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STALIN, HISTORIA Y CRÍTICA DE UNA LEYENDA NEGRA.
Domenico Losurdo.
( 33 )
LA ANDADURA COMPLEJA Y
CONTRADICTORIA DE LA ERA DE STALIN
Del «socialismo sin dictadura del proletariado» a la vuelta de tuerca de la Guerra fría
Al Gran Terror y a la terrible depuración que conlleva le sigue la Gran guerra patriótica. Después de la derrota del Tercer Reich Stalin, que «prevé un gran futuro para la Gran alianza» antifascista y que intenta evitar el estallido de la Guerra fría, declara repetidas veces, también durante reuniones confidenciales con dirigentes comunistas de Europa oriental, que no se trata de introducir el modelo político soviético: «Es posible que si en la Unión Soviética no hubiésemos tenido la guerra, la dictadura del proletariado habría asumido un carácter diferente». La situación creada en Europa oriental después de 1945 es claramente más favorable:
«En Polonia no existe la dictadura del proletariado y no la necesitáis»; «¿debe seguir Polonia la vía de la introducción de la dictadura del proletariado? No, no está obligada ha hacerlo, no es necesario». Y a los dirigentes comunistas búlgaros: es posible «realizar el socialismo de un modo nuevo, sin la dictadura del proletariado»; «la situación ha cambiado de manera radical respecto a nuestra revolución, es necesario aplicar métodos y formas diferentes [...]. No tenéis que temer las acusaciones de oportunismo. Esto no es oportunismo, sino la aplicación del marxismo a la situación actual». Y a Tito: «En nuestros días el socialismo es posible incluso bajo la monarquía inglesa. La revolución no es ya necesaria en todas partes [...]. Sí, el socialismo es posible incluso bajo un rey inglés».
El historiador que cita tales declaraciones comenta a su vez: «Como muestran estas observaciones, Stalin estaba repensando activamente la validez universal del modelo soviético de revolución y socialismo». Quizás se puede ir un paso más allá y decir que este replanteamiento tiene que ver también con la relación en general entre socialismo y democracia, con referencia por tanto a la misma Unión Soviética: formular la hipótesis de un socialismo bajo un rey inglés significa poner de algún modo en discusión, si no la concentración monopolista del poder en manos del partido comunista, en todo caso la dictadura terrorista y la autocracia.
Sintomática es la política mantenida en la zona de ocupación soviética en Alemania: «Los rusos no promovieron solamente el teatro, el ballet, la ópera y el cine socialistas; promovieron también las artes burguesas», y ello en conformidad con el programa formulado en Moscú, «en base al cual el sistema soviético no se ajustaba a Alemania, que debería sin embargo ser reorganizada en base a principios amplios, antifascistas y democráticos». Ya que «durante los primeros tres años después de acabada la guerra, en la capital no hubo ninguna división real cultural, y la zona soviética continuó desarrollando un papel de liderazgo en el campo cultural».
El estallido de la Guerra fría interrumpió bruscamente esta experiencia y esta reflexión: el problema central es ahora la creación de una banda de seguridad alrededor de un país duramente golpeado por la agresión y ocupación nazi, con el fin de evitar que se repitan las tragedias del pasado. Si también «el problema del desmantelamiento, al menos parcial, del Gulag es planteado en la URSS aún antes de la desaparición de Stalin», un deshielo total resulta imposible. Después de Hiroshima y Nagasaki, la Unión Soviética debe esforzarse en una nueva «marcha forzada» para seguir la nueva «revolución tecnológica occidental». Se ha liberado de la «ocupación occidental alemana», pero no puede «concederse un descanso»: ha surgido una nueva y terrible amenaza. Sobre todo porque algún año después, el 1 de noviembre de 1952, interviene la explosión de la primera bomba de hidrógeno, mil veces más potente que la arrojada sobre las ciudades japonesas:
Cuando el gobierno americano anunció los resultados de la prueba, en otros países hubo reacciones de shock y lamentación. Estaba claro que una bomba de potencia tan extraordinaria no habría podido ser utilizada nunca contra objetivos militares. Si no era un arma de guerra, podía ser solamente un arma de genocidio y chantaje político [...]. Stalin recibió un informe sobre la prueba americana a mediados de noviembre, y esto sirvió sólo para confirmar su convicción de que los Estados Unidos se estaban preparando seriamente para una guerra contra la Unión Soviética. Una preocupación en absoluto infundada, si se piensa que en enero de 1952, para desbloquear la situación de estancamiento en las operaciones militares en Corea,
Truman acaricia una idea radical que incluso registró en su diario: se podría lanzar un ultimátum a la URSS y la China Popular, aclarando anticipadamente que la falta de obediencia «significa que Moscú, San Petersburgo, Mukden, Vladivostock, Pekín, Shangai, Port Arthur, Dairen, Odessa, Stalingrado y toda zona industrial en China y la Unión Soviética serían eliminados»
En los tres decenios de historia de la Rusia soviética dirigida por Stalin el aspecto principal no es el paso de la dictadura de partido a la autocracia, sino más bien los repetidos intentos de pasar del estado de excepción a una condición de relativa normalidad, intentos que fracasan por razones tanto internas (utopía abstracta y mesianismo que impiden reconocerse en los resultados conseguidos) como internacionales (la amenaza permanente que se cierne sobre el país de Octubre), o bien por la suma de unas y otras. Si el mismo mesianismo por un lado es expresión de tendencias intrínsecas al marxismo, Por otro lado es una reacción al horror del Primer conflicto mundial, que también en ambientes y personalidades lejanas al marxismo suscita la aspiración a un mundo absolutamente nuevo, sin ninguna relación con una realidad susceptible de producir o reproducir tal horror. Con la germinación de la tercera guerra civil (dentro de las filas bolcheviques) y la simultánea aproximación de la Segunda guerra mundial (en Asia antes que en Europa) esta serie de fracasos desemboca en la llegada de la autocracia, ejercida por un líder objeto de auténtico culto.
¿Burocratismo o «fe furiosa»?
¿Qué idea podemos hacernos del grupo dirigente que consigue la victoria en el transcurso de la tercera guerra civil, y que intenta poner fin al Segundo período de desórdenes precisamente mientras en el horizonte acechan nuevas y enormes tempestades? Hemos visto que, mientras Kruschov mediante alusiones tortuosas hace de Kírov la víctima de un complot orquestado desde el Kremlin, Trotsky lo describe como un cómplice del tirano y exponente del primer plano de la odiada burocracia usurpadora y parasitaria, que la deseada nueva revolución estaba llamada a barrer de una vez por todas. Pero ¿el que es asesinado por la pistola de Nikolaiev es realmente un burócrata? Volvamos a la historiadora rusa ya citada, crítica del mito del asesinato inspirado por Stalin, para ver de qué manera describe a la víctima.
Y bien, ¿quién era Kírov? Era un dirigente leal, discreto y devoto de la causa. Y no es todo: lo que caracterizaba su personalidad era la atención por los problemas más insignificantes de la vida cotidiana de sus colaboradores, una gran modestia, la «tolerancia respecto a opiniones diferentes de las suyas, el respeto a la cultura y tradiciones de otros pueblos».
Este juicio halagador acaba proyectando una luz favorable sobre todo el ambiente frecuentado por Kírov, y en última instancia, sobre el mismo Stalin, del que el primero era un colaborador estrecho y digno de confianza. No estamos en absoluto en presencia de un estrato de burócratas carente de ideales e interesado exclusivamente en su carrera:
Como numerosos dirigentes de la época, Kírov creía sinceramente en el futuro radiante por el que trabajaba entre dieciocho y veinte horas al día: comunista convencido, lo era también cuando cantaba las loas a Stalin en nombre del fortalecimiento del partido y de la Unión Soviética, del desarrollo y de la potencia del país. Esta fe furiosa fue quizás la tragedia de toda una generación.
En cualquier caso, es el grupo dirigente en su conjunto el que da muestras ¿la dedicación al trabajo y espíritu de sacrificio. Sabemos ya de la «enorme carga de trabajo» con la que lidia el líder soviético. [Al menos en los años de guerra] Stalin trabajaba catorce o quince horas al día en el Kremlin o en la dacha [...]. En otoño de 1946, Stalin fue al sur a pasar unas vacaciones por primera vez desde 1937 [...] [A pocos meses de su muerte y desatendiendo el apremiante consejo de los médicos] Stalin rechazó la posibilidad de tomarse un descanso en el otoño o invierno de 1952, pese a la enorme cantidad de tiempo y esfuerzo dedicados a la organización del XIX Congreso del partido en el mes de octubre.
Consideraciones similares pueden hacerse respecto a un estrecho colaborador de Stalin, Lazar M. Kaganovich, que despliega un «frenético empeño» en dirigir la construcción del transporte subterráneo de Moscú: «descendía directamente a los túneles, incluso de noche, para verificar el estado de los trabajadores y hacerse una idea de la situación». En definitiva, estamos en presencia de un grupo dirigente que, sobre todo en los años de la guerra, despliega una «dedicación casi sobrehumana». Le impulsa una «fe furiosa», que no se limita al ámbito de este grupo restringido, y tampoco solamente a los miembros del partido comunista. Daban muestra de este «celo misionero» también «hombres y mujeres comunes»; en conjunto «fue un período de genuino entusiasmo, de esfuerzos febriles y sacrificios voluntarios». Es un clima espiritual que se puede entender bien si se tiene en cuenta que el país quemaba etapas de desarrollo industrial y ofrecía a amplias capas de la población grandes perspectivas de promoción social, precisamente mientras el mundo capitalista se veía inmerso en una crisis devastadora. Damos aquí la palabra a un historiador que se sirve además de una interesante base autobiográfica:
Los años 1928-1931 fueron para la clase trabajadora un período de enorme movilidad hacia arriba. Los promotores de la competición socialista y los trabajadores de asalto no constituían solamente los cuadros considerados "no aptos", sino que ocupaban masivamente los puestos disponibles en los aparatos burocráticos y en los institutos educativos, todos en rápida expansión. No se veían promovidos pasivamente, sino que eran más bien protagonistas activos de la promoción (samovydvizhentsy). Tenían «un objetivo claro y definido para el presente y el futuro» e «intentaban adquirir la mayor cantidad de conocimientos y experiencia práctica, para ser lo más útiles posible a la nueva sociedad».
El movimiento de asalto y la competición socialista cumplieron un papel crucial en el proceso de industrialización: ayudaron a la dirección política a acelerar el ritmo del proceso, a promover la modernización industrial, a reorganizar la troika de fábrica según el modelo de la dirección única, a seleccionar mediante promoción a los trabajadores jóvenes, ambiciosos, competentes y políticamente dignos de confianza. El surgimiento de estos trabajadores como savia nueva tenía un efecto de arrastre sobre los líderes del partido, de la industria y del sindicato.
Confirma y enriquece ulteriormente la situación aquí esbozada un testimonio bastante autorizado. En 1932, desde Riga, un joven diplomático estadounidense destinado después a hacerse famoso como teórico del containment antisoviético, George Kennan, envía un despacho a Washington que contiene un análisis bastante interesante. Antes de nada destaca que «en la Unión Soviética la vida continúa siendo administrada en el interés de una doctrina», esto es, del comunismo. Es una visión del mundo que cuenta con un amplio consenso; el «proletariado industrial» goza de un reconocimiento social tan elevado que según él compensa en gran medida las «desventajas materiales» conectadas a la programada aceleración del desarrollo económico. Sobre todo los jóvenes o «cierta parte de la juventud» se muestran «extremadamente entusiastas y felices, como sólo puede ocurrir en seres humanos completamente dedicados a tareas que no tienen ninguna relación con la vida personal», es decir personas completamente implicadas en el esperanzador proyecto de construcción de una nueva sociedad. En este sentido se puede hablar de «ilimitada confianza en sí mismos, salud mental y felicidad de la joven generación rusa». Pero aquí interviene una advertencia que, a la luz de la posterior experiencia histórica, puede ser considerada clarividente: «De ser el país moralmente más unido del mundo, Rusia puede pasar de un momento a otro al peor caos moral». En una condición de tan fuerte tensión moral difícilmente habría resistido al paso del tiempo y las inevitables dificultades y fracasos del proyecto de construcción de una nueva sociedad: ésta habría podido fácilmente transformarse en su contrario. Queda claro el hecho de que en 1932 y en la víspera del asesinato de Kírov, la Rusia soviética se presenta, para el futuro teórico del containment, como «el país moralmente más unido del mundo».
Desde luego, al expresarse así Kennan parece tener en cuenta más la realidad de las ciudades (donde, pese a las contradicciones, el cambio había suscitado de hecho el entusiasmo de un gran sector de jóvenes, intelectuales y obreros de la industria) que la del campo. Aquí la colectivización forzada de la agricultura había provocado, según la previsora advertencia de Bujarin, «una noche de San Bartolomé para los campesinos ricos» y más en general para «un grandísimo número de campesinos», pertenecientes muy a menudo atlas minorías nacionales. Había estallado una guerra civil llevada de manera despiadada y horrible por una y otra parte, tan despiadada y terrible como para empujar al suicidio a un alto representante del poder militar soviético, sorprendido por una inspección en el transcurso de la cuál habría gritado vanas veces que no se trataba de comunismo sino de «horror». Es probablemente este «horror» el que habría provocado la crisis moral de Bujarin, indignado por la noche de San Bartolomé a gran escala contra la que había advertido en vano, horrorizado por el gigantesco experimento de ingeniería social que procedía sin «piedad», sin distinguir «entre una persona y un trozo de madera». También después de la conclusión del proceso de colectivización, no es convincente hablar del campo en el sentido de «moralmente unido», como si se hubiese disuelto completamente incluso el recuerdo de guerra civil que lo había fracturado y ensangrentado.
Sin embargo, pese a estas necesarias precisiones, la insistencia de Kennan en el apego a la «doctrina» y el entusiasmo nos hacen pensar en la «fe furiosa» y en el «celo misionario» al que ya se ha hecho referencia. Hasta el desencadenamiento del gran terror de 1937 el cuadro no cambia de manera radical manteniéndonos al menos en los análisis convergentes de un historiador estadounidense y un historiador ruso. El primero, aunque insiste en la manipulación de la opinión pública desde arriba, observa sin embargo que en I935 Stalin gozaba de una gran popularidad: un eventual intento de derrocarle se habría enfrentado con una amplia resistencia. En relación con el año siguiente, el segundo (un historiador antiestalinista militante) constata que «el partido y el pueblo soviéticos continuaban confiando en Stalin»; es más, como consecuencia del hecho de que «el nivel de vida urbano y rural aumentó de modo apreciable», se difundió «cierto entusiasmo popular».
No solamente el aumento del nivel de vida motiva tal «entusiasmo». Hay mucho más: el «desarrollo real» de las naciones hasta aquel momento marginadas; la conquista por parte de las mujeres de la «igualdad jurídica con los hombres, acompañada por una mejoría de su estatus social»; el surgimiento de «un sólido sistema de protección social» que incluye «pensiones, asistencia médica, protección de las mujeres embarazadas, pensiones familiares»; «el considerable desarrollo de la educación y de la esfera intelectual en su conjunto», con la extensión «de la red de bibliotecas y salas de lectura» y la difusión «del gusto por las artes, la poesía»; es la llegada tumultuosa y exultante de la modernidad (urbanización, familia nuclear, movilidad social). Se trata de procesos que caracterizan la historia de la Rusia soviética en su conjunto, pero que comienzan a despegar precisamente en los años de Stalin.
Las masas de población tradicionalmente condenadas al analfabetismo irrumpen masivamente en las escuelas y en las universidades; se forma así «toda una nueva generación de obreros especializados, técnicos y administradores técnicamente preparados», llamados rápidamente a desarrollar una función dirigente. «Se inauguran nuevas ciudades, y viejas ciudades son reconstruidas»; el surgimiento de nuevos y gigantescos complejos industriales acompañado del «ascenso a los niveles superiores de la escala social de ciudadanos hábiles y ambiciosos de origen obrero o campesino». A este respecto se ha hablado de «una mezcla de coerciones brutales, heroísmo memorable, locura desastrosa y resultados espectaculares», pero quizás no son tampoco estos resultados y las consiguientes mejoras económicas los que constituyen el aspecto principal a identificar en la transformación radical que sufre el lugar de trabajo y producción en el paso del antiguo al nuevo régimen.
[En la Rusia zarista] los empleados pedían al dueño un tratamiento más respetuoso, insistiendo en el uso del "usted" en vez de "tú", en el que ellos veían un residuo del antiguo sistema de la servidumbre de la gleba. Querían ser tratados "como ciudadanos". Y a menudo era precisamente la cuestión del respeto a la dignidad humana, más que las reivindicaciones salariales, lo que alimentaba las agitaciones y manifestaciones obreras.
Después de haberlo buscado y deseado durante tanto tiempo en vano, los siervos consiguen el reconocimiento (en el sentido hegeliano del término) con la llegada del poder soviético. Y ello no vale solamente para los trabajadores, sino también, como veremos, para las minorías nacionales. Es este entrelazamiento de «resultados espectaculares» en el plano del desarrollo económico por un lado, y de derrumbe de las jerarquías del antiguo régimen (confirmado por una posibilidad de movilidad y de ascenso social sin precedentes) por el otro, lo que estimula en la población una sensación exultante: al reconocimiento ya alcanzado en cuanto trabajadores va a añadírsele el reconocimiento en cuanto pueblo soviético unido, que ya está a punto de alcanzar a los países más avanzados, desembarazándose de la tradición y la imagen de atraso. Esto explica la sensación eufórica de estar participando en la construcción de una nueva sociedad y una nueva civilización, que avanzan Pese a los errores, sacrificios y terror.
Por otro lado, es interesante releer la imputación principal contra la dirección burocrática soviética, formulada por Trotsky en vísperas del Gran Terror. Es como si de pronto la requisitoria se abriese a concesiones tan grandes y reconocimientos tan importantes, que se convirtiese en su contrario:
Los inmensos resultados obtenidos en la industria, el comienzo tan prometedor de un desarrollo de la agricultura, el desarrollo extraordinario de las viejas ciudades industriales, la creación de otras nuevas, el rápido aumento del número de obreros, la elevación del nivel de vida y de las necesidades, tales son los resultados incontestables de la Revolución de octubre, en la que los profetas del viejo mundo vieron la tumba de la civilización. No es el caso de discutir con los señores economistas burgueses: el socialismo ha demostrado su derecho a la victoria no en las páginas de El Capital, sino sobre la arena económica que abarca la sexta parte de la superficie del globo [...]. Solamente la revolución proletaria ha permitido a un país atrasado obtener en menos de veinte años resultados sin precedentes en la historia.
Con el desarrollo económico se añade el acceso a la cultura no solamente de nuevas capas sociales, sino también de pueblos enteros:
En la URSS la educación se imparte actualmente en al menos ochenta idiomas. Para la mayor parte de estos idiomas ha sido necesario crear un alfabeto o sustituir alfabetos asiáticos demasiado aristocráticos por alfabetos latinizados, más aptos para un uso de masas. Aparecen periódicos en otras tantas lenguas e informan a los pastores nómadas y campesinos los elementos de la cultura; las lejanas regiones del Imperio, en su momento olvidadas, contemplan el surgimiento de industrias. El tractor destruye viejas costumbres, que se remiten todavía al clan. Contemporáneamente a la escritura aparecen la medicina y la agronomía. No es fácil apreciar en toda su amplitud esta valorización de nuevos estratos de la humanidad.
Al menos en lo que respecta a la relación instituida con «las nacionalidades atrasadas», la odiada burocracia desarrolla pese a todo «cierto trabajo de proceso»: «construye para ellos un puente hacia los beneficios elementales de la cultura burguesa y, parcialmente, pre-burguesa». Cómo pudiese pensar Trotsky que la revolución antiburocrática estuviese al acecho basándose en esta visión de conjunto, es un misterio. Pero no es éste el punto que ahora nos interesa. Los reconocimientos que el líder de la oposición deja escapar son el síntoma del prestigio y el consenso del que todavía disfruta la dirección soviética. No podría explicarse de otro modo la difusión de un «nuevo patriotismo soviético», un sentimiento «ciertamente muy profundo, sincero y dinámico».
Los años 1937 y 1938 son el bienio del Gran terror. Ni siquiera en «su peor fase» el régimen de Stalin ve disolverse su base social de consenso y sus «entusiastas seguidores», que continúan motivados tanto por la ideología como por las posibilidades de promoción social: es un «error» leer el consenso permanente como «un simple artificio de la censura y la represión de Estado». Se produce un entrelazamiento paradójico y trágico: como consecuencia, por un lado, del fuerte desarrollo económico y cultural, y por el otro de los vacíos temibles abiertos por la represión, «decenas de miles de estajanovistas se convirtieron en directores de fábrica» y una similar, rapidísima movilidad vertical se produce en las fuerzas armadas. En agosto de 1939, en el transcurso de las negociaciones del pacto de no agresión, el traductor- jefe del ministerio de exteriores alemán visita Moscú, y describe así el espectáculo que le ofrece la Plaza Roja y el mausoleo dedicado a Lenin: Una larga fila de campesinos rusos esperaba pacientemente frente al mausoleo para ver en su tumba de cristal al predecesor momificado de Stalin. Por su actitud y expresión facial, los rusos me dieron la impresión de peregrinos devotos. «Quién ha estado en Moscú y no ha visto a Lenin» -me dijo un miembro de la embajada- «no vale nada para la población rural rusa.
La extendida veneración por el «predecesor de Stalin» era también un síntoma de la amplia base social de consenso del que este último continuaba disfrutando. En cualquier caso, a juzgar por esta cita, ni siquiera el comunismo debería caracterizarse por «una única lengua para toda la humanidad». Pero es como si Stalin tuviese miedo de su valentía. Más bien prefiere remitir la «fusión de las naciones y las lenguas nacionales» al momento en el que el socialismo habrá triunfado a nivel mundial. Quizás solamente en los últimos años de su vida, cuando ya es una autoridad indiscutida en el movimiento comunista internacional...
(continuará)
[ Fragmento de: Domenico Losurdo. “Stalin, historia y crítica de una leyenda negra” ]
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