1395
DE LA
DECADENCIA DE LA POLÍTICA EN EL CAPITALISMO TERMINAL
Andrés
Piqueras
(46)
PARTE
II
Del
in-politicismo teórico-práctico
Capítulo
9
DE LA
FUTILIDAD DE LOS “POSTMARXISMOS”
Por lo
general, los autodenominados “postmarxismos” comienzan con una presentación
grotesca y sumamente reduccionista de Marx y del marxismo, para luego
presentarse a sí mismos como superadores de aquellas imperdonables carencias y
determinismos, de esa “filosofía de la historia” y sus consecuentes principios
teleológicos, de la esencialidad de los sujetos inserta en esa “tradición” y
otras tergiversaciones similares. Empeñados en la lectura más constreñida de
Marx, que en adelante llamaré “rácana” (término que recoge a la vez los
sentidos de “mezquindad” en la interpretación –reduccionista– y de “haraganería”
para hacer esfuerzos analíticos a partir del material dado), quieren persuadir
a quienes les leen o escuchan, por contra, de la superioridad de sus propuestas
teóricas, presentadas como un avance ante tanta “ortodoxia”, “mecanicismo” y
“esencialismo” (alardes que comparten en cierta medida con los neomarxismos
vistos).
Nadie
como Laclau y Mouffe para ejemplificar todo ello. Esta pareja de autores parten
de tres manipulaciones básicas del marxismo, que hacen identificar con tres
tesis de Marx(Laclau y Mouffe, 2011):
a. La
condición del carácter endógeno de las leyes de la economía, mediante la tesis
de la neutralidad de las fuerzas productivas. Atribuyen a Marx la concepción de
que la fuerza de trabajo es una mercancía como cualquier otra, y el desarrollo
de las fuerzas productivas un proceso neutro.
b. La
condición de la unidad al nivel económico de los agentes sociales, mediante la
tesis de la homogeneización y pauperización crecientes de la clase obrera.
c. La
condición de que las relaciones de producción sean el locus de “intereses
históricos” que trascienden la esfera de la economía, mediante la tesis de que
la clase obrera tiene un interés fundamental, en el socialismo, que la
convierte automáticamente en sujeto revolucionario.
Pero
ninguna de esas claves que se atribuyen a Marx es cierta. Veámoslas una a una.
Sobre
la primera falsa atribución a Marx hay que incidir de nuevo especialmente
(también frente a los neomarxistas que hemos visto más arriba) en que Marx
destacó en su obra cumbre el carácter dual del modo de producción capitalista.
El proceso D-M-D’ que está implícito en el movimiento del valor-capital,
requiere de una intervención político disciplinaria explícita, precisamente
porque la fuerza de trabajo es una mercancía especial, la única que es capaz de
generar plusvalor al trabajar, y que ofrece siempre una resistencia (latente o
manifiesta) contra su explotación. Decir que Marx consideró a la fuerza de
trabajo como una mercancía más es, además de un absurdo, un intento de tirar
por la borda, malintencionadamente, toda su praxis (y por tanto su vida), y con
ella la razón de ser del marxismo. Porque Marx no dejó de insistir en que la
organización de la producción está siempre concebida de la manera que mejor
pueda contrarrestar las luchas del Trabajo; la propia aplicación del desarrollo
tecnológico se efectúa para debilitar la resistencia laboral, de donde Marx
deduce la no neutralidad de la ciencia y la tecnología, insistiendo en que
están permeadas por las relaciones de clase y sosteniendo que el proceso productivo
está condicionado de principio a fin por el carácter antagónico de la
explotación capitalista, por la relación de clase Capital/Trabajo, como personificaciones
de esos “factores de producción” de la economía clásica. Es difícil, por tanto,
dejar de preguntarse sobre la honradez de la interpretación de los autores
postmarxistas (¿o anti-marxistas?) al respecto (Geras, 1987).
En
cuanto a la segunda tesis es importante desmontarla de una vez por todas, porque
ha sido insistentemente esgrimida desde diferentes posturas discrepantes con
Marx. En realidad, de la combinación de las premisas o tesis señaladas, se
deriva el argumento de Laclau y Mouffe sobre que el marxismo pensó poder
deducir, como una consecuencia necesaria, la existencia de un sujeto unívoco dotado
de una conciencia de clase, orientado a poner fin al capitalismo. En una
palabra, el marxismo adolecería de fundamentalismo...
“término
básico en la crítica postmarxista del marxismo, y debido a ello cada vez sería
menos adecuado para comprender las formas de subjetivación y las coyunturas
políticas contemporáneas. En otras palabras, el fundamentalismo no es más que
un intento, ilusorio en el terreno analítico y vano en el terreno práctico,
para superar la indeterminación de lo social y la descentralización de las formas
de subjetivación. Frente a ello, el postmarxista pone por delante el papel
constitutivo de las articulaciones discursivas, totalmente ajenas a lo social y
las únicas susceptibles de superar, de un modo parcial, contingente y temporal,
su estallido inherente y dar lugar a formas de subjetivación” (Kouvélakis,
2019: s/p).
Tales
puntos de partida de la crítica postmarxista resultan tanto más inverosímiles
cuanto que toda la obra de Marx y Engels está dedicada a explicar el punto
materialista de concepción de la realidad contra cualquier tipo de esencialismo.
Marx no sostuvo una concepción ni “esencialista” ni “determinista” de la clase
obrera como una entidad unitaria, “sino precisamente su radical historicidad e
inserción en un determinado plexo de relaciones productivas y, por tanto,
sociales (…) Y si la clase obrera adquiere en el marxismo el aspecto de
‘privilegiada’ no es porque neutralice una ‘pluralidad contradictoria’, como
sostiene Laclau, sino porque en la época del capitalismo industrial es capaz de
acogerla en sí” (Sánchez Berrocal, 2019). Es decir, se trata de un análisis
dialéctico (algo de lo que carecen los ensayos de Laclau y Mouffe) y no
ontológico, que además se anticipa mucho a las tesis de estos autores sobre los
procesos de construcción de la hegemonía. Sobre si su situación de clase
fundamental –en cuanto que es resultado de la relación básica que constituye el
capitalismo–, da lugar indefectiblemente a un sujeto revolucionario, de nuevo
nos las vemos con una grave falta de rigor interpretativo. El marxismo aporta
una base sistemática y coherente para los objetivos socialistas cimentada en
una teoría del movimiento histórico (que no, repito, en una filosofía de la
historia) y los procesos sociales concretos. Los objetivos del socialismo se
evidencian como posibilidades históricas reales en función de las condiciones
de desarrollo de las fuerzas productivas dentro de las que se cuentan las
propias fuerzas sociales de agencialidad y conciencia. En ese desarrollo de
fuerzas productivas, la clase que vive de ser explotada a través del trabajo
abstracto (que va mucho más allá de la tradicional “clase obrera”) tiene grandes
posibilidades de liberar al conjunto de la sociedad si es capaz de acabar con
su propia explotación, preparando con más probabilidades un tipo de sociedad en
donde otras formas de explotación también vayan siendo,eliminadas o, al menos,
considerablemente atenuadas. Como quiera que el núcleo central del Poder y de
la Explotación capitalista radica en la generación de valor como plusvalor, es
a través de la supresión de tal núcleo que se puede superar el propio
capitalismo. ¿De ahí se deriva que “la clase obrera” sea per sé un sujeto unificado
en torno a una conciencia de clase revolucionaria? Nada más lejos,
desafortunadamente. Engels y Marx no pararon de lidiar con los problemas de la
formación de conciencia de clase y organización política. ¿Para qué si no
molestarse en redactar el Manifiesto Comunista, en promover permanentemente la
formación y concienciación de la clase obrera y de las otras clases que en ese
tiempo vivían de su trabajo? ¿Para qué fundar la I Internacional, si no era
para intentar dotar de una plasmación revolucionaria a las condiciones de
resistencia y lucha del salariado, al antagonismo básico que se desprende de su
condición de fuerza de trabajo generadora de plusvalía para otros, y conseguir
una conjunción de sujetos en torno a ello? De creer que tal conciencia y unidad
eran mecánicas, les hubiera bastado con cruzarse de brazos a esperarlas. ¿De
dónde, y esto nos permite enlazar con la tercera tesis arriba apuntada, sacan
los autores postmarxistas que los intereses vienen dados “esencialmente” para
el marxismo? Los intereses están mediados por todo tipo de interpelaciones
socio-históricas y por su traducción en forma de conciencia.
Partiendo
de la premisa materialista elemental de que los procesos o actividades a través
de las que las personas se procuran los medios de vida están en la base de sus
condiciones de conciencia, Marx insistió en que en la situación de explotación
extensiva en las que se estaba desarrollando el primer capitalismo, el paso de
la subsunción formal a la subsunción real del trabajo al capital, con jornadas
de más de 16 horas y durísimas condiciones laborales, que también afectaban a
las mujeres y a la infancia, era la condición laboral (asalariada) que más
“interpelaba” a las personas. No hay ninguna ontología en ello, sino pura dialéctica
histórica, análisis de situación y de fase, del contexto estructural. Si las
formas de conciencia están ligadas a las condiciones de existencia, en el capitalismo
estas últimas están dadas principalmente por el empleo y las relaciones dentro
del empleo en cuanto que trabajo abstracto, para una amplia parte de la
sociedad (en el primer capitalismo también para muchas mujeres, niños y niñas).
Trascender
las condiciones de explotación laboral resulta un interés “objetivo” que no
tiene porqué traducirse en intereses reconocidos ni perseguidos. Siempre se
calibran posibilidades, riesgos, logros intermedios, objetivos inmediatos, amén
de todo otro tipo de condicionantes. Y eso no tanto (y en cualquier caso, no
sólo) como “falsa conciencia”, sino porque las posibilidades se sopesan y los
intereses se definen y reajustan en función de las contingencias inmediatas
tanto personales como del orden metabólico en que se está inmerso, así como del
“precio” de combatirlo. Si no consideramos, además, la profunda influencia
sobre los intereses de las formas ideológicas dominantes ¿dónde quedan entonces
los análisis de Marx sobre la ideología dominante y la conciencia de clase?,
¿dónde la cambiante correlación de fuerzas entre las clases y sus resultados en
forma de avances y retrocesos sociales?, ¿dónde toda su teoría sobre la
alienación y misticismo-fetichismo de la sociedad capitalista? De cierto, como
resultado de las luchas históricas del movimiento obrero (y el logro de la
Revolución Soviética), el capitalismo híbrido, dicho “keynesiano”, proporcionó
durante un tiempo a las poblaciones de las formaciones sociales centrales (que
no dejaron de ser exclusivas minorías mundiales) suficientes mejoras
socio-laborales como para que los “intereses” de clase de gran parte del
Trabajo se vieran temporalmente vinculados a la (creencia en la) reforma
permanente del capitalismo hacia el “Bienestar”. En ello centraron sus
intereses la mayor parte de las clases trabajadoras europeas, hasta hoy mismo,
y por extensión –dado que el capitalismo avanzado funge como modelo de aspiración
de logros–, buena parte de las del resto del mundo, a pesar de las muestras en
contrario proporcionadas por crisis cada vez más frecuentes, duraderas e
intensas.
Digamos,
para resumir, entonces, que si hay un interés “objetivo” en el socialismo de las
clases subalternas no sólo es por conducir a la emancipación del trabajo
abstracto y de la explotación, sino también porque está imbricado en las
condiciones socio-históricas del capitalismo que propician la socialización de
la producción y por ende también la posibilidad fehaciente de socialización de
los medios de producción. Sin embargo, la plasmación subjetiva de esos
intereses no deviene automáticamente de tales condiciones, sino que queda
condicionada a las luchas de clase y a los cambiantes resultados de las mismas.
Es decir, que el “interés objetivo” debe pasar por su concreción en forma de
proyecto-conciencia y por tanto en meta, proceso que en ningún caso es fácil ni
irreversible. Por otra parte, tal “interés” no es esencial, porque ni el
socialismo es una realidad predestinada en la historia, aun en el caso de que pudiera
estar posibilitado por el propio capitalismo, ni tampoco está determinado que
aun siendo una forma posible de organizar las sociedades se pudiera alcanzar, y
todavía menos universalmente.
“No
hay una relación lineal entre la defensa de los intereses inmediatos de la
clase trabajadora históricamente autoconstituida y autoafirmada y la superación
del capitalismo. La política revolucionaria del proletariado no supone
refrendar su posición inmediata en la sociedad sino negarla y superarla. La
posibilidad de una política proletaria que articule la tensión entre intereses inmediatos
(capitalistas) y aspiraciones históricas (revolucionarias) de la clase
trabajadora, por lo tanto, continúa siendo de central importancia para la
crítica (teórica y práctica) del capital. En esta reformulación, la lucha
emancipatoria de la clase trabajadora es fundamentalmente la lucha contra la desposesión
capitalista que separa a los productores inmediatos de los medios de
producción. Sólo que esa lucha no aspira a volver a las formas ‘premodernas’ de
dependencia personal directa, sino a construir una modernidad alternativa que
supere los antagonismos estructurales del capitalismo y realice las
posibilidades de multilateralidad humana que este modo de producción habilita y
obtura a la vez” (Martín, 2014).
De ahí
que, como vengo diciendo, el propio Marx subrayara la imposibilidad de una
teoría histórico-filosófica general. Ésta nada tiene que ver con el estudio
materialista de la Historia, que precisamente alude a las múltiples salidas que dejan las interacciones entre los
condicionamientos infraestructurales y las formas culturales-económicas humanas
que los enfrentan, así como las diferentes posibilidades de respuesta
sociocultural y política que abren las pugnas endógenas a las propias
sociedades desigualitarias en torno a la relación de clase y otras divisiones
sociales.
Me
permito aquí, para finalizar la contra-argumentación de los puntos citados,
esta larga cita de Borón (2019):
“Cuatro
siglos después de Copérnico, Marx produciría una revolución teórica de
semejante envergadura al echar por tierra las concepciones dominantes sobre la
sociedad y los procesos históricos. Su genial descubrimiento puede resumirse
así: la forma en que las sociedades resuelven sus necesidades fundamentales:
alimentarse, vestirse, abrigarse, guarecerse, promover el bienestar, posibilitar
el crecimiento espiritual de la población y garantizar la reproducción de la
especie constituyen el indispensable sustento de toda la vida social. Sobre
este conjunto de condiciones materiales cada sociedad construye un inmenso
entramado de agentes y estructuras sociales, instituciones políticas, creencias
morales y religiosas y tradiciones culturales que van variando en la medida en
que el sustrato material que las sostiene se va modificando. (…) Al igual que
ocurriera con Copérnico en la Astronomía, la revolución teórica de Marx arrojó
por la borda el saber convencional que había prevalecido durante siglos. Este
concebía a la historia como un caleidoscópico defile de notables personalidades
(reyes, príncipes, Papas, presidentes, diversos jefes de estado, líderes
políticos, etcétera) puntuado por grandes acontecimientos (batallas, guerras, innovaciones
científicas, descubrimientos geográficos). Marx hizo a un lado todas estas
apariencias y descubrió que el hilo conductor que permitía descifrar el jeroglfico
del proceso histórico eran los cambios que se producían en la forma en que
hombres y mujeres se alimentaban, vestían, guarecían y daban continuidad a su
especie, todo lo cual lo sintetizó bajo el concepto de ‘modo de producción’. Estos
cambios en las condiciones materiales de la vida social daban nacimiento a
nuevas estructuraciones sociales, instituciones políticas, valores, creencias,
tradiciones culturales a la vez que decretaban la obsolescencia de las
precedentes, aunque nada había de mecánico ni de lineal en este condicionamiento
‘en última instancia’ del sustrato material de la vida social. Con esto Marx desencadenó
en la historia y las ciencias sociales una revolución teórica tan rotunda y
trascendente como la de Copérnico y, casi simultáneamente, con la que brotaba
de las sensacionales revelaciones de Charles Darwin. Y así como hoy se
convertiría en un hazmerreir mundial quien reivindicase la concepción
geocéntrica de Ptolomeo, no mejor suerte correrían quienes increpasen a alguien acusándolo
de ‘marxista’.”
Entonces,
podemos decir que hay una conclusión que se desprende clara del materialismo
histórico-dialéctico, y es que la reproducción material de la sociedad
repercute más que otras instancias sobre los procesos sociales. ¿Por qué cuando
la física determina una fuerza predominante de atracción de los cuerpos, por
ejemplo la gravedad, no se le acusa de “determinista”, y por qué cuando la
ciencia social desentraña y señala las causas profundas del movimiento de la
sociedad, incluida la conciencia, sí? Hacer ciencia no es hacer ontología, es
intentar entender lo que sucede con base en procesos causales, en las razones
más profundas que lo explican y que nunca son unidireccionales…
(continuará)
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