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LA LUCHA DE CLASES
Domenico Losurdo
(54)
VII
Lenin 1919: «La lucha de clases ha cambiado sus formas»
5. La lucha de clases y las dos desigualdades
Pero ¿cuál es la meta del desarrollo de la producción y de la productividad? Los bolcheviques en el poder, perdida la esperanza de extender la revolución anticapitalista a Occidente, enseguida se dan cuenta de que, tanto en relación con su programa ideal y político como con la situación internacional, no se enfrentan a una sola desigualdad, sino a dos. No es solo la desigualdad que lacera transversalmente un país. La revolución de octubre y las otras revoluciones de inspiración marxista o comunista, por haber triunfado en el margen o fuera del mundo más desarrollado, tuvieron que enfrentarse al problema de la «desigualdad global» a escala internacional (Arrighi 2008). Todas ellas, al conquistar el poder, tuvieron que vérselas con un proceso cuyo desenlace fue que «las desigualdades entre naciones» acabaron siendo tan profundas «como las desigualdades entre clases sociales», de modo que la humanidad quedó «dividida de un modo irreversible» (Davis 2001); tuvieron que vérselas con la «gran divergencia» por excelencia, que no solo abrió un abismo entre las naciones, sino que acabó con «un mundo policéntrico sin un centro dominante» para dar lugar a «Un sistema mundial con centro en Europa» (Pomeranz 2004).
Por comodidad de exposición lo llamaré «primer tipo de desigualdad». En la Rusia soviética no se advierte menos dolorosamente que el segundo. Al decir de Lenin (enero 1920):
Los trabajadores no deben olvidar que el capitalismo ha dividido las naciones en un pequeño número de naciones que oprimen, grandes potencias (imperialistas), que tienen todos los derechos y son privilegiadas, y una inmensa mayoría de naciones oprimidas, dependientes o medio dependientes, privadas de derechos (LO).
La Rusia soviética se sitúa en ese segundo grupo de naciones, o corre el riesgo de que la empujen a él. Después de sufrir las graves amputaciones territoriales impuestas por la Alemania de Guillermo II, tiene que enfrentarse a la intervención de los aliados. Aunque los bolcheviques logran consolidar el poder y estabilizar la situación dentro del país, el marco internacional sigue siendo muy poco tranquilizador. El tratado de Versalles pone fin a la primera guerra mundial, pero no acalla las voces, procedentes de distintos ángulos, que evocan el peligro de una nueva conflagración no menos ruinosa que la primera. El propio Lenin pone en guardia repetidamente contra este peligro. Es un motivo más para intensificar la lucha contra el primer tipo de desigualdad, ya que Rusia tiene un retraso considerable en el plano económico y tecnológico con respecto a los países más avanzados. Desgraciadamente, en estos países no ha vencido la revolución:
Debemos recordar que ahora toda la técnica avanzada, toda la industria desarrollada pertenecen a los capitalistas, que luchan contra nosotros. Debemos recordar que o somos capaces de tensar al máximo todas nuestras fuerzas en el trabajo diario, o nos espera inevitablemente la ruina. Todo el mundo, dada la situación actual, se desarrolla más deprisa que nosotros. El mundo capitalista, al desarrollarse, dirige todas sus fuerzas contra nosotros. ¡Estos son los términos del problema! Por eso debemos prestar una atención especial a esta lucha (LO).
Así pues, el primer tipo de desigualdad se está agravando, lo que podría tener consecuencias catastróficas para la Rusia soviética y acabaría por impedir cualquier plan serio de lucha contra el segundo tipo de desigualdad. Partiendo de esta premisa, Lenin no se cansa de insistir en la necesidad del desarrollo científico y tecnológico, asimilando los resultados de Occidente. Una preocupación que también expresa en 1925 Bujarin cuando, refiriéndose a los países capitalistas más avanzados, observa: «nosotros avanzamos y ellos avanzan». La separación sigue igual, así como los riesgos que implica. En estas condiciones «el problema del ritmo de desarrollo, o sea, el problema de la rapidez de nuestro desarrollo, adquiere una importancia excepcional»; «nuestro desarrollo económico tiene que ser más rápido». Es el motivo que después se convierte en el hilo conductor del planteamiento de Stalin.
Una de las tareas más urgentes es la electrificación del gran país euroasiático. Bien puede Arendt ironizar sobre la «curiosa fórmula» («Electrificación más soviets») con que Lenin sintetiza «la esencia y los fines de la revolución de octubre»: según ella es una consigna que, al callar sobre la «edificación del socialismo», expresa «una separación, totalmente ajena al marxismo, entre economía y política». Pero ningún estadista serio y responsable se tomaría en serio esta lección de escolástica doctrinaria. No, desde luego, Lenin y los bolcheviques: ellos tenían que enfrentarse a la invasión de las potencias contrarrevolucionarias e, incluso después de derrotarla, sabían de sobra que el peligro no había desaparecido. De modo que la electrificación era un asunto de vida o muerte.
Por lo demás, estamos en presencia de un problema que, con formas distintas, siempre se plantea en los países que están inmersos en un proceso revolucionario y se encuentran fuera o en los márgenes del Occidente más avanzado. En los años sesenta del siglo pasado, en Cuba, el Che Guevara observa:
Desde que los capitales monopolistas se apoderaron del mundo, han mantenido en la pobreza a la mayoría de la humanidad, repartiéndose las ganancias entre el grupo de los países más fuertes. El nivel de vida de estos países está basado en la miseria de los nuestros.
Por lo tanto «hay que dar el gran salto técnico para ir disminuyendo la diferencia que hoy existe entre los países más desarrollados y nosotros», para adquirir «la tecnología de los países adelantados». Sí, es preciso «empezar una nueva etapa de auténtica división internacional del trabajo basada, no en la historia de lo que hasta hoy se ha hecho, sino en la historia futura de lo que se puede hacer» (Guevara 1969); se impone un nuevo orden internacional que permita el desarrollo conjunto de la humanidad, evitando la esclavización de colonias y semicolonias.
Las dos luchas de clase contra los dos tipos distintos de desigualdad están en cierto modo vinculadas. Gracias a la electrificación de la Rusia soviética se puede superar o atenuar el aislamiento del campo sin electrificar respecto de la ciudad y reducir la separación entre mundo urbano y mundo rural (LO). Al mismo tiempo, la electrificación y el desarrollo técnico y científico en conjunto reducen la desproporción en las relaciones de fuerza militares a escala internacional y dificultan o impiden el sometimiento colonial y la auténtica esclavización que intenta más tarde el Tercer Reich; es decir, dificultan o impiden la agudización extrema de la desigualdad en el ámbito de la división internacional del trabajo. Como vemos, con el permiso de Arendt, en ambos frentes la unidad de economía y política es muy clara.
Hasta aquí las dos luchas contra las dos desigualdades van a la par. Por otro lado, en cambio, intervienen inevitablemente un desfase y una contradicción: la limitación de una desigualdad puede suponer una agudización momentánea de la otra. Si, como escribe Lenin entre agosto y septiembre de 1922, es una tarea prioritaria de la Rusia soviética asimilar «todo lo que hay de realmente valioso en la ciencia europea y estadounidense» (LO), no cabe duda de que esta operación resulta bastante más fácil si el país parte de niveles altos de desarrollo económico, intelectual y tecnológico; es decir, se trata de una operación que, mientras permite a las regiones más avanzadas de Rusia acortar distancias con Occidente, agranda su ventaja con respecto a las regiones más atrasadas del país euroasiático.
Y eso no es todo. En octubre de 1921 Lenin señalaba que el poder soviético se veía obligado a pagar a los «especialistas» un sueldo «excepcionalmente elevado, de “burgueses”» (LO). Era el precio a pagar para disponer de técnicos cualificados que debían imprimir una aceleración al desarrollo de Rusia y reducir así la desigualdad con los países más avanzados. La otra cara de esta política tendente a la igualdad en el plano internacional era la agudización de la desigualdad salarial dentro del país. Se podía poner el acento en la lucha contra esta última renunciando a la contribución tan costosa de los «especialistas», pero el resultado sería agravar el atraso económico y tecnológico, y la consiguiente desigualdad con respecto a los países más avanzados en lo tecnológico (y potencialmente hostiles). Con el fin de reducir este primer tipo de desigualdad, había que hacer un esfuerzo para atraer a Rusia capitales extranjeros y así introducir «instalaciones equipadas con la última palabra de la técnica», acercarse progresivamente «a los trust modernos más avanzados de los otros países» para acabar alcanzándoles tarde o temprano. Pero los capitales extranjeros que se trataba de atraer garantizándoles la «concesión» de tal o cual recurso natural, pretendían obtener «beneficios ilimitados» (LO). Aunque era ineludible, la adquisición de la tecnología más avanzada tenía unos costos políticos y sociales (además de económicos) muy considerables.
En nuestros días, lejos de desaparecer, este problema se ha agravado enormemente. Un prestigioso diario estadounidense informa del plan ejecutado por Washington a partir de 2006: en el ámbito de la política de estrangulamiento de Cuba, busca la «defección» de los médicos de la isla rebelde que están haciendo una labor tan meritoria en Haití y otras partes del mundo, pero pueden ser atraídos con los honorarios mucho más elevados que podrían percibir en Estados Unidos (Archibold 2011). O pensemos en China. A partir de 1978 y de la política de reformas y apertura promovida por Deng Xiaoping, unos dos millones de estudiantes o licenciados han continuado sus investigaciones en el extranjero; solo un tercio ha regresado a la patria. En los últimos años el porcentaje ha aumentado mucho y sigue creciendo gracias a la política de fortísimos incentivos materiales aplicada por las autoridades gubernativas del país asiático. Sin duda el reclamo patriótico también estimula el regreso al país de origen, pero este reclamo es tanto más fuerte cuanto más concreta sea la posibilidad de participar en el progreso de un país y un pueblo que a pasos de gigante colman el desfase con los mayores avances tecnológicos e industriales y que gracias a ello recuperan la autoestima. Una vez más se pone en evidencia el carácter ineludible de la lucha contra las relaciones de desigualdad vigentes a escala internacional.
No es de extrañar que este problema se plantee con especial fuerza en China, un país de civilización antiquísima que, por haber faltado en su día a la cita con la revolución industrial, sufrió la opresión colonial impuesta por Occidente. En una conversación del 10 de octubre de 1978, Deng Xiaoping llama la atención sobre el hecho de que se está ampliando la brecha tecnológica con los países más avanzados; estos se desarrollan «con una velocidad enorme» mientras que China no consigue mantener el paso. Y diez años después: «la alta tecnología está avanzando a un ritmo enorme»; existe el riesgo de que «la brecha de China con respecto a los demás países aumente aún más» (Deng Xiaoping).
Si el gran país asiático hubiera faltado a la cita con la nueva revolución tecnológica, se habría condenado a un atraso permanente y se habría encontrado en una situación de debilidad y desigualdad parecida a la que la había entregado inerme a las guerras del opio y a los abusos del capitalismo y el colonialismo occidentales. Pero esta política de rápido desarrollo económico y tecnológico, esta carrera en pos de Occidente, ¿no acabaría por favorecer a las regiones (costeras) que gozaban de una situación geográfica mejor y disponían por lo menos de las modestas infraestructuras, mal que bien dejadas en herencia por el dominio colonial o semicolonial? La distribución más o menos igualitaria de la miseria cedería el paso a un proceso de desarrollo con ritmos inevitablemente desiguales. Volvía a presentarse el problema que acabamos de ver aparecer inmediatamente después de la revolución de octubre: ¿el objetivo de la lucha de clases revolucionaria era crear una sociedad donde, con la desaparición de «los ricos», solo hubiera sitio para los «pobres y paupérrimos», o debía fomentar un desarrollo de las fuerzas productivas y la riqueza social, para acabar de una vez por todas con la miseria y la penuria, elevando drásticamente el nivel de vida de las masas populares? Por otro lado, ¿hasta qué punto se puede considerar igualitaria una sociedad donde solo hay sitio para «pobres y paupérrimos»?...
(continuará)
[ Fragmento de: Domenico Losurdo. “La lucha de clases” ]
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