viernes, 14 de agosto de 2026

 

 

1422

 

DE LA DECADENCIA DE LA POLÍTICA EN EL CAPITALISMO TERMINAL

Andrés Piqueras

 

(51)

 

 

 

 

 

PARTE II

Del in-politicismo teórico-práctico

 

 


 


 

10.1.

Lo postmoderno y lo “postmarxista” contagian los movimientos de emancipación

 

Al otro lado de la in-política, pero a la vez compartiendo con Laclau elementos potsmodernos y “postmarxistas”, hay una tendencia cada vez más extendida en buena parte de las elaboraciones ideológico-teóricas y en el accionar de nuestros movimientos sociales, paradójicamente tanto más extendida y arraigada cuanto más se deterioran las condiciones de vida de las poblaciones: la desconsideración (del poder) del Estado, para centrarse en la “transversalidad” de lo social, en lo molecular solamente, los “microespacios”, los “micropoderes”. Tal tendencia es congruente con la despolitización de la sociedad y su artificial separación del Estado, como si aquélla fuera una entidad ajena a las relaciones políticas y de poder. El dogma de que el Estado no puede ser usado para nada positivo (hoy seriamente puesto en evidencia con la pandemia del covid-19, sin ir más lejos), la máxima de que basta con “desbordar” por abajo a los poderes institucionales, reemplaza a los objetivos de “conquista” de esos poderes con el fin de redireccionarlos y rehacerlos como vectores de fuerza en favor de la sociedad.

 

 

“La protesta y la movilización permanentes sobre cuestiones concretas y particulares, sustituye a los proyectos y alternativas globales. La credulidad en una suerte de ‘capitalismo social’, que irá alterándose hacia el ‘buencomunismo’ (nada de un ‘socialismo de Estado’ como paso intermedio, que no hará sino reproducir las dominaciones)” (Formenti, 2020).

 

 

Una vez más cabe insistir: según se degrada el valor también la teorización académica de la fase neoliberal y post-neoliberal asume la in-política. En medio de la corrosión del capital, la degradación social y la quiebra individual, más proliferan, acorde con ello, insistentes empeños (a veces parecidos a intentos desesperados) por encontrar nuevos sujetos, por aferrarse a “micro construcciones” y empoderamientos por lo general imaginados, al tiempo que se reniega de la política en su relación con el Poder del capital y sus ramificaciones institucionales (o puestos de mando). Y esto es grave, porque si falla la teoría de quien a menudo no tiene otra arma de lucha, hierra también la proyección social y política de sus acciones y propuestas. Se divorcia estérilmente la ruptura (revolución) política de la ruptura epistémica, cultural y social, la famosa “transformación desde abajo”. No voy a entrar en el análisis de unas u otras corrientes, como la del postcolonialismo (por lo general multiplicadoras de diferencias frágiles para olvidar las desigualdades fuertes). Tampoco en las numerosas disputas internas que arrastra el feminismo, y por supuesto menos aún en la teoría corporativa de mujeres que se dice “feminista” al tiempo que compatible con el capitalismo. Me ocupo en el siguiente apartado de la proyección altersistémica del(os) feminismo(s). Sólo haré una breve incursión para intentar indicar algunos de los peligros que, como en el caso del marxismo, recorren en ese sentido a este imprescindible movimiento teórico-práctico.

 

 

 

10.2.

Feminismo a lo Federici. Breves consideraciones sobre el feminismo “post”

 

Algunas de las divisiones del feminismo, entre las que se encuentra una porción de sus más importantes teóricas, han ido dejándose arrastrar por la deriva postmoderna (en parte como resultado de la ofensiva de los propios poderes fuertes para dividir y desarbolar el feminismo y su enorme carga de profundidad anticapitalista –además de anti-patriarcal, claro–), entrando en ocasiones incluso en la órbita de las elaboraciones “postmarxistas”.

 

La secuencia de esa deriva en ciertas maneras de entender el feminismo ha estado bien sintetizada por Formenti:

 

 

“El feminismo de clase, anti-capitalista, de mediados del siglo XX, contribuyó de forma muy importante al análisis del papel de los procesos reproductivos en la dinámica del valor y del capitalismo en general. El feminismo que comenzó a tener auge a partir de los años 80 marcó su carácter de clase (de clase media), desplazando el interés de las cuestiones de poder a las de ‘reconocimiento’. Se apuntaba a prácticas de ‘autoconciencia’ y de politizar lo personal, al tiempo que se despolitizaba lo político, mientras lo feminista se incardinaba en los ‘nuevos movimientos’, comprometidos con la reivindicación de derechos individuales y civiles. Las políticas de ‘redistribución identitaria’ acompañaban al hundimiento de las políticas de ‘redistribución de la renta’. Cuando ya en el siglo XXI el movimiento adquiere dimensiones de masas, se basa ante todo en propuestas de tipo equiparatorio entre hombres y mujeres. Es decir, que las mujeres puedan hacer todo lo que hacen los hombres: ministras, soldadas, toreras, empresarias, ejecutivas, banqueras... el capitalismo y el feminismo tienen así trazado el camino para su confluencia. En realidad para la absorción de éste por aquél” (2020).

 

 

Pero repasemos, por lo que aquí nos ocupa, ciertos puntos de arranque de buena parte de la crítica feminista al marxismo, porque de ahí derivan, a mi entender, algunos de los enredados recorridos emprendidos después.

 

a. Hay una insistente crítica feminista al productivismo restringido basado en el valor, para hacer hincapié en las relaciones de producción y reproducción de la fuerza de trabajo.

 

b. En general, esa crítica ha generado un cambio decisivo más allá del punto de vista de la producción del valor al de reproducción y, en particular, de la reproducción social, convergente con los argumentos sobre una “acumulación primitiva permanente”.

 

 

c. Las feministas rechazaron la centralidad que el marxismo ha asignado históricamente al trabajo industrial y a la producción de materias primas como los sitios cruciales para la transformación social, y señalaron por contra la decisiva importancia de las luchas en el ámbito de la producción-reproducción de los seres humanos y de la fuerza de trabajo en concreto.

 

 

d. Proponen, por eso, reinterpretar la relación recíproca entre las diferentes formas de explotación sin conformarse con una noción de tendencia a partir de la cual otras formas de trabajo puedan considerarse residuales o secundarias.

 

 

Diría que es difícil para un marxista no estar de acuerdo con lo que subyace a estos planteamientos, que son susceptibles de expandir el sustrato teórico de Marx y Engels, proporcionándole más alcance. El problema es por una parte que no son del todo justos con la elaboración del marxismo, precisamente, por lo que a esos puntos toca; y por otra que poco se avanza si se cambia la prioridad del foco de análisis de un ámbito social a otro (de la producción a la reproducción), en vez de contemplarles indisociablemente vinculados en la totalidad capitalista. Y esa parcialidad que se traduce en no pocas ocasiones en un alejamiento del materialismo histórico-dialéctico, es lo que ha provocado algunas importantes carencias de ciertos feminismos en cuanto a las posibilidades concretas de articulación de sujetos capaces de llevar a cabo una transformación política radical.

 

¿Qué plantea en ese sentido una parte importante del feminismo actual? Fijémonos, para comenzar, en una de sus figuras más destacadas en la segunda mitad del siglo XX y más citadas aún hoy: Maria Mies. Justamente en su obra de gran alcance teórico, a la que remiten más citas, precisa esta autora con agudeza su crítica a Marx y Engels:

 

 

“Esta distinción entre proceso ‘natural’, relacionado con la ‘producción de seres humanos o procreación’ (es decir, ahistórico), y los procesos históricos, relacionados con el desarrollo de los medios de producción y de trabajo, es lo que ha hecho que no fuera posible desarrollar una concepción materialista histórica de las mujeres y de su trabajo dentro de la teoría marxista. El concepto idealizado del trabajo de las mujeres (natural, biológico) en la producción de seres humanos como un hecho ‘natural’ ya había sido manifestado claramente en el anterior estudio de Marx y Engels, La ideología alemana” (2019).

 

 

E insiste en poner de relieve cómo el “trabajo libre” asalariado está basado en el “trabajo no-libre” de las mujeres. A partir de ahí desarrolla Mies las carencias de la obra de esos dos autores, de manera que según ella dejan a las mujeres “fuera de la historia”. No voy a discutir estas premisas, que contienen esa parte de razón a partir de la cual hilar para mejorar el tejido recibido, si ese fuera el objetivo en lugar de (intentar) deshacerse de él (como a menudo es el caso, lo que ha conducido a no pocas contradicciones y atolladeros teóricos). Sólo vamos a centrarnos en la parte propositiva de esta autora por lo que respecta a la transformación social.

 

Nos habla, en tal sentido, de albergar un concepto feminista del trabajo, el cual debe partir de desafiar la división entre tiempo socialmente necesario y tiempo de ocio. Esto pasa por adquirir también otra concepción del tiempo, distinta a la “economía del tiempo marxista”, para la cual trabajar deje de ser un sometimiento, sino

 

 

“Un concepto en el que el tiempo de trabajo y el de descanso y diversión se alternan y entremezclan. Si prevalece este concepto y este tipo de organización del tiempo, la longitud de la jornada laboral se vuelve irrelevante. Porque un día largo de trabajo o incluso toda una vida llena de trabajo no se sentiría como una maldición sino como una fuente de plenitud y felicidad humanas” (2019).

 

 

Como tercer punto del concepto feminista del trabajo aboga por el mantenimiento del trabajo como una interacción directa y sensual con la naturaleza, con la materia orgánica y con los organismos vivos. Un cuarto elemento nos lleva a que el trabajo mantenga su sentido de finalidad y el carácter de utilidad y necesidad para quienes lo llevan a cabo y para quienes se encuentran en torno suyo. Y finalmente requiere de la abolición de la división y la distancia entre producción y consumo. Todo ello va en el camino de conseguir una economía alternativa, que tenga por principios la autarquía (como cuasi-su ciencia) y la descentralización. En esa economía alternativa los hombres han de compartir la responsabilidad de la producción inmediata de la vida.

 

 

¿Bonito verdad? Demasiadas de las elaboraciones feministas están basadas en el mundo fantástico que se quiere conseguir, sin tener ningún programa práctico por medio. Sólo los deseos de que sea así y propuestas hechas a menudo en el vacío (sin análisis de fuerzas, de posibilidades de detentar medios de producción y de socialización y organización social, de contrarrestar poderes o no, etc.). El problema, como muestra el materialismo histórico-dialéctico, mal que no suela abordarse por una parte del feminismo teórico, es precisar cuáles son las circunstancias “objetivas” que permiten o no en mayor o menor medida unos u otros objetivos, más allá del idealismo o del voluntarismo, e incluso del construccionismo microsocial o “autonomismo”, que no sólo no tiene porqué extenderse necesariamente al conjunto social, sino que de hecho, con los poderes institucionales (político-policíaco-militares-culturales educativos-económicos) incólumes, tiene pocas posibilidades de hacerlo, más allá de pequeños núcleos sociales, por lo que todo logro en esa vía estaría en alta y perpetua amenaza de reversión. En el caso concreto que traigo a colación habría que preguntarse, igualmente, tras aquel primer análisis, quiénes son los sujetos capaces de llevar a cabo aquellos objetivos (más allá de lograr mantener en ocasiones ciertas condiciones de supervivencia, ya de por sí esfuerzo heroico en muchos casos), a partir de qué condiciones de vida, contexto político o condicionamientos estructurales en general. En el punto extremo de estos planteamientos feministas idealistas, podríamos llegar a formular una pregunta decisiva, si negamos como antagonista básico al sujeto “proletariado”, o al sujeto “clase trabajadora”, ¿existe o puede existir el sujeto Mujer como fuerza social articulada altersistémica, como agente capaz de transcender el capitalismo? O para decirlo un poco menos maximalistamente, ¿la lucha de género basta por sí misma para ello? A años luz de todo esto, en un artículo posterior sintetiza Mies el intríngulis de su propuesta:

 

 

“En mi opinión, sólo hay una alternativa viable al capitalismo global: las comunidades deben recuperar el control de sus condiciones locales y regionales de existencia (tierra, bosques, recursos, poder laboral, biodiversidad, cultura y conocimiento)” (2014).

 

 

Justamente lo que “las comunidades” no pueden hacer casi nunca y mucho menos de forma generalizada en el planeta, algo de lo que la autora se hubiera percatado por sí misma a poco que hubiera llevado a cabo un análisis de las condiciones geopolíticas, geoeconómicas e interestatales, así como de las relaciones sociales internas a unos u otros Estados y de los movimientos de las clases en ellos. Como quiera que esos análisis están ausentes en su obra, observemos en qué tipo de suposiciones inverosímiles basa sus propuestas Mies. Ejemplo: “si los países sobredesarrollados tomasen la decisión política de desvincular sus economías del explotador sistema mercantil global y, en consecuencia, desarrollar mecanismos de autosuficiencia que cubriesen las áreas de desarrollo principales, se pavimentaría el camino hacia el desarrollo de una economía autárquica en los países subdesarrollados” (2019). La de suposiciones sin base que hay que hacer con tal de no hablar de revoluciones socio-políticas ni de sus concretas posibilidades. Por eso, en la sección final del libro la autora nos indica toda una serie de supuestos pasos intermedios, nada menos que en el ámbito del consumo, que en realidad no son sino más propuestas ilusorias que tienen por principio el “siismo”: “si” las mujeres se unieran para hacer unas u otras cosas, “si” decidieran comprar o no comprar unas u otras mercancías; “si” las mujeres dejaran de comprar mercancías superfluas (entre las que incluye Mies el alcohol y el tabaco); “si” boicotearan los productos que refuerzan la imagen sexista y los que son de transnacionales que manipulan a las mujeres en cuanto que amas de casa y madres; “si” se dejaran de adquirir las mercancías que incorporan mayores grados de explotación en ellas; “si” no adquirieran pintalabios y cosméticos… En fin, ni una palabra de cómo el conjunto de mujeres, o al menos una parte significativa de ellas, va a ponerse a tomar tales decisiones cuando todos los mecanismos de socialización de género gozan de buena salud, cuando la formación a gran escala está en manos de los distintos poderes del capital y cuando muchas de aquellas mercancías son las únicas que la mayor parte de las mujeres pueden comprar por ser más baratas (se repite aquí el dilema de las mercancías destinadas al llamado “comercio justo”, sólo accesibles de manera regular para las capas medio-altas de algunas sociedades). Obviamente, por ello mismo, nada de eso ha cundido en el mundo en términos definitorios, generalizados, desde que lo formulara Mies. Al contrario, hoy la agudización de la proletarización de las poblaciones del planeta se ha acentuado y con ella la sobre-explotación de las mujeres y sus condiciones de vulnerabilidad. De hecho, cada vez más millones y millones de seres humanos se ven forzados a “escapar” (migrar) de sus realidades y centenares de miles de mujeres caen cada año en las redes de la Trata al hacerlo. También el deterioro de las condiciones de vida en las formaciones centrales del capitalismo sigue su curso implacable, haciendo que las mujeres consuman y produzcan “lo que pueden”, y su “economía alternativa” se vea reducida a un día a día pauperizado.

 

Al final, Mies viene a reconocerlo:


“Por eso, dado el actual marco de la división internacional del trabajo y de los intereses de los trabajadores asalariados íntimamente conectados con los del capital, existe poco margen para la auténtica solidaridad entre las mujeres del Primer y el Tercer Mundo, al menos no para el tipo de solidaridad que pueda trascender la caridad y la retórica paternalista”…

 

 

 

(continuará)

 

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