lunes, 30 de marzo de 2026

 

1403

 

 

LA LUCHA DE CLASES

Domenico Losurdo

 

(51)

 

 

VII

Lenin 1919: «La lucha de clases ha cambiado sus formas»

        

 


1. Lenin, el obrero belga y el católico francés

        

Hemos visto cómo la revolución, en el transcurso del siglo XX, se desplaza del oeste al sureste. ¿Qué sucede en los países que, inspirándose en el Manifiesto del partido comunista y la lucha de clases, se sacuden el antiguo régimen capitalista u orientado hacia el capitalismo? A comienzos de los años veinte se produce en la Rusia soviética un episodio sintomático. La crisis sigue azotando con fuerza. ¿Cómo hacerle frente? Entre los simpatizantes de la revolución bolchevique que se encuentran en ese momento en Moscú hay una psiquiatra francesa, Madeleine Pelletier, que visita todos los rincones de la ciudad y se sorprende por la escasa dedicación al trabajo de los obreros (Flores 1990). Es una impresión confirmada en 1927 por el testimonio de un eminente filósofo, Walter Benjamín (2007):

        

Ni siquiera en la capital de Rusia, a pesar de todas las «racionalizaciones», existe un sentido del valor del tiempo. El «Trud», la institución sindical del trabajo, ha lanzado una campaña por la puntualidad con carteles murales [...] «El tiempo es dinero»; para acreditar una consigna tan extraña se ha tenido que recurrir, en las octavillas, a la autoridad de Lenin. Hasta tal punto es ajena a los rusos esta mentalidad. Prevalece por encima de todo su espíritu festivo [...]. Por ejemplo, si en la calle se rueda la escena de una película, olvidan por qué y adónde van, se quedan durante horas con la troupe y llegan al trabajo distraídos. En la gestión del tiempo, el ruso siempre será «asiático».

 

 

Esto significa que las medidas tomadas por el poder soviético para mejorar la eficiencia en el trabajo no han dado grandes resultados. Sin embargo, un obrero belga que también simpatiza con la revolución y se encuentra en la capital rusa, N. Lazarevich, las critica desde el principio: denuncia la intensificación de los ritmos de trabajo, que para él solo son sinónimo de explotación, y llama a la lucha de clases y a la huelga, lo que le vale ser expulsado del país (Flores 1990).

        

 

Para el obrero occidental que ha llegado a la Rusia soviética con la intención de colaborar en la construcción de la nueva sociedad, la llegada al poder de los bolcheviques (sin duda fuertemente influidos por la clase obrera) no introduce ningún cambio en las formas de la lucha de clases.

 

De un modo muy distinto argumenta Lenin, quien a partir de octubre de 1919 subraya varias veces: «La lucha de clases continúa, solo ha cambiado sus formas» (LO).

 

No se debe perder de vista «la diferencia esencial entre la lucha de clases del proletariado en un estado» capitalista «y la lucha económica del proletariado de un estado que no reconoce la propiedad privada sobre la tierra y sobre la mayoría de las grandes fábricas y donde el poder político está en manos del proletariado» (LO).

        

 

Lazarevich no está aislado. Mantiene una relación de afinidad ideológica y amistad con un ferviente católico francés, Pierre Pascal, quien interpreta y saluda así a la revolución bolchevique, de la que es testigo:

        

 

Espectáculo único y embriagador: la demolición de una sociedad. Se están cumpliendo el cuarto salmo de la vigilia dominical y el Magníficat: los poderosos derrocados del trono y el pobre rescatado de la miseria [...]. Ya no hay ricos: solo pobres y paupérrimos. El saber no confiere privilegio ni respeto. El antiguo obrero, ascendido a director, da órdenes a los ingenieros. Los salarios altos y bajos se acercan. El derecho a la propiedad se reduce a los efectos personales. Ya no es el juez quien se encarga de aplicar la ley, si el sentido de la equidad proletaria la contradice (en Furet 1995).

        

 

De inmediato salta a la vista que en este caso la miseria generalizada se valora como una condición de plenitud espiritual y no como una emergencia dolorosa. Se comprende que Pascal no sienta ninguna necesidad de relanzar la producción. Incluso se muestra receloso ante los intentos de poner orden en las fábricas y critica a quienes predican «la admiración por los jefes, la obediencia, la disciplina, virtudes todas ellas que están demasiado enquistadas en el pueblo y son un obstáculo para la revolución» (en Flores 1990). Totalmente contraria es la orientación de Lenin. En octubre de 1920 declara: «Queremos que Rusia deje de ser un país miserable y pobre y se convierta en un país rico», por lo que se impone «un trabajo organizado», «un trabajo consciente y disciplinado», para asimilar y poner en práctica «las últimas conquistas de la técnica» (LO). La lucha de clases, con las nuevas formas que asume, requiere que se ponga fin a la situación de miseria y devastación para mejorar las condiciones de vida del pueblo, para consolidar la base social de consenso del poder soviético y no exponerlo, indefenso, a la presión económica y militar del imperialismo.

 

 

 

2. «Ascetismo general» y «tosco igualitarismo»

        

¿Cómo definir el contraste que se está creando entre dos visiones opuestas? ¿Son incompatibles el acicate de la producción y la riqueza material con la búsqueda de valores más espirituales, de una sociedad más rica espiritualmente, más armoniosa y cohesionada?

 

En el mismo escrito (de octubre de 1920) que hace un llamamiento a convertir Rusia en un «país rico», Lenin afirma que es necesario acabar con una sociedad tan obstinadamente encerrada en sus egoísmos privados que «nadie se preocupaba de si había viejos y enfermos [que pasaban hambre], si el peso de la casa recaía por completo en la mujer, reducida así a un estado de opresión y servidumbre» (LO). El dirigente soviético también advierte la urgencia de introducir relaciones intersubjetivas más espirituales, pero considera que este problema no se puede resolver como es debido sin el desarrollo de las fuerzas productivas. Más de quince años después, recordando sus experiencias de gobernante, Trotski escribiría: «La auténtica emancipación de la mujer es imposible en el plano de la “miseria socializada”». La lucha de clases para reorganizar y relanzar el aparato productivo es también una lucha por la emancipación de la mujer (y para garantizar el derecho a la vida de los «viejos» y los «enfermos»). Ya lo dice El capital, «el reino de la necesidad» es tanto más imperioso y coactivo, y tiene consecuencias más negativas en la vida (también espiritual) de los hombres y las mujeres, cuanto menos desarrolladas están las fuerzas productivas y la riqueza social (MEW).

        

 

Bien distinta, y contraria, es la visión de Pascal, un ferviente cristiano para quien la lucha de clases revolucionaria es el desquite de los humildes y los marginados. Pero también es la visión del obrero belga Lazarevich, y en el fondo la de no pocos seguidores o simpatizantes del bolchevismo, que están bien alejados del cristianismo pero no acaban de reconocerse en las medidas con que el nuevo poder trata de reorganizar y relanzar el aparato industrial. No es, por tanto, un contraste entre devotos y enemigos del fetiche de la riqueza, ni entre quienes son sordos y quienes son sensibles a los valores espirituales; tampoco es un contraste entre ateos y cristianos. No, el enfrentamiento, en realidad, es entre marxistas y populistas. Los segundos condenan la riqueza y el «lujo» como tales por ser el estilo de vida de las clases habituadas al derroche y la depravación.

        

 

Por eso se centran exclusivamente en el problema del reparto de la riqueza, desdeñando por completo el objetivo (esencial para Marx y Engels) del desarrollo de las fuerzas productivas: en este caso la lucha de clases revolucionaria significa lograr la igualdad (por abajo) y prestar poca atención a la búsqueda de bienestar. Esta versión del populismo puede ejercer una fuerza de atracción que va mucho más allá de los círculos cristianos. Según el Manifiesto del partido comunista, no hay «nada más fácil que dar una mano de barniz socialista al ascetismo cristiano»; no en vano «los primeros movimientos del proletariado» se caracterizan muchas veces por reivindicaciones de «un ascetismo general y un tosco igualitarismo» (MEW).

        

 

En realidad el fenómeno que estamos analizando tiene una extensión espacial y temporal muy superior a la que sugieren Marx y Engels. Las grandes revoluciones populares, las sublevaciones masivas de las clases subalternas, tienden a estimular el populismo espontáneo e ingenuo, que anhela y celebra el desquite de quienes ocupan el último peldaño de la escala social, el desquite de los pobres y de los «pobres de espíritu». En la Francia de 1789, aun antes de la toma de la Bastilla, ya a partir de la reunión de los Estados Generales y la agitación del Tercer Estado, se despierta «en el ánimo popular el antiguo milenarismo, la espera anhelante de la venganza de los pobres y la felicidad de los humillados, que impregnaría profundamente la mentalidad revolucionaria» (Furet, Richet 1980). En la Rusia de febrero de 1917 los círculos cristianos celebran la caída del zarismo como la derrota del «mal», del «pecado» que «había roto al pueblo dividiéndolo en ricos y pobres»; la nueva sociedad «se organizaría con arreglo a actitudes más cristianas». Surgiría «una nueva comunidad espiritual, por encima de cualquier distinción de clase o de partido», una comunidad en la que se disiparían todas las expresiones de la anterior opulencia, viciosa y disoluta: entre otras cosas, ya no habría lugar para los alcohólicos (Figer 2000). Vemos cómo el «tosco igualitarismo» se combina con el «ascetismo general» y obligatorio; pero no muy distintas son las esperanzas que pone Pascal en la revolución de octubre.

 

Los bolcheviques no son inmunes a esta visión del mundo ni a este estado de ánimo. La catástrofe causada por la guerra mundial y la posterior guerra civil acarrea una crisis de proporciones espantosas, también en el plano económico. La moneda, en la práctica, deja de existir en la economía soviética; la vivienda, el transporte, la educación y la comida en el trabajo son gratuitos, los salarios se pagan en especie, todo naturalmente en un nivel muy bajo y, en el mejor de los casos, de miseria digna. Pero esta situación, que al principio se experimenta con zozobra y angustia, acaba transfigurándose: es la anhelada desaparición del dinero (símbolo de la polarización social y la riqueza disoluta), es el fin de la auri sacra James, es la llegada del comunismo, aunque sea un «comunismo de guerra» con todas las limitaciones que imponen las circunstancias (Carr 1964).

        

 

En 1936-37 Trotski recordará críticamente «las tendencias ascéticas de la época de la guerra civil» que cundieron entre los comunistas. Pero será un militante de base quien describirá con más eficacia, en los años cuarenta, el clima espiritual que reinaba en el periodo inmediatamente posterior a la revolución de octubre, el clima surgido del horror de una guerra desatada por los imperialistas en su disputa por el saqueo de las colonias, la conquista de los mercados y las materias primas y la búsqueda capitalista del beneficio a cualquier precio:

        

Todos los jóvenes comunistas nos habíamos criado con la convicción de que el dinero se había eliminado para siempre [...]. Si reaparecía el dinero, ¿no pasaría lo mismo con los ricos? ¿No estábamos en una pendiente peligrosa que nos llevaba otra vez al capitalismo? (en Figes 2000).

        

 

En estas condiciones la aparición del trueque suponía un progreso, por lo menos en el plano espiritual. Es un clima que no desaparece inmediatamente con el comunismo de guerra. Así lo atestigua un texto extraordinario de Lenin del 6-7 de noviembre de 1921:

        

 

Cuando triunfemos en todo el mundo usaremos el oro para construir urinarios públicos en las calles de algunas de las principales ciudades. Este sería el uso más «justo» y más edificante que se pueda hacer del oro para las generaciones que no han olvidado cómo, por el oro, hubo diez millones de muertos y otros treinta de lisiados en la «gran» guerra «liberadora» de 1914-1918 [...]; y cómo por este mismo oro el mundo ahora se dispone a matar por lo menos a veinte millones de hombres y lisiar a sesenta en una guerra [que se acerca].

 

Pero, por muy «justo», por muy útil, por muy humano que sea este uso del oro [...], ahora hay que ahorrar oro en la RSFSR [Rusia soviética], venderlo lo más caro posible y servirse de él para comprar al mejor precio posible. El que vive entre lobos aprende a aullar (LO).

        

 

Sí, ya está en marcha la Nueva Política Económica, la NEP, y sin embargo la economía mercantil, el oro y el dinero se siguen mirando con aprensión por estar manchados con el barro y la sangre de las trincheras de la primera guerra mundial. También da que pensar la reflexión autocrítica con que, el 17 de octubre de 1921, Lenin motiva la necesidad de dejar atrás el comunismo de guerra:

        

 

En parte bajo la influencia de los problemas militares que se abatieron sobre nosotros y de la situación aparentemente desesperada en la que se hallaba la república, al final de la guerra imperialista, bajo la influencia de esta y otras muchas circunstancias, cometimos el error de querer pasar a la producción y la distribución sobre bases comunistas. Decidimos que los campesinos nos proveerían el pan necesario gracias al sistema de requisiciones, y que nosotros, por nuestra parte, lo distribuiríamos a los establecimientos y las fábricas, obteniendo así una producción y una distribución de carácter comunista (LO).

        

 

He destacado en cursiva la afirmación repetida que me dispongo a discutir. En otras ocasiones Lenin no se priva de describir con crudeza el significado real de la práctica de las requisiciones forzadas de los «productos» considerados «excedentes» y en todo caso «necesarios para cubrir los gastos del ejército y alimentar a los obreros», pagados con «papel moneda» de dudoso valor (LO). Es una práctica que tropieza, y no puede dejar de hacerlo, con la resistencia sorda, dura o violenta de los campesinos. Por supuesto, dada la crisis gravísima del comercio entre la ciudad y el campo, muy anterior a la toma del poder por los bolcheviques, con el descenso de la producción agrícola y el acaparamiento de los escasos recursos alimentarios disponibles, la supervivencia de los habitantes de las ciudades y los soldados pasa por tomar medidas muy radicales, compartidas en gran medida por los distintos partidos en conflicto, incluyendo los de ideología liberal (Losurdo 2008). Sin embargo, ¿qué tienen de comunista la miseria generalizada y desesperada y las requisas que recurren directa o indirectamente a la fuerza de las armas? Sí, han desaparecido el interés personal y el cálculo mercantil, pero ¿basta con eso para llamar comunista a una medida claramente dictada por la guerra y a la que también recurren países de orientación ideal y política bien distinta? ¿O acaso la transfiguración populista del «ascetismo universal» y del «tosco igualitarismo asoma aquí en el propio planteamiento de Lenin?...

 

(continuará)

 

 

 

[ Fragmento de: Domenico Losurdo. “La lucha de clases” ]

 


domingo, 22 de marzo de 2026

 

 

1402

 

 LAS VENAS ABIERTAS DE AMÉRICA LATINA

 Eduardo Galeano

 

 (14)

 

 

 

PRIMERA PARTE

 

LA POBREZA DEL HOMBRE COMO RESULTADO DE LA RIQUEZA DE LA TIERRA.

 

EL REY AZÚCAR Y OTROS MONARCAS AGRÍCOLAS

 

 


 

LAS PLANTACIONES, LOS LATIFUNDIOS Y EL DESTINO

 

  La búsqueda del oro y de la plata fue, sin duda, el motor central de la conquista. Pero en su segundo viaje, Cristóbal Colón trajo las primeras raíces de caña de azúcar, desde las islas Canarias, y las plantó en las tierras que hoy ocupa la República Dominicana. Una vez sembradas, dieron rápidos retoños, para gran regocijo del almirante. El azúcar, que se cultivaba en pequeña escala en Sicilia y en las islas Madeira y Cabo Verde y se compraba, a precios altos, en Oriente, era un artículo tan codiciado por los europeos que hasta en los ajuares de las reinas llegó a figurar como parte de la dote. Se vendía en las farmacias, se lo pesaba por gramos. Durante poco menos de tres siglos a partir del descubrimiento de América, no hubo, para el comercio de Europa, producto agrícola más importante que el azúcar cultivado en estas tierras. Se alzaron los cañaverales en el litoral húmedo y caliente del nordeste de Brasil y, posteriormente, también las islas del Caribe —Barbados, Jamaica, Haití y la Dominicana, Guadalupe, Cuba, Puerto Rico y Veracruz y la costa peruana resultaron sucesivos escenarios propicios para la explotación, en gran escala, del «oro blanco». Inmensas legiones de esclavos vinieron de África para proporcionar, al rey azúcar, la fuerza del trabajo numerosa y gratuita que exigía: combustible humano para quemar. Las tierras fueron devastadas por esta planta egoísta que invadió el Nuevo Mundo arrasando los bosques, malgastando la fertilidad natural y extinguiendo el humus acumulado por los suelos. El largo ciclo del azúcar dio origen, en América Latina, a prosperidades tan mortales como las que engendraron, en Potosí, Ouro Preto, Zacatecas y Guanajuato, la furores de la plata y el oro; al mismo tiempo, impulsó con fuerza decisiva, directa e indirectamente, el desarrollo industrial de Holanda, Francia, Inglaterra y Estados Unidos.

 

  La plantación, nacida de la demanda de azúcar en ultramar, era una empresa movida por el afán de ganancia de su propietario y puesta al servicio del mercado que Europa iba articulando internacionalmente. Por su estructura interna, sin embargo, tomando en cuenta que se bastaba a sí misma en buena medida; resultaban feudales algunos de sus rasgos predominantes. Utilizaba, por otra parte, mano de obra esclava. Tres edades históricas distintas —mercantilismo, feudalismo, esclavitud— se combinaban así en una sola unidad económica y social, pero era el mercado internacional quien estaba en el centro de la constelación de poder que el sistema de plantaciones integró desde temprano.

 

  De la plantación colonial, subordinada a las necesidades extranjeras y financiada, en muchos casos, desde el extranjero, proviene en línea recta el latifundio de nuestros días. Este es uno de los cuellos de botella que estrangulan el desarrollo económico de América Latina y uno de los factores primordiales de la marginación y la pobreza de las masas latinoamericanas. El latifundio actual, mecanizado en medida suficiente para multiplicar los excedentes de mano de obra, dispone de abundantes reservas de brazos baratos. Ya no depende de la importación de esclavos africanos ni de la «encomienda» indígena. Al latifundio le basta con el pago de jornales irrisorios, la retribución de servicios en especies o el trabajo gratuito a cambio del usufructo de un pedacito de tierra; se nutre de la proliferación de los minifundios, resultado de su propia expansión, y de la continua migración interna de legiones de trabajadores que se desplazan empujados por el hambre, al ritmo de las zafras sucesivas.

 

  La estructura combinada de la plantación funcionaba, y así funciona también el latifundio, como un colador armado para la evasión de las riquezas naturales. Al integrarse al mercado mundial, cada área conoció un ciclo dinámico; luego, por la competencia de otros productos sustitutivos, por el agotamiento de la tierra o por la aparición de otras zonas con mejores condiciones, sobrevino la decadencia. La cultura de la pobreza, la economía de subsistencia y el letargo son los precios que cobra, con el transcurso de los años, el impulso productivo original. El nordeste era la zona más rica de Brasil y hoy es la más pobre; en Barbados y Haití habitan hormigueros humanos condenados a la miseria; el azúcar se convirtió en la llave maestra del dominio de Cuba por los Estados Unidos, al precio del monocultivo y del empobrecimiento implacable del suelo. No sólo el azúcar. Esta es también la historia del cacao, que alumbró la fortuna de la oligarquía de Caracas; del algodón de Maranhão, de súbito esplendor y súbita caída; de las plantaciones de caucho en el Amazonas, convertidas en cementerios para los obreros nordestinos reclutados a cambio de moneditas; de los arrasados bosques de quebracho del norte argentino y del Paraguay; de las fincas de henequén, en Yucatán, donde los indios yaquis fueron enviados al exterminio. Es también la historia del café, que avanza abandonando desiertos a sus espaldas, y de las plantaciones de frutas en Brasil, en Colombia, en Ecuador y en los desdichados países centroamericanos. Con mejor o peor suerte, cada producto se ha ido convirtiendo en un destino, muchas veces fugaz, para los países, las regiones y los hombres. El mismo itinerario han seguido, por cierto, las zonas productoras de riquezas minerales. Cuanto más codiciado por el mercado mundial, mayor es la desgracia que un producto trae consigo al pueblo latinoamericano que, con su sacrificio, lo crea. La zona menos castigada por esta ley de acero, el Río de la Plata, que arrojaba cueros y luego carne y lana a las corrientes del mercado internacional, no ha podido, sin embargo, escapar de la jaula del subdesarrollo.

 

 

 

EL ASESINATO DE LA TIERRA EN EL NORDESTE DE BRASIL

 

  Las colonias españolas proporcionaban, en primer lugar, metales. Muy temprano se habían descubierto, en ellas, los tesoros y las vetas. El azúcar, relegada a un segundo plano, se cultivó en Santo Domingo, luego en Veracruz, más tarde en la costa peruana y en Cuba. En cambio, hasta mediados del siglo XVII, Brasil fue el mayor productor mundial de azúcar. Simultáneamente, la colonia portuguesa de América era el principal mercado de esclavos; la mano de obra indígena, muy escasa, se extinguía rápidamente en los trabajos forzados, y el azúcar exigía grandes contingentes de mano de obra para limpiar y preparar los terrenos, plantar, cosechar y transportar la caña y, por fin, molerla y purgarla. La sociedad colonial brasileña, subproducto del azúcar, floreció en Bahía y Pernambuco, hasta que el descubrimiento del oro trasladó su núcleo central a Minas Gerais.

 

  Las tierras fueron cedidas por la corona portuguesa, en usufructo, a los primeros grandes terratenientes de Brasil. La hazaña de la conquista habría de correr pareja con la organización de la producción. Solamente doce «capitanes» recibieron, por carta de donación, todo el inmenso territorio colonial inexplorado, para explotarlo al servicio del monarca. Sin embargo, fueron capitales holandeses los que financiaron, en mayor medida, el negocio, que resultó en resumidas cuentas, más flamenco que portugués. Las empresas holandesas no sólo participaron en la instalación de los ingenios y en la importación de lo, esclavos; además, recogían el azúcar en bruto en Lisboa, lo refinaban obteniendo utilidades que llegaban a la tercera parte del valor del producto, y lo vendían en Europa. En 1630 la Dutch West India Company invadió y conquistó la costa nordeste de Brasil para asumir directamente el control del producto. Era preciso multiplicar las fuentes del azúcar, para multiplicar las ganancias, y la empresa ofreció a los ingleses de la isla Barbados todas las facilidades para iniciar el cultivo en gran escala en las Antillas. Trajo a Brasil colonos del Caribe, para que allí, en sus flamantes dominios, adquirieran los necesarios conocimientos técnicos y la capacidad de organización. Cuando los holandeses fueron por fin expulsados del nordeste brasileño, en 1654, ya habían echado las bases para que Barbados se lanzara a una competencia furiosa y ruinosa. Habían llevado negros y raíces de caña, habían levantado ingenios y les habían proporcionado todos los implementos. Las exportaciones brasileñas cayeron bruscamente a la mitad, y a la mitad bajaron los precios del azúcar a fines del siglo XVII. Mientras tanto, en un par de décadas, se multiplicó por diez la población negra de Barbados. Las Antillas estaban más cerca del mercado europeo, Barbados proporcionaba tierras todavía invictas y producía con mejor nivel técnico. Las tierras brasileñas se habían cansado. La formidable magnitud de las rebeliones de los esclavos en Brasil y la aparición del oro en el sur, que arrebataba mano de obra a las plantaciones, precipitaron también la crisis del nordeste azucarero. Fue una crisis definitiva. Se prolonga, arrastrándose penosamente de siglo en siglo, hasta nuestros días.

 

El azúcar había arrasado el nordeste. La franja húmeda del litoral, bien regada por las lluvias, tenía un suelo de gran fertilidad, muy rico en humus y sales minerales, cubierto por los bosques desde Bahía hasta Ceará. Esta región de bosques tropicales se convirtió, como dice Josué de Castro, en una región de sabanas. Naturalmente nacida para producir alimentos, pasó a ser una región de hambre. Donde todo brotaba con vigor exuberante, el latifundio azucarero, destructivo y avasallador, dejó rocas estériles, suelos lavados, tierras erosionadas. Se habían hecho, al principio, plantaciones de naranjos y mangos, que «fueron abandonadas a su suerte y se redujeron a pequeñas huertas que rodeaban la casa del dueño del ingenio, exclusivamente reservadas a la familia del plantador blanco». Los incendios que abrían tierras a los cañaverales devastaron la floresta y con ella la fauna; desaparecieron los ciervos, los jabalíes, los tapires, los conejos, las pacas y los tatúes. La alfombra vegetal, la flora y la fauna fueron sacrificadas, en los altares del monocultivo, a la caña de azúcar. La producción extensiva agotó rápidamente los suelos.

 

  A fines del siglo XVII, había en Brasil no menos de 120 ingenios, que sumaban un capital cercano a los dos millones de libras, pero sus dueños, que poseían las mejores tierras, no cultivaban alimentos. Los importaban, como importaban una vasta gama de artículos de lujo que llegaban, desde ultramar, junto con los esclavos y las bolsas de sal. La abundancia y la prosperidad eran, como de costumbre, simétricas a la miseria de la mayoría de la población, que vivía en estado crónico de subnutrición. La ganadería fue relegada a los desiertos del interior, lejos de la franja húmeda de la costa: el sertão que, con un par de reses por kilómetro cuadrado, proporcionaba (y aún proporciona) la carne dura y sin sabor, siempre escasa.

 

  De aquellos tiempos coloniales nace la costumbre, todavía vigente, de comer tierra. La falta de hierro provoca anemia; el instinto empuja a los niños nordestinos a compensar con tierra las sales minerales que no encuentran en su comida habitual, que se reduce a la harina de mandioca, los frijoles y, con suerte, el tasajo. Antiguamente, se castigaba este «vicio africano» de los niños poniéndoles bozales o colgándolos dentro de cestas de mimbre a larga distancia del suelo.

 

El nordeste de Brasil es, en la actualidad, la región más subdesarrollada del hemisferio occidental. Gigantesco campo de concentración para treinta millones de personas, padece hoy la herencia del monocultivo del azúcar. De sus tierras brotó el negocio más lucrativo de la economía agrícola colonial en América Latina. En la actualidad, menos de la quinta parte de la zona húmeda de Pernambuco está dedicada al cultivo de la caña de azúcar, y el resto no se usa para nada: los dueños de los grandes ingenios centrales, que son los mayores plantadores de caña, se dan este lujo del desperdicio, manteniendo improductivos sus vastos latifundios. No es en las zonas áridas y semiáridas del interior nordestino donde la gente come peor, como equivocadamente se cree. El sertáo, desierto de piedra y arbustos ralos, vegetación escasa, padece hambres periódicas: el sol rajante de la sequía se abate sobre la tierra y la reduce a un paisaje lunar; obliga a los hombres al éxodo y siembra de cruces los bordes de los caminos. Pero es en el litoral húmedo donde se padece hambre endémica. Allí donde más opulenta es la opulencia, más miserable resulta, tierra de contradicciones, la miseria: la región elegida por la naturaleza para producir todos los alimentos, los niega todos: la franja costera todavía conocida, ironía del vocabulario, como zona da mata, «zona del bosque», en homenaje al pasado remoto y a los míseros vestigios de la forestación sobreviviente a los siglos del azúcar. El latifundio azucarero, estructura del desperdicio, continúa obligando a traer alimentos desde otras zonas, sobre todo de la región centro-sur del país, a precios crecientes. El costo de la vida en Recife es el más alto de Brasil, por encima del índice de Río de Janeiro. Los frijoles cuestan más caros en el nordeste que en Ipanema, la lujosa playa de la bahía carioca. Medio kilo de harina de mandioca equivale al salario diario de un trabajador adulto en una plantación de azúcar, por su jornada de sol a sol: si el obrero protesta, el capataz manda buscar al carpintero para que le vaya tomando las medidas del cuerpo. Para los propietarios o sus administradores sigue en vigencia, en vastas zonas, el «derecho a la primera noche» de cada muchacha. La tercera parte de la población de Recife sobrevive marginada en las chozas de los bajos fondos; en un barrio, Casa Amarela, más de la mitad de los niños que nacen muere antes de llegar al año. La prostitución infantil, niñas de diez o doce años vendidas por sus padres, es frecuente en las ciudades del nordeste. La jornada de trabajo en algunas plantaciones se paga por debajo de los jornales bajos de la India. Un informe de la Feo, organismo de las Naciones Unidas, aseguraba en 1957 que en la localidad de Vitoria, cerca de Recife, la deficiencia de proteínas «provoca en los niños una pérdida de peso de un 40% más grave de lo que se observa generalmente en Africa». En numerosas plantaciones subsisten todavía las prisiones privadas, «pero los responsables de los asesinatos por subalimentación —dice René Dumorit— no son encerrados en ellas, porque son los que tienen las llaves». Pernambuco produce ahora menos de la mitad del azúcar que produce el estado de São Paulo, y con rendimientos menores por hectárea; sin embargo, Pernambuco vive del azúcar, y de ella viven sus habitantes densamente concentrados en la zona húmeda, mientras que el estado de São Paulo contiene el centro industrial más poderoso de América Latina. En el nordeste ni siquiera el progreso resulta progresista, porque hasta el progreso está en manos de pocos propietarios. El alimento de las minorías se convierte en el hambre de las mayorías. A partir de 1870, la industria azucarera se modernizó considerablemente con la creación de los grandes molinos centrales, y entonces «la absorción de las tierras por los latifundios progresó de modo alarmante, acentuando la miseria alimentaria de esa zona». En la década de 1950, la industrialización en auge incrementó el consumo del azúcar en Brasil. La producción nordestina tuvo un gran impulso, pero sin que aumentaran los rendimientos por hectárea. Se incorporaron nuevas tierras, de inferior calidad, a los cañaverales, y el azúcar nuevamente devoró las pocas áreas dedicadas a la producción de alimentos. Convertido en asalariado, el campesino que antes cultivaba su pequeña parcela no mejoró con la nueva situación, pues no gana suficiente dinero para comprar los alimentos que antes producía. Como de costumbre, la expansión expandió el hambre…

 

(continuará)

 

 

 

[ Fragmento de: Eduardo Galeano. “Las venas abiertas de América Latina” ]

 

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