sábado, 17 de enero de 2026

 

1394

 

STALIN, HISTORIA Y CRÍTICA DE UNA LEYENDA NEGRA.

Domenico Losurdo.

 

( 28 )

 

 

ENTRE EL SIGLO VEINTE Y LAS RAÍCES HISTÓRICAS PREVIAS, ENTRE HISTORIA DEL MARXISMO  E HISTORIA DE RUSIA: LOS ORÍGENES DEL "ESTALINISMO"

 


 

La dialéctica de la revolución y la génesis del universalismo abstracto

 

Pero ¿cómo explicar el surgimiento de una visión y de un purismo a primera vista tan ingenuos y carentes  de  sentido  de  la  realidad?  No  menos  ingenuo  e  irreal  sería  atribuirlos  a  una  u  otra  única personalidad. En realidad actúa aquí una dialéctica objetiva. Siguiendo la estela de la lucha contra las desigualdades,  los  privilegios,  las  discriminaciones,  las  injusticias,  la  opresión  del  antiguo  régimen  y contra  los  particularismos,  el  exclusivismo,  la  mezquindad Y  el  egoísmo  reprochados  a  la  vieja  clase dominante,  las  revoluciones  más  radicales  se  ven  llevadas  a  expresar  una  visión  fuerte,  exaltadora  y grandilocuente  de  los  principios  de  igualdad  y  universalidad.  Es  una  visión  que,  por  un  lado,  con  el impulso y entusiasmo que conlleva, facilita el derrocamiento de las viejas relaciones sociales y de las viejas instituciones políticas; por otro lado, hace más compleja y problemática la construcción del nuevo orden.

 

¿Hasta qué punto éste estará a la altura de las promesas, de las ambiciones y esperanzas que han precedido a su nacimiento? ¿No corre el riesgo de reproducir bajo una nueva forma las distorsiones tan apasionadamente denunciadas en el antiguo régimen? Este paso es especialmente delicado por el hecho de  que  las  revoluciones  más  radicales  cultivan  por  un  lado  ambiciosos  proyectos  de  transformación político-social, mientras que precisamente a causa de esta extrañeza y lejanía respecto al orden existente, experimentan la llegada al poder de estratos dirigentes sin una sólida experiencia política tras de sí y que por lo demás se ven en la necesidad de construir e incluso inventar un nuevo orden, no sólo político sino también  social.  Tan  lábil  tiende  a  mostrarse  en  estas  circunstancias  el  límite  entre  proyecto  político ambicioso y frase altisonante y vacua, entre utopía concreta (un horizonte desde luego remoto pero que sin  embargo  orienta  y  estimula  el  proceso  real  de  transformación)  y  utopía  abstracta,  desorientadora (sinónimo en última instancia de evasión y fuga de la realidad).

 

Para que sea victoriosa no solamente a corto plazo sino también a largo plazo, una revolución debe ser capaz de conferir un contenido concreto y duradero a las ideas de igualdad y universalidad que la han acompañado en la consecución del poder. Y al hacerlo, el nuevo grupo dirigente está llamado a depurar aquellas ideas de la forma ingenua que tienden a asumir en los momentos de entusiasmo, y está llamado también  a  cumplir  tal  operación  de  depuración  no  en  un  espacio  vacío  y  aséptico,  sino  en  un  espacio históricamente colmado en el que hacen sentir su presencia y su peso las compatibilidades económicas y políticas, las relaciones de fuerza, las contradicciones y los conflictos que surgen inevitablemente. Es en el  transcurso  de  este  difícil  paso  que  el  frente  revolucionario,  hasta  aquel  momento  caracterizado,  al menos  aparentemente,  por  una  unidad  coral,  que  comienza  a  mostrar  las  primeras  grietas  o  fracturas internas, e intervienen las desilusiones, el desencanto, las acusaciones de traición.

 

Es un proceso y una dialéctica que Hegel analiza con gran lucidez y profundidad en relación con la Revolución francesa. Ésta se desarrolla ondeando la bandera del «sujeto universal», de la «voluntad universal», de la «autoconciencia universal». En esta fase, en el momento de la destrucción del antiguo régimen, se asiste a la «anulación de las masas espirituales diferenciadas y de la vida limitada de los individuos»; «son por tanto abolidos todos los estratos sociales, que son las esencias espirituales en las que  el  Todo  articula».  Es  como  si  la  sociedad,  disueltos  todos  los  cuerpos  sociales  intermedios,  se hubiese desarticulado completamente en una miríada de individuos que rechazando todas las autoridades tradicionales ya carentes de legitimidad, reivindican no solamente la libertad y la igualdad sino también la  participación  en  la  vida  pública  y  en  cada  fase  del  proceso  de  toma  de  decisiones.  Siguiendo  este entusiasmo  y  exaltación,  en  una  situación  en  la  que  es  como  si  la  autoridad  y  el  poder  en  cuanto  tales estuvieran  suspendidos  en  la  nada,  surge  un  mesianismo  anarcoide,  que  exige  la  «libertad  absoluta», preparada  para  denunciar  como  traición  toda  contaminación  y  restricción,  verdadera  o  presunta,  de  la universalidad.

 

Un  nuevo  orden  presupone  una  redistribución  de  los  individuos  en  «masas  espirituales»,  en organismos sociales, cuerpos intermedios, si bien constituidos y organizados según nuevas y diferentes modalidades respetuosas de los principios de la revolución. En todo caso, para el mesianismo anarcoide la nueva articulación de la sociedad, sea la que sea, se muestra como una negación de la universalidad.

 

De hecho, «la actividad y el ser de la personalidad [individual] se encontrarían de tal modo limitados a una rama del Todo, a una única especie de la actividad y del ser». Y por lo tanto: «Puesta en el elemento del ser, la personalidad recibiría así el significado de personalidad determinada, y en verdad cesaría de ser autoconciencia universal». Es un análisis iluminador de la dialéctica que se desarrolla a lo largo de la Revolución francesa pero también, y de manera aún más clara, en la Revolución de octubre, cuando el pathos de la universalidad se deja oír con mayor fuerza aun, tanto en sus formas más ingenuas como en las  más  maduras.  En  la  situación  de  exaltado  universalismo  que  precede  al  derrocamiento  del  antiguo régimen, toda división del trabajo, por articulada que sea, se convierte en sinónimo de exclusividad, de secuestro  de  la  «autoconciencia  universal»  y  de  la  «voluntad  universal»  por  obra  de  una  minoría burocrática y privilegiada.

 

Esto vale para las relaciones sociales tanto como para las instituciones políticas. No hay un orden que pueda satisfacer la pretensión de realización directa y carente de mediaciones de la universalidad prevista por el mesianismo anarcoide. La manera en la que éste último actúa aparece con claridad una Vez más en las memorables páginas de la Fenomenología del espíritu: Sin  dejarse  engañar  ni  por  la  comedia  (Vorstellung)  de  la  obediencia  a  leyes  que  pretenden  ser expresión de autogobierno y que les asignarían sólo una parte, ni por el hecho de gozar de representación en la legislación y en la actividad universal, la autoconciencia no se deja  despojar  de  la  realidad  que consiste en darse ella misma las leyes y realizarse a sí misma no en una obra individual, sino más bien en la  obra  universal.  De  hecho,  cuando  se  encuentra  sólo  en  la  forma  de  la  representación  y  de  la representación teatral, el individuo no es real; donde hay alguien que sea representante del individuo, no es el individuo.

 

Nos viene aquí a la memoria la definición que la Oposición obrera da de la burocracia en la Rusia soviética: «algún otro decide vuestro destino». Contra esta inadmisible expropiación es reivindicada una «dirección»  que  sea  «colectiva»  en  cada  fase  del  proceso  de  toma  de  decisiones,  con  la  consiguiente condena  de  todo  organismo  representativo.  Es  más,  bien  visto,  es  objeto  de  crítica  e  incluso  de regulación jurídica, etiquetado a priori como intento de encadenamiento o ruptura de la universalidad y, por lo tanto, como expresión de un antiguo régimen difícil de matar.

 

Para  llegar  a  la  «acción»,  para  conseguir  realidad  y  eficacia  y  convertirse  en  «voluntad  real»  -prosigue Hegel-, la universalidad debe encontrar expresión en individuos concretos, debe «colocar en el vértice una autoconciencia individual». Hete aquí que el mesianismo y el anarquismo se llevan las manos a la cabeza: «De esta manera, sin embargo, el resto de individuos se ven excluidos de la totalidad de la acción  y  juegan  un  papel  sólo  limitado,  por  lo  que  no  sería  acción  de  la  efectiva  autoconciencia universal». La tragedia de la Revolución francesa (aunque también, y a mayor escala, de la Revolución de octubre) consiste en esto: si quiere evitar reducirse a una frase vacía, el pathos de la universalidad debe  darse  un  contenido  concreto  y  determinado,  pero  es  precisamente  este  contenido  concreto  y determinado el que es considerado una traición. En realidad, es la particularidad en cuanto tal la que es etiquetada  como  un  elemento  de  contaminación  y  negación  de  la  universalidad.  Mientras  continúa prevaleciendo esta visión, a la liquidación del antiguo régimen no le sigue la construcción de un orden nuevo y concreto:

 

«La libertad universal, por lo tanto, no puede producir ninguna obra y ninguna acción positiva,  y  le  queda  solamente  la  actividad  negativa.  La  libertad  universal  es  solamente  la  furia  de  la disolución»…

 

(continuará)

 

 

 

[ Fragmento de: Domenico Losurdo. “Stalin, historia y crítica de una leyenda negra” ]

 

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lunes, 12 de enero de 2026

 

1393

 

LA LUCHA DE CLASES

Domenico Losurdo

 

(49)

 

VI


Paso al sureste. Cuestión nacional y lucha de clases

 

 


Una lucha de clases omnipresente y oculta

 

También es cierto que mientras se desarrollan los acontecimientos mencionados, en la extrema izquierda no son pocos los que tienen dificultades para interpretarlos a la luz de la teoría marxiana de la lucha de clases. La disipación imprevista e inaudita de la «guerra civil mundial» crea desconcierto. La política de frente unido, lanzada en 1935 por la Internacional Comunista, trata de aislar a las potencias imperialistas a la ofensiva, las que, por haber llegado tarde a la cita colonial, aspiran a remediar el retraso recurriendo a un suplemento de brutalidad y sometiendo e incluso esclavizando pueblos de antigua civilización. Pero esta política de frente unido, que aparentemente no cuestiona el capitalismo como tal ni el imperialismo como tal, es para Trotski «el rechazo de la lucha de clases». Del mismo modo argumentan sus seguidores en China, que acusan a Mao y a los comunistas chinos de haber «abandonado sus posiciones de clase». La denuncia se encuentra en una carta enviada al grande y respetado escritor Lu Xun, quien sin embargo contesta airado que quiere seguir al lado de quienes «combaten y vierten su sangre por la existencia de los chinos de hoy». Es una visión que poco después halla su consagración en la fórmula de Mao de la identidad entre lucha nacional y lucha de clases en la China de su tiempo.

 

Es un debate que continúa en nuestros días. Son a su manera reveladoras las palabras con que el más acreditado biógrafo de Trotski describe y comenta la fundación de la Cuarta Internacional, el año anterior al estallido de la segunda guerra mundial: El 18 de octubre de 1938, en un discurso grabado por los camaradas americanos, [Trotski] afirmaba:

        

«¡Permítanme una predicción! En los próximos diez años el programa de la Cuarta Internacional será la guía de millones de hombres, y millones de revolucionarios sabrán tomar por asalto el cielo y la tierra.»

        

Hay que reconocer que esta previsión ha sido cruelmente desmentida y que él pecaba, como mínimo, de exceso de optimismo.

 

¿Realmente carecía de fundamento la previsión de Trotski? En realidad, a partir de Stalingrado y de la derrota sufrida por el plan del Tercer Reich (y el plan análogo del Imperio del Sol Naciente en Asia) de recuperar, radicalizar y extender el área de aplicación de la tradición colonial, se propagó una gigantesca oleada de revoluciones anticoloniales que alteró radicalmente la configuración del planeta. Lo que ocurre es que Trotski —observa su biógrafo— concebía la segunda guerra mundial «por analogía con la primera» y la agitación generada por la nueva conflagración bélica por analogía con octubre de 1917. Y así se llega al meollo del asunto, o por lo menos se roza: la agitación revolucionaria prevista por Trotski se produjo, pero no de la forma que él imaginaba; la lucha de clases se desató, pero no como en las décadas anteriores.

        

En realidad se produjo un verdadero viraje: en 1917 los bolcheviques llegaron al poder en Rusia enarbolando la consigna de la transformación de la guerra imperialista en guerra civil revolucionaria; pero en las décadas siguientes lograron conservarlo, primero promoviendo el proceso de consolidación industrial y militar del país, y luego fomentando y dirigiendo la guerra de resistencia nacional. En países como Yugoslavia, Albania y China (y más tarde Vietnam, Cuba, etc.) los partidos comunistas llegan al poder poniéndose al frente de la lucha de resistencia y de liberación nacional. La revolución desde abajo se combina con la revolución desde arriba en un país como la India, donde es el mismo poder colonial, muy debilitado a causa de la nueva constelación internacional, el que abdica para evitar, entre otras cosas, revoluciones desde abajo mucho más radicales. Esta agitación acaba extendiéndose también a Estados Unidos: la caída del antiguo régimen basado en la jerarquía racial y la white supremacy no se entendería sin la oleada que, al barrer los pueblos coloniales, alcanza también a los propios afroamericanos.

 

También en algunos países capitalistas más o menos desarrollados, como Francia y Grecia, la revolución se configura como guerra de liberación nacional con la participación masiva y, en el segundo caso, con la dirección del Partido Comunista, que parece a punto de conquistar el poder y emprender transformaciones de tipo socialista.

 

En los países del Eje sigue siendo válida la consigna de la transformación de la guerra imperialista en guerra civil revolucionaria, pero esta transformación se produce en la medida en que los elementos más avanzados, como en Alemania y en Italia, se unen a los movimientos de resistencia y liberación nacional en la Unión Soviética, Yugoslavia, Albania, Grecia, etc. Es decir, que con una inversión radical respecto al primer conflicto mundial, en el transcurso del segundo el compromiso revolucionario y la lucha de clases revolucionaria implican, de una u otra forma, el respaldo a movimientos de resistencia y liberación nacional.

        

El caso de Italia reviste un interés especial. Mussolini, después de entrar en la guerra agitando consignas claramente imperialistas (la conquista de un lugar al sol, el regreso del imperio «en las colinas fatales de Roma», etc.), en el momento de su caída deja al país no solo postrado y destrozado, sino también controlado en gran parte por un ejército de ocupación que tiende a tratar a su antiguo aliado como un pueblo colonial. Es reveladora la anotación de Goebbels en su diario del 11 de septiembre de 1943: «A causa de su infidelidad y su traición, los italianos han perdido el derecho a tener un estado nacional de tipo moderno. Tienen que ser castigados severísimamente, como impone la ley de la historia». En efecto, a ojos de algunos cabecillas nazis, los italianos son «negroides» con quienes conviene evitar la contaminación sexual y a quienes, terminada la guerra, habrá que usar «como trabajadores al servicio de los alemanes».

 

Hasta el antiguo aliado acaba teniendo que luchar contra el peligro de sometimiento colonial al Tercer Reich. El Partido Comunista encabeza la lucha de liberación nacional y de este modo consigue realizar importantes transformaciones políticas y sociales, extender capilarmente su influencia y encarnar durante algún tiempo, para una amplia opinión pública internacional, la lección gramsciana de la lucha por la hegemonía.

 

En conclusión: la previsión que hiciera Trotski en 1938, lejos de quedar desmentida, obtuvo la más clamorosa confirmación histórica. Las décadas siguientes, en materia de revoluciones y luchas de clases, son de las más intensas de la historia mundial; pero debido a las formas imprevistas e inéditas que asumieron las luchas de clases y las revoluciones, muchos no las percibieron. Como sucede a veces, la espesura del bosque impidió la visión de los árboles tan buscados y anhelados…

 

(continuará)

 

 

 

[ Fragmento de: Domenico Losurdo. “La lucha de clases” ]

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