domingo, 24 de mayo de 2026

 


1411

 

DE LA DECADENCIA DE LA POLÍTICA EN EL CAPITALISMO TERMINAL

Andrés Piqueras

 

 (49)

 

 

 

PARTE II

Del in-politicismo teórico-práctico

 

 


 

Capítulo 10

 

UN REPASO A LOS PORQUÉS DEL (ÉXITO DEL) POPULISMO

Y A SU CONVERSIÓN EN BASAMENTO DE LOS

“POSTMARXISMOS”

 

(…) Para completar el proceso, queda por definir aún el “nosotros”, el “pueblo”, que no puede estar ya marcado por las construcciones antagonistas del capitalismo industrial. Ahora ya sólo puede ser el resultado de la sobre determinación hegemónica de una demanda democrática particular que colma o da sentido a un “significante vacío”. Mas como quiera que el neoliberalismo no sólo deshace la sociedad, sino que también deslee las clases, como sea que decreta el fin de la lucha de la clase trabajadora contra la clase que personifica al capital, hay que buscar una nueva “comunidad” (una vez descartadas las organizaciones políticas de clase) que sea capaz de llevar a cabo las aspiraciones individuales. El neo-pueblo (como sumatorio de individuos que buscan su asiento en la decadencia sistémica) está pensado para dejar de lado las clases, de hecho, vendrá a sustituirlas. Se posicionará contra las ideas “viejas” de la política y se levantará contra los efectos del mercado y las consecuencias visibles de la redefinición del papel del Estado como impulsor de la rapiña neoliberal contra la sociedad (precarización de los mercados laborales, aprovechamiento creciente del trabajo no-pago, apropiación de lo público y del común, deriva de fondos públicos a empresas privadas, corrupción raizal y generalizada...).

 

 

“En el neopopulismo convergieron la ‘indignación’ ciudadana contra el desmontaje de la ciudadanía y ciertas reacciones soberanistas contra la vida financiarizada y las instituciones supranacionales que arrasaban cualquier conato de soberanía popular y soberanía nacional (…) Una población que no sólo se siente supeflua como ‘ejército de reserva’, sino directamente inutilizable(…) El neo-pueblo queda listo para fundirse en una dinámica política y social al servicio del relanzamiento de un capitalismo nacional-popular que en el cuadro de una agudizada competición intercapitalista, se erige contra el capital globalizado de corte financiero” (Sciortino, 2019).

 

 

La indignación y la reacción soberanista frente a lo global (la globalización especulativo-parasitaria-financiera),  compondrán, pues, los elementos nutrientes de la movilización del neo-pueblo, utilizados a discreción por las élites y sus partidos de derecha fuerte. Pero a ellas no tardarían en sumarse las izquierdas integradas del capital, deseosas de encontrar un lugar institucional en medio del marasmo de degeneración social. La teoría social postmoderna, dentro de ella la “postmarxista” (y a menudo también la “neomarxista”), entraría asimismo en escena con toda contundencia. Se desarrolló así un neo-populismo de izquierdas que se extendió como un reguero por toda Europa (Die Linke, Francia Insumisa, Syriza, Podemos…). Se bifurcó, entonces, el camino para que unas u otras personificaciones del capital pudieran seguir llevando las riendas del puesto de mando –esto es, de la política institucional– con el mayor apoyo popular posible: 1/ bien dando rienda suelta a sus versiones más agresivas y autoritarias, que sin embargo apelan al “pueblo-nación” para que cierre las en torno a ellas en cuanto que encarnaciones “salvíficas” contra enemigos desempoderados (inmigrantes, okupas, feministas, trans, rojos…), o se resignen ante entidades demasiado “empoderadas” como para alcanzarlas (UE, instituciones globales…); 2/ bien introduciendo versiones reformistas en sus elites gestoras, que llaman a deshacerse de los malos políticos (o banqueros o empresarios, etc.) , para lograr un “sistema capitalista bueno”. Dos maneras de gestionar el descontento social provocado por el atolladero sistémico del capital en su fase degenerativa.

 

 

La guinda de todo el proceso (neo)populista la pone un liderazgo fuerte que simbolice al nuevo “sujeto popular” en su conjunto y sea capaz de movilizar sus anhelos y pasiones en torno a él mismo. Hay que tener en cuenta que el carácter inherentemente antagónico de las relaciones sociales de producción capitalistas en unos u otros ámbitos, no genera automáticamente subjetividades políticas conscientemente referidas a cada fractura, sino que es necesario un proceso de mediación política, que el postmarxismo llama de “mediación discursiva”, mediante el cual dicha naturaleza antagónico-conflictiva cobra cuerpo en demandas políticas susceptibles de articularse entre sí, aunque tal articulación no sea fácil ni esté, por tanto, garantizada. Es a esta constatación de la realidad social a la que se agarran los postmarxismos para llevar a su extremo la mediación del discurso, hasta hacerla omni-creadora de la propia realidad social y desvinculada del antagonismo centrado en la explotación constitutiva del capital (la extracción de plusvalía). Sin embargo, las condiciones materiales de existencia escapan al mero ámbito del discurso y de hecho explican las posibilidades de la vida social-ideacional, más que al contrario. En términos de desarrollo histórico, “en lugar del libre juego de diferencias pregonado por numerosas ontologías posmodernas nos encontramos (…) con una sucesión de ondas largas íntimamente ligada a la evolución interna del modo de producción capitalista” (Rey-Araújo, 2019).

 

 

En general, los procesos populistas se diferencian de los populares en que estos últimos son construidos desde los propios sujetos de emancipación y por tantose co-implican con una mayor autonomía de los mismos, que sólo acceden a lo institucional como una fuerza amplia construida desde las bases de lo social, para intentar transformar al menos en parte su metabolismo actuando al unísono desde ambas esferas. En los procesos populistas, en cambio, la heteronomía (o construcción externa a esos sujetos) es la nota dominante. Son verticales, en cuanto que se desatan desde las propias esferas institucionales o ámbitos “intelectuales” externos, a veces en connivencia con ciertos liderazgos sociales que terminan asentándose en aquellas esferas. Sin embargo, y a pesar del carácter heterónomo intrínseco a todo populismo, la distinción de “populismo de izquierdas” nos sirve para precisar que al menos en sus versiones con más proyección transformadora busca convertir en pueblo a la población sobre la que previamente se ha erigido como dirigencia, para ayudar a su levantamiento como tal, facilitando su progresiva autonomía. Hago notar también lo que desde una línea probablemente descolonial o postcolonial, se hace mención:

 

 

“El pueblo atraviesa en todo caso una doble crisis de identificación (y consecuente legitimidad), con dos confusiones habituales. Por un lado, no hay que definirlo como la mera comunidad política, como ese todo indiferenciado de la ciudadanía de un Estado, sujeta a derechos y deberes. El pueblo no se reduce a dicha comunidad política, pero se origina precisamente en el momento en el que ésta se abre más allá. Sólo cuando esto sucede, cuando la comunidad política no se identifica con el ejercicio fetichizado del poder ni con su legitimación a través de las papeletas, cuando el bloque hegemónico deja de constituir una clase dirigente (Gramsci), aparece el pueblo. Éste sería entonces una experiencia colectiva que se manifiesta en los procesos críticos de hegemonía y, por tanto, de legitimidad...” (Marcos, 2019).

 

 

Ahí es cuando el pueblo se hace un actor colectivo, sostiene este autor. Por el contrario, convertido en paciente social, el pueblo queda alienado y, en cuanto tal, está permeado por el Sistema, dando lugar aquí a su peor versión, resultado de la introyección de los fundamentos del mismo. Subyugado por la promesa de recuperar lo perdido siguiendo las directrices del líder(azgo). Lo populista se presenta de esta guisa como una desviación que toma la parte por el todo, la experiencia de los oprimidos como la extrapolación de una nación a la que manejar por el mero hecho de ser nacida en un territorio organizado bajo la estructura institucional de un Estado concreto. Eso explica que Laclau pueda permitirse vaciar al pueblo de todo contenido para, llegado el momento, arrojarlo contra las elites

 

 

“Pero el pueblo es también Otro que el sistema (…); desde su exterioridad no intenta ser el dominador del sistema (…), y tampoco se conforma con renovarlo, sino que pretende nuevos proyectos (…) Pueblo sería entonces el plural de empobrecidas (remarcando ese femenino plural), desde, en y a través del nosOtras (las víctimas) concienciadas y empoderadas, en camino hacia procesos de liberación, partiendo de momentos previos de debilitamiento de las estructuras mayúsculas” (Marcos, 2019).

 

 

Dentro del populismo de izquierdas diferenciamos, entonces, el que puede conducir a abrir espacios para la intervención popular real, “populismo de izquierda germinador”, respecto del que busca cambios dentro de los márgenes de la sociedad del capital, potenciando siempre los procesos verticales y la perpetuación de liderazgos, a través exclusivamente de la intervención en el Estado: “populismo de izquierda integrado e integrador”. Es el primero el que tiene potencialidad de distinguirse básicamente del “populismo de derechas” (al que Ramas –2019– ha prestado alguna atención). Este último lo que pretende principalmente es perpetuar la relación de subordinación, dependencia y heteronomía de la población convertida en masa dirigida a discreción, mediante la vinculación con determinado(s) líder(es), simbología y eslóganes para movilizar desde arriba así como disposiciones clientelares, lejos de cualquier verdadera distribución social o política.

 

 

Esta distinción es pertinente, atendiendo a la propia línea postmarxista que venimos analizando, aunque sólo fuere para poder prever hacia dónde nos llevan unas u otras construcciones “hegemónicas”. Porque de lo contrario identificamos popular con populista, pudiendo entender por ello cualquier proceso social en que estén implicados agentes colectivos, sea subordinadamente o no y promuevan lo que promuevan o hagan lo que hagan. Aun así, el populismo en general, que Laclau rescatara como un acontecer social positivo, tiene bastante mala prensa, dada, como digo, su intrínseca heteronomía.

 

 

“Al aprovechar, controlar, limitar y, en el fondo, obstaculizar cualquier despliegue de participación, de conquista de espacios de ejercicio de autodeterminación, de conformación de poder popular o de contrapoderes desde abajo –u otras denominaciones que se pre eran– se estaría no sólo negando un, elemento substancial de cualquier hipótesis emancipatoria sino además debilitando la posible continuidad de iniciativas de reformas –ni hablar de una radicalización en clave revolucionaria– en la medida en que se desperfilaría o sencillamente desaparecería de la escena un recurso político fundamental para la historia de las clases subalternas: la iniciativa desde abajo, la capacidad de organización, de movilización y de lucha” (Modonesi 2013).

 

 

Y eso no puede ser de otra forma, pues

 

 

“Con un sujeto político que alberga intereses sociales no de nidos que pueden llegar a ser contradictorios, no es posible poner en marcha un frente común con objetivos claros destinado a la movilización y la conquista popular de derechos (…) Lo que cuadra con un espacio político populista es la indefinición, la ambigüedad del discurso y la reducción de los antagonismos de clase en su seno” (Sanz, 2015).

 

 

Lo que se puede hacer con un sujeto político así, viene a decirnos este último autor, es utilizarlo para el voto y desactivarlo como elemento autónomo de incidencia social. Tal proyecto de ingeniería social populista persigue construir una hegemonía débil (Dal Maso y Rosso, 2015), es decir, no alternativa en el campo ideológico, ni albergadora de un proyecto socioeconómico propio. Esto es, se trata de una “hegemonía delegada”, para competir en la política pequeña, en la contienda electoral

 

 

“Bajo esta forma de concebir a la hegemonía, toda producción de subjetividad política se mide en términos de valor de cambio y no de uso, es decir la subjetivación no se realiza en sí misma, en su capacidad de retener valor, de fortalecer a los sujetos en su paulatina constitución interna, sino en función de su inmediata venta y consumo en el mercado político” (Modonesi, 2019).

 

 

Es entonces cuando el inter-clasismo democrático (adscrito al “populismo de izquierdas integrador”) decreta superable la ideología de clase y las propias clases. Ahora serán el “pueblo”, las multitudes, el “nosotros”, el 99%, la “gente”… quienes enfrenten a un difuminado y escasamente de nido oponente, ya no siempre, o no tanto, entendido como “antagónico”.

 

 

“El alma populista de la lucha de clase desvanece la posibilidad de la lucha anticapitalista, se ha cristalizado como residuo en el estrato profundo de las diversas formas de compromiso más o menos conflictual entre proletariado y burguesía (…) Se abre la fase de la lucha de clase democrática (…) [y de ahí] a la lucha democrática sin clase (…) para abrazar el ‘reformismo’, el ‘pacifismo’, el ‘interclasismo’, el ‘democratismo’. El empobrecimiento social, cognitivo y político de las masas corre parejo a la erección del neo-pueblo, como un conjunto de población sin clases” (Sciortino, 2019)…

 

 

(continuará)

 

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