sábado, 4 de abril de 2026

 

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STALIN, HISTORIA Y CRÍTICA DE UNA LEYENDA NEGRA.

Domenico Losurdo.

 

 ( 30 )

 

 

 

ENTRE EL SIGLO VEINTE Y LAS RAÍCES HISTÓRICAS PREVIAS, ENTRE HISTORIA DEL MARXISMO E HISTORIA DE RUSIA: LOS ORÍGENES DEL "ESTALINISMO"

 

 


 

Qué significa gobernar: un atormentado proceso de aprendizaje

 

Volvamos al análisis hegeliano de la dialéctica de la Revolución francesa (y  de  las  grandes revoluciones en general). A partir de la experiencia concreta y las consecuencias desastrosas a las que conduce la «furia disolvente», los individuos comprenden la necesidad de dar un contenido concreto y particular  a  la  universalidad,  poniendo  fin  a  la  persecución  enloquecida  de  la  universalidad  en  su inmediatez  y  pureza.  Renunciando  al  igualitarismo  absoluto,  los  individuos  «aceptan  nuevamente  la negación  y  la  diferencia»,  esto  es,  «la  organización  de  las  masas  espirituales  en  las  que  se  articula  la multitud de consciencias individuales». Estas, además, «vuelven a una obra particular y limitada, pero precisamente  por  ello  vuelven  a  su  realidad  sustancial».  Por  lo  tanto  se  entiende  ya  el  carácter inconcluyente y desastroso del mito de una «voluntad universal» o más bien, usando el lenguaje esta vez no  de  Hegel  sino  de  no  pocos  revolucionarios  rusos,  de  una democracia  directa,  una  «dirección colectiva»  que  sin  mediaciones  ni  obstáculos  burocráticos  se  exprese  directa  e  inmediatamente  en  las fábricas, en los lugares de trabajo, en los organismos políticos.

 

Como  se  ve,  más  que  el  jacobinismo,  el  blanco  de  las  críticas  de  Hegel  son  el  radicalismo  y mesianismo  anarcoide.  Esto  se  confirma  por  las  consideraciones  que  realiza  a  propósito  de  otra  gran revolución:  la  revolución  puritana  que  estalla  en  Inglaterra  a  mediados  del  siglo  diecisiete. Acabando con  un  período  de  inconcluyente  exaltación  religiosa  y  pseudo-revolucionaria  dando  un  cauce  político efectivo a un parto de largos años, Cromwell demuestra que «sabía bien lo que era gobernar»: «tomó con pulso firme las riendas del gobierno, deshizo aquel parlamento que se perdía en rezos y mantuvo con gran esplendor  el  trono,  como  Protector».  Saber  gobernar  significa  aquí  ser  capaz  de  otorgar  un  contenido concreto  a  los  ideales  de  universalidad  que  han  precedido  a  la  revolución,  por  ejemplo  tomando claramente distancia, en lo que respecta a la primera Revolución inglesa, de los seguidores de la «quinta monarquía», la vacua utopía de una sociedad carente de normas jurídicas que ni siquiera necesitarían por el hecho de que los individuos serían ilustrados y guiados por la gracia. En la medida en la que supo tomar distancia de la utopía abstracta e inconcluyente, también Robespierre demostró conocer, o querer aprender, el arte de gobernar.

 

 

Tras una gran revolución, sobre todo cuando sus protagonistas son estratos ideológicos y políticos privados de propiedad y de la experiencia política conectada con el disfrute de la propiedad, aprender a gobernar significa aprender a dar un contenido concreto a la universalidad. Pero precisamente se trata de un proceso de aprendizaje. En lo que respecta a la revolución socialista, no comienza ni acaba con Stalin.

 

 

De  hecho,  el  límite  más  grave  de  este  estadista  (aunque  también,  de  diferente  manera,  de  los  otros estadistas que todavía en nuestros días se vinculan al socialismo) es el de haber dejado sin completar o gravemente inacabado este proceso de aprendizaje.

 

 

Tomemos la cuestión nacional. En Lenin podemos leer la tesis de que la «inevitable fusión de las naciones»  y  de  las  «diferencias  nacionales»,  incluidas  las  lingüísticas,  pasa  a  través  de  un  «período transitorio» de pleno y libre despliegue de las naciones y sus diferentes lenguas, culturas e identidades.

 

 

Al menos en lo que respecta al «período transitorio» está clara aquí la consciencia de que lo universal debe saber comprehender lo particular. Ya ha comenzado un significativo proceso de aprendizaje: ya nos encontramos  más  allá  del  universalismo  abstracto  por  ejemplo  de  Luxemburg,  para  quien  las particularidades nacionales son de por sí una negación del internacionalismo.

 

 

Y sin embargo, en lo que respecta a la cuestión nacional, la unidad de universal y particular Lenin parece acogerla sólo en relación al «período de transición».

 

Stalin es a ratos más radical:

 

Algunos,  por  ejemplo  Kautsky,  hablan  de  crear  en  el  período  de  socialismo  una  única lengua para toda la humanidad y de extinguir todas las demás lenguas. Yo creo poco en esta teoría de una lengua única para toda la humanidad. En cualquier caso, la experiencia no habla en favor, sino en contra de esta teoría.

 

 

A juzgar por esta cita, ni siquiera el comunismo debería caracterizarse por «una única lengua para toda la humanidad». Pero es como si Stalin tuviese miedo de su valentía. Más bien prefiere remitir la «fusión de las naciones y las lenguas nacionales» al momento en el que el socialismo habrá triunfado a nivel mundial. Quizás solamente en los últimos años de su vida, cuando ya es una autoridad indiscutida en  el  movimiento  comunista  internacional,  Stalin  se  muestra  más  audaz.  No  se  limita  a  defender  con fuerza que «la historia registra una gran estabilidad y enorme resistencia de la lengua a la asimilación forzada».  Ahora  la  elaboración  teórica  va  más  allá:  «la  lengua  difiere  de  manera  radical  de  una superestructura»; «no es creada por una clase cualquiera, sino más bien por toda la sociedad, por todas las  clases  de  la  sociedad,  gracias  a  los  esfuerzos  de  cientos  de  generaciones»,  por  tanto  es  absurdo hablar de una «"naturaleza clasista" de la lengua». Entonces ¿por qué tendrían que disolverse las lenguas nacionales?  ¿Por  qué  tendrían  que  disolverse  las  naciones  en  cuanto  tales,  si  es  verdad  que  «la comunidad  lingüística  representa  uno  de  los  más  importantes  signos  distintivos  de  una  nación»? Sin embargo, la ortodoxia acaba por conseguir la victoria final pese a todo: el comunismo continúa siendo concebido  como  el  triunfo  de  la  «lengua  común  internacional»  y  en  última  instancia,  de  una  única nación. Al  menos  en  lo  que  respecta  a  este  mítico  estadio  final,  el  universal  puede  ser  pensado  de nuevo  en  su  pureza,  sin  la  contaminación  de  lo  particular,  representado  por  las  lenguas  e  identidades nacionales. No se trata de un problema abstractamente teórico: el apego a la ortodoxia no ha contribuido ciertamente  a  la  comprensión  de  las  contradicciones  permanentes  entre  las  naciones  que  se  remiten  al socialismo  y  se  consideran  comprometidas  en  la  construcción  del  comunismo.  Son  éstas  las contradicciones  que  han  desarrollado  un  rol  de  primer  plano  en  el  proceso  de  crisis  y  disolución  del "campo socialista".

 

 

También en otros campos de la vida social vemos a Stalin comprometerse en una difícil lucha contra la utopía abstracta, para después pararse a mitad de camino, con el fin de no comprometer la ortodoxia tradicional. Todavía en 1952 y por tanto poco antes de su muerte, se ve obligado a criticar a aquellos que querían  la  liquidación  de  la  «economía  mercantil»  como  tal.  En  polémica  con  ellos,  Stalin  observa juiciosamente:

 

“Se  dice  que  la  producción  mercantil  bajo  cualquier  condición  debe  llevar  y necesariamente llevará al capitalismo. Esto no es verdad. ¡No siempre y no en cualesquiera condiciones!  No  se  puede  identificar  la  producción  mercantil  con  la  producción  capitalista. Son dos cosas diferentes.”

 

 

Puede existir perfectamente «una producción mercantil sin capitalistas». Y sin embargo, también en este caso la ortodoxia se muestra como una barrera insalvable: la disolución de la economía mercantil se vincula al momento en el que serán realmente colectivizados «todos los medios de producción», con la superación por tanto de la misma propiedad cooperativa.

 

 

Finalmente, el problema quizás decisivo. Hemos visto a Stalin reflexionar acerca de una «tercera función»,  más  allá  de  la  represión  y  de  la  lucha  de  clases  en  el  plano  interior  e  internacional.  Un prestigioso jurista tuvo razón al subrayar que el informe al XVIII Congreso del PCUS nos coloca frente a «un  cambio  radical  de  la  doctrina  desarrollada  por  Marx  y  Engels».  Era  un  cambio  al  que  Stalin llegaba a partir también de su experiencia de gobierno, por un proceso concreto de aprendizaje que había dejado huellas en el pensamiento y en la acción política del último Lenin pero que ahora daba un ulterior paso adelante. De manera bastante diferente razonaba Trotsky, que consideraba sintetizar de éste modo la posición  de  Marx,  Engels  y  Lenin:  «La  generación  que  ha  conquistado  el  poder,  la  vieja  guardia, comienza la liquidación del Estado; la generación siguiente llevará a cabo esta tarea». Si este milagro no se producía, ¿de quién podía ser la culpa sino de la traidora burocracia estaliniana?

 

 

Puede  parecer  confundente  remitirse  a  categorías  filosóficas  para  explicar  la  historia  de  la  Rusia soviética, pero quien avala este enfoque es el mismo Lenin, que cita y suscribe la «excelente fórmula» de la  Lógica  hegeliana  según  la  cual  el  universal  debe  ser  tal  como  para  acoger  en    «la  riqueza  del Al expresarse así piensa sobre todo en la situación revolucionaria, que está siempre determinada y que  llega  al  punto  de  ruptura  del  eslabón  débil  de  la  cadena  en  un  país  particular.  La  «excelente fórmula», sin embargo, no fue utilizada por Lenin y el grupo dirigente bolchevique para analizar la fase siguiente a la conquista del poder. Al enfrentarse al problema de la construcción de una nueva sociedad, los  intentos  de  hacer  que  el  universal  abrace  «la  riqueza  del  particular»  se  han  encontrado  con  la acusación de traición. Y se comprende bien que tal acusación haya golpeado de manera especial a Stalin, pues  gobernó  durante  más  tiempo  que  cualquier  otro  líder  el  país  de  la  Revolución  de  octubre  y, precisamente a partir de la experiencia de gobierno fue consciente de la vacuidad de la espera mesiánica por  la  disolución  del  Estado,  de  las  naciones,  de  la  religión,  del  mercado,  del  dinero,  y  experimentó directamente  el  efecto  paralizante  de  una  visión  del  universal  inclinada  a  etiquetar  como  una contaminación  la  atención  prestada  a  las  necesidades  e  intereses  particulares  de  un  Estado,  de  una nación, de una familia, de un individuo determinado.

 

 

Si es verdad que la ideología cumple un papel significativo en la prolongación del Segundo período de  desórdenes,  debe  precisarse  que  ésta  apunta  en  especial  a  los  antagonistas  de  Stalin.  Este  último, gracias también a la concreta experiencia de gobierno, se ha dedicado seriamente al aprendizaje por el que, según las enseñanzas de Hegel, se ve obligado a pasar el grupo dirigente de una gran revolución…

 

(continuará)

 

 

 

[ Fragmento de: Domenico Losurdo. “Stalin, historia y crítica de una leyenda negra” ]

 

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