lunes, 16 de marzo de 2026

 

1401

 

DE LA DECADENCIA DE LA POLÍTICA EN EL CAPITALISMO TERMINAL

Andrés Piqueras

 

 (47)

 

 

PARTE II

Del in-politicismo teórico-práctico

 

 


9.1.

DE LA RACANERÍA INTERPRETATIVA (Y ARGUMENTAL) DE MOUFFE Y LACLAU

 

Empeñarse en hacer pasar la enorme complejidad y riqueza de la obra marxiana como una más de las interpretaciones reduccionistas, no enriquece el avance científico, sino todo lo contrario. Las tesis de Mouffe y Laclau no nos proporcionan, en definitiva, solamente una interpretación “rácana” de Marx, a la que nos tienen acostumbrados tantos “post-marxismos” y las posturas más explícitamente anti-marxistas, sino “un auténtico ejercicio de deformación intelectual y simplificación” de la construcción teórica de Marx, que hay que combatir con todo el rigor de la teoría (Sánchez Berrocal, 2019).

 

Para empezar, esta pareja de autores es altamente representativa del postmarxismo en general cuando se desliga de toda materialidad, valga decir, causalidad básica, para los procesos sociopolíticos. Hay en sus postulados teóricos (Laclau y Mouffe, 2011) una manifiesta autonomización de la política y la ideología, que pierden su relación con la economía y con las condiciones materiales de existencia. Es la ideología (en última instancia “el discurso”) lo que para ellos constituye a la sociedad. Hacen valer también el principio de no-correspondencia, sosteniendo que las condiciones económicas o sociales no producen necesariamente ningún tipo de fuerza política correspondiente (premisa con la cual no hay problema en concordar, una vez considerado el adverbio en cursiva). Sin embargo, de ahí derivan Mouffe y Laclau un difícilmente aceptable dualismo teórico: si no hay determinación, tampoco hay causalidad, relación ni condicionamiento alguno. De donde se concluye en términos políticos que un movimiento alter-sistémico no tiene porqué estar enraizado en unas concretas condiciones materiales. Concatenación de presupuestos erróneos que se complementan con una visión pluralista del Estado: éste es susceptible de mostrar autonomía respecto de las clases dominantes y de la ley del valor del capital, por lo que puede ser objeto de apropiación por diferentes intereses contrarios, por unos u otros sectores de la población; pudiendo pasar así de las manos de las clases dominantes a las de las dominadas sin necesidad de estrategia rupturista alguna, sino por simple “extensión de la democracia” (de hecho, no hacen sino seguir el yermo sendero de la socialdemocracia clásica, que llegó a entender el capitalismo monopolista de Estado como una transición entre el capitalismo y el socialismo).En la teoría postmarxista el “impulso” democrático y la pluralidad de luchas democráticas reemplazan, pues, a los intereses materiales y a las luchas de clase en la movilización de la historia. Presas de la artificial separación de esferas entre la economía y la política que genera el capitalismo, las elaboraciones postmarxistas delimitan la democracia a la esfera político-jurídica formal, excluyendo el núcleo de las relaciones sociales. Ilusión que conduce a una suerte de estatismo o contemplación del Estado como vía privilegiada de transformación social al ser capaz de transformarse a sí mismo mediante procedimientos democráticos. La teoría, por su parte, no es sino un artefacto para la contienda electoral.

 

Tales propósitos entrañan una premisa ineludible, aunque no declarada: que al Sistema le vaya bien, y que quienes acceden al Estado alberguen la capacidad de hacer que aquél funcione (lo que al final resulta clave para el éxito electoral). En ese sentido es imprescindible señalar que Laclau y Mouffe interiorizan sin trabas la ilusión democrática capitalista como punto de partida dado. En el pensamiento posmarxista, siguiendo el gusto neoliberal, existe una continua disociación entre democracia como si de por sí fuera un “régimen” propio, y capitalismo entendido de forma “economicista”, como mero sistema de producción. Esto es, se concibe “la democracia” como una forma de sociedad que se define exclusivamente en el plano de lo político, dejando de lado su posible articulación con un sistema económico.

 

“Sólo de esta manera se puede autonomizar al discurso democrático liberal de cualquier relación con el capitalismo y pensar que con su extensión a otras esferas puede por sí mismo eliminar las relaciones de subordinación, como si unas no tuvieran que ver con las otras, y cada esfera se constituyera simbólicamente por separado y no a partir de las mismas relaciones sociales” (Waiman,2013).

 

 

Tal ilusión, que según vimos en el segundo capítulo impregna el metabolismo social capitalista, hace también que demasiadas de las teorizaciones “post” sean víctimas de la misma, al parecer auto-complacidas.

 

 

“Más aún que la necesidad de preservar la economía de mercado, eufemismo habitual para designar el capitalismo, economía en la que las ‘instituciones democráticas liberales’ se presentan como complemento indisociable y (mediando alguna restructuración) como única modalidad posible de la democracia sin más, es sin duda la última cuestión la más reveladora del contenido del proyecto intelectual de Laclau. En efecto, concibe la democracia radical como un proceso de extensión y de generalización de la lógica liberal-democrática a un creciente número de espacios sociopolíticos. Pero, atención: esta radicalización no debe superar determinados límites; precisamente aquellos que condicionan, en palabras de Laclau, el ‘pluralismo social y cultural en una determinada sociedad’; es decir, en buena lógica liberal, la economía de mercado y la propiedad privada” (Kouvélakis, 2019).

 

 

Esta insistencia en la “compatibilidad” del cambio social deseable con la estructura de las relaciones sociales existentes, definida a través del eufemismo ad hoc del liberalismo como “pluralismo de intereses”, es definitivamente clarificadora del proyecto “postmarxista” en general.

 

Veamos los argumentos de Mouffe sobre la democracia capitalista y sus propuestas de intervención dentro de los límites que aquélla proporciona, donde por fin retrata sin tapujos sus posiciones al respecto. Ese es el auténtico “mérito” de su hasta el momento último libro, una vez fallecido su compañero Laclau:

 

“¿Cómo es posible concebir la democracia de un modo que permita la confrontación entre proyectos hegemónicos opuestos en su seno (…) uno de los desafíos más importantes para la política democrática liberal pluralista [sic] consiste en intentar desactivar el antagonismo potencial que existe en las relaciones humanas para hacer posible la coexistencia humana (…) La cuestión crucial en un régimen democrático liberal es, por lo tanto, cómo establecer esta distinción nosotros /ellos –que es constitutiva de la política– de modo que sea compatible con el reconocimiento del pluralismo. Lo importante es que cuando surja un conflicto, no tome la forma de un antagonismo (una lucha entre enemigos), sino la de un agonismo (una lucha entre adversarios)” (Mouffe, 2018).

 

 

Explotadores y explotados pasan a ser “adversarios” cuya existencia se proclama “legítima”. He aquí la ferviente asunción de las ilusiones que propaga el capital. ¿Puede haber alguna manera más clara de concebir al modo de producción capitalista como el inalterado (y tal vez ensoñadoramente inalterable) orden dado de las cosas, y además asumirlo como una entelequia (una supraestructura) democrática colgada en el vacío? Se entiende así que para esta autora

 

“…el objetivo de la estrategia populista de izquierda no es establecer un ‘régimen populista’, sino construir un sujeto colectivo capaz de lanzar una ofensiva política para establecer una nueva formación hegemónica dentro del marco democrático liberal” (2018).

 

 

Lanza Mouffe toda esa declaración de principios, esa andanada ideológica, sin el más mínimo rubor, ni la más mínima preocupación por analizar en absoluto en qué consiste el capital(ismo) y por tanto sin explicar jamás, ni por asomo, cómo va a poder radicalizarse la democracia sin tocar las relaciones sociales de producción, máxime mientras se obstruye la reproducción del valor capital que da su razón de ser a la sociedad capitalista. Ya vimos en el capítulo 5 las condiciones socio-históricas y económicas que requiere la mejora de la democracia capitalista, y que mientras sea el valor la principal constitución de la sociedad, tal democracia tendrá sólo tibias manifestaciones en la esfera de la circulación del capital. Ante la decadencia del valor la democracia será cada vez más mera ilusión. Como buena representante de estos tiempos “post” de descomposición sistémica, nuestra autora se empecina, paradójicamente (¿o no tanto?), en proponer razonamientos kantiano-ideales sobre el proceder social, ignorando los procesos vitales de la sociedad del capital y por tanto las conclusiones que de ellos se derivan; como si la política pudiera campar a sus anchas, cuan campo aislado y autónomo, sin relación con las bases materiales-económicas de la sociedad. ¡Todo y a pesar de que ella misma reconoce que estamos en un “momento postdemocrático”! ¿Cómo es posible, entonces, que la ensalzada y siempre deseable “democracia liberal” se haga “postdemocrática”? Todo un misterio para esta autora, que no obstante propone al populismo como antídoto contra tal degeneración:

 

“En este momento postdemocrático, cuando la recuperación y la radicalización de la democracia forman parte de la agenda, el populismo, al enfatizar el demos como dimensión esencial de la democracia, es particularmente adecuado para calificar a la lógica política adaptada a la coyuntura. Entendido como una estrategia política que destaca la necesidad de trazar una frontera política entre el pueblo y la oligarquía, cuestiona la visión postpolítica que identifica democracia con consenso”

(Mouffe, 2018).

 

 

Ya en un libro conjunto con Errejón, Mouffe y él ven la dificultad del acceso de las reivindicaciones y demandas de las clases subalternas como una carencia de la “vieja política”, y de la deriva “postpolítica” actual, pero no asocian ni una ni otra a la evolución del valor-capital, a su cambiante plasmación en forma de diferentes fases del modo de producción capitalista. Por eso mismo, nos hablan del populismo como una forma de construir lo político que no está asociada a  contenidos ideológicos ni prácticas de grupos particulares. Es más una “forma” que un contenido. Es el discurso populista el que unifica sectores sociales, luchas y campos, y produce el “pueblo” o convierte a la “gente” en un sujeto político, al que hay que enfrentar dicotómicamente con el “establishment”. Y aducen una razón de oportunidad, que aunque no analizan en sus raíces profundas, al menos alcanzan a detectar, pues nos dicen que en ese objetivo hay que saber aprovechar la “situación populista”, que es producto de la dominación que ejerce hoy el capitalismo (a la que tildan de “biopolítica”), siendo las resistencias que suscita difícilmente canalizadas por la institucionalidad existente.

 

“Estas transformaciones han creado las condiciones de una ‘situación populista’ caracterizada por una profunda crisis del sistema de representación” (Errejón y Mouffe, 2015).

 

 

Pero se olvidan de que un “pueblo” o cualquier otra forma de (designación de un) sujeto colectivo político con pretensiones de contra-totalidad, no se construye sólo con discursos. Antes bien, es el resultado de años de esfuerzos y trabajos de base, organizando desde abajo, creando sujetos moleculares capaces de tejerse en red en las entrañas del metabolismo social, compaginados con organizaciones de masas preparadas para enfrentar los poderes del capital también en los ámbitos de mando. Acciones que no las puede llevar a cabo “cualquier” agente social. La carencia de todos esos procesos y agentes sociales y políticos ha sido causa de la endeblez transformadora (cuando no inexistencia total de la misma) de los elementos populistas que alumbraron estas mentes. Por eso mismo, Mouffe, con Errejón, son pertinaces en su reflexión sobre el vacío y en su introyección de las ilusiones del capital, al brindarnos una concepción de la democracia desligada de la tierra o substrato material del que brota, como si fuera un mero mecanismo procedimental, ajeno al modo de producción en el que se halla.

 

“La democracia no es estar todos de acuerdo sino construir los procedimientos y mecanismos a partir de los cuales se pueda dar una disputa innita sobre temas de lo más diversos. Una disputa innita por determinar el reparto de bienes colectivos y de posiciones (…) en realidad la democracia es la posibilidad de elegir entre opciones diferentes y se nutre del conflicto, no la debilita” (Errejón y Mouffe, 2015).

 

 

¿Procedimientos y mecanismos de disputa entre “iguales” (convertidos en “adversarios agonistas”), sin que medie coacción ni desposesión ni explotación entre ellos? La democracia así entendida mistifica y legitima las relaciones de dominación y explotación de clase (niega su existencia al definirlas como relaciones entre individuos libres e iguales). Con ello se niega también la democracia como poder popular y se delimita la esfera en la que puede operar sin afectar las relaciones de producción-explotación, por lo que se hace en el imaginario “post” perfectamente compatible con el capitalismo. Es, por tanto, una “democracia” inocua, que no afecta las bases del mismo (la transformación revolucionaria queda reducida a una continuidad indolora entre una forma democrática y otra) (Meiksins Wood, 2013)…

 

(continuará)

 

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