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LA LUCHA DE CLASES
Domenico Losurdo
(56)
VIII
DESPUÉS DE LA REVOLUCIÓN
Las ambigüedades de la lucha de clases
Lenin y el renegado Kautsky
1. El fantasma de la nueva clase
Antes incluso de que los bolcheviques puedan poner realmente manos a la obra para aplicar su programa, en Occidente se alzan voces acreditadas que denuncian el fracaso del programa socialista. Pocas semanas después de octubre de 1917, sin perder tiempo, Kautsky proclama: «En Rusia se está llevando a cabo la última de las revoluciones burguesas, no la primera de las socialistas». El dirigente socialista alemán no tiene la menor duda, y no solo por el hecho de que, a su entender, el país semiasiático está demasiado atrasado para que en él se pueda crear una sociedad que supere el capitalismo. Si se presupone que el socialismo es el fin de todas las contradicciones y conflictos, que es algo completamente distinto, en todos los aspectos, del ordenamiento existente, es más, de todos los ordenamientos que han existido en la historia, afirmar que la revolución en Rusia o en cualquier otro país no es socialista es una proposición en cierto modo tautológica. Si la definición de socialismo implica negar cualquier contaminación o compromiso con el mundo circundante, tanto en el plano interior como en el internacional, no es difícil esgrimir polémicamente la tautología de que no se ha superado la sociedad burguesa.
La «demostración» de Kautsky es simple: Brest-Litovsk, el tratado de paz con Alemania, implica por definición «Compromisos frente al capital» (alemán), de modo que la «dictadura del proletariado» ha «acabado con el capital ruso» pero solo para «ceder el puesto» a los capitales de otros países. En el campo, aunque los pequeños campesinos han reemplazado a la gran propiedad feudal, en conjunto la presunta revolución socialista «ha consolidado la propiedad privada de los medios de producción y la producción de mercancías». Puede que los pequeños campesinos emprendan el camino de la cooperación, pero no hay que olvidar que la propiedad cooperativa no es más que «una nueva forma de capitalismo». Sí, el nuevo poder soviético podría proceder a la nacionalización de toda la economía, pero hay que tener en cuenta que la «economía estatal todavía no es el socialismo», pues seguirían existiendo el mercado y la producción mercantil, y aun en el caso de que ambos desaparecieran, está por ver si se ha realizado la «fundación de una producción socialista» auténtica. La liquidación de una determinada forma de capitalismo no significa en sí misma la liquidación del capitalismo como tal: el nuevo poder «puede anular muchas formas de propiedad capitalista» sin por ello dejar atrás realmente el viejo sistema social. Como se ve, el listón que debe superar el nuevo régimen para poder llamarse socialista se coloca cada vez más alto, de modo que el régimen, cualesquiera que sean sus esfuerzos y los resultados obtenidos, por definición sigue sin ser socialista.
El socialismo del que se habla aquí es como la cosa en sí kantiana. Al estar contrapuesta al mundo fenoménico (el mundo que solo es accesible al conocimiento humano), la cosa en sí, según el análisis de Hegel, está definida de tal modo que resulta inalcanzable e impensable; del mismo modo, el socialismo de Kautsky (y de muchos otros autores que argumentan como él), ya por su configuración etérea y enrarecida, es inalcanzable e irrealizable. Las innumerables proposiciones que demuestran con elocuencia la imposibilidad de conocer la cosa en sí, o la falta de construcción del socialismo, tras un análisis más atento se revelan como vanas tautologías. Pese a su actitud de paladín de la ortodoxia, Kautsky no pone en cuestión el «ascetismo general» ni el «tosco igualitarismo» duramente criticados por el Manifiesto del partido comunista y que caracterizan a la Rusia soviética del momento. En cambio denuncia la aparición e imposición de una nueva clase explotadora en el país gobernado por los bolcheviques: «El lugar de quienes hasta el momento eran capitalistas, ahora convertidos en proletarios, ha sido ocupado por intelectuales o proletarios ahora convertidos en capitalistas» (Kautsky). La revolución de octubre acaba de producirse: el fantasma de la llegada al poder de una nueva clase explotadora acompaña a la Rusia soviética desde su nacimiento.
Lenin responde a tomas de posición como la que acabamos de ver. En un artículo publicado en Pravda del 7 de noviembre de 1919 destaca: la transición del capitalismo al comunismo «no puede dejar de reunir los rasgos o las propiedades de ambas formaciones de la economía social», y abarca «toda una época histórica» (LO). Para Kautsky, en cambio, la persistencia de las relaciones sociales burguesas es la demostración o la confirmación de que el poder en Rusia sigue teniéndolo una clase, una nueva clase explotadora. El dirigente soviético replica:
escandalizarse por la presencia de relaciones sociales heterogéneas durante la transición es escandalizarse por el hecho de que la conquista del poder no significa el cese de la lucha de clases.
Está claro:
«Son rasgos comunes a los demócratas pequeñoburgueses la aversión a la lucha de clases, los sueños sobre la posibilidad de prescindir de ella, la aspiración a atenuar, conciliar y limar sus agudas aristas. Por eso, los demócratas de esta especie no quieren reconocer la necesidad de todo un período histórico de transición del capitalismo al comunismo» (Lenin).
Pero ¿cómo se manifestaba en esa situación determinada la lucha de clases? Ya en 1920, ante los intentos de los dirigentes soviéticos de poner orden en el aparato productivo y revitalizarlo volviendo a introducir en las fábricas el principio de la competencia, los círculos reacios al golpe de timón respondían denunciando la llegada al poder de los «especialistas burgueses», o de «una nueva burguesía». Para Lenin, en cambio, las medidas para relanzar el aparato productivo y consolidar la base social de consenso del poder revolucionario recurriendo a «especialistas burgueses», a la NEP y al «capitalismo de estado», eran las formas concretas de lucha de clases del proletariado en la nueva situación. Para los opositores dentro del propio partido bolchevique, la vuelta al capitalismo, siquiera en forma reducida, era la demostración de que el proletariado había perdido o estaba perdiendo la lucha de clases y la burguesía, vieja o nueva, había reconquistado o estaba reconquistando el poder. Lenin lo advierte con preocupación: «Se piensa que [con la NEP] se pasa del comunismo en general al sistema burgués en general» (LO, 32; 322). Los gritos de triunfo que se alzaban en el otro bando reforzaban la amarga convicción de los bolcheviques decepcionados. Para los mencheviques —observa Lenin, indignado— la NEP es la admisión del “fracaso del comunismo”. Sí, “el leitmotiv de los mencheviques y menchevizantes es: “Los bolcheviques han dado marcha atrás, hacia el capitalismo; esa será su tumba. ¡Pese a todo, la revolución, incluida la revolución de octubre, ha sido una revolución burguesa!” (LO). De este modo argumentaba un frente bastante amplio. No faltaban reacciones claramente grotescas. Lenin contaba, esta vez divertido, que algunos “cadetes” (liberales) rusos derrotados y exiliados llamaban a apoyar a la Rusia soviética, que se encaminaba “hacia el común poder burgués”.
En otras revoluciones encabezadas por partidos comunistas hubo réplicas del debate que acabamos de ver. Los dirigentes de estos partidos, frente a las voces de alarma o de triunfo por la «restauración burguesa», se vieron obligados a reconsiderar la teoría marxiana de la lucha de clases y del dominio de clase. El resultado son reflexiones a veces de gran interés, que además de ayudarnos a comprender un capítulo de extraordinaria importancia de la historia contemporánea, pueden arrojar nueva luz sobre los textos de Marx y Engels.
(continuará)
[ Fragmento de: Domenico Losurdo. “La lucha de clases” ]
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