viernes, 4 de abril de 2025




1319

 



LA LUCHA DE CLASES

Domenico Losurdo

 

(37)

 

 

 

IV

 

La superación de la lógica binaria.

Un proceso penoso e incompleto

 

 

 


 

 

¿EXPORTAR LA REVOLUCIÓN?

 

Hay otro plano en el que también se advierte el carácter arduo e incompleto del proceso que permite superar la lectura binaria del conflicto social. ¿Cuáles son las tareas del proletariado una vez conquistado el poder? El Manifiesto del partido comunistale exhorta a promover el desarrollo de las fuerzas productivas y la transformación socialista del país gobernado por él. Casi un cuarto de siglo después, Marx atribuye a la Comuna el mérito de haber servido en Francia de palanca para «extirpar las bases económicas sobre las que reposa la existencia de las clases, y por lo tanto el dominio de clase» (MEW). ¿Asistimos aquí a una lucha de clases dirigida desde arriba por el proletariado en el poder?

 

 

Esta situación contrasta con el pasaje delManifiestoque «en una palabra» establece una correspondencia entre la lucha de clases y la lucha entre «opresores y oprimidos», es decir, la sublevación de los segundos contra los primeros. Así las cosas, la lucha de clases es inconcebible después de la conquista del poder, pues los proletarios victoriosos, viejos enemigos de los «opresores», al tener el poder político, tampoco se pueden incluir entre los «oprimidos»; por otro lado, si a los proletarios en el poder les considerásemos protagonistas de una nueva fase de la lucha de clases, no solo tendríamos una lucha de clases dirigida desde arriba, sino unos protagonistas que ya no serían propiamente oprimidos. Será más tarde el camino recorrido por Lenin y que parece haber iniciado el propio Marx cuando teoriza «la dictadura revolucionaria del proletariado» (MEW). Pero la vacilación es fuerte: quizá debido a que la conquista del poder parece una perspectiva lejana, desmentida una y otra vez por el desarrollo de los acontecimientos, no acaba de desdibujarse la visión de la lucha de clases como sublevación de los oprimidos, que están abajo, contra los opresores, que están arriba.

 

 

 

Según este planteamiento, para que el proletariado salga victorioso de la lucha de clases en un país determinado es preciso que se alce contra el dominio que sigue ejerciendo la burguesía capitalista en todos los demás países y, en última instancia, en todo el planeta. No es de extrañar, entonces, que ante la represión de la burguesía francesa contra los obreros sublevados en junio de 1848 y de los imperios austríaco y ruso contra los movimientos nacionales de Hungría, Polonia e Italia, La lucha de clases en Franciaextraiga la lección de que la revolución proletaria «se verá obligada a abandonar inmediatamente el terreno nacional y a conquistar el terreno europeo». Aquí parece que la lucha de clases del proletariado consiste en la exportación de la revolución. De este modo se resuelve la dificultad teórica antes mencionada: tomando en consideración el panorama internacional global, aunque hayan conquistado el poder en un país (aislado y rodeado), los proletarios siguen siendo los «oprimidos» que deben enfrentarse al ejército mucho más poderoso de los «opresores». También en 1850, haciéndose ilusiones sobre la inminencia de una nueva ola revolucionaria, Marx y Engels explican así los motivos de la Liga de los Comunistas:

 

 

Nuestro interés y nuestra tarea consisten en hacer permanente la revolución hasta expulsar del poder a todas las clases más o menos poseedoras, hasta que el proletariado conquiste el poder del estado, hasta que la asociación de los proletarios se desarrolle, no en un solo país sino en todos los países dominantes del mundo, a tal punto que cese la competencia entre los proletarios de estos países, y hasta que por lo menos las fuerzas productivas decisivas estén concentradas en manos de los proletarios(MEW).

 

 

Después de triunfar en un país, la lucha de clases revolucionaria se dispone a cruzar las fronteras estatales y nacionales. Parece como si en Marx asomara ya ese «‘‘napoleonismo” anacrónico y antinatural» que Antonio Gramsci (1975) reprocha a Trotski. Tanto más cuanto que, al menos en los escritos juveniles, tiende a concebir la revolución socialista por analogía con la revolución burguesa. La ideología alemana atribuye a la ocupación napoleónica de Alemania el mérito de haber asestado golpes vigorosos al edificio feudal, «rompiendo los establos de Augias alemanes» (MEW). En términos más enfáticos se expresa La sagrada familia, que retrata a Napoleón como la última expresión del «terrorismo revolucionario»; Napoleón «perfeccionó el terrorismo [jacobino] poniendo en lugar de la revolución permanente la guerra permanente»: aunque sea con una forma nueva, la lucha de clases antifeudal y la liquidación del antiguo régimen continúan, e incluso adquieren una dimensión europea (MEW). También aquí se concibe la revolución burguesa con una lógica binaria, como si su único motor fuese la contradicción entre burguesía y aristocracia feudal, y como si el expansionismo napoleónico no hubiese provocado profundas contradicciones nacionales. Y Marx, por lo menos en sus escritos juveniles, tiende a imaginar en estos términos la revolución socialista, a finales de 1847 se dirige así a los cartistas:

 

 


De todos los países, es Inglaterra aquel donde el antagonismo entre proletariado y burguesía está más desarrollado. La victoria del proletariado inglés sobre la burguesía inglesa es, por tanto, decisiva para la victoria de todos los oprimidos contra sus opresores. Por eso Polonia no se libera en Polonia, sino en Inglaterra (MEW).

 

 

La propia emancipación nacional de los países menos desarrollados de Europa oriental se presenta aquí como el resultado de la iniciativa del proletariado que se ha hecho con el poder en el país más avanzado.

 

 

La exportación de la revolución no es un problema, ya que también existe y está a la orden del día la exportación de la contrarrevolución. Esto se vio en 1848 y en 1871, cuando el ejército prusiano victorioso se alió con la burguesía francesa para aplastar la Comuna de París. Como sabemos, Marx ve en este segundo episodio un mundo lacerado transversalmente entre una burguesía unificada a escala mundial y un proletariado llamado a crear una «contraorganización internacional del trabajo»: las distintas formas de lucha de clases se han reducido sustancialmente a una sola…

 

(continuará)

 

 

 

[ Fragmento de: Domenico Losurdo. “La lucha de clases” ]

 

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miércoles, 2 de abril de 2025




1318

 

 

 

Vida de ANTONIO GRAMSCI

 

Giuseppe Fiori

 

(…)

 

 

 

 



28

 

 

(…) Fue Tatiana quien el 15 de diciembre de 1932 elevó una instancia al jefe del Gobierno solicitando que un médico de confianza, de fuera de la cárcel, pudiese visitar a Gramsci. El 20 de marzo, el profesor Umberto Arcangeli pudo ver al enfermo. Para intentar conseguir su restablecimiento consideró necesario un cambio radical de las condiciones en que vivía, cambio que solo era posible con una petición de gracia. Gramsci se opuso y la referencia a la gracia se quitó del certificado médico, que decía:

 

Antonio Gramsci padece mal de Pott; tiene lesiones tuberculosas en el lóbulo superior del pulmón derecho, que han provocado dos hemoptisis, una de ellas particularmente abundante y seguida de fuerte fiebre durante varios días; padece arterioesclerosis, con hipertensión de las arterias. Ha sufrido desvanecimientos con pérdida del conocimiento y parafasia, que han durado varios días. Desde el mes de octubre de 1932 ha perdido siete kilos.

 

El profesor Arcangeli concluía: «Gramsci no podrá sobrevivir mucho tiempo en las actuales condiciones; considero necesario su traslado a un hospital civil o a una clínica, a menos que sea posible concederle la libertad condicional». Pero durante algún tiempo no hubo en el régimen carcelario de Gramsci ningún cambio sensible.

 

 

El sufrimiento físico le amargaba. Se dirigía a sus familiares en tono resentido. Era impaciente y montaba fácilmente en cólera. Pero Tatiana y Carlo sabían hasta qué punto había que ser indulgentes con aquellas explosiones y seguían prodigándose. Con Julia, Antonio seguía una línea ondulatoria. Después del plan de separación legal, había habido oscilaciones y arrepentimientos, nuevas propuestas de ruptura radical y nuevas vacilaciones. La quería: esta era la causa de las indecisiones. El 27 de marzo, veinte días después del ataque de arterioesclerosis, le escribió: «Hace tiempo que no tengo noticias tuyas ni de los niños. En cambio yo te he escrito varias veces. Creo que tampoco Tatiana ha recibido noticias tuyas. Te ruego que me escribas y me tranquilices». Le inquietaba también la falta de noticias de su madre; el silencio de sus familiares no le inquietaba hasta el punto de hacerle comprender la verdad, pero le preocupaba de verdad. El 30 de abril escribió a Teresina: «He recibido dos postales con recuerdos tuyos, de Grazietta y de todos los niños. No me habéis mandado más noticias de mamá y no he visto que me deis recuerdos suyos en las postales. Te ruego que me digas lo que hay al respecto y que le digas también a Grazietta que me escriba».

 

 

Después de unas semanas de relativo alivio, la enfermedad volvió a agravarse. Las curas que podían hacerle en Turi eran inadecuadas para la gravedad de sus muchas enfermedades. Era necesaria una asistencia médica muy distinta, ya que se le negaba la aplicación de un artículo del código penal, el 176, que disponía la concesión de libertad condicional a los enfermos graves. No podía moverse de la cama («En cama puedo estar con los ojos cerrados y no ver las paredes que dan vueltas a mi alrededor»). El 29 de mayo escribió, repitiendo las palabras de Romain Rolland («El pesimismo de la inteligencia y el optimismo de la voluntad») que se habían convertido en su máxima:

 

 

Hasta hace algún tiempo yo era, por así decirlo, pesimista con la inteligencia y optimista con la voluntad. Es decir, aunque veía lúcidamente todas las condiciones desfavorables y fuertemente desfavorables para toda posible mejora de mi situación (tanto la general, en lo concerniente a mi posición jurídica, como la particular, en lo concerniente a mi salud física inmediata), pensaba que con un esfuerzo racional, con paciencia y arte, sin despreciar nada para organizar los pocos elementos favorables e intentar neutralizar los muchísimos elementos desfavorables, podría obtener un resultado apreciable, podría conseguir, por lo menos, vivir físicamente, detener el terrible consumo de energías vitales que me va postrando progresivamente. Hoy ya no pienso así. Esto no quiere decir que haya decidido rendirme. Pero sí quiere decir que ya no veo ninguna salida concreta y no puedo contar con ninguna reserva de fuerzas.

 

 

La respuesta del ministerio a una instancia para su traslado a la enfermería de otra prisión tardaba. El 15 de junio Tatiana fue a verle otra vez a la cárcel («Lo he encontrado con la cara hinchada por el dolor de las encías»). Dos días después pudo comprobar que la ruina de Antonio continuaba. En una carta, inédita, del 21 de junio a su amiga Nilde Perilli, decía: «Nino me ha escrito que ha vuelto a empeorar; se siente tan mal como cuando tuvo la crisis del 7 de marzo... En la carta de hoy Nino insiste en el tema de Julia, como en el noviembre pasado. Estoy desesperada». Por aquellos mismos días Tatiana recibió la noticia de la muerte de su padre: el señor Apolo había fallecido en Moscú el 29 de mayo. En aquel estado de ánimo celebró una nueva entrevista con Antonio el primero de julio. Encontró a un hombre sin voluntad, una sombra de hombre. Y al día siguiente pudo leer:

 

 

Estoy inmensamente cansado. Me siento lejos de todo y de todos. Ayer, en nuestra entrevista, lo pude comprobar una vez más. Debo decirte que la conversación me pesaba como un suplicio y me parecía que no iba a terminar nunca. Quiero decirte la verdad con toda franqueza y brutalidad, si me permites la expresión. No tengo nada que decir, ni a ti ni a nadie. Estoy vacío. En enero tuve la última sensación de vida, el último intento. No lo has comprendido. O no me he hecho entender, en las condiciones en que he de moverme y hablar. Ahora ya no hay nada que hacer. Si alguna vez llegas a tener otras experiencias como la que has tenido conmigo puedes creer que el tiempo es la cosa más importante: es un simple seudónimo de la vida.

 

 

Tatiana no se rindió. También ella estaba muy enferma y había llegado a una edad, cerca de los cincuenta años, que no permite sin grave perjuicio fatigas como las que ella había soportado en los últimos tiempos. La vida en un pueblo como Turi no parecía la más conveniente para sus condiciones de salud. Pero ni siquiera después de esta carta de Antonio regresó a Roma. Recibió otra cuatro días después, el 6 de julio:

 

 

He pedido que me dejasen escribirte esta carta extraordinaria. Creo que a estas horas habrás recibido ya la carta que te mandé el domingo y que te habrá causado mucho pesar. Estoy medio loco y no sé si no llegaré a estarlo del todo dentro de poco... Créeme, te lo ruego, que no puedo resistir más. El dolor en el cerebelo y en la bóveda del cráneo me ponen fuera de mí mismo. Se ha agravado también y se agrava cada día más la dificultad en el uso de las manos, cosa que no puede deberse únicamente a la arterioesclerosis... Hoy ha venido a visitarme un inspector de la administración penitenciaria, el cual me ha asegurado que de ahora en adelante recibiré los cuidados necesarios... El inspector me ha asegurado que el ministerio quiere interesarse por mi caso: espero, pues, que no será difícil obtener una cosa tan sencilla como la de que me envíen a un hospital penitenciario dotado de organización moderna. Es una cosa que ocurre a menudo. No puedo darte detalles, porque los ignoro: he oído hablar de las enfermerías de Roma y de Civitavecchia, pero me interesa poco el lugar. Lo que me interesa es que me saquen de este infierno donde estoy muriendo lentamente.

 

 

Se limitaron a cambiarlo de celda. Era una celda casi subterránea, húmeda, contigua a las celdas de castigo; pero en comparación con la anterior, situada junto al cuerpo de guardia, tenía la ventaja de estar aislada de los ruidos y rumores. Gramsci tenía ahora un compañero fijo de celda, Gustavo Trombetti. Lejos de los insoportables ruidos de antes, experimentó una mejora momentánea y el 24 de julio, pocos días después del traslado, pudo escribir a Tatiana:

 

 

Creo que puedo decirte, pese a lo precarias que son estas constataciones, como ya has visto, que me encuentro un poco mejor. El cambio de celda y, por consiguiente, de algunas de las condiciones exteriores de mi existencia, me ha ido bien porque ahora puedo dormir o, por lo menos, no existen las condiciones que me impedían dormir cuando tenía sueño y me despertaban bruscamente, provocándome agitación y espasmos. Todavía no duermo regularmente, pero podré dormir; en todo caso, aunque no duerma no estoy muy agitado.



Estudiaba y escribía. A 1933 corresponden los cuadernos 1 (notas diversas sobre varios temas), 2 (elementos de política), 4 y 22 (notas diversas).

 

 

Pero el cambio de celda era una solución inadecuada. Volvió a empeorar. Necesitaba cuidados serios, no un simple traslado de un piso a otro. Pero tuvo que esperar largo tiempo todavía (mientras las enfermedades ganaban terreno) antes de que el ministerio se decidiese a trasladarlo, siempre en situación de recluso, a un centro de cura. Le habían condenado a una pena de cárcel, no a muerte. Pero la condena que expiaba era más dura que la pena de muerte; al privarle de los cuidados necesarios, se apagaba lentamente, un poco cada día, en medio de sufrimientos inauditos. La duda de si era el Ministerio del Interior el que ponía los obstáculos indujo a Carlo a pedir directamente a Mussolini el traslado de Antonio a una clínica. Fue a Roma el 23 de agosto de 1933 y redactó una exposición de las circunstancias. Había que hacerla llegar a Mussolini y Carlo la entregó al médico que acompañaba al jefe del Gobierno en sus viajes. Pero la respuesta tardó. Mientras tanto, se había constituido en París un comité para la liberación de Gramsci y otras víctimas del fascismo, del que formaban parte algunos calificados exponentes de la cultura democrática, desde Romain Rolland hasta Henri Barbusse. La declaración del profesor Arcangeli, transmitida por Piero Sraffa a los periódicos y publicada en mayo por L’Humanité y en junio por Soccorso Rosso, había conmovido a la opinión pública internacional. Finalmente, el Gobierno fascista, bajo la presión de la opinión internacional, tuvo que plegarse a no dejar morir a Gramsci sin cuidados médicos.

 

El primero de septiembre de 1933, el ministro del Interior envió un telefonema a los prefectos de Viterbo, Terni, Rieti, Frosinone y Roma pidiéndoles que indicasen una localidad no marina que dispusiese de una casa de salud «apta para acoger importante condenado político afectado tuberculosis y otras graves enfermedades que exigen cuidados especiales. Casa a escoger debe ser fácil vigilar».

 

 

Se habían perdido años y meses quizá decisivos, desde la primera hemoptisis del 3 de agosto de 1931 y desde el primer ataque de arterioesclerosis del 7 de marzo de 1933. A finales de octubre se decidió la nueva residencia, siempre en estado de detención: en Formia, en la clínica del doctor Giuseppe Cusumano, siempre que Gramsci estuviese dispuesto a pagarse la pensión, 120 liras diarias, y los gastos que exigieran las medidas de seguridad, rejas en las ventanas, etc. El 13 de noviembre de 1933, Carlo se trasladó a Formia para firmar el contrato con la clínica. La orden de partida llegó el 18 de noviembre.

 

 

Acompañados por el guardián —recuerda Gustavo Trombetti—, fuimos al almacén y le preparamos su equipaje. Mientras, de acuerdo conmigo, él entretenía al guardián «charlando», yo metí los dieciocho cuadernos manuscritos (en realidad eran veintiuno) en el baúl, entre la ropa... Al volver a la celda, Gramsci no quiso dormir durante el resto de la noche... Hacia las seis de la mañana, cuando todavía era noche cerrada, vino la escolta armada... Le hicieron subir a un coche, le pusieron sus maletas al lado, nos abrazamos.

 

Se dirigía a la enfermería de una cárcel de tránsito, Civitavecchia. «¡Qué impresión tan terrible he sentido en el tren, después de seis años viendo siempre los mismos techos, los mismos muros, las mismas caras torvas, al ver que durante este tiempo el vasto mundo ha seguido existiendo con sus prados, sus bosques, la gente común, las bandadas de muchachos, los árboles, los huertos!... Pero, sobre todo, ¡qué impresión he tenido al verme en el espejo después de tanto tiempo!». Llegó a Civitavecchia al atardecer del mismo 19 de noviembre. En aquella cárcel estaban muchos otros presos políticos: Terracini, Scoccimarro, Negarville, Pajetta, etc. Pero se evitó que Gramsci se encontrase con ellos: «Solamente vio —recuerda Celeste Negarville— un solo camarada, por pura casualidad, mientras era acompañado a la visita médica con Gramsci. Este camarada nos contó que Gramsci caminaba lentamente y que le había parecido febril, envuelto en su abrigo de recluso, con el cuello levantado»…

 

(continuará)

 

 

 

 

[ Fragmento de: Giuseppe Fiori. “Antonio Gramsci” ]

 

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lunes, 31 de marzo de 2025



1317

 

 

STALIN,

HISTORIA Y CRÍTICA DE UNA LEYENDA NEGRA.

 

Domenico Losurdo.

 

 

( 14 )

 

 



 

LOS BOLCHEVIQUES, DEL CONFLICTO

IDEOLÓGICO A LA GUERRA CIVIL

 

 

 



Foto: Henri Cartier-Bresson, Moscú, 1954

 



El ocaso de la «economía del dinero» y de la «moral mercantil»

 


(…) En la fase comunista, la satisfacción igual de las diversas necesidades comporta también una desigualdad en la distribución de los recursos, salvo que el enorme desarrollo de las fuerzas productivas, satisfaciendo integralmente las necesidades de todos, hace que tal desigualdad carezca de importancia144. Es decir, en el socialismo la igualdad material no es posible; en el comunismo ya no tiene sentido. Quedando clara la desigualdad en la distribución de los recursos, el paso de la satisfacción desigual a la satisfacción igual de las necesidades presupone, más allá del derrocamiento del capitalismo, el desarrollo prodigioso de las fuerzas productivas, y esto puede conseguirse solamente gracias a la afirmación, en el transcurso de la fase socialista, del principio de retribución de cada individuo sobre la base del diferente trabajo desarrollado por él. De aquí la insistencia de Marx en el hecho de que, una vez conquistado el poder, el proletariado está llamado a luchar, aparte de por la transformación de las relaciones sociales, por el desarrollo de las fuerzas productivas. Por otro lado, sin embargo, al celebrar el París obrero enfrentado a la burguesía francesa, que nada en el lujo mientras ejecuta una sangrienta represión, Marx señala como modelo una medida aprobada por la Comuna: «el servicio público debía realizarse a cambio de salarios obreros»145. En este caso la igualdad retributiva y material tiende a ponerse como objetivo de la sociedad socialista.

 

 

No es fácil conciliar las dos perspectivas, y su divergencia jugará un rol ineludible a la hora de dividir y lastrar de manera irremediable al partido y al grupo dirigente bolchevique. A medida que se refuerza, el poder soviético se ve llevado a prestar una atención creciente al problema de la edificación económica, con el fin tanto de consolidar la base social de consenso y conseguir la legitimidad nacional para el pueblo ruso, como de defender al «país del socialismo» frente a las amenazas que se perfilan en el horizonte. Remitiendo a la polémica ya conocida del Manifiesto del partido comunista contra el «ascetismo universal» y el «tosco igualitarismo», Stalin insiste: «Es el momento de entender que el marxismo es enemigo del igualitarismo». La igualdad producida por el socialismo consiste en la eliminación de la explotación de clase, no desde luego en la imposición de uniformidad y homologación, que es el ideal al que aspira el primitivismo religioso:

 

 

La nivelación en el ámbito de las necesidades y de la vida personal es un sinsentido reaccionario y pequeño-burgués, digno de cualquier secta primitiva de ascetas, pero no de una sociedad socialista organizada marxianamente, porque no se puede exigir que todos los hombres tengan necesidades y gustos iguales, que todos los hombres vivan su vida personal según un único modelo [...]. Por igualdad, el marxismo entiende no ya la nivelación en el ámbito de las necesidades personales y de las condiciones de vida, sino la destrucción de las clases.

 

 

El primitivismo religioso puede expresarse mediante la aspiración a una vida comunitaria, en cuyo ámbito son llamadas a disolverse las diferencias individuales, en perjuicio también del desarrollo de las fuerzas productivas:

 

 

 

La idealización de las comunas agrícolas se ha visto impulsada en determinado momento hasta el intento de introducir las comunas incluso en oficinas y fábricas, donde los obreros cualificados y no-cualificados, trabajando cada uno según su categoría, tenían que poner su salario en la caja común y dividirlo después en partes iguales. Es bien sabido cuánto daño hayan provocado a nuestra industria estos pueriles ejercicios de nivelación debidos a alborotadores de "izquierda".

 

 

El objetivo a largo plazo de Stalin es bastante ambicioso, tanto en el plano social como en el nacional: «Hacer de nuestra sociedad soviética la sociedad con mayor bienestar»; realizar la «transformación de nuestro país en el más avanzado de los países»; pero para conseguir este resultado «es necesario que en nuestro país la productividad del trabajo supere a la productividad del trabajo de los países capitalistas más avanzados», lo que todavía una vez más conlleva el recurso a incentivos materiales aparte de morales, y por tanto la superación de ese igualitarismo considerado por el líder soviético como tosco y mecánico.

 

 

De nuevo, y de hecho más que nunca, resurge un primitivismo religioso, con su desprecio no solamente hacia las diferencias retributivas, sino sobre todo respecto a la riqueza en cuanto tal: «Si todos acaban alcanzando el bienestar y los pobres dejan de existir ¿sobre quiénes apoyaremos los bolcheviques nuestro trabajo?»: así argumentan y se angustian según Stalin los «alborotadores de "izquierda", que idealizan a los campesinos pobres como el sostén eterno del bolchevismo». Esto nos remite a las observaciones críticas que elabora Hegel a propósito del mandamiento evangélico que impone el ayudar a los pobres: soslayando el hecho de que se trata de un «precepto condicionado», y absolutizándolo, los cristianos acaban absolutizando también la pobreza, pues sólo ella puede dar sentido a la norma que exige el socorro a los pobres. Y sin embargo la seriedad de la ayuda a los pobres se mide por la contribución aportada a la superación de la pobreza en cuanto tal. En el clima de rechazo hacia la carnicería provocada por el capitalismo y por el auri sacrafames, se reproduce la desconfianza religiosa hacia el oro, hacia la riqueza en cuanto tal, y la idealización de la miseria o por lo menos de la escasez, entendidas y vividas como expresión de plenitud espiritual o de rigor revolucionario. Y Stalin se siente obligado a subrayar un punto central: 

 

«Sería estúpido pensar que el socialismo pueda ser construido sobre la base de la miseria y las privaciones, sobre la base de la reducción de las necesidades personales y de la nivelación del nivel de vida de los hombres al de los pobres»; al contrario, «el socialismo puede ser edificado solamente sobre un impetuoso desarrollo de las fuerzas productivas de la sociedad» y «sobre la base de una vida acomodada de los trabajadores», es más, «una vida acomodada y civil para todos los miembros de la sociedad». 

 

 

Al igual que el precepto cristiano de ayudar a los pobres, también el precepto revolucionario, que insta a los partidos comunistas a colocarse en primer lugar entre los explotados y los pobres, está «condicionado» y es realmente tomado en serio sólo cuando es entendido en su condicionalidad.

 

 

Por tanto, para Stalin era necesario intensificar los esfuerzos con el fin de acrecentar decididamente la riqueza social, imprimiendo «un nuevo impulso» a la «emulación socialista»; se imponía recurrir tanto a los incentivos materiales (haciendo valer el principio socialista de la retribución según el trabajo) como a los incentivos morales (confiriendo por ejemplo «el más alto honor» a los estajanovistas más destacados). Diferente y contrapuesta es la orientación de Trotsky: al «restablecer grados y condecoraciones» liquidando así la «igualdad socialista», la burocracia prepara el terreno para cambios también en las «relaciones de propiedad». Si Stalin se remontaba de manera explícita a los ataques del Manifiesto contra el socialismo entendido como sinónimo de «ascetismo universal» y «tosco igualitarismo», la oposición de izquierdas avalaba conscientemente o no la tesis contenida en la Guerra civil en Francia, según la cual también en al nivel más alto los dirigentes debían ser retribuidos con

«salarios obreros». Se equivocaban, insistía Trotsky, cuando para justificar sus privilegios la burocracia y Stalin recurrían a la Crítica del programa de Gotha: «Marx no sugería con esto la creación de una nueva desigualdad, sino una eliminación gradual de la desigualdad en los salarios, preferible a la eliminación brusca».

 

 

Sobre la base de esta línea política (de nivelación de las retribuciones tanto en las fábricas como en el aparato estatal) era bastante difícil promover el desarrollo de las fuerzas productivas. Para Stalin la diferencia retributiva no implicaba la restauración del capitalismo: no había que confundir las diferencias sociales que subsistían en el ámbito del nuevo régimen con el viejo antagonismo entre clases explotadoras y clases explotadas. Sin embargo, para Trotsky se trataba de un torpe intento de simplificación: «el contraste entre la miseria y el lujo choca demasiado en los centros urbanos». En conclusión:

 

 

Que la diferencia entre la aristocracia obrera y la masa obrera sea, desde el punto de vista de la sociología estaliniana, "radical" o "superficial", importa poco; en todo caso, es de esta diferencia de donde nació en su momento la necesidad de romper con la socialdemocracia y fundar la III Internacional.

 

 

Según Marx, el socialismo estaba llamado también a superar la contraposición entre trabajo intelectual y manual. De este modo reaparecía el problema: ¿cómo realizar un objetivo tan ambicioso? Y

una vez más el grupo dirigente bolchevique acaba dividido; también en este caso, la perspectiva elaborada por Stalin en los años treinta se distingue por su cautela: Algunos piensan que la supresión del antagonismo entre trabajo intelectual y trabajo físico puede ser alcanzada mediante cierta nivelación cultural y técnica de los trabajadores intelectuales y manuales, que se obtendría rebajando el nivel cultural y técnico de los ingenieros y los técnicos, de los trabajadores intelectuales, hasta el nivel de los obreros de cualificación media. Esto es totalmente erróneo.

 

 

Había que estimular el acceso a la formación en todos los estratos sociales hasta aquél momento excluidos. En el frente opuesto, Trotsky reconocía que se había dado un proceso de «formación de cuadros científicos provenientes del pueblo», y sin embargo afirmaba: «La distancia social entre el trabajo manual y el intelectual se ha incrementado en el transcurso de los últimos años en vez de disminuir». Persistencia de la división del trabajo y persistencia de las desigualdades económicas y sociales eran las dos caras de la misma moneda, es decir, del retorno de la explotación capitalista y por tanto de la completa traición a los ideales socialistas:

 

 

La nueva Constitución, cuando declara que la «explotación del hombre por el hombre está abolida en la URSS» dice lo contrario de la verdad. La nueva diferenciación social ha creado las condiciones para un renacimiento de la explotación bajo las formas más bárbaras, como la adquisición del hombre para el servicio personal ajeno. Los domésticos no figuran en el censo, teniendo que ser incluidos evidentemente bajo el término «obreros». Las siguientes preguntas no se plantean: ¿el ciudadano soviético tiene domésticos? ¿Y cuáles (mujer del servicio, institutriz, nodriza, cocinera, conductor)? ¿Tiene un automóvil a su disposición? ¿De cuántas habitaciones dispone? ¡Tampoco se habla de las dimensiones de su salario! Si se reactivase la regla soviética, que priva de derechos políticos a todo aquél que explote el trabajo ajeno, ¡se vería repentinamente que los máximos dirigentes de la sociedad soviética deberían verse privados del derecho constitucional! Afortunadamente, una igualdad completa está establecida... entre el patrón y los domésticos.

 

 

 

Por lo tanto, la misma presencia de la figura social de la «mujer del servicio» y del doméstico en general era sinónimo no sólo de explotación, sino de «explotación bajo las formas más bárbaras»: ¿cómo explicar la persistencia o reaparición en la URSS de tales relaciones, si no es por el abandono de una perspectiva auténticamente socialista, esto es, por una traición?...

 

 

 

 

[ Fragmento de: Domenico Losurdo. “Stalin, historia y crítica de una leyenda negra” ]

 

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sábado, 29 de marzo de 2025



1316

 

ANTONIO MACHADO Y LA “CONCIENCIA VIGILANTE”

 

 







“La misión de las masas [bárbaras, incultas…] no es otra que seguir a los mejores [civilizados, eminentes…]…” afirmó en su día el señorito-elitista José Ortega y Gasset. De modo que en su opinión las masas –digamos todos aquellos que no pertenecen a esa excelsa minoría dirigente–,deben de someterse sin demora a ésta selecta casta mediante una resignada relación de obediencia-mando.

 

 

Frente al aristocrático-elitismo-clasista de Ortega, –no pretendo que se llegue a conclusiones basadas en una frase necesariamente sacada de contexto, léase por ejemplo, entre otras, “La rebelión de las masas” y se entenderá con más amplio fundamento lo que digo–, estaba el humanismo ahincado en lo popular de un contemporáneo suyo, Antonio Machado, que por su lado afirmaba, tanto en estos botones de muestra como en el conjunto de su obra, lo opuesto en cuanto a modos de relación y jerarquías sociales: “Por mucho que un hombre valga, nunca tendrá valor más alto que el de ser hombre”. Y todavía iba más allá cuando por boca de Juan de Mairena advertía premonitoriamente: “Mucho cuidado; a las masas no las salva nadie; en cambio siempre se podría disparar sobre ellas. ¡Ojo!”

 

 

Ortega a su modo encarnaba, digo en sus teorías y en su praxis (en la Universidad, en sus obras, en la dirección de periódicos, revistas, casas editoriales…), la defensa de la alta cultura como ¿inevitable? privilegio de clase. La enciclopédica cultura de unos, la minoría, frente a la grosera incultura de los otros, la mayoría, resultaba para él una “circunstancia” evidente, palpable y por lo visto, intocable. Resulta inevitable pensar en que, allá por el año 1927 (a diez años de la revolución rusa, a ocho años del final de la Guerra Mundial, cuando ya el fascismo se extendía desde Italia…), al eximio y cosmopolita intelectual, ni siquiera se le ocurriera pensar, aunque no fuera más que en puro ejercicio teórico, en la posibilidad de favorecer procesos y transformaciones sociales que contribuyeran a cambiar real y radicalmente  las cosas (los hechos reales no están suspendidos en el aire, sino que tienen raíces), en su lenguaje, las “circunstancias”. Y en consecuencia, “las consecuencias de las consecuencias” que gustaba decir don José, tal “circunstancia” determinante no se debía ni podía ignorar. De modo que su conservadora opción consistía en asumir sin más discusión la situación “estructural” dada y, en la medida de lo posible reproducirla, eso sí, y aquí aparecía el burgués liberal, procurando en el día a día  reformarla, regenerarla, humanizarla en sus formas, en sus puntuales faltas y desaciertos. Lo que en conjunto no le parecía al insigne intelectual una mala praxis cultural, política y social. De manera que Ortega, desde su privilegiada ‘circunstancia’ social y personal, en primer lugar “aceptaba sin ambages la realidad tal cual era” (desentenderse de algo es también una toma de posición política ante algo) y, todo lo más, admitía la necesidad de intentar pulir ciertas desagradables aristas –que por otro lado consideraba si no injustas sí algo indecorosas– que en exclusiva afectaban de mala manera a la “bárbara e ignorante muchedumbre gregaria”.

 

Y ya que hablamos de las “aristas desagradables” del orden establecido, podemos dar aquí oportuna entrada a don Benito “el garbancero”, transcribiendo un breve párrafo de su obra: “El caballero encantado” (1909):

 


«…no puedes ni respirar si no estás bien con el alcalde, con el juez, con la Guardia civil, con el cura. Y aquí me tienes que vivo con todos, es decir, que les engaño a todos. ¿te vas enterando? Aquí vivimos de mentiras. Decimos que ya no hay Esclavitud. Mentira: hay Esclavitud. Decimos que no hay Inquisición. Mentira: hay Inquisición. Decimos que ha venido la libertad. Mentira: la libertad no ha venido, y se está por allá muerta de risa…»

 

 

Ahí queda eso, puesto por Galdós en boca de un pringoso viajante que, lo que son las cosas, cuerdamente se expresa y que “no demuestra precisamente su desconocimiento de los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa”, al tiempo que la criatura se afana en ganarse el pan –“Donde no hay pan, vase hasta el can”– trapicheando “por aldeas olvidadas de los geógrafos” con muy variadas pacotillas y alguna cosa más. En fin, sigamos con lo nuestro. 

 

En la trinchera opuesta a Ortega y en cierto sentido antagónica, ya que hablando en plata, aquí estamos filosofando sobre lucha de clases ideológica, Machado aboga por “difundir la cultura para despertar las mentes dormidas y acrecentar el número de los capaces”. Una manera directa de intervenir en la realidad dada, en eso que mal se llama el orden normal de las cosas… (donde «los señoritos son hombres que eluden el trabajo con que se gana el pan», Juan de Mairena dixit) poniendo ¡todo patas arriba!. «Para nosotros –culmina don Antonio–, difundir y defender la cultura son una misma cosa: aumentar en el mundo el humano tesoro de “conciencia vigilante».

 

Y llegados a este punto verdaderamente crucial, señala al respecto  el historiador Manuel Tuñón de Lara:

 


«Esta “conciencia vigilante” es lo que diferencia a la cultura del simple saber, por vasto y poderosos que sea; de la recepción pasiva del hecho cultural tan difundida en nuestra ‘sociedad de consumo’ y de ‘mass media’; la “conciencia vigilante” es todo lo contrario de la alienación».

 


Y como ya toca poner el punto final a esta reflexión, ya que «desde los más altos escalones se ve el antaño y el hoy. Ayer y hoy se juntan bajo una sola mirada». Porque el caso es que de nuevo la muchedumbre gregaria se halla rodando hacia la desconocida hondura… desconocida no por falta de experiencias, sino por el embotamiento absoluto de su memoria histórica, incluso de la memoria más reciente: véase la aterradora campaña del COVID-19. ¡Pobre muchedumbre, cuándo tendrás juicio! El caso es que doña Ursula apareció un día con la bomba del REARME… y los habituales tontos de capirote ya andan a codazo limpio “comprando” la alarmante “circunstancia” de la amenaza rusa y, como  consecuencia de la consecuencia, adquiriendo el imprescindible “Kit de supervivencia”. Todo esto da la impresión de caricatura, no de la que regocija, sino de la que entristece… lástima de un poquito menos de cultureta mediática y un poquito más de cultura machadiana, digo de “conciencia vigilante”…

 

 

Salud y comunismo

 

 

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