domingo, 2 de agosto de 2026

 

1420

 

STALIN, HISTORIA Y CRÍTICA DE UNA LEYENDA NEGRA.

Domenico Losurdo.

 

 ( 33 )

 

 

 

LA ANDADURA COMPLEJA Y

CONTRADICTORIA DE LA ERA DE STALIN

 

 


 

 

Del  «socialismo  sin  dictadura  del  proletariado»  a  la  vuelta  de tuerca de la Guerra fría

 

Al Gran Terror y a la terrible depuración que conlleva le sigue la Gran guerra patriótica. Después de la derrota del Tercer Reich Stalin, que «prevé un gran futuro para la Gran alianza» antifascista y que intenta  evitar  el  estallido  de  la  Guerra  fría,  declara  repetidas  veces,  también  durante  reuniones confidenciales  con  dirigentes  comunistas  de  Europa  oriental,  que  no  se  trata  de  introducir  el  modelo político soviético: «Es posible que si en la Unión Soviética no hubiésemos tenido la guerra, la dictadura del proletariado habría asumido un carácter diferente». La situación creada en Europa oriental después de 1945 es claramente más favorable: 

 

«En  Polonia  no  existe  la  dictadura  del  proletariado  y  no  la necesitáis»; «¿debe seguir Polonia la vía de la introducción de la dictadura del proletariado? No, no está obligada ha hacerlo, no es  necesario». Y  a  los  dirigentes  comunistas  búlgaros:  es  posible  «realizar  el socialismo de un modo nuevo, sin la dictadura del proletariado»; «la situación ha cambiado de manera radical respecto a nuestra revolución, es necesario aplicar métodos y formas diferentes [...]. No tenéis que temer las acusaciones de oportunismo. Esto no es oportunismo, sino la aplicación del marxismo a la situación actual». Y a Tito: «En nuestros días el socialismo es posible incluso bajo la monarquía inglesa. La revolución no es ya necesaria en todas partes [...]. Sí, el socialismo es posible incluso bajo un rey inglés».

 

 

 El  historiador  que  cita  tales  declaraciones  comenta  a  su  vez:  «Como  muestran  estas observaciones,  Stalin  estaba  repensando  activamente  la  validez  universal  del  modelo  soviético  de revolución y socialismo». Quizás se puede ir un paso más allá y decir que este replanteamiento tiene que ver también con la relación en general entre socialismo y democracia, con referencia por tanto a la misma Unión Soviética: formular la hipótesis de un socialismo bajo un rey inglés significa poner de algún modo en discusión, si no la concentración monopolista del poder en manos del partido comunista, en todo caso la dictadura terrorista y la autocracia.

 

Sintomática es la política mantenida en la zona de ocupación soviética en Alemania: «Los  rusos  no  promovieron  solamente  el  teatro,  el  ballet,  la  ópera  y  el  cine socialistas; promovieron también las artes burguesas», y ello en conformidad con el programa formulado en Moscú, «en base al cual el sistema soviético no se ajustaba a Alemania, que debería sin embargo ser reorganizada en base a principios amplios, antifascistas y democráticos». Ya que «durante los primeros tres años después de acabada la guerra, en la capital no hubo ninguna división real cultural, y la zona soviética continuó desarrollando un papel de liderazgo en el campo cultural».

 

 

El estallido de la Guerra fría interrumpió bruscamente esta experiencia y esta reflexión: el problema central es ahora la creación de una banda de seguridad alrededor de un país duramente golpeado por la agresión y ocupación nazi, con el fin de evitar que se repitan las tragedias del pasado. Si también «el problema  del  desmantelamiento,  al  menos  parcial,  del  Gulag  es  planteado  en  la  URSS  aún  antes  de  la desaparición de Stalin», un deshielo total resulta imposible. Después de Hiroshima y Nagasaki, la Unión Soviética debe esforzarse en una nueva «marcha forzada» para seguir la nueva «revolución tecnológica occidental».  Se  ha  liberado  de  la  «ocupación  occidental  alemana»,  pero  no  puede  «concederse  un descanso»:  ha  surgido  una  nueva  y  terrible  amenaza.  Sobre  todo  porque  algún  año  después,  el  1  de noviembre de 1952, interviene la explosión de la primera bomba de hidrógeno, mil veces más potente que la arrojada sobre las ciudades japonesas:

 

Cuando el gobierno americano anunció los resultados de la prueba, en otros países hubo reacciones de shock y lamentación. Estaba claro que una bomba de potencia tan extraordinaria no habría podido ser utilizada nunca contra objetivos militares. Si no era un arma de guerra, podía ser solamente un arma de genocidio y chantaje político [...]. Stalin recibió un informe sobre  la  prueba  americana  a  mediados  de  noviembre,  y  esto  sirvió  sólo  para  confirmar  su convicción  de  que  los  Estados  Unidos  se  estaban  preparando  seriamente  para  una  guerra contra la Unión Soviética.  Una  preocupación  en  absoluto  infundada,  si  se  piensa  que  en  enero  de  1952,  para  desbloquear  la situación de estancamiento en las operaciones militares en Corea,

 

Truman acaricia una idea radical que incluso  registró  en  su  diario:  se  podría  lanzar  un  ultimátum  a  la  URSS  y  la  China  Popular,  aclarando anticipadamente  que  la  falta  de  obediencia  «significa  que  Moscú,  San  Petersburgo,  Mukden, Vladivostock, Pekín, Shangai, Port Arthur, Dairen, Odessa, Stalingrado y toda zona industrial en China y la Unión Soviética serían eliminados»

 

 

En los tres decenios de historia de la Rusia soviética dirigida por Stalin el aspecto principal no es el  paso  de  la  dictadura  de  partido  a  la  autocracia,  sino  más  bien  los  repetidos  intentos  de  pasar  del estado  de  excepción  a  una  condición  de  relativa  normalidad,  intentos  que  fracasan  por  razones  tanto internas  (utopía  abstracta  y  mesianismo  que  impiden  reconocerse  en  los  resultados  conseguidos)  como internacionales (la amenaza permanente que se cierne sobre el país de Octubre), o bien por la suma de unas y otras. Si el mismo mesianismo por un lado es expresión de tendencias intrínsecas al marxismo, Por otro  lado  es  una  reacción  al  horror  del  Primer  conflicto  mundial,  que  también  en  ambientes  y personalidades lejanas al marxismo suscita la aspiración a un mundo absolutamente nuevo, sin ninguna relación  con  una  realidad  susceptible  de  producir  o  reproducir  tal  horror.  Con  la  germinación  de  la tercera guerra civil (dentro de las filas bolcheviques) y la simultánea aproximación de la Segunda guerra mundial (en Asia antes que en Europa) esta serie de fracasos desemboca en la llegada de la autocracia, ejercida por un líder objeto de auténtico culto.

 

¿Burocratismo o «fe furiosa»?

 

¿Qué  idea  podemos  hacernos  del  grupo  dirigente  que  consigue  la  victoria  en  el  transcurso  de  la tercera guerra civil, y que intenta poner fin al Segundo período de desórdenes precisamente mientras en el  horizonte  acechan  nuevas  y  enormes  tempestades?  Hemos  visto  que,  mientras  Kruschov  mediante alusiones  tortuosas  hace  de  Kírov  la  víctima  de  un  complot  orquestado  desde  el  Kremlin,  Trotsky  lo describe como un cómplice del tirano y exponente del primer plano de la odiada burocracia usurpadora y parasitaria, que la deseada nueva revolución estaba llamada a barrer de una vez por todas. Pero ¿el que es asesinado por la pistola de Nikolaiev es realmente un burócrata? Volvamos a la historiadora rusa ya citada, crítica del mito del asesinato inspirado por Stalin, para ver de qué manera describe a la víctima.

 

Y  bien,  ¿quién  era  Kírov?  Era  un  dirigente  leal,  discreto  y  devoto  de  la  causa. Y  no  es  todo:  lo  que caracterizaba su personalidad era la atención por los problemas más insignificantes de la vida cotidiana de sus colaboradores, una gran modestia, la «tolerancia respecto a opiniones diferentes de las suyas, el respeto a la cultura y tradiciones de otros pueblos».

 

 

Este juicio halagador acaba proyectando una luz favorable sobre todo el ambiente frecuentado por Kírov,  y  en  última  instancia,  sobre  el  mismo  Stalin,  del  que  el  primero  era  un  colaborador  estrecho  y digno de confianza. No estamos en absoluto en presencia de un estrato de burócratas carente de ideales e interesado exclusivamente en su carrera:

 

Como numerosos dirigentes de la época, Kírov creía sinceramente en el futuro radiante por el que trabajaba  entre  dieciocho  y  veinte  horas  al  día:  comunista  convencido,  lo  era también  cuando  cantaba  las  loas  a  Stalin  en  nombre  del  fortalecimiento  del  partido  y  de  la Unión Soviética, del desarrollo y de la potencia del país. Esta fe furiosa fue quizás la tragedia de toda una generación.

 

En cualquier caso, es el grupo dirigente en su conjunto el que da muestras ¿la dedicación al trabajo y espíritu de sacrificio. Sabemos ya de la «enorme carga de trabajo» con la que lidia el líder soviético. [Al  menos  en  los  años  de  guerra]  Stalin  trabajaba  catorce  o  quince  horas  al  día  en  el Kremlin o en la dacha [...]. En otoño de 1946, Stalin fue al sur a pasar unas vacaciones por primera  vez  desde  1937  [...]  [A  pocos  meses  de  su  muerte  y  desatendiendo  el  apremiante consejo de los médicos] Stalin rechazó la posibilidad de tomarse un descanso en el otoño o invierno de 1952, pese a la enorme cantidad de tiempo y esfuerzo dedicados a la organización del XIX Congreso del partido en el mes de octubre.

 

Consideraciones similares pueden hacerse respecto a un estrecho colaborador de Stalin, Lazar M. Kaganovich, que despliega un «frenético empeño» en dirigir la construcción del transporte subterráneo de Moscú:  «descendía  directamente  a  los  túneles,  incluso  de  noche,  para  verificar  el  estado  de  los trabajadores  y  hacerse  una  idea  de  la  situación».  En  definitiva,  estamos  en  presencia  de  un  grupo dirigente que, sobre todo en los años de la guerra, despliega una «dedicación casi sobrehumana».  Le  impulsa  una  «fe  furiosa»,  que  no  se  limita  al  ámbito  de  este  grupo  restringido,  y  tampoco solamente  a  los  miembros  del  partido  comunista.  Daban  muestra  de  este  «celo  misionero»  también «hombres y mujeres comunes»; en conjunto «fue un período de genuino entusiasmo, de esfuerzos febriles y sacrificios voluntarios». Es un clima espiritual que se puede entender bien si se tiene en cuenta que el  país  quemaba  etapas  de  desarrollo  industrial  y  ofrecía  a  amplias  capas  de  la  población  grandes perspectivas  de  promoción  social,  precisamente  mientras  el  mundo  capitalista  se  veía  inmerso  en  una crisis devastadora. Damos aquí la palabra a un historiador que se sirve además de una interesante base autobiográfica:

 

Los  años  1928-1931  fueron  para  la  clase  trabajadora  un  período  de  enorme  movilidad hacia  arriba.  Los  promotores  de  la  competición  socialista  y  los  trabajadores  de  asalto  no constituían  solamente  los  cuadros  considerados  "no  aptos",  sino  que  ocupaban  masivamente los  puestos  disponibles  en  los  aparatos  burocráticos  y  en  los  institutos  educativos,  todos  en rápida expansión. No se veían promovidos pasivamente, sino que eran más bien protagonistas activos  de  la  promoción  (samovydvizhentsy).  Tenían  «un  objetivo  claro  y  definido  para  el presente y el futuro» e «intentaban adquirir la mayor cantidad de conocimientos y experiencia práctica, para ser lo más útiles posible a la nueva sociedad».

 

El  movimiento  de  asalto  y  la  competición  socialista  cumplieron  un  papel  crucial  en  el proceso de industrialización: ayudaron a la dirección política a acelerar el ritmo del proceso, a promover la modernización industrial, a reorganizar la troika de fábrica según el modelo de la dirección única, a seleccionar mediante promoción a los trabajadores jóvenes, ambiciosos, competentes y políticamente dignos de confianza. El surgimiento de estos trabajadores como savia nueva  tenía  un  efecto  de  arrastre  sobre  los  líderes  del  partido,  de  la  industria  y  del sindicato.

 

 

Confirma y enriquece ulteriormente la situación aquí esbozada un testimonio bastante autorizado. En 1932,  desde  Riga,  un  joven  diplomático  estadounidense  destinado  después  a  hacerse  famoso  como teórico del containment antisoviético, George Kennan, envía un despacho a Washington que contiene un análisis bastante interesante. Antes de nada destaca que «en la Unión Soviética la vida continúa siendo administrada en el interés de una doctrina», esto es, del comunismo. Es una visión del mundo que cuenta con un amplio consenso; el «proletariado industrial» goza de un reconocimiento social tan elevado que según él compensa en gran medida las «desventajas materiales» conectadas a la programada aceleración del  desarrollo  económico.  Sobre  todo  los  jóvenes  o  «cierta  parte  de  la  juventud»  se  muestran «extremadamente  entusiastas  y  felices,  como  sólo  puede  ocurrir  en  seres  humanos  completamente dedicados  a  tareas  que  no  tienen  ninguna  relación  con  la  vida  personal»,  es  decir  personas completamente implicadas en el esperanzador proyecto de construcción de una nueva sociedad. En este sentido  se  puede  hablar  de  «ilimitada  confianza  en    mismos,  salud  mental  y  felicidad  de  la  joven generación rusa». Pero aquí interviene una advertencia que, a la luz de la posterior experiencia histórica, puede ser considerada clarividente: «De ser el país moralmente más unido del mundo, Rusia puede pasar de un momento a otro al peor caos moral». En una condición de tan fuerte tensión moral difícilmente habría resistido al paso del tiempo y las inevitables dificultades y fracasos del proyecto de construcción de una nueva sociedad: ésta habría podido fácilmente transformarse en su contrario. Queda claro el hecho de  que  en  1932  y  en  la  víspera  del  asesinato  de  Kírov,  la  Rusia  soviética  se  presenta,  para  el  futuro teórico del containment, como «el país moralmente más unido del mundo».

 

 

Desde  luego,  al  expresarse  así  Kennan  parece  tener  en  cuenta  más  la  realidad  de  las  ciudades (donde, pese a las contradicciones, el cambio había suscitado de hecho el entusiasmo de un gran sector de jóvenes, intelectuales y obreros de la industria) que la del campo. Aquí la colectivización forzada de  la  agricultura  había  provocado,  según  la  previsora  advertencia  de  Bujarin,  «una  noche  de  San Bartolomé  para  los  campesinos  ricos»  y  más  en  general  para  «un  grandísimo  número  de  campesinos», pertenecientes  muy  a  menudo  atlas  minorías  nacionales.  Había  estallado  una  guerra  civil  llevada  de manera  despiadada  y  horrible  por  una  y  otra  parte,  tan  despiadada  y  terrible  como  para  empujar  al suicidio  a  un  alto  representante  del  poder  militar  soviético,  sorprendido  por  una  inspección  en  el transcurso de la cuál habría gritado vanas veces que no se trataba de comunismo sino de «horror». Es probablemente este «horror» el que habría provocado la crisis moral de Bujarin, indignado por la noche de  San  Bartolomé  a  gran  escala  contra  la  que  había  advertido  en  vano,  horrorizado  por  el  gigantesco experimento de ingeniería social que procedía sin «piedad», sin distinguir «entre una persona y un trozo de  madera».  También  después  de  la  conclusión  del  proceso  de  colectivización,  no  es  convincente hablar  del  campo  en  el  sentido  de  «moralmente  unido»,  como  si  se  hubiese  disuelto  completamente incluso el recuerdo de guerra civil que lo había fracturado y ensangrentado.

 

 

Sin  embargo,  pese  a  estas  necesarias  precisiones,  la  insistencia  de  Kennan  en  el  apego  a  la «doctrina» y el entusiasmo nos hacen pensar en la «fe furiosa» y en el «celo misionario» al que ya se ha hecho  referencia.  Hasta  el  desencadenamiento  del  gran  terror  de  1937  el  cuadro  no  cambia  de  manera radical  manteniéndonos  al  menos  en  los  análisis  convergentes  de  un  historiador  estadounidense  y  un historiador  ruso.  El  primero,  aunque  insiste  en  la  manipulación  de  la  opinión  pública  desde  arriba, observa  sin  embargo  que  en  I935  Stalin  gozaba  de  una  gran  popularidad:  un  eventual  intento  de derrocarle  se  habría  enfrentado  con  una  amplia  resistencia.  En  relación  con  el  año  siguiente,  el segundo  (un  historiador  antiestalinista  militante)  constata  que  «el  partido  y  el  pueblo  soviéticos continuaban confiando en Stalin»; es más, como consecuencia del hecho de que «el nivel de vida urbano y rural aumentó de modo apreciable», se difundió «cierto entusiasmo popular».

 

 

No solamente el aumento del nivel de vida motiva tal «entusiasmo». Hay mucho más: el «desarrollo real»  de  las  naciones  hasta  aquel  momento  marginadas;  la  conquista  por  parte  de  las  mujeres  de  la «igualdad jurídica con los hombres, acompañada por una mejoría de su estatus social»; el surgimiento de «un  sólido  sistema  de  protección  social»  que  incluye  «pensiones,  asistencia  médica,  protección  de  las mujeres embarazadas, pensiones familiares»; «el considerable desarrollo de la educación y de la esfera intelectual en su conjunto», con la extensión «de la red de bibliotecas y salas de lectura» y la difusión «del gusto por las artes, la poesía»; es la llegada tumultuosa y exultante de la modernidad (urbanización, familia  nuclear,  movilidad  social).  Se  trata  de  procesos  que  caracterizan  la  historia  de  la  Rusia soviética en su conjunto, pero que comienzan a despegar precisamente en los años de Stalin.

 

 

Las masas de población tradicionalmente condenadas al analfabetismo irrumpen masivamente en las escuelas  y  en  las  universidades;  se  forma  así  «toda  una  nueva  generación  de  obreros  especializados, técnicos  y  administradores  técnicamente  preparados»,  llamados  rápidamente  a  desarrollar  una  función dirigente. «Se inauguran nuevas ciudades, y viejas ciudades son reconstruidas»; el surgimiento de nuevos y  gigantescos  complejos  industriales  acompañado  del  «ascenso  a  los  niveles  superiores  de  la  escala social de ciudadanos hábiles y ambiciosos de origen obrero o campesino». A este respecto se ha hablado de  «una  mezcla  de  coerciones  brutales,  heroísmo  memorable,  locura  desastrosa  y  resultados espectaculares», pero quizás no son tampoco estos resultados y las consiguientes mejoras económicas los que  constituyen  el  aspecto  principal  a  identificar  en  la  transformación  radical  que  sufre  el  lugar  de trabajo y producción en el paso del antiguo al nuevo régimen.

 

 

[En  la  Rusia  zarista]  los  empleados  pedían  al  dueño  un  tratamiento  más  respetuoso, insistiendo en el uso del "usted" en vez de "tú", en el que ellos veían un residuo del antiguo sistema de la servidumbre de la gleba. Querían ser tratados "como ciudadanos". Y a menudo era precisamente la cuestión del respeto a la dignidad humana, más que las reivindicaciones salariales, lo que alimentaba las agitaciones y manifestaciones obreras.

 

Después  de  haberlo  buscado  y  deseado  durante  tanto  tiempo  en  vano,  los  siervos  consiguen  el reconocimiento (en el sentido hegeliano del término) con la llegada del poder soviético. Y ello no vale solamente  para  los  trabajadores,  sino  también,  como  veremos,  para  las  minorías  nacionales.  Es  este entrelazamiento de «resultados espectaculares» en el plano del desarrollo económico por un lado, y de derrumbe  de  las  jerarquías  del  antiguo  régimen  (confirmado  por  una  posibilidad  de  movilidad  y  de ascenso social sin precedentes) por el otro, lo que estimula en la población una sensación exultante: al reconocimiento ya alcanzado en cuanto trabajadores va a añadírsele el reconocimiento en cuanto pueblo soviético  unido,  que  ya  está  a  punto  de  alcanzar  a  los  países  más  avanzados,  desembarazándose  de  la tradición  y  la  imagen  de  atraso.  Esto  explica  la  sensación  eufórica  de  estar  participando  en  la construcción de una nueva sociedad y una nueva civilización, que avanzan Pese a los errores, sacrificios y terror.

 

 

Por otro lado, es interesante releer la imputación principal contra la dirección burocrática soviética, formulada  por  Trotsky  en  vísperas  del  Gran  Terror.  Es  como  si  de  pronto  la  requisitoria  se  abriese  a concesiones tan grandes y reconocimientos tan importantes, que se convirtiese en su contrario:

 

 

Los  inmensos  resultados  obtenidos  en  la  industria,  el  comienzo  tan  prometedor  de  un desarrollo de la agricultura, el desarrollo extraordinario de las viejas ciudades industriales, la creación de otras nuevas, el rápido aumento del número de obreros, la elevación del nivel de vida y de las necesidades, tales son los resultados incontestables de la Revolución de octubre, en la que los profetas del viejo mundo vieron la tumba de la civilización. No es el caso de discutir con los señores economistas burgueses: el socialismo ha demostrado su derecho a la victoria no en las páginas de El Capital, sino sobre la arena económica que abarca la sexta parte de la superficie del globo [...]. Solamente la revolución proletaria ha permitido a un país atrasado obtener en menos de veinte años resultados sin precedentes en la historia.

 

 

Con el desarrollo económico se añade el acceso a la cultura no solamente de nuevas capas sociales, sino también de pueblos enteros:

 

En  la  URSS  la  educación  se  imparte  actualmente  en  al  menos  ochenta  idiomas.  Para  la mayor parte de estos idiomas ha sido necesario crear un alfabeto o sustituir alfabetos asiáticos demasiado aristocráticos por alfabetos latinizados, más aptos para un uso de masas. Aparecen periódicos  en  otras  tantas  lenguas  e  informan  a  los  pastores  nómadas  y campesinos  los elementos  de  la  cultura;  las  lejanas  regiones  del  Imperio,  en  su  momento  olvidadas, contemplan el surgimiento de industrias. El tractor destruye viejas costumbres, que se remiten todavía al clan. Contemporáneamente a la escritura aparecen la medicina y la agronomía. No es fácil apreciar en toda su amplitud esta valorización de nuevos estratos de la humanidad.

 

 

Al menos en lo que respecta a la relación instituida con «las nacionalidades atrasadas», la odiada burocracia desarrolla pese a todo «cierto trabajo de proceso»: «construye para ellos un puente hacia los beneficios  elementales  de  la  cultura  burguesa  y,  parcialmente,  pre-burguesa».  Cómo  pudiese  pensar Trotsky que la revolución antiburocrática estuviese al acecho basándose en esta visión de conjunto, es un misterio.  Pero  no  es  éste  el  punto  que  ahora  nos  interesa.  Los  reconocimientos  que  el  líder  de  la oposición deja escapar son el síntoma del prestigio y el consenso del que todavía disfruta la dirección soviética.  No  podría  explicarse  de  otro  modo  la  difusión  de  un  «nuevo  patriotismo  soviético»,  un sentimiento «ciertamente muy profundo, sincero y dinámico».

 

 

Los años 1937 y 1938 son el bienio del Gran terror. Ni siquiera en «su peor fase» el régimen de Stalin ve disolverse su base social de consenso y sus «entusiastas seguidores», que continúan motivados tanto por la ideología como por las posibilidades de promoción social: es un «error» leer el consenso permanente  como  «un  simple  artificio  de  la  censura  y  la  represión  de  Estado».  Se  produce  un entrelazamiento paradójico y trágico: como consecuencia, por un lado, del fuerte desarrollo económico y cultural,  y  por  el  otro  de  los  vacíos  temibles  abiertos  por  la  represión,  «decenas  de  miles  de estajanovistas se convirtieron en directores de fábrica» y una similar, rapidísima movilidad vertical se produce en las fuerzas armadas. En agosto de 1939, en el transcurso de las negociaciones del pacto de no  agresión,  el  traductor-  jefe  del  ministerio  de  exteriores  alemán  visita  Moscú,  y  describe  así  el espectáculo que le ofrece la Plaza Roja y el mausoleo dedicado a Lenin: Una larga fila de campesinos rusos esperaba pacientemente frente al mausoleo para ver en su tumba de cristal al predecesor momificado de Stalin. Por su actitud y expresión facial, los rusos me dieron la impresión de peregrinos devotos. «Quién ha estado en Moscú y no ha visto  a  Lenin»  -me  dijo  un  miembro  de  la  embajada-  «no  vale  nada  para  la  población  rural rusa.

 

 

La  extendida  veneración  por  el  «predecesor  de  Stalin»  era  también  un  síntoma  de  la amplia base social de consenso del que este último continuaba disfrutando. En cualquier caso, a juzgar por esta cita, ni siquiera el comunismo debería caracterizarse por «una única lengua para toda la humanidad». Pero es como si Stalin tuviese miedo de su valentía. Más bien prefiere remitir la «fusión de las naciones y las lenguas nacionales» al momento en el que el socialismo habrá triunfado a nivel mundial. Quizás solamente en los últimos años de su vida, cuando ya es una autoridad indiscutida en  el  movimiento  comunista  internacional...

 

(continuará)

 

 

 

[ Fragmento de: Domenico Losurdo. “Stalin, historia y crítica de una leyenda negra” ]

 

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