sábado, 4 de abril de 2026

 

1404

 

 

STALIN, HISTORIA Y CRÍTICA DE UNA LEYENDA NEGRA.

Domenico Losurdo.

 

 ( 30 )

 

 

 

ENTRE EL SIGLO VEINTE Y LAS RAÍCES HISTÓRICAS PREVIAS, ENTRE HISTORIA DEL MARXISMO E HISTORIA DE RUSIA: LOS ORÍGENES DEL "ESTALINISMO"

 

 


 

Qué significa gobernar: un atormentado proceso de aprendizaje

 

Volvamos al análisis hegeliano de la dialéctica de la Revolución francesa (y  de  las  grandes revoluciones en general). A partir de la experiencia concreta y las consecuencias desastrosas a las que conduce la «furia disolvente», los individuos comprenden la necesidad de dar un contenido concreto y particular  a  la  universalidad,  poniendo  fin  a  la  persecución  enloquecida  de  la  universalidad  en  su inmediatez  y  pureza.  Renunciando  al  igualitarismo  absoluto,  los  individuos  «aceptan  nuevamente  la negación  y  la  diferencia»,  esto  es,  «la  organización  de  las  masas  espirituales  en  las  que  se  articula  la multitud de consciencias individuales». Estas, además, «vuelven a una obra particular y limitada, pero precisamente  por  ello  vuelven  a  su  realidad  sustancial».  Por  lo  tanto  se  entiende  ya  el  carácter inconcluyente y desastroso del mito de una «voluntad universal» o más bien, usando el lenguaje esta vez no  de  Hegel  sino  de  no  pocos  revolucionarios  rusos,  de  una democracia  directa,  una  «dirección colectiva»  que  sin  mediaciones  ni  obstáculos  burocráticos  se  exprese  directa  e  inmediatamente  en  las fábricas, en los lugares de trabajo, en los organismos políticos.

 

Como  se  ve,  más  que  el  jacobinismo,  el  blanco  de  las  críticas  de  Hegel  son  el  radicalismo  y mesianismo  anarcoide.  Esto  se  confirma  por  las  consideraciones  que  realiza  a  propósito  de  otra  gran revolución:  la  revolución  puritana  que  estalla  en  Inglaterra  a  mediados  del  siglo  diecisiete. Acabando con  un  período  de  inconcluyente  exaltación  religiosa  y  pseudo-revolucionaria  dando  un  cauce  político efectivo a un parto de largos años, Cromwell demuestra que «sabía bien lo que era gobernar»: «tomó con pulso firme las riendas del gobierno, deshizo aquel parlamento que se perdía en rezos y mantuvo con gran esplendor  el  trono,  como  Protector».  Saber  gobernar  significa  aquí  ser  capaz  de  otorgar  un  contenido concreto  a  los  ideales  de  universalidad  que  han  precedido  a  la  revolución,  por  ejemplo  tomando claramente distancia, en lo que respecta a la primera Revolución inglesa, de los seguidores de la «quinta monarquía», la vacua utopía de una sociedad carente de normas jurídicas que ni siquiera necesitarían por el hecho de que los individuos serían ilustrados y guiados por la gracia. En la medida en la que supo tomar distancia de la utopía abstracta e inconcluyente, también Robespierre demostró conocer, o querer aprender, el arte de gobernar.

 

 

Tras una gran revolución, sobre todo cuando sus protagonistas son estratos ideológicos y políticos privados de propiedad y de la experiencia política conectada con el disfrute de la propiedad, aprender a gobernar significa aprender a dar un contenido concreto a la universalidad. Pero precisamente se trata de un proceso de aprendizaje. En lo que respecta a la revolución socialista, no comienza ni acaba con Stalin.

 

 

De  hecho,  el  límite  más  grave  de  este  estadista  (aunque  también,  de  diferente  manera,  de  los  otros estadistas que todavía en nuestros días se vinculan al socialismo) es el de haber dejado sin completar o gravemente inacabado este proceso de aprendizaje.

 

 

Tomemos la cuestión nacional. En Lenin podemos leer la tesis de que la «inevitable fusión de las naciones»  y  de  las  «diferencias  nacionales»,  incluidas  las  lingüísticas,  pasa  a  través  de  un  «período transitorio» de pleno y libre despliegue de las naciones y sus diferentes lenguas, culturas e identidades.

 

 

Al menos en lo que respecta al «período transitorio» está clara aquí la consciencia de que lo universal debe saber comprehender lo particular. Ya ha comenzado un significativo proceso de aprendizaje: ya nos encontramos  más  allá  del  universalismo  abstracto  por  ejemplo  de  Luxemburg,  para  quien  las particularidades nacionales son de por sí una negación del internacionalismo.

 

 

Y sin embargo, en lo que respecta a la cuestión nacional, la unidad de universal y particular Lenin parece acogerla sólo en relación al «período de transición».

 

Stalin es a ratos más radical:

 

Algunos,  por  ejemplo  Kautsky,  hablan  de  crear  en  el  período  de  socialismo  una  única lengua para toda la humanidad y de extinguir todas las demás lenguas. Yo creo poco en esta teoría de una lengua única para toda la humanidad. En cualquier caso, la experiencia no habla en favor, sino en contra de esta teoría.

 

 

A juzgar por esta cita, ni siquiera el comunismo debería caracterizarse por «una única lengua para toda la humanidad». Pero es como si Stalin tuviese miedo de su valentía. Más bien prefiere remitir la «fusión de las naciones y las lenguas nacionales» al momento en el que el socialismo habrá triunfado a nivel mundial. Quizás solamente en los últimos años de su vida, cuando ya es una autoridad indiscutida en  el  movimiento  comunista  internacional,  Stalin  se  muestra  más  audaz.  No  se  limita  a  defender  con fuerza que «la historia registra una gran estabilidad y enorme resistencia de la lengua a la asimilación forzada».  Ahora  la  elaboración  teórica  va  más  allá:  «la  lengua  difiere  de  manera  radical  de  una superestructura»; «no es creada por una clase cualquiera, sino más bien por toda la sociedad, por todas las  clases  de  la  sociedad,  gracias  a  los  esfuerzos  de  cientos  de  generaciones»,  por  tanto  es  absurdo hablar de una «"naturaleza clasista" de la lengua». Entonces ¿por qué tendrían que disolverse las lenguas nacionales?  ¿Por  qué  tendrían  que  disolverse  las  naciones  en  cuanto  tales,  si  es  verdad  que  «la comunidad  lingüística  representa  uno  de  los  más  importantes  signos  distintivos  de  una  nación»? Sin embargo, la ortodoxia acaba por conseguir la victoria final pese a todo: el comunismo continúa siendo concebido  como  el  triunfo  de  la  «lengua  común  internacional»  y  en  última  instancia,  de  una  única nación. Al  menos  en  lo  que  respecta  a  este  mítico  estadio  final,  el  universal  puede  ser  pensado  de nuevo  en  su  pureza,  sin  la  contaminación  de  lo  particular,  representado  por  las  lenguas  e  identidades nacionales. No se trata de un problema abstractamente teórico: el apego a la ortodoxia no ha contribuido ciertamente  a  la  comprensión  de  las  contradicciones  permanentes  entre  las  naciones  que  se  remiten  al socialismo  y  se  consideran  comprometidas  en  la  construcción  del  comunismo.  Son  éstas  las contradicciones  que  han  desarrollado  un  rol  de  primer  plano  en  el  proceso  de  crisis  y  disolución  del "campo socialista".

 

 

También en otros campos de la vida social vemos a Stalin comprometerse en una difícil lucha contra la utopía abstracta, para después pararse a mitad de camino, con el fin de no comprometer la ortodoxia tradicional. Todavía en 1952 y por tanto poco antes de su muerte, se ve obligado a criticar a aquellos que querían  la  liquidación  de  la  «economía  mercantil»  como  tal.  En  polémica  con  ellos,  Stalin  observa juiciosamente:

 

“Se  dice  que  la  producción  mercantil  bajo  cualquier  condición  debe  llevar  y necesariamente llevará al capitalismo. Esto no es verdad. ¡No siempre y no en cualesquiera condiciones!  No  se  puede  identificar  la  producción  mercantil  con  la  producción  capitalista. Son dos cosas diferentes.”

 

 

Puede existir perfectamente «una producción mercantil sin capitalistas». Y sin embargo, también en este caso la ortodoxia se muestra como una barrera insalvable: la disolución de la economía mercantil se vincula al momento en el que serán realmente colectivizados «todos los medios de producción», con la superación por tanto de la misma propiedad cooperativa.

 

 

Finalmente, el problema quizás decisivo. Hemos visto a Stalin reflexionar acerca de una «tercera función»,  más  allá  de  la  represión  y  de  la  lucha  de  clases  en  el  plano  interior  e  internacional.  Un prestigioso jurista tuvo razón al subrayar que el informe al XVIII Congreso del PCUS nos coloca frente a «un  cambio  radical  de  la  doctrina  desarrollada  por  Marx  y  Engels».  Era  un  cambio  al  que  Stalin llegaba a partir también de su experiencia de gobierno, por un proceso concreto de aprendizaje que había dejado huellas en el pensamiento y en la acción política del último Lenin pero que ahora daba un ulterior paso adelante. De manera bastante diferente razonaba Trotsky, que consideraba sintetizar de éste modo la posición  de  Marx,  Engels  y  Lenin:  «La  generación  que  ha  conquistado  el  poder,  la  vieja  guardia, comienza la liquidación del Estado; la generación siguiente llevará a cabo esta tarea». Si este milagro no se producía, ¿de quién podía ser la culpa sino de la traidora burocracia estaliniana?

 

 

Puede  parecer  confundente  remitirse  a  categorías  filosóficas  para  explicar  la  historia  de  la  Rusia soviética, pero quien avala este enfoque es el mismo Lenin, que cita y suscribe la «excelente fórmula» de la  Lógica  hegeliana  según  la  cual  el  universal  debe  ser  tal  como  para  acoger  en    «la  riqueza  del Al expresarse así piensa sobre todo en la situación revolucionaria, que está siempre determinada y que  llega  al  punto  de  ruptura  del  eslabón  débil  de  la  cadena  en  un  país  particular.  La  «excelente fórmula», sin embargo, no fue utilizada por Lenin y el grupo dirigente bolchevique para analizar la fase siguiente a la conquista del poder. Al enfrentarse al problema de la construcción de una nueva sociedad, los  intentos  de  hacer  que  el  universal  abrace  «la  riqueza  del  particular»  se  han  encontrado  con  la acusación de traición. Y se comprende bien que tal acusación haya golpeado de manera especial a Stalin, pues  gobernó  durante  más  tiempo  que  cualquier  otro  líder  el  país  de  la  Revolución  de  octubre  y, precisamente a partir de la experiencia de gobierno fue consciente de la vacuidad de la espera mesiánica por  la  disolución  del  Estado,  de  las  naciones,  de  la  religión,  del  mercado,  del  dinero,  y  experimentó directamente  el  efecto  paralizante  de  una  visión  del  universal  inclinada  a  etiquetar  como  una contaminación  la  atención  prestada  a  las  necesidades  e  intereses  particulares  de  un  Estado,  de  una nación, de una familia, de un individuo determinado.

 

 

Si es verdad que la ideología cumple un papel significativo en la prolongación del Segundo período de  desórdenes,  debe  precisarse  que  ésta  apunta  en  especial  a  los  antagonistas  de  Stalin.  Este  último, gracias también a la concreta experiencia de gobierno, se ha dedicado seriamente al aprendizaje por el que, según las enseñanzas de Hegel, se ve obligado a pasar el grupo dirigente de una gran revolución…

 

(continuará)

 

 

 

[ Fragmento de: Domenico Losurdo. “Stalin, historia y crítica de una leyenda negra” ]

 

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lunes, 30 de marzo de 2026

 

1403

 

 

LA LUCHA DE CLASES

Domenico Losurdo

 

(51)

 

 

VII

Lenin 1919: «La lucha de clases ha cambiado sus formas»

        

 


1. Lenin, el obrero belga y el católico francés

        

Hemos visto cómo la revolución, en el transcurso del siglo XX, se desplaza del oeste al sureste. ¿Qué sucede en los países que, inspirándose en el Manifiesto del partido comunista y la lucha de clases, se sacuden el antiguo régimen capitalista u orientado hacia el capitalismo? A comienzos de los años veinte se produce en la Rusia soviética un episodio sintomático. La crisis sigue azotando con fuerza. ¿Cómo hacerle frente? Entre los simpatizantes de la revolución bolchevique que se encuentran en ese momento en Moscú hay una psiquiatra francesa, Madeleine Pelletier, que visita todos los rincones de la ciudad y se sorprende por la escasa dedicación al trabajo de los obreros (Flores 1990). Es una impresión confirmada en 1927 por el testimonio de un eminente filósofo, Walter Benjamín (2007):

        

Ni siquiera en la capital de Rusia, a pesar de todas las «racionalizaciones», existe un sentido del valor del tiempo. El «Trud», la institución sindical del trabajo, ha lanzado una campaña por la puntualidad con carteles murales [...] «El tiempo es dinero»; para acreditar una consigna tan extraña se ha tenido que recurrir, en las octavillas, a la autoridad de Lenin. Hasta tal punto es ajena a los rusos esta mentalidad. Prevalece por encima de todo su espíritu festivo [...]. Por ejemplo, si en la calle se rueda la escena de una película, olvidan por qué y adónde van, se quedan durante horas con la troupe y llegan al trabajo distraídos. En la gestión del tiempo, el ruso siempre será «asiático».

 

 

Esto significa que las medidas tomadas por el poder soviético para mejorar la eficiencia en el trabajo no han dado grandes resultados. Sin embargo, un obrero belga que también simpatiza con la revolución y se encuentra en la capital rusa, N. Lazarevich, las critica desde el principio: denuncia la intensificación de los ritmos de trabajo, que para él solo son sinónimo de explotación, y llama a la lucha de clases y a la huelga, lo que le vale ser expulsado del país (Flores 1990).

        

 

Para el obrero occidental que ha llegado a la Rusia soviética con la intención de colaborar en la construcción de la nueva sociedad, la llegada al poder de los bolcheviques (sin duda fuertemente influidos por la clase obrera) no introduce ningún cambio en las formas de la lucha de clases.

 

De un modo muy distinto argumenta Lenin, quien a partir de octubre de 1919 subraya varias veces: «La lucha de clases continúa, solo ha cambiado sus formas» (LO).

 

No se debe perder de vista «la diferencia esencial entre la lucha de clases del proletariado en un estado» capitalista «y la lucha económica del proletariado de un estado que no reconoce la propiedad privada sobre la tierra y sobre la mayoría de las grandes fábricas y donde el poder político está en manos del proletariado» (LO).

        

 

Lazarevich no está aislado. Mantiene una relación de afinidad ideológica y amistad con un ferviente católico francés, Pierre Pascal, quien interpreta y saluda así a la revolución bolchevique, de la que es testigo:

        

 

Espectáculo único y embriagador: la demolición de una sociedad. Se están cumpliendo el cuarto salmo de la vigilia dominical y el Magníficat: los poderosos derrocados del trono y el pobre rescatado de la miseria [...]. Ya no hay ricos: solo pobres y paupérrimos. El saber no confiere privilegio ni respeto. El antiguo obrero, ascendido a director, da órdenes a los ingenieros. Los salarios altos y bajos se acercan. El derecho a la propiedad se reduce a los efectos personales. Ya no es el juez quien se encarga de aplicar la ley, si el sentido de la equidad proletaria la contradice (en Furet 1995).

        

 

De inmediato salta a la vista que en este caso la miseria generalizada se valora como una condición de plenitud espiritual y no como una emergencia dolorosa. Se comprende que Pascal no sienta ninguna necesidad de relanzar la producción. Incluso se muestra receloso ante los intentos de poner orden en las fábricas y critica a quienes predican «la admiración por los jefes, la obediencia, la disciplina, virtudes todas ellas que están demasiado enquistadas en el pueblo y son un obstáculo para la revolución» (en Flores 1990). Totalmente contraria es la orientación de Lenin. En octubre de 1920 declara: «Queremos que Rusia deje de ser un país miserable y pobre y se convierta en un país rico», por lo que se impone «un trabajo organizado», «un trabajo consciente y disciplinado», para asimilar y poner en práctica «las últimas conquistas de la técnica» (LO). La lucha de clases, con las nuevas formas que asume, requiere que se ponga fin a la situación de miseria y devastación para mejorar las condiciones de vida del pueblo, para consolidar la base social de consenso del poder soviético y no exponerlo, indefenso, a la presión económica y militar del imperialismo.

 

 

 

2. «Ascetismo general» y «tosco igualitarismo»

        

¿Cómo definir el contraste que se está creando entre dos visiones opuestas? ¿Son incompatibles el acicate de la producción y la riqueza material con la búsqueda de valores más espirituales, de una sociedad más rica espiritualmente, más armoniosa y cohesionada?

 

En el mismo escrito (de octubre de 1920) que hace un llamamiento a convertir Rusia en un «país rico», Lenin afirma que es necesario acabar con una sociedad tan obstinadamente encerrada en sus egoísmos privados que «nadie se preocupaba de si había viejos y enfermos [que pasaban hambre], si el peso de la casa recaía por completo en la mujer, reducida así a un estado de opresión y servidumbre» (LO). El dirigente soviético también advierte la urgencia de introducir relaciones intersubjetivas más espirituales, pero considera que este problema no se puede resolver como es debido sin el desarrollo de las fuerzas productivas. Más de quince años después, recordando sus experiencias de gobernante, Trotski escribiría: «La auténtica emancipación de la mujer es imposible en el plano de la “miseria socializada”». La lucha de clases para reorganizar y relanzar el aparato productivo es también una lucha por la emancipación de la mujer (y para garantizar el derecho a la vida de los «viejos» y los «enfermos»). Ya lo dice El capital, «el reino de la necesidad» es tanto más imperioso y coactivo, y tiene consecuencias más negativas en la vida (también espiritual) de los hombres y las mujeres, cuanto menos desarrolladas están las fuerzas productivas y la riqueza social (MEW).

        

 

Bien distinta, y contraria, es la visión de Pascal, un ferviente cristiano para quien la lucha de clases revolucionaria es el desquite de los humildes y los marginados. Pero también es la visión del obrero belga Lazarevich, y en el fondo la de no pocos seguidores o simpatizantes del bolchevismo, que están bien alejados del cristianismo pero no acaban de reconocerse en las medidas con que el nuevo poder trata de reorganizar y relanzar el aparato industrial. No es, por tanto, un contraste entre devotos y enemigos del fetiche de la riqueza, ni entre quienes son sordos y quienes son sensibles a los valores espirituales; tampoco es un contraste entre ateos y cristianos. No, el enfrentamiento, en realidad, es entre marxistas y populistas. Los segundos condenan la riqueza y el «lujo» como tales por ser el estilo de vida de las clases habituadas al derroche y la depravación.

        

 

Por eso se centran exclusivamente en el problema del reparto de la riqueza, desdeñando por completo el objetivo (esencial para Marx y Engels) del desarrollo de las fuerzas productivas: en este caso la lucha de clases revolucionaria significa lograr la igualdad (por abajo) y prestar poca atención a la búsqueda de bienestar. Esta versión del populismo puede ejercer una fuerza de atracción que va mucho más allá de los círculos cristianos. Según el Manifiesto del partido comunista, no hay «nada más fácil que dar una mano de barniz socialista al ascetismo cristiano»; no en vano «los primeros movimientos del proletariado» se caracterizan muchas veces por reivindicaciones de «un ascetismo general y un tosco igualitarismo» (MEW).

        

 

En realidad el fenómeno que estamos analizando tiene una extensión espacial y temporal muy superior a la que sugieren Marx y Engels. Las grandes revoluciones populares, las sublevaciones masivas de las clases subalternas, tienden a estimular el populismo espontáneo e ingenuo, que anhela y celebra el desquite de quienes ocupan el último peldaño de la escala social, el desquite de los pobres y de los «pobres de espíritu». En la Francia de 1789, aun antes de la toma de la Bastilla, ya a partir de la reunión de los Estados Generales y la agitación del Tercer Estado, se despierta «en el ánimo popular el antiguo milenarismo, la espera anhelante de la venganza de los pobres y la felicidad de los humillados, que impregnaría profundamente la mentalidad revolucionaria» (Furet, Richet 1980). En la Rusia de febrero de 1917 los círculos cristianos celebran la caída del zarismo como la derrota del «mal», del «pecado» que «había roto al pueblo dividiéndolo en ricos y pobres»; la nueva sociedad «se organizaría con arreglo a actitudes más cristianas». Surgiría «una nueva comunidad espiritual, por encima de cualquier distinción de clase o de partido», una comunidad en la que se disiparían todas las expresiones de la anterior opulencia, viciosa y disoluta: entre otras cosas, ya no habría lugar para los alcohólicos (Figer 2000). Vemos cómo el «tosco igualitarismo» se combina con el «ascetismo general» y obligatorio; pero no muy distintas son las esperanzas que pone Pascal en la revolución de octubre.

 

Los bolcheviques no son inmunes a esta visión del mundo ni a este estado de ánimo. La catástrofe causada por la guerra mundial y la posterior guerra civil acarrea una crisis de proporciones espantosas, también en el plano económico. La moneda, en la práctica, deja de existir en la economía soviética; la vivienda, el transporte, la educación y la comida en el trabajo son gratuitos, los salarios se pagan en especie, todo naturalmente en un nivel muy bajo y, en el mejor de los casos, de miseria digna. Pero esta situación, que al principio se experimenta con zozobra y angustia, acaba transfigurándose: es la anhelada desaparición del dinero (símbolo de la polarización social y la riqueza disoluta), es el fin de la auri sacra James, es la llegada del comunismo, aunque sea un «comunismo de guerra» con todas las limitaciones que imponen las circunstancias (Carr 1964).

        

 

En 1936-37 Trotski recordará críticamente «las tendencias ascéticas de la época de la guerra civil» que cundieron entre los comunistas. Pero será un militante de base quien describirá con más eficacia, en los años cuarenta, el clima espiritual que reinaba en el periodo inmediatamente posterior a la revolución de octubre, el clima surgido del horror de una guerra desatada por los imperialistas en su disputa por el saqueo de las colonias, la conquista de los mercados y las materias primas y la búsqueda capitalista del beneficio a cualquier precio:

        

Todos los jóvenes comunistas nos habíamos criado con la convicción de que el dinero se había eliminado para siempre [...]. Si reaparecía el dinero, ¿no pasaría lo mismo con los ricos? ¿No estábamos en una pendiente peligrosa que nos llevaba otra vez al capitalismo? (en Figes 2000).

        

 

En estas condiciones la aparición del trueque suponía un progreso, por lo menos en el plano espiritual. Es un clima que no desaparece inmediatamente con el comunismo de guerra. Así lo atestigua un texto extraordinario de Lenin del 6-7 de noviembre de 1921:

        

 

Cuando triunfemos en todo el mundo usaremos el oro para construir urinarios públicos en las calles de algunas de las principales ciudades. Este sería el uso más «justo» y más edificante que se pueda hacer del oro para las generaciones que no han olvidado cómo, por el oro, hubo diez millones de muertos y otros treinta de lisiados en la «gran» guerra «liberadora» de 1914-1918 [...]; y cómo por este mismo oro el mundo ahora se dispone a matar por lo menos a veinte millones de hombres y lisiar a sesenta en una guerra [que se acerca].

 

Pero, por muy «justo», por muy útil, por muy humano que sea este uso del oro [...], ahora hay que ahorrar oro en la RSFSR [Rusia soviética], venderlo lo más caro posible y servirse de él para comprar al mejor precio posible. El que vive entre lobos aprende a aullar (LO).

        

 

Sí, ya está en marcha la Nueva Política Económica, la NEP, y sin embargo la economía mercantil, el oro y el dinero se siguen mirando con aprensión por estar manchados con el barro y la sangre de las trincheras de la primera guerra mundial. También da que pensar la reflexión autocrítica con que, el 17 de octubre de 1921, Lenin motiva la necesidad de dejar atrás el comunismo de guerra:

        

 

En parte bajo la influencia de los problemas militares que se abatieron sobre nosotros y de la situación aparentemente desesperada en la que se hallaba la república, al final de la guerra imperialista, bajo la influencia de esta y otras muchas circunstancias, cometimos el error de querer pasar a la producción y la distribución sobre bases comunistas. Decidimos que los campesinos nos proveerían el pan necesario gracias al sistema de requisiciones, y que nosotros, por nuestra parte, lo distribuiríamos a los establecimientos y las fábricas, obteniendo así una producción y una distribución de carácter comunista (LO).

        

 

He destacado en cursiva la afirmación repetida que me dispongo a discutir. En otras ocasiones Lenin no se priva de describir con crudeza el significado real de la práctica de las requisiciones forzadas de los «productos» considerados «excedentes» y en todo caso «necesarios para cubrir los gastos del ejército y alimentar a los obreros», pagados con «papel moneda» de dudoso valor (LO). Es una práctica que tropieza, y no puede dejar de hacerlo, con la resistencia sorda, dura o violenta de los campesinos. Por supuesto, dada la crisis gravísima del comercio entre la ciudad y el campo, muy anterior a la toma del poder por los bolcheviques, con el descenso de la producción agrícola y el acaparamiento de los escasos recursos alimentarios disponibles, la supervivencia de los habitantes de las ciudades y los soldados pasa por tomar medidas muy radicales, compartidas en gran medida por los distintos partidos en conflicto, incluyendo los de ideología liberal (Losurdo 2008). Sin embargo, ¿qué tienen de comunista la miseria generalizada y desesperada y las requisas que recurren directa o indirectamente a la fuerza de las armas? Sí, han desaparecido el interés personal y el cálculo mercantil, pero ¿basta con eso para llamar comunista a una medida claramente dictada por la guerra y a la que también recurren países de orientación ideal y política bien distinta? ¿O acaso la transfiguración populista del «ascetismo universal» y del «tosco igualitarismo asoma aquí en el propio planteamiento de Lenin?...

 

(continuará)

 

 

 

[ Fragmento de: Domenico Losurdo. “La lucha de clases” ]