domingo, 10 de mayo de 2026

 


1408

 

 

LA LUCHA DE CLASES

Domenico Losurdo

 

(52)

 

 

VII

Lenin 1919: «La lucha de clases ha cambiado sus formas»


 


 

3. «Colectivismo de la miseria, del sufrimiento»

        

Estamos en presencia de un debate a escala internacional en el que también participa Gramsci. Su intervención está incluida en el artículo que saluda al octubre bolchevique recién estallado como «la revolución contra El capital», contra la obra de Marx que los reformistas leen en clave positivista y determinista, que deslegitima cualquier insurrección socialista en un país que no sea de los capitalistas más avanzados. El artículo es famoso por esta posición antidogmática, pero también merecería serlo en relación con el problema que estamos discutiendo ahora. Así es como interpreta Gramsci en diciembre de 1917 el hito histórico que supone la victoria de los bolcheviques en un país bastante atrasado y además agotado por la guerra:

 

 

         Al principio será el colectivismo de la miseria, del sufrimiento. Pero un régimen burgués heredaría las mismas condiciones de miseria y sufrimiento. El capitalismo no podría hacer en Rusia sin demora lo que podrá hacer el colectivismo. Hoy haría mucho menos, porque no tardaría en ponerse en contra a un proletariado descontento, frenético, incapaz de soportar en beneficio de otros las penas y amarguras que acarrearía la mala situación económica [...]. El sufrimiento que seguirá a la paz solo podrá ser soportado si los proletarios sienten que corresponde a su voluntad, a su tenacidad en el trabajo, suprimirlo lo antes posible.

 

 

         En este texto el comunismo de guerra, que está a punto de ser impuesto en Rusia, se legitima en el plano táctico y se deslegitima en el plano estratégico, se legitima en lo inmediato y se deslegitima con la mirada puesta en el futuro. El «colectivismo de la miseria, del sufrimiento» se justifica por las condiciones concretas por las que está pasando Rusia: el capitalismo sería incapaz de hacerlo mejor. Pero este «colectivismo de la miseria, del sufrimiento», lejos de ser sinónimo de plenitud espiritual y rigor moral, es algo que debe superarse «lo antes posible». No es de extrañar que más tarde, como veremos, Gramsci justifique en el plano político y teórico el paso a la NEP.

        

 

Sin embargo, para amplios sectores del movimiento comunista, tanto en Rusia como en Occidente, el «comunismo de guerra» (es decir, «colectivismo de la miseria, del sufrimiento» y la «miseria socializada» de los que hablan Gramsci y Trotski) es justamente sinónimo de plenitud espiritual y rigor moral. El resultado es que se transfiguran como expresión de lucha de clases proletaria el logro y la defensa de ese «tosco igualitarismo» y ese «ascetismo general» contra los que pone en guardia el Manifiesto. Este clima espiritual tampoco es privativo de la Rusia soviética. Al contrario, entre los intelectuales y militantes occidentales parece todavía más acusado. En 1921, decepcionado por la introducción de la NEP Pascal no renueva el carné del Partido Comunista aunque sigue viviendo en Moscú y trabajando en el Instituto Marx-Engels. A su vez, un dirigente comunista francés, aunque se resigna a este viraje, al mismo tiempo añade en un artículo de L’Humanité: «La NEP trae consigo un poco de la podredumbre capitalista que había desaparecido por completo en la época del comunismo de guerra».

 

 

         Incluso personalidades alejadas del movimiento comunista temen que el país nacido con la revolución de octubre pierda su idealismo. Como el gran escritor austriaco Joseph Roth, que visita el país de los soviets entre septiembre de 1926 y enero de 1927 y denuncia la «americanización» en curso: «Se desprecia a Estados Unidos, es decir, al gran capitalismo sin alma, al país donde el oro es Dios. Pero se admira a Estados Unidos, es decir, el progreso, la plancha eléctrica, la higiene y los acueductos». En conclusión: «Esta es una Rusia moderna, técnicamente avanzada, con ambiciones estadounidenses. Esta ya no es Rusia». También aquí interviene el «vacío espiritual».

 

 

        

Superadas las primeras incertidumbres y vacilaciones, Lenin empieza a criticar duramente la transfiguración del «colectivismo de la miseria, del sufrimiento». La economía basada en el trueque, que caracterizaba al llamado comunismo de guerra, es ahora sinónimo de atraso no solo en el plano económico sino también en el espiritual: mantener en pie «la falta de intercambios entre la agricultura y la industria, la falta de vínculos y contactos entre ellas» también significa privar al enorme campo ruso del «vÍnculo material con la civilización, con el capitalismo, con la gran industria, con la gran ciudad», significa eternizar en estos territorios «el patriarcado, la semibarbarie y la barbarie auténtica». «El capitalismo es un mal comparado con el socialismo», desde luego, pero por otro lado «el capitalismo es un bien comparado con el periodo medieval, comparado con la pequeña producción, comparado con el burocratismo que está ligado a la dispersión de los pequeños productores» (LO). Con respecto a una sociedad premoderna y semifeudal, el capitalismo también es un progreso en el plano espiritual. Aunque no se dice explícitamente, ahora, en vez de interpretar y criticar el «comunismo de guerra» como un intento precipitado de construir una sociedad poscapitalista, se ve como una recaída objetiva en un estado social precapitalista. Recaída causada ante todo por la guerra mundial y la guerra civil, como Lenin no se cansa de precisar; pero esta recaída había experimentado una transfiguración, y no solo por quienes habían saludado la revolución de octubre desde posiciones próximas al pauperismo cristiano.

        

 

Había sido un proceso y una ilusión óptica no muy distintos de los que se habían producido en Occidente, donde eminentes intelectuales, ante la movilización total de la población y los recursos económicos para una dirección centralizada de la guerra, se habían felicitado por la llegada de un salvador «socialismo de guerra» (o «socialismo de estado y de nación», según la definición de Croce), que resolvería para siempre la cuestión social y la resolvería de un modo ordenado y orgánico (Losurdo 1991). Pero, mirándolo bien, este supuesto régimen social nuevo no era más que el viejo capitalismo al que se habían añadido la recluta y la disciplina terrorista de guerra. A la ilusión óptica del «comunismo de guerra en Rusia» le corresponde en Occidente la ilusión óptica (y manipulación ideológica) del «socialismo de guerra», o «de estado y de nación».

        

 

Una vez emprendido el camino de la NEP, Lenin arregla cuentas con el populismo: «Es preciso desarrollar el comercio de todas las maneras y a toda costa, sin tener miedo del capitalismo [...]. Hay que usar todos los medios para estimular el intercambio entre la industria y la agricultura» (LO). Lo mismo que el «comunismo de guerra» tiene poco que ver con la construcción de una sociedad poscapitalista, el desinterés por una economía mercantil, más que al socialismo y al marxismo, remite al «estado de ánimo patriarcal, viejo ruso, semiaristocrático, semicampesino, donde es innato el desdén instintivo e inconsciente por el comercio» (LO).

        

 

Sin embargo, aunque con aspectos variables, el populismo en Rusia es duro de pelar. En 1935 Bujarin critica la extraña noción de lucha de clases que induce a desatender el desarrollo de las fuerzas productivas y a sospechar de la riqueza e incluso del bienestar económico como tal:

        

 

Hoy los sectores acomodados de los campesinos, y también los sectores medios que tienden a volverse acomodados, tienen miedo de acumular. Se ha creado una situación en la que el campesino tiene miedo de hacerse un tejado de chapa por temor a que le declaren kulak, y si compra una máquina procura que los comunistas no se enteren. La técnica avanzada se ha vuelto clandestina (Bujarin).

 

Hay que acabar de una vez con esta política:

        

 

Hay que decirles a todos los campesinos en conjunto, a todos los sectores de campesinos: enriqueceos, acumulad, desarrollad vuestras haciendas. Solo unos idiotas pueden decir que entre nosotros siempre tiene que haber pobreza; hoy debemos aplicar una política que acabe con la pobreza (Bujarin).

        

 

Como vemos, el llamamiento a enriquecerse se dirigía a «todos los campesinos», pero era muy improbable que todos alcanzaran el objetivo del bienestar al mismo ritmo. Viendo las desigualdades y las contradicciones que, por lo menos durante algún tiempo, acarrearía inevitablemente este proceso, los «idiotas» (los populistas) mencionados por el dirigente soviético tenían un motivo más para proclamar la superioridad moral de una condición social caracterizada por el reparto ordenado e igualitario de la miseria.

        

 

Varios años después siguen haciéndose oír: «Si todos nos hacemos ricos y los pobres dejan de existir, ¿en quién nos apoyaremos los bolcheviques para nuestro trabajo?». Estamos en 1930, y así, según Stalin, argumentan y se angustian los «intrigantes de “izquierda” que idealizan a los campesinos pobres como sostén eterno del bolchevismo». Y de nuevo se nota el peso de una tradición que tiene raíz religiosa. Nos vienen a la mente las observaciones críticas de Hegel sobre el mandamiento evangélico que impone ayudar a los pobres: los cristianos, perdiendo de vista el hecho de que es «un precepto condicionado» y dándole un valor absoluto, acaban dándoselo también a la pobreza, la única que puede dar sentido a la norma de socorrer a los pobres. Los cristianos, o algunos de ellos, necesitan que haya miseria para gozar del sentimiento de nobleza moral que da ayudar a los pobres. Pero la seriedad de la ayuda a los pobres se mide con la contribución a la superación de la pobreza como tal (Losurdo 1992).

        

 

Los comunistas también pueden olvidar el carácter «condicionado» del precepto revolucionario que les induce a dar voz a los explotados y los pobres; los comunistas también pueden tender a idealizar la miseria o por lo menos la escasez como premisa necesaria para hacer gala de su rigor revolucionario. Y Stalin se ve obligado a destacar un aspecto central: «Sería estúpido pensar que el socialismo puede construirse sobre la base de la miseria y las privaciones, sobre la base de reducir las necesidades personales y bajar el tenor de vida de los hombres al nivel de los pobres»; el socialismo, por el contrario, «solo puede construirse sobre la base de un desarrollo impetuoso de las fuerzas productivas de la sociedad» y «sobre la base de una vida acomodada de los trabajadores», es más, de «una vida acomodada y civilizada para todos los miembros de la sociedad» (Stalin). En esto, por lo menos, está en plena consonancia con Trotski quien, remitiendo a Marx, insiste de un modo todavía más enfático sobre la importancia de aumentar la riqueza material: «En el terreno de la “miseria socializada”, la lucha por lo necesario amenaza con resucitar “todas las antiguallas” y las resucita parcialmente a cada paso».

        

 

La aparición de formas cambiantes de populismo no es un fenómeno exclusivo de la Rusia soviética. Veamos el caso de China: el Gran Salto Adelante de 1958-59 y la Revolución Cultural desencadenada en 1966 se proponen, gracias a una movilización de masas sin precedentes, imprimir una aceleración prodigiosa al desarrollo de la economía para que China pueda quemar etapas y alcanzar en tiempo récord a los países industriales más avanzados. Aunque esta perspectiva está en las antípodas del populismo, este acaba haciendo aparición de un modo subordinado. Con motivo del Gran Salto Adelante, sobre todo, la transfiguración en clave moral de la pobreza digna y generalizada pretende favorecer la movilización marcial e «igualitaria» de la población, de un ejército del trabajo capaz de obrar el milagro. En segundo lugar, el fracaso del intento sumamente ambicioso (asombroso, en realidad) de colmar el retraso con Occidente en tiempo récord se afronta con la propaganda (populista) de un socialismo entendido como «colectivismo de la miseria, del sufrimiento», lo que equivale a obviar el gran tema marxiano que considera condenadas por la historia las relaciones capitalistas de producción, por haberse convertido en un obstáculo para el desarrollo de las fuerzas productivas.

        

 El populismo, en cambio, se presenta de una forma más clara y precisa en la polémica internacional del Partido Comunista Chino, en particular, contra el dirigente soviético Jruschov, acusándole de patrocinar un «comunismo gulash» centrado en el bienestar material y en el «modo de vida burgués» y alejado de las tareas y los ideales de transformación revolucionaria del mundo…

 

(continuará)

 

 

 

[ Fragmento de: Domenico Losurdo. “La lucha de clases” ]

 

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