lunes, 9 de febrero de 2026

 

1397

 

 LA LUCHA DE CLASES

Domenico Losurdo

 

(50)

 

 

VI

Paso al sureste. Cuestión nacional y lucha de clases

 

 

Del partido bolchevique mundial a la disolución de la Internacional

 

En el transcurso del siglo XX la conciencia de que el proceso revolucionario siempre está determinado nacionalmente se abre camino no sin dificultades y contradicciones. Después de la revolución de octubre y la fundación de la Tercera Internacional lo que prevalece es la lectura binaria del conflicto a escala mundial. Son significativos al respecto los Estatutos aprobados por el II Congreso el 4 de agosto de 1920. Partiendo de la premisa de que «la emancipación de los trabajadores no es un problema local ni nacional sino internacional» y de que la meta es «la república soviética internacional», subrayan el carácter «rigurosamente centralizado» de la organización, y concluyen: «La Internacional Comunista tiene que ser, realmente y en los hechos, un partido comunista unitario en todo el mundo. Los partidos que operan en cada país son meras secciones de ella» (Agosti). Es una visión complementada cuatro años después, con motivo del V Congreso, que llama a crear un «partido bolchevique mundial, homogéneo e imbuido de las ideas leninistas». Posteriormente el Comité Ejecutivo afirma:

         El partido mundial del leninismo debe fundirse en un solo bloque, no ya por disciplina mecánica sino por unidad de voluntad y acción [...]. Cada partido debe dedicar sus mejores fuerzas a la dirección internacional. Es preciso explicar a las amplias masas que en la época actual solo pueden ganarse las grandes batallas económicas y políticas de la clase obrera si está dirigida por un centro único, que actúe a escala internacional (Degras 1975).

 

Sin embargo, sucede que las exigencias concretas de la lucha política propician una práctica que está en clara contradicción con la teoría. Al principio, y durante algún tiempo, los congresos de la Internacional se suceden con rapidez, a un ritmo casi anual: 1919 el primero, 1920 el segundo, 1921 el tercero, 1922 el cuarto, 1924 el quinto. Luego se van espaciando: 1928 el sexto y 1935 el séptimo y último. Es fácil de entender que el VII Congreso sea también el último. Está centrado en la cuestión nacional, como se desprende claramente del informe de Dimitrov, quien hace un llamamiento a acabar de una vez con un internacionalismo que no sabe «adaptarse» y «echar raíces profundas en la tierra natal», que incluso cae en el «nihilismo nacional» y es completamente incapaz de ponerse a la cabeza de una lucha por la «salvación de la nación». No en vano el VII Congreso se celebra mientras en China el Partido Comunista llama a superar la guerra civil y a la unidad nacional, y mientras el ascenso de Hitler hace prever un recrudecimiento de la cuestión nacional en la propia Europa.

        

Ahora está claro que en las distintas situaciones nacionales el conflicto social puede presentar muchas caras y en cada ocasión se crea una amalgama peculiar de contradicciones en las que intervienen los más variados sujetos sociales. Por eso es cada vez más inadecuado el instrumento organizativo tradicional (la Internacional), en el que se ha reconocido durante mucho tiempo el movimiento obrero.

        

Esta tradición es hija, en mayor o menor medida, de la visión que ya conocemos: la revolución socialista como resultado de una contradicción única, la que enfrenta en el plano mundial a dos bloques homogéneos, la burguesía y el proletariado; esta visión tiene su expresión más concentrada en la Tercera Internacional, que tiende a presentarse como un «partido bolchevique mundial», férreamente organizado y centralizado por encima de las fronteras nacionales y estatales. Una vez superada esta visión, la disolución de la Tercera Internacional es una consecuencia ineludible. No obedece únicamente a un cálculo político, que también existe (la intención de consolidar la coalición antifascista fomentando en cada país la formación de frentes populares con la participación de los partidos comunistas, ahora menos sospechosos de ser simples peones de Moscú); lo más importante es que se ha tomado conciencia de la dialéctica concreta del proceso revolucionario.

        

Es un hecho: ninguna Internacional ha hecho nunca una revolución. Veamos el caso de la Asociación Internacional de los Trabajadores fundada por Marx en 1864: seis años después, durante la guerra franco-prusiana, hace un llamamiento a los «obreros franceses» para que no se hagan ilusiones revolucionarias, tengan en cuenta las relaciones de fuerza reales y, sobre todo, no se dejen «desviar por los recuerdos nacionales de 1792» (MEW). Teniendo en cuenta los acontecimientos posteriores, esta advertencia parece razonable. No obstante, el movimiento que desemboca en la Comuna de París se rige por una dialéctica autónoma, en la que se combinan la contradicción burguesía/proletariado con la crisis nacional provocada por la incapacidad de la burguesía francesa para hacer frente a los planes expansionistas prusianos.

        

La revolución de octubre estalla tras la denuncia de la «traición» de la Segunda Internacional. Tres años después Lenin hace un balance histórico y teórico que pone en evidencia un aspecto esencial: una situación revolucionaria presupone la existencia de contradicciones tan variadas y agudas que provocan «una crisis de toda la nación (que afecta a explotados y explotadores)» (LO). Es decir, si los bolcheviques ganaron fue, en definitiva, porque eran la única fuerza política capaz de dar una respuesta al marasmo económico, político y social causado por la guerra y el hundimiento del antiguo régimen.

        

La Tercera Internacional, fundada en 1919 con el propósito declarado de propagar la revolución rusa por Occidente, nunca llega a estar a la altura de su programa. Sí, una gigantesca oleada revolucionaria se desata a raíz de la derrota infligida al plan hitleriano de crear las «Indias alemanas» en Europa oriental y se propaga a escala planetaria acabando con el sistema colonial; pero esta oleada es posterior a la disolución de la Tercera Internacional decidida por Stalin en 1943 y se nutre de revoluciones en las que, contrariamente a las expectativas de 1919, el conflicto social es inseparable del conflicto nacional.

 

Digamos por último, y de pasada, que la Cuarta Internacional es una réplica en forma de farsa de la tragedia de la Tercera. Al respecto cabe reflexionar sobre una formulación del Marx más maduro. Según él, la contradicción entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción, al agudizarse, no da lugar a una sola revolución sino a «una época de revolución social» (MEW): en esta época se desarrollan procesos revolucionarios diversos y peculiares, cada uno de los cuales solo puede explicarse a partir de una constelación nacional específica y un entramado de contradicciones que varía según los casos. Esto vale para la revolución burguesa. Según el Manifiesto la revolución burguesa estalla cuando «las relaciones feudales de propiedad» entran en contradicción con «las fuerzas productivas ya desarrolladas» (MEW). Si aplicamos esta ley histórica país por país, vemos que en ningún caso encontramos una revolución burguesa «pura». En Francia, donde el capitalismo está poco desarrollado y en 1850, como reconoce el propio Marx, todavía predomina la agricultura (MEW), a la rebelión del Tercer Estado en 1789 le precede la fronda antiabsolutista y profeudal de los parlamentos (una institución típica del antiguo régimen) y le sigue una irrupción masiva en la escena política de masas populares que logran objetivos muy avanzados (abolición de la esclavitud negra en Santo Domingo, introducción de la escuela obligatoria en la metrópoli, etc.), en duro enfrentamiento con la burguesía. En varios países el derrocamiento del antiguo régimen pasa por una revolución nacional, como el Risorgimento italiano o la revolución burguesa alemana que, según el análisis de Engels antes mencionado, empieza en los años 1808-1813 a raíz de la lucha contra la ocupación napoleónica, impuesta por un país donde poco antes había estallado una revolución. No menos impura es la revolución en los dos países clásicos de la tradición liberal. No hay motivo para que la revolución anticapitalista tenga que caracterizarse por una pureza mayor.

        

Para concluir podríamos decir que el modelo organizativo de la Internacional resultó inadecuado porque solía referirse a una lucha de clases pura, algo muy infrecuente, y por lo general obedecía a la expectativa de una revolución socialista pura, que no se produjo ni se producirá nunca. Esto no significa que ya no sea necesaria la solidaridad internacionalista entre quienes, de una u otra forma, padecen un sistema basado en la explotación, la opresión y la ley del más fuerte; quedan por ver las formas concretas que puede asumir esta solidaridad…

 

(continuará)

 

[ Fragmento de: Domenico Losurdo. “La lucha de clases” ]

 

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