsci padece mal de Pott; tiene lesiones tuberculosas en el lóbulo superior del pulmón derecho, que han provocado dos hemoptisis, una de ellas particularmente abundante y seguida de fuerte fiebre durante varios días; padece arterioesclerosis, con hipertensión de las arterias. Ha sufrido desvanecimientos con pérdida del conocimiento y parafasia, que han durado varios días. Desde el mes de octubre de 1932 ha perdido siete kilos.
El profesor Arcangeli concluía: «Gramsci no podrá sobrevivir mucho tiempo en las actuales condiciones; considero necesario su traslado a un hospital civil o a una clínica, a menos que sea posible concederle la libertad condicional». Pero durante algún tiempo no hubo en el régimen carcelario de Gramsci ningún cambio sensible.
El sufrimiento físico le amargaba. Se dirigía a sus familiares en tono resentido. Era impaciente y montaba fácilmente en cólera. Pero Tatiana y Carlo sabían hasta qué punto había que ser indulgentes con aquellas explosiones y seguían prodigándose. Con Julia, Antonio seguía una línea ondulatoria. Después del plan de separación legal, había habido oscilaciones y arrepentimientos, nuevas propuestas de ruptura radical y nuevas vacilaciones. La quería: esta era la causa de las indecisiones. El 27 de marzo, veinte días después del ataque de arterioesclerosis, le escribió: «Hace tiempo que no tengo noticias tuyas ni de los niños. En cambio yo te he escrito varias veces. Creo que tampoco Tatiana ha recibido noticias tuyas. Te ruego que me escribas y me tranquilices». Le inquietaba también la falta de noticias de su madre; el silencio de sus familiares no le inquietaba hasta el punto de hacerle comprender la verdad, pero le preocupaba de verdad. El 30 de abril escribió a Teresina: «He recibido dos postales con recuerdos tuyos, de Grazietta y de todos los niños. No me habéis mandado más noticias de mamá y no he visto que me deis recuerdos suyos en las postales. Te ruego que me digas lo que hay al respecto y que le digas también a Grazietta que me escriba».
Después de unas semanas de relativo alivio, la enfermedad volvió a agravarse. Las curas que podían hacerle en Turi eran inadecuadas para la gravedad de sus muchas enfermedades. Era necesaria una asistencia médica muy distinta, ya que se le negaba la aplicación de un artículo del código penal, el 176, que disponía la concesión de libertad condicional a los enfermos graves. No podía moverse de la cama («En cama puedo estar con los ojos cerrados y no ver las paredes que dan vueltas a mi alrededor»). El 29 de mayo escribió, repitiendo las palabras de Romain Rolland («El pesimismo de la inteligencia y el optimismo de la voluntad») que se habían convertido en su máxima:
Hasta hace algún tiempo yo era, por así decirlo, pesimista con la inteligencia y optimista con la voluntad. Es decir, aunque veía lúcidamente todas las condiciones desfavorables y fuertemente desfavorables para toda posible mejora de mi situación (tanto la general, en lo concerniente a mi posición jurídica, como la particular, en lo concerniente a mi salud física inmediata), pensaba que con un esfuerzo racional, con paciencia y arte, sin despreciar nada para organizar los pocos elementos favorables e intentar neutralizar los muchísimos elementos desfavorables, podría obtener un resultado apreciable, podría conseguir, por lo menos, vivir físicamente, detener el terrible consumo de energías vitales que me va postrando progresivamente. Hoy ya no pienso así. Esto no quiere decir que haya decidido rendirme. Pero sí quiere decir que ya no veo ninguna salida concreta y no puedo contar con ninguna reserva de fuerzas.
La respuesta del ministerio a una instancia para su traslado a la enfermería de otra prisión tardaba. El 15 de junio Tatiana fue a verle otra vez a la cárcel («Lo he encontrado con la cara hinchada por el dolor de las encías»). Dos días después pudo comprobar que la ruina de Antonio continuaba. En una carta, inédita, del 21 de junio a su amiga Nilde Perilli, decía: «Nino me ha escrito que ha vuelto a empeorar; se siente tan mal como cuando tuvo la crisis del 7 de marzo... En la carta de hoy Nino insiste en el tema de Julia, como en el noviembre pasado. Estoy desesperada». Por aquellos mismos días Tatiana recibió la noticia de la muerte de su padre: el señor Apolo había fallecido en Moscú el 29 de mayo. En aquel estado de ánimo celebró una nueva entrevista con Antonio el primero de julio. Encontró a un hombre sin voluntad, una sombra de hombre. Y al día siguiente pudo leer:
Estoy inmensamente cansado. Me siento lejos de todo y de todos. Ayer, en nuestra entrevista, lo pude comprobar una vez más. Debo decirte que la conversación me pesaba como un suplicio y me parecía que no iba a terminar nunca. Quiero decirte la verdad con toda franqueza y brutalidad, si me permites la expresión. No tengo nada que decir, ni a ti ni a nadie. Estoy vacío. En enero tuve la última sensación de vida, el último intento. No lo has comprendido. O no me he hecho entender, en las condiciones en que he de moverme y hablar. Ahora ya no hay nada que hacer. Si alguna vez llegas a tener otras experiencias como la que has tenido conmigo puedes creer que el tiempo es la cosa más importante: es un simple seudónimo de la vida.
Tatiana no se rindió. También ella estaba muy enferma y había llegado a una edad, cerca de los cincuenta años, que no permite sin grave perjuicio fatigas como las que ella había soportado en los últimos tiempos. La vida en un pueblo como Turi no parecía la más conveniente para sus condiciones de salud. Pero ni siquiera después de esta carta de Antonio regresó a Roma. Recibió otra cuatro días después, el 6 de julio:
He pedido que me dejasen escribirte esta carta extraordinaria. Creo que a estas horas habrás recibido ya la carta que te mandé el domingo y que te habrá causado mucho pesar. Estoy medio loco y no sé si no llegaré a estarlo del todo dentro de poco... Créeme, te lo ruego, que no puedo resistir más. El dolor en el cerebelo y en la bóveda del cráneo me ponen fuera de mí mismo. Se ha agravado también y se agrava cada día más la dificultad en el uso de las manos, cosa que no puede deberse únicamente a la arterioesclerosis... Hoy ha venido a visitarme un inspector de la administración penitenciaria, el cual me ha asegurado que de ahora en adelante recibiré los cuidados necesarios... El inspector me ha asegurado que el ministerio quiere interesarse por mi caso: espero, pues, que no será difícil obtener una cosa tan sencilla como la de que me envíen a un hospital penitenciario dotado de organización moderna. Es una cosa que ocurre a menudo. No puedo darte detalles, porque los ignoro: he oído hablar de las enfermerías de Roma y de Civitavecchia, pero me interesa poco el lugar. Lo que me interesa es que me saquen de este infierno donde estoy muriendo lentamente.
Se limitaron a cambiarlo de celda. Era una celda casi subterránea, húmeda, contigua a las celdas de castigo; pero en comparación con la anterior, situada junto al cuerpo de guardia, tenía la ventaja de estar aislada de los ruidos y rumores. Gramsci tenía ahora un compañero fijo de celda, Gustavo Trombetti. Lejos de los insoportables ruidos de antes, experimentó una mejora momentánea y el 24 de julio, pocos días después del traslado, pudo escribir a Tatiana:
Creo que puedo decirte, pese a lo precarias que son estas constataciones, como ya has visto, que me encuentro un poco mejor. El cambio de celda y, por consiguiente, de algunas de las condiciones exteriores de mi existencia, me ha ido bien porque ahora puedo dormir o, por lo menos, no existen las condiciones que me impedían dormir cuando tenía sueño y me despertaban bruscamente, provocándome agitación y espasmos. Todavía no duermo regularmente, pero podré dormir; en todo caso, aunque no duerma no estoy muy agitado.
Estudiaba y escribía. A 1933 corresponden los cuadernos 1 (notas diversas sobre varios temas), 2 (elementos de política), 4 y 22 (notas diversas).
Pero el cambio de celda era una solución inadecuada. Volvió a empeorar. Necesitaba cuidados serios, no un simple traslado de un piso a otro. Pero tuvo que esperar largo tiempo todavía (mientras las enfermedades ganaban terreno) antes de que el ministerio se decidiese a trasladarlo, siempre en situación de recluso, a un centro de cura. Le habían condenado a una pena de cárcel, no a muerte. Pero la condena que expiaba era más dura que la pena de muerte; al privarle de los cuidados necesarios, se apagaba lentamente, un poco cada día, en medio de sufrimientos inauditos. La duda de si era el Ministerio del Interior el que ponía los obstáculos indujo a Carlo a pedir directamente a Mussolini el traslado de Antonio a una clínica. Fue a Roma el 23 de agosto de 1933 y redactó una exposición de las circunstancias. Había que hacerla llegar a Mussolini y Carlo la entregó al médico que acompañaba al jefe del Gobierno en sus viajes. Pero la respuesta tardó. Mientras tanto, se había constituido en París un comité para la liberación de Gramsci y otras víctimas del fascismo, del que formaban parte algunos calificados exponentes de la cultura democrática, desde Romain Rolland hasta Henri Barbusse. La declaración del profesor Arcangeli, transmitida por Piero Sraffa a los periódicos y publicada en mayo por L’Humanité y en junio por Soccorso Rosso, había conmovido a la opinión pública internacional. Finalmente, el Gobierno fascista, bajo la presión de la opinión internacional, tuvo que plegarse a no dejar morir a Gramsci sin cuidados médicos.
El primero de septiembre de 1933, el ministro del Interior envió un telefonema a los prefectos de Viterbo, Terni, Rieti, Frosinone y Roma pidiéndoles que indicasen una localidad no marina que dispusiese de una casa de salud «apta para acoger importante condenado político afectado tuberculosis y otras graves enfermedades que exigen cuidados especiales. Casa a escoger debe ser fácil vigilar».
Se habían perdido años y meses quizá decisivos, desde la primera hemoptisis del 3 de agosto de 1931 y desde el primer ataque de arterioesclerosis del 7 de marzo de 1933. A finales de octubre se decidió la nueva residencia, siempre en estado de detención: en Formia, en la clínica del doctor Giuseppe Cusumano, siempre que Gramsci estuviese dispuesto a pagarse la pensión, 120 liras diarias, y los gastos que exigieran las medidas de seguridad, rejas en las ventanas, etc. El 13 de noviembre de 1933, Carlo se trasladó a Formia para firmar el contrato con la clínica. La orden de partida llegó el 18 de noviembre.
Acompañados por el guardián —recuerda Gustavo Trombetti—, fuimos al almacén y le preparamos su equipaje. Mientras, de acuerdo conmigo, él entretenía al guardián «charlando», yo metí los dieciocho cuadernos manuscritos (en realidad eran veintiuno) en el baúl, entre la ropa... Al volver a la celda, Gramsci no quiso dormir durante el resto de la noche... Hacia las seis de la mañana, cuando todavía era noche cerrada, vino la escolta armada... Le hicieron subir a un coche, le pusieron sus maletas al lado, nos abrazamos.
Se dirigía a la enfermería de una cárcel de tránsito, Civitavecchia. «¡Qué impresión tan terrible he sentido en el tren, después de seis años viendo siempre los mismos techos, los mismos muros, las mismas caras torvas, al ver que durante este tiempo el vasto mundo ha seguido existiendo con sus prados, sus bosques, la gente común, las bandadas de muchachos, los árboles, los huertos!... Pero, sobre todo, ¡qué impresión he tenido al verme en el espejo después de tanto tiempo!». Llegó a Civitavecchia al atardecer del mismo 19 de noviembre. En aquella cárcel estaban muchos otros presos políticos: Terracini, Scoccimarro, Negarville, Pajetta, etc. Pero se evitó que Gramsci se encontrase con ellos: «Solamente vio —recuerda Celeste Negarville— un solo camarada, por pura casualidad, mientras era acompañado a la visita médica con Gramsci. Este camarada nos contó que Gramsci caminaba lentamente y que le había parecido febril, envuelto en su abrigo de recluso, con el cuello levantado»…
(continuará)
[ Fragmento de: Giuseppe Fiori. “Antonio Gramsci” ]
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